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Susana Bombal - Marina


 Recostada en el hondo sofá, frente a la chimenea encendida, Amanda mira y vuelve a mirar aquella obra del célebre pintor galense, Hugh Morgan, suspendida sobre la alta y vertical campana revestida de roble. Que linda era Marina, se dice, por la que fue mujer de su primo Carlos. En el profundo silencio de aquella biblioteca, el chisporroteo de los leños suena constantemente, como si comentara y aun dialogara con el pensamiento de Amanda.
 En cambio, la nieve tras el vidrio de los ventanales cae sigilosa. De pronto, se oye una voz que parece venir del cuadro mismo. Es cálida y dulce, apenas inteligible y a veces interrumpida por una tenue risa. Pero, por momentos, como si algo en la mente de Amanda lo provocara, una y otra callan, Entonces, diríase que los ojos claros de la retratada recorren aquel conjunto de obras de arte y de libros. Es evidente que en mil novecientos doce, cuando recién casada, Marina le posó a Hugh Morgan, la aguda percepción del artista y su fino pincel lograron transmitir de aquel modelo algo más que su distinción física, un espíritu privilegiado.
 Observando el vestido en el cuadro, desde el amplío escote hasta el terciopelo negro que roza el suelo, Amanda recuerda la visita al hotel en la capital, en que sus primos paraban cuando venían de Llao-Llao, donde edificaban una casa. Aquella noche iban al Teatro Colón. Marina, de madre francesa, era bilingüe. Dijo que las bretelles con azabaches del vestido que se pondría se habían estirado. Amanda se ofreció a reponer el elástico. Mientras lo hacía, Marina contaba que había comprado aquel modelo en Paquin, carísimo, pero bon marché si calculaba lo que lo usó para ir a la Opera de París, o a las de Berlín o Viena, o al Drury Lane de Londres. Además de las veces que le posó a Hugh Morgan. Claro, las bretelles se estiraron, repetía suavemente, como disculpándolas. Mientras tanto, los grandes azabaches negros volvían a cubrirlas. Ya pronto entre ellas, el largo y pálido cuello de su dueña se destacaría en la sala iluminada del teatro.
 Era noche de gala, asistiría el presidente de la república y toda la haute, decía Marina. Carlos había tomado un palco bajo para los tres, pero Amanda no pudo ir, se le había muerto una tía abuela, (inoportuna, la señora, rezongó él). No, no pudo ver aquel mundo brillante, ni el vuelo del gran Nijinsky en la escena del teatro, pero al día siguiente, escuchó con interés la crónica del matrimonio.
 - ¿Y las luces negras de los azabaches? - les preguntó.
 - Las apagaba la pechera blanca de Carlos - dijo Marina.
 Y él, admirándola:
 - Todos los prismáticos de palcos y plateas estaban fijos en ella.
 Después, como si un destino cruel hubiera elegido el momento y el ánimo especial, aquel día, en el siempre sereno y gentil Carlos, ocurrió que, enterado en el club de un escandaloso divorcio, se volviera de pronto frívolo, intrigante y burlón. No, les decía, no les nombraría al seductor, ni a la seducida, ni al marido, un tipo excelente. Mujeres al fin, lo repartirían por ahí. Y habló de señoras millonarias que, rozando los cuarenta, se tientan con aventuritas. Para peor, en este caso, el elegido era veinteañero. Entraba y salía del baño afeitándose, hasta que por fin se encerró en él y pronto le oyeron cantar trozos de óperas italianas, bajo la ducha. Tras varias versiones de aquel género musical, el Marcello en La boheme de Leoncavallo enmudeció, apareciendo su intérprete de cuello duro y perfumado.
 - Bueno, seré breve - dijo -. Ella es Hercilia Rivera de Wilmar y él, Tito Ibarra.
 Tito Ibarra era el novio de Amanda.
 Aquella noche, recuerda ella, le había telefoneado a Tito desde la cama helada. Aún la humillan sus propios reproches y lágrimas y aquel tubo mudo pegado al oído. En el piso superior, gritos y risas festejaban un casamiento. Durante un breve paréntesis, le oyó decir a él que la llamaría mañana, cuando estuviera más tranquila. Y así lo hizo; pero entonces él era el nervioso. Dijo que estaba con un pie en el ascensor y el otro en el barco que lo llevaría al Brasil, pero que iba a escribirle. Tenía muchas cosas que aclarar. La vida no es tan fácil como parece, afirmó. A los veinte días llegó una lacónica postal del Corcovado en colores. Alguien dijo después que lo había visto semidesnudo y al sol con una brasilera. ¿El mar otra vez? Porque hacia apenas tres meses Tito y Amanda se hallaban en una confitería enfrentándolo. Era maravilloso, Una fina llovizna en las ventanas abiertas caía sesgada y silenciosa.
 Ellos hablaban en voz baja, como las parejas en las otras mesas, en las que una bandeja de metal se vaciaba, para después cruzar el aire, como un pájaro luminoso. Al final de la entrevista, Tito había juntado las palmas de las manos largas y finas, rogándole que guardara todo eso en secreto. Tenía un negocio pendiente y quería hacer bien las cosas.
 Ágiles lenguas de nieve lamen los vidrios de los ventanales; el chisporroteo del fuego se vuelve más festivo. Sólo la figura del cuadro permanece inmóvil, como si presintiera las próximas imágenes en aquella mente abstraída. Ahora, Amanda evoca la cruel leucemia que la consumió a Marina durante seis años y, después de su muerte, la partida de Carlos a la Europa pacificada por el Tratado de Versalles. A veces, en las lacónicas, casi frías cartas a los padres o a Sissy, la hermana, comentaba los restos del Partenón, cuyos famosos dioses desconocía o la Catedral de Chartres, cuyos hundidos umbrales pisó sin emoción. Mucha después, contaría a los suyos que, para vencer su dolor, repetía las palabras de un ilustre francés. ante la muerte de los padres. Lloré y creí, lloré y creí. Así llorando y creyendo, hizo lo de aquel arrepentido de su cobardía; quemó las amargas líneas escritas durante el viaje y luego dejó las cenizas en la tumba de aquel poeta, en Saint Malo. Ya en paz, anunció su regreso a la familia, pidiéndole a Sissy y a Amanda que se adelantaran a recibirlo en La Marina, después de Reyes.
 Instaladas allí las dos, pronto notaron la influencia misteriosa que presidía en la casa. Todo lo que ellas hacían, mover un mueble, correr cortinas o arreglar un florero, parecía ser retocado después por una mano invisible. Estas impresiones se unían en Amanda a imágenes pretéritas volviéndose súbitamente vívidas, casi reales, La escuchaba a Marina hablar con las plantas del jardín, preguntándoles cómo se sentían después del vendaval y dándoles agua, mucha agua. La veía por los caminos cercanos, escoltada por la pareja de dálmatas, leves, finos, elegantes, decorando el paisaje con sus manchitas negras. La oía jugar a las escondidas con Juanito, el chiquilín del jardinero o al tenis, con Sissy; su raqueta en la soleada cancha pegaba baja y enérgica. No, la muerte no se la llevó del todo. Al atardecer, cuando Sissy se iba a charlar un rato al Golf, Amanda percibía aquella voz fantasmal cantando por las galerías. Pour un peu d´amour, un peu  d´amour, je donneraís bien mes muits et mes heurs... Y ella que en la adolescencia se enamoró de su primo, le envidiaba a la muerta las noches y los días pasados con él.
 A la izquierda del obscurecido ventanal, aparece la fiel Cándida.
 - ¿Puedo correr los cortinados, señora? - pregunta.
 - Todavía no. Quiero ver la nieve hasta que anochezca - es la respuesta.
 Con la mirada fija, en aquellos copos claros, Amanda vuelve al pasado, a las extrañas palabras de Marina, unas horas antes de morir: El encuentro de Ulises con Laertes... El encuentro de Ulises.. Sin duda, se trataba de un episodio de la célebre obra, en cinco tomos, que Amanda les había regalado a sus primos, pero ignoraba el doble sentido de la frase. No así los otros mensajes que le llegaban desde el más allá, como el aroma que, a veces, llenaba la biblioteca. Era del No. 5 de Chanel, con que Marina había rociado sus brazos y cuello la noche que iba al teatro. Amanda lo sentía venir desde el cuadro hacia el sofá donde, recostada, solía leer o, como hoy, fijar la vista en aquel ventanal. Otro signo era la luz que, de pronto, iluminaba apenas la cara del retrato, los ojos claros y la leve sonrisa. Amanda no podía asegura quién o qué la provocaba. De día, ¿un indirecto y levísimo rayo de sol llegaba del vecino hall en el instante en que alguien abría la puerta del exterior? Indirecto, sí, porque la luz pudo haber pegado primero en un espejo de aquel ambiente y luego atravesarlo hasta llegar a la chimenea de la biblioteca. ¿Qué pasaba de noche? ¿Aquella luz asomaba furtiva, debajo de la ladeada pantalla de un aplique? ¿Pero quién o qué movía la pantalla o la puerta cuando no había nadie más que ella en la casa? ¿Quién hacía crujir la escalerilla apoyada a la biblioteca y después hojeaba, allá arriba, las páginas de un volumen? ¿Volumen? De pronto, esta palabra la había hecho saltar del sofá, subir aquellos escalones y bajar con el último tomo de la Odisea en las manos.
 Es decir, con un mensaje oculto entre las hojas impregnadas del No 5 de Chanel. Sintiendo que el espíritu de Marina la había guiado hacia él, decidió leerlo. Decía:
 Querido Carlos: Recién le pedí a Cándida que me alcanzara este libro. Más tarde, cuando me traiga el té, haré que lo ponga en su sitio. No sospechará la existencia de estas líneas. Sólo se dirá como siempre: !Tan prolija la señora Marina! Ignora que pronto dejaré de serlo. Mis gestos habituales en la Tierra ya no serán necesarios, porque no habrá una sola disonancia visual entre el Creador y su criatura. Con todo, siento mucho dejar mi mundo íntimo, reducido a un ventanal, con sus lluvias mansas y, sus distintas lunas.
 Cuando me muera, no podré irme enseguida. Vagaré un tiempo rozando los lupinos altos, multicolores, y las rosas de la paz, de este lugar privilegiado. Y un buen día, como mi madre francesa que, al expirar, se llevó consigo las imágenes de París que más quería (incluso la ventana sobre la Place Vendome, tras la cual murió Chopin), yo me llevaré... Pero se hace tarde.  Pronto vendrás con Amanda que, tal vez, llegue a ser tu mujer. Creo que la causa de su absurdo noviazgo con Tito Ibarra fue nuestro matrimonio. ¿Siempre te quiso? Ahora le tocaría a la muerte devolverle aquella prematura ilusión y a ti, la de un hijo. Adjeux, moza bien arme.
                                                                                  Marina
 Distrae a Amanda una bocina que llega a la casa y la voz pausada de la agorera cándida que anuncia:
 ~ Es el patrón, señora - y entregándole un par de escarpines -. Lo hice color rosa, porque sé que es una Marinita la que viene.
 Esa noche, tras retirarse las mujeres a los dormitorios, Carlos guarda ciertos papeles en una carpeta y se acerca al ventanal. Con la frente contra el vidrio y la vista en la blanca y constante nevada, ve surgir, por unos segundos, el perfil de una leve figura de mujer encinta. Entonces, reconoce la que Marina había hecho con la nieve, un día en que el barómetro bajó del cero y unos pocos amigos se agrupaban frente a aquella chimenea. Sí, recuerda, trabajó horas sin descanso. Era una verdadera obra de arte, que no existiría a la mañana siguiente; pero habría dejado, por algunos años, la esperanza.
 Ahora, apartándose él del ventanal, percibe el perfume favorito de Marina. ¿Cómo se llamaba?... Los copos de nieve, allá afuera, siguen cayendo, cayendo en silencio. El cerro Catedral surge imponente bajo su manto blanco.



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