Las rítmicas notas de un vals de Strauss
llenaban la estancia. La música crecía y decrecía bajo los sensibles dedos de
Lincoln Fields, y a través de sus ojos entornados casi veía a unas figuras que
danzaban y evolucionaban sobre el suelo encerado de algún lujoso salón.
La
música siempre le afectaba de este modo. Llenaba su mente con sueños de una
extraña belleza y transformaba su habitación en un paraíso de sonido. Sus manos
se deslizaron sobre el piano en las últimas y deliciosas combinaciones de tonos
y después aminoraron la velocidad de mala gana y se detuvieron.
Suspiró
y permaneció un momento en absoluto silencio, como si intentara extraer la
última esencia de belleza a los ecos desfallecientes. Después, se volvió y
sonrió débilmente al otro ocupante de la habitación.
Garth
Jan sonrió a su vez, pero no dijo nada. Garth sentía un gran afecto hacia Lincoln
Fields, aunque no le comprendía.
Eran
mundos aparte —literalmente—, pues Garth procedía de las gigantescas ciudades
subterráneas de Marte y Fields era el producto de la gran urbe terrestre de
Nueva York.
—¿Qué
te ha parecido eso, Garth, viejo amigo? —inquirió Fields, dubitativamente.
Garth
sacudió la cabeza. Habló con el esmero y precisión con que solía hacerlo.
—He
escuchado atentamente y, en honor a la verdad, he de decir que no ha sido
desagradable. Tiene un cierto ritmo, una cadencia de notas que, en realidad, es
tranquilizante. Pero ¿hermoso? ¡No!
Los
ojos de Fields expresaron una compasión intensamente dolorosa. El marciano vio
la mirada y comprendió su significado, pero no hubo ningún destello de envidia
como respuesta. Su huesuda y gigantesca figura siguió doblada en una silla que
era demasiado pequeña para él mientras una de sus delgadas piernas se
balanceaba hacia delante y hacia atrás.
Fields
saltó impetuosamente de su asiento y agarró a su compañero por el brazo.
—¡Ven!
Siéntate tú en el banco.
Garth
obedeció jovialmente.
—Veo
que quieres llevar a cabo un pequeño experimento.
—Lo
has adivinado. He leído trabajos científicos que trataban de explicar las
diferencias entre los sentidos de los terrícolas y los marcianos, pero nunca he
logrado entenderlas del todo.
Tocó
las notas do y fa en una sola octava y miró interrogativamente al marciano.
—Si
existe una diferencia —dijo Garth dubitativamente—, es muy ligera. De no haber
prestado mucha atención, hubiera dicho que habías tocado dos veces la misma nota.
El
terrícola se asombró.
—¿Cómo
es posible? —Tocó el do y el sol.
—Esta
vez sí que he distinguido la diferencia.
—Bueno,
supongo que todo lo que dicen sobre tu pueblo es cierto. Pobres de vosotros...
¡Tener un sentido del oído tan imperfecto! No sabéis lo que os perdéis.
El
marciano se encogió filosóficamente de hombros.
—No se
echa de menos lo que nunca se ha tenido.
Garth
Jan rompió el corto silencio que siguió:
—¿Te
das cuenta de que este periodo de la historia es el primero en que dos razas
inteligentes han podido comunicarse entre sí? La comparación del aparato
sensitivo es muy interesante... y amplia mucho las opiniones que uno tiene
sobre la vida.
—Es
verdad —convino el terrícola—, aunque, al parecer, nosotros tenemos todas las
ventajas de la comparación. El mes pasado, un biólogo terrícola declaró su
extrañeza ante el hecho de que una raza tan pobremente dotada en materia de
percepción sensitiva hubiera podido desarrollar una civilización tan adelantada
como la vuestra.
—Todo
es relativo, Lincoln. Lo que tenemos es bastante para nosotros.
Fields
sintió que le embargaba una turbación creciente.
—Pero,
Garth, si por lo menos supieras lo que te pierdes... »Nunca has visto las
bellezas de una puesta de sol, o de un campo de flores. No puedes admirar el
azul del cielo, el verde de la hierba, el amarillo del maíz tierno. Para ti, el
mundo consiste en sombras de luz y oscuridad —se estremeció al pensarlo—. No
puedes oler una flor o apreciar su delicado perfume. Ni siquiera puedes
disfrutar de algo tan simple como una buena y sabrosa comida. No tienes gusto,
ni olfato, ni distingues los colores. Me compadezco de tu mundo opaco.
—Lo
que dices es absurdo, Lincoln. No malgastes tu compasión conmigo, porque soy
tan feliz como tú. Se levantó y cogió su bastón, necesario en el campo
gravitacional mucho mayor de la Tierra.
—No
debes juzgarnos con tanta superioridad, ¿sabes?
Al
parecer, aquél era el aspecto más importante de la cuestión.
—Nosotros
—añadió— no alardeamos de ciertas perfecciones de nuestra raza, sobre las
cuales no sabéis nada.
Y
entonces, como si lamentara profundamente sus palabras, una mueca de ironía
distendió su rostro, y se dirigió hacia la puerta.
Fields
permaneció asombrado y pensativo durante un momento y después se levantó de un
salto y corrió tras el marciano, que avanzaba lentamente hacia la salida. Asió
a Garth por los hombros e insistió para que volviera.
—¿A
qué te referías con tu última observación?
El
marciano volvió la cara, como si no fuera capaz de encararse con su
interrogador.
—Olvídalo,
Lincoln. No ha sido más que un momento de indiscreción, cuando tu piedad me ha
puesto nervioso.
Fields
le lanzó una penetrante mirada.
—Es
verdad, ¿no? Es lógico que los marcianos posean sentidos que los terrícolas no
tengan, pero es irracional que tu pueblo quiera mantenerlo en secreto.
—Es lo
que debe ser. Pero ahora que mi propia estupidez me ha descubierto, quizá estés
de acuerdo en no divulgarlo.
—¡Naturalmente!
Seré tan discreto como una tumba, aunque que me maten si puedo hacer algo con
este secreto. Dime, ¿de qué naturaleza es este sentido secreto vuestro?
Garth
Jan se encogió de hombros con indiferencia.
—¿Cómo
puedo explicártelo? ¿Acaso tú puedes definirme el color, a mí, que ni siquiera
soy capaz de concebirlo?
—No te
pido una definición. Dime qué usos tiene. Por favor —asió al otro por el
hombro—, puedes hacerlo. Te he prometido guardar el secreto.
El
marciano suspiró fuertemente.
—No te
servirá de mucho. ¿Te satisfaría saber que si me enseñaras dos recipientes,
ambos llenos de un líquido claro, yo podría decirte enseguida cuál de los dos
era venenoso? ¿O, si me enseñaras un alambre de cobre, podría decirte
instantáneamente si pasaba corriente eléctrica por él, aunque fuera tan pequeña
como una milésima de amperio? ¿O que podría decirte la temperatura de cualquier
sustancia, con un margen de error de sólo tres grados, aunque la mantuvieras a
cinco metros de distancia? ¿O que podría...? Bueno, ya he dicho suficiente.
—¿Eso
es todo? —preguntó Fields, con una exclamación desilusionada.
—¿Qué
más quieres?
—Todo
lo que has descrito es muy útil... pero ¿qué belleza encierra? ¿Acaso este
extraño sentido vuestro no tiene valor para el espíritu así como para el cuerpo?
Garth
Jan hizo un movimiento de impaciencia.
—Realmente,
Lincoln, hablas sin pensar. No he hecho más que contestar a lo que me has
preguntado..., los usos de este sentido. No pretendía explicar su naturaleza.
Toma tu sentido del color. En lo que a mí concierne, el único uso que tiene es
hacer ciertas distinciones que yo no puedo. Por ejemplo, tú puedes identificar
ciertas soluciones químicas por medio de algo que llamas color, mientras que yo
tendría que realizar un análisis químico. ¿Qué belleza encierra?
Fields
abrió la boca para hablar, pero el marciano le hizo un irritado gesto para que
guardara silencio.
—Ya lo
sé. Vas a balbucear tonterías sobre puestas de sol o algo parecido. Pero ¿qué
sabes tú de la belleza? ¿Has sabido alguna vez lo que es presenciar la belleza
de los alambres de cobre desnudos cuando se conecta una corriente alterna? ¿Has
percibido la delicada belleza de las corrientes inducidas dentro de un
selenoide cuando se pasa un imán a través de él? ¿Has asistido alguna vez a un portwem
marciano?
Los
ojos de Garth Jan se habían empañado al evocar estos pensamientos, y Fields le
contemplaba con la estupefacción más profunda. Ahora las cosas habían cambiado
y su sentido de superioridad le abandonó de repente.
—Cada
raza tiene sus propios atributos —murmuró con un fatalismo que encerraba algo
de hipocresía—, pero no veo la razón de que los guardéis en un secreto tan
absoluto. Nosotros, los terrícolas, no tenemos secretos para vuestra raza.
—No
nos acuses de ingratitud — exclamó Garth Jan con vehemencia. Según el código
marciano de la ética, la ingratitud era el supremo vicio, y ante la
insinuación, la cautela de Garth se desvaneció—. Nosotros, los marcianos, nunca
actuamos sin una razón. Y desde luego no es por nuestro propio bien por lo que ocultamos
esta magnífica facultad.
El
terrícola sonrió burlonamente. Se hallaba sobre la pista de algo —lo notaba en
sus huesos— y la única forma de averiguarlo era por medio de bromas.
—No
dudo de que hay algún motivo noble detrás de todo esto. Tu raza posee el
extraño atributo de encontrar siempre algún motivo altruista para sus acciones.
Garth
Jan se mordió los labios coléricamente.
—No
tienes derecho a decir algo así.
Por un
momento pensó en alegar la inquietud sobre la futura paz de espíritu de Fields
como una razón para guardar silencio, pero la burlona referencia de éste al
«altruismo» lo hacía imposible. Un sentimiento de ira le dominó gradualmente y
eso reforzó su decisión.
No
existía equivocación posible sobre la nota de frígida enemistad que contenía su
voz.
—Te lo
explicaré por analogía.
El
marciano mantuvo la vista fija enfrente suyo mientras hablaba, con los ojos
medio cerrados.
—Me
has dicho que vivo en un mundo compuesto tan sólo por sombras de luz y
oscuridad. Tratas de describir un mundo exclusivo tuyo compuesto por infinita
variedad y belleza. Escucho, pero no me importa demasiado. Nunca lo he conocido
y nunca podré conocerlo. No se llora por la pérdida de algo que nunca se ha
tenido. »Pero... ¿qué pasaría si pudieras conferirme la facultad de ver el
color durante cinco minutos? ¿Qué pasaría si, durante cinco minutos, me
deleitara en maravillas con las que nunca había soñado? ¿Qué pasaría si,
después de estos cinco minutos, tuviera que renunciar a ello para siempre?
¿Compensarían esos cinco minutos de paraíso la vida de pesar que seguiría...
una vida de descontento a causa de mis propias deficiencias? ¿No hubiera sido
mucho mejor no hablarme nunca del color, evitando así su tentación siempre
presente?
Fields
se había puesto en pie durante la última parte del discurso del marciano y sus
ojos se abrieron de golpe con una violenta suposición.
—¿Quieres
decir que un terrícola podría poseer el sentido marciano si así lo deseara?
—Durante
cinco minutos en el curso de la vida —los ojos de Garth Jan eran soñadores—, y
en estos cinco minutos percibiría...
Se
interrumpió confundido y miró agriamente a su compañero.
—Tú
sabes mejor lo que te conviene. Procura no olvidar tu promesa.
Se
levantó apresuradamente y se escabulló con la mayor rapidez que le fue posible,
apoyándose sobre el bastón con fuerza. Lincoln Fields no trató de detenerle. Se
limitó a permanecer donde estaba y a reflexionar.
La
gran altura de la caverna envolvía el techo en una velada oscuridad en la que a
intervalos determinados, flotaban luminosos globos de rayos. El aire, calentado
por un estrato volcánico subterráneo, se esparcía suavemente. Ante Lincoln
Fields se extendía la ancha y pavimentada avenida de la principal ciudad de
Marte, que se desvanecía en la distancia.
Caminó
torpemente hacia la entrada del hogar de Garth Jan, con el manifiesto estorbo
de una capa de quince centímetros de plomo unida a cada uno de sus zapatos.
Pero esto era mucho mejor que los incontrolables saltos a que sometía la
gravedad más ligera a los músculos terrestres.
El
marciano se sorprendió al ver a su amigo de seis meses atrás, pero no demostró
alegría. Fields no dejó de observarlo, pero se limitó a sonreír interiormente.
Una vez cumplidas las primeras formalidades y hechos los comentarios
convencionales, los dos se sentaron.
Fields
aplastó el cigarrillo en un cenicero y se enderezó en su asiento,
repentinamente serio.
—¡He
venido a solicitar esos cinco minutos que dices poder darme! ¿Puedo tenerlos?
—¿Es
una pregunta retórica? Por lo menos, no parece requerir ninguna respuesta. —El
tono de Garth era abiertamente despectivo.
El
terrícola lo consideró pensativamente.
—¿Te
importa que defina mi posición en unas cuantas palabras?
El
marciano sonrió con indiferencia.
—No
servirá de nada —dijo.
—Me
arriesgaré. La situación es ésta: he nacido y crecido rodeado de lujos y me han
consentido de la manera más repugnante. Aún no he tenido un deseo razonable que
no haya podido realizar, y no sé lo que significa no conseguir lo que quiero.
¿Lo entiendes?
No
hubo respuesta y prosiguió:
—He
hallado la felicidad en vistas hermosas, palabras hermosas y sonidos hermosos.
He practicado un culto a la belleza. En una palabra, soy un esteta.
—Muy
interesante —la pétrea expresión del marciano no cambió ni un átomo—, pero ¿qué
relación tiene todo esto con el problema que tratamos?
—Es
muy sencillo: harías de una nueva forma de belleza, una forma desconocida para
mí hasta ahora e incluso totalmente inconcebible, pero que podría conocerse si
así se desea. La idea me atrae. Más que atraerme... me domina. Vuelvo a
recordarte que cuando una idea se apodera de mí, me doblego..., siempre lo
hago.
—No
eres el amo en este caso —recordó Garth Jan, Es grosero por mi parte
recordártelo, pero no puedes forzarme, ya lo sabes. De hecho, tus palabras son
casi ofensivas en sus implicaciones.
—Me
alegro de que hayas dicho eso, pues así yo también puedo ser grosero sin tener
remordimientos de conciencia.
La
única contestación de Garth Jan a esto fue una sonrisa de confianza en sí
mismo.
—Te lo
exijo —dijo Fields, lentamente—, en nombre de la gratitud.
—¿Gratitud?
—El marciano se sorprendió violentamente.
Fields
sonrió
—Es
una apelación a la que ningún marciano honorable puede negarse... por vuestra
propia ética. Y tú me debes gratitud porque a través de mí lograste entrar en
las casas de los hombres más importantes y nobles de la Tierra:
—Ya lo
sé. —Garth Jan enrojeció de ira—. Eres un mal educado al recordármelo.
—No
tenía elección. Tú reconociste la gratitud que me debías, allí en la Tierra. Yo
solicito la oportunidad de poseer este misterioso sentido que mantenéis tan en
secreto... en nombre de esta gratitud reconocida. ¿Puedes negarte ahora?
—Ya
sabes que no —fue la sombría respuesta—. No dudaba mas que por tu propio bien.
El
marciano se levantó y alzó la mano con gravedad.
—Me
tienes asido por el cuello, Lincoln. Está hecho. Pero, después, no te deberé
nada más. Esto saldará mi deuda de gratitud. ¿De acuerdo?
—¡De
acuerdo! —Ambos se estrecharon la mano y Lincoln Fields prosiguió en un tono
completamente distinto—: Sin embargo, seguiremos siendo amigos, ¿no? Este
pequeño altercado no estropeará las cosas, ¿verdad?
—Espero
que no. ¡Vamos! Reúnete conmigo a la hora de la cena y discutiremos el momento
y el lugar para tus... en... cinco minutos.
Lincoln
Fields se esforzó en calmar la inquietud que le embargaba mientras esperaba en
la habitación «de conciertos» particular de Garth Jan. Experimentó un súbito
deseo de reír al ocurrírsele la idea de que solía sentirse exactamente igual en
la sala de espera de un dentista.
Encendió
su décimo cigarrillo, dio dos chupadas y lo tiró.
—Estás
haciendo todo esto de forma muy complicada, Garth.
El
marciano se encogió de hombros.
—Sólo
dispones de cinco minutos y yo debo procurar que los emplees de la mejor manera
posible. Vas a oír parte de un portwem, que para nuestro sentido es el
equivalente a gran sinfonía (¿es ésta la palabra?).
—¿Tenemos
que esperar mucho más? El suspense, para decir una trivialidad, es horrible.
—Estamos
esperando a Novi Lon, que tocará el portwem, y a Done Vol, mi médico
particular. Pronto llegarán.
Fields
paseó la mirada sobre el estrado de poca altura que ocupaba el centro de la
habitación y contempló el intrincado mecanismo que había encima con curioso
interés. La parte anterior estaba encerrada en brillante aluminio, dejando sólo
al descubierto siete hileras de relucientes botones negros arriba y cinco
grandes pedales abajo. Sin embargo, por detrás estaba abierto, y dentro se
cruzaban y entrecruzaban alambres finísimos en senderos increíblemente
complicados.
—Es
una cosa muy curiosa —observó el terrícola.
El
marciano subió también al estrado.
—Es un
instrumento muy caro. Me costó diez mil créditos marcianos.
—¿Cómo
funciona?
—Casi
igual que un piano en la Tierra.
Cada
uno de los botones superiores controla un circuito eléctrico diferente.
Manipulando los botones, uno a uno, o juntos, un experto músico de portwem puede
formar cualquier patrón concebible de corriente eléctrica. Los pedales de
debajo controlan la intensidad de la corriente.
Fields
asintió distraídamente y deslizó los dedos, al azar, sobre el teclado. Vio cómo
el pequeño galvanómetro, localizado justo encima de las teclas, oscilaba
violentamente cada vez que apretaba un botón. Aparte de esto, no percibió nada.
—¿Es
verdad que el instrumento está tocando?
El
marciano sonrió.
—Sí,
así es. Y una serie de atroces discordancias, además.
Tomó
asiento frente al instrumento y murmuró:
—Se
hace así.
Sus
dedos rozaron rápida y expertamente los brillantes botones. El sonido de una
chillona voz marciana que gritaba con acentos estridentes le interrumpió, y
Garth Jan se detuvo con súbita confusión.
—Es
Novi Lon —dijo apresuradamente a Fields—. Como de costumbre, no le gusta mi
forma de tocar.
Fields
se levantó para saludar al recién llegado. Tenía, los hombros encorvados y no
había duda de que con taba una edad avanzada. Un fino trazado de arrugas,
especialmente alrededor de los ojos y la boca, cubría su rostro.
—Así
que éste es el joven terrícola — exclamó, en un inglés con marcado acento—.
Desapruebo su irreflexión, pero simpatizo con su deseo de asistir a un portwem.
Es una lástima que no pueda disfrutar de nuestro sentido más que cinco minutos.
Sin él, nadie puede decir sinceramente que ha vivido.
Garth
Jan se echó a reír.
—Exagera,
Lincoln. Es uno de los mejores músicos de Marte y cree que cualquiera que
prefiera respirar a oír un portwem merece la condenación eterna. —
Abrazó cariñosamente al anciano—. Fue mi profesor en mi juventud y pasó muchas
horas esforzándose en enseñarme las mejores combinaciones de circuitos.
—Y al
final he fracasado, zopenco —dijo el viejo marciano—. He oído tus intentos al
entrar. Aún no has aprendido la combinación fortgass correcta. Estabas
profanando el alma del gran Bar Danin. ¡Mi alumno! ¡Bah! ¡Es una vergüenza!
La
entrada del tercer marciano, Done Vol, impidió a Novi Lon continuar con su
diatriba. Garth, satisfecho de aquel descanso momentáneo, se apresuró a
acercarse al médico.
—¿Todo
listo?
—Sí
—gruñó Vol con mal humor— y será un experimento particularmente interesante.
Sabemos todos los resultados por adelantado. —Su mirada cayó sobre el
terrícola, al que observó coléricamente—. ¿Es éste el que quiere ser inoculado?
Lincoln
Fields afirmó con impaciencia y sintió que de pronto se le secaban la garganta
y la boca. Observó al recién llegado con incertidumbre y se sintió intranquilo
al ver una diminuta botella de líquido claro y una hipodérmica que él médico
había extraído del maletín que llevaba.
—¿Qué
va usted a hacer? —inquirió.
—Nada
más que inocularte. Sólo tardará un segundo —le aseguró Garth Jan—. Verás, en
este caso los órganos sensitivos son varios grupos de células de la corteza del
cerebro. Están activados por luna hormona, una preparación sintética que se
emplea para estimular las células durmientes del ocasional marciano que ha
nacido... er... «ciego». Tú recibirás el mismo tratamiento.
—¡Oh...!
¿Así que los terrícolas poseen esas células corticales?
—En un
estado muy rudimentario. La hormona concentrada las activará, pero sólo durante
cinco minutos. Después de este tiempo, literalmente se apagan como resultado de
su inusitada actividad. Luego ya no pueden ser reactivadas en ninguna
circunstancia.
Done
Vol terminó los preparativos de último momento y se acercó a Fields. Sin una
palabra, Fields extendió el brazo derecho y la hipodérmica se hundió en él. Una
vez concluida la operación, el terrícola esperó uno o dos minutos y soltó una
carcajada temblorosa.
—No
siento ningún cambio.
—No lo
sentirás hasta dentro de diez minutos —explicó Garth—. Lleva tiempo. Siéntate
cómodamente y descansa. Novi Lon ha empezado Canales en el desierto, de Bar
Danin, es mi favorito, y cuando la hormona empiece su trabajo, estarás en la
gloria.
Ahora
que la suerte estaba echada, Fields se sentía insensiblemente tranquilo.
Novi
Lon tocaba sin cesar, y Garth Jan, a la derecha del terrícola, se hallaba
sumido en la composición. Incluso Done Vol, el irritable médico había olvidado
su mal genio por el momento.
Fields
sonrió disimuladamente para sí.
Los
marcianos escuchaban con atención, pero para él la habitación estaba
desprovista de sonido y... casi de cualquier otra sensación. Pero —no, era
imposible, desde luego— ¿y si todo aquello no fuera más que una broma? Se
removió con inquietud en su asiento y desechó la idea de su mente.
Los
minutos pasaban; los dedos de Novi Lon volaban; la expresión de Garth Jan
revelaba genuino placer.
Entonces
Lincoln Fields parpadeó rápidamente. Por un momento una aureola de color
pareció rodear al músico y su instrumento. No podía identificarlo... pero
estaba allí. Aumentó y se extendió hasta que la estancia estuvo llena de
aquello. Otros matices vinieron a sumársele y después otros. Se entrelazaban y
ondeaban; dilatándose y contrayéndose; cambiando con velocidad de relámpago y
permaneciendo igual. Se formaban intrincados patrones de brillante tintas para
desaparecer en seguida, estallando en silenciosas explosiones de colorante los
ojos del joven. Simultáneamente, se produjo la impresión de sonido. A partir de
un susurro, creció hasta convertirse en un glorioso y resonante grito que
recorrió la escala en todas direcciones en trepidantes trémolos.
Creía
oír todos los instrumentos, desde el flautín hasta el contrabajo,
simultáneamente, y sin embargo, paradójicamente, cada uno de ellos sonaba en su
oído con solitaria claridad.
Y
junto a esto, se produjo la sensación aún más sutil del olor. Desde una
sospecha, una simple sombra, se convirtió en un fantasmal campo de flores.
Delicados aromas de especias se sucedieron unos a otros, con una intensidad
cada vez más fuerte; en sutiles emanaciones de placer. Pero todo esto no era
nada. Fields lo sabía. De alguna forma, sabía que lo que oía, veía y olía no eran
más que ilusiones..., espejismos de un cerebro que trataba frenéticamente de
interpretar una concepción totalmente nueva de la misma forma vieja y familiar.
Gradualmente,
los colores, los sonidos y los olores murieron. Su cerebro estaba empezando a
comprender que se enfrentaba con algo nunca experimentado hasta el momento. El
efecto de la hormona se hizo más fuerte, y de pronto —en una explosión— Fields
supo lo que sentía. No lo vio, ni lo oyó, ni lo saboreó, ni lo palpó. Sabía lo
que era, pero no se le ocurría el modo de describirlo. Lentamente, comprendió
que no había ninguna palabra que lo designara. Aún más lentamente, comprendió
que ni siquiera había ningún concepto para hacerlo.
Sin
embargo, sabía lo que era.
En su
cerebro golpeaba algo que consistía en ondas puras de placer... algo que le
elevaba fuera de sí mismo y le sumergía de lleno en un universo desconocido
para él hasta entonces. Se sumía en la interminable eternidad de... algo. No
era sonido ni visión, sino que era... algo. Algo que le rodeaba y le ocultaba
de todo lo que había a su alrededor..., eso es lo que era. Era interminable e
infinito en su variedad, y con cada onda, avistaba un horizonte más lejano, y
la maravillosa sensación se hacía más profunda y dulce, y más hermosa.
Entonces
llegó la discordancia. Primero como un ligero crujido... que desfiguró una
belleza perfecta. Después se extendió, ramificó y aumentó, hasta que, por
último, se resquebrajó atronadoramente... aunque sin un sólo sonido.
Lincoln
Fields, aturdido y perplejo, volvió a encontrarse en la habitación de
conciertos.
Se
puso tambaleantemente en pie y asió a Garth Jan por el brazo con violencia.
—¡Garth! ¿Por qué ha parado? ¡Dile que continúe! ¡Díselo!
La
asombrada expresión de Garth Jan se trocó en otra de piedad.
—Aún
está tocando, Lincoln.
La
confundida mirada del terrícola no demostró haberle entendido. Miró a su
alrededor sin ver nada. Los dedos de Novi Lon corrían a lo largo del teclado
tan ágilmente como antes; la expresión de su rostro seguía igual de absorta.
Lentamente, comprendió la verdad, y los ojos vacíos de Lincoln se llenaron de
horror.
Se
sentó, emitiendo una exclamación ahogada, y enterró la cabeza entre las manos.
¡Los
cinco minutos habían pasado! ¡No podían volver!
Garth
Jan sonreía... una sonrisa de desagradable malicia.
—Hace
un momento me compadecía de ti Lincoln, pero ahora me alegro... ¡me alegro! Tú
me obligaste a hacerlo..., me obligaste. Espero que estés satisfecho, porque
sin duda yo lo estoy. Durante el resto de tu vida —su voz se convirtió en un
murmullo sibilante— te acordarás de estos cinco minutos y de lo que te
pierdes... de lo que nunca volverás a tener. ¡Estás ciego, Lincoln..., ciego!
El
terrícola alzó un rostro macilento y sonrió, pero no hizo otra cosa que enseñar
los dientes. Necesitó toda la fuerza de voluntad que poseía para mantener un
aire de compostura.
No fue
capaz de hablar. Con pasos vacilantes, salió de la habitación, con la cabeza
erguida hasta el fin. Y en su interior, aquella minúscula y amarga voz, repetía
una y otra vez:
«¡Vuelves
a ser un hombre normal! Te vas ciego..., ciego..., CIEGO.»
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