—La demostración está a punto —dijo Oscar
Harding en voz baja, como para sí mismo, cuando el teléfono sonó para anunciar
que el general estaba subiendo las escaleras.
Ben Fife, joven asociado de Harding, hundió
los puños profundamente en los bolsillos de la chaqueta de laboratorio.
—No llegaremos a ninguna parte —dijo—. El
general no cambiará de idea. —Y miró de soslayo el anguloso perfil, las
chupadas mejillas, el ralo cabello cano de su compañero. Harding podía ser un
mago de las instalaciones electrónicas, pero parecía no poder comprender qué
clase de hombre era el general.
Y Harding respondió mansamente:
—Ah, nunca se sabe.
El general dio unos golpecitos a la puerta,
aunque sólo como fórmula, puesto que entró sin detenerse, sin esperar una
respuesta. Dos soldados se apostaron en el pasillo, uno a cada lado de la
puerta. Miraban hacia todas partes, preparadas las armas.
El general Gruenwald exclamó vivamente:
—¡Profesor Harding! —En seguida hizo un leve
movimiento de cabeza en dirección a Fife, y luego, por un momento, estudió a la
otra persona presente en la habitación.
Este era un hombre de cara inexpresiva que se
sentaba aparte, en una silla de respaldo duro, medio oscurecido por el equipo
que le rodeaba.
En la persona del general, todo tenía un
carácter vivo: su andar, la manera de mantener erguida la espalda, la manera de
hablar... Era todo líneas rectas y ángulos, manteniéndose absolutamente fiel en
todos los aspectos a la rígida etiqueta del soldado nato.
—¿No quiere sentarse, general? —murmuró
Harding—. Gracias. Ha sido muy amable viniendo; hace bastante tiempo que trato
de verle. Me doy cuenta de que es un hombre muy atareado.
—Y como es cierto que lo estoy —interrumpió
el general—, vayamos al grano.
—Tan al grano como sea posible, señor.
Presumo que está enterado del proyecto que estamos realizando aquí. Está
enterado de nuestro neurofotoscopio.
—¿Su proyecto ultrasecreto? Naturalmente. Mis
ayudantes científicos me tienen al corriente de sus progresos lo mejor que pueden.
Pero no me opongo a que me dé unas cuantas aclaraciones más. ¿Qué quiere?
La prontitud de la pregunta hizo parpadear a
Harding. Luego dijo:
—Para ser breve... que el proyecto deje de
ser materia secreta. Quiero que el mundo sepa que...
—¿Por qué quiere que sepan nada?
—La neurofotoscopía es un problema
importante, señor, y enormemente complicado. Me gustaría que todos los
científicos de todas las naciones trabajaran en él.
—No, no. Ya lo hemos discutido demasiadas
veces. El descubrimiento nos pertenece, y nos lo guardamos.
—Se quedará en un descubrimiento muy pobre si
nos lo reservamos para nosotros solos. Permítame que se lo explique una vez
más.
El general miró su reloj.
—Será perfectamente inútil.
—Tengo un sujeto nuevo. Una demostración
nueva. Puesto que ha venido aquí, al menos, general, ¿no querrá escuchar un
rato nada más? Omitiré en todo lo posible los detalles científicos y diré
solamente que los potenciales eléctricos variables de las células cerebrales se
pueden registrar como diminutas ondas irregulares.
—Electroencefalogramas. Sí, lo sé. Hace un
siglo que los conocemos. Y sé lo que hacen ustedes con ellos.
—Ah..., sí —Harding se puso más serio—. Las
ondas cerebrales en sí mismas traen la información demasiado compacta. Nos dan
todo el conjunto de cambios de cien mil millones de células cerebrales a la
vez. Mi descubrimiento era un método práctico para convertirlos en diseños
coloreados.
—Con el neurofotoscopio de usted —dijo el
general, señalándolo—. Ya ve, reconozco la máquina.
Todas y cada una de las cintas y medallas de
su pecho ocupaban el puesto que les correspondía con un margen de error de
menos de un milímetro.
—Si, el aparato produce efectos cromáticos,
imágenes reales que parecen llenar el aire y cambian con gran rapidez. Se
pueden fotografiar, y son muy hermosas.
—He visto tales fotografías —dijo fríamente.
—¿Ha visto el aparato mismo en acción?
—Un par de veces. Y usted estaba presente.
—Ah, si. —El profesor parecía desconcertado—.
Pero no ha visto a este hombre; nuestro nuevo sujeto —dijo, señalando
brevemente al que ocupaba la silla. Era un individuo de mentón puntiagudo,
nariz larga, sin vestigio de cabello en el cráneo y siempre con una expresión
ausente en la mirada.
—¿Quién es? —preguntó el general.
—El único nombre que le damos es el de Steve.
Es un retrasado mental; pero produce los diseños más intensos que hayamos
encontrado jamás, hasta la fecha. El motivo de que así ocurra lo ignoramos. Y
si tiene algo que ver, o no, con su desarrollo mental...
—¿Se propone enseñarme qué hace? —Interrumpió
el general.
—Si tiene la bondad de mirar, general
—Harding hizo un signo con la cabeza a Fife, quien se puso en movimiento al
instante.
Como de costumbre, el sujeto miraba a Fife
con moderado interés, haciendo lo que le ordenaban y sin ofrecer ninguna
resistencia. El ligero casco de plástico se le adaptaba perfectamente al
afeitado cráneo y cada uno de los complicados electrodos encajaba debidamente.
Fife procuraba trabajar con la misma finura y pericia de siempre bajo la
desacostumbrada tensión del momento. Sufría horrores por miedo a que el general
volviese a mirar el reloj y se marchase. Al cabo de unos minutos, se apartó
unos pasos, jadeando y preguntó:
—¿Debo activarlo ya, profesor Harding?
—Si. En seguida.
Fife cerró suavemente un contacto y, encima
de la cabeza de Steve, el aire pareció saturado al instante de un color que se
volvía más luminoso paulatinamente. Aparecieron unos círculos, y otros círculos
dentro de los primeros, girando, arremolinándose y partiéndose.
Fife experimentaba una viva sensación de
malestar; pero la rechazó irritado. Era la emoción del sujeto, de Steve, no la
suya propia. El general debía de haberla recibido también, porque se revolvía
en el asiento y carraspeaba ruidosamente.
Harding dijo con toda naturalidad:
—Los dibujos no contienen más información que
las ondas cerebrales, en realidad, pero se pueden estudiar y analizar mucho más
fácilmente. Es como cuando se mira unos microbios con el microscopio. No se
añade nada nuevo a ellos; pero lo que hay se ve mucho más fácilmente.
Steve daba señales continuas y cada vez más
intensas de desasosiego. Fife percibía que la causa de aquella desazón era la
ruda y antipática presencia del general. Aunque Steve no cambiaba de posición
ni manifestaba tener miedo, los colores de los dibujos que su mente creaba se
hacían más disonantes y los círculos exteriores se entrelazaban llamativamente,
El general levantó la mano como para apartar
de si las oscilantes luces.
—¿Qué me dice de todo eso, profesor?
—Contando con Steve, podemos adelantar camino
más aprisa aún que hasta el momento actual. Hemos aprendido ya más en los dos
años que hace que ideé el primer neurofotoscopio que en los cincuenta años
anteriores. Con Steve, y con otros como él, y con la ayuda de los científicos
del mundo...
—Me han dicho que usted puede utilizar eso
para influir en las mentes —dijo vivamente el general.
—¿Influir en las mentes? —Harding meditó un
momento—. ¿Se refiere a la telepatía? Decir tal cosa es una exageración. Las
mentes son demasiado diferentes unas de otras para ello. Los finos detalles de
la manera de pensar de usted no se parecen a los míos ni a los de nadie, y las
pautas cerebrales originales no concuerdan nunca. Hemos de traducir el
pensamiento en palabras, medio de comunicación mucho más tosco, y aun así les
cuesta bastante a los seres humanos establecer contacto unos con otros.
—¡No me refiero a la telepatía! ¡Quiero decir
las emociones! Si el sujeto se encoleriza, puede inducir al receptor a sentir
cólera. ¿No es cierto?
—Por así decirlo.
El general estaba visiblemente agitado.
—Esas cosas... de ahí... —su índice señalaba
los dibujos, que ahora giraban rápida y muy desagradablemente—. Se pueden
utilizar para gobernar emociones. Con ellas, propagadas por televisión, se
puede manipular emocionalmente a poblaciones enteras. ¿Podemos permitir que un
poder semejante caiga en malas manos?
—Si existiera un poder semejante —replicó
afablemente Harding—, no habrá manos buenas.
Fife arrugó el ceño. Era un comentario
peligroso. Harding parecía olvidar de vez en cuando que los viejos tiempos de
la democracia habían pasado ya.
Pero el general no le dio importancia.
—No creía que hubiesen llevado eso a un punto
tan adelantado. No sabía que contaran con ese... Steve. Busquen a otros como
él. Entretanto el ejército se hace cargo de esta investigación. ¡Totalmente!
—Espere, general, diez segundos nada más.
—Harding se volvió hacia Fife—: Dale el libro a Steve, ¿quieres, Ben?
Fife obedeció prestamente. El libro era uno
de los nuevos «caleidolibros» que narraban cuentos por medio de fotografías en
colores, fotografías que iban transformándose y cambiando lentamente, una vez
abierto el libro. Eran una especie de dibujos animados guardados dentro de una
encuadernación en tela. Steve sonreía mientras alargaba la mano ansiosamente
para cogerlo.
Casi al momento los coloreados dibujos que se
apiñaban sobre su casco de plástico cambiaron de naturaleza. Disminuyó la
velocidad con que giraban, y los colores se dulcificaron. Los diseños del
interior del círculo se hicieron menos discordantes.
Fife exhaló un suspiro de alivio y dejó que
la cordialidad y el sosiego invadieran su ser. Harding dijo:
—General, no se deje alarmar por la
posibilidad de controlar las emociones. El aparato ofrece muchas menos
posibilidades para ello de lo que usted se imagina. Claro, hay hombres cuyas
emociones se pueden gobernar a capricho; pero para éstos no se necesita el
neurofotoscopio. Son personas que reaccionan, sin pensar, ante anuncios,
música, uniformes; ante casi todo. En otro tiempo Hitler dominó Alemania hasta
sin televisión, y Napoleón dominaba Francia sin contar ni siquiera con la
radio, ni con periódicos de gran circulación... El neurofotoscopio no ofrece
nada nuevo.
—No creo lo que me está diciendo —murmuró el
general; pero volvía a estar pensativo.
Steve miraba con vivo interés el
«caleidolibro», y las decoraciones de encima de su cabeza se habían detenido
casi en unos círculos de colores cálidos y complicadamente detallados que
latían de placer.
La voz de Harding tenía un acento casi
incitante.
—Siempre hay personas que no quieren
doblegarse; que no se adaptan, y estas personas son las más importantes de una
sociedad. No se doblegan a las pautas de colores ni más ni menos que a ninguna
otra forma de persuasión. Entonces, ¿por qué preocuparse por el duende inútil
del control de las emociones? Miremos, en cambio, el neurofotoscopio como el
primer instrumento gracias al cual se puede analizar de verdad la función
mental. Eso es lo que debería interesarnos a todos. El adecuado estudio de la
humanidad es el hombre; como dijo Alexander Pope: ¿qué es el hombre sino su
cerebro?
El general permanecía callado.
—Si logramos solucionar el problema de cómo
funciona el cerebro —continuó Harding—, y descubrimos por fin qué es lo que
hace hombre a un hombre, estaremos en camino de comprendernos a nosotros
mismos, que es el problema más difícil y más digno de estudio de todos los que
tenemos planteados. ¿Y cómo es posible que eso lo haga un hombre solo? ¿O que
lo haga un laboratorio solo? ¿Cómo puede llevarse a cabo en secreto y con
miedo? Debe cooperar todo el mundo científico... General, ¡levante la
calificación de materia reservada con respecto a este proyecto! ¡Expóngalo sin
reservas ante todos los hombres!
—Creo que tiene razón, después de todo —dijo
el general moviendo la cabeza con un signo afirmativo.
—Tengo aquí el documento preciso. Si lo firma
y lo sanciona con la huella del pulgar; si utiliza los dos guardias que ha
dejado apostados fuera como testigos; si avisa a la Junta Ejecutiva por video
en circuito cerrado; si...
El asunto había quedado resuelto. Ante los
atónitos ojos de Fife, el asunto había quedado totalmente resuelto.
Cuando el general estuvo fuera, el
neurofotoscopio desconectado y Steve devuelto a sus asuntos, Fife consiguió
dominar por fin su asombro el rato suficiente para hablar.
—¿Cómo le ha podido persuadir tan fácilmente,
profesor Harding? Usted había expuesto su punto de vista detalladamente en una
docena de informes, sin conseguir el menor resultado.
—Nunca lo había expuesto en esta habitación,
con el neurofotoscopio en marcha —dijo Harding—. Nunca había dispuesto de un
sujeto tan intensamente emisor como ese Steve. Muchas personas se sustraen al
control de las emociones, tal como he dicho, pero algunas no. A las que tienden
a doblegarse se las induce fácilmente a estar de acuerdo con otras. Yo he
llevado el juego sobre la base de que a todo hombre que se siente a gusto en
uniforme y vive sujeto a las normas militares se le puede arrastrar fácilmente,
por muy poderoso que se crea él mismo.
—¿Quiere decir... que Steve...?
—Por supuesto. Primero he dejado que el
general experimentara su desazón; luego tú le has dado el «caleidolibro» a
Steve y el aire se ha llenado de felicidad. Tú mismo la experimentabas, ¿verdad
que sí?
—Sí. Desde luego.
—Pensé que el general no sabría resistirse a
esa felicidad que seguía tan repentinamente a la inquietud, y no se ha
resistido. En aquel momento, todo le habría parecido bien y bueno.
—Pero se sobrepondrá a esta emoción, ¿verdad?
—Con el tiempo si, supongo; pero ¿y qué? En
estos instantes estamos enviando ya los informes sobre los progresos
fundamentales en materia de neurofotoscopía a todas las agencias de noticias
del mundo. El general puede detener la información aquí, pero no en todas
partes... No, tendrá que sacar el mejor partido posible de la situación. Por
fin la humanidad podrá emprender el estudio de sí misma.
FIN
Título original en
inglés: The Proper Study © 1968.
Publicado
en Buy Jupiter and
Other Stories.
Traducción de
Baldomero Porta.
Compre Júpiter y otro
relatos. Editorial Bruguera.
Edición digital de
Questor. Junio de 2002.
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