El camino a las estrellas empieza en las profundidades del océano. - Stephen Baxter
Estamos en el año 2020. La Clementine, una
nave minera de la Tierra, se aproxima a un asteroide cercano al planeta, una
montaña volante de agua helada y materia orgánica. Se espera que los asteroides
ricos transformen la economía del planeta.
En cuanto la nave contactó suavemente con el
polvo del asteroide, la piloto comunicó el éxito de su misión a los
controladores de la Tierra. Es una astronauta que puede navegar a través del
espacio, manipular su medio ambiente y controlar maquinaria compleja. Pero no
es humana. Es un miembro de la especie Sepioteuthis sepioidea: un
calamar de los arrecifes del Caribe, o mejor dicho, un descendiente
genéticamente mejorado de un calamar natural. Su aerodinámico cuerpo con forma
de torpedo es ricamente abigarrado en negro y naranja ardiente. Aletas como
alas se rizan elegantemente a lo largo de su cuerpo. Su cabeza está coronada
por un pico y rodeada por brazos parecidos a aletas, y tiene dos ojos saltones
azul verdosos bordeados de naranja.
Ojos extraños. Inteligentes.
La idea de calamares en el espacio habría
parecido fantástica para los seguidores de los primeros astronautas. Pero la
lógica que ha permitido el primer piloto cefalópodo desde el Caribe a la
Clementine ha demostrado ser inevitable.
Se sabía desde hace varias décadas que los
calamares son moluscos extremadamente inteligentes, con funcionalidad
equivalente a la de los peces. Eran depredadores muy eficientes, capaces de
navegar y cazar en tres dimensiones. Tenían brazos que podían manipular,
usándolos, por ejemplo, durante el apareamiento. Tenían sentidos basados en la
luz, el olor, el gusto, el tacto, el sonido, la gravedad, la aceleración, y
quizás incluso sentidos eléctricos.
Los calamares hablaban entre sí. Sus pieles
centelleaban con diseños hechos con sacos de gránulos de pigmento rodeados de
músculos. Pero, ¿las señales eran un lenguaje auténtico? Los científicos
humanos han sido capaces de aislar un número de componentes lingüísticos que se
combinan en una gramática simple.
Sin embargo, nadie sabía sobre qué podrían
hablar los calamares. Formaban bancos para protección mutua, pero no jugaban o
se acicalaban, y cazaban individualmente. No estaba claro por qué estos
animales, solo parcialmente sociables, necesitaban sistemas de comunicaciones
tan complejos teniendo una vida tan corta.
No obstante, a principios del siglo XXI, los
científicos del área espacial, pensando desde un punto de vista diferente, se
dieron cuenta de que los cefalópodos, en particular los calamares del arrecife,
podrían ser precisamente la solución que necesitaban para los viajes en el
espacio. Los calamares vivían de todas formas en caída libre, y por lo tanto se
adaptaron a las condiciones de ausencia de gravedad en el espacio, para ellos
no habría problemas psicológicos como los que atormentaban a los astronautas
humanos. Los requerimientos de sus soportes vitales eran simples: una burbuja
de agua con un ecosistema oceánico básico sería suficiente. Podrían navegar con
sus poderosos ojos de depredadores. Podrían comunicarse. Y podrían manipular su
medio ambiente.
Se inició un gran proyecto internacional,
subvencionado por la NASA, la ESA y varios institutos oceanográficos. Su
objetivo no era nada menos que aumentar la inteligencia del calamar del
arrecife. Fue un desafío técnico enorme. La disposición neural del calamar no
es como la humana. Un calamar tiene dos cuerdas nerviosas similares a raíles
que recorren la longitud de su cuerpo, sembrados de pares de ganglios; el par
de ganglios delantero está expandido en una masa de lóbulos. Los científicos
identificaron rápidamente las áreas del cerebro responsables del aprendizaje
del lenguaje (desagradablemente, mediante el corte de partes del cerebro del
calamar para ver que pasaba.) Se descubrió que se podría desarrollar una
ingeniería genética comparativamente sencilla para hacer inteligentes a los
calamares, o mejor dicho, más inteligentes. Por supuesto, hubo protestas de los
activistas de los derechos de los animales: pero también angustia de un tipo
más filosófico, de grupos que cuestionaban la ética de nuestra habilidad para
infligir una conciencia de mortalidad en otra criatura que no era previamente
sintiente.
A pesar de dicha oposición, y también de las
predecibles crisis de las subvenciones, el esfuerzo continuado produjo rápidos
resultados. Pronto, se desarrollaron calamares mejorados útiles para trabajar
en el océano, por ejemplo, para trabajar en granjas oceánicas. Y se llevaron a
cabo los primeros experimentos para ver si también podrían operar fuera de la
Tierra. Sin sorpresa de nadie, resultaron ser buenos astronautas.
Misteriosamente, como ya se apuntó, era como
si el calamar hubiera evolucionado para las condiciones del viaje espacial,
como los humanos evidentemente no lo habían hecho. Algunos teóricos de la
conspiración empezaron a preguntarse si el propósito primario de la humanidad
no habría sido, todo este tiempo, el de llevar a los cefalópodos mejorados a su
ambiente natural en el espacio. Y otros, cautelosos con el enorme potencial de
los calamares, empezaron a mirar ansiosamente hacia el cielo.
Ella podía sentir el familiar toque de la
nueva gravedad. Más allá de la piel translúcida de su hábitat podía ver un
suelo granulado verde negruzco, un horizonte dentado a apenas decenas de metros
de distancia. La Tierra está muy lejos, y sus lazos de lealtad a la humanidad
están muy estirados. Para la piloto calamar, el calor de la cavidad de su
manto, huevos impregnados, es mucho más importante. Y para ella, este asteroide
no es una mina en el cielo. Es un campo de reproducción. Ella hace ostentación
de su triunfo, la piel de su manto se estremece. Al fin, con un sentimiento de
excitación, desliza sus brazos en el interior de los waldos y se prepara para
empezar su trabajo.
Edición digital de Igor Cantero
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