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Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
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Mario Benedetti - A imagen y semejanza
Era la última hormiga de la caravana, y no pudo seguir la ruta de sus compañeras. Un
terrón de azúcar había resbalado desde lo alto, quebrándose en varios terroncitos. Uno
de éstos le interceptaba el paso. Por un instante la hormiga quedó inmóvil sobre el papel
color crema. Luego, sus patitas delanteras tantearon el terrón. Retrocedió, después se
detuvo. Tomando sus patas traseras como casi punto fijo de apoyo, dio una vuelta
alrededor de sí misma en el sentido de las agujas de un reloj. Sólo entonces se acercó de
nuevo. Las patas delanteras se estiraron, en un primer intento de alzar el azúcar, pero
fracasaron. Sin embargo, el rápido movimiento hizo que el terrón quedara mejor situado
para la operación de carga. Esta vez la hormiga acometió lateralmente su objetivo, alzó
el terrón y lo sostuvo sobre su cabeza. Por un instante pareció vacilar, luego reinició el
viaje, con un andar bastante más lento que el que traía. Sus compañeras ya estaban lejos,
fuera del papel, cerca del zócalo. La hormiga se detuvo, exactamente en el punto en que
la superficie por la que marchaba, cambiaba de color. Las seis patas hollaron una N
mayúscula y oscura. Después de una momentánea detención, terminó por atravesarla.
Ahora la superficie era otra vez clara. De pronto el terrón resbaló sobre el papel,
partiéndose en dos. La hormiga hizo entonces un recorrido que incluyó una detenida
inspección de ambas porciones, y eligió la mayor. Cargó con ella, y avanzó. En la ruta,
hasta ese instante libre, apareció una colilla aplastada. La bordeó lentamente, y cuando
reapareció al otro lado del pucho, la superficie se había vuelto nuevamente oscura
porque en ese instante el tránsito de la hormiga tenía lugar sobre una A. Hubo una leve
corriente de aire, como si alguien hubiera soplado. Hormiga y carga rodaron. Ahora el
terrón se desarmó por completo. La hormiga cayó sobre sus patas y emprendió una
enloquecida carrerita en círculo. Luego pareció tranquilizarse. Fue hacia uno de los
granos de azúcar que antes había formado parte del medio terrón, pero no lo cargó.
Cuando reinició su marcha no había perdido la ruta. Pasó rápidamente sobre una D
oscura, y al reingresar en la zona clara, otro obstáculo la detuvo. Era un trocito de algo,
un palito acaso tres veces más grande que ella misma. Retrocedió, avanzó, tanteó el
palito, se quedó inmóvil durante unos segundos. Luego empezó la tarea de carga. Dos
veces se resbaló el palito, pero al final quedó bien afirmado, como una suerte de mástil
inclinado. Al pasar sobre el área de la segunda A oscura, el andar de la hormiga era casi triunfal. Sin embargo, no había avanzado dos centímetros por la superficie clara del
papel, cuando algo o alguien movió aquella hoja y la hormiga rodó, más o menos
replegada sobre sí misma. Sólo pudo reincorporarse cuando llegó a la madera del piso.
A cinco centímetros estaba el palito. La hormiga avanzó hasta él, esta vez con
parsimonia, como midiendo cada séxtuplo paso. Así y todo, llegó hasta su objetivo, pero
cuando estiraba las patas delanteras, de nuevo corrió el aire y el palito rodó hasta
detenerse diez centímetros más allá, semicaído en una de las rendijas que separaban los
tablones del piso. Uno de los extremos, sin embargo, emergía hacia arriba. Para la
hormiga, semejante posición representó en cierto modo una facilidad, ya que pudo hacer
un rodeo a fin de intentar la operación desde un ángulo más favorable. Al cabo de
medio minuto, la faena estaba cumplida. La carga, otra vez alzada, estaba ahora en una
posición más cercana a la estricta horizontalidad. La hormiga reinició la marcha, sin
desviarse jamás de su ruta hacia el zócalo. Las otras hormigas, con sus respectivos
víveres, habían desaparecido por algún invisible agujero. Sobre la madera, la hormiga
avanzaba más lentamente que sobre el papel. Un nudo, bastante rugoso de la tabla,
significó una demora de más de un minuto. El palito estuvo a punto de caer, pero un
particular vaivén del cuerpo de la hormiga aseguró su estabilidad. Dos centímetros más
y un golpe resonó. Un golpe aparentemente dado sobre el piso. Al igual que las otras,
esa tabla vibró y la hormiga dio un saltito involuntario, en el curso del cual, perdió su
carga. El palito quedó atravesado en el tablón contiguo. El trabajo siguiente fue cruzar
la hendidura, que en ese punto era bastante profunda. La hormiga se acercó al borde,
hizo un leve avance erizado de alertas, pero aún así se precipitó en aquel abismo de
centímetro y medio. Le llevó varios segundos rehacerse, escalar el lado opuesto de la
hendidura y reaparecer en la superficie del siguiente tablón. Ahí estaba el palito. La
hormiga estuvo un rato junto a él, sin otro movimiento que un intermitente temblor en
las patas delanteras. Después llevó a cabo su quinta operación de carga. El palito quedó
horizontal, aunque algo oblicuo con respecto al cuerpo de la hormiga. Esta hizo un
movimiento brusco y entonces la carga quedó mejor acomodada. A medio metro estaba
el zócalo. La hormiga avanzó en la antigua dirección, que en ese espacio casualmente se
correspondía con la veta. Ahora el paso era rápido, y el palito no parecía correr el menor
riesgo de derrumbe. A dos centímetros de su meta, la hormiga se detuvo, de nuevo
alertada. Entonces, de lo alto apareció un pulgar, un ancho dedo humano y
concienzudamente aplastó carga y hormiga.
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