[I] ¿No habrá nadie entre mis hermanos que quiera
escucharme para que pueda confiarle algunas de mis tristezas? Acaso así podría
compartir fraternalmente mi pesada carga, pues la amistad de un amigo sólo es
perfecta, tanto en la buena fortuna como en la mala, cuando se halla al abrigo
de cualquier flaqueza. Pero ¿donde encontraré un amigo tan puro y sincero en
[este] tiempo (2) en que la amistad se ha convertido en un comercio del que se
echa mano cuando la necesidad del negocio obliga a llamarlo y después se
renuncia a su trato tras de haber despreciado aquella urgencia? Sólo se visita
a un amigo cuando tú has recibido la visita de la desgracia; no se recuerda al
amigo, salvo cualquier apremio nos devuelve la memoria. Es cierto que hay
hermanos unidos por un común parentesco divino, amigos que se asemejan a la
hermandad celestial, que contemplan las Esencias Verdaderas (3) con la mirada
de la visión interior, que han purificado las entretelas de sus almas de toda
sombra de duda; tal sociedad de hermanos sólo puede convocarla el heraldo de la
vocación divina. Doquiera que estén, acojan el presente testamento (4).
¡Hermanos de la verdad! (5). Comunicad vuestro
secreto, reuníos y que cada uno ante su hermano levante el velo que oculta el
fondo de su corazón para que cada cual ilustre al otro y así podáis realizar,
unos por otros, vuestra perfección (6).
¡Hermanos de la verdad! Retraeos como el erizo
retrae [sus púas] mostrando en la soledad el ser secreto y ocultando el ser
aparente. ¡Lo juro por Dios! A vuestro ser oculto le corresponde mostrarse y
conviene que desaparezca el ser aparente.
¡Hermanos de la verdad! Dejad vuestra piel como la
serpiente suelta su camisa. Marchad como camina la hormiga sin que nadie sienta
el ruido de sus pasos. Imitad al alacrán, que lleva el aguijón en la punta de
su cola, pues por detrás es por donde Satanás intenta sorprender al hombre (7).
Tomad veneno para manteneros vivos. Amad la muerte para guardar la vida (8).
Permaneced en vela permanente, sin buscar un cobijo concreto, pues en el nido
es donde más y mejor se captura a los pájaros. Si carecéis de alas, robadlas.
Si es necesario, procuraos las alas con astucia, que el mejor avizor es quien
tiene fuerza para emprender el vuelo. Sed como el avestruz, que engulle
guijarros calientes; como los buitres, que se tragan los huesos más duros; como
la salamandra, que no teme al fuego; como el murciélago, que jamás sale de día;
pues sí: el murciélago resulta ser el más listo de los pájaros.
¡Hermanos de la verdad! El más valiente es el que se
atreve a afrontar el mañana; el más cobarde, el que siempre anda atrasado en su
perfección.
¡Hermanos de la verdad! No hay que asombrarse de que
el Ángel huya del mal y que, al contrario, la Bestia corneta maldades, pues el
Ángel no posee órgano alguno de corrupción, mientras que la Bestia carece de
cualquier órgano de entendimiento. No; lo asombroso es lo que le sucede al
hombre dotado de poder contra sus malos deseos: se deja dominar por ellos
teniendo dentro de sí la luz de la inteligencia. En verdad, se transforma en
algo semejante al Ángel aquel que aguanta a pie firme el asalto de los deseos
perversos. Por el contrario, quien carece de fuerza para resistir las
tentaciones de los malos deseos, termina al nivel de las bestias (9).
Mientras tanto, lleguemos a nuestro relato y
expliquemos nuestras tristezas.
[II] Relato. Sabed, Hermanos de la Verdad, que un
grupo de cazadores salieron en partida al desierto; tendieron sus redes, colocaron
los cebos y se ocultaron entre la maleza; en cuanto a mí, estaba en la bandada
de pájaros. Cuando los cazadores nos avistaron, para atraernos hicieron sonar
un reclamo tan agradable que nos sumió en la duda. Nos mirábamos unos a otros,
veíamos un lugar tan apacible y placentero, nos sentíamos tan bien acompañados
que no experimentábamos inquietud alguna, ni ninguna sospecha nos impidió
encaminarnos hacia aquel lugar, volando hacia allá. Al momento caímos en las
redes, las anillas ciñeron nuestros cuellos, las mallas aprisionaron nuestras
alas, los cordeles anudaron nuestros pies; cualquier movimiento que
intentábamos sólo servía para amarrar más fuertemente nuestros lazos y agravar
nuestra situación (10).
Acabamos por resignarnos a nuestra suerte; cada cual
sólo hacía cuenta de su propio daño, olvidando el de su hermano; sólo
procurábamos buscar alguna astucia que nos libertara. Más tarde, acabamos por
olvidar a qué degradación había llegado nuestra situación, perdimos la
conciencia de nuestras cadenas y de la angostura de nuestra cárcel y nos
abandonamos a la inoperancia (11).
Pero he aquí que un día, mientras miraba entre las
mallas de las redes, vi una bandada de pájaros que habían sacado las cabezas y
alas de la jaula y se preparaban para el vuelo (12). En sus pies aún se veían
los nudos de las cuerdas, no tan apretadas para impedirles el vuelo, ni tan
sueltas como para permitirles una vida tranquila y sin cuidados. Viéndolos,
recordé mi anterior estado, del que ya había perdido la conciencia. Lo que en
el pasado fue mi vida familiar, me hizo sentir la miseria de mi actual
condición (13). Hubiera querido morir de tan gran tristeza o que mi alma se
escapara sin ruido de mi cuerpo cuando los viera partir.
Los llamaba; les gritaba desde el fondo de mi jaula:
- ¡Venid! ¡Acercaos! Enseñadme con qué estrategia
puedo libertarme; compadecedme, pues en verdad estoy en las últimas (14).
Pero ellos recordaban la astucia y trucos de los
cazadores. Mis gritos sólo sirvieron para asustarlos y alejarlos de mí. Entonces
les conjuré en nombre de la fraternidad eterna, en nombre de la camaradería
limpia de toda mancha, en nombre del pacto no roto, para que confiaran en mis
palabras y borrasen de su corazón cualquier duda. Entonces se me acercaron.
Cuando yo les pregunté por su situación me dijeron lo siguiente:
- También nosotros fuimos cautivos del mismo mal que
el tuyo; igualmente sufrimos desesperación, fuimos familiares de la tristeza,
de la angustia y del dolor.
Acto seguido me enseñaron su medicina. El lazo cayó
de mi cuello, mis alas se libraron de las cuerdas (15), la puerta de mi jaula
se abrió. Me dijeron:
- Aprovéchate de tu liberación.
Pero yo les pedí de nuevo:
- Quitadme también esta traba que me queda en el
pie.
Me respondieron:
- Si tuviéramos fuerza para ello habríamos empezado
por retirar la que estaba a nuestro pie. ¿Cómo un enfermo podría curar a otro?
(16).
Salí, pues, de mi jaula y con ellos emprendí el
vuelo. Me dijeron:
- A lo lejos, delante de ti, se encuentra una
región, y no estarás a salvo de cualquier peligro hasta que hayas atravesado
todo el espacio que te separa de ella. Sigue, pues, nuestra estela para que
podamos salvarte y te conduzcamos por el buen camino hasta la meta que deseas
(17).
Nuestro vuelo nos condujo entre las dos laderas de
una montaña por un valle fértil lleno de vegetación. Volamos agradablemente
hasta que sobrepasamos todos los peligros sin hacer caso del reclamo de cazador
alguno (18). Por fin llegamos a la cima de una primera montaña desde la que
divisamos otras ocho cumbres (19) tan altas que la vista no llegaba a
distinguirlas. Unos a otros nos dijimos:
- Detengámonos. No estaremos seguros sino después de
haber cruzado sanos y salvos dichas cumbres, pues en cada una de las montañas
hay gente interesada por nuestra [captura]; si nos interesáramos por ello y nos
distrajésemos con el encanto de sus placeres y el reposo de sus lugares, jamás
llegaríamos.
Mucho hubimos de sufrir para atravesar, una tras
otra, seis montañas y llegar a la séptima. Cuando hubimos sobrepasado sus límites,
algunos de los nuestros dijeron a los otros:
- ¿Acaso no ha llegado ya la hora de descansar?
Estamos agotados por la fatiga, y entre nosotros y los cazadores hay un buen
espacio, pues hemos atravesado una distancia considerable. Una parada de una hora
nos vendría bien para llegar a la meta, pues si aumentamos nuestra fatiga vamos
a perecer.
Hicimos, pues, un alto en la cumbre de la montaña;
vimos allí jardines frondosos, hermosos palacios y pabellones elegantes,
árboles frutales y corrientes de agua viva; delicias tantas que alegraban la
vista. Teníamos el alma confusa y el corazón turbado ante tanta hermosura.
Escuchábamos cantos admirables y música de instrumentos que conmovían. Se
respiraban perfumes que dejaban pálidos al ámbar y el almizcle más exquisitos.
Comimos de sus frutos, bebimos de las corrientes de agua viva, descansamos
hasta que repusimos nuestras fuerzas. Entonces nos dijimos unos a otros:
¡Apresurémonos! No hay trampa más peligrosa que la
falsa seguridad, sin vigilancia no es posible la salvación, fortaleza alguna
iguala a la desconfianza que nos mantiene en guardia. Nuestros enemigos nos
siguen los pasos buscando el sitio en que nos encontramos. ¡Vámonos!.
Renunciamos, pues, a nuestro lugar; por bueno que
fuera, más valía aún nuestra salvación. Tras de habernos puesto de acuerdo para
la partida, nos separamos de aquellos lugares y llegamos a la séptima montaña.
Su cima era tan elevada que se perdía en el Cielo; sus laderas estaban pobladas
de pájaros. Jamás había escuchado una música tan brillante, ni contemplado
colores tan espléndidos, formas tan graciosas, ni encontrado compañía tan
dulce. Cuando nos posamos cerca de ellos, nos mostraron tanta gentileza,
delicadeza y amabilidad que cosa alguna pudiera describirlas ni comprenderlas.
Cuando nos hallamos tan completamente a gusto con ellos, les referimos los
sufrimientos que habíamos padecido, que comprendieron con la mayor solicitud.
Después nos dijeron:
- Más allá de esta montaña hay una ciudad en la que
vive el Rey Supremo. Cualquier oprimido que llega a implorarle su protección y
confia plenamente en él, el Rey aparta de él la injusticia y el sufrimiento
mediante su poder y su ayuda.
Confiando en sus consejos hicimos propósito de
llegar a la Ciudad del Rey. Alcanzamos, pues, su corte y esperamos su
audiencia. Al fin llegó la orden de que los recién llegados fueran introducidos
ante él y penetramos en el castillo. Nos encontramos en un recinto cuyo
esplendor no podría ser expresado por descripción alguna. Tras de haberlo
atravesado, una cortina se desplegaba ante nosotros, que al desvelarse mostraba
una sala tan espaciosa y brillante que nos hizo olvidar la primera; mejor aún,
comparada con ésta, aquella nos parecía bien poca cosa. Llegamos, al fin, al
trono (20) del Rey. Cuando se descorrió el último velo y la hermosura del Rey
resplandeció ante nuestros ojos, quedaron en suspenso nuestros corazones y
fuimos presa de estupor tal que no pudimos ni formular nuestras quejas. Sin
embargo, él se dio cuenta de nuestro desmayo, nos devolvió la confianza con su
amabilidad; y así nos atrevimos a hablarle y a contarle nuestra historia.
Entonces nos dijo:
- No hay nadie que pueda deshacer el nudo que traba
vuestros pies, salvo aquellos mismos que los anudaron. He aquí, pues, que envío
un mensajero a ellos que les impondrá el deber de daros satisfacción y quitaros
la traba. Partid, pues, felices y contentos (21).
Por fin, he aquí que estamos en camino marchando en
compañía del Mensajero del Rey. Pero mis hermanos me insistían pidiéndome que
les descubriese la hermosura del Rey. La expondré en pocas palabras que
concretan y bastan, a saber: cualquiera que fuera la belleza sin brizna de
fealdad que tu corazón pudiese imaginar, sea cual fuese la perfección sin pizca
de deficiencia que pudieses soñar, el Rey es el único en que he encontrado su
posesión plena, pues en él se ha realizado de un modo absoluto toda la
hermosura, sin nada de imperfección, ni siquiera en sentido metafórico. Es todo
Rostro por su belleza, para que lo contemples; todo Mano abierta, por su
generosidad. Quien a Él se acerca, alcanza la felicidad suprema; quien de Él se
aparta, pierde este mundo y el futuro (22).
Pero ¿cuántos de mis hermanos, soliviantados por mi
relato, no van a decirme:
"Advierto que tu mente anda un tanto descarriada,
si no es que andas enajenado? ¡Vamos!, jamás has levantado el vuelo, lo que ha
volado es tu razón; ningún cazador te ha tomado por blanco, lo que te ha sido
cazado y requetebién es tu caletre. Mas ¿cómo podría volar un hombre? Se diría
que la bilis ha inundado tu temperamento y se te ha secado la mollera.
Convendría que te pusieses a régimen; bébete una infusión de tomillo, toma con
frecuencia baños calientes, mójate la cabeza con agua templada, inhala vapores
de aceite de nenúfar; después, sigue un régimen alimenticio ligero; prescinde
del trasnochar excesivo; en fin, evita que se te recaliente la sesera. Pues
antes siempre te habíamos tenido por hombre razonable, de sano juicio y agudo;
sepa Dios qué preocupación nos va a caer encima por culpa de tu estado; al
verte tan desquiciado hasta nosotros nos sentimos enfermos".
¿Qué les iba a decir y para qué triste resultado? No
hay peor discurso que esos sermones que la gente te endilga por nada. Pero mi
auxilio está en Dios; frente a los hombres, mi libertad. Aquel que profese otra
creencia perderá su vida así en este mundo como en el futuro; pues los que se
esfuerzan por ser los primeros, un día sabrán del terremoto que los derribará
(23).
NOTAS
(1).
Ext. De Avicena, Tres escritos esotéricos, Madrid, Tecnos, 1998.
Traducción y notas de Miguel Cruz Hernández, obra que recomendamos.
(2).
La Risâla del pájaro está escrita sea en la fortaleza de Fardagân, donde
estuvo preso Avicena, o bien más probablemente en la casa del 'Alawî, en la que
permaneció confinado. Tal es, a mi entender, los tiempos dificiles a que se
refiere.
(3).
Como ha expuesto antes en la Risûla Hayy b. Yaqzân cuya continuación es la del
pájaro. Las esencias verdaderas (haqâ'iq) son las ideas esenciales del
Logos divino.
(4).
Recuérdese que Avicena escribió una obra titulada asi, 'Ahd
(testamento).
(5).
Esta expresión, cinco veces repetida, hace pensar. Las tradiciones ísma'îlíes y
los autores contemporáneos filoisma'îlíes señalan el paralelismo con los Ijwân
al-safâ' (Hermanos sinceros) de los famosos Rasâ'il de su nombre
filofâtimíes, acaso manejados por el padre de Avicena y el hermano de éste, y
ciertamente por los predicadores fâtimíes que catequizaron al padre y el
hermano del Sayj al-Ra'îs. Sin embargo, ateniéndose a los términos de la exclamación,
pienso que se trata simbólicamente de los solitarios emigrantes al Reino de la
Santidad y literalmente del círculo de amigos y discípulos de Avicena.
Recuérdese que éste, pese a su confinamiento final en Hamadân, dispuso de cinco
hábitos sufíes para disfrazarse él, su hermano, el Gowzgâni y dos esclavos, y
así pasar inadvertidos en su fuga.
(6).
Las místicas cristiana e islámica han señalado siempre el sentido de comunión
entre los espirituales, a veces hasta en formas materiales estentóreas, como el
grito.
(7).
El Embaucador siempre le busca las vueltas al hombre.
(8).
"En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en la tierra y
muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. El que ama su alma [=
la vida] en este mundo, la pierde; pero el que aborrece su alma en este mundo,
la guardará para la vida eterna" (Juan, 12, 24-25).
(9).
"Porque no entiendo lo que hago, pues no pongo por obra lo que quiero,
sino lo que aborrezco [...]. Pero entonces ya no soy yo quien obra esto, sino el
pecado que mora en mí [...]. La ley del espíritu de vida en Jesucristo me libró
del pecado y de la muerte [...]. El apetito del espíritu es vida y paz"
(Romanos, 7, 15, 17; 8, 2 y 6). Cito este texto no sólo por el paralelismo,
sino también por su antiguedad, pues puede fecharse hacia el 57 de nuestra era.
Otros paralelismos paganos, cristianos y judíos podrían multiplícarse a placer.
Santa Teresa escribe literalmente: "Clara está la pieza, más él [pecador o
imperfecto] no la goza por el impedimento u cosas de estas fieras y
bestias" (Las Moradas o Castillo interior, ed. T. Navarro Tomás,
Clásicos Castellanos, vol. 1, 8ª ed. Madrid, 1968, p. 21, 2-4.) Obsérvese el
paralelismo con las bestias y fieras tantas veces aparecidas antes en la Risâla
Hayy b. Yaqzân; en otras ocasiones utiliza sus afortunados diminutivos:
bestezuelas y sabandijas
(10).
El pájaro como signo y símbolo del alma es tan viejo como las más antiguas
cosmogonías; recuérdese al menos la egipcia. Corbin ha señalado un texto
paralelo verdaderamente sorprendente: el de los salmos maniqueos (C. R.
Allberry, A Manechaean Psalm-Book, Stuttgart, 1938, pp. 181-182). Sabido es que
el maniqueísmo se extendió entre las tribus turcas de los hoy llamados
Turkmenistán y Uzbekistán antes de la llegada del Islam, y Avicena nació en
Bujârâ, entonces capital del reino samânî. En el salmo citado, los
cazadores rompen las alas de los pájaros-almas.
(11).
El alma, en su condición carnal, puede entender que tal situación es la natural
y que nada puede hacer para salir de ella.
(12).
La bandada libre son los iniciados en la vida espiritual, aunque aún llevaban
la señal de su situación anterior: los nudos semidesatados en los pies, pero
sus alas eran ya libres. ¿De cuántos era la bandada? No es una pregunta ociosa;
Sohravardî titulará después una de sus obras Safir-i Sîmorg (El encanto de
Simorg); pero en persa Sî-morg son treinta pájaros. Recuérdese que
Sohravardî tradujo al persa la Risâlat al-Tayr aviceniana. En el Zend-Avesta
el pájaro místico se llama Saêna Merega.
(13).
Recuérdense los pasajes paralelos del Fedón, Fedro y República de
Platón, suficientemente conocidos.
(14).
Llamada al maestro espiritual.
(15).
La vía purgativa libera al asceta de los lazos carnales.
(16).
El final del camino purgativo y la perseverancia en la oracion exigen el
esfuerzo personal.
(17).
Empieza el mi 'rây, la ascensión al mundo celeste. Salvo excepciones
señeras, entre ellas la de Corbin, los que se ocupan de este tema suelen
olvidar el libro de Asín Palacios, La escatología musulmana en la
Divina Comedia, 2ª ed. corr. y amp., Madrid, 1943, pese a que sus hallazgos
en unos casos e intuiciones en otros fueron confirmados por la obra de mi
admirado colega y amigo, ya desaparecido, E. Cerulli, Il "Libro della
Scala" e la questione delle fonti arabo espagnole della "Divina
Commedia", Roma, 1949. Asín no conoció o no reparó lo suficiente en el mi
'rây aviceniano; y la muerte le llegó cuando yo empezaba a leer a Avicena.
Pero él siempre supo que el sufí en su ascenso espiritual revive el mi 'rây del
Profeta.
(18).
Sin caer en las tentaciones.
(19).
Desde la montaña escalada se ven ocho más. Por tanto, se trata de nueve esferas
celestes.
(20).
El texto árabe parece decir oratorio; pero el contexto se explica mejor
sustituyéndolo por trono.
(21).
El gnósofo o "místico" alcanza la visión de Dios en esta vida como el
sabio puede llegar a la más alta sabiduría; ello en momentos determinados, pero
Dios los devuelve de la visión al mundo. La visión permanente sólo se alcanzará
tras de la muerte.
(22).
La felicidad suprema del hombre es la visión beatífica de Dios.
(23). Los
ecos religiosos bien antiguos son evidentes. Buscar el auxilio o el refugio en
Dios aparece en numerosas aleyas; y Avicena ha comentado bellamente la aleya 1
de la azora 113, una de las dos llamadas del refugio. El final del párrafo
presenta paralelismos con varios textos evangélicos contra los que reclaman el
primer puesto. Mateo, 20, 27, y Marcos, 10, 44. La vibrante frase "frente
a los hombres, mi libertad" es la expresión que puede explicar mejor la
postura religiosa y social de Avicena. Desde ella deben verse: su actitud
global ante los pensadores que pondera o pospone, su no alineación con su padre
y su hermano en la ismâ 'îlîya fatimí, el madhâb hânafî
(aunque dudo que el "rito" o escuela imâmî estuviese ya estructurado
en su época), su actitud anti-gaznawî y su silencio sobre su adscricion sî
'î o sunnî.

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