No había sabor más dulce que
el de la batalla ganada, reflexionó Lambda.
Abajo, las tropas se
arremolinaban y bramaban, con los cuerpos fornidos atravesados de lado a lado
por halos de celebración: gotas color oro quemado, azules penetrantes y
calientes. Habían matado legiones de Doctrinarios en una aterradora masacre.
Ahora defendían su posición
en las sierras formando filas compactas, un muro viviente que le hacía frente
al pasado moribundo. El triste velo de la historia ya estaba cerrándose sobre
los Doctrinarios, pensó Lambda, mientras los observaba emprender la retirada,
desbaratadas sus filas, por la llanura colmada de cicatrices. Pero el Mundo
Madre seguía funcionando, indiferente a las iras mezquinas que surgieran en su
superficie. La irradiación penetró en los extendidos pies disco de Lambda.
Durante un pacífico momento, se relajó, desparramando las mullidas plantas para
absorber nuevas energías de la Madre. Lambda había agotado gran parte de sus
reservas eléctricas y necesitaba reaprovisionarse. Con un hormigueo, las
voluptuosas oleadas ascendieron por sus piernas huesudas.
—¡Victoria! —se escuchó gri
tar abajo—. ¡Verdad!
Lambda se regodeaba en el
momento, pero, como siempre, lo que captaba su atención era la grandiosidad
natural del Mundo. Después de todo, en el fondo seguía siendo un científico. Al
pie de las montañas de es
coria, los glaciares
avanzaban. Se deslizaban destellando, como grandes barcos cuyas proas partían
en dos la granulosa llanura anaranjada. Sus grietas escupían Aqua Vita a
borbotones, riachuelos rojos que la emprendían contra las paredes de cristal.
Derretirse era un éxtasis.
Comer era todo. Lambda sintió una extraña emoción al contemplar eso: el pausado
e imponente avance del Mundo, mientras los ejércitos, como una mancha que se
iba extendiendo, caminaban lentamente por sus promontorios y llanuras.
Enfermedad del
entendimiento.
—¡Oh Profeta! —Lambda se
puso en cuatro patas y observó que se acercaba el subcomandante. Detrás de él
marchaba la guardia completa y, bajo su brusca custodia, un prisionero que
avanzaba a los tropezones.
—Bien hecho —dijo Lambda—.
Ningún Doctrinario osará volver a arrojarse sobre nuestras filas.
—¡A ti todo el homenaje! —ex
clamó el comandante.
—Dices demasiado —respondió
Lambda, imprimiendo al saludo formal el apropiado toque de santidad.
—¡Tu estrategia funcionó
gloriosamente!
—No, tu estrategia.
—Profeta, tú nos señalaste
que al tomar el control de estas elevaciones obligaríamos a los Doctrinarios a
atacar Transversalmente.
—Era una cuestión obvia.
—Organizaste nuestras
columnas con gracia magistral.
Lambda se cansó del formal
intercambio de halagos. Ciertos modales de los militares eran más abrumadores
que los combates.
—Una vez que este pico
volcánico hizo erupción y vimos la manera de llevar a cabo nuestro experimento
aquí, el resto se desarrolló con naturalidad.
—¡Lucharon tanto contra los
vientos inerciales de la Transversal! Deberías haber visto cómo trataban de
pelear con antorchas y chispas por igual, mientras nadaban como átomos
indefensos!
Desganado, Lambda entrechocó
dos patas: el gesto ritual de asentimiento. Había sido testigo, por cierto, de
las legiones de Doctrinarios lanzadas a combatir contra la curvatura del Mundo,
que soplaba sobre ellos como un amargo ventarrón. Lambda se había asqueado con
la masacre, aun cuando el resultado de las afiebradas escaramuzas, lacerantes y
azules de sangre, se inclinaba a su favor. La demostración de un teorema, pero
sin placer.
El Movimiento Recto se
extendía a lo largo del eje natural del Mundo, por supuesto, y Recto se seguía
extendiendo hasta el infinito... como lo habían demostrado las expediciones,
con sus desgarradoras marchas épicas por el eje, en una y otra dirección.
Moverse por la Transversal implicaba pagar el precio de una pesada faena y, en
toda la historia, eran muy pocos los que habían invertido esfuerzos en tales
labores. Hacía muy poco que los científicos y aventureros habían demostrado la
verdadera naturaleza de la Madre. El Mundo se podía circunnavegar por su eje
Transversal únicamente si se ejercía una fuerza ininterrumpida en sentido
Transversal.
Esas dos verdades básicas,
la del Movimiento Recto y el Transversal, le habían proporcionado a Lambda el
gran indicio. Y, por supuesto, lo habían hecho víctima del sarcasmo y el
escarnio, y luego de las persecuciones, inclusive en los callados pasillos del
Collegium. Después, largos períodos de estudio y experimentación, de
concentración intensa en asuntos que trastornaban a la mayoría de las mentes y
que ofendían a las demás. Más tarde, la expulsión del Collegium, refriegas, e
incluso golpizas en los discursos públicos.
Seguidos por una época larga
y dolorosa en la que Lambda había tenido que vivir y trabajar en secreto,
reuniendo adherentes. Para que aceptaran las ideas que ahora se propagaban
aceleradamente, Lambda había tenido que adoptar el manto del Profeta. Reunir a
sus seguidores, formar ejércitos, aprender las artes de la astucia.
Todo por la revelación. Su
especie había vivido mucho tiempo en una miasma oscurantista, abrazándose a la
calidez y a la chispeante riqueza de la Madre sin pensar en la ampliación de la
mente, en los alcances del intelecto...
—¡También tenemos una presa!
—dijo el co-comandante, interrumpiendo los reflexiones submentales de Lambda.
—Llévenselo... —Lambda agitó
dos brazos, el gesto ritual para indicar que se retiraran, pero entonces vio
quién era el que se tambaleaba entre las hileras de guardias.
—¡Épsilon!
El co-comandante, con
expresión radiante, hizo trotar a la presa hacia adelante, acicateándola con un
cruel estilete.
—Capturamos a Épsilon en el
campamento de altos oficiales Doctrinarios. Tuvo miedo de correr, según mi
parecer.
—Los insultos no le sientan
bien al victorioso. —La voz de Épsilon tenía un dejo sardónico, pero flotaba
ligera en el aire exuberante.
—Es cierto.—Lambda avanzó a
paso largo para enfrentar al viejo adversario—¿Y nosotros te insultamos al
perdonarte la vida, quizás? Por fin salen verdades de
tu boca. Soportar tu
compañía es
realmente una tortura.
El co-comandante estiró una
lanza y se la clavó a Épsilon, pinchándole la caparazón. —¡Insecto! Pagarás el
precio de tus palabras.
Lambda apartó la lanza de un
manotazo.
__¡Nada de venganzas!
Confundes batalla con palabras, co-comandante. No es una invitación a lo
físico, al grosero roce del filo y la punta. El viejo Épsilon está a favor de
las estocadas verbales.
—Acotación: estaría a favor
de las lanzas si sirvieran para demostrar mejor lo que quiero decir __concedió
Épsilon con sobriedad.
—Y hoy no lo has demostrado.
Tus legiones huyen.
—Ustedes nos superaron en el
reino de lo concreto y sólo por el momento. El futuro hará que vuestras
herejías se vuelvan sobre sí mismas, perforándolos como no pudieron hacerlo
nuestras lanzas.
Lambda se permitió un ladrido
de risa.
—Ustedes, los Doctrinarios,
nunca pueden digerir la verdad, ¿eh? Perdieron porque están equivocados.
—Lo acertado no tiene
correlación con lo feroz —dijo Épsilon serenamente. Ustedes, los Escépticos,
ganaron porque están locos. La fiebre aumenta el coraje.
La guardia de honor eructó
con desprecio ante este comentario; sus gases carmesíes explotaron en el aire
brillante. Si Épsilon seguía así, lo empalarían ni bien Lambda les diera la
espalda.
Mejor calmarlos; Lambda ya
había visto suficiente salvajismo insensato.
—¿Nosotros, impulsados por
una fe demencial? —Lambda levantó los cuatro brazos para aquietar a los
guardias, que ya se habían formado en cuadro, listos para perforar a Épsilon
por todos lados—. Pero debemos demostrar que estamos en lo cierto.
—¡Los ciegos nada ven!
—Épsilon hizo esta última y
amarga declaración y, abruptamente, tropezó hacia adelante.
Se estrelló contra el suelo.
Jadeó.
—¡Atrás! —Algunos guardias
se habían lanzado sobre él, temiendo una trampa. Lambda se agachó y tomó la
cabeza de Épsilon. Desde el cuello ascendían corrientes de desgaste de energía,
un olor fétido. Las ranuras de respiración de Épsilon estaban blancas,
superadas por el calor y el agotamiento.
El panorama de este viejo
adversario, ahora reducido a tan poco, lo henchía de orgullo y a la vez le
provocaba un sentimiento atenuante de lástima.
Lambda gorjeó:
—Tu tarea está terminada.
Abandona la lucha cuando ésta deja de tener sentido. ¿Lo recuerdas? Porque,
claro, este era un comentario que el propio Épsilon había hecho en una
conferencia, hacía mucho tiempo, cuando Lambda recién comenzaba a sentir la
fuerza de sus propias ideas sin dejar de comprender la sabiduría de los
ancianos. Quizás aún la comprendía. Pero la edad y el peso del tiempo no
constituían un argumento válido. Sólo la razón, auxiliada por el conocimiento
del mundo, lo era. Por más grosero que fuera su sarcasmo...
Condujo a Épsilon colina
arriba, a los terraplenes de la sierra de picos irregulares que las tropas de
Lambda habían defendido tan bien. Ni un solo Doctrinario había logrado llegar
al escarpado labio de roca pálida. Sus cuerpos rotos estaban regados por las
laderas. Allí, Lambda le dio ropa y le permitió una pausa para descansar. El
aire se sentía ligero entre las piedras inclinadas, formando cremosas lagunas
condensadas de calma estratificada.
Épsilon extendió su mullidos
pies y bebió de la Madre. El Mundo los alimentaba a todos; sus energías
atemporales manaban con rebosante plenitud. Lo que la Raza no usaba, ni las
criaturas salvajes aprovechaban, ascendía en forma de espigadas irradiaciones
hacia la Bóveda de arriba.
Épsilon tuvo un escalofrío
de éxtasis mientras se cargaban sus baterías.
—No te has olvidado de la
bondad.
—De ti aprendí algo más que
falsa Fysika.
—¿Crees que la herejía es
mera Fysika? —El famoso brillo pétreo se encendió en los ojos penetrantes de
Épsilon—. ¡Tú serías capaz de destruir la unidad del Mundo!
—Si en el Todo hay algo más
que el Mundo, ¿no deberíamos
co
nocerlo?
—El Todo es el Mundo.
—Una hipótesis.
Con esfuerzo, Épsilon se
levantó, despegando dolorosamente las plantas de la resplandeciente roca-sol.
—¡Una verdad! La Unidad dio
a luz Su Creación...
—Lo que sea que eso
signifique, precisamente...
—...con la única geometría
que la naturaleza ensalza. Tú, con esas ideas estériles, vas a desquiciar todo
el orden que nuestra Raza se esforzó tanto en construir. Vivimos exacta y
claramente según los principios del Camino Recto y del Camino Trans
versal; los imperativos mora
les...
—Ahórrame la invocación a la
plegaria. Tengo cosas que
hacer.
Lambda empujó a Épsilon
hacia atrás, no sin delicadeza, para que el agotado pudiera absorber más de las
energías que restallaban a lo ancho de la roca-
sol. La irradiación ascendía
como una flecha resplandeciente, para pintar las nubes oscuras de la Bóveda
eterna. Épsilon entrechocó las patas en señal de protesta, pero finalmente se
dejó caer con agradecida tristeza.
Las batallas rara vez
arrojan resultados impecables. La victoria había llegado con tanta premura como
una marcha en sentido Recto, impetuosa y alegre. Su consecuencia era como
llevar una pesada carga colina arriba y en sentido Transversal.
Lambda pasó mucho tiempo
resolviendo detalles: los heridos, la cacería del enemigo, los criterios a
aplicar con los prisioneros. Por todas partes, las tropas lo vitoreaban. Cuando
Lambda pasaba, muchos asesinaban Doctrinarios para rendirle tributo. La sangre
de intenso color azul siseaba en la roca-sol. Los cuerpos se contraían, las
piernas se sacudían por última vez. Lambda tenía que fingir que disfrutaba de
todo eso.
Sin embargo, el fervor y el
vivificante aroma de la victoria ejercían sus efectos. Con este último giro del
destino, Lambda sentía el poder de sus convicciones. Ahora, con Épsilon bajo
custodia y los Doctrinarios dispersados, se renovaba el anhelo de hacer
realidad la demostración final de su revelación. El experimento lo llamaba.
Cuando Lambda retornó al
risco, la Bóveda se había puesto oscura. Ascendiendo por su escarpado declive,
luchando contra el espesamiento Transversal del aire que había mantenido a la
Raza mentalmente unida durante toda la historia, Lambda sintió un temblor. Al
principio, le pareció una simple ondulación en la viscosidad del espacio.
Luego, las cosas empeoraron. Lambda resbaló, cayó.
El suelo se sacudió. Lambda
ascendió gateando —las tropas no debían ver al Profeta desparramado en el
suelo, con las piernas abiertas— y luego se irguió sobre sus miembros
vacilantes. Enderezó las rodillas, asumiendo la postura apropiada gracias a la
intensa práctica previa.
Temblores. La roca se
partía, los vapores se elevaban a borbotones. Placas de masa verde convertidas
en velos de telaraña. La roca-sol humeaba, exhalando momentáneos rizos
espumosos. La masa estallaba, se convertía en rocío y oleaba. Se hizo menos
densa, de granos finos e hirvientes, encerrando a Lambda en su halo. De algún
modo, el rocío captó y, por un instante, reflejó su cuerpo angular en la bruma,
como si el Profeta estuviese allí y también revoloteando por los alrededores y
fundiéndose con ellos, entremezclado con rayos sesgados, para luego desaparecer
entre miasmas refractivas.
Las montañas eran las que
más sufrían los enderezamientos, según sabía Lambda. A medida que la geometría
del Camino Recto se alteraba, perdiendo curvatura a medida que el Todo se
expandía, la corteza del Mundo se desplazaba. Las grietas eructaban caliente
Aqua Vita, cuyos ardientes riachuelos traían dolor y muerte a los
desprevenidos.
Hasta en el desastre
acechaba el conocimiento. Estos terremotos eran el gran indicio que había
conducido a Lambda hasta la Profecía.
Las cumbres se hicieron peda
zos, los cañones se
hundieron. La inevitable evolución del universo continuó su curso, indiferente
a las amargas batallas y las angustiosas muertes de sus diminutos habitantes.
Lambda reflexionó sobre esto, sumido en una momentánea meditación. Para los
Doctrinarios, tales enderezamientos no eran más que efectos del clima,
insignificantes.
Para Lambda, sacudido por un
temblor durante un aterrador momento durante su estadía en el Collegium, lo que
avalaban esos extraviados eran abstracciones arteras que le daban a la
geometría una realidad muscular. Una verdad sólida construida sobre terremotos.
Pasó. Lambda y su escolta
continuaron sus labores. La lucha contra las inercias Transversales provocaba
una punzante fatiga en las articulaciones de Lambda, pero un Profeta debía
mantener una postura de estoica indiferencia. La Raza común podía evitar las
tensiones compactadas que el espacio imponía a quien se moviera por la
Transversal por medio de astutas fintas o dejándose resbalar por las pendientes
con ayuda de la gravedad.
Los suboficiales se apresura
ron a ofrecer su
colaboración.
Por dignidad, Lambda estaba
impedido de aceptar el más leve auxilio. Resolló y empalideció, al tiempo que
superaba el último risco.
La guardia especial que
había dejado para proteger a Épsilon dio un paso atrás al ver Lambda se
aproximaba. Las armas de cuatro brazos dispararon al aire para saludarlo. Más
vítores, que a estas alturas no hacían más que agotar a Lambda. Los matemáticos
no sentían inclinación por el incesante agobio del liderazgo.
Épsilon estaba todavía
echado, pálido e indiferente, pero visiblemente mejor. Lambda estaba complacido
y dejó que Épsilon se embebiera de más irradiación del Mundo.
Un suboficial se acercó
tímidamente mientras Lambda contemplaba la llanura de abajo, donde los
caprichosos fuegos y la acostumbrada tortura a los vencidos se propagaban
aceleradamente. Lambda les mandó la orden de detenerse y se dio vuelta para
recibir un nuevo mensaje, el que más anhelaba.
—El Aqua Vita se agita, oh
Profeta —dijo el suboficial.
—¿Está lista la gran bolsa?
—Con doble capa, como tú
ordenaste.
—Prepárense para el lanza
miento.
—Sí, Profeta. El piloto,
Eta,
cree que esta vez el
experimento
puede funcionar.
—Lo mismo creyó Eta la vez
anterior.
El suboficial hizo una
pausa. El personal de Lambda, estólido y confiable, nunca sabía muy bien cómo
tomar esos cambios de humor y esas ironías. Bastante comprensible; ninguno era,
en el fondo, un matemático.
Este suboficial optó por la
típica evasiva, ignorando lo que Lambda pudiera implicar.
—Eta desea ir solo, puesto
que hay peligro y...
—No. Yo iré con Eta. Y un
pasa
jero, además.
Los suboficiales se
inquieta-
ron, alarmados.
—¡Pero Profeta! ¡Tu persona
no debe ser...!
—¡Cállense! —ordenó Lambda—.
Dedíquense a la celebración de la victoria. Yo iré a la caldera.
Un oficial que se destacaba
por sus dotes diplomáticas avanzó ruidosa y apresuradamente y aventuró:
—Pero... ¡No debes
hacerlo! Eres demasiado
importante, incluso para tan sagrada misión. El peligro...
—Silencio. Deseo ver
confirmadas nuestras ideas con mis propios ojos... y ser el primero en verlo.
Lambda se alejó de ellos a
paso firme, con una impetuosa sensación de realización. Derrotar a los
Doctrinarios en un majestuoso esfuerzo y, en el mismo momento, llevar a cabo el
gran experimento... que coronaría una vida dedicada al servicio de la verdad.
Sí, hacerlo. Y el golpe final sería forzar a los villanos vencidos a ser
testigos, con sus propios ojos, de la derrota de las ideas antiguas. Sí, sí.
Los soldados obligaron a
Épsilon a levantarse... Cansado, herido, miró a Lambda con incredulidad.
—Tú... ¿vas a hacerlo?
¡Llévame!
—Ven. Soy un empírico. Te
demostraré cuán fútiles son
tus
ideas.
Un solo gesto y los guardias
rodearon a Épsilon; todos siguieron a Lambda, que comenzó a avanzar por el
jubiloso campamento. En cada senda y en cada colina, las tropas vitoreaban
vigorosamente a su Profeta. Las fogatas llameaban, cocinando abundantes banquetes.
Los soldados blandían sus lanzadores de tres manos apuntando a Épsilon,
proferían maldiciones. Uno se precipitó hacia Épsilon con una multi-maza, con
los ojos de lunático
rebosando de odio, y los
guardias
tuvieron que golpearlo.
Emergieron en el borde de la
gran caldera. Épsilon se quedó sin aliento al ver las turbias lenguas de calor
blanco que se debatían debajo.
—Yo... nunca la vi tan...
—Precisamente. Ocupamos
estas sierras porque sabíamos que el Aqua Vita tenía que brotar de aquí.
—Ya se me había ocurrido.
¡Pero tanta ferocidad!
—Nuestra causa esperaba esta
oportunidad. Esta Aqua Vita es la mayor fuente de energía que podemos reunir.
La única esperanza de demostrar nuestros dogmas.
—Tus retorcidas nociones,
querrás decir.
—Confundes naturaleza con
verdad. —Tal como Lambda había aprendido hacía mucho tiempo, Épsilon nunca se
daba por vencido en una discusión abstracta. El Mundo dilataba los objetos en
sentido Recto, los comprimía en sentido Transversal. Las cosas con libertad de
movimiento se orientaban naturalmente en sentido Recto. Toda la filosofía había
visto en eso un orden natural. El orden moral derivaba de esa dilatación, de
esa desventaja del sentido Transversal. Sin embargo, Lambda se había dado
cuenta de que la Gran Lección no existía. Era geometría. Un argumento audaz,
abstracto, pero... ¿cómo demostrarlo? Sólo sumergiéndose en el Mundo... y
abandonándolo.
La humeante caldera bostezó
como una enorme boca,
abriéndose
con ira hacia el cielo
ardiente.
Las furibundas pústulas de
abajo eructaban gases. Las energías del lugar provenían de lo profundo de las
entrañas del Mundo. Alrededor del borde, los poderes de la Madre bailaban
formando cintas, se ampollaban cuando reventaban las burbujas. Los mesones
barboteaban, manchando el aire con sus mensajes de agonía.
El Aqua Vita era la materia
prima que daba origen a las rocas-sol, alimentando a la Raza de la Madre y al
pletórico y verde Mundo entero. Ahora crecía un profundo y grave murmullo de
escoria y rescoldos ardientes enfurecidos, hablando con voces acústicas que
surgían de debajo de sus pies. Ascendieron con dificultad, avanzando
Transversalmente, con gran esfuerzo, hacia el inestable globo posado en el
labio del gran abismo humeante. El experimento colgaba del borde más bajo de la
caldera, sobre un suave labio de cerámica recientemente formado al enfriarse el
Aqua Vita.
Por encima del horizonte
lleno de vapores, Lambda veía los bordes aserrados de los riscos superiores, el
cráter extendiéndose por la Recta, a lo largo de los riscos. La bolsa de gas,
cuidadosamente cosida y aislada, se bamboleaba con los vientos aullantes,
aparentemente lista, por fin, para remontarse en las corrientes de aire
ascendentes y desaparecer en el cielo jaspeado, enloquecido por ventarrones
furiosos, atezados.
Eta corrió a su encuentro.
—¡La Vita circula más de lo
que jamás he visto!
—Excelente.—Lambda aguijo
neó a Épsilon para que
avanzara.
Eta reculó al ver a Épsilon,
jadeó, pero por respeto no dijo nada. A través del aire lleno de grumos, se
oyeron unos sonidos pesados, profundos.
La dotación de tierra
también estaba perpleja; hicieron una pausa durante un crudo momento y luego
volvieron a los preparativos. Los cabrestantes chirriaron y la góndola con
forma de caja se separó del piso, mientras la bolsa pujaba por ascender.
Por encima del susurro del
Aqua Vita, Eta gritó:
—No estoy seguro de poder
controlar la nave con tanta turbulencia. Quizás, oh Profeta, si ascendiera
primero yo solo...
—¡No! Lo veré. Ahora.
Las pesas y cabrestantes que
mantenían en tierra a la enorme y emparchada bolsa apenas alcanzaban. Los
cables gruñían para mantenerla abajo, mientras el calor de la caldera hacía que
el globo se dilatara visiblemente, como un órgano inmenso e hinchado digiriendo
un festín.
Lambda escudriñó la vasta
curvatura del globo, orgulloso de su logro. Las prolongadas labores y la
diestra mano de obra le habían dado forma: aislamiento y amortiguación
intrincadamente entretejidas, para permitir que se elevara sin reventar por las
costuras ni rasgarse en la superficie. El suyo sería un viaje épico memorable,
atravesaran la Bóveda o no. Pero la atravesarían... debían hacerlo. Para
coronar esta victoria con otra victoria mayor, en un solo...
Lambda no vio el dardo que
golpeó su caparazón. Sintió la mordedura de un dolor penetrante, intenso... y
cayó, rodando indefenso. Para cuando logró detenerse, los atacantes estaban a
medio camino del labio rocoso.
Doctrinarios. Una banda com
pacta, corriendo a paso
corto. Un dardo zumbó por encima de Lambda y por poco acertó en Eta.
—¡Una emboscada! —exclamó
Eta—. Si escapamos...
—¡No escaparemos! —gritó
Lambda—. Ese Épsilon... ¿Dónde está el reo?
Silenciosamente, Épsilon
había rodeado la góndola. Lambda corrió pendiente arriba, mientras Eta
disparaba dos rápidos proyectiles a los Doctrinarios.
La dotación de tierra, que
había quedado paralizada, comenzó a soltar los cabrestantes de los cables del
globo. La góndola crujió y se elevó un poco más.
Épsilon era viejo, lento.
Lambda aferró a Épsilon y lo estrelló contra el áspero entramado de la góndola.
—¿Tienes implantado un
rastreador, verdad?
Épsilon respondió
mansamente.
—Por supuesto.
—Para que un comando sui
cida...
—...pudiera detener este
loco
intento. Quizás incluso
detener
al omnisciente Profeta.
Lambda se maldijo por no
haberse detenido a pensar cuál era el motivo de que Épsilon se hubiera dejado
capturar. Un pequeño grupo comando, escondido aquí, en los pliegues sulfurosos,
listo para dar el zarpazo cuando el experimento estuviera cerca de su
culminación. Alertados por las instrucciones de Épsilon, que había fingido
fatiga.
La victoria había cegado al
victorioso.
Épsilon dijo, rápidamente:
—Ríndete ahora y te
perdonaré la vida. Desiste...
—¡Cállate! —Lambda disparó
contra los Doctrinarios con la honda manual, más para ganar tiempo que para
infligirles heridas. En realidad, nunca había aprendido a dominar las artes de
la violencia. Una lanza cortó uno de los cables de la góndola. La soga
deshilachada reventó y la góndola se sacudió y quedó inclinada. Los
Doctrinarios se estaban acercando velozmente. Unos pocos disparos de honda del
personal de tierra eran lo único que detenía su esforzado ascenso por la
pendiente rocosa. Ampliamente superados en número, Eta, Lambda y la aterrada
dotación de tierra no podían contener el ataque.
Lambda se inclinó, envolvió
con sus brazos a su enemigo
y
gruñó:
—¡Adentro!
Lambda arrojó a Épsilon al
interior de la góndola; luego lo siguió.
—¡Eta, ven!
Eta se introdujo torpemente.
Un sibilante dardo Doctrinario cortó otro cable. La góndola emitía ruidos
sordos cuando los proyectiles hacían impacto contra los laterales. Eta preparó
los poquísimos instrumentos del interior, gritando órdenes a la dotación de
tierra.
—¡Suéltenla!
Los cables se soltaron. El
globo se precipitó hacia el cielo y la aceleración aplastó a sus tres ocupantes
contra el piso de la góndola. Los proyectiles se estrellaban contra la parte
inferior, sacudiendo el piso bajo los pies de Lambda. Crudos vientos los
azotaban por todas partes.
Los Doctrinarios de abajo
menguaron su ataque. Al ver que el globo se elevaba, su furia se transformó en
locura. Se precipitaron sobre la dotación de tierra y Lambda tuvo que apartar
la vista.
Después, silencio. Repentina
calma, mientras se lanzaban hacia el cielo entre los vientos punzantes.
—¡Traicionaste mi clemencia!
—gritó Lambda.
Épsilon estaba extrañamente
tranquilo.
—Hice mi última ju
gada. Por desgracia,
fracasó.
A Lambda no se le ocurrió
nada más que decir. Épsilon estaba de pie en la estrecha góndola, estólido,
escudriñando hacia afuera.
Eta dijo:
—Estamos en una termal
rápida. Creo que podemos compensar los cables cortados con las pesas. Después,
si...
—Hazlo.
Tiempo para concentrarse.
Lambda había aprendido a eliminar de su mente los incidentes más perturbadores
para poder concentrarse en el presente.
Miró hacia abajo. Nunca
había visto una violencia tan fogosa como la de los lívidos ríos de abajo.
Burbujas anaranjadas que explotaban, transformándose en un rojo rocío
ascendente. Quarks que borboteaban, surgidos de la furia bajo tierra. Llamaradas
bífidas que ascendían hacia ellos, como lenguas de bocas enajenadas. El viento
rugiente, seco, aterrador incluso para una mente preparada.
Eta estaba ocupado con las
pesadas bolsas dispuestas a lo largo de la red de la góndola.
—Quizás pueda orientarla,
tratar de remontar una de las corrientes superiores y...
—¡Adelante! __ordenó Lambda.
Si Eta se detenía en los
detalles, perderían la oportunidad. El Aqua Vita podía menguar, como a menudo
lo hacía. En verdad, a lo largo de la Historia de la Raza, estas hirvientes
energías habían ido disminuyendo paulatinamente... otro indicio que había
llevado a Lambda a su nueva revelación, la de un Mundo que estaba
evolucionando, enderezando su geometría Recta, lo que a su vez sugería espacios
aún más grandes más allá de la Bóveda. Espacios de los que el Mundo no era más
que una parte...
Lambda miró hacia arriba,
hacia el túnel que el calor del Aqua Vita ya había abierto en la Bóveda. El
manto perpetuo que colgaba encima del Mundo era plomizo, aletargado, excepto
donde lo perforaba la espira de gases calientes. Allí acechaba una bruma
jaspeada, oscura. Ya Lambda podía avizorar lo que había más arriba de la
humeante caverna de nubes, más lejos de lo que cualquiera de la Raza había
visto jamás.
—¡Es una locura hacer esto!
—gritó Épsilon por encima del caliente rugido de la caldera—. Pereceremos por
el calor. ¡Y sin llegar a nada!
Lambda apretó a Épsilon con
tra los cables de amarre.
—Mira
hacia arriba y serás
testigo. Entonces nunca más podrás negarlo. ¡Mira!
Se lanzaron hacia arriba,
hacia el lúgubre túnel, una caverna vertical entre nubes incandescentes. La
Bóveda era una consecuencia necesaria del eterno calor y de los voltajes
crepitantes, vivificantes, de la Madre... una capa de polvo fino y gas que el
flujo de energía de abajo mantenía en el aire.
También era una manta que
asfixiaba todo conocimiento de lo que había más arriba. Épsilon y los
Doctrinarios sostenían que nada existía más allá de la Bóveda, que ésta era la
frontera natural impuesta por el Creador a un Mundo Madre perfectamente
cilíndrico. Colgaba como una mortaja, marcando el límite de las dimensiones
Transversales: una corona apropiada para la sabiduría de la Raza.
Pero, para demostrar sus
poderes, el Creador no había puesto límites en el eje Recto. Allí la distancia
era infinita, permitida, claramente señalada por el Creador. La Raza podía
viajar en la Recta eternamente, expandiéndose hacia nuevos territorios según
sus necesidades o ambiciones. Sólo los inconformistas como Lambda pensaban en
desplazarse en el más contrario de los sentidos, peor todavía que el movimiento
Transversal: elevarse y atravesar de la Bóveda. Perforar los cielos.
Lambda escupió y observó a
las gotitas descender hacia los vientos brutales.
Para Lambda, cuyos cálculos
demostraban que la materia misma era un suflé de espacio vacío y furiosas
probabilidades, tales creencias antiguas no eran mejores que las cavilaciones
de los niños.
—¡Mira el Mundo! —increpó
Lambda a Épsilon—. Nadie de la Raza se ha elevado así jamás. Es una nueva
perspectiva, ¿no es cierto?
La caldera se extendía
debajo
de ellos en toda su
extensión. La tierra generosa resplandecía con la eterna irradiación que fluía
como un arroyo de energías eléctricas y fotónicas, el alimento de la raza.
Exhalaba belleza por todos lados. Los escarpados riscos ya no parecían más que
diminutas huellas de pies. Se veían ejércitos completos, cuyas filas semejaban
delgadas líneas bordadas.
Épsilon dijo con amargura:
—La eterna maldición caerá
sobre ti por esto, por este acto de...
—Lo único eterno es el
cambio. El enderezamiento del eje Recto, la merma de Aqua Vita... todo apunta a
ello.
—No son más que sucesos pa
sajeros. El Creador puede
orga
nizar nuestro Mundo como
quiera.
—Apropiadamente religioso,
pero no una teoría.
—¿Teoría? Hablo de la única
geometría natural... la cilíndrica. Asimilamos su hermosura en forma directa.
Existe eternamente porque es la más perfecta de las formas, expresando al
Creador en...
—Eso me contaron cuando era
pequeño.—Con un gesto brusco, Lambda apartó a Épsilon a un costado para ver
mejor las perspectivas que se extendían más allá de la pequeña góndola. Un
áspero calor remolineaba a su alrededor, siseando entre los cables.
Con su mejor voz de pontí
fice, Épsilon devolvió el
golpe:
—Seguro que no puedes
desafiar a la geometría ideal que percibimos a cada paso que damos, los
senderos del Camino Recto y del Camino Transversal.
—Claro que puedo. ¡Mira ha
cia arriba!
Épsilon estiró los cuellos
para observar la bolsa que los arrastraba, que ahora fulguraba con un tétrico
color rojo debido a los ardientes vientos. Arriba, detrás de la bolsa, no había
nada más que una masa gris. Las paredes de la góndola los protegían de los
peores efectos del calor, pero Lambda sentía una abrasadora presión en la
caparazón. ¿Cuánto podrían soportar esto? ¿Y a dónde los llevarían las
afiebradas corrientes? La teoría callaba.
Épsilon dijo:
—No entiendo
lo que quieres demostrar.
—La bolsa. ¡La esfera! Segu
ramente, es una forma más
per
fecta.
—¿Perfecta? Es la perfección
de lo rudimentario, de lo
inge
nuo.
—Sin embargo, es el camino
hacia el mundo verdadero, el
más
amplio.
—¡Tonterías! Transversal,
Recto: esos dos caminos nos enseñan que cualquier mundo que tenga sentido debe
ser cilíndrico.
—Me dejé guiar por las mate
máticas, Épsilon, y no al
revés. Construí ecuaciones que demuestran que es posible que el uni
verso favorezca lo esférico.
—¡Ja! ¿Piensas que puedes
determinar los alcances de la filosofía matemática tú solo? Yo fui el que te
enseñó esa ciencia, ¿recuerdas?
—Y lo hiciste bien... aunque
me pusiste obstáculos cuando quise dar el siguiente paso. Yo generalicé tus
ecuaciones, encontré soluciones que se aplican a una visión mucho más
grandiosa.
En los ojos gemelos de
Épsilon se agitaron olas de desprecio.
—¿Tan grandiosa que
necesitas subir a la Bóveda aterradora para verla?
—Para demostrarla, sí. Pero
está frente al ojo de la mente, si te dignas a echarle un vistazo.
—La Bóveda es sagrada. El
límite del Creador...
—La Bóveda es como el clima.
No es fundamental. Incluso...
El globo viró hacia el
costado. Un candente ventarrón los golpeó e hizo trastabillar a Lambda. El
viejo Épsilon jadeó y se aferró de la red que sujetaba la góndola al enorme
vientre. Entonces Épsilon cayó al suelo. Una parte de Lambda moría por contarle
a su maestro de las visiones que estaban encerradas en las ecuaciones formales,
secas. Y entonces, por fin, Lambda dejó salir sus sentimientos, sus sueños, en
un torrente que no fue menos salvaje que los flagelantes vientos que los
envolvían.
Lambda se arrodilló junto a
Épsilon y habló rápidamente, casi como en una apología. Lambda habló de un
universo dominado por una fuerza aparentemente trivial: la mera gravedad. De
ese universo expandiéndose, enfriándose como un gas simple y, sin embargo,
flaqueando a medida que crecía.
—¡Como hielo congelándose en
un charco! —gritó Lambda cuando vio que Épsilon no parecía conmoverse. El hielo
nunca era liso, porque contenía pequeños canales y capas superpuestas más
densas que crecían al dilatarse el espaciotiempo. Todo error y mal alineamiento
quedaba comprimido dentro de un perímetro pequeño. Pliegues compactados en el
espaciotiempo, revoltijos de topología que se alisaban a medida que se
expandían.
—El enderezamiento, ¿no ves?
—gritó Lambda.
—Con el correr del tiempo,
nuestra geometría se está volviendo casi perfecta —respondió Épsilon con
rigidez—. La Recta disminuye su ya muy leve curvatura. Si los temblores
originan montañas y terremotos, que así sea. Es la voluntad del Creador, no de
tus ecuaciones.
Por lo tanto, Lambda habló
de cuerdas que se expandían con la integridad del Todo, haciéndose más largas y
más grandes a medida que crecían junto al reino mayor, el espaciotiempo curvo
que se extendía a lo ancho del Todo, cohesionándolo.
—¡Por eso tenemos esta
geometría! El cilindro es una soga que mantiene unido al Todo, una banda que
cruza la simetría esférica que subyace a nuestro Mundo!
Lambda terminó de hablar,
jadeando. En sus oídos, el aullido del viento parecía mofarse de él, mientras
una arruga se dibujaba entre los ojos de Épsilon.
Finalmente, Épsilon dijo:
—¿Nos convertirías en
habitantes de una cuerda? Cuando Lambda oyó que esa voz antes amada, antes
temida, ahora albergaba tanto desprecio latente, ácido, supo que Épsilon estaba
más allá de su alcance.
La revelación de Lambda era
grandiosa: ser parte de algo esférico, perfecto e inmensamente más grande que
los límites impuestos por la Bóveda hirviente y oscura.
Y, sin embargo, lo único que
Épsilon veía en eso era una Raza que correteaba de aquí para allá, confinada en
una hebra de un tapiz que convertía a la Raza en algo insignificante.
Lambda había temido ese
fracaso. Lo que no había anticipado era el golpe que Épsilon le lanzó a la
caparazón.
—¡No lograrás dar vida a
esto! Épsilon golpeó fuertemente a Lambda. Se le desprendió una antena.
Azorado, Lambda cayó contra
un aparejo. Eta se apresuró a ayudarlo. Épsilon lo soltó y comenzó a forcejear
con la red que sostenía la góndola.
—Ya verás. ¡Terminaré con
esto! —Épsilon trepó por la parte exterior de la góndola, indiferente a los
tórridos vientos que pasaban rugiendo, chamuscándole los órganos sensitivos.
Eta dijo:
—Dejémoslo ir. De todas
formas, acabará por caerse solo.
—No. No podemos contar con
eso. —Lambda vio cuál era su plan. Si Épsilon alcanzaba el globo, con un solo
corte podía ponerle fin a la expedición. Fin a sus vidas. Lambda subió. Se
aferró de la red con todas las piernas y luchó contra el balanceo de la
góndola. Se estaban elevando por la torre abierta por el calor; las tormentosas
nubes remolineaban muy cerca... ahora más cerca. Sin embargo, más arriba no se
veía nada salvo la masa oscura.
—¡No lo hagas! —Lambda no
tenía esperanzas de disuadir a Épsilon, pero podía distraer al enemigo,
entorpecerlo...
Las piernas que le arrojaban
puntapiés desde arriba hicieron una pausa por un momento y Épsilon respondió:
—¡No te veré partir en dos
al
mismísimo cielo... para
regresar
con conocimientos falsos!
—¡Morirás por nada!
—No, tú morirás por nada. Yo
moriré por mis convicciones.
—Tú me enseñaste a estudiar,
a aprender del mundo...
—Acabaré mis días muy feliz,
sabiendo que he peleado para
de
fender al Creador.
—Tal vez el Creador no nece
sita de tu ayuda.
Lambda casi había alcanzado
a Épsilon. En el aire que lo rodeaba surgían oleadas de calor que lanzaban
puntiagudos cuchillos contra su caparazón. Aspiró el aire enrarecido. La Bóveda
era granulosa; sus magros vapores lo raspaban. Lambda trepó aún más rápido.
Pero Épsilon estaba en su
embestida final contra la parte inferior de globo refulgente. Se colgó de la
red y desplegó su miembro proyector. Estaba viejo y oxidado, pero tenía la
punta afilada. Suficiente para hacer un tajo en el globo.
Mientras Épsilon seguía
subiendo con esfuerzo, Lambda vio cómo destellaba esa punta. Centelleaba,
prometiendo la muerte con un solo golpe. Lambda se lanzó hacia arriba,
apresurándose para tratar de aferrar las piernas de Épsilon y apartarlas de la
red. Ahora no habría piedad. Arrojaría a este enemigo al rocío; lo observaría
caer, rumbo a la muerte brutal que lo aguar- daba allá abajo.
Recién entonces, Lambda
advirtió que el polvoriento remolino de la Bóveda se estaba dispersando. A su
alrededor, las nubes se pusieron pálidas. Se dejaron ver unos andrajosos
parches de oscuridad. Después, toda la mortaja comenzó a rasgarse y Lambda vio
que volaban por encima de una planicie amplia, de color marfil.
Una planicie... y después un
plano, una lisa superficie matemática. No hecha de sustancia, sino de vapor y
sombras. La cima de la Bóveda.
Las nubes grumosas se
disipaban. A lo largo de la Recta, la bóveda se ahusaba hasta el infinito,
angostándose hasta formar una cinta que se arqueaba hacia arriba y se alejaba.
Apenas se percibía su curvatura antes de que se perdiera en la negrura. Y en la
Transversal, la Bóveda se curvaba escarpadamente, terminando en una nada negra
como la tinta. Alcances sombríos, inimaginablemente inmensos...
La mente de Lambda se
sacudió al ver lo que esto implicaba. Un abismo de nada, un espacio totalmente
vacío y sin sentido, rodeándolo todo...
¿Este era el resultado de
sus ecuaciones? ¿Que el Mundo era una grieta en la nada? No... no podía existir
semejante vacío. Una frontera que separara dos aburridas vacuidades no tendría
propósito, ni belleza, ni grandiosidad, ni diseño.
Épsilon lanzó un alarido. La
angustia del grito estremeció a Lambda, pero Lambda estaba concentrado,
escudriñando la negra nada, esforzándose por comprender. Entonces fue
recompensado.
Vio.
La dura negrura había sor
prendido a Lambda. Lo que
atestiguó a continuación le hizo
sentir una puñalada de
terror.
Unas... cosas... que estaban
ahí, suspendidas en huecos sombríos.
Se escuchó un segundo
alarido de Épsilon, más desesperado, amargo y penetrante, que sobresaltó a
Lambda... mezcla de miedo furia, y finalmente de atormentada desesperación. Un
aullido de absoluta finalidad, porque el anciano científico sentía que la
cómoda tela de sus creencias se estaba desgarrando. Épsilon gimió. Todavía
tomado de la red, se dio vuelta para contemplar la enormidad que los rodeaba y
su grito lastimero se convirtió en chillido.
Lambda vio entonces por qué
Épsilon se había opuesto tan enérgicamente a la Profecía. Por un terrible
miedo, por un terror pánico a encontrarse con un abismo exactamente igual a
este. Demasiado grande de contemplar, incluso a través de las etéreas
abstracciones de las matemáticas.
Y entonces Épsilon se soltó.
Cayó con las piernas
abiertas.
Por un momento, casi pareció
que por fin se sentía liberado, volando hacia la cómoda cubierta de nubes que
se había cerrado debajo del globo que no cesaba de subir. Después, en un abrir
y cerrar de ojos, desapareció.
Lambda podría haber
soportado la negrura vacía y dura que había aterrado a Épsilon. En realidad,
muchas veces había reflexionado sobre tales alcances.
Lo que no podía desentrañar
eran los puntos brillantes que moraban allí.
Lambda necesitó reunir todas
sus fuerzas para permanecer sujeto a la red. Para permanecer sujeto a sus
convicciones y no seguir a Épsilon en su largo giro descendente. Por algún
motivo, nunca se le había ocurrido que el Mundo podía ser una simple cosita en
un universo repleto de otras presencias. Un cielo salpicado de refulgentes
esferas de energías actínicas, frágiles puntos de luz completamente alienígena.
Los más cercanos y
brillantes
eran discos redondos. La esfericidad
lo dominaba
todo, en todos lados, en
todo su
esplendor. Arriba, las
estrellas se
acercaban. Y Lambda vio que
las esferas imperaban en este vasto espacio... que eran las gobernantes de este
universo, reduciendo al Mundo de Lambda a la condición de simple línea
divisoria, rodaja de la nada, a medida que el espaciotiempo se expandía.
El gemido de Lambda fue dife
rente al de Épsilon. Aunque
Lambda gritara, en estado de shock y de extraño éxtasis, igual se sentía
triunfante. Un toque final de autoconocimiento, mezclado con dolor y orgullo...
porque él había buscado y encontrado esta grandeza, esta enormidad, y por lo
tanto era, ahora y para siempre, parte de ella.
El Mundo Madre era una
simple
anotación al margen, una
imper
fección.
Era una cuerda. Cósmica,
pero
no más que una cuerda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.