Llegamos ya al
mes de febrero de 1804, que fue el último que Kant había de ver. Es de notar
que en el libro de apuntes, del cual he hecho mención alguna vez, encontré un fragmento
de un canto antiguo (copiado por Kant durante el verano, unos seis meses atrás)
que decía que el mes de febrero es aquel en que llevamos menos carga, por la
razón de ser más corto. Sin embargo, aun de tan corto mes, Kant, no tenía que
vivir más que doce días, si es que puede decirse así, pues en realidad se
estuvo muriendo desde el primero.
A partir del día
3, pareció que los resortes de la vida dejaron de funcionar, porque desde
entonces ya no tomó más alimento. Su existencia dijérase prolongarse tan sólo
gracias al ímpetu que le habían dado ochenta años de vida. El médico le visitó
aquel día como de costumbre, y recuerdo un pequeño detalle que nos impresionó a
los dos, como revelador de la inalterable cortesía y bondad de Kant. Al entrar
el doctor, Kant se levantó y alargándole la mano pronunció unas frases en las
repitió varias veces la palabra posts, pero en forma que parecía pedir auxilio
para completar el concepto. El doctor, que creyó que divagaba y se refería a
los relevos de postas, le contestó que todos los caballos estaban ocupados y
que no se preocupara; pero Kant insistió haciendo grandes esfuerzos: muchos
puestos... puestos pesados... mucha bondad... mucha gratitud, todo ello con
incoherencia aparente, pero con mucho calor y dominio de sí mismo. Yo adiviné
entonces lo que quería decir. Lo que el profesor desea expresaros, doctor, es
que considerando los muchos puestos o cargos que desempeñáis en la ciudad y en
la universidad, representa una gran bondad por vuestra parte dedicarle tanto tiempo
(pues el doctor jamás quiso cobrarle) y os está en extremo agradecido. Eso es,
exclamó Kant, eso es. Pero todavía continuaba de pie, aunque en actitud de
desplomarse; por lo que le hice observar al médico que Kant no se sentaría, por
mucho que padeciese, hasta que su visitante no tomara asiento. El doctor
pareció dudar de ello, pero Kant, que lo oyó, haciendo un esfuerzo sobrehumano
lo confirmó con estas palabras: No permita Dios que caiga tan bajo que me
olvide de las obligaciones de la hospitalidad.
Cuando
anunciaron la comida, el doctor se despidió. Había llegado el otro comensal, y
yo confié, en vista de la animación que Kant había mostrado poco hacía, que
pasaríamos un rato agradable, pero me equivoqué. Kant estaba agotado, más que
de costumbre, y aunque se llevaba la cuchara a la boca, no tragaba nada. Hacía
algún tiempo que no le encontraba gusto a ningún manjar, y yo probé aunque sin
éxito, a estimular su apetito con nuez moscada, canela y otros condimentos.
Aquel día todo falló y ni siquiera quiso probar un bizcocho. Una vez le había
oído contar que uno de sus amigos cuya enfermedad era el "marasmus",
la habían terminado con cuatro o cinco días completamente exentos de dolor,
pero sin ningún apetito, y luego habían pasado tranquilamente a mejor vida. Y
me temí que él acababa de entrar en semejante período.
El sábado, día
4, oí que sus huéspedes expresaban el temor de no verle más.
Sin embargo, el
día 5 comí en su mesa, junto con su particular amigo R. R. V. Kant estaba
presente, pero tan débil que la cabeza le caía sobre las rodillas y él se
doblaba sobre el lado derecho del sillón. Le arreglé los almohadones, para
levantarle y sostenerle la cabeza, y luego le dije: Ahora, mi querido señor, ya
estáis en orden. Grande fue nuestro asombro al oírle contestar en voz clara y
audible, la frase militar latina: Sí, testudine, et facie, y en seguida añadió:
Listo para el enemigo, y con el equipo de batalla. Las facultades de su
inteligencia se consumían bajo sus propias cenizas; pero de vez en cuando, salía
una llamarada, como para indicar que el rescoldo no se había apagado.
El lunes, día 6,
estuvo mucho más débil y aletargado. No pronunció palabra, excepto su respuesta
a la pregunta que le hice sobre los moros, según he referido antes; y estuvo
sentado con la mirada perdida, encerrado en sí mismo, y sin acusar nuestra
presencia. Daba la impresión de un fantasma de siglos pasados sentado junto a
nosotros.
Por este tiempo,
Kant se había vuelto mucho más tranquilo y sereno. En los comienzos de su
enfermedad, cuando su fortaleza entraba en conflicto con los primeros embastes
del mal, era propenso a la displicencia y a veces trataba ásperamente y aun
duramente a sus servidores. Esto, aunque lo más opuesto a su disposición
natural, era excusable por las circunstancias. No podía darse a entender; le
traían continuamente cosas que no había pedido; y en cambio no lograba que le
trajesen lo que necesitaba, porque todos sus esfuerzos para expresarlo eran
ininteligibles. Aquejábale, además, una fuerte irritación nerviosa, debido al
desequilibrio de las distintas funciones de su naturaleza; pues la debilidad de
un órgano se le hacía más evidente con la fuerza desproporcionada de otros.
Pero, al fin, la lucha había terminado; todo el sistema estaba por completo
minado y sometido a un proceso disolutivo tan rápido como proporcionado. En
adelante, no se le escapó ni un movimiento de impaciencia, ni una expresión de
mal humor.
Yo le visitaba
entonces tres veces al día. El martes, día 7, al presentarme a la hora de la
comida, encontré al grupo usual de amigos sentados solos, Kant estaba en cama.
Esto era una cosa fuera de lo corriente, y con ello aumentaron mis temores de
que se acercaba el fin.
Sin embargo, no
quise exponerme a dejarle sin compañía, y al día siguiente a la misma ahora me
presenté, le saludé alegremente y ordené que sirvieran la comida. Kant se sentó
con nosotros a la mesa; y cogiendo la cuchara, se la llevó a los labios, pero
inmediatamente la soltó, y se retiró a la cama, de la que ya no se levantó más.
El jueves, día
9, le encontré sumido en la debilidad del moribundo, y el aspecto cadavérico
(la facies Hippocratica) se había apoderado de él. Acudí repetidas veces
durante el día, y al presentarme por última vez a las diez de la noche le hallé
completamente insensible. No logré de él ningún signo de reconocimiento y le
dejé al cuidado de su hermana y su criado.
El viernes, día
10, fui a verle a las seis de la mañana. . Hacía un tiempo tempestuoso, y
durante la noche había nevado en abundancia. Y recuerdo, de paso, que una
partida de ladrones se había introducido en casa de un vecino de Kant, que era
un orfebre. Al acercarme a la cama, le di los buenos días, y él contestó, pero
con voz tan débil que apenas articuló las palabras. Yo me alegré de encontrarle
con sensibilidad, y le pregunté si me reconocía. Sí, contestó, y alargando la
mano me tocó amistosamente en la mejilla. Pero, durante el resto del día,
siempre que lo visité, le encontré nuevamente sumido en su estado de
insensibilidad.
El sábado, día
11, le hallé con la mirada fría y vidriosa; mas, al parecer perfectamente
tranquilo. Le pregunté otra vez si me reconocía. No podía hablar, pero volvió
el rostro hacía mí, y me hizo signo de que le besara. Una profunda emoción se
apoderó de mí y me incliné sobre sus pálidos labios; pues comprendí que con
acto solemne de ternura quería expresar su satisfacción por nuestra larga
amistad, y darme el último adiós. Jamás le había visto otorgar esta prueba de
afecto a nadie, salvo una vez, pocas semanas antes de su muerte, en que atrajo
a sí a su hermana y la besó. El beso que me dio fue su última prueba de
reconocimiento.
Cualquier
líquido que se le hiciese tomar pasaba por su estómago con un ruido especial,
como ocurre con los moribundos; y todos los síntomas de la muerte aparecían en
él.
Quise permanecer
con él hasta que todo hubiese terminado, y así como había sido uno de los más
íntimos testigos de su vida, serlo también de su marcha. Por consiguiente, no
lo dejé ya, salvo en los breves minutos que tuve que salir para algún asunto
privado. Pasé la noche junto a su cama. Aunque había pasado el día en un estado
de insensibilidad incompleta, sin embargo, al atardecer dio a entender que
deseaba que le arreglasen la cama. Por consiguiente, le cogimos en brazos, y
rápidamente se arreglaron las sábanas y las almohadas. No durmió, y la
cucharada de líquido que de vez en cuando se le ponía en los labios, era
generalmente rechazada. Sin embargo, a la una de la madrugada hizo un
movimiento hacía la cuchara, por lo que supuse que tenía sed y le di una
pequeña porción de vino y agua azucarada; pero los músculos de la boca no
tenían fuerza para retenerla, de modo que para prevenir que se derramara se
llevó la mano a los labios, hasta que se oyó que tragaba. Pareció que deseaba
más, y seguí dándole, hasta que dijo con voz apenas perceptible: Basta ya. Esto
fue lo último que dijo: ¡Basta ya! ¡Grandes y simbólicas palabras! A intervalos
rechazaba las sábanas y se descubría; yo no hacía más que volverlo a cubrir, y
una de estas veces observé que el cuerpo y las extremidades se enfriaban y que
el pulso era intermitente.
A las tres y
cuarto del domingo, día 12 de febrero de 1804, Kant se estiró como para tomar
posición para el acto final y adoptó la que había de conservar hasta el momento
de su muerte. El pulso ya no se le notaba ni en las manos, ni en los pies, ni
en el cuello. Busqué en todas partes en donde late, pero sólo hallé la cadera
izquierda, en donde seguía latiendo con violencia, aunque intermitente.
Hacia las diez
de la mañana experimentó un cambio notable; los ojos estaban fijos, y el rostro
y los labios adquirieron una palidez mortal. Sin embargo, era tal la intensidad
de sus hábitos constitucionales, que no apareció rastro del sudor frío que
suele acompañar la agonía.
Eran casi las once
y el momento fatal se acercaba. Su hermana estaba sentada a los pies de la
cama, y el hijo de ésta a la cabecera. Yo, para observar las fluctuaciones del
pulso, me arrodillé junto al lecho; y llamé al criado para que presenciase el
tránsito del bueno de su amo. La última agonía se acercaba a su fin, si puede
llamarse agonía una muerte sin lucha. En aquel preciso momento, su distinguido
amigo el señor R. R. V., a quien yo había mandado aviso, entró en la
habitación. Primero se debilitó la respiración; luego se volvió intermitente y
el labio superior ligeramente convulsivo; después siguió una débil respiración
o suspiro, y luego, nada más. El pulso siguió latiendo unos segundos, más lento
y débil, más lento y débil, hasta que cesó por completo. El mecanismo se había
parado: en aquel preciso momento el reloj dio las once.
Poco después de
muerto Kant le afeitaron la cabeza, y bajo la dirección del profesor Knorr se
tomó una mascarilla, pero no simplemente del rostro, sino un molde de toda la
cabeza, destinado, según creo, a enriquecer la colección craneológica del
doctor Gall.
Una vez
debidamente vestido el cadáver, una multitud de personas de toda condición
social, desde la más elevada hasta la más humilde, acudieron a verle. Todos
estaban ansiosos de aprovechar la última oportunidad que se les ofrecía de
poder decir "que habían visto a Kant". Esto duró varios días, durante
los cuales, desde la mañana a la noche, la casa estaba repleta de gente. Grande
fue el asombro de todos al considerar la extrema delgadez de Kant, y se convino
universalmente en que jamás se había visto un cadáver más consumido y
macilento. Su cabeza descansaba sobre el almohadón en que una vez los
caballeros de la Universidad le presentaron un mensaje; y yo pensé que no se le
podía dar mejor destino que el de colocarlo en el sarcófago como el apoyo
postrero de aquella cabeza inmortal.
Acerca de los
extremos de sus funerales, Kant había expresado su voluntad años atrás en un
memorándum especial. En él manifestaba el deseo de que el entierro se
verificase en las primeras horas de la mañana, con la menor ostentación
posible, y seguido solamente por un grupo de los más íntimos amigos. Habiendo
encontrado esa nota mientras arreglaba sus papeles, le dije con franqueza que
aquella imposición me ocasionaría sin duda, en mi calidad de ejecutor
testamentario, muchos disgustos; pues podían sobrevenir circunstancias en las
cuales no habría forma posible de cumplimentarla, Al oír estas razones, Kant
rompió el papel, y lo dejó todo a mi discreción. El caso es que preví que los
estudiantes de la Universidad no consentirían jamás en que se les escapara
aquella ocasión de expresar en un acto público la veneración que por el maestro
sentían. Los hechos demostraron que yo estaba en lo cierto; pues unos funerales
como los de Kant, tan solemnes y magníficos, jamás los había presenciado la
ciudad de Königsberg. Los periódicos, diversos folletos, etc., han dado de todo
ello una relación tan detallada, que me limitaré a lo más saliente.
El día 28 de
febrero, a las dos de la tarde, todos los dignatarios de la Iglesia y del
Estado, no sólo los residentes de Königsberg, sino los venidos de los lugares
más remotos de Prusia, se reunieron en la iglesia del Castillo. De allí,
acompañados por todo el cuerpo universitario y por numerosos militares de
graduación, que siempre fueron grandes amigos de Kant, llegaron a la casa del
profesor difunto. Entonces el cadáver, con acompañamiento de antorchas, fue
conducido, entre repique general de campanas, a la catedral, que estaba deslumbrante
de luces. Seguía a pie una comitiva interminable. En la catedral, después de
las ceremonias usuales, acompañadas de la máxima expresión de la veneración
nacional, se celebró un solemne oficio cantado de difuntos, admirablemente
ejecutado. Finalmente, los restos mortales de Kant fueron descendidos a la
bóveda académica, en donde descansan ahora entre los restos de los patriarcas
de la Universidad. ¡Paz a sus cenizas y honor eterno a su memoria
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