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Traducido por Luis H. Aristizábal
A
LUISE, Como un testimonio de afectuoso reconocimiento.
Yo
vivía entonces en una callecita que usted no conoce sin duda, la rue de
Lesdiguières: comienza en la rue Saint‑Antoine, frente a una fuente cerca de la
plaza de la Bastilla y desemboca en la rue de La Cerisaie. El amor de la
ciencia me había depositado en una buhardilla donde trabajaba durante la noche,
y pasaba el día en una biblioteca vecina, la de Monseñor. Vivía
frugalmente, había aceptado todas las condiciones de la vida monástica, tan
necesaria a los trabajadores. Cuando hacía buen tiempo, apenas me paseaba sobre
el bulevar Bourdon. Una sola pasión me llevaba fuera de mis hábitos estudiosos;
¿pero eso no es igualmente estudiar? Iba a observar las costumbres del barrio,
sus habitantes y sus caracteres. Tan mal vestido como los obreros, indiferente
al decoro, no los ponía en guardia contra mí; podía mezclarme en sus grupos,
verlos cerrar sus negocios, y disputándose a la hora en que salían del trabajo.
En mí la observación se había vuelto ya intuitiva, penetraba el alma sin
olvidar el cuerpo; o más bien aprehendía tan bien los detalles exteriores, que
iba de inmediato más allá; ella me daba la facultad de vivir la vida del
individuo sobre la cual se ejercía, permitiéndome sustituirme por él como el
derviche de las Mil y una Noches tomaba el cuerpo y el alma de las personas sobre
las cuales pronunciaba ciertas palabras.
Cuando, entre las once y medianoche, me topaba
con un obrero y su mujer regresando juntos del Ambigu‑Comique, me
divertía siguiéndolos desde el bulevar del Pont‑aux‑Choux hasta el bulevar
Beaumarchais. Aquellas bravas gentes hablaban primero de la obra que habían
visto; de una cosa en otra, llegaban a lo que los interesaba; la madre le
halaba la mano a su hijo, sin escuchar ni sus quejas ni sus pedidos; los dos
esposos contaban el dinero que les sería pagado al día siguiente, lo gastaban
de veinte maneras diferentes.
Se
trataba entonces de los detalles domésticos, del malestar por el precio
excesivo de las patatas, o por la duración del invierno y el encareicimiento de
la leña, de las manifestaciones enérgicas sobre lo que le debían al panadero;
en fin, de las discusiones que se envenenaban, y en las que cada uno de ellos
desplegaba su carácter en palabras pintorescas. Escuchando a aquellas personas,
yo podía identificarme con su vida, sentía sus harapos sobre la espalda, metía
los pies en sus zapatos rotos; sus deseos, sus necesidades, todo pasaba en mi
alma, o mi alma pasaba a las suyas. Era el sueño de un hombre despierto. Me
dejaba llevar con ellos contra los jefes de taller que los tiranizaban, o
contra las malas prácticas que los hacían regresar varias veces sin pago.
Abandonar sus hábitos, convertirse en otro
distinto por la embriaguez de las facultades morales, y jugar ese juego a
voluntad, tal era mi distracción. ¿A qué debo ese don? ¿Se trata de una segunda
visión? ¿Es una de esas cualidades cuyo abuso lleva a la locura? No he buscado nunca las causas de
este poder; lo poseo y de él me sirvo, eso es todo. Baste saber que, desde esa
época, yo había aislado los elementos de esta masa heterogénea llamada el pueblo,
que la había analizado con la idea de poder evaluar sus cualidades, buenas o
malas. Sabía ya de qué
utilidad podría ser ese barrio, ese seminario de revoluciones que encierra a
los héroes, a los inventores, a las práticas sapientes, a los bribones, a los
bandidos, a las virtudes y a los vicios, todos comprimidos por la miseria,
asfixiados por la necesidad, ahogados en el vino, gastados por los licores
fuertes. ¡No podemos imaginar cuántas aventuras perdidas, cuántos dramas
olvidados en esta ciudad de dolor! ¡Cuántas horribles y bellas cosas! La
imaginación no alcanzará nunca la verdad que se esconde allí y que nadie puede
ir a descubrir; hay que descender demasiado bajo para encontrar esas admirables
escenas o trágicas o cómicas, obras maestras engendradas por el azar. No sé
cómo he esperado tanto tiempo para dar a conocer la historia que voy a contar,
ella hace parte de esos relatos curiosos que se quedaron en el saco de donde la
memoria los extrae caprichosamente como si fueran números de lotería: tengo
muchos otros, tan singulares como éste, igualmente sumergidos; pero ya les
llegará su turno, créanme.
Un
día mi criada, la mujer de un obrero, vino a pedirme que honrase con mi
presencia la boda de una de sus hermanas. Para intentar comprender lo que podía
ser esta boda hay que decir que yo daba cuarenta céntimos por mes a esta pobre
criatura, que venía todas las mañanas a arreglar mi cama, limpiar mi calzado,
cepillar mis trajes, barrer la habitación y preparar mi almuerzo; durante el
resto del tiempo ella iba a dar manivela a una máquina, y ganaba en ese duro
oficio diez céntimos por día. Su marido, un ebanista, ganaba cuatro francos.
Pero como la pareja tenía tres hijos, podían apenas honestamente ganar el pan.
Nunca he encontrado probidad más sólida que la de este hombre y esta mujer.
Cuando me marché del barrio, durante cinco años, la madre Vaillant ha venido a
desearme felicidades trayéndome un ramo de flores y naranjas, ella que no tenía
nunca diez céntimos de ahorros. La miseria nos había acercado. Nunca he podido
darle otra cosa que diez francos, a menudo tomados en préstamo para esta
circunstancia. Esto puede explicar mi promesa de ir a la boda, contaba con
refugiarme en la dicha de esas pobres gentes.
El
festín, el baile, todo tuvo lugar en casa de un comerciante de vino de la rue
de Charenton, en el primer piso, en una gran habitación iluminada por lámparas
con reflectores en hierro blanco, colgadas de un papel grasoso a la altura de
las mesas, y a lo largo de los muros de la cual había bancos de madera. En esta
habitación, ochenta personas endomingadas, rodeadas de ramos y de cintas, todas
animadas por el espíritu de la Pequeña Corte, el rostro iluminado, bailaban
somo si el mundo se fuera a acabar. Los casados se besaban para satisfacción general,
y se escuchaban los ¡he! ¡he!,
los ¡ha! ¡ha! jocosos pero
realmente no más indecentes que las tímidas miradas furtivas de las jovencitas
bien criadas. Todo ese mundo expresaba un contento brutal que tenía no sé qué
de comunicativo.
Pero ni las fisonomías de esta asamblea, ni la
boda, ni nada de ese mundo atañe a mi historia. Retengamos solamente lo extraño
del cuadro. ¡Retengamos bien la boutique innoble y pintada en rojo,
sintamos el olor del vino, escuchemos los aullidos de esta dicha, permanzcamos
en ese barrio, en medio de esos obreros, de esos ancianos, de esas pobres
mujeres libradas al placer de una noche!
La
orquesta se componía de tres ciegos de la asociación de los Trescientos;
el primero era violín, el segundo clarinete, y el tercero octavín. A los tres
les habían pagado en bloque siete
francos por la noche. Por ese precio, es cierto, no daban ni Rossini, ni
Beethoven, tocaban lo que querían y lo que podían; nadie les hacía reproches,
¡encantadora delicadeza! Su música atacaba tan brutalemente el tímpano, que
después de haber paseado los ojos sobre la asamblea, miré al trío de ciegos, y
estuve en principo dispuesto a la indulgencia al reconocer su uniforme. Los
artistas estaban en la alfeizar de una ventana; para distinguir sus fisonomías,
era preciso por lo tanto estar cerca de ellos: no lo noté de inmediato; pero
cuando me acerqué, no sé por qué, todo quedó dicho, la boda y su música
desaparecieron, mi curiosidad fue excitada en el más alto grado, pues mi alma
pasó al cuerpo del clarinetista. El violín y el octavín tenían ambos figuras
vulgares, la figura tan conocida del ciego, llena de contención, atenta y
grave; pero la del clarinete era uno de esos fenómenos que detienen de repente
al artista y al filósofo.
Figurémonos la máscara en yeso de Dante,
iluminada por el resplandor rojizo del quinqué, y coronada por un bosque de
cabellos de un blanco plateado. La expresión amarga y dolorosa de esta
magnífica cabeza se agrandaba por la ceguera, pues los ojos muertos revivían
por el pensamiento; de ellos escapaba un como resplandor quemante, producido
por un deseo único, incesante, enérgicamente inscrito sobre una frente abombada
que atravesaban arrugas semejantes a los cimientos de un viejo muro. El anciano
soplaba al azar, sin poner la menor atención a la mesura ni al aire, sus dedos
bajaban o se elevaban, agitaban las viejas clavijas por un hábito maquinal, no
se molestaba en hacer lo que se llama canards en términos de orquesta,
los bailarines no se daban cuenta más que los dos acólitos de mi italiano; pues
yo quería que fuese un italiano, y era un italiano.
¡Algo de grande y de despótico se encontraba
en ese viejol Homero que guardaba en sí mismo una Odisea condenada al olvido.
Era una grandeza tan real que triunfaba incluso sobre su abyección, era un
despotismo tan vivaz que dominaba la pobreza. Ninguna de las violentas pasiones
que conducen al hombre al bien como al mal, hacen de él un forzado o un héroe,
faltaban a ese rostro noblemente esculpido, lívidamente italiano, sombreado por
cejas grisosas que proyectaban su sombra sobre las cavidades profundas en las
que se temblaba al ver reaparecer la luz del pensamiento, como se teme ver
venir a la boca de una caverna algunos bandidos armados de antorchas y puñales.
Existía un león en esta jaula de carne, un león cuya rabia se hubiera
inútilmente agotado contra el hierro de sus barrotes. El incendio de la
desesperanza se había extinguido en sus cenizas, la lava se había enfriado;
pero los surcos, los trastornos, un poco de humo daban fe de la violencia de la
erupción, de los estragos del fuego. Esas ideas, despertadas por el aspecto de
este hombre, estaban tan calientes en mi alma como frías sobre su figura.
Entre cada contradanza, el violín y el
octavín, seriamente ocupados por su vaso y su botella, colgaban su instrumento
del botón de su levita rojiza, avanzaban la mano sobre una mesita colocada en
el alfeizar de la ventana donde estaba su cantina, y ofrecían siempre al
italiano un vaso lleno que él no podía tomar por sí mismo, pues la mesa se encontraba
detrás de su silla; cada vez, el clarinete les agradecía con un signo de cabeza
amistoso. Sus movimientos se cumplían con esa precisión que sorprende siempre
entre los ciegos de los Trescientos, y que parece hacer creer que ven.
Me acerqué a los tres ciegos para escucharlos; pero cuando estuve cerca de
ellos, me estudiaron, no reconocieron sin duda la naturaleza obrera, y se
callaron.
—¿De qué país es usted, usted el que toca el
clarinete?
—De
Venecia, contestó el ciego con un ligero acento italiano.
—¿Nació usted ciego, o es usted ciego por...?
—Por accidente, contestó vivamente, una maldita gota serena.
—Venecia es una bella ciudad, siempre he
tenido la fantasía de ir allí.
La
fisonomía del anciano se animó, sus arrugas se agitaron, se emocionó
violentamente.
—Si
yo fuera con usted, usted no perdería su tiempo, me dijo.
—No
le hable de Venecia, me dijo el violín, o nuestro dogo va a comenzar su
perorata; ¡y eso que ya tiene dos botellas en el tarro, el príncipe!
—Vamos, adelante, padre Canard, dijo el
octavín.
Los
tres se pusieron a tocar; pero durante el tiempo que les llevó ejecutar las
cuatro contradanzas, el veneciano me olfateaba, adivinaba el excesivo interés
que yo le dedicaba. Su fisonomía abandonó su fría expresión de tristeza; no sé
qué esperanza suavizó todos sus rasgos, se deslizó como una llama azul en sus
arrugas; sonrió, y se limpió la frente, esa frente audaz y terrible; finalmente
se puso alegre como un hombre que monta sobre su caballo.
—¿Qué edad tiene usted? —le pregunté.
—¡Ochenta y dos años!
—¿Desde cuándo es usted ciego?
—Pronto serán ya cincuenta años —contestó con
un acento que anunciaba que sus lamentos no recaían solamente sobre la pérdida
de su vista, sino sobre algún gran poder del cual habría sido despojado.
—¿Por qué entonces le llaman el dogo?
—le pregunté.
—¡Ah! una farsa, me dijo, yo soy patricio de
Venecia, y habría sido dogo como cualquier otro.
—¿Cómo se llama usted, entonces?
—Aquí, me dijo, padre Canet. Mi nombre
nunca ha podido ser escrito de otro modo sobre los registros; pero, en
italiano, es Marco Facino Cane, príncipe de Varese.
—¿Cómo? Usted desciende del famoso condotiero
Facino Cane del cual las conquistas han pasado a los duques de Milán?
—E
vero, me dijo. En ese tiempo, para no ser asesinado por los Visconti, el
hijo de Cane se refugió en Venecia y se hizo inscribir sobre el Libro de oro. Pero ahora no hay más Cane que libro—. E hizo un gesto aterrador de patriotismo extinguido y de disgusto por
las cosas humanas.
—Pero si usted fue senador de Venecia, debe
ser rico; ¿cómo ha podido usted perder su fortuna?
A esta pregunta alzó la cabeza hacia mí, como
para contemplarme con un movimiento verdaderamente trágico, y me contestó:
—¡En las desgracias!
No
pensó más en la bebida, rechazó con un gesto el vaso de vino que le tendió en
ese momento el viejo octavín, luego bajó la cabeza. Esos detalles no eran los
más apropiados para extinguir mi curiosidad. Durante la contradanza que tocaron
los tres instrumentos, yo contemplaba al viejo noble veneciano con los
sentimentos que devoran a un hombre de veinte años. Yo veía Venecia y el
Adriático, los veía en ruinas sobre esta figura arruinada. Me paseaba por esa
ciudad tan querida por sus habitantes, iba del Rialto al Gran Canal, del muelle
de los Esclavos al Lido, regresaba a su catedral, tan originalmente sublime;
miraba las ventanas de la Casa Doro, cada una de las cuales posee ornamentos
diferentes; contemplaba esos viejos palacios tan ricos en mármol, en fin todas
esas maravillas con las cuales el sabio simpatiza tanto más cuanto que los
colorea a su gusto, y no despoetiza sus sueños por el espectáculo de la
realidad. Yo remontaba el curso de la vida de ese retoño del más grande de los condottieri,
buscando en él las huellas de sus desgracias y las causas de esta profunda
degradación física y moral, que hacía más bellas todavía las chispas de
grandeza y de nobleza reanimadas en ese momento. Nuestros pensamientos eran sin
duda comunes, pues creo que la ceguera hace las comunicaciones intelectuales mucho
más rápidas prohibiendo a la atención diluirse sobre los objetos exteriores. La
prueba de nuestra simpatía no se hizo esperar. Facino Cane dejó de tocar, se
levantó, vino hacia mí y me dijo un: —¡Salgamos! — que produjo sobre mí el
efecto de una ducha eléctrica. Le di el brazo, y nos marchamos.
Cuando estuvimos en la calle, me dijo:
—¿Quiere usted llevarme a Venecia, conducirme a ella, quiere usted tener fé en
mí? Lo haré más rico que lo que son las diez casas más ricas de Amsterdam o de
Londres, más rico que los Rotschild, en fin, rico como las Mil y una Noches.
Pensé que el hombre estaba loco; pero había en su voz un poder al cual
obedecí. Me dejé conducir y me llevó hacia los fosos de la Bastilla como si
hubiera tenido ojos. Se sentó sobre una piedra en un lugar muy solitario donde
después fue construido el puente por el cual el canal San Martín se comunica
con el Sena. Me puse sobre otra piedra delante de ese anciano cuyos cabellos
blancos brillaron como hilos de plata a la claridad de la luna. El silencio que
perturbaba apenas el ruido tempestuoso de los bulevares que llegaba hasta
nosotros, la pureza de la noche, todo contribuía a hacer esta escena
verdaderamente fantástica.
—¡Usted habla de millones a un joven, y cree
que él dudaría en arrostrar mil males para conseguirlos! ¿No se está burlando
de mí?
—Que muera sin confesión, me dijo con
violencia, si lo que voy a decirle no es verdad. Yo he tenido veinte años como
usted los tiene en este momento, yo era rico, era bello, era noble, yo he comenzado
por la primera de las locuras, por el amor. He amado como ya nadie ama, hasta
llegar a introducirme en un baúl a riesgo de ser apuñalado dentro sin haber
recibido otra cosa que la promesa de un beso. Morir por ella me parecía toda
una vida. En 1760 me enamoré de una Vendramini, una mujer de diez y ocho años,
casada con un Sagredo, uno de los más ricos senadores, un hombre de treinta
años, loco por su mujer. Mi amante y yo éramos inocentes como dos querubines,
cuando el sposo nos soprendió hablando de amor; yo estaba sin armas, me
insultó, salté sobre él, lo estrangulé con mis dos manos torciéndole el cuello
como a un pollo. Quise partir con Bianca, ella no quiso seguirme. ¡Así son las
mujeres! Me marché solo, fui condenado, mis bienes fueron secuestrados en
provecho de mis herederos; pero había llevado mis diamantes, cinco cuadros de
Tiziano enrollados, y todo mi oro. Me marché a Milán, donde no me molestaron: mi caso no interesaba al
Estado.
—Una pequeña observación antes de continuar, dijo después de una pausa. Que
las fantasías de una mujer influyan o no sobre su hijo mientras que lo lleva en
el vientre o cuando lo concibe, lo cierto es que mi madre tuvo una pasión por
el oro durante su embarazo. Yo tengo por el oro una monomanía cuya satisfacción
es tan necesaria en mi vida que, en todas las situaciones en las que me he
encontrado, nunca he dejado de llevar oro conmigo; constantemente manejaba el
oro; cuando era joven, siempre llevaba puestas joyas y llevaba conmigo siempre
doscientos o trescientos ducados.
Diciedo estas palabras, sacó dos ducados de su
bolsillo y me los mostró.
—Yo huelo el oro. Aunque ciego, me detengo delante de las boutiques
de joyeros. Esta pasión me ha perdido, me hice jugador para jugar con el oro.
Yo no era un bribón, fui engañado, me arruiné. Cuando se terminó mi fortuna, se
apoderó de mí el deseo de ver a Bianca: regresé en secreto a Venecia, la
encontré, fui feliz durante seis meses, escondido en casa de ella, alimentado
por ella. Pensaba deliciosamente terminar así mi vida.
Ella era buscada por el Proveedor; éste
adivinó un rival, en Italia uno los huele: nos espió, nos soprendió en el
lecho, ¡el cobarde! Juzgue cuán viva fue nuestra lucha: no lo maté, lo herí
gravemente. Esta aventura acabó con mi felicidad. Desde ese día nunca he vuelto
a encontrar a Bianca. He tenido grandes placeres, he vivido en la corte de Luis
XV entre las mujeres más célèbres; en ninguna parte he encontrado las
cualidades, las gracias, el amor de mi querida veneciana. El Proveedor tenía
sus gentes, los llamó, el palacio fue sitiado, invadido; me defendí para poder
morir bajo los ojos de Bianca, quién me ayudó a matar al Proveedor. Antaño esta
mujer no había querido huir conmigo; pero después de seis meses de felicidad
quería morir de mi misma muerte, y recibió varios golpes. Puesto en una gran
capa que arrojaron sobre mí, fui enrrollado, llevado en una góndola y
transportado a un calabozo en los pozos. Tenía veintidos años, llevaba tan bien
el trozo de mi espada que para quitármela habrían tenido que cortarme el puño.
Por un azar singular, o más bien inspirado por un pensamiento de precaución,
escondí el trozo de hierro en un rincón, por si pudiera servirme.
Sané. Ninguna de mis heridas era mortal. A los
veintidos años, se regresa de todo. Debía morir decapitado, me hice el enfermo
a fin de ganar tiempo. Creía estar en un calabozo vecino al canal, mi proyecto
era evadirme cavando el muro y atravesando el canal a nado, a riesgo de
ahogarme. Esos eran los razonamientos sobre los que se apoyaba mi esperanza.
Todas los veces que el carcelero me llevaba de comer, yo leía indicaciones
escritas en los muros, como: lado del palacio, lado del canal, lado del
subterráneo, y terminé por idear un plan cuyo sentido me inquietaba poco, pero
explicable por el estado actual del palacio ducal, que no está terminado. Con
el genio que da el deseo de recobrar la libertad, logré descifrar, tocando con
el extremo de los dedos la superficie de una piedra, una inscripción árabe en
la cual el autor de ese trabajo advertía a sus sucesores que él había removido
dos piedras del último cimiento, y cavado once pies de subterráneo. Para
continuar su obra, era preciso extender sobre el piso mismo del calabozo los
trozos de piedra y de mortero producidos por el trabajo de la excavación. Aun
cuando los guardianes o los inquisidores estuvieran muy seguros gracias a la
construcción del edificio de que no exigía más que une vigilancia exterior, la
disposición de los pozos, a los que se desciende por algunos peldaños, permitía
extraer gradualmente el piso sin que los gardias se dieran cuenta. Este inmenso
trabajo había sido superfluo, al menos para quien lo había emprendido, pues no
haberlo acabado significaba la muerte del desconocido. Para que su esfuerzo no
se perdiera para siempre, era preciso que un prisionero supiese el árabe; pero
yo había estudiado las lenguas orientales en el convento de los armenianos. Una
frase escrita detrás de la piedra contaba el destino del infeliz, muerto
víctima de sus inmensas riquezas, que Venecia había codiciado y que se las
arrebató. Me fue necesario un mes para llegar a un resultado. Mientras que yo
trabajaba, y en los momentos en que la fatiga me anonadaba, escuchaba el sonido
del oro, veía el oro delante de mí, ¡estaba deslumbrado por los diamantes! ¡Oh!
Espere. Una noche, mi acero
enmohecido encontró madera. Afilé
la punta de mi espada, e hice un hueco en la madera. Para poder trabajar, me
deslicé como una serpiente sobre el vientre, me desnudé para trabajar a la
manera de los topos, llevando mis manos adelante y haciendo de la piedra
incluso un punto de apoyo. La víspera del día en que debía comparecer delante
de mis jueces, durante la noche, quise intentar un último esfuerzo; atravesé la
madera, y mi hierro no encontró nada más allá. ¡Júzguese cuál sería mi sorpresa
cuando apliqué los ojos sobre el hueco! Estaba en el cielo raso de una cueva
donde una luz débil me permitía percibir un montón de oro. El dogo y
uno&& de los diez estaban en la caverna, podía escuchar sus
voces; sus discursos me enseñaron que allí estaba el tesoro secreto de la
República, los regalos de los dogos, y las reservas del botín llamado el
denario de Venecia, tomado del producto de las expediciones. ¡Me había salvado!
Cuando el carcelero vino, le propuse favorecer mi fuga y partir conmigo
llevándonos todo lo que pudiéramos tomar. El no podía vacilar y aceptó. Un navío hacía
velas hacia el Levante, tomamos todas los precauciones posibles, Bianca aprobó
las medidas que yo dictaba a mi cómplice. Para no dar la alarma, Bianca debía reunírsenos en
Esmirna. En una noche agrandamos el hueco, y descendimos al tesoro secreto de
Venecia. ¡Qué noche! He visto cuatro toneles llenos de oro. En la pieza
adyacente, el dinero estaba igualmente reunido en dos pilas que dejaban un
camino en medio para atravesar la habitación donde las piezas amontonadas en
talud ocupaban los muros hasta cinco pies de altura. Creí que el carcelero se
volvería loco; cantaba, saltaba, reía, brincaba en el oro; lo amenacé con
estrangularlo si perdía el tiempo o si hacía ruido. En su dicha, no reparó en
una mesa en la que yacían los diamantes. Me arrojé encima de ellos con la
habilidad suficiente para llenar mi chaqueta de marino y los bolsillos de mi
pantalón. ¡Dios mío! No había tomado ni la tercera parte.
Bajo la mesa estaban los lingotes de oro.
Persuadí a mi compañero para que llenara de oro tantos sacos como pudiéramos
cargar, haciéndole observar que era la única manera de no se descubiertos en el
extranjero. —Las perlas, las joyas, los diamantes nos darían a conocer, le
dije. Cualquiera que fuese nuestra avidez, no pudimos tomar sino dos mil libras
de oro, que necesitaron seis viajes a través de la prisión hasta la góndola. El
sentinela de la puerta de agua había sido ganado gracias a un saco de diez
libras de oro. En cuanto a los dos gondoleros, creían estar sirviendo a la
República. Al llegar el día,
partimos. Cuando estuvimos en
alta mar, y recordé la noche; cuando me acordé de las sensaciones que había
tenido, cuando volví a ver ese inmenso tesoro en el que, según mis
evaluaciones, dejaba treinta millones en plata y veinte millones en oro, varios
millones en diamantes, perlas y rubíes, se hizo en mí como un movimiento de
locura. Tuve la fiebre del oro. Logramos que nos desembarcaran en Esmirna, y
nos embarcamos de inmediato para Francia. Cuando subíamos al navío francés,
Dios me hizo la gracia de desembarazarme de mi cómplice. En ese momento no
pensé en todo el alcance de ese fechoría del azar, de la cual me alegré mucho.
Estábamos tan completamente enervados que permanecimos atontados, sin decirnos
nada, esperando que estuviésemos en seguridad para gozar con tranquilidad. No
es sorprendente que la cabeza se le haya extraviado a ese hombre extraño. Usted verá cuánto me ha castigado
Dios. No me sentí tranquilo
sino después de haber vendido los dos tercios de mis diamantes en Londres y en
Amsterdam, y cambié mi polvo de oro en valores comerciales. Durante cinco años,
me escondí en Madrid; luego, en 1770, vine a París bajo un nombre español, y
llevé el tren de vida más brillante. Bianca había muerto. En medio de mis
voluptuosidades, cuando gozaba de una fortuna de seis millones, me atacó la
ceguera. No dudo que esta enfermedad sea el resultado de mi estadía en el
calabozo, de mis trabajos en la piedra, aunque mi facultad de ver el oro no
llevara a un abuso del poder visual que me predestinara a perder los ojos. En
ese momento, yo amaba una mujer a la cual contaba unir mi suerte; le había
dicho el secreto de mi nombre, ella pertenecía a una familia poderosa, yo
esperaba todo del favor que me acordaría Luis XV; había puesto mi confianza en
esta mujer, que era amiga de madame du Barry; ella me aconsejó consultar a un
famoso oculista de Londres: pero, después de algunos mes de estadía en esa
ciudad, fui abandonado por esa mujer en Hyde‑Park; me había despojado de toda
mi fortuna sin dejarme ningún recurso; puesto que, obligado a esconder mi
nombre, que me libraba a la venganza de Venecia, no podía invocar la asistencia
de nadie, le temía a Venecia. Mi enfermedad fue explotada por los espías que
esta mujer había destinado a mi persona. Le hago gracia de aventuras dignas de
Gil Blas. La Revolución llegó. Fui forzado a entrar en los Trescientos,
donde esta criatura me hizo admitir después de haberme mantenido durante dos
años en Bicêtre como loco; nunca la he podido matar, ya no veía, y era
demasiado pobre como para pagar un asesino. Si antes de perder a Benedetto
Carpi, mi carcelero, le hubiera consultado acerca de dónde estaba situado mi
calabozo, habría podido reconocer el tesoro y retornar a Venecia cuando la
República fue aniquilada por Napoléon. No obstante, a pesar de mi ceguera,
¡vamos a Venecia! Volveré a encontrar la puerta de la prisión, veré el oro a
través de las murallas, lo oleré bajo los aguas donde está escondido; pues los
sucesos que han echado abajo el poder de Venecia son tales que el secreto de
ese tesoro ha debido morir con Vendramino, el hermano de Bianca, un dogo, que,
así esperaba, habría hecho mi paz con los diez.
He
dirigido notas al primer cónsul, he propuesto un tratado al emperador de
Austria, ¡todos me han tratado como a un loco! Venga, partamos para Venecia,
partamos como mendigos, regresaremos millonarios; volveremos a comprar mis
bienes, y usted será mi heredero, usted será príncipe de Varese.
Atolondrado por esta confidencia, que en mi
imaginación tomaba las proporciones de un poema, ante el aspecto de esta cabeza
blanquecina, y delante del agua negra de los fosos de la Bastilla, agua
durmiente como la de los canales de Venecia, no respondí. Facino Cane creyó sin
duda que yo le juzgaba como todos los otros, con una piedad desdeñosa; hizo un
gesto que expresó toda la filosofía de la desesperación. El relato lo había
regresado quizás a sus días felices, en Venecia: tomó su clarinete y tocó
melancólicamente una canción veneciana, barcarola, en la cual se
reencontró con su talento original, su talento de patricio enamorado. Fue algo como el Super flumina
Babylonis. Mis ojos se
llenaron de lágrimas. Si algunos paseantes retardados vinieron a pasar a lo
largo del bulevar Bourdon, sin duda se detuvieron para escuchar esta última
súplica del exiliado, la última queja de un nombre perdido, al cual se mezclaba
el recuerdo de Bianca. Pero el oro retornó muy pronto a la superficie, y la
fatal pasión extinguió este resplandor de juventud.
—Ese tesoro, me dijo, lo veo siempre,
despierto como en sueño; me paseo por él, los diamantes brillan, no soy tan
ciego como usted cree: el oro y los diamantes alumbran mi noche, la noche del
último Facino Cane, pues mi título pasa a los Memmi. ¡Dios mío! ¡la punición
del asesino ha comenzado bien temprano! Ave María...
Dejó escapar algunas plegarias que no escuché.
—Iremos a Venecia, exclamé cuando se levantó.
—Entonces he encontrado un hombre,
exclamó, con el rostro en fuego.
Lo
conduje dándole el brazo; me apretó la mano en la puerta de los Trescientos,
en el momento en que algunas personas de la boda regresaban gritando en alta
voz.
—¿Partiremos mañana? —dijo el
anciano.
—Apenas tengamos algún dinero.
—Pero podemos ir a pie, yo pediré limosna...
Soy robusto, y uno es joven cuando ve oro delante de sí.
Facino Cane murió durante el invierno después de haber languidecido dos
meses. El pobre hombre sucumbió a un catarro.
París, marzo de 1836.
***
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