Era
extremadamente raro que un foy estuviera agonizando en la Tierra. Constituían
la clase social más alta de su planeta (cuyo nombre, en la mejor aproximación
que las gargantas terrestres pueden efectuar de sus sonidos, se pronunciaba
algo así como Sortibackenstrete), y eran virtualmente inmortales.
Todos los
foys, por supuesto, llegaban finalmente a la muerte voluntaria, y este en
particular había alcanzado tal extremo a causa de un desgraciado asunto
amoroso, si puede llamarse asunto amoroso al hecho de que cinco individuos
mantengan un contacto mental de un año de duración, con fines reproductivos. Aparentemente,
él no había conseguido seguir manteniendo el contacto después de varios meses
de intentarlo, y eso había roto su corazón…, o sus corazones, puesto que tenía
cinco.
Todos los
foys tenían cinco grandes corazones, y se especulaba acerca de que era eso
precisamente lo que los hacía virtualmente inmortales.
Maude
Briscoe, la más renombrada cirujana de la Tierra, deseaba esos corazones.
—No puede
ser simplemente su número y tamaño, Dwayne —dijo a su ayudante en jefe—. Tiene
que tratarse de algo fisiológico o biológico. Tengo que conseguirlos.
—No sé si
podremos —dudó Dwayne Johnson—. He estado hablando largamente con él,
intentando pasar por encima del tabú de los foys respecto a la desmembración
después de la muerte. He tenido que jugar con el sentimiento de tragedia que
cualquier foy debe de sentir ante la idea de morir lejos de su hogar. Y he
tenido que mentirle, Maude.
—¿Mentirle?
—Le dije
que, después de su muerte, celebraríamos un canto fúnebre en su honor
interpretado por el famoso coro dirigido por Harold J. Gassenbaum. Le expliqué
que, según las creencias terrestres, eso significaba que su esencia astral
sería impulsada instantáneamente de vuelta, a través del hiperespacio, hasta su
planeta natal de Sortib… lo que sea. Todo ello, por supuesto, siempre que
firmara un documento permitiéndote a ti, Maude, conseguir sus corazones para
una investigación científica.
—¡No me
digas que se ha creído todas esas estupideces! —exclamó Maude.
—Bien, ya
conoces la moderna actitud consistente en aceptar los mitos y creencias de los
alienígenas inteligentes. No hubiera resultado educado por su parte no creerme.
Además, los foys sienten una profunda admiración hacia la ciencia terrestre, y
creo que este se ha sentido halagado de que nosotros deseemos sus corazones. Me
ha prometido tomar en consideración mi sugerencia. Espero que se decida pronto,
puesto que no puede vivir mucho más de otro día o así, y debemos obtener su
permiso según las leyes interestelares; además, los corazones deben ser
frescos, y… Oh, esa es su señal.
Dwayne
Johnson entró en la habitación con una rapidez suave y silenciosa.
—¿Sí?
—susurró, conectando discretamente la grabadora holográfica, por si el foy
deseaba conceder su permiso.
El amplio,
nudoso y casi arbóreo cuerpo del foy yacía inmóvil en la cama. Sus
protuberantes ojos palpitaron (los cinco) cuando los alzó, cada uno al extremo
de su tallo, y los volvió hacia Dwayne. La voz del foy tenía un tono extraño, y
los bordes desprovistos de labios de su redonda boca abierta no se movieron, pero
las palabras se formaron perfectamente. Sus ojos efectuaron el gesto foyano de
asentimiento cuando dijo:
—Entregue
mis grandes corazones a Maude, Dwayne. Desmémbreme a cambio del coro de Harold.
Dígale a todos los foys de Sortibackenstrete que pronto estaré allí…
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