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Paul Bowles - A cuatro días de Santa Cruz


Ramón se enroló en Cádiz. La primera escala del barco fue en Santa Cruz de Tenerife, a un día y medio de la partida. Entraron por la noche, poco después de oscurecer. Los reflectores que circundaban la bahía iluminaban las escarpadas montañas desnudas, tornándolas verdes como la hierba contra el cielo negro. Ramón permanecía junto a la barandilla, observando.
—Debe de haber llovido por aquí —le dijo a un miembro de la tripulación que se hallaba de pie a su lado. El hombre gruñó, mirando, no las verdes laderas artificialmente brillantes al resplandor eléctrico, sino las luces de la ciudad delante de ellos.
—Muy verdes —prosiguió Ramón, un poco menos seguro; el hombre ni siquiera gruñó como respuesta.
Tan pronto como el barco ancló, una multitud de buhoneros hindúes subió a bordo con encajes y mercaderías bordadas para los pasajeros que pudieran no desembarcar.
Se instalaron en la cubierta de primera clase, sin molestarse en bajar a tercera, donde Ramón era lavaplatos en la cocina de los pasajeros. El trabajo, hasta el momento, no le afligía; había tenido ocupaciones más exigentes y fatigosas en Cádiz. La comida era suficiente y, aunque no muy buena, de cualquier modo era mejor que la que le daban a los pasajeros de tercera clase. A Ramón nunca se le había ocurrido pedir intimidad en su alojamiento, de modo que no le importó tener que compartir un camarote con alrededor de una docena de tripulantes. No obstante, se había sentido sumamente mortificado desde que zarparan de Cádiz. Aparte de las órdenes que le daban en la cocina, los marineros se comportaban como si él no   existiera. Echaban encima de su litera sus ropas sucias, y se tendían sobre ella a fumar por la noche, cuando él quería dormir. Omitían incluirlo en cualquier conversación, y hasta entonces ninguno había hecho siquiera una alusión, aunque fuera despectiva, a su existencia. Para ellos era simplemente como si no se encontrase allí. Semejante estado de cosas puede tornarse intolerable hasta para el menos egocéntrico de los individuos. En sus dieciséis años de vida, Ramón no se había encontrado nunca en una situación parecida; había sido maltratado, pero no totalmente ignorado.
La mayoría de la tripulación permanecía en proa fumando, señalándose unos a otros los bares mientras recorrían el muelle con la mirada. En parte por una obstinación producto de su sentimiento de agravio, y en parte por querer ser él mismo por un rato, Ramón se encaminó a la popa y se reclinó abatido sobre la barandilla, contemplando la oscuridad allí abajo. Oyó la bocina de un automóvil que sonaba continuamente mientras el coche recorría el muelle. Las colinas al fondo reflejaban el sonido, lo magnificaban al devolverlo hacia el agua. Desde el otro extremo llegaba el apagado bramido de las olas contra la escollera. Se sintió un poco nostálgico, y se fue enfadando también, mientras permanecía allí. Era inadmisible que aquel estado de cosas continuara. Un día y medio era demasiado; estaba decidido a forzar inmediatamente un cambio, y en su joven mente indisciplinada se formaba una y otra vez la nebulosa imagen de una pelea, una lucha a gran escala con la tripulación entera, de la cual, de algún modo, él salía vencedor.
Es agradable caminar de noche junto al malecón de un puerto extranjero, con la brisa de otoño empujándote levemente por detrás. Ramón no tenía prisa; se detuvo delante de cada café a escuchar las guitarras y los gritos, sin permitirse, en cambio, que lo retuvieran las mujeres que lo llamaban desde los portales más oscuros. Como había tenido que limpiar la cocina después de una comida extra servida a sesenta trabajadores que acababan de embarcar allí, en Santa Cruz, con destino a América del Sur, había sido el último en dejar el barco, y por eso estaba buscando a sus camaradas de a bordo. En el Café del Teide encontró a varios de ellos sentados a una mesa, compartiendo una botella de ron. Ellos lo vieron entrar, pero no dieron muestra alguna de reconocimiento. No había ninguna silla vacía. Se dirigió hacia la mesa, aminoró un poco el paso al aproximarse a ella, y luego continuó andando en dirección al fondo del café. El hombre de detrás del mostrador le preguntó en alta voz:
—¿Buscabas algo?
Ramón giró en redondo y se sentó súbitamente junto a una mesita. El camarero se acercó y le sirvió, pero él apenas se dio cuenta de lo que estaba bebiendo. Estaba vigilando la mesa de los seis hombres de su barco. Como fascinado, dejaba que sus ojos siguieran cada gesto: el llenado de los vasitos, el trasiego del licor, el dorso de la mano enjugando la boca. Y los escuchaba conversar, interrumpiéndose para lanzar grandes carcajadas. El resentimiento empezó a crecer en él; sintió que si permanecía sentado inmóvil por más tiempo, iba a explotar. Empujando la silla hacia atrás, se levantó de un salto y andando a grandes trancos efectuó una dramática salida hacia la calle. Nadie advirtió su partida.
Empezó a andar rápidamente por la ciudad, sin prestar atención a dónde se dirigía. Con los ojos fijos en un horizonte imaginario, cruzó la plaza, recorrió el ancho Paseo de Ronda y se internó en las callejuelas que hay detrás de la catedral. La cantidad de gente por la calle iba aumentando a medida que abandonaba el centro de la ciudad, hasta que al llegar a lo que parecía un barrio alejado, en el que las tiendas eran meros puestos de feria, se vio forzado a seguir lentamente al paso de la multitud. Al hacer más lento su andar, se sintió menos nervioso. Empezó gradualmente a tomar nota de la mercadería en venta y de las personas a su alrededor. De pronto se le ocurrió que le gustaría comprar un pañuelo grande. En el exterior de algunas casetas había alambres tendidos; de éstos colgaban, sujetos por las puntas, muchos de aquellos cuadrados de tela, luciendo sus brillantes colores al resplandor de las lámparas de carburo. Al detenerse a escoger uno en la caseta más cercana, Ramón advirtió que en la contigua había una muchacha de rostro sonriente comprando también un pañuelo de lunares. Esperó a que la muchacha hubiera elegido el que quería, y entonces se adelantó rápidamente al vendedor y, señalando al paquete que éste estaba haciendo, le preguntó:
—¿Tiene usted otro pañuelo exactamente igual a ése?
La muchacha no le prestó atención y se guardó la vuelta en el monedero.
—Sí—dijo el tendero, extendiendo el brazo por encima del mostrador para examinar los pañuelos. La muchacha recogió su pequeño paquete envuelto en papel de periódico, dio la vuelta y se alejó por la calle.
—¡No, no tiene! —gritó Ramón, y salió apresuradamente tras ella para no perderla de vista entre la multitud. La siguió a cierta distancia por la calle cerrada, hasta que dobló por una calle lateral que conducía hacia la colina. Allí olía a desagües y había muy poca luz. Él apretó el paso por temor a que ella se introdujera en una de las casas antes de que tuviera oportunidad de hablarle. En lo recóndito de su mente albergaba la esperanza de inducirla a que lo acompañase al Café del Teide. Cuando estuvo a su altura, habló quedamente sin volver la cabeza:
—Señorita.
Para su sorpresa, ella se detuvo y se quedó inmóvil sobre el pavimento. Aunque la tenía muy próxima, no podía verle el rostro con claridad.
—¿Qué quieres?
—Quería hablar contigo.
—¿Para qué?
Él no encontró respuesta.
—Pensé que... —balbuceó.
—¿Qué?
Hubo un silencio, y luego, como ella riera, Ramón recordó su expresión abierta y alegre, aunque no era un rostro infantil. A pesar de la confianza que la imagen evocada estimulaba en él, le preguntó:
—¿Por qué te ríes?
—Porque creo que estás loco.
Él le tocó el brazo y dijo desafiante:
—Ya vas a ver si estoy loco.
—No voy a ver nada. Eres un marinero. Yo vivo aquí —Señaló hacia el lado opuesto de la calle—. Si te ve mi padre tendrás que salir corriendo hasta tu barco.
Volvió a reír. Para Ramón, su risa sonaba a música, una música levemente inquietante.
—No quiero molestarte. Sólo quería hablar contigo —dijo él, de nuevo tímido.
—Bueno. Ahora ya has hablado. Adiós. —Ella empezó a andar. Ramón también, muy próximo a su espalda. Ella no habló. Un momento después, Ramón observó triunfalmente:
—¡Dijiste que vivías allí atrás!
—Era mentira —dijo ella en tono categórico—. Yo siempre miento.
—Ah. Siempre mientes —le hizo eco Ramón con gran serenidad.
Llegaron a una farola al pie de una elevada escalinata. La acera se transformaba en una serie de escalones de piedra que conducían a lo alto subiendo una empinada cuesta entre las casas. Mientras ascendían lentamente, la atmósfera cambió. Olía a vino, a alimentos cocinados y a hojas de eucalipto ardiendo. Aquí arriba, por encima de la ciudad, la vida era más informal. La gente se asomaba a los balcones, se sentaba a charlar en los oscuros portales, se detenía en las calles como islas entre los perros y los niños que iban de un lado a otro.
La muchacha se detuvo y se apoyó contra la pared de una casa. Estaba un poco sin aliento por la subida.
—¿Cansada? —preguntó él.
En vez de responder, ella se volvió velozmente y se precipitó en el portal que tenía a su lado. Durante unos instantes, Ramón estuvo indeciso en cuanto a seguirla o no. Para cuando entró de puntillas en el pasadizo mal iluminado, ella había desaparecido. Avanzó hasta el patio. Unos chicos harapientos que estaban correteando se pararon en seco y se quedaron mirándolo. Arriba, una radio tocaba música de guitarra. Alzó la cabeza. El edificio tenía cuatro pisos de altura; había luces en casi todas las ventanas.
En su trayecto de regreso al muelle, una mujer surgió de entre las sombras del pequeño parque junto a la catedral y lo cogió del brazo. Él la miró; ella se mostraba descaradamente seductora, con la cabeza inclinada en un ángulo absurdo mientras repetía: «Me gustan los marineros.» La dejó ir con él al Café del Teide. Una vez dentro, quedó defraudado al ver que sus camaradas se habían ido. Pidió una manzanilla para la mujer y se separó de ella cuando empezó a bebérsela. No le había dicho una palabra. Fuera, la noche le pareció de pronto muy cálida. Fue al Blanco y Negro; una banda tocaba en el interior. Dos o tres de los hombres del barco se encontraban en la oscura pista de baile, procurando insuflar algo de vida en las agobiadas muchachas que se colgaban de ellos. Sin siquiera beber allí un trago, regresó apresuradamente al barco. Su litera estaba repleta de periódicos y de envoltorios, pero el camarote estaba vacío, y dispuso de varias horas en la oscuridad para cavilar y dormitar antes de que llegasen los demás. La nave zarpó al amanecer.
Al día siguiente circundaron la Isla, no lo bastante cerca para ver la costa, pero sí a la vista de la gran montaña cónica, que permaneció todo el día al costado, claramente recortada en el aire en la distancia. Durante dos días el barco prosiguió rumbo al sudoeste. La mar se tornó calma, de un profundo azul, y el sol lució más resplandeciente en el firmamento. La tripulación había cesado de reunirse en la toldilla, salvo al comienzo de la tarde y por la noche, cuando se tendían diseminados por todo aquel espacio, cantando con voz ronca mientras las estrellas oscilaban lentamente sobre sus cabezas.
Para Ramón, la vida continuaba igual. No veía ninguna diferencia en la actitud de la tripulación. Le seguía pareciendo que vivían sin él. Las revistas compradas en Santa Cruz nunca pasaban por sus manos en el camarote. En las tardes en que los hombres se sentaban alrededor de la mesa del comedor de tercera clase y se contaban historias, ningún gesto daba a entender que el relato estuviera dirigido a un grupo que lo incluyera a él. Y, desde luego, él tenía el buen tino de no intentar contar ninguno. Todavía esperaba un golpe de suerte que les obligara a notar su existencia.
En mitad de la cuarta mañana después de zarpar de Santa Cruz, asomó la cabeza desde la cocina y advirtió que varios de los hombres de su camarote estaban agrupados a lo largo de la barandilla, en la popa. El sol era cegador y ardiente, y comprendió que algo debía retenerles allí. Vio que uno de los hombres señalaba en dirección a popa. Salió y atravesó con aire casual la cubierta hasta quedar a pocos pasos del grupo, escrutando el mar y el horizonte en busca de algún objeto, algo distinto de las masas de algas rojizas que constantemente flotaban sobre la superficie del agua oscura.
—¡Se está acercando!
¡Qué fuerza!
—¡Está agotado!
—¡Claro!
Ramón miraba por encima de las cabezas de los hombres o entre ellos cuando cambiaban ocasionalmente de posición. No vio nada. Estaba casi a punto de convencerse de que los hombres le tiraban un anzuelo con la esperanza de divertirse cuando su curiosidad subiera de punto hasta forzarle a preguntar «¿De qué se trata?». Así que estaba decidido a permanecer callado, a esperar y ver.
Y de pronto vio. Era un pequeño pájaro amarillo y pardo que volaba sinuosamente tras el navío, vacilando al precipitarse reiteradamente hacia el agua entre impulso e impulso de desesperada energía.
—¡A mil millas de tierra!
—¡Va a conseguirlo! ¡Mirad! ¡Aquí viene!
—¡No!
—La próxima vez.
A cada impetuoso intento por alcanzar la cubierta, el pájaro quedaba más cerca de los hombres, y luego, tal vez por temor a ellos, bajaba revoloteando hacia el espumoso mar, escapando de la estela del remolino por un margen cada vez más estrecho. Y cuando parecía que esa vez seguramente sería engullido por el blanco caos de aire y agua, aleteaba débilmente hacia arriba y su cabeza apuntaba resueltamente en dirección a la brillante masa del barco que se desplazaba siempre por delante de él.
Ramón estaba fascinado. Su primer pensamiento fue decirles a los hombres que se apartasen un poco de la barandilla para que el pájaro se animara a aterrizar. Cuando iba a abrir la boca para sugerirlo, lo pensó mejor, e inmediatamente se sintió satisfecho por haberse quedado callado. Podía imaginar las burlas que habría tenido que soportar después: en el camarote, a la hora de las comidas, por las noches en cubierta... Alguien habría inventado alguna cantinela burlona acerca de Ramón y su pájaro. Se quedó expectante, en una creciente angustia de indecisión.
—¡Cinco pesetas a que se hunde!
—¡Van diez a que lo consigue!
Ramón giró sobre sus talones y atravesó la cubierta corriendo ágilmente en dirección a la cocina. Casi inmediatamente volvió a salir. Llevaba en los brazos a la mascota del barco, un corpulento gato que parpadeó estúpidamente al súbito resplandor del sol. Esta vez se dirigió directamente a la barandilla donde se encontraban los otros. Colocó al animal en el suelo a sus pies.
—¿Qué haces? —preguntó uno.
—Observa—dijo Ramón.
Todos permanecieron callados por un momento. Ramón sujetó firmemente los costados y la cabeza del animal, aguardando a que se fijara en el pájaro que revoloteaba. Fue difícil de lograr. Por más que orientara su cabeza, el animal no mostraba señales de interés. Siguieron aguardando. Cuando el pájaro ascendió a la altura de la cubierta a pocos pies del navío, el gato sacudió bruscamente la cabeza, y Ramón supo que el contacto se había establecido. Retiró sus manos. El gato se quedó perfectamente inmóvil, moviendo lentamente el extremo de la cola. Se acercó un paso al borde de la cubierta, vigilando cada movimiento de los frenéticos esfuerzos del pájaro.
—¡Mira eso!
—Lo está viendo.
—Pero el pájaro no lo ve a él.
—Si llega a tocar el barco, las diez pesetas siguen en pie.
El pájaro se elevó en el aire, voló más deprisa durante un momento hasta colocarse directamente sobre sus cabezas. Todos alzaron la mirada hacia el sol llameante, tratando de protegerse los ojos. El pájaro voló todavía un poco más, hasta un punto en que, de haber descendido, habría aterrizado a unos pocos pies delante de ellos sobre la cubierta. El gato, con los ojos fijos en el aire, corrió rápidamente por la cubierta hasta colocarse directamente debajo del pájaro, que se dejó caer lentamente hasta que pareció estar al alcance de la mano. El gato dio un inútil salto en el aire. Todos gritaron, pero el pájaro estaba demasiado arriba. De pronto, se elevó mucho más alto y dejó de aletear. El barco pasó velozmente por debajo mientras él permanecía suspendido un instante en el aire. Cuando volvieron atrás la cabeza, era un diminuto objeto amarillo que descendía lentamente, y casi en seguida lo perdieron de vista.
Durante la comida del mediodía hablaron del asunto. Después de algunas discusiones, se pagaron las apuestas. Uno de los engrasadores fue a su camarote y trajo una botella de coñac, junto con un juego de pequeños vasos que colocó delante de él y fue llenando uno tras otro.
—¿Bebes? —le dijo a Ramón.

Ramón cogió un vaso, y el engrasador repartió el resto entre los demás.

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