Recostada en el hondo sofá, frente a la
chimenea encendida, Amanda mira y vuelve a mirar aquella obra del célebre
pintor galense, Hugh Morgan, suspendida sobre la alta y vertical campana
revestida de roble. Que linda era Marina, se dice, por la que fue mujer de su
primo Carlos. En el profundo silencio de aquella biblioteca, el chisporroteo de
los leños suena constantemente, como si comentara y aun dialogara con el
pensamiento de Amanda.
En cambio, la nieve tras el vidrio de los
ventanales cae sigilosa. De pronto, se oye una voz que parece venir del cuadro
mismo. Es cálida y dulce, apenas inteligible y a veces interrumpida por una
tenue risa. Pero, por momentos, como si algo en la mente de Amanda lo
provocara, una y otra callan, Entonces, diríase que los ojos claros de la
retratada recorren aquel conjunto de obras de arte y de libros. Es evidente que
en mil novecientos doce, cuando recién casada, Marina le posó a Hugh Morgan, la
aguda percepción del artista y su fino pincel lograron transmitir de aquel
modelo algo más que su distinción física, un espíritu privilegiado.
Observando el vestido en el cuadro, desde el amplío
escote hasta el terciopelo negro que roza el suelo, Amanda recuerda la visita
al hotel en la capital, en que sus primos paraban cuando venían de Llao-Llao,
donde edificaban una casa. Aquella noche iban al Teatro Colón. Marina, de madre
francesa, era bilingüe. Dijo que las bretelles con azabaches del vestido que se
pondría se habían estirado. Amanda se ofreció a reponer el elástico. Mientras
lo hacía, Marina contaba que había comprado aquel modelo en Paquin, carísimo,
pero bon marché si calculaba lo que lo usó para ir a la Opera de París, o a las
de Berlín o Viena, o al Drury Lane de Londres. Además de las veces que le posó
a Hugh Morgan. Claro, las bretelles se estiraron, repetía suavemente, como
disculpándolas. Mientras tanto, los grandes azabaches negros volvían a
cubrirlas. Ya pronto entre ellas, el largo y pálido cuello de su dueña se
destacaría en la sala iluminada del teatro.
Era noche de gala, asistiría el presidente de
la república y toda la haute, decía Marina. Carlos había tomado un palco bajo
para los tres, pero Amanda no pudo ir, se le había muerto una tía abuela,
(inoportuna, la señora, rezongó él). No, no pudo ver aquel mundo brillante, ni
el vuelo del gran Nijinsky en la escena del teatro, pero al día siguiente,
escuchó con interés la crónica del matrimonio.
- ¿Y las luces negras de los azabaches? - les
preguntó.
- Las apagaba la pechera blanca de Carlos -
dijo Marina.
Y él, admirándola:
- Todos los prismáticos de palcos y plateas
estaban fijos en ella.
Después, como si un destino cruel hubiera
elegido el momento y el ánimo especial, aquel día, en el siempre sereno y
gentil Carlos, ocurrió que, enterado en el club de un escandaloso divorcio, se
volviera de pronto frívolo, intrigante y burlón. No, les decía, no les
nombraría al seductor, ni a la seducida, ni al marido, un tipo excelente.
Mujeres al fin, lo repartirían por ahí. Y habló de señoras millonarias que,
rozando los cuarenta, se tientan con aventuritas. Para peor, en este caso, el
elegido era veinteañero. Entraba y salía del baño afeitándose, hasta que por
fin se encerró en él y pronto le oyeron cantar trozos de óperas italianas, bajo
la ducha. Tras varias versiones de aquel género musical, el Marcello en La
boheme de Leoncavallo enmudeció, apareciendo su intérprete de cuello duro y
perfumado.
- Bueno, seré breve - dijo -. Ella es Hercilia
Rivera de Wilmar y él, Tito Ibarra.
Tito Ibarra era el novio de Amanda.
Aquella noche, recuerda ella, le había
telefoneado a Tito desde la cama helada. Aún la humillan sus propios reproches
y lágrimas y aquel tubo mudo pegado al oído. En el piso superior, gritos y
risas festejaban un casamiento. Durante un breve paréntesis, le oyó decir a él
que la llamaría mañana, cuando estuviera más tranquila. Y así lo hizo; pero
entonces él era el nervioso. Dijo que estaba con un pie en el ascensor y el
otro en el barco que lo llevaría al Brasil, pero que iba a escribirle. Tenía
muchas cosas que aclarar. La vida no es tan fácil como parece, afirmó. A los
veinte días llegó una lacónica postal del Corcovado en colores. Alguien dijo
después que lo había visto semidesnudo y al sol con una brasilera. ¿El mar otra
vez? Porque hacia apenas tres meses Tito y Amanda se hallaban en una confitería
enfrentándolo. Era maravilloso, Una fina llovizna en las ventanas abiertas caía
sesgada y silenciosa.
Ellos hablaban en voz baja, como las parejas
en las otras mesas, en las que una bandeja de metal se vaciaba, para después
cruzar el aire, como un pájaro luminoso. Al final de la entrevista, Tito había
juntado las palmas de las manos largas y finas, rogándole que guardara todo eso
en secreto. Tenía un negocio pendiente y quería hacer bien las cosas.
Ágiles lenguas de nieve lamen los vidrios de
los ventanales; el chisporroteo del fuego se vuelve más festivo. Sólo la figura
del cuadro permanece inmóvil, como si presintiera las próximas imágenes en
aquella mente abstraída. Ahora, Amanda evoca la cruel leucemia que la consumió
a Marina durante seis años y, después de su muerte, la partida de Carlos a la
Europa pacificada por el Tratado de Versalles. A veces, en las lacónicas, casi
frías cartas a los padres o a Sissy, la hermana, comentaba los restos del
Partenón, cuyos famosos dioses desconocía o la Catedral de Chartres, cuyos
hundidos umbrales pisó sin emoción. Mucha después, contaría a los suyos que,
para vencer su dolor, repetía las palabras de un ilustre francés. ante la
muerte de los padres. Lloré y creí, lloré y creí. Así llorando y creyendo, hizo
lo de aquel arrepentido de su cobardía; quemó las amargas líneas escritas durante
el viaje y luego dejó las cenizas en la tumba de aquel poeta, en Saint Malo. Ya
en paz, anunció su regreso a la familia, pidiéndole a Sissy y a Amanda que se
adelantaran a recibirlo en La Marina, después de Reyes.
Instaladas allí las dos, pronto notaron la
influencia misteriosa que presidía en la casa. Todo lo que ellas hacían, mover
un mueble, correr cortinas o arreglar un florero, parecía ser retocado después
por una mano invisible. Estas impresiones se unían en Amanda a imágenes
pretéritas volviéndose súbitamente vívidas, casi reales, La escuchaba a Marina
hablar con las plantas del jardín, preguntándoles cómo se sentían después del
vendaval y dándoles agua, mucha agua. La veía por los caminos cercanos,
escoltada por la pareja de dálmatas, leves, finos, elegantes, decorando el
paisaje con sus manchitas negras. La oía jugar a las escondidas con Juanito, el
chiquilín del jardinero o al tenis, con Sissy; su raqueta en la soleada cancha
pegaba baja y enérgica. No, la muerte no se la llevó del todo. Al atardecer,
cuando Sissy se iba a charlar un rato al Golf, Amanda percibía aquella voz
fantasmal cantando por las galerías. Pour un peu
d´amour, un peu d´amour, je donneraís
bien mes muits et mes heurs... Y ella que en la adolescencia se enamoró de su primo, le
envidiaba a la muerta las noches y los días pasados con él.
A la izquierda del obscurecido ventanal,
aparece la fiel Cándida.
- ¿Puedo correr los cortinados, señora? -
pregunta.
- Todavía no. Quiero ver la nieve hasta que
anochezca - es la respuesta.
Con la mirada fija, en aquellos copos claros,
Amanda vuelve al pasado, a las extrañas palabras de Marina, unas horas antes de
morir: El encuentro de Ulises con Laertes... El encuentro de Ulises.. Sin duda,
se trataba de un episodio de la célebre obra, en cinco tomos, que Amanda les
había regalado a sus primos, pero ignoraba el doble sentido de la frase. No así
los otros mensajes que le llegaban desde el más allá, como el aroma que, a
veces, llenaba la biblioteca. Era del No. 5 de Chanel, con que Marina había
rociado sus brazos y cuello la noche que iba al teatro. Amanda lo sentía venir
desde el cuadro hacia el sofá donde, recostada, solía leer o, como hoy, fijar
la vista en aquel ventanal. Otro signo era la luz que, de pronto, iluminaba
apenas la cara del retrato, los ojos claros y la leve sonrisa. Amanda no podía
asegura quién o qué la provocaba. De día, ¿un indirecto y levísimo rayo de sol
llegaba del vecino hall en el instante en que alguien abría la puerta del
exterior? Indirecto, sí, porque la luz pudo haber pegado primero en un espejo
de aquel ambiente y luego atravesarlo hasta llegar a la chimenea de la
biblioteca. ¿Qué pasaba de noche? ¿Aquella luz asomaba furtiva, debajo de la
ladeada pantalla de un aplique? ¿Pero quién o qué movía la pantalla o la puerta
cuando no había nadie más que ella en la casa? ¿Quién hacía crujir la
escalerilla apoyada a la biblioteca y después hojeaba, allá arriba, las páginas
de un volumen? ¿Volumen? De pronto, esta palabra la había hecho saltar del
sofá, subir aquellos escalones y bajar con el último tomo de la Odisea en las
manos.
Es decir, con un mensaje oculto entre las
hojas impregnadas del No 5 de Chanel. Sintiendo que el espíritu de Marina la
había guiado hacia él, decidió leerlo. Decía:
Querido Carlos: Recién le pedí a Cándida que
me alcanzara este libro. Más tarde, cuando me traiga el té, haré que lo ponga
en su sitio. No sospechará la existencia de estas líneas. Sólo se dirá como
siempre: !Tan prolija la señora Marina! Ignora que pronto dejaré de serlo. Mis
gestos habituales en la Tierra ya no serán necesarios, porque no habrá una sola
disonancia visual entre el Creador y su criatura. Con todo, siento mucho dejar
mi mundo íntimo, reducido a un ventanal, con sus lluvias mansas y, sus
distintas lunas.
Cuando me muera, no podré irme enseguida.
Vagaré un tiempo rozando los lupinos altos, multicolores, y las rosas de la
paz, de este lugar privilegiado. Y un buen día, como mi madre francesa que, al
expirar, se llevó consigo las imágenes de París que más quería (incluso la ventana
sobre la Place Vendome, tras la cual murió Chopin), yo me llevaré... Pero se
hace tarde. Pronto vendrás con Amanda
que, tal vez, llegue a ser tu mujer. Creo que la causa de su absurdo noviazgo
con Tito Ibarra fue nuestro matrimonio. ¿Siempre te quiso? Ahora le tocaría a
la muerte devolverle aquella prematura ilusión y a ti, la de un hijo. Adjeux, moza bien arme.
Marina
Distrae a Amanda una bocina que llega a la
casa y la voz pausada de la agorera cándida que anuncia:
~ Es el patrón, señora - y entregándole un par
de escarpines -. Lo hice color rosa, porque sé que es una Marinita la que
viene.
Esa noche, tras retirarse las mujeres a los
dormitorios, Carlos guarda ciertos papeles en una carpeta y se acerca al ventanal.
Con la frente contra el vidrio y la vista en la blanca y constante nevada, ve
surgir, por unos segundos, el perfil de una leve figura de mujer encinta.
Entonces, reconoce la que Marina había hecho con la nieve, un día en que el
barómetro bajó del cero y unos pocos amigos se agrupaban frente a aquella
chimenea. Sí, recuerda, trabajó horas sin descanso. Era una verdadera obra de
arte, que no existiría a la mañana siguiente; pero habría dejado, por algunos
años, la esperanza.
Ahora, apartándose él del ventanal, percibe el
perfume favorito de Marina. ¿Cómo se llamaba?... Los copos de nieve, allá
afuera, siguen cayendo, cayendo en silencio. El cerro Catedral surge imponente
bajo su manto blanco.
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