En el cielo silbaron las cabezas de torpedo cargadas con
explosivos, y el fragor de su paso hizo temblar la montaña.
En las profundidades de su abovedado santuario, el hombre
permanecía sentado, deifico e inescrutable, enterado de todo lo que estaba
sucediendo. No tenía necesidad de salir desde su refugio para contemplar el
cielo.
Sabía lo que estaba sucediendo: lo supo desde aquella noche
en que el Sol parpadeó y se apagó. Un anunciante, embutido en la bata blanca
símbolo de las artes curativas, estaba emitiendo un importante mensaje acerca
del laxante más popular del mundo: el que la mayoría de la gente prefería, el
que cuatro de cada cinco médicos usaban personalmente. En medio de su elogio de
aquel nuevo y sorprendente descubrimiento, hizo una pausa para advertir al
auditorio que se dispusiera a escuchar un boletín especial.
Pero el boletín no llegó; un momento después, la pantalla
ennegreció y rugió el trueno.
Durante toda la noche, la montaña tembló, y el hombre
sentado tembló también; no por miedo al futuro, sino por miedo al presente.
Esperaba aquello, por ese motivo se encontraba allí. Otros hablaron del asunto
durante años. Circularon rumores, advertencias solemnes y comentarios en las
tabernas. Pero los que esparcían rumores, y los que hacían advertencias, y los
que comentaban en los bares, no efectuaron movimiento alguno. Se quedaron en la
ciudad y sólo él había huido.
Algunos de ellos lo sabían, se quedaron para aceptar el
inevitable final del mejor modo posible, y él los admiraba por su valor. Otros
trataron de ignorar el futuro, y él los detestaba por su ceguera. No obstante,
a todos compadecía.
Había comprobado, hace mucho tiempo, que el valor no era
suficiente, y que la ignorancia no representaba la salvación. Las palabras
prudentes y las palabras estúpidas son idénticas en un sentido: no detienen la
tormenta. Y cuando la tormenta se acerca, lo mejor es huir.
Él se había preparado aquel refugio montañoso, a mucha
altura sobre la ciudad, y estaba a salvo, y estaría a salvo durante los años
siguientes. Otros hombres de igual riqueza podían haber hecho lo mismo, pero
fueron demasiado listos o demasiado estúpidos para enfrentarse con la realidad.
De modo que mientras ellos esparcían sus rumores y pronunciaban sus advertencias
y hacían sus comentarios, él se había construido su refugio; revestido de
plomo, y aprovisionado de todo lo que podía necesitar durante muchos años,
incluida una generosa provisión del laxante más popular del mundo.
Por fin llegó el alba y los ecos del trueno se apagaron, y
el hombre se dirigió a un refugio especial, desde el cual podía enfocar su
telescopio sobre la ciudad. Miró y remiró, pero allí no había nada que ver.
Nada, excepto nubes en remolino que giraban cubriendo, con su negrura, el inflamado
horizonte.
Se convenció que tendría que bajar a la ciudad si quería
ver, y efectuó los adecuados preparativos.
En primer lugar, un traje especial fabricado a base de tela
aislante y láminas de plomo, difícil y costoso de obtener. El traje era un alto
secreto; del tipo que sólo poseían los generales del Pentágono. No podían
procurárselos a sus esposas, y tenían que robarlos para sus amantes. Pero él
tenía uno. Y se lo puso.
Una plataforma móvil le ayudó a descender hasta la base de
la montaña, donde había un automóvil esperándole. Lo puso en marcha, las
puertas se cerraron automáticamente detrás de él, y emprendió el camino hacia
la ciudad. A través de la mirilla de su casco aislante contempló la niebla
amarilla, y condujo lentamente, a pesar que no encontró ningún otro vehículo ni
señales de vida.
Al cabo de un rato la niebla desapareció y pudo contemplar
el paisaje rural. Arboles amarillos e hierba amarilla silueteándose contra un
cielo amarillo en el cual grandes nubes negras giraban y giraban.
Un
cuadro de Van Gogh, se dijo a sí mismo, sabiendo que era
una mentira. Ya que ninguna mano de artista había destrozado los cristales de
las granjas, arrancando la pintura de las paredes de los graneros ni estrujado
el cálido aliento de los rebaños que pacían en los campos, dejándolos en pie,
helados, muertos.
Condujo a lo largo de la ancha carretera que desembocaba en
la ciudad; una carretera que habitualmente hervía de objetos multicolores, que
eran vehículos a motor. Pero no había ningún automóvil en toda la longitud de
la arteria.
No los vio hasta que se acercó a los suburbios. Al doblar
una curva, estuvo a punto de chocar contra varios de ellos. Y le invadió el
pánico y se detuvo.
La carretera, ante él, aparecía llena de automóviles hasta
donde alcanzaba la vista: una masa sólida, guardabarros contra guardabarros,
dispuesta a avanzar hacia él con chirriantes ruedas.
Pero las ruedas no giraban.
Los automóviles estaban muertos. Toda la carretera era un
cementerio de automóviles. El hombre cruzó el lugar a pie, inclinándose
reverentemente ante los cadáveres de los Cadillac, los cadáveres de los
Chevrolet, los cadáveres de los Buicks. Delante de sus ojos tenía la evidencia
de unas muertes violentas; los cristales destrozados, los guardabarros aplastados,
retorcidos.
Las señales de la lucha eran lastimosas de ver; aquí había
un diminuto Volkswagen, aplastado entre dos poderosos Lincolns; allí, un MG
había muerto debajo de las ruedas de un impresionante camión. Pero ahora todo
estaba inmóvil. Los Dodges, y los Hornets, y los Ramblers...
Resultaba duro para él comprobar la tragedia que sorprendió
a las personas que iban en el interior de aquellos vehículos: también estaban
muertas, desde luego, pero su fallecimiento no era tan impresionante. Tal vez
su pensamiento había sido afectado por la actitud de la época, en la cual un
hombre tendía a ser cada vez menos identificado como un individuo, y cada vez
más considerado de acuerdo con la valoración simbólica del automóvil que
conducía. Cuando un desconocido conducía por la calle, rara vez se pensaba en
él como en una persona; la inmediata reacción era: «Ahí va un Ford... ahí va un
Pontiac... ahí va un Jaguar descapotable». Y los hombres se jactaban de sus
automóviles, en vez de hacerlo de sus cualidades personales. De modo que, en
cierto sentido, la muerte de los automóviles era más importante que la muerte
de sus propietarios. No parecía que los seres humanos hubieran muerto en un
frenético esfuerzo por huir de la ciudad; eran los automóviles los que habían
efectuado un esfuerzo final para escapar, y habían fracasado.
Continuó caminando por la carretera hasta que llegó a las
primeras filas de los suburbios. Allí, las huellas de la destrucción eran más
evidentes. Las explosiones habían hecho su efecto. En el campo, la pintura
había sido arrancada de las paredes, pero en los suburbios las paredes habían
sido arrancadas de los edificios. No todas las viviendas estaban derruidas.
Había muchas casas en pie, pero en su interior no se apreciaba la menor señal
de vida. Los aparatos de radio y televisión estaban muertos.
Vio entorpecido su avance por montones de escombros. Al
parecer, una de aquellas explosiones había afectado a aquella zona de un modo
directo; su camino estaba bloqueado por un montón de los heterogéneos restos de
Exurbia.
Pasó por encima o dio un rodeo alrededor de Cajas de
Kleenex, cabezas artificiales que habían colgado de los escaparates de las
tiendas, artículos para automóviles, arrugadas listas de compra y garabateadas
notas de citas con el psiquiatra.
Se detuvo ante unos Grandes Almacenes, y sus pies se
enredaron con los camisones de nilón, cajas de supositorios desodorantes y un
montón de discos de Harry Belafonte.
Le resultaba difícil de avanzar con normalidad, ya que las
calles estaban llenas de vehículos destrozados y las aceras aparecían
bloqueadas por los trozos o las fachadas enteras de los edificios. Estructuras
enteras fueron arrancadas de cuajo, y, en algunas casas, quedó al descubierto
el interior de las habitaciones. Aparentemente, la explosión se produjo de un
modo repentino, sin previo aviso, ya que había pocos cadáveres en las calles y
los que se encontraban en el interior de los inmuebles parecían haber
encontrado la muerte mientras desempeñaban sus ocupaciones habituales.
Continuó caminando, y evitó deliberadamente mirar los
cadáveres. Pero no podía evitar verlos, y con la costumbre la repugnancia se
convirtió en simple aprensión. Que luego dejó paso a la curiosidad.
Al pasar por delante del patio de recreo de una escuela, se
alegró que el final se produjera sin violencia. Probablemente, una ola de gas
paralizante se había extendido a través de toda aquella zona antes de la
explosión.
El centro de la ciudad era una masa de obra de albañilería,
formando caprichosas figuras, como diseñadas por un arquitecto demente. Aquí y
allí había diminutos capullos de llama brotando desde los intersticios de
enormes nubes.
El hombre vaciló, preguntándose si sería conveniente
aventurarse más allá. Entonces vio la colina que servía de fondo a la ciudad, y
la imponente estructura que era el nuevo Edificio Federal. Estaba allí,
milagrosamente intacto, y a través de la niebla el hombre pudo ver la bandera
que ondeaba todavía en su tejado. Allí podía haber vida aún, y el hombre sabía
que no quedaría satisfecho si no lo comprobaba.
Pero, antes de alcanzar su objetivo, encontró otras pruebas
de existencia. Mientras se movía entre los escombros se dio cuenta que no
estaba sólo en aquel caos central.
Dondequiera que las llamas ardían y parpadeaban, había
figuras furtivas moviéndose cerca del fuego. Para espanto suyo, se dio cuenta
que estaban avivando los incendios; quemando barricadas que no podían ser
apartadas de otro modo, para poder entrar y saquear en las tiendas. Algunos de
los saqueadores estaban silenciosos y avergonzados, otros se mostraban
petulantes; pero todos estaban condenados a muerte, definitivamente
desahuciados.
El saber esto impidió al hombre intervenir. Que robaran y
saquearan a su antojo; dentro de unas cuantas horas, o de unos cuantos días, la
radiación produciría su inevitable final.
Nadie se interpuso en su paso. Tal vez el casco y el traje
protectores parecían un uniforme oficial. Continuó caminando y vio:
En el interior de una tienda de bebidas, un hombre descalzo,
que llevaba un abrigo de visón, entregando botellas a una brigada formada por
cuatro chiquillos...
Una anciana de pie junto a la derruida caja fuerte de un
Banco, metiendo fajos de billetes en un saco. En un rincón yacía el cadáver de
una mujer de pelo blanco, abrazada a un montón de monedas...
Un soldado y una mujer con el brazalete de la Cruz Roja,
transportando una camilla hacia la bloqueada entrada de una iglesia
parcialmente derruida. Imposibilitados de entrar, el soldado dio un puntapié a
una de las ventanas laterales y por ella introdujeron la camilla...
Una mujer con el rostro de una modelo de Vogue, tendida en la calle. Al parecer,
había sido sorprendida por la explosión mientras respondía a la llamada del
deber, ya que una mano delgada, aristocrática, agarraba todavía el cordón de su
caja de sombreros...
Un hombre delgado, saliendo de la tienda de un prestamista y
cargado con una enorme tuba. Desapareció momentáneamente en una carnicería y
volvió a salir, con la trompa de su tuba llena de salchichas...
Unos estudios de radio, casi destruidos, con su sala de
sonido decorada con los carteles de las quince variedades distintas de los
Cigarrillos Preferidos por los Norteamericanos, y de las veinte marcas de la
Cerveza Preferida por los Norteamericanos...
Una mujer sentada en la calle, llorando sobre el cadáver de
un gatito...
Un autobús aplastado contra un pared; los pasajeros
empujándose para salir, incluso en el rigor
mortis...
Los cuartos traseros de un león de piedra delante de lo que
fue la Biblioteca Pública; en la escalinata de la entrada, el cadáver de una
anciana cuya bolsa de la compra se había desparramado por el suelo, junto a
ella: dos novelas policiacas, un ejemplar de Peyton Place, y el último número
del Reader´s Digest...
Un chiquillo que empuñaba una pistola de juguete y disparaba
contra su hermanita, gritando: «¡Bang! ¡Estás muerta!»
(Y lo estaba).
El hombre caminaba lentamente ahora, entorpecido por
obstáculos materiales y espirituales. Se acercó al edificio de la colina dando
un rodeo; evitando la repugnancia, la curiosidad morbosa, la piedad inútil, el
horror indescriptible...
Sabía que había otros hombres allí, en el corazón de la
ciudad, algunos entregados a actos de misericordia, otros a heroicos actos de
pillaje. Pero él los ignoraba a todos, ya que todos estaban muertos. La
misericordia carecía ya de significado, y no había posibilidad de rescate de
las radiaciones. Algunos de los que pasaban junto a él le llamaban; pero él
continuaba su camino haciendo oídos sordos, sabiendo que sus palabras eran
simples estertores de moribundos.
Pero, de pronto, mientras trepaba por la ladera de la
colina, notó que estaba llorando. Las lágrimas, cálidas y salobres,
descendieron por sus mejillas y empañaron la superficie interior de su casco, de
modo que ya no pudo ver nada con claridad. Y así fue como salió del círculo
interior; del círculo interior de la ciudad, el círculo interior del infierno
de Dante.
Sus lágrimas cesaron de fluir y su visión se aclaró. Delante
de él se erguía la impresionante mole del Edificio Federal, intacto... o casi.
A medida que se acercaba a la enorme escalinata principal
observó que había evidentes señales de cuarteamiento y de corrosión sobre la
superficie de la estructura. La explosión sólo dañó directamente a las
esculturas que adornaban el gran arco que daba acceso al edificio; las estatuas
simbólicas fueron arrancadas de sus pedestales y estaban en el suelo,
destrozadas. El hombre las contempló sin ocultar cierto asombro.
Luego penetró en el interior del edificio. Los centinelas
continuaban montando guardia, pero ninguno de ellos le impidió el paso,
probablemente porque llevaba un traje protector todavía más complicado e
impresionante que los suyos.
En el interior del edificio, un pequeño ejército de funcionarios
de poca categoría y de oficiales de alta graduación hormigueaba por los
pasillos, subía y bajaba las escaleras. No había ascensores, desde luego:
habían cesado de funcionar cuando se cortó la energía eléctrica. Pero el hombre
podía subir a pie.
Sentía deseos de subir, ya que para eso había ido allí.
Deseaba contemplar la ciudad desde las alturas del edificio. Embutido en su
traje protector, parecía un autómata, y como un autómata subió escalera tras
escalera hasta que llegó al piso más alto.
Pero allí no había ventanas, únicamente oficinas rodeadas de
paredes. Avanzó por un largo pasillo hasta llegar al final. Allí se abría un
gran cubículo cuadrado iluminado por la claridad que penetraba a través de la
pared de cristal del fondo.
Un hombre estaba sentado ante un escritorio, empuñando un
receptor telefónico y maldiciendo en voz baja. Miró con curiosidad al intruso,
observó el uniforme aislante, y volvió a sus maldiciones.
De modo que era posible acercarse a la pared del fondo y
contemplar la gran ciudad. Mejor dicho, el enorme cráter donde estuvo asentada
la gran ciudad.
La noche se mezclaba con el apagado resplandor del
horizonte, pero allí no había oscuridad. Las pequeñas bombas incendiarias
habían ido extendiendo el fuego, al parecer empujado por el viento, y ahora el
hombre contemplaba un inmenso océano de llamas. Todo estaba envuelto en unas
inmensas olas rojizas. Mientras contemplaba aquel espectáculo, las lágrimas
acudieron de nuevo a sus ojos, aunque sabía que no habría lágrimas suficientes para
apagar aquellos incendios.
Se volvió hacia el hombre sentado ante el escritorio,
notando por primera vez que llevaba uno de los uniformes reservados para los
generales.
Por lo tanto, debía ser el comandante en jefe. Sí, ahora
estaba seguro de ello ya que, alrededor del escritorio, el suelo estaba
inundado de papeles. Tal vez eran mapas anticuados, tal vez eran tratados
anticuados. Poco importaba ya lo que pudieran ser.
Detrás del escritorio, colgado de la pared, había otro mapa,
y este importaba mucho. Estaba literalmente cubierto de banderitas negras y
rojas, y al hombre le costó muy poco descifrar su significado. Las banderitas
rojas significaban destrucción, ya que una de ellas se encontraba clavada sobre
el nombre de aquella ciudad. Y había una sobre Nueva York, una sobre Chicago,
Detroit, Los Angeles... sobre todos y cada uno de los centros importantes.
Miró al general, y finalmente fluyeron las palabras.
¾Debe
ser terrible.
¾Sí,
terrible ¾dijo
el general.
¾Millones
y millones de muertos.
¾Muertos.
¾Las
ciudades destruidas, el aire envenenado, y ninguna posibilidad de escape.
Ninguna posibilidad de escape a ninguna parte del mundo.
¾Ninguna
posibilidad.
El hombre se volvió hacia la ventana y contempló el Infierno
una vez más. Pensando: Este es el fin del
mundo.
Miró de nuevo al general, y suspiró.
¾Pensar
que hemos sido derrotados ¾susurró.
El resplandor rojo creció, y a su luz vio el rostro del
general, exultante de alegría.
¾¿Qué
está diciendo, hombre? ¾dijo
orgullosamente el general, mientras las llamas crecían y crecían¾.
¡Hemos ganado!
F
I N
Digitalización,
Revisión y Edición Electrónica de Arácnido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.