Una de las cualidades principales de Isaac Asimov como autor de SF es su habilidad para presentar, de la forma más sencilla y cotidiana, las ideas más originales. Esta historia lo confirma plenamente: con un escenario de la más clásica SF, sin ningún alarde, utilizando los elementos literarios más comunes, Asimov nos presenta, como define el célebre antologista Gardner Dozois, «la única idea realmente nueva del año»... y una idea realmente estremecedora, añadimos nosotros. Algo que solo se le podía ocurrir a la maquiavélica mente del Buen Doctor.
Computadora Dos, igual que las otras tres que se perseguían mutuamente en
órbita alrededor de la Tierra, era mucho más grande de lo que debía ser.
Podría haber tenido una décima parte de su diámetro y contener todavía
el volumen que precisaba para almacenar los datos acumulados y por acumular que
permitían controlar la totalidad de vuelos espaciales.
Pero necesitaban el espacio extra, de modo que Joe y yo pudiéramos
meternos dentro, si nos hacía falta. Y nos hacía falta.
Computadora Dos era perfectamente capaz de cuidarse de sí misma. Es
decir, normalmente. Resolvía cualquier problema tres veces en circuitos
paralelos y los tres programas debían encajar perfectamente; la tres
respuestas debían coincidir. Si no era así, la respuesta se
retrasaba durante nanosegundos mientras Computadora Dos se comprobaba,
encontraba la parte que funcionaba mal y la reemplazaba.
No existía medio seguro que permitiera a la gente ordinaria saber cuántas
veces se contenía Computadora Dos. Quizá nunca. Quizá dos veces diarias.
Sólo Computadora Central sabía cuántos recambios de componentes
habían sido usados como sustitutos. Y Computadora Central
jamás hablaba de ello. La única imagen pública de utilidad es la
perfección.
Y esa perfección había existido. Hasta entonces, nunca se había producido
una sola llamada para nosotros, para Joe y yo.
Somos los reparadores. Subimos allí cuando algo va realmente mal, cuando
Computadora Dos o alguna de las otras no pueden corregirse. Esto jamás
había sucedido en los cinco años que llevábamos en el empleo.
Ocurrió de vez en cuando en los primeros tiempos, pero fue antes de
nuestra época.
Nos manteníamos bien entrenados, no me malinterpreten. No hay una
sola computadora a la que Joe y yo no seamos capaces de hacer un diagnóstico. Muéstrenos
el error y nosotros le mostraremos la
avería. O lo hará Joe, da lo mismo. No soy de esas que cantan sus alabanzas. El expediente habla por sí
solo.
Sea como sea, en esta ocasión ninguno de los dos lograba hacer el
diagnóstico.
Lo primero que sucedió es que Computadora Dos perdía presión interna. No es un fallo sin
precedentes y, ciertamente, tampoco es
fatal. Computadora Dos puede trabajar en vacío, al fin y al cabo. La atmósfera interna se estableció en
los viejos tiempos, cuando se esperaba
que habría un flujo constante de reparadores que manosearían la máquina. Y se ha conservado por pura tradición. ¿Quién les ha dicho que los científicos no
están atados a la tradición? Cuando
no hacen de científicos, también son humanos.
Partiendo del ritmo de la pérdida de presión se dedujo que un meteorito
del tamaño de un guijarro había alcanzado Computadora Dos. El
radio, masa y energía exacta fue dado a conocer por la misma
Computadora Dos, empleando ese ritmo de la pérdida de presión, y
algunas otras irregularidades, como datos.
Lo segundo que sucedió fue que la brecha no se cerró y la atmósfera no
se regeneró. Después se produjeron errores y nos llamaron.
Era absurdo. Joe dejó que un gesto de pesar cruzara sus ordinarias
facciones y dijo:
—Debe haber un montón de cosas averiadas,
—Es muy probable que el trozo de roca rebotara —dijo alguien en
Computadora Central.
—Con esa
energía de entrada —dijo Joe—, habría salido directamente por el otro lado. Nada de rebotes. Además, hasta con rebotes, tendría que haber recibido golpes muy
improbables. —Bien, ¿qué hacemos, entonces?
Joe estaba incómodo. Creo que fue en este punto cuando comprendí lo
que se avecinaba. Al caso se le había dado la suficiente peculiaridad
como para requerir la presencia de los reparadores en el lugar... y Joe
jamás había estado en el espacio. Joe no me había dicho una sola vez
que su principal motivo para aceptar el empleo era que confiaba
no tener que subir al espacio: me lo había dicho 2x
veces, siendo x un número bastante alto.
Así que tuve que decirlo por él.
—Tendremos
que subir ahí arriba —expuse.
La única salida de Joe habría consistido en afirmar que no pensaba poder ocuparse de la tarea,
y vi que su orgullo iba sacando ventaja poco
a poco a su cobardía. No mucha ventaja, claro. Un pelo, digamos.
Para los
que no hayan estado en una nave espacial en los últimos quince años —y supongo que es imposible que Joe sea el único—
permítanme subrayar que la aceleración inicial es el único detalle fastidioso. Y no puedes librarte de eso,
claro.
Después no ocurre nada, a menos que se quiera tener en cuenta el
posible aburrimiento. Eres un simple espectador. Todo el conjunto
está automatizado y controlado por computadora. Los viejos y
románticos días de los pilotos espaciales han desaparecido por
completo. Supongo que volverán brevemente cuando nuestras colonias
espaciales se trasladen al cinturón de asteroides como constantemente amenazan
con hacer... pero eso solo duraría hasta que nuevas computadoras sean puestas en
órbita para hacerse cargo de la capacidad
adicional precisa.
Joe contuvo la respiración durante la aceleración, o al menos dio la
impresión de que lo hacía. (Debo admitir que yo misma no me
encontraba muy a gusto. Sólo era mi tercer viaje. Había pasado un
par de vacaciones en Colonia Ro acompañada de mi marido, pero no puede
decirse que sea una mujer curtida.) Después Joe se tranquilizó un rato, pero
solo un rato. Empezó a desanimarse.
—Confío en que este trasto sepa a dónde va —dijo, con aire de irritación.
Extendí las manos, palmas arriba, y sentí que el resto de mi cuerpo oscilaba un poco hacia
atrás en el campo de gravedad nula.
—Eres un especialista en computadoras —comenté—. ¿Ignoras que este
trasto lo sabe?
—No, claro,
pero Computadora Dos está fuera de servicio.
—No estamos conectados a Computadora Dos —expliqué—. Hay otras tres.
Y aunque solo quedara una en funcionamiento, sería capaz de ocuparse de todos los viajes
espaciales de un día normal.
—Las cuatro podrían quedar fuera de servicio. Si Computadora Dos
falla, ¿por qué no las demás?
—En ese caso controlaremos la nave manualmente.
—Lo harás tú, supongo. ¿Sabes cómo...? Creo que no.
—Me dirán cómo hacerlo.
—Por el amor de Eniac —gruñó Joe.
En realidad no hubo problemas. Avanzamos hacia Computadora Dos con la
misma fluidez del vacío y, menos de dos días después del despegue, fuimos
colocados en una órbita de estacionamiento a menos de diez metros
de la parte trasera.
Lo que no resultó tan grato fue que, a las veinte horas de haber
partido, recibimos la noticia procedente de la Tierra de que Computadora Tres
estaba perdiendo presión interna. La falla de Computadora Dos iba a extenderse al resto, y
cuando las cuatro máquinas quedaran fuera
de servicio, el vuelo espacial quedaría frenado. Era posible reorganizarlo
sobre una base manual, sí, pero eso llevaría meses como mínimo, tal vez años, y se produciría un grave trastorno
económico en la Tierra. Peor todavía, varios miles de personas que se encontraran en el espacio morirían seguramente.
No servía
de nada pensar en eso y ni Joe ni yo hablamos del asunto, pero el humor de Joe no mejoró y, digamos la verdad, no me hizo sentir nada feliz.
La Tierra
flotaba a doscientos mil kilómetros por debajo de nosotros, aunque a Joe no le inquietaba el detalle. Estaba concentrado
en su correa y comprobando su pistola de reacción. Deseaba asegurarse de llegar a Computadora Dos y poder regresar.
Les sorprendería —si es que no lo han hecho nunca— comprobar la habilidad
de sus piernas espaciales cuando no les queda más remedio que moverse. No me
atrevería a decir que lo hicimos inigualablemente, y
desperdiciamos la mitad del combustible que usamos, pero por fin
llegamos a Computadora Dos. Apenas causamos un golpe al tocar Computadora Dos.
(El ruido se escucha, por supuesto, hasta en el vacío, porque la vibración
atraviesa el tejido metálico
de tu traje espacial, pero apenas hubo un golpe, solo un murmullo.)
Como es de suponer, nuestro contacto y la adición de nuestro impulso alteró ligeramente la
órbita de Computadora Dos, aunque un pequeño
gasto de combustible compensó el hecho y no tuvimos que preocuparnos por eso. Computadora Dos se encargó del problema,
ya que ninguna de sus averías, por lo que sabíamos, había afectado su funcionamiento externo.
Primero acometimos la parte exterior, naturalmente. La posibilidad de que un pequeño
fragmento de roca hubiera atravesado como un
proyectil Computadora Dos, y dejado un agujero inconfundible, era
bastante abrumadora. Dos agujeros con toda probabilidad: uno al entrar y otro al salir.
La posibilidad de que tal cosa suceda es de una entre un millón por
día, lo que significa que sucederá al menos una vez en seis mil
años. No es probable, pero sí posible, ¿comprenden? La posibilidad
de que la máquina sea alcanzada por un meteorito lo bastante grande como para
destruirla es ce una entre no más de diez mil millones por día.
No mencioné lo anterior porque Joe podía darse cuenta de que también
nosotros estábamos expuestos a posibilidades similares. De hecho,
cualquier impacto que recibiéramos haría mucho más daño a nuestros
delicados y tiernos organismos que a la estoica y superresistente maquinaria de la computadora,
y yo no quería que Joe se pusiera más
nervioso de lo que estaba.
La cuestión es que, pese a todo, no se trataba de un meteorito.
—¿Qué es esto? —preguntó al fin Joe.
Era un pequeño cilindro pegado a la pared externa de Computadora Dos,
la primera anormalidad que habíamos descubierto en su apariencia
exterior. Tenía medio centímetro de diámetro y quizá seis de largo. Casi como un cigarrillo, para
los que hayan caído en la antigua manía de
fumar.
Sacamos nuestras linternas.
—No es uno
de los componentes externos —dije.
—Seguro que no —murmuró Joe.
Había una débil marca en espiral que recorría el cilindro de una punta a otra. Nada más.
Porque el resto era metal, aunque de composición
granulosa, muy rara... al menos a la vista.
—No está muy apretado —dijo Joe.
Lo tocó suavemente con un dedo grueso y enguantado y el cilindro
cedió. Se alzó el lugar donde había hecho contacto con la superficie
de Computadora Dos, y nuestras linternas iluminaron un boquete visible.
—Aquí está el motivo de que la presión interna cayera a cero —dije.
Joe gruñó. Apretó un poco más y el cilindro saltó y empezó a irse
flotando. Logramos atraparlo con cierto esfuerzo. Detrás de sí había dejado un
agujero perfectamente circular en la piel de Computadora Dos, con un
diámetro de medio centímetro.
—Este objeto, lo que sea, no es mucho más que hojalata.
El cilindro, delgado pero elástico, cedía fácilmente bajo los dedos de
Joe. Un poco más de presión y se abolló. Joe se metió el objeto
en el bolsillo y cerró este rápidamente.
—Recorre la parte exterior y comprueba si hay más cosas de estas. Yo
iré adentro —dijo.
No tardé mucho. Luego entré en la computadora.
—Todo en orden —expliqué—. Este es el único que hay. El único agujero.
—Uno basta —contestó sombríamente Joe. Contempló el liso aluminio de
la pared y, a la luz de la linterna, el perfecto círculo de negrura
resultaba maravillosamente evidente.
No fue difícil poner un precinto en el agujero. Reconstituir la atmósfera
resultó algo más difícil. Las reservas de los materiales que Computadora Dos
tenía para formar gas eran escasas y los controles requerían
un ajuste manual. El generador solar fallaba pero nos las arreglamos para
encender las luces.
Finalmente, nos quitamos los guantes protectores y el casco, no sin que Joe
colocara los primeros dentro del segundo y asegurara el conjunto a uno de los
lazos de su traje.
—Quiero
tenerlos a mano si la presión empieza a caer —dijo agriamente.
De modo que yo hice lo mismo.
Había una señal en la pared, justo junto al boquete. Yo la había visto a la
luz de la linterna cuando estaba ajustando el precinto. Al encenderse las
luces, la marca quedó bien patente.
—¿Has visto eso, Joe? —pregunté.
—Lo veo.
Había una depresión sutil y muy poco profunda en la pared, no muy visible,
pero no había duda de su existencia si se pasaba el dedo por encima. Se
observaba en una extensión de casi un metro. Era como si alguien hubiera
arrancado una finísima capa del metal de manera que la
superficie quedaba claramente menos lisa que en otros puntos.
—Será mejor que llamemos a Computadora Central desde abajo.
—Si te refieres a cuando volvamos a la Tierra, vale —contestó Joe—. Me
disgusta esa farsa de la conversación espacial. La verdad es que me
disgusta todo lo relacionado con el espacio. Por eso acepté un empleo
en la parte terrestre... o sea, un empleo en la Tierra... o se suponía
que lo era.
—Será mejor que llamemos a Computadora Central cuando volvamos a la
Tierra —dije pacientemente.
—¿Para qué?
—Para decirles que hemos localizado el fallo.
—¿Ah, sí? ¿Qué hemos localizado?
—El agujero. ¿No lo recuerdas?
—Es muy curioso, pero sí, lo recuerdo. ¿Y qué produjo el agujero? No fue
un meteorito. Nunca vi uno que dejara un boquete perfectamente circular
sin señales de pandeo o fusión. Y nunca vi uno que dejara un cilindro. —Sacó el
objeto del bolsillo de su traje y alisó la abolladura, con aire pensativo—. Bien,
¿qué produjo el agujero?
—No lo sé —repliqué sin dudarlo.
—Si informamos a Computadora Central, harán las preguntas, contestaremos
no sé y ¿qué habremos ganado aparte de un lío?
—Ellos nos llamarán, Joe, si nosotros no los llamamos a ellos.
—Claro. Y no responderemos, ¿no?
—Supondrán que hemos muerto y enviarán un grupo de socorro.
—Ya conoces a Computadora Central. Les costará dos días decidirse.
Tendremos algo para entonces y en cuanto lo tengamos llamaremos.
La estructura interna de Computadora Dos no estaba diseñada realmente
para ocupación humana. Estaba prevista la presencia ocasional y
temporal de reparadores. Eso significaba que hacía falta espacio para
maniobrar, y que hubiera herramientas y recambios.
Pero no había un solo sillón. En cuanto a eso, tampoco existía campo
gravitatorio o una imitación centrífuga.
Los dos flotábamos, nos bamboleábamos lentamente hacia un lado u
otro. De vez en cuando, uno tocaba la pared y rebotaba con
suavidad. O una parte de uno se sobreponía a una parte del otro.
—Saca el pie de mi boca —dijo Joe, y lo apartó violentamente.
Fue un error, porque los dos nos pusimos a girar. Naturalmente, esa no
fue la impresión que tuvimos. Para nosotros, era el interior de
Computadora Dos el que giraba, cosa muy desagradable, y nos costó
un rato quedar relativamente inmóviles de nuevo.
Teníamos la teoría perfectamente desarrollada en nuestro entrenamiento
en casa, pero estábamos escasos de práctica. Muy escasos.
Cuando logramos estabilizarnos, sentí unas molestas náuseas. Llámenlo
náuseas, astronáuseas o enfermedad del espacio, pero de todas formas
son náuseas y son peores en el espacio que en cualquier otro lugar, porque
no hay nada para recoger los vómitos. Flotan alrededor en una
nube de glóbulos y no te gusta seguir flotando cerca de ellos. Así
que me contuve. Igual que Joe.
—Joe, está claro que la computadora falla. Examinemos sus entrañas.
Cualquier cosa para no pensar en mis entrañas y dejarlas en paz.
Además, las cosas no iban demasiado deprisa. Yo seguía pensando en
Computadora Tres camino del fallo total; quizá la Uno y la Cuatro
estuvieran ya igual. Y miles de personas en el espacio con la vida
pendiente de lo que nosotros hiciéramos.
Joe también tenía un aspecto pálido.
—Primero tengo que pensar —dijo—. Algo se metió dentro. No fue un
meteorito, porque ha levantado un buen agujero en el casco. Y no se
trata de un corte porque no he encontrado un solo fragmento de
metal en el interior. ¿Y tú?
—No. Pero no se me ocurrió buscarlo.
—A mí sí,
y no hay nada por aquí. —Puede haber caído al exterior.
—¿Con el cilindro tapando el agujero hasta que lo quité? Muy prometedor.
¿Has visto que algo saliera volando?
—No.
—Aún es posible que lo encontremos aquí, claro, pero lo dudo.
La pared se disolvió de alguna forma y algo entró.
—¿El qué? ¿Por qué?
La sonrisa de Joe fue remarcablemente maliciosa.
—¿Por qué quieres formular preguntas que no tienen respuesta? Si
estuviéramos en el siglo pasado, yo diría que los rusos se las han arreglado
para pegar ese dispositivo afuera... No te ofendas. Si estuviéramos en el
siglo pasado, tú dirías que han sido los americanos.
Decidí estar ofendida.
—Estamos
tratando de llegar a algo que tenga sentido en este siglo, Iossif —dije fríamente, con una exagerada
pronunciación rusa.
—Tendremos que suponer que ha sido cierto grupo disidente.
—Si es así —repliqué—, tendremos que pensar en un grupo con capacidad
para el vuelo espacial y con pericia para inventar un mecanismo poco común.
—El vuelo espacial no ofrece dificultades —dijo Joe—, si puedes
intervenir ilegalmente las computadoras en órbita... cosa que ha sido
hecha. En cuanto al cilindro, tal vez sea menos absurdo cuando sea analizado en la
Tierra... abajo, como diríais los entusiastas
del espacio.
—No tiene lógica —contesté—. ¿Por qué tratar de incapacitar a Computadora
Dos?
—Como parte de un programa para incapacitar el vuelo espacial. —En ese
caso todo el mundo sufrirá las consecuencias. También los
disidentes.
—Pero llama la atención de todo el mundo, ¿verdad?, y de repente la
causa de quienquiera-que-sea se hace famosa. O el plan consiste
simplemente en dejar fuera de combate a Computadora Dos y luego
amenazar con hacer lo mismo con las otras tres. Ningún daño serio,
pero infinidad de daño en potencia y montones de publicidad.
Joe estaba examinando atentamente todas las partes del interior,
repasándolo centímetro cuadrado a centímetro cuadrado.
—Podría suponer que el objeto era de origen no humano.
—No seas loco.
—¿Quieres que te dé mi opinión? El cilindro hizo contacto, después de lo
cual algo de su interior comió un círculo de metal y penetró en Computadora Dos. Se arrastró por
la pared interior devorando una delgada capa metálica por cierta razón. ¿Te
suena eso a algo de construcción humana?
—No que yo sepa, pero no lo sé todo. Ni siquiera tú lo sabes todo.
Joe no me hizo caso.
—Así que la
cuestión es, ¿cómo logró esa cosa, lo que fuera, entrar en la computadora, que al fin y al cabo está razonablemente bien cerrada? Lo hizo con mucha rapidez, ya que
anuló los dispositivos de reparación
y regeneración de presión casi al instante.
—¿Es eso lo que buscas? —dije, señalando.
Joe trató
de pararse demasiado velozmente y dio un salto mortal hacia atrás, mientras gritaba:
—¡Eso es!
En su excitación, agitó brazos y piernas, cosa que no le llevaba a ninguna parte, claro está.
Le agarré y durante un rato intentamos
ejercer impulsos en direcciones no coordinadas, cosa que tampoco nos llevó a ninguna parte. Joe me dedicó
algunos insultos, pero yo se los devolví y en eso tenía ventaja. Comprendo el inglés a la perfección, de hecho mejor que Joe.
Pero sus conocimientos de ruso son... bueno, fragmentarios sería un
adjetivo cortés. Un mal lenguaje en un
idioma que no se entiende siempre suena muy espectacular.
—Aquí está —dijo Joe cuando finalmente nos equilibramos.
Joe apartó un pequeño cilindro del lugar donde el blindaje de la
computadora se unía a la pared y apareció un diminuto agujero circular.
Era igual que el del casco exterior, pero parecía más delgado. De hecho, pareció
desintegrarse cuando Joe lo tocó.
—Será mejor que entremos en la computadora —dijo Joe.
La computadora era una confusión.
No claramente. No pretendo afirmar que fuera como un madero agujereado
por termitas.
En realidad, si se observaba la computadora superficialmente, podía
jurarse que estaba intacta.
Mirando con atención, sin embargo, algunas de las placas habían desaparecido. Cuanto más
atentamente mirabas, más placas veías que faltaban. Por otro lado, los
repuestos que Computadora Dos usaba para autorrepararse
se habían reducido a casi nada. Seguimos
observando y descubrimos que faltaban otros detalles.
Joe volvió a sacar el cilindro del bolsillo y contempló los dos extremos.
—Sospecho
que se trata de silicio de alta calidad en particular —explicó—. No puedo
asegurarlo, claro, pero creo que los lados
son
fundamentalmente de aluminio y los extremos planos fundamentalmente de
silicio.
—¿Pretendes
decir que el objeto es una batería solar? —pregunté.
—En parte,
sí. Así obtiene energía en el espacio. Energía para llegar a Computadora Dos,
energía para hacer un agujero, energía para... para... no sé como decirlo.
Energía para seguir viviendo. —¿Has dicho... viviendo?
—¿Por qué
no? Mira, Computadora Dos se repara sola. Es capaz de rechazar partes defectuosas
y reemplazarlas con otras que funcionen, pero necesita una provisión de
repuestos para hacerlo. Con suficientes repuestos de todos los tipos, podría
construir una computadora igual, siempre que se la programara adecuadamente,
pero necesita de esos repuestos, así que no suponemos que vive. Este objeto que
penetró en Computadora Dos recoge, al parecer, sus propios suministros. Es
sospechosamente parecido a algo vivo.
—Lo que
estás diciendo —opiné— es que tenemos aquí un microordenador tan avanzado que
puede considerarse vivo. —Francamente, no sé lo que estoy diciendo. —¿Quién, en
la Tierra, sería capaz de construir algo así? —¿Quién, en la Tierra?
Yo hice el
siguiente descubrimiento. Parecía un bolígrafo rechoncho que flotaba en el
aire. Solo lo vi por el rabillo del ojo.
Era un
bolígrafo.
En gravedad
nula las cosas escapan de los bolsillos y flotan. No hay forma de tenerlas en
su sitio a menos que estén confinadas físicamente. Bolígrafos, monedas y
cualquier otro objeto que encuentre una abertura es de esperar que floten hacia
donde las corrientes de aire y la inercia los lleven.
De manera
que mi mente registró «bolígrafo», lo busqué a tientas distraídamente y, como
es lógico, mis dedos no se cerraron sobre el objeto. El simple gesto de estirar
el brazo crea una corriente de aire que aleja lo que se busca. Hay que
deslizar una mano por detrás y luego coger el objeto con la otra. Asir
cualquier objeto pequeño en el aire es una maniobra a dos manos.
Me volví
para mirar el objeto y presté más atención en su recuperación, antes de darme
cuenta de que mi bolígrafo estaba seguro en su bolsillo. Lo palpé, estaba
allí.
—¿Has
perdido un boli, Joe? —pregunté.
—No.
—¿Algo
parecido? ¿Una llave? ¿Un cigarrillo?
—No fumo,
ya lo sabes. Una respuesta estúpida.
—¿Nada?
—dije exasperada—. Estoy viendo cosas.
—Nadie ha
dicho nunca que estés equilibrada.
—Mira, Joe.
Allí. Allí.
Se abalanzó
hacia el objeto. Yo podría haberle dicho que eso no le haría ningún bien.
Pero
nuestro fisgoneo por la computadora parecía haber agitado todo. Veíamos cosas
en cualquier parte que mirábamos. Flotaban en las corrientes de aire.
Detuve una
al final. O, mejor dicho, la cosa se detuvo sola, porque estaba en el traje de
Joe, a la altura del codo. La arranqué y grité. Joe dio un brinco de terror y
casi me hizo perder el objeto de un manotazo.
—¡Mira!
—dije.
Había un
círculo brillante en el traje de Joe, justo donde yo había cogido el objeto.
Había empezado a abrirse camino comiéndose el material.
—Dámelo
—dijo Joe.
Lo cogió
cautelosamente y lo apretó contra la pared para mantenerlo fijo. Después lo
descortezó, levantando con suavidad el delgadísimo metal.
Dentro
había algo que semejaba una línea de ceniza de cigarrillo. Captaba la luz y
fulguraba, sin embargo, como metal ligeramente trenzado.
También
tenía cierta humedad. Se retorcía lentamente, dando la sensación de que un
extremo buscaba algo a ciegas.
El extremo
hizo contacto con la pared y se aferró a ella. El dedo de Joe lo apartó. Hacer
tal cosa parecía requerir cierto esfuerzo. Joe se frotó el pulgar.
—Parece
grasiento.
El gusano
metálico —no sé cómo llamarlo— dio la impresión de estar agotado después de que
Joe lo tocara. No volvió a moverse.
Yo estaba
retorciéndome y girándome, intentando contemplarme.
—Joe
—dije—, por el amor de Dios, ¿se me ha pegado alguno?
—No veo
ninguno —contestó.
—Bueno,
mírame. Tienes que mirarme, Joe, y yo te miraré también. Si nuestros trajes
están rotos no podremos regresar a la nave.
—En ese
caso, no dejes de moverte.
¡Qué
sensación tan espeluznante, estar rodeada de cosas ansiosas por disolverte el
traje en el punto donde lo tocaran! Cuando aparecía alguna, intentábamos
cogerla y apartarnos de su camino al mismo tiempo, por lo que la situación era
casi imposible. Un objeto más bien grande se deslizó cerca de mi pierna y traté
de pisarlo, lo que fue una tontería, porque
si llego a alcanzarlo tal vez se me
hubiera pegado. De todos modos, la corriente de aire que ocasioné lo
condujo a la pared, y allí se quedó.
Joe estiró el brazo para cogerlo... con demasiada rapidez. El resto de su
cuerpo rebotó mientras Joe daba un salto mortal y uno de sus
pies golpeaba el muro cerca del cilindro. Cuando por fin Joe logró
afianzarse, el objeto seguía allí. -—No lo aplasté, ¿eh?
—No, no lo hiciste —repliqué—. Has fallado por un decímetro. No se
escapará.
Yo tenía
una mano en ambos extremos de la cosa. Era el doble de larga que el otro
cilindro. En realidad era como dos cilindros unidos
por la base, con un encogimiento en el punto de unión.
—Acto de reproducción —dijo Joe mientras levantaba el metal. En esta
ocasión lo que había dentro era una línea de polvo. Dos líneas.
Una a cada lado de la constricción—. No cuesta mucho matarlos.
—Joe se tranquilizó claramente—. Creo que estamos a salvo. —Parecen
vivos —dije de mala gana. —Creo que es más que eso. Son virus... o el
equivalente. —¿Qué estás diciendo?
—Por supuesto soy técnico en computadoras y no virólogo... pero tengo
entendido que los virus de la Tierra, o de allí «abajo», como tu
dirías, están formados por una molécula de ácido nucleico envuelta en una
vaina proteica.
«Cuando un virus invade una célula, se las arregla para abrir un agujero
en la pared o membrana celular mediante el uso de cierto enzima apropiado
y el ácido nucleico se desliza al interior, dejando fuera la vaina
proteica. Dentro de la célula encuentra el material para hacerse una nueva
vaina. De hecho, logra formar réplicas de sí mismo y produce una nueva vaina proteica por cada réplica. En cuanto ha despojado por completo a la
célula, esta se disuelve y en lugar
del solitario virus invasor existen varios cientos de virus hermanos. ¿Te resulta familiar?
—Sí. Muy familiar. Es lo que está ocurriendo aquí. ¿Pero de dónde ha
salido esto, Joe?
—Ni de la Tierra, es obvio, ni de una colonia terrestre. De algún otro
sitio, supongo. Flotan por el espacio hasta que encuentran algo
apropiado que les permita multiplicarse. Buscan objetos grandes de
metal elaborado. No creo que sean capaces de olfatear minerales
metalíferos.
—Pero
grandes objetos metálicos con componentes de silicio puro y algunos otros materiales tan suculentos solo son el producto de
una vida inteligente —opiné.
—Exacto —dijo Joe—. Lo que significa que poseemos la mejor prueba de
que la vida inteligente es común al universo, ya que objetos como este satélite
tienen que abundar bastante o no podrían mantener a estos virus. Y eso también
significa que la vida inteligente es antigua, quizá diez mil millones de años,
lo suficiente desarrollada para permitir una especie de evolución
metálica, para formar una vida metal/silicio/grasa igual que nosotros
hemos formado una vida ácido nucleico/proteínas/agua. Tiempo para
evolucionar un parásito de artefactos espaciales.
—Das a entender que todas las veces que una forma de vida inteligente
crea una cultura espacial, no tarda en verse sometida a una infección parásita.
—Exacto. Y
debe ser controlada. Por fortuna, estos seres son fáciles de matar, en especial ahora que se están formando. Posteriormente, cuando estén preparados para irse de
Computadora Dos, supongo que
agrandarán, espesarán sus vainas, estabilizarán el interior y se dispondrán a
flotar, como un equivalente de esporas, un millón de años antes de encontrar otro hogar. Podría no ser tan fácil matarlos en ese momento.
—¿Cómo vas a matarlos?
—Ya lo he hecho. Solo toqué al primero, que buscaba instintivamente
metal para iniciar la producción de una nueva vaina, ya que yo había
roto la primera al abrirla, y ese toque lo mató. No toqué al segundo, pero di
una patada a la pared en sus cercanías y la vibración del metal convirtió sus
entrañas en polvo metálico. Así que no podrán
hacer nada, ni a nosotros ni a lo que queda de la computadora, si hacemos que vibren... ¡ahora mismo!
Joe no tenía más que explicar, aunque ya se había explicado demasiado,
¿no? Se puso los guantes poco a poco y golpeó la pared con una
mano. Salió rebotado y soltó una patada en cuanto volvió a
aproximarse al muro.
—¡Haz lo mismo! —gritó.
Lo intenté,
y durante un rato no descansamos. No saben lo difícil que es golpear una pared en gravedad cero; al menos hacerlo adrede y con la suficiente fuerza para que
vibre. Unas veces acertábamos, otras
tantas no o simplemente lográbamos un golpe de refilón que nos despedía dando vueltas pero que apenas producía sonido. Enseguida nos encontramos jadeando
por el cansancio y la irritación.
Pero nos habíamos aclimatado. Volvimos a la tarea y finalmente recogimos más virus. En todos
los casos no había más que polvo en el interior. Era evidente que estaban
adaptados a objetos espaciales vacíos y automáticos que, como las modernas
computadoras, carecían de vibración. Eso es
lo que posibilitaba, supongo, desarrollar
las estructuras metálicas, sumamente raquíticas en su composición, que poseían suficiente inestabilidad
hasta producir las propiedades de la vida simple.
—¿Crees que hemos acabado con todos? —pregunté.
—¿Cómo puedo saberlo? Si queda uno solo, devorará al resto en busca de metal y todo empezará
de nuevo. Demos golpes un rato más.
Lo hicimos hasta que el cansancio nos hizo despreocupar del problema de si quedaba o no
alguno con vida.
—No hay duda —dije, jadeante— de que la Asociación Planetaria para
el Avance de la Ciencia no quedará complacida al saber que los
hemos matado a todos.
La sugerencia que hizo Joe respecto a lo que la APAC podía hacer consigo misma fue
enérgica, aunque nada práctica.
—Mira
—dijo—, nuestra misión es salvar Computadora Dos, unos cuantos miles de vidas y, tal como han ido las cosas, salvar también las nuestras. Ahora que decidan si
quieren renovar esta computadora o
construirla desde el principio. Es su bebé.
»La APAC sacará lo que pueda de estos objetos muertos, y eso ya es
algo. Si quieren virus vivos, sospecho que los encontrarán flotando por
estas zonas.
—Muy bien —repliqué—. Mi sugerencia es que digamos a Computadora
Central que haremos unas cuantas chapuzas en esta computadora y que la
obligaremos a que funcione hasta cierto punto, y que nosotros estaremos aquí
hasta que llegue un equipo de reparaciones mayores, o lo que corresponda, para
evitar otra infección. Mientras tanto, será mejor que vayan al resto de
computadoras y monten
un sistema que las haga vibrar mucho en cuanto la atmósfera interna revele una caída de presión.
—Muy
sencillo —dijo irónicamente Joe.
—Es una suerte que los encontráramos a tiempo.
—Espera un momento —dijo Joe, con una expresión de problema grave—.
Nosotros no los encontramos. Ellos nos encontraron a
nosotros. Si la vida metálica ha evolucionado, ¿crees que es probable que
esta sea su única forma?
»¿Y si
estas formas de vida se comunican de algún modo y, en la inmensidad del
espacio, otras se hallan ahora a punto de converger
sobre nosotros en busca del botín? Y también otras especies. Todas ellas detrás del sabroso forraje de
una cultura espacial todavía
intacta. ¡Otras especies! Otras más vigorosas que soporten la
vibración. Otras de mayor tamaño que sean más versátiles en sus reacciones ante el peligro Otras que estén
equipadas para invadir nuestras colonias en órbita. Otras, por el amor de
Unívac, que sean capaces de invadir la Tierra en busca de los metales de sus
ciudades
»Lo que voy a informar, lo que debo informar ¡es que nos han localizado
FIN
Titulo original: Found¡ ©
1978.
Publicado en Omni. Octubre 1978.
Traducción de César
Terrón.
Publicado en Nueva
Dimensión nº 137.
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