Francis Bret Harte(Albany, Nueva York, 1839 – Camberley, Inglaterra, 1902)
La diligencia
para Sage Wood y Dead Flat aguardaba delante de la estación. El coche correo
de Pine Barrens, que enlazaba con ella, con los pasajeros que debían
transbordar, traía mucho retraso. Toda la estación se mantenía a la espera e
inquieta. Incluso las bromas de Dick Boyle, viajante comercial de Chicago y el
único pasajero por el momento, que habían distraído a los reunidos, ya no
producían efecto, si bien el optimismo del chistoso seguía intacto. Los mozos
habían regresado a los establos y el jefe de la estación y el cochero de la
diligencia limitaban su conversación a impacientes monosílabos, como si cada
uno considerase al otro culpable del retraso.
Un solitario
indio, embozado en la manta que le había proporcionado un agente del Gobierno
y cubierto con un alto sombrero, desechado por algún blanco, se acurrucaba junto
a la pared de la estación con la mirada perdida en el vacío. La estación en sí,
un largo edificio de madera, con todos sus departamentos para hombres y
animales reunidos bajo un techo corrido como el de un cobertizo, no ofrecía
cosa alguna digna de atención. Y mucho menos el paisaje: por un lado, dos
millas de árida llanura, hasta los corpulentos y espaciados pinos de la
lejanía, una zona conocida por los Páramos; por otro, un desierto casi
ilimitado, moteado por algunas manchas de oscura maleza, semejantes a residuos
de apagadas hogueras.
Dick Boyle se
acercó al inmóvil indio, estudiándolo como a una posible distracción.
—No parece
importarle gran cosa si hay o no escuela —dijo—, ¿no es cierto, Lo?
El indio, que
estaba en cuclillas, se puso en pie con un movimiento ágil, igual al de un
felino. Boyle tomó una punta de su manta para examinarla con mirada crítica.
—No es que el
Gobierno te abrume con mercancías de primera calidad, Lo. Calculo que el agente
te cobró cuatro dólares por ésta. Nuestra compañía te la hubiera vendido por
dos treinta y siete, regalándote, además, como prima, una caja de cuentas. Algo
así.
Sacó del
bolsillo una cajita que contenía un vistoso collar para mostrársela al indio.
El salvaje, que
le había escuchado con la tolerante indiferencia de alguien a quien molestan
los juegos de un animal de orden inferior, cambió súbitamente) de expresión.
Una avidez infantil le encendió el lúgubre semblante y extendió la mano hacia
la baratija.
—¡Quieto ahí!
—advirtió Boyle, no muy decidido. Pero, de pronto, cambió de parecer—. Bueno,
quédatelo, y además, esto.
Sacó del
bolsillo una tarjeta comercial que le metió al indio en la cinta del sucio
sombrero.
—Guárdala. Se la
enseñas a tus amigos, y cuando necesitéis algo de nuestro ramo...
La carcajada
que, desde el pescante de la diligencia, le interrumpió, era, probablemente, lo
que Boyle estaba esperando, ya que se apartó del indio para acercarse al
carruaje.
—Está bien,
muchacho. Ya he recompensado al noble piel roja y la estrella de nuestro imperio
comercial inicia su carrera hacia el oeste. Imagino que nuestra compañía va a
hacer con, los indios el negocio del Gran Manitú, a mitad de precio de lo que
ofrecen en Washington.
En aquel momento
los mozos salieron del establo a toda prisa.
—Ahí viene —dijo
uno—. Mire aquel polvo que se levanta detrás de Pino Solitario y, por el modo
como corre, creo que viene volando.
—Seguro —convino
el agente de Correos, encaramándose en lo alto del coche para ver mejor—. Pero
que me cuelguen como a un cuatrero si trae algún pasajero. Apuesto a que hemos
esperado en balde.
Era cierto.
Cuando los caballos del vehículo que se aproximaba salieron de la nube de polvo
que les envolvía, pudieron distinguir al solitario cochero azuzándolos desde
el pescante. Poco después, el carruaje se detuvo en un extremo de la estación.
—¿Qué ha
ocurrido? —preguntó el agente de Correos.
—Nada de
particular —respondió uno de los mozos—. Que ha habido pánico por la presencia
de indios en los Páramos. Parece que estaban bailando la danza de los espíritus
o algo así, y los viajeros, asustados, han tomado otro camino. Sólo uno ha
tenido valor para venir. Y, por cierto, es una mujer.
—¿Una mujer?
—repitió Boyle.
—Sí —explicó el
cochero, sin apartar la vista de la muchacha, alta y elegante que rechazaba la
cortés ayuda del jefe de estación para bajar por sí sola del coche—. Una mujer.
Y es nada menos que la hija del comandante del fuerte. Ya podéis apostar que
tiene buena madera, es una rama del mismo tronco. Y esto significa, mi joven
amigo, que debe usted cederle el mejor asiento. Miss Julie Cantire no viaja en
mi coche si no se le hace ese honor.
La muchacha se
dirigía ya, en línea recta y muy erguida, hacia la diligencia. Tenía un andar
firme y decidido. Iba bien vestida, con guantes y botitas, guardapolvo para
el viaje y una cenicienta capa de merino, todo ello impregnado por el
inconfundible sabor de la distinción. Su nariz era aquilina v un poco grande,
lo que hacía que su linda boca resultase más pequeña; los ojos grises, con un
amarillento reflejo en sus profundidades; las cejas, finas y bien dibujadas;
los rizos del pelo, castaños. Estos rasgos le parecieron a Boyle los de un
delicioso cuadro, que enmarcase el velo gris plata que lucía en el cuello y se
anudaba bajo su ovalada barbilla. Sus sobrios tonos evocaron en la imaginación
de Boyle una sinfonía, incluso en medio del polvo que les rodeaba. La impresión
que él le producía a ella no resultaba tan clara. La muchacha le miró por
encima, pues Boyle era más bien bajo, o a través de él, ya que, además, era
poco sólido. Luego, sus ojos se detuvieron con franca satisfacción en el
cochero.
—Buenos días,
mister Foster —saludó sonriendo. —Buenos días, señorita. Ya me he enterado de
que los indios sembraron el pánico en los Páramos. Y supongo que a los hombres
va a caérseles la cara de vergüenza al recibir esta lección de una señora.
—Me parece que
no creyeron que iba a atreverme a venir. A algunos les acompañaban sus mujeres.
Además, son gente del este, que no conoce a los indios tan bien como nosotros,
mister Foster.
El cochero se
sonrojó de satisfacción al sentirse incluido en aquel "nosotros".
—Sí, señorita.
Creo que como vieran al viejo "Manta Piojosa" que allí tenemos
—dijo, señalando al indio que se alejaba, muy digno, de la estación, les
entraría tal miedo, que hasta perderían las botas. Y eso que lleva en el
sombrero la tarjeta comercial de este caballero, mister Dick Boyle,
representante de la gran casa Fletcher y Compañía, de Chicago. Así que creo que
si alguien va a perder el cuero cabelludo van a ser los indios. Miss Cantire
escuchó la presentación y el chiste con frialdad cortés y subió ágilmente a su
asiento, mientras trasladaban a la diligencia los sacos del correo y un
considerable equipaje, que, sin duda, pertenecía a los pasajeros fugitivos. De
no encontrarse allí la hermosa viajera, el cochero hubiese manifestado, en
grosero lenguaje, su convicción de que a su vehículo lo tomaban por una
maldita carreta de mercancías; pero, dadas las circunstancias, se limitó a
hacer una mueca, empuñó las riendas y chasqueó el látigo. El coche partió en
medio del polvo que al instante se levantó a su alrededor y quedó convertido en
una nube conforme se perdía en la distancia.
El polvo de la
diligencia también envolvió por un instante al indio, que avanzaba impávido
por el camino marcado por las ruedas; pero, en seguida, el salvaje se desvió, y
alargó el paso emprendiendo el trote peculiar, lento y acompasado, de su raza.
Manteniéndolo, alcanzó al cabo de una hora una línea de peñascos y arbustos que
se veía desde el camino, a causa de los altibajos de la llanura, aparentemente
uniforme. Se deslizó entre ellos hasta desaparecer. La nube de polvo que
delataba la posición de la diligencia también había desaparecido de los confines
del horizonte visible.
Los riscos por
entre los cuales se fue deslizando el indio constituían el muro protector de
una hondonada que no se veía desde la llanura, si bien la seguía varias millas
entre una maraña de árboles y maleza, refugio natural de los lobos, coyotes y
algunos osos, cuyas pisadas, casi humanas, podían llegar a engañar a un novato.
Sin embargo, estos rastros no entretuvieron al indio en su carrera, que sólo
interrumpía de vez en cuando para examinar otras pisadas más frecuentes, las
huellas leves y de dedos encogidos que señalan el paso de pies calzados con
mocasines.
Conforme el
indio avanzaba, la espesura se iba haciendo más tupida e impenetrable. La
oscuridad que allí reinaba se veía ahora animada por otras formas que también se
movían, formas vagamente perceptibles, tan inciertas y difusas como el follaje
iluminado por el sol que el viento agitaba y que, pese a todo, tenían cierto
aire de figuras humanas.
Al cabo de un
rato, el indio se mezcló con los demás componentes del sombrío desfile, el
cual, visto de cerca, resultaba una hilera de guerreros, unos detrás de otros,
sosteniendo todos el mismo trote infatigable. Los árboles y la maleza parecían
llenos de ellos, todos avanzando tras el primero en dirección paralela a la
que llevaba la diligencia. De vez en cuando se divisaba en algún claro un
rostro humano pintarrajeado de colores, un penacho de plumas, las alegres
franjas de una manta, pero nada más. Y, sin embargo, a unos centenares de pasos
se extendía la llanura, sombría y silenciosa, privada de todo sonido y
movimiento.
Mientras, la
diligencia de Sage Wood y Pine Barrens, ajena, igual que todos los inventos
humanos, a cuanto no fuese su regular funcionamiento, abandonaba la altiplanicie
para iniciar el grato descenso de un cañón sombreado por tupidos árboles que
venían a unirse a la hondonada antes descrita, por la que el siniestro desfile
avanzaba despacio, a una milla escasa de la diligencia, a un lado de sus
flancos, y a sus espaldas.
Miss Cantire,
que había desafiado sin siquiera pestañear la polvareda de la llanura, como
corresponde a la hija de un soldado, se puso entonces de pie para sacudirse la
ropa, haciendo que su linda cabeza y su hermoso cuerpo emergiesen de una nube
plateada cual la figura de una diosa. Por lo menos así se lo pareció a Boyle,
al que habían relegado al asiento trasero, sin que le ofendiese que ella
reservara su conversación y sus atenciones al cochero y el agente de Correos.
Cuando en una ocasión él hizo un comentario trivial, lo había recibido con tan
fría cortesía que Boyle desistió de todo intento de acercarse a ella, aunque no
por eso perdiera el optimismo ni alimentase el más mínimo rencor por el
evidente regocijo con que sus dos compañeros de viaje acogían su fracaso.
Es posible, sin
embargo, que Julie tuviera ciertos prejuicios sociales, y que pensara que un
agente de comercio no era para la hija de un mayor una compañía más apropiada
que un vulgar buhonero. Pero aún era más probable que la reputación de Boyle
como amigo divertido en una reunión de hombres fuese incompatible con su idea
de lo varonil. Puede ocurrir, en efecto, que el que mueve a risa a toda una
asamblea sea detestado por las mujeres, sin contar las demás razones evidentes
por las cuales a las Julietas no les agradan los Mercuccios.
Por alguna de
estas causas Dick Boyle, confinado en el asiento trasero, se vio obligado a
distraerse a solas con las finas dotes de observación que la naturaleza le
había concedido. Al entrar en el cañón advirtió la enorme vuelta que el coche
debía dar antes de alcanzarlo y ya había descubierto un camino mejor que
penetraba en la hondonada, por el mismo lugar en que, sin él saberlo, se había
introducido el indio. En su imaginación había proyectado un camino que,
cruzando aquella selva, acortase el trayecto en varias millas. Echando sus
cuentas, comprobó que resultaba ventajoso. Pero, en este momento, el coche
iniciaba ya la subida de la ladera opuesta del cañón, empinada y difícil.
Apenas había
empezado a subir, cuando el vehículo se detuvo. Dick Boyle miró hacia atrás.
Julie Cantire se apeaba, tras manifestar su deseo de hacer la subida a pie y de
que el coche la esperase al final de la cuesta. Foster le advirtió con
deferencia que fuese despacio, ya que nadie tenía prisa. Boyle contempló
bastante emocionado su preciosa silueta, libre ahora de la forzada postura a
que la obligaba el asiento del coche, surgiendo y desapareciendo entre los
árboles que bordeaban el camino. Le hubiera gustado acompañarla en su paseo
por el bosque, pero ni siquiera su natural optimismo le ocultaba la
indiferencia que ella le mostraba.
En una revuelta
del camino dejaron de verla y mientras el cochero y el agente de Correos
discutían acerca de si el coche iba o no por donde debía, Boyle reanudó su
silencioso estudió del paisaje. De repente profirió una leve exclamación y
saltó del carruaje. Su acción no pasó inadvertida al cochero, quien al punto
pisó el freno y tiró de las riendas.
—¿Qué ocurre
ahora? —gruñó.
Boyle no le1
respondió. Retrocedió unos pasos a toda prisa y se puso a explorar! el suelo
atentamente.
—¿Ha perdido
algo? —indagó Foster.
—He encontrado
algo —corrigió Boyle, recogiendo un pequeño objeto—. Miren esto. Que me
cuelguen, como dicen ustedes, si no es la tarjeta que le di al indio de la estación
hace unas cuatro horas.
Y les mostró la
tarjeta.
—Mire, hijo, si
lo que quiere usted es apearse para pasear con miss Cantire, ¿por qué no lo
dice de una vez? No creerá que vamos a tragarnos ese cuento.
—Es cierto
—insistió Boyle, angustiado—. Es la misma tarjeta que le prendí en el sombrero.
Aquí está la huella de grasa, en esta esquina. ¿Cómo diablos habrá llegado
aquí?
-—Será mejor que
se lo pregunte a él, si es que anda por estos parajes.
—Mire, Foster,
no me gusta esto, miss Cantire se halla sola y...
Una carcajada de
Foster y del agente le interrumpieron.
—Vaya —opinó
Foster—. Es una bonita excusa. No la desaproveche. Cuéntesela a ella.
Explíquele que los indios están en pie de guerra, que el sanguinario
"Manta Piojosa" ha desenterrado el hacha y que usted va a derramar
hasta la última gota de su sangre para defenderla. Eso la conmoverá, sobre
todo después de que se ha mostrado tan poco amable con usted. ¡Ande, vaya a
contárselo!
Por un momento
pensó en seguir la maliciosa sugerencia de Foster y revelar su descubrimiento
a miss Cantire. Boyle era totalmente capaz de inventar una divertida historia
sobre el asunto que fuera. A cualquier otra muchacha la hubiese entretenido con
su relato, pero a ésta no quiso imponerle su compañía. Dudaba de si el
descubrimiento que había hecho se podía tomar a broma, y si la cosa no iba en
serio, ¿para qué alarmarla?
Por si acaso,
decidió quedarse en el camino a prudencial distancia de la muchacha hasta que
ésta volviese al coche. No podía encontrarse muy lejos. Una vez decidido,
siguió al vehículo, deteniéndose sólo de vez en cuando para mirar atrás.
Mientras, la
diligencia continuaba el fatigoso ascenso, que hacía más difícil a causa del
raro nerviosismo de los caballos, en tanto que, a fuerza de mucho trabajo y de
muchos improperios, el conductor conseguía obligarlos a no desviarse del camino
habitual.
—Pero, ¿qué les
pasará a estos pencos? —exclamó Foster, colérico, tirando de las riendas hasta
lograr que el guía volviese a la senda.
—Parece como si
olieran algo raro, un oso o "mustangs" —sugirió el agente de
Correos.
—¿"Mustangs"?
—repitió Foster con ironía.
—Desde luego,
los "mustangs" excitan a un caballo lo mismo que los potros salvajes.
—¿Dónde están
los "mustangs" de que me hablas? —indagó Foster sin dar crédito a su
acompañante.
•—No lo sé
—respondió éste simplemente.
En aquel
instante los caballos se asustaron a causa de algo que había en la espesura,
con tanta violencia, que el coche se desvió hacia la izquierda del camino. Por
fortuna, el terreno era bastante bueno, de modo que Foster les dejó seguir su
inclinación, seguro de que podría hacerlos volver a la senda en cuanto se lo
propusiera. Tardó unos instantes en poder dominar completamente a los
asustados animales. Después, conforme se calmaba su nerviosismo y se iban
alejando de la espesura, y al comprobar que el sendero por donde caminaban
era menos inclinado, aunque con más curvas que el camino habitual, decidió
seguirlo hasta alcanzar la cima, donde volvería al otro para esperar a sus pasajeros.
Una vez
alcanzaron su meta, los dos se pusieron de pie en el pescante y, con una
inquietud que tanto uno como otro intentaban disimular, volvieron la vista al
cañón, tratando de descubrir a sus retrasados viajeros.
—Confío que miss
Cantire no salga de estampida por un susto como el nuestro —dijo con voz
vacilante el agente de Correos.
—Ella no es de
esa clase. Tiene demasiado temple y experiencia para hacer una cosa así, a
menos que ese vendedor le haya ido con el cuento de la tarjeta.
Esas fueron las
últimas palabras que pronunciaron aquellos hombres. Dos disparos de rifle
restallaron en los matorrales que bordeaban el camino, dos disparos hechos con
tanta precisión, que los dos hombres, mortal-mente heridos, se desplomaron, quedando
colgados unos segundos de la tabla del pescante para caer luego sobre las
grupas de los caballos. Tampoco aquí quedaron mucho rato. En breves instantes,
media docena de figuras siniestras se apoderaron de ellos, desengancharon las
cabalgaduras y los ocultaron entre la espesura.
Otra media
docena, seguida de toda una docena de sombras, se precipitaron sobre el coche,
invadiéndolo por dentro y por fuera. Otras muchas fueron llegando hasta que
todo el vehículo quedó ocupado, cubierto y oculto bajo aquel enjambre,
oscilando y moviéndose bajo su peso cual una desvalida res atacada por una
manada de lobos. Y, a pesar de todo, cuando aquella muchedumbre estaba en el
apogeo de su actividad, se dispersó de improviso, obedeciendo a una misteriosa
señal. Desapareció por completo, dejando el coche vacío, desprovisto de cuanto
le había dado vida, peso, animación y sentido, cual un esqueleto abandonado al
borde de un camino.
El viento de la
tarde penetraba por las abiertas puertas del vehículo y jugaba con la carrocería
como si fuese un despojo de varias semanas y no de varios minutos. Los rayos
horizontales del sol poniente relampagueaban en las ventanas como si el fuego
quisiese contribuir a la ruina. Pero incluso esto desapareció pronto, reduciendo
al abandonado carruaje a un espectro, rígido e inerte, del inmenso llano.
Una hora más
tarde se oyó un retumbar de cascos de caballo y el crujir de atalajes; un
escuadrón de caballería avanzaba por la llanura hacia el abandonado coche. Por
un momento, lo rodearon igual que lo hicieron las otras sombras. También las
de ahora exploraban los matorrales y los árboles que bordeaban el camino. Y,
enseguida, obedeciendo a una orden, partieron decididas sobre el rastro de las
sombras destructoras.
Miss Cantire
aprovechó el consejo de no apresurarse en su paseo. En la espesura recogió
flores y bayas silvestres y estuvo contemplando nidos de pájaros con sana
curiosidad juvenil, e incluso aprovechó la ocasión para arreglarse el cabello
con algo que sacó de un bolso que llevaba colgado del cinturón. Pasaron unos
veinte minutos antes de que volviera al camino. La diligencia había
desaparecido en una revuelta de la larga y serpenteante cuesta, pero a pocos
pasos de ella estaba aquel hombre horrible, el viajante de Chicago. Aunque no
era vanidosa, no dudó un momento de que la estaba esperando. No había modo de
librarse de él; aunque su compañía iba a resultar muy breve. Julie comenzó a
andar sin disimular su prisa.
Boyle, cuya
preocupación por la muchacha había experimentado un considerable alivio al
volver a verla, se puso también en marcha sin mirar hacia atrás. Julie no
esperaba esa reacción. Como él iba delante, quedó en la ridícula postura de
estarle persiguiendo. Al darse cuenta, vaciló, pero, como entonces casi le alcanzaba,
consideró preferible continuar.
— Creo que hace
bien en andar de prisa, miss Cantire — dijo Boyle cuando pasó— Hace un rato que no veo el coche y supongo
que nos estará esperando allá arriba.
Esto le agradó
aún menos a miss Cantire. Verse obligada a caminar junto a este hombre
horrible, forzando el paso en pos de la diligencia, igual que una pareja de
excursionistas que han perdido el coche, era realmente excesivo. A modo de:
excusa, propuso:
— Quizá si
echara usted una carrerita y les explicase que voy tan deprisa como puedo...
— Presentarme
ante Foster sin usted equivale a jugarme la vida — respondió él riendo— Sólo tiene usted que apresurarse un poco más.
Pero a la joven
le molestó que le diese órdenes un viajante y comenzó a retrasarse, frunciendo
el ceño con aire amenazador.
— Permítame que
le lleve las flores — dijo Boyle, dándose cuenta de que a la muchacha le
resultaba difícil sostener la falda y el ramillete al mismo tiempo. — ¡No!
¡No! — exclamó, horrorizada ante esta nueva muestra de confianza— . Muchas
gracias, pero no vale la pena conservarlas. Las voy a tirar. ¡Allá van! — añadió,
mientras las arrojaba al camino.
Pero no había
contado con el inalterable buen humor de Boyle. Aquel galante idiota se agachó
para recogerlas y siguió en pos de ella.
Julie aceleró el
paso. ¡Si al menos lograra alcanzar el coche antes que él, para terminar con la
escena! Porque un hombre tan ordinario, seguro que le daría el ramillete al
tiempo que le dedicaba algún chiste. Volvió a caminar despacio. Se sentía
cansada y no se veía el coche por ninguna parte. El viajante, muy tranquilo,
iba detrás de ella, a respetuosa distancia, igual que el asistente de uno de
los oficiales de su padre. Sin embargo, esto no le mejoró el humor. Se detuvo,
y cuando él la alcanzó, le dijo con visible impaciencia:
— No comprendo
por qué mister Foster le envió a buscarme.
— No fue idea
suya — confesó Boyle candidamente— . Es que yo me bajé a recoger una cosa.
— ¿A recoger una
cosa? — repitió ella, incrédula. — Sí, esto — le mostró la tarjeta— . Es la
tarjeta de la casa que represento. Julie sonrió con ironía. — Es usted muy leal
a su empresa. — Pues sí — reconoció Boyle de buen humor— . A mi juicio, no vale
la pena hacer las cosas a medias. En todo lo que hago, mantengo los ojos muy
abiertos.
Pese a sus
prejuicios, Julie observó que la mirada de Boyle, aunque impertinente, era la
de un hombre honrado. Mientras, Dick seguía hablando:
— Apenas hay
cosa que me pase por alto. Por ejemplo, miss Cantire, ese guardapolvo de
fantasía que lleva usted no figura entre nuestros géneros ni lo tiene nadie al
oeste de Chicago. Viene de Boston o de Nueva York y está hecho de encargo. Pero
su sombrero, que por cierto le sienta a usted muy bien, es un artículo
corriente de Dunstable, que nosotros podríamos vender en Pine Barrens a cuatro
centavos y medio la pieza. Y, sin embargo, me imagino que le costó unos
veinticinco en la sucursal.
Aunque
sorprenda, estos fríos cálculos sobre el valor de sus prendas no indignaron a
la muchacha, como lógicamente debieran haberlo hecho. Antes bien, por alguna
misteriosa razón femenina, le resultaron divertidos e interesantes. Era una
bonita anécdota que contarle a sus amistades como ejemplo de la idea que de la
galantería tienen los viajantes. Y también para tomarle el pelo a aquel
petulante oficialillo de West-Point que acababa de incorporarse a la
guarnición. Por otra parte, los cálculos del viajante eran correctos. El mayor
Cantire no disponía más que de su sueldo y Julie había tenido que elegir su
sombrero en un almacén del Gobierno.
— ¿Acostumbra a
suministrar estos datos a todas las señoras con quienes tropieza en sus viajes?
— le preguntó.
— Pues, no —
respondió Boyle— . En eso hay que andar con más tino. A la mayoría iba a
sentarle mal y no conviene molestar a posibles clientes. Pero usted no es de
esas.
Julie no hizo
comentarios. Le constaba que no era de esas, pero no necesitaba que aquel tipo
vulgar se lo recordase. Durante un rato se adelantó a él, pero, de pronto, oyó
que la llamaba. Se volvió de mal humor. Boyle estaba examinando atentamente las
dos lindes del camino.
— O nos hemos
perdido o el coche ha cambiado de rumbo. Estas no son huellas recientes y, como
todas llevan la misma dirección, creo que pertenecen a la diligencia que pasó
anoche. No son las de la nuestra. Ya me extrañaba no haber visto aún el coche.
— Entonces,
¿qué? — indagó Julie, impaciente.
— Tenemos que
volver hasta encontrar el rastro.
La joven frunció
las cejas y, con tono de suficiencia, propuso:
— ¿Por qué no
continuamos hasta llegar arriba? Yo, desde luego, sigo.
Al advertir la
expresión preocupada del rostro de Boyle y su mirada inquieta, modificó
inmediatamente el tono de la pregunta:
— ¿Por qué no
seguimos por donde vamos?
— 'Porque
esperan que volvamos al coche, no al final de la cuesta. Tales son las
"órdenes", y ya sabe, como hija de militar, lo que esto significa.
Lo dijo
riéndose, pero con una calma deliberada que la preocupó. Por tanto, le siguió
sin rechistar, cuando él añadió:
— Debemos
retroceder para averiguar en qué sitio las huellas se apartan del camino.
Anduvieron un
rato buscando con atención el rastro del coche. Un intenso interés y una
creciente confianza en las dotes de Boyle aliviaron a la muchacha su mal humor
y la hicieron recobrar su naturalidad. Con juvenil afán, Julie se adelantaba
ahora, examinaba el terreno y seguía alguna pista falsa con gran entusiasmo,
hasta que, advirtiendo su error, volvía al camino alegremente. Y fue ella la
que, al cabo de diez minutos de marcha, descubrió el verdadero rastro con un
grito de triunfo.
Boyle, que había
seguido sus movimientos con tanto interés como su descubrimiento de las
huellas, quedó un poco preocupado al observar los profundos surcos que hicieron
los caballos en su espantada. Julie se dio cuenta del cambio que se produjo en
su expresión y que diez minutos antes le hubiese pasado inadvertido. Al verle
vacilar, le dijo:
— Quizá sería
mejor seguir esta pista.
— Desde luego,
es lo más seguro — convino Boyle.
— ¿Qué cree
usted que puede haber sucedido? Las huellas están muy marcadas.
Dijo esto en un
tono confidencial, tan nuevo en ella como su reciente interés por Boyle.
— Alguno de los
caballos debió resbalar y han pasado al camino viejo por creerlo menos empinado
— se apresuró a responder él.
Naturalmente,
Boyle no creía semejante cosa, pero sabía que, de haber ocurrido un percance
serio, el coche les hubiera esperado en el camino. A continuación añadió:
— Para nosotros,
este camino también es más cómodo, aunque resulte algo más largo.
Hubo una pausa.
Julie dijo:
— Usted lo
acepta todo con buen humor, mister Boyle.
— Es el único
modo de hacer negocios. Un hombre de mi profesión debe mantener el buen
humor...
Julie se
arrepintió de haberlo dicho. Sin embargo, añadió con cierta ironía:
— Pero usted no
negocia con la compañía de diligencias ni tampoco conmigo, aunque le confieso
que de ahora en adelante compraré mis sombreros en su casa, a precio de
subasta.
Antes de que él
pudiera contestar, las detonaciones de los disparos, aminorados por la
distancia, se oyeron desde lo alto del acantilado, a cuyo pie se encontraban.
— Ahí están —
anunció Julie con impaciencia— . ¿Lo ha oído?
Boyle alzó la
cabeza hacia la distante cima para que ella no pudiese adivinar, en sus ojos,
su presentimiento.
Julie añadió muy
animada.
— Son los del
coche. Lo hacen para guiarnos, ¿comprende?
— Sí — contestó
él, riendo— . Y significa que hemos de darnos prisa. Están cansados de esperar.
Lo mejor será que vayamos en seguida.
— ¿Por qué no
les responde con su revólver? — indagó ella.
— Porque no
tengo.
— ¿Que no tiene?
Yo suponía que los caballeros que viajan como usted no se separaban de él
jamás. Tal vez sea incompatible con su doctrina del buen humor.
— Seguro, miss
Cantire. Ha dado usted en el clavo.
— ¡Pues, vaya! —
exclamó ella, sorprendida— . Yo tengo una "Derringer", muy pequeña,
por cierto, y la llevo en el bolso. Es un regalo del capitán Richards.
Abriendo el
bolso, mostró una bonita pistola con empuñadura de marfil. La expresión de
agradable sorpresa que asomó en el rostro de mister Boyle se alteró en cuanto
ella levantó el percutor y extendió el brazo hacia lo alto. Rápidamente, Boyle
la sujetó.
— No, por favor.
Puede hacernos falta. Quiero decir que no oirían el disparo. Es un juguete muy
útil; pero, a pesar de todo, sólo resulta eficaz de cerca.
Se guardó la
pistola mientras seguían andando. Julie se dio cuenta de su visible
satisfacción cuando la sacó del bolso y su alarma cuando estuvo a punto de descargarla
en vano. Julie era inteligente y sincera con aquellas personas en quienes
ponía su confianza. Ahora comenzaba a confiar en el desconocido. En su rostro
se dibujó una sonrisa.
— Me parece que
tiene usted miedo de algo, mister Boyle — dijo, sin levantar la vista del
suelo— . ¿Qué es? ¿No estará usted también asustado a causa de los indios?
Boyle no sentía
falsa vergüenza. Con la misma franqueza qué ella, le respondió:
— Creo que sí
que lo estoy. Comprenda que no conozco a los indios tan bien como usted o como
Foster.
— Bueno, pues
acepte mi palabra y la de Foster de que nada hay que temer de ellos. Por esta
parte son como niños crecidos, crueles y destructores, igual que la mayoría de
los niños; pero, a estas alturas, saben muy bien quiénes son los amos, y ya han
pasado los tiempos en que arrancaban cabelleras a capricho. La única propensión
infantil que conservan es la del robo. Pero, con todo, sólo roban lo que
necesitan: caballos, armas y pólvora. Una diligencia puede ir a sitios que le
están vedados a un carro de armamento o a un carromato de emigrantes. De modo
que su baúl de muestras está seguro en manos de Foster.
Boyle no creyó
necesario discutir. Acaso pensaba en otra cosa.
— Me parece que
voy a contarle algo más — continuó la muchacha con cierto misterio— . Secreto
por secreto. Como usted me ha confiado lo de sus negocios, voy a decirle uno
del nuestro. Antes de partir de Pine Barrens, mi padre ordenó que una escolta
de caballería estuviese dispuesta para salir al encuentro de la diligencia si
los exploradores que andaban de observación lo creyeran necesario. Así, que,
como usted ve, no está justificada mi fama de valiente.
— Lo uno no
quita lo otro — dijo Boyle, admirado—
pues su padre debió de sospechar algún peligro o, de lo contrario, no
hubiera tomado tal precaución.
— ¡Ah! No era
por mí — se apresuró a contestar ella.
— ¿Que no era
por usted?
Julie se detuvo
en seco, ruborizada y con una sonrisa de picardía.
— ¡Bueno!
Después de lo que le he dicho, puedo también confiarle el resto. Me inspira
usted confianza, mister Boyle — mirándole con sus ojos claros y penetrantes,
siguió—: Pues bien. Se habrá dado usted cuenta de que llevamos cierta cantidad
de equipaje perteneciente a los pasajeros que no han venido. En realidad, esos
pasajeros no tenían equipaje ni pensaron jamás tomar la diligencia.
¿Comprende? Esos baúles tan pesados y de apariencia tan inofensiva ocultan en
realidad fusiles y munición que nuestro puesto envía a Fort Taylor bajo mi
custodia personal — en este punto hizo Julie una graciosa inclinación; luego,
divertida ante la sorpresa de Boyle, continuó—: Como habrá comprobado, yo
acompañé las cajas a la estación y las hice cargar en la diligencia con mucho
menos ruido y complicaciones de las que hubieran causado un coche especial y
una escolta.
— ¿Y estaban en
este coche? — indagó Boyle, distraído.
— ¿Cómo que
estaban? ¡Están! — rectificó miss Cantire.
— En tal caso,
cuanto antes se reúna con su tesoro, tanto mejor — dijo Boyle, riendo—. Por
cierto, ¿lo sabe Foster?
— ¡Naturalmente
que no! ¿Imagina que se lo revelaré a alguien que no sea un forastero en estas
tierras? Lo mismo que usted, sé muy bien cuándo y a quién puedo revelarle un
secreto — agregó en tono de burla.
Pese a las
preocupaciones que en aquel momento pesaban sobre Boyle, no pudo por menos que
quedarse profundamente sorprendido y admirado de la muchacha que le acompañaba.
La candidez con que le había descubierto su secreto le parecía tan incompatible
con su anterior postura de reserva, como su modo de razonar y su actitud de
colegiala constituían ahora un delicioso contraste con su estatura, su aquilina
nariz y su erguido porte. Como la mayoría de los hombres bajos, Boyle tenía
propensión a sobrestimar las cualidades de la talla. Caminaron un rato en
silencio. La subida era relativamente fácil, pero bastante tortuosa. Boyle se
daba cuenta de que este nuevo rodeo les exigía un tiempo considerable antes de
que alcanzaran la cima. Al fin, miss Cantire expresó su pensamiento:
— ¿Qué- les habrá
hecho apartarse1 del camino? Si usted no se hubiera dado cuenta del
cambio de ruta, ¿cómo les hubiéramos encontrado? Pero, bueno — añadió con
lógica femenina—, precisamente por eso hicieron aquellos disparos.
Boyle recordaba
muy bien que los disparos habían sonado en otra dirección. Sin embargo,
prefirió no corregir sus deducciones.
Aun así, dijo en
tono de broma: — Puede que también Foster tuviera miedo a los indios.
— A estas
alturas — respondió Julie— debiera conocer mejor a los amigos, a los indios de
las Reservas del Gobierno. Sin embargo, puede haber algo de cierto en lo que
dice. Sepa usted — añadió riéndose— que,
si bien mi vista no es tan penetrante como la suya, tengo un olfato muy fino y
en una o dos ocasiones me ha parecido que olía a indios, ese olor peculiar de
sus campamentos, distinto de cualquier otro, y que incluso se advierte en sus
"mustangs". Solía percibirlo cuando montaba alguno de ellos. Por
mucho que lo limpiaran no había modo de quitárselo.
— Supongo que ni
la intensidad ni el grado de olor le permiten saber si los indios abrigan
buenas o malas intenciones hacia usted.
Aunque este
comentario correspondía a la fama de Boyle como humorista, Julie lo acogió con
una sonrisa. Por tanto, Boyle, que estaba un poco más animado, ya que hasta
entonces nada había ocurrido y sabiendo próximo el final de la caminata,
continuó bromeando hasta que, una hora más tarde, pusieron de nuevo los pies en
la llanura.
No se veía el
coche, pero sus huellas frescas aparecían claras a lo largo del borde del
precipicio en dirección a la encrucijada de la carretera, que era el camino
que debieron seguir y al cual la diligencia había vuelto indudablemente. Boyle
respiró aliviado. Ahora estaban relativamente seguros ante un ataque por
sorpresa. Diez minutos más tarde, Julie pudo divisar, gracias a su mayor
estatura, el techo del carruaje que sobresalía de entre los arbustos que
rodeaban la encrucijada.
— ¿Le importaría
a usted tirar esas flores? — indagó ella, contemplando los despojos que Boyle
llevaba aún en la mano.
— ¿Por qué?
— Son demasiado
ridiculas. Tírelas, se lo ruego.
— ¿Puedo
quedarme con una? — pidió con entonación de debilidad masculina.
— Como guste —
dijo Julie con cierta frialdad.
Boyle eligió una
ramita de mirto y arrojó las demás, obediente.
— ¡Dios mío!
¡Qué ridículo!
— ¿Qué es lo
ridículo? — quiso saber Dick alzando sus ojos hasta los de ella con un ligero
rubor. Pero entonces reparó en que la muchacha contemplaba la lejanía.
— ¡Vaya! Parece
que la diligencia no tiene caballos.
También él miró.
En un claro entre los matorrales divisó el vehículo, completamente vacío, sin
caballos y abandonado. Rápidamente buscó a su alrededor. En uno de los lados,
unos peñascos les amparaban del borde del despeñadero. Por el otro, se extendía
la llanura infinita.
— Siéntese y no
se mueva hasta que yo regrese — apremió él; luego le puso la pistola en la
mano—. Y coja esto.
A toda prisa se
dirigió hasta la diligencia. No había error. Allí estaba el coche, abandonado,
con el timón caído y las riendas cortadas, mostrando con meridiana claridad la
prisa o el miedo con que habían huido. Una pisada suave a su espaldas le obligó
a volverse. Era miss Cantire, sofocada y sin aliento. En la mano blandía la
"Derringer" amartillada. A modo de excusa, balbuceó:
— ¡Qué locura,
venir desarmado!
Ambos
contemplaron el coche, la llanura desierta y a sí mismos. Tras la penosa
ascensión, el largo rodeo, la impaciencia y la curiosidad que habían
experimentado, este vehículo vacío e inútil les producía tal impresión de mofa
cruel como si lo hubieran dejado a propósito para que resultara más patente su
desamparo, que les afectó íntimamente tanto a ella como a él. Y como yo,
escritor, trato de la naturaleza humana, me veo obligado a consignar que ambos
rompieron a reír, siendo ésa, momentáneamente, su única reacción.
Miss Cantire,
tras secarse los ojos húmedos y alegres con un pañuelito, dijo débilmente:
— ¡Qué amables
han sido dejándonos el coche! ¿Qué les habrá hecho salir de repente?
Boyle no
contestó. Examinaba el carruaje con mucha atención. En aquella hora y media,
el polvo del llano había formado una gruesa capa sobre él y ocultado cualquier
mancha que hubiera podido revelar la horrorosa verdad. Incluso las débiles
pisadas de los indios, que calzaban mocasines, habían quedado borradas por el
galopar de la caballería. Estas fueron las primeras que descubrió Boyle, pero
las creyó hechas por los caballos de la diligencia cuando los desengancharon.
Su compañera no
cayó en el mismo error. Después de examinarlas con cuidado, alzó su rostro
radiante y animado:
— Fíjese —
dijo—, nuestros hombres han estado aquí y han intervenido en el asunto, sea lo
que sea lo que haya sucedido.
— ¿Nuestros
hombres? — 'repitió Boyle, sin comprender.
— Sí, soldados
del fuerte. La escolta de que le hablé. Estas huellas son de las herraduras de
reglamento en la caballería. No pertenecen al tronco de Foster, ni a
"mustangs", que jamás las usan. ¿No comprende? — insistió
impaciente—. Nuestros hombres han desconfiado de algo y han acudido al galope
a lo largo del acantilado. Mire — continuó, señalando las huellas de los cascos
que venían del llano—, han sospechado que los indios iban a atacar y lo han
puesto todo a buen recaudo.
— Pero si fue la
escolta de la que me habló, deberían saber que usted estaba aquí y, por
tanto... — iba a añadir "la han abandonado", pero se contuvo,
recordando a tiempo que eran soldados de su padre.
Adelantándose a
lo que él pudiera pensar, miss Cantire dijo, con un orgullo profesional que
hacía honor a su nariz aquilina y a su gallarda figura:
— Saben que yo
sé cuidarme y no iba a entretenerles en el cumplimiento de su deber. Y sabrán
también, naturalmente — añadió con sonrisa desdeñosa—, que estoy protegida por
un galante forastero, avalado por mister Foster. Seguro que ya está todo en
regla — concluyó, con cierta ciega confianza que a Boyle le produjo un leve
sobresalto, pues hasta ahora ella no había demostrado fe semejante en él—. Todo
ocurre "según órdenes del alto mando", mister Boyle, y volverán cuando
hayan cumplido su misión.
A pesar de sus
palabras, el varonil sentido común de Boyle fue quizá más certero que la fe
femenina y la disciplina que heredara miss Cantire, pues enseguida se dio
cuenta de la triste realidad. Los indios habían estado allí primero, saquearon
el carruaje y se hicieron dueños del botín y de los prisioneros. La situación
era desesperada, pero, en medio de todo, le quedaba el consuelo de que la
muchacha se encontraba segura. ¿Debía decirle lo que ocurría? No, era
preferible dejarla que conservase su tranquila fe en la expedita solvencia de
los militares y en su próximo regreso.
— Me parece que
tiene usted razón — dijo, animoso—, y demos gracias porque en el coche vacío
tiene usted un sitio donde esperar cómodamente a que ellos vuelvan. Mientras
tanto, voy a hacer un pequeño reconocimiento.
— Le acompaño •—
dijo ella.
Pero Boyle le
hizo ver con energía que era preferible que esperase allí la vuelta de los
soldados, a lo que ella, cansada también por la larga caminata, accedió en seguida.
Boyle, a pesar de haberse dado cuenta de la realidad, no creía que volviesen
los asaltantes y pensaba, por tanto, que la muchacha estaría segura.
Se dirigió a los
matorrales más próximos, donde suponía con razón que los indios prepararon su
emboscada y a donde primero se habían retirado, sin duda, con su botín.
Esperaba encontrar señales o rastros del despojo que a causa de la prisa
debieron abandonar. La suerte colmó sus esperanzas. Apenas había avanzado unos
pasos por la maleza encontró un testimonio que confirmaba sus lúgubres
pensamientos: el cadáver de Foster. No lejos se encontraba el cuerpo del agente
de Correos. Tanto uno como otro habían sido arrastrados a los matorrales desde
el lugar en que cayeron, y allí estaban, arrancado el cuero cabelludo y medio
desnudos. No se veían señales de lucha. Seguramente estarían ya muertos cuando
los llevaron hasta allí.
Boyle no era un
hombre duro de corazón, pero tampoco excesivamente blando. Su profesión le
había proporcionado suficientes peligros por tierra y por mar. Con frecuencia
había prestado a otros su valiosa ayuda, sin que su buen humor le restase
eficacia, rapidez y sentido común.
Sintió gran
lástima por los dos hombres, y hubiera luchado por salvarlos. Pero como nunca
fantaseaba con la muerte, su agudo sentido de la realidad le hizo reparar tan
sólo en el aspecto grotesco que presentan muchas veces los que mueren
violentamente. No se veían señales de agonía en las miradas perdidas de
aquellos hombres, tendidos de espaldas, con la aparente indiferencia y
bienestar de los borrachos, aspecto que realzaba su pelo desordenado y
empapado en sangre1 coagulada, que había perdido ya su color rojo.
Al pensar en la
muchacha, que, sin sospechar la verdad de lo sucedido, aguardaba en el coche,
arrastró los cadáveres hasta lo más espeso de los matorrales. Al hacerlo,
encontró un revólver cargado y una botella de whisky debajo de sus
cuerpos y, rápidamente, los guardó. Pocos pasos más allá estaban las
codiciadas cajas de armas y municiones, con las tapas arrancadas y vaciado su
contenido. Con una triste sonrisa comprobó que sus baúles de muestras habían
sufrido idéntica suerte, pero tuvo la satisfacción de ver que, mientras las
baratijas más brillantes habían despertado la infantil codicia de los indios,
éstos no habían reparado en su grueso abrigo de piel de cordero, que, sin ser
caro, iba a prestarle ahora un útil servicio, pues serviría para proteger a
miss Cantire del viento de la noche, que ya había comenzado a levantarse sobre
la llanura fría y adusta.
También pensó
que ella necesitaría agua después de su cansado viaje y decidió buscar un
manantial. Encontró al fin su recompensa en un delgado chorro que descubrió
no lejos del lugar de la emboscada. Pero no teniendo otro recipiente que la
botella de whisky, vació su contenido para llenarla de agua pura, un
sacrificio heroico para un viajero que conocía bien los efectos reparadores de
una bebida estimulante.
Rehizo el camino
y, cuando estaba a punto de abandonar la espesura, su mirada alerta descubrió
una sombra que se deslizaba delante de él, pegada a la tierra, lo cual hizo
correr más deprisa la sangre en sus venas.
Era la figura de
un indio que reptaba sobre sus manos y rodillas hacia el carruaje, a unas
treinta yardas.
Por primera vez
en aquella tarde, el inquebrantable buen humor de Boyle fue reemplazado por una
furia ciega. Pese a todo, no perdió la calma hasta el punto de olvidar que un
disparo alarmaría a la muchacha, por lo que reservó la pistola para un caso
extremo.
Durante unos
instantes se arrastró tan silenciosamente como el salvaje y después, de un
brusco salto, cayó sobre él, golpeando la cabeza y los hombros del adversario
contra las peñas antes de que éste pudiera lanzar un solo grito. El cuchillo de
escalpar que el indio sujetaba entre los dientes saltó cuando la mandíbula se
aplastó contra las rocas.
Boyle le sujetó
y oprimió la espalda del indio con la rodilla, pero el salvaje no hizo más
movimiento que una ligera contracción de las piernas. El golpe le había roto el
cuello. Boyle dio la vuelta al inerte cuerpo. La cabeza se inclinaba hacia un
lado como si se hubiera desprendido. En el mismo instante, Boyle reconoció al
indio amigo en la estación, al que diera su tarjeta. Se levantó mareado. La
reyerta había sido tan rápida, que el único ocupante del coche no había
advertido lo sucedido. Boyle amartilló instintivamente el revólver, pero el
hombre que yacía no volvió a moverse. Entre los matorrales que le rodeaban no
se advertía la presencia de ningún aliado del indio. Una vez más adivinó la verdad.
Los asaltantes habían dejado atrás a aquel traidor y espía para que regresara a
la estación y así se librara de sospechas. El estuvo merodeando, pero, como no
tenía armas de fuego, no se atrevió a atacar a los supervivientes mientras
permaneciesen juntos.
Boyle recobró en
un momento su desbordante y habitual buen humor. Se fue al manantial, se
"limpió de indio", como con macabra expresión se dijo a sí mismo, se
sacudió el polvo de la ropa, y recogió el abrigo y la botella para regresar al
coche. Estaba oscureciendo, pero los tonos rojizos del cielo que se advertían
por el oeste brillaban sin obstáculos a través de las ventanas. El silencio le
asustó. Sin embargo, experimentó un gran alivio al abrir la puerta y ver a miss
Cantire sentada, muy erguida, en un rincón.
—Siento haber
tardado tanto —dijo, a modo de disculpa—, pero...
—Supongo que se
habrá tomado usted el tiempo que necesitaba —le respondió ella en tono
condescendiente—. No se lo reprocho, ya que cualquier cosa es preferible a
quedarse encerrada en este aburrido coche durante Dios sabe cuánto tiempo.
—Fui a buscar
agua —dijo él con humildad—, y le he traído un poco.
Le entregó la
botella.
—Ya veo que se
ha lavado usted —comentó ella con cierta envidia—. ¡Tiene usted un aspecto muy
elegante! Pero, ¿qué le pasa a su corbata?
Boyle se llevó
la mano al cuello; la corbata estaba floja y en la reyerta se le había torcido.
Se sonrojó por dos motivos: la sensibilidad de un hombre pulcro y esmerado y el
temor a que ella descubriera la verdad.
—¿Y eso qué es?
—indagó la muchacha, señalando el abrigo.
—Una de mis
muestras, que supongo sacaron del coche y quedó olvidada en el trasbordo
—explicó él—. Pensé que serviría para abrigarla a usted.
Ella le miró con
expresión pensativa y lo puso a un lado alegremente.
—¿No me irá
usted a decir que va por ahí con cosas como ésta? —indagó Julie en tono de
broma.
—Pues sí
—convino él con una sonrisa—. No deben perderse las oportunidades de comerciar,
¿no cree?
—Pues este viaje
no le ha resultado muy provechoso —observó ella—. Desde luego, vive usted por
completo entregado a sus negocios.
Tras una pausa,
añadió, descontenta:
—Ya ha
anochecido y no podemos seguir aquí sentados en la oscuridad.
—Podríamos traer
una de las lámparas del coche.
Aún siguen ahí.
Pensé que si dejásemos una fuera, guiaría a nuestros amigos para encontrar el
camino.
Así era. Boyle
estaba convencido de que tanto la audacia del acto como la certeza que
tendrían los indios de la presencia de soldados en aquellos parajes, iba a
contribuir a alejarlos del lugar en vez de atraerlos.
Julie se sintió
reanimada en cuanto Boyle encendió la lámpara y la colocó dentro del coche. Con
curiosidad, le observó bajo la luz. El rostro del viajante aparecía ligeramente
encendido y sus ojos brillaban con viveza. El homicidio, cuando no lo practican
manos avezadas y profesionales, tiene el inconveniente de que altera la
circulación de la sangre. Pero miss Cantire había advertido que la botella
olía a whisky, de lo cual sacó la errónea conclusión de que el pobre
hombre había estado reconfortándose de las penalidades pasadas.
—Imagino que
estará usted harto de tanto retraso —comentó ella reanudando la conversación.
—No lo crea
—contestó él—. ¿Le gustaría jugar a las cartas? Llevo una baraja en el
bolsillo. Podemos utilizar el asiento del centro como mesa y colgar la lámpara,
de la correa de la ventana.
Julie asintió
sin entusiasmo desde el asiento atrasero. Boyle ocupaba el de delante, dejando
libre el de en medio para que sirviera de mesa. Como principio hizo algunos
juegos de manos con las cartas y logró despertar el interés de la muchacha con
un jack que aparecía y se evaporaba como por arte de magia. A continuación
jugaron algunas partidas, en las que miss Cantire hacía trampas con tan
adorable candor, que Boyle se dejó ganar mano tras mano sin sentir la más
ligera molestia. Al fin, en un par de ocasiones, pareció como si ella se
llevase las cartas a la boca para ocultar un bostezo y que los párpados
comenzaron a pesarle. Boyle propuso entonces que se acomodase en un rincón del
vehículo con tantos cojines como deseara, así como la despreciada chaqueta,
mientras él tomaba el fresco nocturno, vigilando y aguardando el regreso de la
patrulla. Al cabo de un rato, tuvo la satisfacción de comprobar que la
muchacha se había dormido, con lo cual reanudó más tranquilo su ronda de
centinela.
Cuando se
hallaba a cierta distancia del coche pudo oír entre la maleza un lamento débil
y lúgubre, que fue aumentando hasta romperse en un aullido prolongado. Otra
voz, a lo lejos, en la sombría llanura, respondió del mismo modo. Boyle
reconoció a los coyotes y comprendió al punto la repugnante causa del
alboroto: las alimañas habían olfateado los cadáveres y él se culpaba por
haber dejado a su víctima tan cerca del coche.
Cuando iba a
retirarla, se oyó un nuevo grito, ahora humano y crispado de terror. La
portezuela del carruaje se abrió y por ella salió como una exhalación miss
Cantire, con el rostro demudado, los ojos agrandados por el pánico y su esbelta
figura agitada por un convulsivo temblor. Corrió hacia Boyle, y se aferró con
desesperación a las solapas de su chaqueta, como si quisiera esconderse en
ella. Con voz desconcertada decía:
—¿Qué es eso? Sálveme,
mister Boyle.
—Son coyotes —la
tranquilizó él—, pero no hay peligro alguno. Nunca le atacarán a usted. Está
muy segura en su asiento. Permítame que la acompañe otra vez al coche.
Pero ella
permaneció en el mismo sitio, como pegada a él, aferrándose con desesperación
a su chaqueta.
—No, por favor
—rogó—. No puedo. Oí en sueños aquel horrible grito, abrí los ojos y, de
pronto, vi aquel monstruo con sus ojos amarillos y la lengua colgando. Hasta
sentí su repugnante aliento cuando se metía entre las ruedas de la diligencia.
¡Dios mío! ¿Qué es eso?
Presa nuevamente
de un terror nervioso, se apretó contra él. Boyle, rápido, firme y dominando la
situación, la rodeó con el brazo. Al sentirse protegida, ella cedió a su
presión, agradecida mientras dejaba escapar un sollozo.
—No hay nada que
temer —repitió Boyle con tranquilidad—. Ya sé que no resulta agradable
encontrarse con los coyotes, pero no la hubieran atacado. Es probable que ese
animal que vio usted haya olfateado alguna carroña en la llanura. Seguro que
le asustó usted más a él que él a usted. Apóyese en mí —invitó al observar que
su paso vacilaba—. Estará más cómoda en el coche.
—¿Y no me dejará
sola? —rogó Julie con terror.
—Seguro que no.
Sin soltarla, la
condujo hasta el vehículo con sosiego, con gentileza, como dueño de ella y más
aún de sí mismo, pese a que el hermoso cabello suelto de la muchacha le
rozaba la cara y le caía sobre el hombro, a pesar de que su perfume le
embriagaba y de que sentía el cuerpo esbelto y perfecto de Julie apoyado en el
suyo. La ayudó a entrar en la diligencia. Con ayuda de los cojines y del
chaquetón preparó un lecho en el asiento trasero. Después, pacientemente se
sentó en el que le correspondía. Poco a poco volvió el color al rostro de la
muchacha o, por lo menos, a la parte que su pañuelo no ocultaba.
La voz trémula
de la muchacha, amortiguada detrás del pañuelo, intentó dar unas excusas:
—Estoy
avergonzada, mister Boyle. No pude evitarlo. Fue todo tan repentino y tan
horrible... No hubiera tenido miedo de tratarse de un indio con un cuchillo
de escalpar, en vez de aquella fiera. No sé por qué lo hice; pero me encontraba
sola y me parecía estar muerta, que usted también estaba muerto y que venían
a devorarme, pues ya se sabe que lo hacen, como usted mismo ha dicho. Quizá
estuviera soñando. No sé qué va a pensar de mí. Ni yo misma sabía que fuera tan
cobarde.
Boyle protestó
indignado. Tenía la seguridad de que si estuviese dormido y no supiese de
antemano que se trataba de coyotes, también él se hubiera asustado. Miss
Cantire debía intentar dormir. Estaba seguro de que lo conseguiría, y él no iba
a moverse del coche hasta que ella se despertase o regresaran sus amigos.
La muchacha,
tranquilizada, retiró el pañuelo de la boca, aquella boca que volvía a sonreír
aunque todavía temblase un poco. La reacción no se hizo esperar: sus fatigados
nervios le proporcionaron primero languidez y después reposo. Boyle contemplaba
cómo las sombras se iban intensificando alrededor de sus oscuras pestañas
hasta que se apoyaron en el débil rubor que el sueño devolvía a sus mejillas.
Sus finos labios se entreabrieron y, al fin, su respiración adquirió el ritmo
sosegado del sueño.
Mientras ella
dormía, Boyle, sentado enfrente, soñaba el antiguo sueño que los hombres buenos
y honestos se permiten una vez en la vida. No se movió casi hasta que el alba
con su luz de ópalo inundó la monótona llanura, devolviendo los contornos del
horizonte y la claridad. Sólo entonces despertó Boyle de su sueño, primero con
un suspiro, luego con, una risa. En aquel instante oyó el sonido de cascos
lejanos, que le hicieron abandonar el coche en silencio. Un grupo de jinetes venía
a su encuentro. Boyle les salió al paso y, alzando una mano, los detuvo a
cierta distancia del carruaje. Ellos deshicieron el compacto grupo que
formaban, con lo que se pudo revelar que eran unos doce soldados y un elegante
oficial, tan joven como un cadete.
—Si buscan a
miss Cantire —dijo Boyle en tono tranquilo y objetivo—, está a salvo en el
coche, y dormida. No sabe una palabra de lo ocurrido. Cree que ustedes han
vaciado la diligencia en previsión de un ataque indio. He tenido una noche
bastante agitada, a causa del cansancio y del susto que le han dado los
coyotes. He creído preferible ocultarle la verdad mientras fuera posible, por
lo que les aconsejo que se la hagan saber poco a poco.
Sin palabras
inútiles les refirió sus aventuras, omitiendo tan sólo su encuentro personal
con el indio. Un nuevo orgullo, consecuencia tal vez de su secreto sueño, se lo
impidió.
El joven oficial
le contempló con toda la deferencia que podía demostrarle a un paisano que se
mezcla en operaciones militares.
—Estoy seguro
—dijo cortésmente— de que el mayor Cantire le quedará muy reconocido cuando lo
sepa. Y como nos proponemos enganchar inmediatamente para devolver el coche a
la estación de Sage Wood, tendrá usted ocasión de contárselo personalmente.
—Yo no iré con
ustedes a Sage Wood —respondió Boyle sin alterarse1—. En esta
excursión ya he perdido diez horas, así como mi baúl, y creo que lo menos que
el mayor Cantire puede hacer es prestarme un caballo del Ejército para llegar a
la próxima estación a tiempo de alcanzar la otra diligencia. Lo conseguiré si
me pongo en camino inmediatamente.
Boyle oyó su
nombre, precedido del familiar Dicky, que el sargento, amigo suyo, le daba al
oficial, seguido de las palabras "buhonero de Chicago". Al oír éstas,
una imperceptible sonrisa animó el grupo.
—Está bien,
señor —decidió el oficial con una familiaridad algo menos respetuosa que su anterior
actitud—. Puede usted llevarse un caballo, pues me temo que los indios se han
apoderado de sus muestras. Dele una montura, sargento.
Los dos hombres
se dirigieron a la diligencia. Boyle se detuvo un momento junto a la ventana
para mostrarle la figura de miss Cantire, dormida aún apaciblemente sobre un
montón de cojines, y luego se alejó con calma. Poco después galopaba en el
caballo de uno de los soldados a través de la desolada llanura.
Miss Cantire
despertó al cabo de un rato, al oír una voz familiar, para encontrarse con
figuras que conocía. Pero las primeras palabras que le dirigió el joven oficial,
un breve relato de la persecución de los indios y la recuperación de las armas,
aunque omitiendo el asesinato de Foster y del agente de Correos, hicieron cambiar
su alegre expresión y formar una arruga en su linda frente.
— 'Mister Boyle
no me dijo una sola palabra de todo eso — exclamó alarmada—. ¿Dónde está?
— Camino de la
próxima estación, en uno de nuestros caballos. Quería alcanzar la otra
diligencia, sin duda para conseguir una nueva caja de muestras, ya que los
indios se han adornado con sus cintas y sus lazos. Dijo que en esta excursión
ya había perdido bastante tiempo — añadió riendo el oficial—. Es un comerciante
listo este tipo. Confío en que no la habrá aburrido.
Miss Cantire se
dio cuenta de que se le enrojecían las mejillas y se mordió los labios.
— Me ha parecido
muy amable y delicado, mister Ashford — respondió fríamente— . Pudo haber
creído que la escolta debiera haber alcanzado el coche un poco antes, evitando
así todo lo ocurrido; pero es demasiado caballero para decirme nada de eso —
añadió en tono seco, alzando ligeramente su aquilina nariz.
Sin embargo, las
últimas palabras de Boyle la habían herido en lo más vivo. ¡Marcharse tan de
prisa, sin despedirse ni preguntarle qué tal había dormido! Ciertamente que
había perdido tiempo, estaba cansado de su compañía y pensaba en sus preciosas
muestras mucho más que en ella. Al fin y al cabo, era muy propio de él correr
tras un pedido.
Estuvo a punto
de volver a llamar al oficial para contarle cómo Boyle había analizado su
indumentaria. Pero mister Ashford parecía entonces muy interesado, junto con
sus hombres, en una roca cubierta de arbustos, que se hallaba a poca distancia
del coche, lo bastante cerca para que ella pudiese oír lo que hablaban.
— Juraría que
ayer no había aquí ningún indio muerto. Lo exploramos todo, y con luz del día,
buscando rastros. A este indio lo han matado durante la noche. Es muy propio de
Dicky Boyle haberlo hecho, teniente, y también callárselo para no asustar a
miss Cantire. Boyle sabe muy bien cuándo ha de tener la boca cerrada y cuándo
debe abrirla.
Miss Cantire
regresó a su rincón al ver que el oficial se dirigía al coche. Súbitamente
había comprendido lo que sucediera la víspera: la larga ausencia de Boyle, su
rostro encendido, su corbata torcida y su forzado buen humor. Quedó anonadada,
estupefacta, inquieta... y llena de admiración. ¡Y tal héroe había estado
sentado delante de ella, guardando silencio durante toda la noche! — ¿Dijo
algo mister Boyle de un ataque de los indios la noche pasada? — indagó
Ashford—. ¿Oyó usted algo? — Sólo el aullido de los coyotes — respondió miss
Cantire—. Mister Boyle se ausentó por dos veces.
También ella era
muy parca en palabras, como si deseara imitar al héroe ausente.
— Ahí hay un
indio muerto. Lo han matado... — comenzó a decir el oficial.
— Por favor,
mister Ashford, ni una palabra más — le interrumpió Julie—, y marchémonos
cuanto antes de este horrible sitio. Enganche los caballos, por favor. No puedo
soportarlo por más tiempo.
Los
caballos ya estaban enganchados
y montados por los soldados. El vehículo se disponía a partir cuando
miss Cantire gritó: — ¡ Esperen!
Al llegar
Ashford a la puerta, la muchacha estaba de rodillas examinando el piso del
coche.
— ¡Vaya por
Dios! He perdido una cosa. Debió caérseme por el camino — exclamó sin aliento
y con las mejillas encendidas— -. Deberán esperar a que vaya a buscarla. No
tardaré. Pero ya sabe que no tengo prisa. Mister Ashford contempló absorto a
miss Cantire, mientras ésta, como una colegiala, saltaba del coche y echaba a
correr por el sendero que la tarde anterior recorriera en compañía de Boyle. No
había andado mucho, cuando encontró las flores marchitas que ella le obligara a
tirar.
"Debe ser
por aquí", se dijo. De pronto dio un grito de júbilo y recogió la tarjeta
que Boyle le había mostrado. Después echó una mirada furtiva en derredor y,
eligiendo una ramita de mirto del ramillete, la ocultó bajo su manto y regresó
a toda prisa, muy contenta, al carruaje.
— Gracias. Muy
bien, ya lo he encontrado — informó a Ashford con una sonrisa radiante.
Nada más entrar
en el coche, la comitiva emprendió la marcha. Miss Cantire, a solas en su
retiro, sacó el mirto del manto y envolviéndolo cuidadosamente con su pañuelo
lo guardó en el bolso. Después cogió la tarjeta, leyó una y otra vez los datos
e informes que contenía, examinó los bordes manchados, los cepilló con esmero
y la sostuvo unos instantes en la mano con mirada distraída. Luego se la llevó
a los labios, la enrolló muy despacio y, desabrochando un corchete, la guardó
en el pecho.
Mientras tanto,
Dick Boyle cabalgaba hacia la lejana estación, ignorando que el primer paso
para que se cumpliera su disparatado sueño ya se había dado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.