Sobre el Blog
Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
Búsqueda interna
Stefan Zweig - La estrella sobre el bosque
Un día, cuando el diligente y apuesto camarero François se inclinó sobre el
hombro de la bella condesa polaca Ostrovska, sucedió algo extraño. Sólo duró
un segundo y no fue un estremecimiento o un sobresalto, un temblor o una
emoción. Y, sin embargo, fue uno de esos segundos que abarcan miles de
horas y de días llenos de júbilo y tormento, como el vigor vehemente de los
grandes y fragorosos robles con todas sus ramas que se mecen y sus copas
que se inclinan está contenido en un solo granito de semilla. En ese segundo
no sucedió nada visible. François, el dúctil camarero del gran hotel de la Riviera
se inclinó aún más, para presentar con mayor comodidad la fuente al cuchillo
indeciso de la condesa. Pero su rostro descansó ese momento a pocos
centímetros de las ondas dulcemente rizadas y perfumadas de su cabeza, y,
cuando instintivamente alzó la mirada devota, sus ojos turbados vieron la suave
y luminosa línea blanca con la que su cuello surgía de esa marea oscura y se
perdía en el vestido rojo oscuro abullonado. Una llamarada color púrpura lo
invadió. Y el cuchillo vibró suavemente en la fuente, presa de un imperceptible
temblor. Aunque en ese segundo François intuyó las graves consecuencias de
este repentino hechizo, dominó hábilmente su agitación y siguió sirviendo con el
entusiasmo reservado y un poco galante de un garçon de buen gusto. Alargó la
fuente con movimiento medido al acompañante habitual de la condesa, un
aristócrata maduro dotado de una imperturbable elegancia, que relataba cosas
indiferentes con entonación refinadamente acentuada y en un francés cristalino.
Luego se apartó de la mesa sin alterar su mirada y su gesto.
Estos minutos fueron el comienzo de un estado de ensueño muy extraño y
ferviente, de un sentimiento tan impetuoso y exaltado que apenas le
corresponde el término grave y noble de amor. Era ese amor, de fidelidad
canina y desprovisto de deseos, que los seres humanos generalmente no
experimentan en la flor de su vida, que sólo sienten las personas muy jóvenes o
muy ancianas. Un amor sin reflexión, que sólo sueña y no piensa. Olvidó por
completo ese injusto y, sin embargo, inalterable desprecio que incluso personas
inteligentes y circunspectas manifiestan hacia seres humanos que visten el frac
de camarero; no especuló sobre posibilidades y casualidades, sino que
aumentó en su sangre esa extraña inclinación hasta que su profundidad escapó
a toda burla y crítica. Su ternura no era la de las miradas secretamente alusivas
y al acecho, la temeridad de los gestos atrevidos que de repente se desata, la
pasión sin sentido de labios sedientos y manos temblorosas; era una aplicación
silenciosa, un prevalecer de aquellos pequeños servicios que son tanto más
excelsos y sagrados en su modestia cuanto que permanecen a sabiendas
ocultos. Después de la cena alisaba las arrugas del mantel delante de la silla de
la condesa con dedos tan tiernos y dulces como quien acaricia las manos
queridas y plácidas de una mujer; colocaba las cosas en su proximidad con
simetría devota, como si las dispusiera para una fiesta. Con el mayor cuidado
llevaba las copas que habían tocado sus labios a su estrecha y poco aireada
buhardilla y de noche las dejaba relucir a la luz perlada de la luna como si
fueran joyas preciosas. Constantemente era, desde cualquier rincón, el secreto
observador de sus movimientos y actividades. Bebía sus palabras como quien
paladea lascivamente un vino dulce y de perfume embriagador. y recogía las
palabras y las órdenes ávido como los niños la rápida pelota en el juego. Así su
alma embelesada introdujo en su pobre e indiferente vida un brillo cambiante y
opulento. Nunca se le ocurrió la sabia necesidad de trasponer todo el episodio a
las palabras frías y destructivas de la realidad de que el miserable camarero
François amaba a una condesa exótica y eternamente inalcanzable. Porque él
no la sentía como realidad, sino como algo excelso, muy lejano, que bastaba
con su reflejo de la vida. Amaba el imperioso orgullo de sus órdenes, el ángulo
dominante de sus cejas negras que casi se tocaban, el pliegue indómito
alrededor de la boca fina, la gracia segura de sus gestos. La sumisión le
parecía a François algo natural y sentía como dicha la proximidad humillante del
servicio modesto, porque gracias a ella podía entrar tan a menudo en el círculo
seductor que rodeaba a su amada.
Así despertó de repente en la vida de un hombre sencillo un sueño, como una
flor de jardín noble y cuidadosamente criada, que florece en una carretera
donde el polvo de los caminantes ahoga todos los brotes. Era el vértigo de un
ser sencillo, un sueño embriagador y narcótico en medio de una vida fría y
monótona. Y los sueños de seres como él son como barcas sin timón, que van
a la deriva presas de una voluptuosidad fluctuante sobre aguas silenciosas y
espejeantes, hasta que de pronto su quilla choca con una sacudida seca en una
orilla desconocida.
La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños. Una
noche el corpulento portero procedente del Waadtland le dijo a François al
pasar: «La Ostrovska se marcha mañana en el tren de las ocho». Y luego
añadió otros nombres sin importancia que él apenas escuchó. Porque esas
palabras se habían transformado en su cerebro en un confuso remolino
tumultuoso. Varias veces se pasó los dedos mecánicamente por la frente
afligida, como si quisiera apartar un sedimento pesado, que allí reposaba y
obnubilaba la razón. Dio unos pasos titubeantes. Inseguro y atemorizado cruzó
delante de un alto espejo de marco dorado, del que le salió al encuentro un
rostro mortalmente pálido y extraño. Los pensamientos no acudían a su mente,
estaban por así decir aprisionados tras un muro oscuro y nebuloso. Casi
inconsciente, descendió, agarrándose a la balaustrada, la amplia escalera hacia
el jardín sumido en sombras, en el que los altos pinos se erguían solitarios
como pensamientos sombríos. Su silueta intranquila dio unos inciertos pasos
más, como el vuelo bajo y tambaleante de un ave nocturna enorme y oscura, y
por fin se dejó caer en un banco, apoyando la cabeza en su frío respaldo. El
silencio era absoluto. A su espalda, entre los arbustos redondeados, relucía el
mar. Luces suaves y trémulas chispeaban sobre su superficie, y en el silencio
se perdía la monótona cantinela murmurante de lejanos rompientes.
Y de pronto todo estaba claro, muy claro. Tan dolorosamente claro que
François casi sonrió. Todo había acabado, sencillamente. La condesa
Ostrovska se marcha a casa y el camarero François queda atrás en su puesto.
¿Acaso era tan raro? ¿No se marchaban al cabo de dos, tres o cuatro semanas
todos los extranjeros que venían? Qué tontería no haberlo pensado antes.
Porque todo estaba tan claro como para reír o llorar. Y sus pensamientos
bullían y bullían. Mañana por la noche, en el tren de las ocho en dirección a
Varsovia. A Varsovia..., horas y horas a través de bosques y valles, a través de
colinas y montañas, a través de estepas y ríos y dinámicas ciudades. ¡Varsovia!
¡Qué lejos quedaba! No podía siquiera imaginar, aunque sí sentir en lo más
profundo, esa palabra orgullosa y amenazadora, dura y lejana: Varsovia. Y él...
Durante un segundo aleteó una pequeña y fantástica esperanza. Podía
seguirla. Y buscar empleo allí como criado, escribiente, cochero, esclavo; estar
allí en la calle como mendigo, todo menos estar tan horriblemente lejos; al
menos respirar el aliento de la misma ciudad, verla quizá pasar, ver su sombra,
al menos, su vestido y su cabello negro. Ya surgían precipitadas visiones. Pero
el momento era duro e implacable. François vio lo inalcanzable desnudo y claro.
Calculó: cien o doscientos francos ahorrados, en el mejor de los casos. No
bastaban ni para la mitad del camino. Y entonces ¿qué? Como a través de un
velo desgarrado vio de pronto su vida, presintió lo pobre, miserable y fea que
indefectiblemente sería de ahora en adelante. Años vacíos ejerciendo su
profesión de camarero, torturado por un insensato deseo, esa ridiculez iba a ser
su futuro. Lo recorrió un escalofrío. Y de pronto todas las cadenas de
pensamientos confluyeron arrebatadas e imparables. Había únicamente una
posibilidad.
Las copas de los árboles se mecían en una brisa apenas perceptible. La noche
oscura y negra se alzaba amenazadora ante él. Entonces se alzó, seguro y
sereno, del banco y se dirigió por la grava crujiente hacia el gran edificio que
dormía en blanco silencio. Debajo de una de sus ventanas hizo un alto. Estaba
ciega y sin un signo brillante de luz en el que se hubiera podido encender el
deseo soñador. Ahora su sangre circulaba con latidos tranquilos, y se alejó
como alguien al que ya nada confunde y engaña. En su cuarto se echó sin
agitación alguna sobre la cama y durmió con un sueño denso y sin imágenes
hasta la señal matutina del despertar.
Al día siguiente, su comportamiento se ciñó por completo a los límites de la
deliberación meticulosamente definida y de la calma forzada. Con fría
indiferencia cumplió con sus obligaciones, y sus gestos tenían una seguridad
tan absoluta y tan despreocupada, que nadie hubiera imaginado detrás de la
máscara falaz la amarga decisión. Poco antes de la hora de la cena, acudió con
sus pequeños ahorros a la floristería más selecta y compró flores exquisitas que
en su espléndido colorido le sugerían palabras: tulipanes del color del oro
fogoso, que eran como la pasión; crisantemos blancos de amplia corola, como
sueños luminosos y exóticos; finas orquídeas, las imágenes estilizadas del
deseo, y unas soberbias rosas embriagadoras. Y luego compró un valioso
jarrón de cristal con destellos opalescentes. Los pocos francos que aún le
quedaban se los regaló al pasar, con un gesto rápido y distraído, a un niño que
pedía limosna. Luego volvió al hotel. Con solemnidad melancólica colocó el
jarrón con las flores delante del cubierto de la condesa, que dispuso por última
vez con voluptuoso y minucioso esmero.
Llegó el momento de la cena. François sirvió la mesa como siempre: reservado,
silencioso y competente, sin alzar los ojos. Sólo al final envolvió la silueta
cimbreante y orgullosa de la condesa con una mirada infinita, que ella no
percibió. Nunca le había parecido tan bella como en esta mirada última y libre
de todo deseo. Luego se apartó con serenidad de la mesa, sin gesto alguno de
despedida, y abandonó la sala. Como un huésped ante el que se inclinan los
criados, atravesó los pasillos y descendió la elegante escalera de recepción
hasta la calle: era evidente que en ese momento dejaba atrás su pasado.
Delante del hotel se detuvo un segundo, indeciso; entonces empezó a caminar,
bordeando iluminadas villas y amplios jardines, siempre adelante como un
paseante ensimismado, sin saber adónde se dirigía.
Así vagó inciertamente hasta el anochecer en un estado de enajenación
ensoñada. Ya no pensaba más en las cosas. Ni en las pasadas ni en las
inevitables. Ya no le daba vueltas a la idea de la muerte, como sin duda en los
últimos momentos el suicida circunspecto sopesa en la mano el brillante y
amenazador revólver de profundo ojo y lo vuelve a dejar en la mesa. Hacía
tiempo que se había sentenciado a sí mismo. Por su mente sólo pasaban
imágenes en raudo vuelo, como golondrinas de viaje. Primero, los días de la
juventud hasta aquella fatal hora de clase cuando una estúpida aventura lo
propulsó violentamente desde la perspectiva de un futuro prometedor a la
confusión del mundo. Luego los viajes incesantes, las dificultades por el sueldo,
los proyectos, una y otra vez fracasados, hasta que la gran oleada negra, que
llamamos el destino, quebró su orgullo y lo dejó abandonado en un puesto
indigno. Muchos recuerdos multicolores pasaron revoloteando por su mente.
Por fin relució el suave reflejo de los últimos días en sus sueños despiertos; y
de nuevo abrieron violentamente la oscura puerta de la realidad que debía
traspasar. Recordó que deseaba morir en ese mismo día.
Durante un rato recapacitó sobre los muchos caminos que conducen a la
muerte, y comparó su respectiva amargura y su definitiva prontitud. Hasta que
lo traspasó un pensamiento. En su sombría cavilación se le ocurrió un funesto
símbolo: así como la condesa había arrasado inconsciente y destructivamente
su vida, así debía arrollar también su cuerpo. Ella misma lo llevaría a cabo. Ella
misma consumaría su obra. Y ahora sus pensamientos se aceleraron con
increíble seguridad. En algo menos de una hora, a las ocho, salía el expreso
que la llevaba a su encuentro. Se arrojaría debajo de sus ruedas, se dejaría
destrozar por la misma fuerza arrebatadora que le arrancaba a la mujer de sus
sueños. Se desangraría debajo de sus pies. Los pensamientos galopaban y se
perseguían jubilosos. François ya conocía el lugar. Más arriba, al borde del
bosque, donde las copas frondosas de los árboles oscurecían la última vista
sobre la cercana bahía. Miró el reloj: los segundos y los latidos de su sangre
casi marcaban el mismo ritmo. Era hora de ponerse en camino. Y ahora, de
repente, sus pasos cansinos se volvieron elásticos y decididos, con ese ritmo
duro y precipitado que el sueño mata en su avance. Agitado se precipitó en el
esplendoroso crepúsculo del anochecer meridional hacia el lugar en el que,
entre lejanas colinas cubiertas de bosque, el cielo aparecía incrustado como
una línea color púrpura. Y corrió hasta llegar a las vías del tren, que relucían
como dos líneas plateadas y le mostraban el camino. Lo condujeron por una
ruta sinuosa hacia la altura, a través de perfumados y profundos valles, cuyos
velos de niebla atenuaban plateados la luz cansina de la luna; lo condujeron
ascendiendo a las colinas, desde las que se veía lo lejos que el mar vasto y
nocturno refulgía con sus brillantes luces costeras. Y le mostraron por fin el
profundo bosque mecido por el inquieto viento, que sumergió las vías en las
sombras que se cernían.
Ya era tarde cuando François llegó con respiración entrecortada a la ladera
oscura del bosque. Los árboles lo rodeaban lúgubres y negros. Sólo arriba,
entre las copas transparentes, asomaba la luz temblorosa y pálida de la luna
entre las ramas, que se quejaban cuando la ligera brisa de la noche las tomaba
en sus brazos. De vez en cuando resonaban extrañas llamadas de lejanos
pájaros nocturnos en el apretado silencio. Los pensamientos se le paralizaron
por completo en esa aprensiva soledad. François sólo esperaba, esperaba y
miraba fijamente si allá abajo, en la curva de la primera serpentina ascendente,
asomaba la luz roja del tren. De vez en cuando consultaba nervioso el reloj y
contaba los segundos. Luego volvía a prestar atención al lejano grito del tren.
Pero era imaginación suya. El silencio era total. El tiempo parecía haberse
congelado.
Por fin brilló allá abajo la luz. En ese segundo François sintió una sacudida en el
corazón, aunque no hubiera podido decir si de temor o de alegría. Con un
movimiento impetuoso se tiró sobre las vías. Al principio sólo sintió un instante
el agradable frío de los raíles de hierro en su sien. Luego aguzó el oído. El tren
aún estaba lejos. Podía tardar algunos minutos. Ahora no se oía nada excepto
el susurro de los árboles en el viento. Los pensamientos saltaban confusos. Y,
de pronto, uno que permaneció clavado como una dolorosa flecha en su
corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más
pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca
sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra
ella.
Apenas perceptible y muy lejano se oía jadear por el aire casi quieto el golpeteo
rítmico de la máquina que remontaba la pendiente. Pero el pensamiento seguía
quemando con igual fuerza y atormentaba los últimos minutos del moribundo. El
tren se aproximaba más y más con su estrépito metálico. Y entonces François
abrió una vez más los ojos. Sobre él se extendía un cielo mudo de un azul casi
negro y las copas intranquilas de unos árboles. Y sobre el bosque resplandecía
una estrella blanca. Una estrella solitaria sobre el bosque... Los raíles
empezaron a vibrar suavemente y a zumbar bajo su cabeza. Pero el
pensamiento ardía como fuego en su corazón y en la mirada que abarcaba toda
la intensidad y la desesperación de su amor. Todo el deseo y esta última
dolorosa pregunta se volcaron en la estrella blanca y reluciente, que miraba
benignamente sobre él. El tren se aproximaba más y más. Y el moribundo
envolvió una vez más con una última e inefable mirada la estrella sobre el
bosque. Luego cerró los ojos. Los raíles temblaron y vibraron, la marcha
estrepitosa del presuroso tren se acercaba más y más y el bosque resonaba
como grandes y martilleantes campanas. La tierra pareció tambalearse. Aún un
aturdidor chirrido, un estruendo arremolinado, luego un estridente pitido, el grito
de animal asustado del silbato del tren y la queja disonante de un freno inútil.
La bella condesa Ostrovska ocupaba en el tren un compartimiento reservado.
Desde el inicio del viaje leía una novela francesa, mecida suavemente por el
balanceo del vagón. El aire del estrecho habitáculo era sofocante y estaba
cargado del denso perfume de muchas flores a punto de marchitarse. En las
magníficas cestas de despedida los racimos de lilas blancas ya dejaban caer la