El profesor Charles Kittredge corría a largas
e inseguras zancadas. Y llegó a tiempo para arrancar de un manotazo el vaso que
el profesor auxiliar Heber Vandermeer se había llevado a los labios. Fue casi
como un ejercicio a cámara lenta.
Vandermeer, que al parecer estaba tan
totalmente absorto que no había oído las pisadas sordas de Kittredge, adoptó
una expresión a la vez sorprendida y avergonzada. Bajó los ojos hacia el roto
vaso y el charco de liquido que lo rodeaba.
—¿Qué era? —preguntó Kittredge con ceño
fruncido.
—Cianuro de potasio. Me guardé un poco,
cuando nos fuimos. Sólo por si acaso.
—¿Qué beneficio nos habría reportado? Además
hemos perdido un vaso. Ahora hay que limpiar eso... No, yo lo haré.
Kittredge encontró un precioso pedazo de
cartón para recoger los trozos de cristal y un trapo todavía más precioso para
absorber el venenoso líquido. Y salió un momento para tirar los vidrios y —con
gran pesar— el cartón y el trapo en uno de los tubos que los impulsarían
arriba, hacia la superficie, a unos ochocientos metros de altura.
Al regresar encontró a Vandermeer sentado en
el catre, mirando la pared con ojos vidriosos. El cabello se le había vuelto
completamente blanco, y, naturalmente, había perdido peso. En el Refugio no había
hombres obesos. Por contraste, Kittredge, que ya antes era alto, delgado y
canoso, apenas había cambiado nada.
—Recuerda los viejos tiempos, Kitt —dijo
Vandermeer.
—Procuro no recordarlos.
—Es el único placer que nos queda —insistió
Vandermeer—. Los colegios eran colegios. Había clases, material, estudiantes,
aire, luz y gente. Gente.
—Un colegio es un colegio siempre que cuente
con un profesor y un estudiante.
—Casi aciertas —lamentóse Vandermeer—. Hay
dos profesores. Tú, química; yo, física. Sólo nosotros dos; todo lo demás,
hemos de sacarlo de los libros. Y un estudiante a punto de terminar. Será el
primer hombre que obtendrá la licenciatura aquí abajo. Toda una distinción.
¡Pobre Jones!
Kittredge se llevó las manos a la espalda
para tenerlas quietas.
—Hay otros veinte jóvenes que llegarán algún
día a estudiantes de los últimos cursos.
Vandermeer levantó la vista, Tenía el
semblante color ceniza.
—¿Qué les enseñaremos entretanto? ¿Historia?
¿Cómo descubrió el hombre la manera de hacer estallar el hidrógeno, y que se
sentía feliz como una alondra mientras el hidrógeno estallaba y volvía a
estallar repetidamente? ¿Geografía? Podremos describirles de qué manera
dispersaron los vientos el polvo brillante por todas partes y las aguas
transportaron los disueltos isótopos hacia todas las profundidades, mayores y
menores, de los mares.
A Kittredge le parecía una dura enseñanza. El
y Vandermeer fueron los únicos científicos de talla que escaparon a tiempo.
Ahora habían de velar por las vidas de un centenar de personas, entre hombres,
mujeres y niños, mientras se escondían de los peligros y rigores de la
superficie y del terror que el hombre había creado. Se escondían allí, en
aquella burbuja de vida, a ochocientos metros por debajo de la corteza del
planeta.
Desesperadamente, probó de inyectarle ánimos
a Vandermeer. Con toda la energía de que fue capaz, dijo:
—Tú sabes qué debemos enseñarles. Hemos de
mantener la ciencia viva de modo que algún día podamos repoblar la Tierra.
Podamos empezar de nuevo.
Vandermeer no respondió. Volvió el rostro
hacia la pared. Kittredge insistió:
—¿Por qué no? Nada dura eternamente, ni
siquiera la radiactividad. Supongamos que tarde mil años, o cinco mil. Pero un
día el nivel de radiación en la superficie de la Tierra descenderá hasta un
grado soportable.
—Un día.
—Naturalmente. Un día. ¿No ves que el colegio
que tenemos aquí es el más importante de toda la historia del hombre? Si
triunfamos..., si tú y yo triunfamos, nuestros descendientes volverán a ver el
firmamento en toda su extensión y volverán a gozar del agua corriente. Hasta
tendrán —añadió con una sonrisa torcida—, colegios mayores como los que
nosotros recordamos.
—No creo nada de lo que dices —replicó
Vandermeer—. Al principio, cuando parecía mejor que morir, lo habría creído todo.
En cambio ahora... sencillamente, no tiene sentido. Si, les enseñaremos todo lo
que sabemos, aquí abajo, y luego moriremos... aquí abajo.
—Pero antes de mucho tiempo, Jones nos dará
lecciones a nosotros, y pronto habrá otros. Los jóvenes que apenas recuerdan la
existencia antigua llegarán a ser profesores, y más tarde lo serán los que
habrán nacido ya aquí dentro. Este será el punto crítico. Cuando lleven la
batuta los nacidos aquí abajo, no habrá recuerdos que destruyan la moral. Esta
será su vida, y tendrán una meta que conquistar, algo por lo que combatir...,
todo un mundo que ganar una vez más. Siempre que, Van, siempre que mantengamos
vivo el conocimiento de la ciencia física a nivel de licenciatura. Tu
comprendes por qué, ¿verdad que sí?
—Claro que lo comprendo —contestó Vandermeer,
irritado—, pero no basta con comprenderlo para hacerlo posible.
—Si abandonamos, entonces lo haremos
imposible. Eso si que es seguro.
—Bien, lo intentaré —susurró Vandermeer.
Con lo cual Kittredge se fue a su catre y cerró
los ojos, ansiando desesperadamente poder hallarse de pie, dentro del traje
protector, en la superficie del planeta. Sólo un ratito. Un ratito solamente.
Se plantaría junto al casco de la nave que habían desmantelado y aprovechado
para crear la burbuja de vida, en el fondo. Luego podría estimular su propio
valor levantando la vista y contemplando una vez más, sólo una vez más, a
través de la tenue y fría atmósfera de Marte, el fulgor de aquel brillante
astro muerto que era la Tierra.
FIN
Título original en
inglés: Let's Not © 1954.
Publicado
en All About the Future.
Traducción de
Baldomero Porta.
Compre Júpiter y otro
relatos. Editorial Bruguera.
Edición digital de
Questor. Junio de 2002.
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