En 1952 estaban casi dispuestos a abandonar
las tentativas de escalar el Everest. Pero las fotografías les mantuvieron en
marcha.
Aunque como tales, las fotografías no eran
gran cosa: borrosas, rayadas y sin otro detalle de interés que una especie de
ampollas oscuras sobre el fondo blanco. Pero aquellas ampollas oscuras eran
criaturas vivientes. Los hombres lo juraban.
—¡Qué diablos! —dije yo—. Hace cuarenta años
que hablan de criaturas vivientes resbalando por los glaciares del Everest. Ya
sería hora de que nos ocupáramos del caso.
Jimmy Robbons (perdonen, James Abraham
Robbons) era quien me había empujado a esta actitud. El montañismo era su
pasión. El sabía bien por qué los tibetanos no querían acercarse al Everest por
considerarlo la montaña de los dioses. Era capaz de hablarme hasta de la última
misteriosa huella de un pie más o menos humano de que hubiera habido noticia
sobre el hielo a siete mil quinientos metros de altura; se sabía de memoria
todos los cuentos fantásticos sobre las alargadas y blancas criaturas,
corriendo veloces por las grietas de encima del último campamento que los
alpinistas habían conseguido plantar en un paraje que encogía el corazón.
Es muy saludable tener a un tipo entusiasta
como él en el cuartel general de Inspección Planetaria.
De todos modos, las últimas fotografías daban
un tono mordaz a sus palabras. Al fin y al cabo, uno apenas podía pensar que
aquello fuesen hombres.
—Oiga, jefe —decía Jimmy—, lo interesante no
es la existencia de esas manchas, sino el hecho de que se mueven a gran
velocidad. Fíjese en esa figura. Está borrosa.
—Es posible que se moviera la cámara.
—Esa grieta de aquí está sobradamente clara.
Y los hombres juran que ese ser corría. Imagine el metabolismo que ha de tener
para correr con esa presión de oxígeno. Oiga, jefe, ¿usted habría creído en los
peces abisales, si no hubiese oído hablar nunca de ellos? Hay peces que buscan
nuevos escondites en un medio ambiente que puedan explotar, con lo cual se
hunden cada vez más en las profundidades, hasta que un día descubren que ya no
pueden regresar. Se han adaptado tan perfectamente que pueden vivir bajo una
presión de toneladas.
—Entonces...
—¡Maldita sea!, ¿no puede invertir el cuadro?
Algunas criaturas se pueden ver obligadas a remontarse por la montaña, ¿verdad?
Pueden adaptarse a resistir en una atmósfera más enrarecida y a temperaturas
más frías. Pueden alimentarse de musgo, del mismo modo que, en última
instancia, los peces de las grandes profundidades viven de la fauna que se va
filtrando poco a poco hacia el fondo. Y hete ahí que esos seres de la montaña
descubren un día que ya no pueden volver a bajar. No digo que sean hombres. Es
posible que sean gamos, o cabras monteses, o tejones, o cualquier otra especie
animal.
—Los testigos dijeron que tenían una figura
vagamente humana —aduje yo, testarudo—, y declararon que las pisadas eran
indudablemente semejantes a las humanas.
—O a las de los osos —dijo Jimmy—. No se
puede saber.
Con lo cual aproveché la ocasión para
repetir:
—Ya sería hora de que hiciésemos algo.
Jimmy levantó los hombros y replicó:
—Hace cuarenta años que tratan de escalar el
Everest. —Y meneó la cabeza.
—Por amor de Dios —dije yo—. Todos ustedes,
escaladores de montañas, están locos. No cabe la menor duda. No les interesa
llegar a la cima. Lo que les interesa es llegar de determinada manera. Ya
empieza a ser hora de que dejemos de tontear con piquetas, sogas, campamentos y
toda la parafernalia del Club de los Caballeros, que envía primos hacia las
laderas cada cinco años, poco más o menos.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—El aeroplano lo inventaron en 1903, ¿sabe?
—¿Quiere decir volar sobre el Everest? —Lo
dijo de la misma manera que un lord inglés diría: «¡Dispare contra la zorra!»,
o un pescador de caña: «¡Utilice gusanos!»
—Sí —respondí—, volar sobre el Everest y
dejar caer una persona en la cumbre. ¿Por qué no?
—No viviría mucho tiempo. La persona que
bajase a la cumbre, quiero decir.
—¿Por qué no? —pregunté otra vez—. Le sueltas
suministros diversos y depósitos de oxígeno, y el sujeto en cuestión lleva un
traje espacial, naturalmente.
Se precisó algún tiempo para lograr que la
Fuerza Aérea prestase oídos y se declarase dispuesta a enviar un aeroplano; y
por aquella fecha Jimmy Robbons había cambiado de ideas tan radicalmente que se
ofreció para ser la persona a quien dejaran caer sobre el pico del Everest.
—Al fin y al cabo —dijo en un semimurmullo—,
sería el primer hombre que habría pisado aquel suelo.
Ese es el comienzo de la historia. Una
historia que en si misma se puede contar sencillísimamente, en muchas menos
palabras.
El avión aguardó dos semanas en el mejor
período del año —el mejor por lo que respecta al Everest—, en espera de un
intervalo de tiempo sólo moderadamente malo para el vuelo, y luego despegó. El
piloto Informó por radio a un grupo de escucha del aspecto que tenía el Everest
visto desde el aire, y luego describió minuciosamente el aspecto que tenía
Jimmy Robbons mientras el paracaídas iba pareciendo cada vez más pequeño.
Luego se desató otra nevisca, y el aparato se
vio en apuros para regresar a la base, y hubo que esperar otras dos semanas
para poder gozar de otro intervalo de tiempo relativamente soportable.
Entretanto, todos aquellos días Jimmy estuvo
en el techo del mundo, y yo sentía odio contra mí mismo y me consideraba un
asesino.
El aeroplano se remontó dos semanas después
para ver si lograban localizar el cadáver de Jimmy. No sé de qué habría servido
que lo localizaran, pero la raza humana es así. ¿Cuántas personas murieron en
la última guerra? ¿Quién sería capaz de contar un número tan elevado? En
cambio, ni el dinero, ni ninguna otra cosa, es obstáculo para salvar una sola
vida, hasta para rescatar un solo cadáver.
No encontraron su cuerpo; pero sí encontraron
una señal de humo, enroscándose por el aire enrarecido y dejándose arrastrar
lejos por las ráfagas de viento. Entonces hicieron descender una cesta de
rescate y Jimmy subió, todavía con su traje espacial y con un aspecto
endemoniado, pero decididamente vivo.
La postdata del cuento incluye una visita al
hospital la semana pasada para verle. Se restablecía muy despacio. Los médicos
hablaban de un shock y de agotamiento; pero los ojos de Jimmy decían muchísimo
más.
—¿Qué tal la aventura, Jimmy? —le pregunté—.
No has hablado con los periodistas; tampoco has hablado con el Gobierno. Muy
bien, ¿Que te parece si hablaras conmigo?
—No tengo nada que contar —susurró él.
—Claro que tienes —repliqué—. Has vivido en
la cumbre del Everest dos semanas enteras, bajo una nevisca. Y no lo
conseguiste por ti solo, ni siquiera con la gran cantidad de provisiones que
arrojamos al lanzarte. Vamos, Jimmy, muchacho, ¿quién te socorrió?
Imagino que comprendió la inutilidad de
tratar de embaucarme. O acaso estuviera ansioso por descargar aquel peso de su
mente.
—Son inteligentes, jefe —dijo—. Comprimieron
aire para que yo pudiera respirar. Montaron una centralilla generadora de
energía para conservarme el calor. Y cuando vieron que el aeroplano regresaba,
elevaron la señal de humo.
—Comprendo. —No quería darle prisa—. Ha sido
tal como imaginábamos. Se han adaptado a las condiciones de vida del Everest. Y
no pueden descender por sus laderas.
—No, no pueden. Como tampoco nosotros podemos
subir. Aun suponiendo que la meteorología no nos lo impidiera, ¡nos lo
impedirían ellos!
—Por lo que dices parecen criaturas
bondadosas; entonces, ¿por qué habrían de oponerse? A ti te socorrieron.
—No tienen nada contra nosotros. Hablaron
conmigo, ¿sabe? Por telepatía.
Yo arrugué la frente.
—Pues, entonces...
—Pero no quieren que se les moleste. Nos
están observando, jefe. Se ven obligados. Nosotros tenemos la energía atómica.
Estamos a punto de disponer de astronaves. Se inquietan por nosotros. ¡Y el
Everest es el único sitio desde el que pueden observarnos!
Las arrugas de mi frente se acentuaron. El
sudaba; las manos le temblaban.
—Calma, muchacho —le dije—. Tómalo con calma.
¿Qué diablos son esas criaturas?
Y él respondió:
—¿Qué ser cree usted que podría estar tan
adaptado a una temperatura de diecisiete grados bajo cero y a una atmósfera tan
tenue como la del Everest para que ése fuera el único lugar de la Tierra en el
que pudiera sobrevivir? He ahí el meollo de la cuestión. Esas criaturas no
proceden de ningún lugar de la Tierra. Son marcianos.
FIN
Título original en
inglés: Everest © 1953.
Publicado
en Have You Seen These?.
Traducción de
Baldomero Porta.
Compre Júpiter y otro
relatos. Editorial Bruguera.
Edición digital de
Questor. Junio de 2002.
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