Magnífico es el Alcázar
Con que se ilustra Sevilla;
Deliciosos sus jardines,
Su excelsa portada, rica.
Duque de Rivas.
Difícil y aun ardua tarea es la que nos
proponemos al intentar describir el Alcázar de Sevilla, porque no hay cosa más
indescriptible. Difícil tarea es, repetimos, aun para nuestra paciente pluma,
que, bien que mal, se complace en describir lo que la impresiona o interesa.
Como no somos historiadores ni artistas, no describiremos bajo el punto de
vista histórico ni bajo el artístico este venerable decano de los edificios del
país, joya de patrimonio de nuestros Reyes: harémoslo sencillamente de la
manera gráfica y minuciosa con que reproduce el daguerrotipo los objetos, esto
es, retratándolos sin otras impresiones que las que ellos mismos causan.
El Alcázar, castillo fuerte y residencia
de los Reyes Moros, fue mucho mayor de lo que lo es en el día. Hasta la Torre
del Oro, cercana al río, se extendían sus fuertes muros, hoy en parte
arruinados, en parte fuera del recinto del actual Alcázar, y escondidos y
oprimidos entre casas, sobre las cuales se alza de trecho en trecho una de sus
torres, como un roble entre las zarzas que lo oprimen, para respirar en ancha
atmósfera y no ahogarse mezquinamente. En el día su recinto es más reducido, y
carece de los cuarteles, cuadras y plazas de armas que probablemente ocuparían
antes el terreno cercado. Como las construcciones del pueblo reconcentrado a
que debe su origen, carece el Alcázar de fachada exterior; y sólo tres puertas
pequeñas, sencillas y rivales; y un postigo, dan separada entrada a tres de sus
cuatro patios, alrededor de los cuales se alinean construcciones de diferentes
gustos y edades, recuerdo de distintas épocas y diversos monarcas, que se
tocan, si no en la mayor armonía, en la más perfecta paz y concordia, y son
todas viejas y pobres esclavas de la mansión Regia, hermosa sultana de eterna
juventud.
Una de las bellezas que sorprenden y
admiran a todo el que se dirige a visitar el alcázar, es la plaza llamada del
Triunfo, que antecede a la entrada del primer patio, y que nos recuerda otra
grandiosa plaza de la capital de Galicia, que, como ésta sólo se halla formada
por cuatro edificios. Alzase al Norte la nunca bien ponderada, la nunca
bastante admirada catedral, la Iglesia de las iglesias, la honra de la católica
España, santo e infalible reloj cuyo minutero no ha discrepado un punto desde
que la inmutable dignidad del culto católico le dio cuerda. Vese al Poniente la
Lonja, hermosa y perfecta construcción de Herrera, que en estantes de caoba
conserva con el merecido decoro los preciosos documentos del archivo de Indias.
Al Sur se alzan las almenadas murallas del Alcázar, flanqueadas de torres macizas
que le sirven de poderosos sostenes contra el común enemigo, el tiempo, pero
que fueron impotentes contra el ejército que tuvo por caudillo al Santo Rey
Fernando III. Completa esta plaza al Levante una espaciosa y bella casa
particular que no la afea.
La
puerta del Alcázar, situada en el ángulo formado por los muros exteriores de
éste y la mencionada casa, da entrada al patio de las Banderas. Cuanto sobre el
origen de este sonoro nombre hemos podido averiguar, redúcese a que es debido a
un haz de banderas que sobre la puerta hubo en otros tiempos pintado al fresco.
Debajo del arco de entrada y a mano izquierda hay un precioso retablo, que se
ilumina todas las noches, y en cuyo centro se ve una pequeña Virgen de la
Concepción con dos lindas efigies de San Joaquín y Santa Ana a sus lados: en la
parte superior y en los costados del retablo se hallan colocadas la de San José
con el Niño en brazos, y las de San Fernando y San Pedro, que parecen ofrecer
la espada y las llaves, con que están representados, a la Madre del Redentor.
El todo forma un conjunto tan grato para la vista como para el corazón. El
patio es entrelargo, tiene en medio una fuente rodeada de árboles, y tanto el
lado por donde hemos introducido en él al lector, como los dos que le son perpendiculares,
se hallan compuestos de casas, sin mérito alguno artístico, alquiladas a
particulares, alzándose en el opuesto la hermosa habitación del Teniente de
Alcaide, en cuyo extremo izquierdo según se mira, hay un arco que conduce por
un estrecho y retorcido callejón al postigo de que hemos hablado y que da
salida a la calle llamada de la Vida, al paso que en el costado derecho se
encuentra una gran puerta coronada con las armas Reales y que da ingreso a un
cuerpo de edificio construido por Felipe III y reparado por Felipe V, que
colocó en sus salones altos la Real Armería. Entrase por dicha puerta en un
vasto corredor o vestíbulo sostenido por columnas, llamado el apeadero, y
encuéntrase en frente un antiguo y venerable retablo. En el ángulo izquierdo un
callejón bajo de techo, termina en una cancela de hierro que da entrada a los
jardines. En el derecho hay en dirección perpendicular una galería que tiene a
la derecha dos casas y a la izquierda la verja de un patio llamado de Doña
María de Padilla, y que el actual Teniente de Alcalde, con el buen gusto y celo
que le distinguen, ha convertido en jardín.
Al otro lado de éste y en frente de la
verja de que hemos hecho mérito, vese el cuerpo del edificio construido por el
emperador Carlos V, para celebrar en él sus bodas con la Infanta Doña Isabel de
Portugal, y que consiste en inmensos y vacíos salones, de los que unos dan a
éste nuevo jardín y otros a los antiguos del Alcázar. En el principal de dichos
salones se verificó el Regio enlace el 10 de marzo de 1526, solemnizando el
invicto Monarca este acontecimiento con dar libertad en el mismo día al rey
Francisco I de Francia, preso en la torre de los Lujanes de Madrid desde la inolvidable
victoria de Pavía.
. En otro salón
de aquellos, llamada la sala Cantarera, celebró mucho tiempo sus sesiones la
Real Academia Sevillana de Buenas Letras, a que Sotelo, Reinoso, Lista, Arjona,
Mármol, Roldan y tantos otros hombres ilustres pertenecieron, que estuvo en
posesión de él desde que en 1752, el año de haber sido fundada por el docto
sacerdote D. Luis Germán, fue acogida bajo la real protección por Fernando VI,
hasta 1848 en que el entonces Teniente de Alcaide la hizo desalojar, sin
respetar la concesión hecha a este célebre cuerpo literario por su Regio Protector,
ni el haberle sido confirmada por nuestra augusta Soberana en 1842, y sin que
hayan sido después eficaces todas las gestiones de la Academia para volver a
ocupar su antiguo e histórico local.
Termina la galería antes expresada, en
otro patio, que es el principal, y que comunica por un arco con otro estrecho y
largo, llamado de la Montería por haber sido residencia de los leales Monteros
de Espinosa. A un extremo está la puerta que debe su nombre al León de España,
que, con una mano puesta sobre una lanza y una cruz en la otra, se ve pintado
encima, ostentando éste que fue su magnífico lema: Ad utrumque.
¡Imposible nos es contemplar sin
avergonzarnos este lema glorioso de la antigua España!
En el patio de la Montería se halla un
vasto y notabilísimo aposento llamado la Sala de Justicia, que es acaso la
construcción más antigua del Alcázar y la más puramente árabe. En él se reunían
los Jueces; y cuando hablemos del dormitorio del Rey D. Pedro, referiremos una
tradición que une lúgubre y justicieramente el nombre de este Monarca al de la
sala expresada.
Vueltos al patio principal, diremos que en
el frente opuesto al arco por donde se sale al de la Montería, álzase
deslumbrando al que la mira, la árabe fachada del Regio Alcázar. Pero antes de
entrar en éste, sigamos un pasadizo, que del patio principal conduce al cuarto
patio, que es el más moderno, el más chico, el más simétrico y el más triste de
todos, que se llama de la Contratación, y que debe su restauración a los
comerciantes que allí tenían sus juntas y hacían sus contratos cuando se
hallaba en auge el comercio de Sevilla con América.
Volvamos a la Regia Morada.
No ha mucho que esta inapreciable joya se
encontraba en el más triste y vergonzoso abandono. No sólo se hallaban
deslustrados y perdidos los preciosos colores y dorados que hacían de ella la
única mansión capaz de realizarlas semi-fantásticas concepciones de los cuentos
de las Mil y una noches, no sólo se hallaban, a fuerza de estúpidos blanqueos,
enterrados y completamente ocultos en cal los finísimos arabascos de sus muros;
no sólo conservaba como heridas sin curar, los destrozos sufridos en distintas
épocas y circunstancias, sino que varios patios y aposentos apuntalades daban
margen a que escribiese cierto humorista viajero de los que en lugar de
descripciones hacen sátiras, por ser esto último más fácil, que una de las
cosas afortunadas que le habían sucedido durante su viaje, era el haber salido
sano y salvo del Alcázar de Sevilla. Así, pues, los verdaderos amantes del
país, los anticuarios, los artistas y los historiadores deben estar
profundamente agradecidos a nuestra Reina Doña Isabel II, en cuyo reinado se ha
dado por fin cima a la restauración de este admirable monumento, único en
Europa, que con la Alhambra y el Romancero nos trasporta a lo vivo a aquellas
románticas edades en que la elegancia y los bríos varoniles, el espíritu
caballeresco y el religioso, la galantería y el heroísmo reinaban justamente y
sin contrariarse. Esta bienhadada restauración, cuya fecha, con el nombre de la
Reina que la dispuso, brilla en letras de oro formando el más bello adorno de
la puerta principal del palacio, atrae y atraerá cada día con mayor fuerza a
nuestra Soberana los entusiastas elogios a que es acreedora, por haber sabido
sobreponerse al espíritu avariento de la época y a sus tendencias cínicamente
pregonadoras de lo positivo y de lo útil, demostrando doblemente de lo que son
capaces la generosidad y esplendidez regias.
La equidad exige que recaiga una parte de
estos elogios en el entendido y perseverante Teniente de Alcaide actual, que
con singular constancia, celo e inteligencia, superando obstáculos y venciendo
inercias, ha sabido realizar los deseos de la augusta señora, eficazmente
ayudado en la parte artística por el distínguidísimo pintor sevillano Don
Joaquín Domínguez Bécquer. Difícilmente se hubiera hallado otra persona que
hubiera podido hacer lo que el Señor D. Alonso Núñez de Prado ha llevado a
cabo, pues no es fácil seguramente encontrar quien esté dotado de su fuerza de
voluntad, quien se enamore, como él de su obra, y le dedique todo su tiempo;
quien tenga su buen gusto y su inteligencia, y quien sea asimisino bastante
acaudalado para poder anticipar de sus propios fondos las sumas necesarias para
tan dispendiosa obra, a cubrir las cuales no siempre alcanzaban los
rendimientos de las fincas del Real Patrimonio puestas a su cuidado. Así, pues,
tanto nuestros soberanos como el país, deben estar reconocidos al que,
interpretando dignamente los nobles deseos de nuestra reina, ha logrado
restaurar este Alcázar, preparando infatigablemente la noble hoguera de la que
en todo su primitivo esplendor ha resucitado al morisco Fénis.
Ya en la fachada deslumbran los vivísimos
colores y el oro, que constituyen el regio manto de esta encantadora mansión.
La entrada carece a nuestro entender de grandeza, privándola una pared de la
vista del magnífico patio principal, al que conduce una pequeña puerta lateral.
Hállase este patio rodeado de cincuenta y dos columnas de mármol, de las que
cuarenta están apareadas, formando las doce restantes cuatro grupos de a tres
en los ángulos. Sobre estas columnas álzanse veinte y cuatro arcos piramidales,
formado cada uno de trece semicírculos, menos los cuatro que ocupan el centro
de cada frente, que constan de quince; rodeando al patio una galería, cuyos
muros así como los de los arcos, están cubiertos de arabescos, y tienen
formados sus zócalos de aquel brillante y perdurable alicatado peculiar de los
moros.
Frente a cada uno de los cuatro arcos
centrales, que son mayores y menos agudos que los demás, hay en la galería una
gran portada, de las que una comunica al salón de Embajadores, otra al llamado
de Carlos V, otra a otro salón, y la restante constituye el emplazamiento en
que, según es fama, se colocaba el trono de los Reyes moros para recibir el
feudo de las cien Doncellas impuesto a sus vasallos por el usurpador Rey de
Asturias Mauregato, y pagado anualmente a los árabes en recompensa de haber
auxiliado a aquel para apoderarse de la corona, hasta que su sucesor el gran
rey D. Alfonso II el Casto redimió a los cristianos de tan vergonzoso tributo,
gracias a sus brillantes victorias sobre los infieles.
De verificarse en este patio la entrega de
este feudo, pretende la tradición que se deriva su nombre de patio de las
Doncellas.
Dos de los tres pequeños ajimeces o
claraboyas caladas que hay encima de la magnífica puerta de alerce que conduce
al salón llamado de Carlos V, por haberlo reedificado este soberano y
sustituido a su antigua techumbre el precioso artesonado que hoy se admira en
él, tienen en su parte superior dos cabezas árabes cubiertas con sus turbantes,
una de hombre y otra de mujer. Según tradición, son retratos del alarife que el
rey D. Pedro hizo venir de Granada para reconstruir el antiguo Alcázar, y de su
mujer puestos en aquel paraje por orden del monarca para perpetua memoria.
El piso superior lo forma una galería
jónica construida por Carlos V, cuyo soberbio Plus Ultra ostenta también este
patio.
Pásase del patio que hemos descrito al
salón de Embajadores, que eleva su soberbia cúpula sobre todas las demás
techumbres del edificio. Compónese cada uno de sus cuatro frentes de un
bellísimo arco, tres de los cuales tienen otros tres embutidos; sobre cada arco
grande hay tres claraboyas figuradas y caladas como encaje; encima de los
cuatro grandes arcos, se ven cuarenta y cuatro más pequeños embutidos en el
muro; sobre estos hay un balcón en cada fachada, y encima de ellos y circundando
al salón, existía una serie de retratos de los Reyes de España, dentro cada uno
de un arco gótico; álzase finalmente la majestuosa media naranja artesonada que
corona el salón. Destinado en una ocasión el Alcázar a cuartel de voluntarios,
entretuviéronse estos desde los balcones en despedazar a bayonetazos los
históricos retratos de que hemos hablado.
Impotente nuestra pluma para describir
debidamente este salón y referir las impresiones que el recuerdo de la trágica
escena ocurrida en su recinto el 19 de Mayo de 1358 despierta, y de que, según
afirma la tradición, son evidentes testimonios las vetas rojizas que manchan
las losas del pavimento, y que se suponen producidas por la sangre del maestre
Don Fadrique al ser muerto por los ballesteros de su ofendido hermano el Rey
Don Pedro de Castilla, dejemos hacerlo al primero y más nacional de nuestros
poetas contemporáneos, al Duque de Rivas:
Mas ¡hay! aquellos pensiles
No he pisado un
solo día
Sin ver (¡sueños
de mi mente!)
La sombra de la
Padilla.
..................................
Ni en el aposento regio
El que tiene en
la cornisa,
de los reyes los
retratos
El que en
columnas estriba.
Al que adornan azulejos
Abajo, y esmalte
arriba,
El que muestra
en cada muro
Un rico balcón,
y encima
El hondo artesón dorado
Que lo corona y
atrista,
Sin ver en
tierra un cadáver;
Aun en las losas
se mira
Una tenaz mancha oscura...
¡Ni las edades
la limpian!...
¡Sangre!
¡Sangre!... ¡Oh, Cielos, cuántos
Sin saber que lo
es la pisan!
Del salón de Embajadores se pasa a un
patio de no grandes dimensiones, pero de imponderable belleza. Llámase de las
Muñecas, y se compone de diez arcos, de los que los cuatro centrales son
mayores que los restantes. Sostiénenlos columnas de mármol, y tanto sus muros
como los de la galería que forman y los dos pisos superiores, son literalmente
de finísimo y delicado encaje. Es todo blanco, y ha sido resguardado de la
acción de la intemperie, colocando sobre él una elegante cubierta de cristales.
Sólo el lápiz y el pincel unidos pueden
dar idea de la caprichosa variedad y belleza de los adornos, de que así el
salón y los dos patios de que hemos hecho mérito, como las demás estancias del
piso bajo del Alcázar, tienen revestidos sus muros; y de lo admirable de los
artesonados. Por todas partes deslumbran el oro y los mosaicos compuestos de
los más vistosos colores. Las ventanas, divididas a lo morisco por finas
columnitas, dan la mayor parte a los jardines, los cuales tendrían quizás el
aire demasiado grave, si la severidad de los naranjos y bojes que unos contra
las paredes, otros sirviendo de marco a los cuadros, no discrepan de la
etiqueta, no estuviera paliada por el murmullo de las fuentes, la espléndida
alegría del cielo y la lontananza de sus horizontes que nada interrumpe, por
concluir los jardines en los muros de la ciudad, lo que les da el silencio y el
apacible encanto de la soledad.
El segundo piso del edificio fue levantado
en su mayor parte con posterioridad a la construcción árabe y a la
reedificación hecha por D. Pedro. En él existen muchos hermosos salones con
magníficos artesonados, (entre ellos una estancia admirable que da a la
fachada, y cuyas paredes sostenidas por columnas, revisten el oro y los
colores, y los mismos encantadores arabescos que embellecen los aposentos del
piso bajo), y un lindísimo oratorio de arquitectura gótica, fabricado de orden
de los Reyes Católicos, y de gusto semejante al de la iglesia de San Juan de
los reyes en Toledo.
El altar, que es de azulejo, representa la
Visitación de Nuestra Señora, viéndose en el frontal la Anunciación, y entre
muchos adornos la bella y memorable divisa de los augustos fundadores Tanto
monta, con el yugo, y sus iniciales F. I.
En este mismo piso se encuentra el
dormitorio del Rey D. Pedro, que es la última habitación situada en el lado
izquierdo del Alcázar, mirando hacia los jardines. En el techo de la parte de
muro comprendida entre dos puertas, que una tras otra cierran una de las
entradas de esta estancia, se ven pintadas cuatro calaveras, y junto a otra
puerta una figura esculpida en estuco, que representa un hombre sentado
contemplando otra calavera. He aquí la tradición a que esto se refiere.
Cuéntase que escuchando un día el Rey a quien la historia llama el Cruel, y las
tradiciones y la poesía el Justiciero, una deliberación entablada en la sala de
Justicia por cuatro jueces que acababan de oír la relación de cierta causa,
vino en conocimiento de que trataban de torcer la ley del lado de la dádiva, y
del modo de repartirse las que en premio de su infamia les habían sido
ofrecidas. Presentóse el monarca indignado ante ellos, y haciéndoles cortar
acto continuo las cabezas, dispuso colocarlas para eterno escarmiento en el
sitio donde hoy se ven las calaveras. Andando el tiempo fueron quitadas de allí
las cabezas, y sustituidas por las calaveras y la figura que parece llamar la
atención sobre ellas, como indicando el fin reservado por la justicia del Rey a
los jueces prevaricadores.
Una pequeña y casi escondida escalera,
única que existía en el antiguo Alcázar, -pues la grandiosa principal que hoy
une los dos pisos, y que pertenece al Renacimiento, es del tiempo de Felipe II,
y se halla fuera del recinto de aquél-, comunica desde el dormitorio de D.
Pedro a una capilla situada en el piso interior, en lo que fueron habitaciones
de Doña María de Padilla, y por ella diz que bajaba el Rey a distraerse de las
ingratitudes y falacias de que fue siempre víctima, al lado de una mujer amante
y fiel.
Un
terrado se extiende ante las habitaciones altas, y otro ante las bajas, y
conducen desde ellas a los jardines. Llámanse jardines, por estar divididos, no
sabemos con qué objeto. La última división que al frente parte el jardín en
dos, es debida al Asistente Don Francisco Bruna, que malgastó en ello bastante
dinero.
Por la izquierda termina el jardín en una
gran galería techada, por la cual puedes pasearte en los días lluviosos; y que
separa a aquél de la extensa huerta perteneciente al Alcázar. Cubre la galería
una azotea, que es otro nuevo paseo, en extremo agradable por las buenas vistas
que ofrece; pero ninguna más grata que el contraste que forman de una parte
aquellos regios jardines con su majestad, su orden y su silencio, y de otro la
casita del hortelano en su pintoresco desorden, con su parra por toldo, sus
gallinas y pollos por cortesanos, sus legumbres por riqueza, sus flores por
lujo, y su alberca habitada por ranas, a dos pasos de los históricamente
famosos y regios baños de las Sultanas, y más tarde de Doña María de Padilla.
Entrase en ellos por el jardín, y están hoy bajo el patio que lleva el nombre
de ésta, levantado en tiempo de Carlos V. En lo antiguo se hallaban rodeados de
naranjos y limoneros que bebían sus aguas, y cubierta únicamente su parte
superior. Consisten los años en una larga albarca, que tendría en aquella época
agua siempre corriente para abastecerla.
Cuéntase que, mientras se bañaba le
hermosa favorita le hacían tertulia el Rey y sus cortesanos, lo cual deja de
ser tan escandaloso como a primera vista pudiera aparecer, si se considera que
hoy mismo es costumbre en algunas partes recibir en el baño, y aun en ciertos
parajes bañarse muchas personas de ambos sexos reunidas, como se verifica en
los de Biarritz en Francia, y en los de Bath en la pulcra Albión. La galantería
de aquellos tiempos había introducido la costumbre de que, los caballeros
bebieran del agua misma en que se bañaban las damas. Así lo verificaba en el
baño de Doña María el Rey D. Pedro y sus cortesanos. Notó un día aquel que uno
de estos no lo hacía, y dirigiéndose a él le dijo: ¿Porqué no bebes? Prueba
esta agua y verás cuán buena y fresca es. -No haré tal, Señor, contestó el
interpelado. -¿Porqué? tornó a preguntar picado el Monarca. -Para evitar,
Soberano Señor, repuso aquél, que si encuentro agradable la salsa, vaya a
antojárseme la perdiz.
A la entrada de los jardines, por la
cancela de hierro de que casi al principio de estas páginas hablamos, y que es
la que en ciertos días se franquea al público, hay un magnífico estanque de más
de tres varas de profundidad, apoyado en la galería que separa los jardines de
la huerta, y en cuya pared se ven todavía bellísimas pinturas mitológicas, que
ni el ardiente sol ni los violentos aguaceros de Andalucía han podido
deslustrar.
De este estanque se refiere, que
hallándose muy preocupado D. Pedro con la idea de a qué Juez confiaría el
sentenciar un pleito sumamente enmarañado y oscuro, cortó una naranja en dos
mitades, y colocó una de estas sobre la superficie de las aguas del estanque.
Hizo venir a un Juez y le preguntó qué era lo que sobrenadaba. Contestóle el
Juez que era una naranja, y descontento el rey lo despidió, mandando llamar
sucesivamente otros varios Jueces, de quienes, habiéndoles hecho la misma
pregunta, obtuvo también la misma respuesta. Llegó, por último, uno que al
escuchar la pregunta del Rey, desgajó una rama de un árbol, y trayendo con ella
hacia sí el objeto a que aquél aludía, lo sacó del agua: Es media naranja,
Señor, contestó entonces. -Tú serás, dijo el Rey, quien sentencie la causa; y
la puso a su cuidado.
No debemos pasar por alto una cosa que
entusiasma a algunos, y asusta a otros de los muchos que visitan los jardines
del Alcázar. Nos referimos a un juego de aguas que hace brotar de repente entre
los ladrillos de los paseos, gran cantidad de saltadores, que formando prismas
con los rayos del sol poniente, causan bellísimo efecto y parecen otros tantos
movedizos penachos de brillantes.
También hay un laberinto de arrayán, caro
a los niños, que los atrae y asusta como todo lo misterioso.
Hay otra cosa en estos jardines, que sin
ser cosa artística ni regia, sin recuerdo histórico y sin ayuda del tiempo ni
del hombre, encanta, y admira, y es un ruiseñor que no busca recuerdos ni
bellezas, sino verde hojarasca, y no podemos concluir de hablar del Alcázar,
sin dedicar un recuerdo a este huésped de sus jardines, porque él a su vez nos
trae a la memoria los amigos queridos y simpáticos en unión de los cuales, y sentados
con ellos alrededor de una fuente, hemos quedado tantas veces mudos y absortos
escuchando los mismos sonidos que oirían las grandes figuras, cuyos hechos han
quedado impresos en las páginas de la historia, y cuyas huellas se estamparon
en los mismos sitios que recorríamos. Una serie de siglos, con los personajes y
cosas que en cada cual figuraron, pasaba lentamente ante nuestra vista,
trayéndonoslos a la memoria como repite un lejano eco los debilitados sonidos
de distintas tocatas. Entonces, cual nunca, sentíamos lo que Mr. Ernesto Reuan,
Miembro del Instituto francés, ha expresado no ha mucho en las siguientes
palabras
«¡Lo pasado es
tan poético! ¡Lo porvenir lo es tan poco! Hay más mérito en amar lo que fue,
que en amar lo que será. Ciertos seres privilegiados aman las cosas antiguas y
gastadas, porque las ven débiles y abandonadas, y porque la multitud se
aglomera en otras direcciones. En esto consiste el secreto de su fuerza; pues
enmedio de esta humanidad ligera que ríe, se divierte y se enriquece, conservan
lo que constituye la fuerza del hombre, y lo que a la larga da siempre la
victoria, esto es, la fe, la gravedad, la antipatía a todo lo vulgar, el
menosprecio de la frivolidad.»
Mal hemos llenado nuestro cometido; pero
venga todo aquel que quiera conocer bien esta joya de España a la hospitalaria
hija del Betis; cuando le admire la Lonja, le encante el Alcázar y le
entusiasme la catedral, conocerá cuán difícil es describir en lisa y llana
prosa lo que se siente al contemplarlos. No ha sido éste tampoco el objeto que
nos hemos propuesto al trazar las presentes líneas. Al ver que la época actual,
que tiene tantas trampas para publicar lo que es triste y malo -o lo que sin
ser malo hace que lo parezca-, no ha tenido fuera de Sevilla ni una débil voz
para publicar la buena y satisfactoria nueva de esta hermosa restauración, cuya
importancia es la de un verdadero acontecimiento nacional (por mas que no sea
un ferrocarril), hemos querido sólo evitar que quede desatendida, y contribuir
en algo a que todo español amante de las bellezas artísticas y de los
monumentos históricos de su patria, tribute a nuestros reyes la gratitud a que
en esta, como en tantas otras ocasiones, se han hecho acreedores.
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