de "El cariño de los tontos", de Antonio Di Benedetto. 1961. © Herederos de Antonio Di Benedetto.
El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos
se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las
madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni..., el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el
aeroplano le sale al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será,
dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa
pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera
acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa.
Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No
es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada
cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que
él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre
a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado
en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de
burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de
fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña
del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo
y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da
olor al campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo ? No puede
ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas,
que están tapando el cielo. Se siente como traicionado , como si lo hubieran
distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante,
¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo?
Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le
parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren,
como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena
gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro,
porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él
la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo
entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso
que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que
debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más
serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el
miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece
deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o
suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la
estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja.
Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo
a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no
suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como
si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los
comentarios: "¡ Será ! . . . "
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito
obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora;
aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras,
lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si
quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los
refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero
el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde,
obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en
los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende
en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual
alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se
desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas
en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se
detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo,
lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a
saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El
animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista
las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo
abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de
su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse
impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que
ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si
participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil todavía beber, porque la lluvia reciente se ha
aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida
evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro
día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los
labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y
se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego,
el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado
pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado,
sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo
de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a
las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que
empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen
volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se
le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego,
ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin
daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido
excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si
bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de
rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal.
Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato
en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha
áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el
cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos.
Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de
bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del
solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el
coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las
ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el
animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen
encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá
con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito;
disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque
nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al
sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del
retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro
prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa
detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros;
pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado
que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en
descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no
conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo
en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de
moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se
exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él
puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese
desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve
el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta,
como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la
recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda
con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está
sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo
penoso rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa.
Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo.
Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando
moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria
del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros
igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el
aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se
pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo
ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para
alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro,
persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro
hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca
pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya
no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas
apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no
come solo.
Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las
emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo.
Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho
bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de
subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un
blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana.
Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que
anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá
llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez
del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el
aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el
macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus
huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, ]a cabeza
invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después,
cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.
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