¿Van Daalhof? Mucho gusto. ¿Así que Arcosa le dio mi
teléfono? ¿Está bien el hombre? Hace años que no lo veo. Aquí en la tarjeta
dice que usted quiere tema para un cuento y que a él le parece que yo puedo
ayudarlo. Bueno, no hace falta decirlo: siempre que pueda, encantado. Los
amigos de Arcosa, son mis amigos. ¿Ana Silvestre dijo? Seguro que la conozco.
Lo menos desde 1944. Ahora está de novia. Qué cosita. Cómo no que hay tema para
un cuento. Pero, eso sí, cámbiele el nombre. Además,
usted no es de aquí. Lo publicará en su país, claro. Mejor, mucho mejor. Ana
Silvestre. Como nombre de teatro, no me gusta. Nunca pude explicarme por qué no
quiso conservar su nombre verdadero: Mariana Larravide. (Con hielo y soda, por
favor.) En 1944 era lo que se dice una nena: diecisiete años. Siempre fiacucha,
inquieta, despeinada, pero ya en aquella época tenía algo, algo que ponía
nerviosos a los muchachos e incluso a los más veteranos, como yo. ¿Cuántos años
me da? No se pase, no se pase. Anteayer cumplí cuarenta y ocho, sí señor.
Escorpión y a mucha. honra. Sí, hace dieciséis años Mariana era una nenita. Lo
mejor que tuvo siempre fueron los ojos. Oscuros, bien oscuros. Muy inocentes,
mientras estuvo en la etapa inocente. Y muv depravados, en la otra. En esa
época era todavía estudiante de Preparatorios. De Derecho, naturalmente.
Estudiaba con los hermanos Zúñiga, el pardo Aristimuño, Elvira Roca y la
bombita Anselmi. Eran inseparables, un grupito verdaderamente unido. Venían los
seis por la vereda y usted tenía que bajarse, porque ellos no se abrían ni a
garrote. Yo los conocía bien, porque era amigo de Arriaga, un profesor de
filosofía al que la botijada veneraba como un dios, porque era campechano y
venía a las clases en motocicleta. Así hasta que se escrachó, en Capurro y
Dragones, contra un tranvía 22 que lo envió al Maciel con una pierna rota y
otra también, Jubilándolo para siempre del donjuanismo activo. Pero en ese
entonces Arriaga ni soñaba con las muletas. A veces se sentaba conmigo en el
café y veíamos entrar y salir a la barra dándose empujoncitos y gritándose
chistes idiotas, de esos que sólo hacen reír cuando se está en la edad de los
granos. Yo me daba cuenta de que Arriaga le tenía tinas ganas bárbaras a
Mariana, pero ella no le daba ni cero cinco en el terreno que a él le
interesaba. Lo admiraba como profesor y nada más. Elvira Roca y la bombita
Anselmi, un año mayores que ella, ya se acostaban con todo el mundo, pero
Mariana se mantenía incólume, deliberadamente confinada a la camaradería y
sus coqueteos sin
mil¡tancia. Debe haber sido la virginidad más publicitaria del Mundo Libre.
Hasta los mozos de café tenían conciencia de que le servían el cortado a una
virgen. Lo más notable era que ella declaraba no tener prejuicios; simplemente,
no se sentía impulsada hacia la peripecia sexual. Le aseguro que, considerando
que no se sentía impulsada, se las arreglaba bastante bien para hacerse mirar,
mediante escotes abismales, y estratégicos cruces de piernas. Nunca se pudo
saber quién fue el primero. La bombita Anselmi desparramó la noticia de que
había sido un adscripto del Vázquez, pero éste, que se llamaba -fíjese usted lo
que son las coincidencias- precisamente Vázquez, una noche que tenía unas
cuantas copas encima, confesó que había sido el segundo. (Gracias. Y otro
cubito. Ahí está.) En realidad, para el placé había varios candidatos, yo entre
ellos. Lo que pasaba era que Mariana le decía a todos que, antes de esa caída,
sólo había habido "un hombre en su vida". Y uno se quedaba contento,
de puro imbécil que era, porque allí ser segundón era casi lo mismo que ser
pionero, y todo eso sin las desventajas del estreno. Una cosa hay que reconocer
y es que Mariana siempre tuvo un estilo propio. Para la inocencia y para el
relajo. Para la farra y para la tristeza. Gozaba de absoluta libertad, porque
los padres estaban en Santa Clara de Olimar y ella vivía aquí con una tía que
tiene por cierto su pasado glorioso. La casa era en Punta Carreta, cerca de la
cárcel. Uno de esos conglomerados de Bello y Reborati, que siempre me hicieron
acordar a un juego de armar casitas que tuve cuando botija. La tía se pasaba
las semanas en Buenos Aires y Mariana quedaba como dueña y señora de la casa,
con su enorme surtido de balconcitos y corredores. Era la ocasión de armar
soberbias festicholas, con grapa, amores y discoteca. Arriaga era un habitué de
esas reuniones y yo empecé a ir como invitado suyo. Por ese entonces a mí me
gustaba la bombita Anselmi, que en el tercer san martín seco se ponía
sentimental y había que consolarla de apuro en el altillo. Pensar que en esa
época era un bibeló, todo- lo redondita que se precisa, y hoy, como digna
esposa del edil Rebollo, tiene unas cataplasmas que fueron, tiempo ha, soberbios
pectorales. Bueno, pero a eso iba. Muchos de los asistentes a esos carnavalitos
privados, se divertían con un solemne sentido del deber. Era una fiesta y había
que gritar. Era un baile y había que bailar. Era una jauja y había que reír.
Todo previsto. Pero Mariana, que en esa etapa ya no era una nena, no nos
esperaba con la risa puesta, no señor. Cuando llegábamos siempre estaba seria,
como si la idea no hubiera sido suya y la estuviéramos obligando a divertirse.
Pero
nosotros la conocíamos:
sabíamos que necesitaba crearse un clima, entrar lentamente en caja. El menor
de los Zúñiga decía un chiste intelectual, de esos tan
rebuscados que cuando uno
pesca el resorte, ya le vino el bostezo de tanto esperar; el pardo Aristimuño,
como es de Bella Unión, contaba anécdotas de la frontera; Elvira Roca empezaba
a tener calor y se sacaba la blusa y compañía; Arriaga, que había seguido
cursos de fonética e impostación, recitaba cultísimas indecencias de la
antigüedad clásica, y así Mariana empezaba a alegrarse de a poco, con verdadero
ritmo, riendo sobre seguro. Fue Raimundo Ortiz, huésped de honor de uno de
tales jolgorios, quien, asistiendo a ese ascenso progresivo de lo que él, como
buen hombre de teatro, llamaba el clímax, le propuso a Mariana que ingresara en
su conjunto "La Bambalina", de teatro independiente. Qué ojo. Desde
el pique -me parece recordar que debutó en una obrita de O'Neill Mariana fue la
favorita de los críticos, que en ese entonces eran pocos pero malos. Ortiz
primero, y después Olascoaga cuando ella se fue de "La Bambalina"
para Telón de fondo", con motivo de los arañazos que le dio la Beba Goñi
la noche en que Mariana le arrebató el papel de Ramera IV en una obra que
entonces era de vanguardia y hoy es demodé) explotaron el filón y la hicieron
representar todos los papeles de putitas de que dispone el repertorio
universal. Le juro que, sobre el escenario, parecía extraída del Blue
Star" o del "Atlantic": el mismo paso, las mismas caídas de
ojos, el mismo ritmo de las caderas. (Gracias, todavía tengo en el vaso. Bueno,
agréguele, ya que insiste. No se me olvide del cubito. Macanudo.) Nunca le
daban papeles románticos o de característica; tampoco ella los reclamaba.
Representando el papel de Prostituta (que es, después de Yerma, el más codiciado
por las actrices con temperamento) se sentía segura y a sus anchas. En la vida
diaria ponía una carita tan hábilmente maquillada de pureza que cuando subía al
escenario y se quitaba esa crema llamada disimulo, quedaba brutalmente al
natural su expresión de veterana precoz. Quienes la conocían sólo
superficialmente, podían creer que su aspecto teatral era lo que se, llama
"composición del personajes, pero la verdad era que ella componía un solo
personaje, el de Ana Silvestre, cuando se encontraba fuera de la escena. Yo que
seguí palmo a palmo toda su carrerita, le puedo asegurar que Mariana estaba más
hecha para el cinismo que para la introspección. Se burlaba de las más célebres
seriedades del mundo, tales como la Iglesia, la Patria, la Madre y la Democracia.
Recuerdo que una noche en la casa de Punta Carreta (para ser exacto, el 3 de
febrero de 1958), le dio por organizar una especie de misa profana ("misa
gris" la llamaba ella) y de rodillas y con perfecto impudor, se puso a
rezar: "Déjanos caer en la tentación. " Yo creo que se le fue la
mano. Por lo menos, puedo asegurarle que allí empezó su claudicación, su
lamentable frustración actual. Porque Dios -¿me entiende?- le tomó la palabra:
la dejó caer en la tentación. Usted dirá qué tentaciones, si ya las sabía
todas. Pero déjeme contarle, déjeme contarle. El conjunto de Olascoaga estaba
ensayando una obrita de autor nacional, en aquel año que fue la epidemia debido
a la subvención de Teatros Municipales. Feliz de usted que no asistió a ese
auge. Había autores nacionales para regalar. Una vez éramos seis en lo de
Chocho, y de los seis, cinco eran autores nacionales. Qué barbaridad. Sólo yo
conservé el invicto. Bueno, la obra que ensayaba "Telón de fondo" no
era precisamente de las peores. Creo, incluso, que sacó el Tercer Premio en las
Jornadas. Tenía un airecito sentimental que tocó a los críticos directamente en
el sistema circulatorio. Le soy franco y le confieso que no me acuerdo del
planteo, ni del nudo ni -menos que menos- del desenlace. Pero sí me acuerdo de
la figura central: una muchacha abonada a la pureza. El autor (¿sabe quién es?
Edmundo Soria, hoy abogado y orador, dicen que se levantó económicamente con su
campaña anticomunista; un ingenuo, en fin) bueno, Soria había abrumado a su
protagonista con la calamidad universal. Moría el padre y ella era pura; el
padrastro le pegaba y ella seguía pura; el novio la insultaba y ella seguía
pura; la echaban del empleo y ella seguía pura; la agarraba una patota y ella
seguía pura. Insoportable, lo que se dice insoportable. Al final moría, yo creo
que de pureza. Puede ser que yo le haga la sinopsis con cierta mala leche,
porque la verdad es que me dio relativa bronca que la pieza cayera bien y que
algunos exigentes que yo conozco como si los hubiera barrido, justificaran a
Soria con el raquítico argumento de que "cuando uno se propone hacer un
melodrama, hay que meterse en él hasta el pescuezo". La verdad es que sin
Mariana la pieza hubiera sido un desastre sin levante. Pero déjeme contarle. El
papel de la pura no lo iba a hacer Mariana, qué esperanza. Durante tres meses
había ensayado Alma Fuentes (nombre verdadero: Natalia Klappenbach) con un
fervor y una memoria envidiables. Tres días antes del estreno, Almita cayó con
rubéola y Olascoaga se enfrentó a un problema que más que artístico era de
conformes. Había pagado por adelantado la mitad del arrendamiento de la Sala
Colón únicas tres semanas libres en todo el invierno- y no era cuestión de
suspender la temporada. Yo estaba allí la tarde en que Olascoaga reunió al
elenco e hizo esta pregunta de emergencia: "¿Quién de ustedes, muchachas,
es capaz de hacer el sacrificio de aprenderse el papel de aquí al viernes y,
con eso, salvar nuestras finanzas?" Cuando las siete preciosas recién
empezaban los mutuos sondeos visuales, ya Mariana había respondido: "Yo ya
me sé la letra. " "¿Vos? saltó Olascoaga, con un estupor que era casi
bronca. Lo miré y me di cuenta de qué estaba pensando: ¿cómo meter a la eterna
ramera del elenco en un papel de pura sin claudicaciones? Pero también miré la
cara de Mariana y vi que allí había empezado una transformación. Esta vez tenía
una expresión, no le diré limpia, pero sí de ganas de limpiarse. Creo que
Olascoaga vio lo mismo que yo, porque le dijo: "¿Verdaderamente te
animás?" "Me animo", contestó ella. Y cómo se animó. Desde la
primera noche, fue la revelación. Yo no podía creer lo que veía. Con decirle
que sólo le faltaba el halo. Una santa, lo que se dice una santa. Cuando la
agarraba la patota, daban ganas de fusilarlos. Criminales. Cuando el novio la
insultaba, alguien llegó a gritar en la tertulia: "Morite, bestia."
No importaba que el diálogo fuera idiota; ella le inyectaba una fuerza tan
conmovedora que hasta yo lagrimeaba en las escenas de bravura. Cuando, al final
de la segunda semana, Almita la vio estás absolutamente descartadas le había
dicho Olascoaga después de prometerle Fedra) tuvo un ataque de nervios y con
razón; fíjese que la envidia le hacía temblar el pómulo izquierdo y el párpado
derecho. Pobre Almita. Pero la gran sorpresa fue al final de la temporada
(gracias al éxito frenético, se había extendido a seis semanas). La noche misma
de la última función, cuando el telón todavía estaba cayendo, Mariana anunció
que dejaba el teatro. Todos largaron la risa; todos, menos yo y Olascoaga.
Nosotros sabíamos que era cierto. Nada más que para cumplir, Olascoaga inquirió
el porqué. "Éste fue mi papel",'dijo ella, sonriendo, con su nueva
cara de ángel. "No quiero hacer ningún otro en el teatro. " Y agregó
después, en voz tan baja que parecía estar hablando para ella sola: "Ni
tampoco en la vida. " ¿Se da cuenta? Lo que le dije: Dios se había
vengado. (Epa, más whisky no. Bueno, ponga otro poquito. Pero definitivamente
el último. Acuérdese del hielo. Gracias.) Sí señor, Dios se había vengado. La
dejó caer en la tentación. Pero en la tentación del bien, que era la única que
le faltaba. Desde entonces, nunca más. Se acabaron las festicholas. Se acabó el
relajo. Hasta dejó la casa de la tía. Ahora lee una barbaridad. Escucha música,
Mozart incluido. Hasta estudia guitarra. Se volvió buena, qué desastre. Lo peor
es que creo que está convencida, así que ya no tiene salvación. Hace una semana
la encontré en el Cordón y la invité a tomar un cafecito, bueno un cafecito
ella y yo una grapa, porque tenía curiosidad de oírla hablar así, sin público,
cara a cara conmigo que me la sé de memoria y ella lo sabe. Y bueno, lo que me
dijo? "Soy otra, Tito, ¿podés creerlo? Antes de la obra de Soria, yo no le
había tomado el gusto al lado bueno de las cosas, nunca había probado a
sentirme pura, a sentirme generosa, a sentirme sencilla. Pero cuando me puse el
personaje de Soria como quien se pone un vestido de confección al que no es
necesario hacer ningún arreglo, sentí que ésa era mi medida. Mirá, tampoco era
un vestido. Era más bien como si me pusiera mi destino, ¿entendés? Y desde ese
momento supe que estaba conquistada, ganada o perdida, llamale como quieras,
pero que nunca más podría volver a ser lo que había sido. Cuando aprendí la
letra, antes de la enfermedad de Almita, lo hice para burlarme, porque tenía el
propósito de parodiarla en cualquiera de nuestras sesiones. Pero cuando vi la
posibilidad de decir yo aquellas palabras, de figurarme que yo era así, tuve
valor suficiente como para aferrarme a ella. Y cuando subí al escenario y las
dije, te juro, Tito, que era yo misma la que hablaba, te juro que nunca había
dicho cosas tan mías como esas palabras ajenas que alguien me había dictado.
"Y después, agárrese bien, la revelación: "Estoy de novia, ¿sabés? No
hagas ese gesto, Tito. Vos no podés convencerte de que ahora soy otra, pero yo
sí lo sé, estoy segura. Es un argentino, de padres holandeses. Tiene lentes y
parece que te mira hasta el alma, pero a mí no me importa porque ahora mi alma
está limpia. No sabe nada de mi vida de antes. Sólo sabe de ésta que soy ahora
y así le gusto. Yo no quiero que se entere, ¿sabés por qué? Porque soy otra. Es
rubio y tiene cara de bueno. Yo no le miento, no le engaño, porque
verdaderamente soy otra. Mide como dos metros, así que anda siempre como
agachándose. Es un encanto. Tiene las manos largas y los dedos finos. Vino hace
tres meses y se va dentro de dos. Lo principal es que me lleva con él y estoy
salvada. No hay necesidad de que le cuente lo de antes, porque no es fuerte, no
aguantaría el golpe... Vamos a vivir en Rotterdam. Y Rotterdam está lejos de
Punta Carreta. Además, Dios está de mi parte. ¿Te das cuenta, Tito? "
Lloraba la imbécil, pero lo peor era que lloraba de contenta, qué calamidad.
Está más delgada, se le ha ondeado el pelo, qué sé yo. Ni siquiera tuve valor
para darle la ritual palmadita en la nalga, como ha sido siempre nuestra
despedida. Le confieso que estoy desorientado. Lo único que quisiera saber es
quién es el imbécil que se la lleva a Rotterdam. Alto, rubio, de lentes. Manos
largas, dedos finos. Como agachándose. Qué chiste, igual a usted. No me diga
que... ¡Lo que faltaba! Ahora sí que está bueno. ¡Lo que faltaba! Usted tiene
la culpa por hacerme tomar cuatro whiskies seguidos. Y su nombre es Van Daalhoff.
Claro como el agua. Perdone por lo de imbécil. ¿Qué se va a hacer? Ahora ya no
tiene arreglo. Pobre Mariana. Reconozca por lo menos que Dios no estaba de su
parte.
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