De "Aguafuertes porteñas",
1933. ©
Ensalzaré con esmero al benemérito "fiacún".
Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer
el elogio del "fiacún", a establecer el origen de la
"fiaca", y a dejar determinados de modo matemático y preciso los
alcances del término. Los futuros académicos argentinos me lo agradecerán, y yo
habré tenido el placer de haberme muerto sabiendo que trescientos setenta y un
años después me levantarán una estatua.
No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no
haya dicho alguna vez:
-¡Hoy estoy con "fiaca"!.
De ello deducirán seguramente mis asiduos y entusiastas lectores que la
"fiaca" expresa la intención de "tirarse a muerto", pero
ello es un grave error.
Confundir la "fiaca" con el acto de tirarse a muerto es lo
mismo que confundir un asno con una cebra o un burro con un caballo.
Exactamente lo mismo.
Y sin embargo a primera vista parece que no. Pero es así. Sí, señores,
es así. Y lo probaré amplia y rotundamente, de tal modo que no quedará duda
alguna respecto a mis profundos conocimientos de filología lunfarda.
Y no quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa, es decir,
una expresión corriente en el dialecto de la ciudad que tanto detestó el señor
Dante Alighieri.
La "fiaca" en el dialecto genovés expresa esto: "Desgarro
físico originado por la falta de alimentación momentánea". Deseo de no
hacer nada. Languidez. Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya
durante un siglo. Deseos de dormir como los durmientes de Efeso durante ciento
y pico de años.
Sí, todas estas tentaciones son las que expresa la palabra mencionada. Y
algunas más.
"La fiaca" por Calé
Comunicábame un distinguido erudito en estas materias, que los genoveses
de la Boca cuando observaban que un párvulo bostezaba, decían: "Tiene la
"fiaca" encima, tiene". Y de inmediato le recomendaban que
comiera, que se alimentara.
En la actualidad el gremio de almaceneros está compuesto en su mayoría
por comerciantes ibéricos, pero hace quince y veinte años, la profesión del
almacenero en Corrales, la Boca, Barracas, era desempeñada por italianos y casi
todos ellos oriundos de Génova. En los mercados se observaba el mismo fenómeno.
Todos los puesteros, carniceros, verduleros y otros mercaderes provenían de la
"bella Italia" y sus dependientes eran muchachos argentinos, pero
hijos de italianos. Y el término trascendió. Cruzó la tierra nativa, es decir,
la Boca, y fue desparramándose con los repartos por todos los barrios. Lo mismo
sucedió con la palabra "manyar" que es la derivación de la
perfectamente italiana "mangiar la follia", o sea "darse
cuenta".
Curioso es el fenómeno, pero auténtico. Tan auténtico que más tarde
prosperó este otro término que vale un Perú, y es el siguiente: "Hacer el
rostro".
¿A qué no se imaginan ustedes lo que quiere decir "hacer el
rostro"? Pues hacer el rostro, en genovés, expresa preparar la salsa con
que se condimentarán los tallarines. Nuestros ladrones la han adoptado, y la
aplican cuando después de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera de la
venta por sus condiciones inmejorables. Eso, lo que no pueden vender o utilizar
momentáneamente, se llama el "rostro", es decir, la salsa, que
equivale a manifestar: lo mejor para después, para cuando haya pasado el
peligro.
Volvamos con esmero al benemérito "fiacún".
Establecido el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien
se aplica. Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran muchachos,
a esos robustos ganapanes de quince años, de dos metros de altura, cara
colorada como una manzana reineta, pantalones que dejaban descubierta una media
tricolor, y medio zonzos y brutos.
Esos muchachos era los que en todo juego intervenían para amargar la
fiesta, hasta que un "chico", algún pibe bravo, los sopapeaba de lo
lindo eliminándolos de la función. Bueno, estos grandotes que no hacían nada,
que siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con gesto huído, estos
"largos" que se pasaban la mañana sentados en una esquina o en el
umbral del despacho de bebidas de un almacén, fueron los primitivos
"fiacunes". A ellos se aplicó con singular acierto el término.
Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr, y en pocos años el
"fiacún" dejó de ser el muchacho grandote que termina por trabajar de
carrero, para entrar como calificativo de la situación de todo individuo que se
siente con pereza.
Y, hoy, el "fiacún" es el hombre que momentáneamente no tiene
ganas de trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como la de
"squenún", sino que tiene una proyección transitoria, y relacionada
con este otro acto. En toda oficina pública y privada, donde hay gente
respetuosa de nuestro idioma y un empleado ve que su compañero bosteza,
inmediatamente le pregunta:
-¿Estás con "fiaca"?
Aclaración. No debe confundirse este término con el de "tirarse a
muerto", pues tirarse a muerto supone premeditación de no hacer algo,
mientras que la "fiaca" excluye toda premeditación, elemento
constituyente de la alevosía según los juristas. De modo que el
"fiacún" al negarse a trabajar no obra con premeditación, sino
instintivamente, lo cual lo hace digno de todo respeto.
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