Ronnie, de pie ante el espejo, se echó el pelo hacia atrás. Estiró
su jersey nuevo y abombó el pecho. ¡Estupendo! Tenía que cuidar su aspecto, ya
que se acercaba el final de curso y la elección para presidente de la clase. Si
conseguía que le nombraran presidente, el próximo curso sería pan comido para
él. Pero tenía que cuidar los detalles...
-¡Ronnie! ¡Date prisa o llegarás tarde!
Mamá salió de la cocina con el desayuno de Ronnie. Este se miró al
espejo por última vez. Mamá se le acercó por detrás y le rodeó la cintura con
sus brazos.
-Estás muy guapo, querido. Ojalá pudiera verte tu padre...
Ronnie se soltó del abrazo maternal.
-Oye, mamá... -dijo.
-¿Sí?
-¿No podrías darme algún dinero? Tengo que comprar varias cosas.
-Bueno, creo que sí. Pero, procura hacerlo durar. Ya sabes que la
escuela cuesta mucho dinero.
-Algún día te lo devolveré.
Ronnie contempló a su madre mientras ésta hurgaba en el bolsillo
de su delantal y sacaba un arrugado billete de un dólar.
-Gracias. Hasta luego.
Ronnie cogió su desayuno y echó a correr hacia la calle. Se alejó
de la casa, sonriendo y silbando, sabiendo que su madre le estaba contemplando
desde la ventana. Siempre le estaba contemplando, y era un verdadero fastidio.
Luego volvió la esquina, se detuvo debajo de un árbol y encendió
un cigarrillo. Reemprendió la marcha lentamente, con el cigarrillo en los
labios. Con el rabillo del ojo observaba la casa de los Ogden, al otro lado de
la calle.
En aquel momento se abrió la puerta principal y salió Marvin
Ogden. Marvin tenía quince años, uno más que Ronnie, pero era más bajo y más
delgado. Llevaba gafas y tartamudeaba cuando estaba excitado, pero era el
alumno que pronunciaba el discurso de despedida de fin de curso.
Ronnie se acercó a él por detrás, andando rápidamente.
-¡Hola, mocoso!
Marvin se sobresaltó. Continuó andando, con la mirada clavada en
el suelo.
-He dicho hola mocoso. ¿Qué te pasa? ¿No conoces tu propio nombre?
-Hola..., Ronnie.
-¿Cómo se encuentra hoy el mocoso?
-Bueno, Ronnie, ¿por qué hablas de ese modo? Yo no te hablo nunca
así.
Ronnie escupió en dirección a los zapatos de Marvin.
-Me gustaría que lo intentaras, cuatro ojos.
Marvin apresuró el paso, pero Ronnie se mantuvo a su altura.
-No corras tanto, mocoso. Tengo que hablar contigo.
-¿Con... migo, Ronnie? No quiero llegar tarde...
-Cierra el pico.
-Pero...
-Escucha. ¿Cómo se te ocurrió apartar tus apuntes en el examen de
Historia de ayer?
-Ya sabes que no pueden copiarse las respuestas de los demás, Ronnie.
-¿Estás tratando de decirme lo que tengo que hacer, mequetrefe?
-No, no. Lo hice para evitarte un disgusto. Si miss Sanders
descubriera que copias las respuestas, no creo que te eligieran presidente de
la clase. Si alguien se enterara...
Ronnie colocó su mano sobre el hombro de Marvin. Sonrió.
-Tú no vas a decírselo a miss Sanders, ¿verdad, mocoso? -murmuro.
-¡Desde luego que no! ¡Lo juro!
Ronnie continuó sonriendo. Hundió sus dedos en el hombro de
Marvin. Con la otra mano tiró los libros de Marvin al suelo. Cuando Marvin se
inclinó a recogerlos, le dio un puntapié con todas sus fuerzas. Marvin cayó
cuan largo era. Empezó a llorar. Ronnie le contempló mientras se levantaba.
-Eso es sólo una muestra de lo que haré contigo si te vas de la
lengua -dijo, pisando los dedos de la mano izquierda de Marvin. -¡Hasta luego!
El lloriqueo de Marvin se apagó en sus oídos cuando volvió la
esquina, al final de la manzana. Mary June estaba esperándole debajo de los
árboles. Se acercó a ella por detrás y la golpeó rudamente.
-¡Hola, chica! -dijo.
Mary June dio un salto, con los rizos brincando sobre sus hombros.
Luego se volvió y reconoció a su agresor.
-¡Oh, Ronnie! No quiero que...
-Cállate, tengo prisa. No puedo llegar tarde el día antes de la
elección. ¿Has hablado con las chicas?
-Desde luego, Ronnie. Te dije que lo haría. Ellen y Vicky
estuvieron anoche en mi casa y dijeron que votarían por ti. Todas las chicas
van a votar por ti.
-Bueno. les conviene hacerlo.
Ronnie tiró la colilla de su cigarrillo contra uno de los rosales
del jardín de los Elsner.
-Ronnie..., ten cuidado... ¿Quieres provocar un incendio?
-Deja de fastidiarme -gruñó Ronnie.
-No trato de fastidiarte, Ronnie. Pero...
-¡Cierra el pico de una vez! ¡Me pones enfermo!
Apresuró el paso, y la muchacha se mordió el labio mientras
trataba de mantenerse a su altura.
-¡Espérame, Ronnie!
-¡Espérame, Ronnie! -la remedó Ronnie burlonamente-. ¿Qué te pasa?
¿Tienes miedo a perderte?
-No es eso. Ya sabes que no es eso. No me gusta pasar por delante
de la casa de Mrs. Mingle. Siempre me mira fijamente y me hace muecas.
-¡Es una vieja chiflada!
-A mí me da miedo, Ronnie. ¿A ti, no?
-¿Miedo, aquel viejo murciélago? ¿Estás loca?
-No hables tan alto. Puede oírte.
-¿Y qué?
Ronnie avanzó jactanciosamente hacia la verja de hierro, más allá
de la cual se encontraba la casita sombreada por los árboles. Miró con aire
insolente a la muchacha, y ésta apartó los ojos del destartalado edificio.
Ronnie acortó deliberadamente el paso mientras cruzaban por delante de la
casita, con sus cerradas ventanas, su porche cerrado a las miradas indiscretas
y su aire general de apartamiento del mundo.
Mrs. Mingle no estaba a la vista en aquel momento. Normalmente
podía vérsela en el jardín, invadido por las malas hierbas, al lado de la
casita; una anciana menuda, delgada, inclinada sobre sus plantas, hablando
incesantemente consigo misma o con el gato negro que la acompañaba siempre.
-La vieja cara de ciruela no está por aquí -observó Ronnie, en voz
alta-. Habrá salido de viaje, montada en su escoba.
-¡Ronnie! ¡Por favor!
-¿Qué pasa? -Ronnie tiró de los rizos a Mary June-. Las mujeres os
asustáis de todo...
La mirada de Ronnie se deslizó de nuevo por la silenciosa casa,
envuelta en sombras. Un trozo de aquellas sombras parecía moverse al lado de la
vivienda. Al extremo del porche se destacó una forma negra. Ronnie reconoció al
gato de Mrs. Mingle. Avanzaba lentamente hacia la verja.
Rápidamente, Ronnie se inclinó y cogió una piedra. Apuntó
cuidadosamente y lanzó el proyectil.
El gato emitió un bufido y luego maulló de dolor, mientras la
piedra chocaba contra sus costillas.
-¡Oh, Ronnie!
-¡Vamos, antes de que salga la vieja!
Echaron a correr calle abajo. La campana de la escuela ahogó los
maullidos del gato.
-Ya hemos llegado -dijo Ronnie-. ¿Hiciste mis deberes? Bien.
Dámelos.
Arrancó los papeles de la mano de Mary June y salió corriendo. La
muchacha se quedó mirándole, con los ojos iluminados por una sonrisa de
admiración.
Desde detrás de la verja el gato le miró también, relamiéndose los
hocicos.
II
Sucedió aquella tarde, después de la escuela. Ronnie, Joe Gordan y
Seymour Higgins habían salido juntos, y Ronnie hablaba del equipo de base-ball
que su madre había prometido comprarle aquel verano, si sus notas eran buenas.
Desde luego, sus amigos podrían utilizar la máscara y el mitón... Con las
elecciones a la vista, Ronnie tenía que mostrarse amable.
Sabía que si se quedaba mucho rato en el patio de la escuela, Mary
June saldría y querría que la acompañara a casa. Estaba harto de ella. ¡Oh, sí!
Era buena para hacerle los deberes y otras minucias por el estilo, pero sus
compañeros se reirían de él si le veían con una muchacha.
¿Qué opinaban de ir a la calle donde estaba la piscina y darse una
vuelta por allí? Podrían fumar...
Ronnie sabía que aquellos chicos no fumaban, pero el fumar le daba
importancia a sus ojos y esto era lo que él quería. Le siguieron, calle abajo,
taconeando sobre la acera. Hacían mucho ruido, porque todo estaba en silencio.
Lo único que Ronnie pudo oír fue el gato. Pasaban por delante de
la casa de Mrs. Mingle, y allí estaba el gato, en el jardín, rodando sobre su
lomo y sobre su estómago, jugando con algo. Ronroneaba, maullaba y gruñía.
-¡Mirad! -exclamó Joe Gordan-. El gato parece que ha cazado algo.
-Un ratón -dijo Ronnie-. Esa casa está llena de ratones, de moscas
y de bichos. Esta mañana le he dado bien al gato.
-¿De veras?
-Sí, con una piedra. Así de grande.
Dibujó una sandía con las manos.
-¿No tuviste miedo de la vieja Mingle?
-¿Miedo? ¿De esa...?
-Hierba gatera -dijo Symour Higgins-. Está jugando con una bola de
hierba gatera. La vieja Mingle se la compra. Mi padre dice que se lo compra
todo, comida especial y sardinas, Lo trata como a un hijo. ¿No habéis visto
cuando andan juntos por la calle?
-Hierba gatera, ¿eh? -Joe fisgó a través de la verja-. Me pregunto
por qué les gustará tanto. Los pone como locos, ¿verdad? Los gatos harían
cualquier cosa por la hierba gatera.
El gato seguía jugando con la bola. Ronnie escupió
despectivamente.
-Odio a los gatos. Alguien tendría que ahogar a ese maldito bicho.
-Será mejor que Mrs. Mingle no te oiga hablar de ese modo -dijo
Seymour-, Te echaría el mal de ojo.
-¡Tontadas!
-Bueno, cuece hierbas y cosas, y mi madre dice...
-¡Tontadas!
-De acuerdo. Pero yo no iría dando vueltas alrededor de ella ni de
su gato.
-Ahora vais a ver.
Ronnie abrió el portillo de la verja. Avanzó hacia el gato negro,
mientras sus compañeros se quedaban con la boca abierta.
El gato se agachó sobre la hierba gatera, y Ronnie vaciló un
instante al ver el brillo de las uñas y el de los ojos color de ágata. Pero sus
compañeros le estaban mirando...
-¡Fuera! -gritó.
Avanzó agitando los brazos. El gato retrocedió, andando de lado.
Ronnie se agachó rápidamente y cogió la bola de hierba gatera.
-¿Lo veis? Ya la tengo, muchachos. Voy a...
-¡Suelta eso!
No había visto abrirse la puerta. No había visto salir a la vieja.
Pero, repentinamente, estuvo allí. Apoyada en su bastón, con un vestido negro
muy ajustado, apenas parecía mayor que el gato agachado junto a ella. Su pelo
era gris, y arrugado y muerto; su rostro era gris, y arrugado y muerto; pero
sus ojos...
Eran unos ojos color de ágata, como los del gato negro. Llameaban.
Y cuando habló, escupió como escupen los gatos.
-¡Suelta eso, jovencito!
Ronnie empezó a temblar. Fue sólo un escalofrío. Todo el mundo
tiene un escalofrío de cuando en cuando. Temblaba tanto, que no pudo evitar que
la bola de hierba gatera cayera de su mano. Por puro accidente...
No estaba asustado. Tenía que demostrarles a sus compañeros que no
estaba asustado de la vieja. Era difícil respirar, continuaba temblando, pero
lo consiguió. Llenó sus pulmones de aire y abrió la boca.
-¡Vieja bruja! -aulló.
Los ojos color de ágata se ensancharon, hasta que su tamaño superó
al de la propia vieja. Lo único que Ronnie podía ver eran los ojos. Ojos de
bruja. Ahora que lo había dicho, sabía que era cierto. Bruja. Era una bruja.
-¡Desvergonzado mocoso! ¡Haré que te corten tu mentirosa lengua!
¡Cielos, hablaba en serio!
Ahora se estaba acercando, y el gato avanzaba a su lado, y luego
la vieja levantó su bastón para golpearle. La bruja iba a golpearle... ¡No!
¡Oh, mamá, no!
Ronnie echó a correr.
III
No pudo evitarlo. Sus compañeros también habían echado a correr,
antes que él, incluso. Tuvo que hacerlo, la vieja estaba loca, cualquiera podía
verlo. Además, si se hubiera quedado, la vieja hubiese tratado de pegarle y, al
defenderse, él podría haberla lastimado. De modo que echó a correr para
evitarse complicaciones. Simplemente por eso.
Ronnie se lo repitió a sí mismo una y otra vez durante la cena.
Pero, al decírselo a sí mismo, no solucionaba nada.
Tenía que decirselo a los muchachos, y pronto. Tenía que
explicárselo antes de la elección de mañana...
-¡Ronnie! ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?
-No, mamá.
-Entonces, ¿por qué no contestas cuando te preguntan? No has
pronunciado media docena de palabras desde que has llegado a casa. Y tienes
toda la comida en el plato.
-No tengo hambre.
-¿Te ocurre algo, hijo mío?
-No. Déjame en paz.
-¿Es esa elección de mañana, verdad?
-Déjame en paz. -Ronnie se levantó de la mesa-. Voy a salir.
-¡Ronnie!
-Tengo que ver a Joe. Es muy importante.
-Recuerda que a las nueve tienes que estar en casa.
-Sí. Desde luego.
Salió a la calle. La noche era fría. Demasiado viento para aquella
época del año. Ronnie se estremeció ligeramente mientras andaba. Tal vez un
cigarrillo...
Encendió un fósforo y una lluvia de chispas ascendió en espiral
hacia el cielo. Ronnie apresuró el paso, dando nerviosas chupadas al
cigarrillo. Tenía que ver a Joe y a los otros chicos y darles una explicación.
Sí. ahora mismo. Si se lo contaban a alguien...
Estaba muy oscuro. La luz de la esquina no ardía, y los Ogden no
estaban en casa. Y la casita de Mrs. Mingle siempre estaba a oscuras.
Mrs. Mingle. Iba a pasar por delante de su casita. Sería mejor que
cruzara la calle.
¿Qué le sucedía? ¿Se estaba volviendo un gallina? ¡Sentir miedo de
aquella vieja, de aquella bruja! Abombó el pecho. Que intentara algo... Ella y
su maldito gato ¡sabrían quién era Ronnie!
No cruzó la calle. Pasó por delante de la casita envuelta en
sombras, silbando retadoramente, y subrayó su actitud de desafío disparando la
colilla de su cigarrillo a través de la verja. Volaron unas chispas, para ser
tragadas inmediatamente por la boca de la noche.
Ronnie se detuvo a mirar por encima de la verja. Todo estaba
oscuro e inmóvil. No había nada que temer. Todo estaba oscuro...
Todo, excepto aquel brillante parpadeo. Junto al camino, debajo
del porche. Ahora podía ver el porche, porque había una luz. No era una luz
fija: oscilaba. Como un fuego. Un fuego..., donde había caído la colilla de su
cigarrillo. ¡La casita empezaba a arder!
Ronnie se agarró a la verja. Si, se estaba prendiendo fuego; Mrs.
Mingle saldría, vendrían los bomberos, encontrarían la colilla y...
Ronnie echó a correr calle abajo. El viento maullaba detrás de él,
el viento que avivaba las llamas que incendiarían la casita...
Mamá estaba acostada. Ronnie entró en la casa cautelosamente y se
deslizó escaleras arriba sin hacer ruido. Se desvistió a oscuras y se metió en
la cama. Se tapó la cabeza con las sábanas y se quedó muy quieto, temblando;
sin atreverse a mirar a través de la ventana para ver el esplandor procedente
del otro lado de la manzana. Sus dientes castañetearon. Sabía lo que iba a
suceder dentro de unos instantes.
Luego oyó el silbido de las sirenas. Los bomberos. Alguien les
había avisado. Ahora no tenía por qué preocuparse. ¿Por qué le asustaba aquel
sonido? No era más que una sirena, y no los gritos de Mrs. Mingle. Mrs. Mingle
estaba perfectamente. El estaba perfectamente. Nadie sabía...
Ronnie se quedó dormido con el rumor del viento y el grito de las
sirenas en sus oídos. Durmió profundamente, con una sola interrupción. Fue
hacia la madrugada, cuando creyó oír un ruido en la ventana. Como si alguien la
estuviera arañando. El viento, desde luego. El viento que sollozaba, y gemía, y
maullaba debajo de la ventana, al amanecer. Aunque la imaginación de Ronnie, la
conciencia de Ronnie, transformó aquellos sonidos en los maullidos de un
gato...
IV
-¡Ronnie!
No era el viento, no era un gato. Su madre le estaba llamando.
-¡Ronnie! ¡Oh, Ronnie!
Abrió los ojos y volvió a cerrarlos inmediatamente, cegado por el
sol.
-¿Por qué no contestas?
Oyó refunfuñar a su madre, abajo. Luego volvió a llamarle.
-¡Ronnie!
-¡Ya voy, mamá!
Saltó de la cama y se vistió. Su madre estaba esperándole en la
cocina.
-Esta noche has dormido como un tronco. ¿No has oído las sirenas?
Ronnie dejó caer una tostada.
-¿Qué sirenas?
-Las de los bomberos. Ha sido algo terrible. La casita de Mrs.
Mingle ha quedado destruida por el fuego.
-¿Sí?
No se acordó de recoger la tostada.
-¡Pobre anciana! Imagínate..., atrapada allí...
Tenía que impedir que continuara. No podría soportar lo que iba a
decir a continuación. Pero, ¿cómo podía impedirlo?
-Murió abrasada. Cuando llegaron los bomberos, la casa ardía como
una tea. Los Ogden vieron el fuego al regresar a su casa, y Mr. Ogden avisó a
los bomberos, pero era demasiado tarde. Cuando pienso en aquella pobre anciana
tan...
Sin pronunciar una sola palabra, Ronnie se levantó de la mesa y
salió de la cocina. No esperó su desayuno. No se entretuvo contemplándose al
espejo. Salió a la calle, convencido de que si continuaba allí se echaría a
gritar o a llorar.
Estaba esperándole en la acera, al lado de la puerta. Un bulto
negro con unos ojos de ágata.
El gato.
El gato de Mrs. Mingle, esperando que saliera.
Ronnie respiró profundamente antes de abrir el portillo de la
verja. El gato no hizo el menor sonido. Se limitó a volver la cabeza hacia él y
le miró fijamente.
Ronnie se paró un momento antes de cruzar la verja. En el suelo
había un guijarro. Lo cogió y lo blandió en su mano.
-¡Fuera! -gritó.
El gato retrocedió. Ronnie cruzó el portillo. El gato echó a andar
detrás de él. Ronnie dio media vuelta blandiendo el guijarro.
-¡Fuera, he dicho!
El gato se quedó quieto.
¿Por qué no habría ardido también aquel maldito bicho en el
incendio? ¿Qué estaba haciendo aquí?
Apretó fuertemente el guijarro entre sus dedos. Si aquel maldito
gato intentaba algo...
Reemprendió la marcha sin mirar atrás. ¿Qué le sucedía? Supongamos
que el gato le estuviera siguiendo. ¿Y qué? No podía hacerle ningún daño. Ni
podía hacérselo la vieja Mingle. Estaba muerta. La bruja asquerosa. Decir que
haría que le cortaran la lengua... Bueno, la vieja ya había recibido lo suyo.
Lástima que el gato hubiese quedado con vida. Pero ya le daría lo suyo también
si se ponía tonto.
Nadie iba a descubrir lo de aquel cigarrillo. Mrs. Mingle estaba
muerta. De modo que no tenía por qué preocuparse.
La sombra le seguía, calle abajo.
-¡Fuera de aquí!
Ronnie dio media vuelta y disparó el guijarro contra el gato. El
gato siseó. Ronnie oyó sisear al viento, oyó sisear la colilla de su
cigarrillo, oyó sisear a Mrs. Mingle.
Echó a correr. El gato corrió detrás de él.
-¡Eh, Ronnie!
Marvin Ogden le estaba llamando. No podía detenerse ahora, ni
siquiera para propínarle un pescozón a aquel mocoso. Continuó corriendo. El
gato se mantuvo a la misma distancia, siempre detrás de él.
Luego le faltó el resuello, y acortó el paso. Muy a tiempo.
Delante de él había un grupo de muchachos, de pie, en la acera, frente a un
montón de restos humeantes.
Estaban contemplando lo que había sido la casita de la vieja Mrs.
Mingle.
Ronnie cerró los ojos y cruzó la calle. El gato le siguió.
Tenía que deshacerse de él antes de llegar a la escuela. ¿Qué
diría la gente si le veían con el gato de la vieja? Quién sabe lo que podrían
pensar... Tenía que deshacerse de él.
Ronnie echó a correr hacia la Sinclair Street. El gato le siguió.
Al llegar a la esqu¡na cogió una piedra y la lanzó contra el gato. El animal
dio un salto de costado. Luego se sentó en la acera y contempló fijamente a
Ronnie. No hizo más que eso: contemplarle.
Ronnie no pudo apartar sus ojos del gato. El animal le miraba con
fijeza, del mismo modo que había mirado mistress Mingle. Pero Mrs. Mingle
estaba muerta. Y esto no era más que un gato. Un gato del que tenía que
deshacerse, y pronto.
Se acercaba el autobús. Ronnie encontro una moneda de diez
centavos en su bolsillo y subió al vehículo. El gato no se movió. Ronnie se
quedó en pie en la plataforma, mirando hacia atrás mientras el autobús
reemprendía la marcha. El gato continuó sentado en la acera.
Dos paradas más lejos, Ronnie se apeó y cogió el autobús de la
Hollis Avenue. Le llevó hasta la escuela, diez minutos tarde. Ronnie se apeó y
cruzó la calle apresuradamente.
Una sombra cruzó la entrada del edificio.
Ronnie vio al gato. Estaba allí esperándole.
Echó a correr.
Fue lo único que Ronnie recordaba del resto de la mañana. Correr.
Correr, y el gato detrás de él. No pudo ir a la escuela, no pudo estar allí
para la elección, no pudo deshacerse del gato. Corrió.
De calle en calle, por toda la vecindad; deteniéndose a tirar
piedras, maldiciendo, jadeando y sudando. Corriendo siempre, y siempre con el
gato a sus alcances. Sin darse cuenta, se encontró delante de las ruinas de la
casita de Mrs. Mingle, con sus restos calcinados y humeantes. El gato le había
empujado hacia allí, quería que viera...
Ronnie empezó a llorar. Lloró mientras corría a su casa. El gato
no producía el menor sonido. Se limitaba a seguirle. Bueno, ya le ajustaría las
cuentas. Se lo diría a su madre. Su madre se encargaría de él. Su madre.
-¡Mamá! -aulló mientras corría hacia la puerta.
Silencio. Su madre había salido. De compras.
Y el gato acababa de cruzar el portillo de la verja.
Ronnie cerró la puerta. Su madre tenía llave para abrir. Ahora
estaba a salvo. A salvo en su casa. A salvo en la cama: deseaba irse a la cama,
y taparse la cabeza con las mantas; hasta que llegara su madre y lo arreglara
todo.
Alguien arañó la puerta.
-¡Mamá!
Su grito despertó los ecos de la casa vacía.
Echó a correr escaleras arriba. Todo quedó en silencio. Luego oyó
girar el pomo de la puerta. Era la vieja Mingle, salida de la tumba. Era la
bruja, que venia en su busca. Era...
-¡Mamá!
-¡Ronnie! ¿Qué sucede? ¿Qué estás haciendo en casa? ¿No has ido a
la escuela?
Era su madre. Ronnie cerró la boca a tiempo. No podía contarle lo
del gato. Ni ahora ni nunca. Saldrían a relucir otras cosas, y... cuidado.
Debía tener mucho cuidado con lo que decía.
-Me dolía el estómago -dijo-. Miss Sanders me dijo que viniera a
casa y me acostara.
Su madre subió apresuradamente, le ayudó a desvestirse, dijo que
avisaría al médico y le arropó cariñosamente. Y Ronnie pudo llorar, y su madre
no supo que no lloraba porque le doliera el estómago. ¿Por qué tenía que
saberlo? Ahora todo había pasado.
Sí, ahora había pasado, y él estaba en la cama. A la hora del
almuerzo, su madre le subió un poco de sopa. Ronnie deseaba preguntarle por el
gato, pero no se atrevió. Además, ya no le oía arañar. Debió marcharse cuando
su madre llegó a casa.
Ronnie permaneció tendido en la cama, dormitando, mientras las
sombras de la tarde corrían en largas cintas negras a través del suelo de la
habitación. Sonrió para sí. ¡Qué tonto había sido! Asustarse de un gato... Un
gato que, a lo mejor, sólo existía en su imaginación. ¿Por qué no?
-¡Ronnie! ¿Estás bien? -preguntó su madre desde el pie de la
escalera.
-Sí, mamá. Me encuentro mucho mejor.
Desde luego, se encontraba mucho mejor. Podía levantarse y bajar a
cenar, si quería.
Empezó a apartar las mantas. La habitación estaba a oscuras. Era
casi la hora de la cena...
En aquel momento, Ronnie oyó el sonido. Alguien que arañaba una
puerta, que se deslizaba... ¿Abajo en el vestíbulo? No. No podía ser en el
vestíbulo. ¿Dónde entonces?
La ventana. Estaba abierta. Y el sonido procedía de la ventana.
Tenía que cerrarla inmediatamente. Se levantó de un salto, golpeándose la
barbilla con una silla mientras avanzaba en la oscuridad. Cerró la ventana.
Inmediatamente volvió a oír el sonido.
¡Y procedía del interior de la habitación!
Ronnie volvió a meterse en la cama de un salto, subiendo el embozo
hasta su barbilla. Sus ojos intentaron taladrar la oscuridad.
¿Dónde estaba?
Sólo vio sombras. ¿Cuál de las sombras se movía?
¿Dónde estaba?
¿Por qué no maullaba, de modo que pudiera localizarlo? ¿Por qué no
hacía algún ruido? Sí, ¿y por qué estaba aquí? ¿Por qué le seguía? ¿Qué trataba
de hacerle?
Ronnie lo ignoraba. Lo único que sabía era que estaba en la cama
esperando, pensando en Mrs. Mingle y en su gato, y en que ella era una bruja y
había muerto porque él la había asesinado. ¿La había asesinado realmente? Las
ideas de Ronnie se confundían, no podía recordar, ni siquiera sabía ya lo que
era real y lo que no era real. No podía saber cuál de las sombras se movería a
continuación.
Y luego lo supo.
La sombra redonda estaba moviéndose. La redonda bola negra
avanzaba lentamente, pulgada a pulgada, a través de la habitación. La sombra
que un momento antes permanecía agazapada al pie de la ventana.
Debía de ser el gato, desde luego, ya que las sombras no tienen
zarpas que arañen el suelo al avanzar. Las sombras no saltan de repente, para
quedarse colgadas de los barrotes de la cama y mirarle a uno con unos ojos
amarillos y unos dientes amarillos...
Con aquella mirada fija que recordaba la mirada de Mrs. Mingle.
El gato era enorme. Sus ojos eran enormes. Y sus dientes eran
enormes también.
Ronnie abrió la boca para gritar.
Entonces la sombra voló por el aire en dirección a su rostro, a su
boca abierta. Las zarpas se aferraron a sus mejillas, manteniendo sus
mandíbulas separadas, y la cabeza se introdujo en la boca...
En medio de su dolor, desde muy lejos, Ronnie oyó que alguien le
llamaba.
-¡Ronnie! ¡Ronnie! ¿Qué es lo que te pasa?
Una especie de nube roja velaba sus ojos. Ronnie echó la cabeza
hacia atrás y experimentó un vivísimo dolor. Repentinamente, la sombra se alejó
y Ronnie se encontró sentado en la cama. Movía la boca, pero de ella no salía
ningún sonido. No salía nada de ella, excepto aquella borboteante humedad
rojiza.
Su madre insistió.
-¡Ronnie! ¿Por qué no contestas?
De las profundidades de la garganta de Ronnie surgió un sonido
gutural, pero ninguna palabra. Nunca más Surgirían palabras de ella.
-¡Ronnie! ¿Qué es lo que te pasa? ¿Se te ha comido la lengua el gato...?
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