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Isaac Asimov - Muerte de un Foy


Era extremadamente raro que un foy estuviera agonizando en la Tierra. Constituían la clase social más alta de su planeta (cuyo nombre, en la mejor aproximación que las gargantas terrestres pueden efectuar de sus sonidos, se pronunciaba algo así como Sortibackenstrete), y eran virtualmente inmortales.
Todos los foys, por supuesto, llegaban finalmente a la muerte voluntaria, y este en particular había alcanzado tal extremo a causa de un desgraciado asunto amoroso, si puede llamarse asunto amoroso al hecho de que cinco individuos mantengan un contacto mental de un año de duración, con fines reproductivos. Aparentemente, él no había conseguido seguir manteniendo el contacto después de varios meses de intentarlo, y eso había roto su corazón…, o sus corazones, puesto que tenía cinco.
Todos los foys tenían cinco grandes corazones, y se especulaba acerca de que era eso precisamente lo que los hacía virtualmente inmortales.
Maude Briscoe, la más renombrada cirujana de la Tierra, deseaba esos corazones.
—No puede ser simplemente su número y tamaño, Dwayne —dijo a su ayudante en jefe—. Tiene que tratarse de algo fisiológico o biológico. Tengo que conseguirlos.
—No sé si podremos —dudó Dwayne Johnson—. He estado hablando largamente con él, intentando pasar por encima del tabú de los foys respecto a la desmembración después de la muerte. He tenido que jugar con el sentimiento de tragedia que cualquier foy debe de sentir ante la idea de morir lejos de su hogar. Y he tenido que mentirle, Maude.
—¿Mentirle?
—Le dije que, después de su muerte, celebraríamos un canto fúnebre en su honor interpretado por el famoso coro dirigido por Harold J. Gassenbaum. Le expliqué que, según las creencias terrestres, eso significaba que su esencia astral sería impulsada instantáneamente de vuelta, a través del hiperespacio, hasta su planeta natal de Sortib… lo que sea. Todo ello, por supuesto, siempre que firmara un documento permitiéndote a ti, Maude, conseguir sus corazones para una investigación científica.
—¡No me digas que se ha creído todas esas estupideces! —exclamó Maude.
—Bien, ya conoces la moderna actitud consistente en aceptar los mitos y creencias de los alienígenas inteligentes. No hubiera resultado educado por su parte no creerme. Además, los foys sienten una profunda admiración hacia la ciencia terrestre, y creo que este se ha sentido halagado de que nosotros deseemos sus corazones. Me ha prometido tomar en consideración mi sugerencia. Espero que se decida pronto, puesto que no puede vivir mucho más de otro día o así, y debemos obtener su permiso según las leyes interestelares; además, los corazones deben ser frescos, y… Oh, esa es su señal.
Dwayne Johnson entró en la habitación con una rapidez suave y silenciosa.
—¿Sí? —susurró, conectando discretamente la grabadora holográfica, por si el foy deseaba conceder su permiso.
El amplio, nudoso y casi arbóreo cuerpo del foy yacía inmóvil en la cama. Sus protuberantes ojos palpitaron (los cinco) cuando los alzó, cada uno al extremo de su tallo, y los volvió hacia Dwayne. La voz del foy tenía un tono extraño, y los bordes desprovistos de labios de su redonda boca abierta no se movieron, pero las palabras se formaron perfectamente. Sus ojos efectuaron el gesto foyano de asentimiento cuando dijo:

—Entregue mis grandes corazones a Maude, Dwayne. Desmémbreme a cambio del coro de Harold. Dígale a todos los foys de Sortibackenstrete que pronto estaré allí…

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