Virginia
Ratner suspiró.
—Tenía que
haber una última vez, supongo.
Sus ojos
estaban turbados cuando miró hacia el mar, resplandeciente a la cálida luz del
sol.
—Al menos
tenemos un buen día para ello, aunque supongo que una tormenta de nieve hubiera
ido mejor a mi estado de ánimo.
Robert Gill,
que estaba allí como oficial más antiguo de la Agencia Terrestre del Espacio,
la miró sin ninguna concesión.
—Por favor,
no se sienta abatida. Usted misma lo ha dicho. Tenía que haber una última vez.
—Pero ¿por
qué yo como piloto?
—Porque
usted es la mejor piloto que tenemos, y deseamos que sea un buen final, sin
nada que vaya mal. ¿Por qué soy yo quien tiene que desmantelar la Agencia? ¡Un
final feliz!
—¿Un final
feliz?
Virginia
estudió la ajetreada carga y la hilera de pasajeros. La última de ambas.
Llevaba
pilotando lanzaderas desde hacía veinte años, sabiendo siempre que habría una
última vez. Uno podía pensar que el conocimiento debía haberla envejecido, pero
no había ninguna hebra gris en su pelo, ninguna arruga en su rostro. Quizá una
vida bajo una intensidad gravitatoria constantemente cambiante tenía algo que ver
con ello. Pareció rebelarse.
—Tengo la
impresión de que sería una dramática ironía, o tal vez una dramática justicia,
que esta última lanzadera estallara al despegar. Una protesta por parte de la
propia Tierra.
Gill agitó
la cabeza.
—Estrictamente
hablando, debería informar de eso…, pero está usted sufriendo un ataque agudo
de nostalgia.
—Bien,
informe de mí. Eso me calificará como peligrosamente inestable, y seré
descalificada como piloto. Puedo ocupar mi lugar como uno de los seiscientos
dieciséis últimos pasajeros, y hacer así que sean seiscientos diecisiete. Algún
otro puede pilotar la lanzadera y entrar así en los libros de historia como la
persona que…
—No tengo
intención de informar de usted. Por una parte, no ocurrirá nada. Los despegues
de las lanzaderas son a prueba de problemas.
—No siempre.
—Virginia Ratner mostró una expresión sombría—. Hubo el caso del Enterprise
Sesenta.
—¿Qué se
supone que es esto, un boletín de efemérides? Eso fue hace ciento setenta años,
y no ha habido ningún accidente relacionado con el espacio desde entonces.
Ahora, con la ayuda antigravitatoria, ni siquiera existe la posibilidad de un
tímpano roto. El rugido de los cohetes de despegue ha desaparecido para
siempre… Escuche, Ratner, será mejor que suba a la cubierta de observación.
Quedan menos de treinta minutos para el despegue.
—¿De veras?
Seguramente va a informarme usted ahora que el despegue está completamente
automatizado, y que realmente no soy necesaria.
—Sabe usted
eso sin necesidad de que yo tenga que decírselo, pero su presencia en el puente
es un asunto de reglamentos… y de tradición.
—Me parece
que ahora es usted el nostálgico… de un tiempo en el que el piloto representaba
una diferencia y no era simplemente inmortalizado por no hacer nada excepto
presidir el desmantelamiento final de algo que fue tan prodigioso. —Hizo una
pausa, luego añadió—: Pero iré —y avanzó hacia el tubo central y ascendió por
él como si fuera un plumón siendo elevado por una corriente ascendente de aire.
Recordó sus
días de inexperiencia juvenil en los vuelos de la lanzadera, cuando la
antigravedad era experimental y requería instalaciones en tierra más grandes
que la propia lanzadera y cuando, incluso así, funcionaba a sacudidas o no
funcionaba en absoluto, y las tripulaciones del espacio preferían los
ascensores pasados de moda.
Ahora el
proceso de la antigravedad había sido miniaturizado hasta el punto de que cada
nave transportaba el suyo propio. Nunca fallaba, y era utilizado por los
pasajeros que lo daban por seguro, y por la carga inanimada que podía ser
trasladada a su lugar con la ayuda de chorros de aire sin fricción y levitación
magnética por tripulantes que sabían perfectamente bien cómo manejar objetos
voluminosos sin peso pero con toda su inercia.
Ningún otro
vehículo jamás construido por los seres humanos era tan magnífico, tan
complejo, tan intrincadamente computarizado como las lanzaderas, porque ningún
otro tipo de nave había tenido que luchar con la gravedad de la Tierra… excepto
aquellas primitivas naves que, sin antigrav, habían tenido que depender de
cohetes químicos para conseguir cada átomo de energía. ¡Primitivos dinosaurios!
En cuanto a
las naves que moraban únicamente en el espacio, yendo de una colonia espacial a
una estación de energía o de una factoría a una procesadora de alimentos
—incluso de la Luna—, tenían poca o ninguna gravedad con la que luchar, de modo
que eran cosas simples y casi frágiles.
Ahora estaba
en la sala de pilotaje, con sus hileras de instrumentos computarizados dándole
la situación exacta de cada elemento en funcionamiento a bordo, la situación de
cada caja de embalaje, el número y disposición de cada persona entre la
tripulación y pasajeros. (Ninguno de esos debía quedar detrás. ¡Abandonar a
alguno era impensable!)
Había una
vista televisiva de trescientos sesenta grados del panorama fuera de la nave, y
la miró pensativamente. Estaba contemplando el lugar desde el cual se había
producido la entrada del hombre en el espacio en los viejos y heroicos días.
Era desde allí que la gente se había lanzado hacia arriba para construir las
primeras estructuras espaciales…, estaciones de energía que renqueaban…,
factorías automatizadas que requerían un mantenimiento constante…, colonias del
espacio que apenas albergaban a diez mil personas.
Ahora el enorme
y atestado centro tecnológico había desaparecido. Fragmento a fragmento había
ido siendo demolido hasta que tan sólo quedaba una estructura para la partida
de la última lanzadera. Esa estructura quedaría allí de pie, una vez hubiera
partido la nave, para oxidarse y desmoronarse como último y triste recuerdo de
todo lo que había sido.
¿Cómo podía
la gente de la Tierra olvidar así el pasado?
Todo lo que
podía ver era tierra y mar… todo desierto. No había señal alguna de estructura
humana, ninguna persona. Tan sólo vegetación verde, arena amarilla, agua azul.
¡Ya era la
hora! Su entrenado ojo captó que la nave estaba llena, preparada, en perfecto
funcionamiento. La cuenta atrás estaba tictaqueando el minuto final, el
satélite auxiliar para la navegación sobre sus cabezas señalaba espacio limpio,
y no había necesidad (sabía muy bien que no la había) de tocar el control
manual.
La nave se
elevó silenciosa y suavemente, y todo aquello para lo que se había estado
trabajando a lo largo de un período de doscientos años se cumplió finalmente.
En el espacio, la humanidad aguardaba en la Luna, en Marte, entre los
asteroides, en miríadas de colonias del espacio.
El último
grupo de gente de la Tierra se elevaba para unirse a ellos. Tres millones de
años de ocupación homínida de la Tierra habían terminado; diez mil años de
civilización en la Tierra habían sido cubiertos; cuatro siglos de ajetreada
industrialización acababan de terminar.
La Tierra
había vuelto a su salvajismo y a su vida silvestre gracias a una humanidad agradecida
a su planeta madre y dispuesta a concederle el descanso que se merecía.
Quedaría para siempre como un monumento al origen de la humanidad.
La última
lanzadera se alzó por entre los vestigios de la estratosfera, y la Tierra se
extendió bajo ella y fue empequeñeciéndose a medida que la lanzadera seguía su
camino.
Los quince
mil millones de residentes del espacio habían aceptado solemnemente que los
pies humanos no volverían a hollarla.
¡La Tierra
era libre! ¡Finalmente libre!
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