El monje Terapión había sido en su juventud el
discípulo más fiel del gran Atanasio; era rudo y austero, dulce solamente con
las criaturas en las que no sospechaba la presencia de demonios. En Egipto
había resucitado y evangelizado momias; en Bizancio había confesado
emperadores, y había ido a Grecia confiado en un sueño, con la intención de
exorcizar aquellas tierras sometidas aún a los sortilegios de Pan. Se inflamaba
de ira a la vista de los árboles sagrados en que los campesinos, aquejados de
fiebre, colgaban trapos encargados de temblar en lugar suyo al menor soplo
vespertino, los falos erigidos en los campos para obligar al suelo a concebir
cosechas, y los dioses de arcilla metidos en los huecos de los muros y en las
cavidades de las fuentes. Se había construido con sus propias manos una
estrecha cabaña a orillas del Céfiso, teniendo cuidado de emplear solamente
materiales bendecidos. Los campesinos compartían con él sus pobres alimentos;
mas aunque aquellas gentes estuvieran demacradas, pálidas y desalentadas por
las hombrunas y las guerras que habían caído sobre ellas, Terapión no conseguía
encaminarlas por la senda del cielo. Adoraban a Jesús, el hijo de María,
vestido de oro como el sol naciente, pero su corazón obstinado permanecía fiel
a las divinidades que anidaban en los árboles o emergían de la efervescencia de
las aguas; cada tarde depositaban, bajo el plátano consagrado a las ninfas, una
escudilla de leche de la única cabra que les quedaba, y los muchachos se
deslizaban a mediodía en los bosquecitos para espiar a aquellas mujeres de ojos
de onix que se nutrían de tomillo y de miel. Pululaban por doquiera, hijas de
aquella tierra dura y seca donde lo que en otra parte se disipa como humo allí
adquiere en seguida figura y sustancia de realidad. Se encontraba la huella de
sus pasos en la greda de los manantiales, y la blancura de sus cuerpos se
confundía de lejos con el espejeo de los peñascos. Ocurría incluso que una
ninfa mutilada sobreviviera aún en una viga mal pulida que sostenía un techo, y
de noche se la oía gemir o cantar. Casi todos los días se perdía en la montaña
algún animal embrujado, y solo se encontraba meses más tarde un mantoncito de
huesos. Las Malignas tomaban a los niños de la mano y los llevaban a bailar al
borde de los precipicios; sus pies ligeros no tocaban tierra, pero el abismo
engullía los cuerpecitos pesados. O bien, un joven que se había lanzado sobre
su pista volvía a bajar sin aliento, tiritando de fiebre, por beber la muerte
en el agua de una fuente. Después de cada desastre, el monje Terapión mostraba
el puño a los bosques donde se ocultaban las Malditas, pero los aldeanos
continuaban amando a aquellas hadas frescas, medio invisibles, y les perdonaban
sus fechorías como se le perdona al sol que trastorne el seso de los locos, a
la luna que chupe la leche de las madres dormidas, y al amor que haga sufrir
tanto.
El monje les temía como a manada de lobas, y
lo inquietaban como una partida de prostitutas. Aquellas bellezas caprichosas
jamás lo dejaban en paz: de noche sentía en su rostro su aliento cálido como el
de un animal domado a medias que merodea tímidamente en un cuarto. Si se
aventuraba a través del campo llevando el viático para un enfermo, oía repicar
tras sus talones su trote caprichoso e irregular de cabras jóvenes; si, a pesar
de sus esfuerzos, llegaba a dormirse a la hora de la oración, venían a tirarle
inocentemente la barba. No trataban de seducirlo porque les parecía feo, cómico
y viejísimo con su espeso sayal pardo, y a pesar de su belleza no despertaban en
él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba como la carne pálida de
la oruga o la piel lisa de las culebras. Sin embargo, lo inducían en tentación,
pues acababa dudando de la sabiduría de Dios, que ha formado tantas criaturas
inútiles y dañinas, como si la creación solo fuera un juego maligno que lo
complacía.
Una mañana, los aldeanos encontraron a su
monje ocupado en talar el plátano de las ninfas, y se afligieron doblemente,
pues por una parte temian la venganza de las hadas, que se marcharían
llevándose consigo las fuentes y, por otra parte aquel plátano daba sombra al
lugar donde acostumbraban reunirse para bailar. Pero no hicieron reproches al
santo varón, por miedo de malquistarse con el Padre que está en los cielos, que
dispensa la lluvia y el sol. Callaron, y los proyectos del monje Terapión
contra las ninfas fueron estimulados con ese silencio. Solo salía ya con dos
pedernales disimulados entre los pliegues de su manga, y de noche,
subrepticiamente, cuando no veía ningún campesino en el campo desierto, le
prendía fuego a un viejo olivo cuyo tronco carcomido le parecía que ocultaba
diosas, o a un joven pino escamoso que derramaba lágrimas de oro. Una forma
desnuda escapaba entonces del follaje y corría a reunirse con sus compañeras,
inmóviles a lo lejos como ciervas asustadas, y el santo monje se regocijaba por
haber destruido otra guarida del Mal. Sembraba cruces por doquiera, y las
jóvenes bestias divinas se alejaban, huyendo de la sombra de aquel Cadalso
sublime, dejando en torno e la aldea santificada una zona cada vez más amplia
de silencio y soledad. Pero la lucha proseguía palmo a palmo en los primeros
declives de la montaña, que se defendía con ayuda de zarzas espinosas y de
aludes de piedras, allí donde los dioses son más difíciles de cazar. Por
último, cercadas por la plegaria y el fuego, demacradas por la ausencia de
ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes de la aldea comenzaron a
apartarse de ellas, las ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, en el
que algunos pinos negrísimos clavados en el suelo arcilloso hacían pensar en
grandes aves que agarraban con sus fuertes garras la tierra roja, mientras
agitaban el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. Las fuentes que
brotaban allí, bajo montones de piedras informes, eran demasiado frías para
atraer lavanderas o pastores. A media ladera de una colina se ahondaba una
gruta, a la que solo se accedia a través de una entrada que permitía apenas el
paso de un cuerpo. Las ninfas siempre se refugiaban allí en las tardes en que
la tormenta perturbaba sus juegos, pues, como todos los animales salvajes,
temían el trueno, y era allí donde dormían en las noches sin luna. Algunos
jóvenes pastores pretendían haberse deslizado en aquella caverna, arriesgando
su salvación y el vigor de su juventud, y no se cansaban de hablar de aquellos
dulces cuerpos entrevistos en la fresca penumbra, o de aquellas cabelleras
menos palpadas que adivinadas. Para el monje Terapión, aquella gruta disimulada
en el flanco del peñasco era como un cáncer clavado en su propio pecho, y de
pie a la entrada del vallecito, con los brazos en alto, inmóvil durante horas
enteras, rogaba al cielo que le ayudara a destruir aquellos peligrosos restos
de la raza de los dioses.
Una noche, poco después de Pascua, el monje
reunió a los más fieles y a los más rudos de su grey, los proveyó de piquetas y
de faroles, se armó de un crucifijo y los guió por el dédalo de colinas, entre
las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche
negra. Se detuvo a la entrada de la gruta, y no permitió que sus discípulos
penetraran en ella, de miedo a que fueran tentados. En la penumbra opaca se oía
gorjear a las fuentes; palpitaba también un ruido débil, suave como la brisa en
los pinares: era la respiración de las ninfas dormidas, que sonaban con la
juventud del mundo, con la época en que el hombre aún no existía, cuando la
tierra solo daba a luz árboles, animales y dioses. Los campesinos encendieron
un gran fuego, pero tuvieron que renunciar a quemar el peñasco; el monje les
ordenó entonces mezclar yeso y acarrear piedras. Con las primeras luces del
alba comenzaron la construcción de una capillita, pegada al flanco de la
colina, ante la boca de la gruta maldita. Los muros aún no estaban secos, y
faltaban el techo y la puerta, pero el monje Terapión sabía que las ninfas no
trataron de huir a través de aquel lugar santo, ya consagrado y bendecido por
él. Para mayor seguridad había erigido en el fondo de la capilla, ante la boca
del peñasco, un gran Cristo pintado en una cruz de cuatro brazos iguales, y las
ninfas, que sólo sabían de sonrisas, retrocedieron horrorizadas ante aquella
imagen del Ajusticiado. Los primeros rayos del sol se estiraron tímidamente,
hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desdichadas solían salir,
para tomar de las hojas de los árboles cercanos su primer refresco de rocio;
las cautivas sollozaban, suplicando al monje que las socorriera, y en su
inocencia si consentía en dejarlas escapar, le prometian amarlo. Los trabajos
prosiguieron durante toda la jornada, y hasta la llegada de la noche se vieron
caer lágrimas de la piedra y se oyeron toses y gritos roncos, parecidos a
lamentos de un animal herido. Al día siguiente colocaron el techo, y lo
adornaron con un ramo de flores; se instaló la puerta, y se hizo girar en la
cerradura una gran llave de hierro. Aquella noche, los campesinos fatigados
regresaron a la aldea, pero el monje Terapión se acostó cerca de la capilla que
había erigido, y durante toda la noche los gemidos de sus prisioneras le
impidieron dormir placenteramente. No obstante era compasivo, pues se
enternecía ante un gusano que aplastara su pie, o ante una flor que tronchara
el roce de su hábito, pero se parecía a un hombre regocijado por emparedar
entre dos ladrillos un nido de viboreznos.
Al día siguiente, los campesinos llevaron
lechada de cal y enjalbegaron por dentro y por fuera la capilla, que adquirió
entonces el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el pecho del peñasco.
Dos aldeanos, menos miedosos que los otros, se aventuraron en la gruta para
blanquear sus paredes húmedas y porosas, a fin de que el agua de las fuentes y
la miel de las abejas dejaran de rezumar en el interior del bello antro, y de
sostener la vida desfalleciente de las hadas. Las ninfas, debilitadas, ya no
tenían la fuerza necesaria para manifestarse a los humanos; aquí y allá se
adivinaba apenas, vagamente, en la penumbra, una joven boca contraria, un débil
par de manos suplicantes, o la pálida rosa de un seno. De vez en cuando, al
rozar con sus gruesos dedos blanqueados de cal las asperezas del peñasco, los
campesinos sentían que huía una cabellera dócil y trémula como esos helechos
que nacen en los lugares húmedos y abandonados. El cuerpo deshecho de las
ninfas se evaporaba en vaharadas, o estaba a punto de disolverse en polvo como
las alas de una mariposa muerta; aún gemían pero había que aguzar el oído para
escuchar sus débiles lamentos; solo eran ya las almas de las ninfas las que
lloraban. Durante toda la noche siguiente, el monje Terapión continuó montando
su guardia de rezos en el umbral de la capilla, como un anacoreta en el
desierto. Se regocijaba al pensar que los llantos cesarían antes de la luna
nueva, y que las ninfas muertas de inanición sólo serían entonces un recuerdo
impuro. Rezaba para que se apresurara el instante en que la muerte librarla a
sus prisioneras, pues ya comenzaba, muy a su pesar, a compadecerlas, y
lamentaba esa, vergonzosa debilidad. Ya nadie venía a visitarlo; la aldea le
parecia tan distante como si estuviera situada al otro lado del mundo; sólo
veía, sobre la vertiente opuesta del valle, tierra roja, pinos, y un sendero
oculto a medias bajo las agujas de oro, y sólo escuchaba aquellos estertores
que menguaban progresivamente, y el rumor cada vez más ronco de sus propias
plegarias.
Al atardecer de aquel día vio a una mujer que
venia hacia él por el sendero. Caminaba con la cabeza baja, un poco encorvado;
su manto y su chal eran negros, pero un resplandor misterioso se tamizaba a
través de aquel tejido oscuro; como si la noche se hubiera echado sobre la
mañana. Aunque era muy joven, tenía la gravedad, la lentitud y la dignidad de
una anciana, y su suavidad era como la del racimo maduro y la de la flor
perfumada. Al pasar ante la capilla miró atentamente al monje, cuyas plegarias
perturbaba.
-Este sendero no conduce a ninguna parte,
mujer -le dijo-. ¿De dónde vienes?
-Del oriente, como la aurora respondió la
joven-. ¿Qué haces aquí, anciano monje?
-He emparedado en esa gruta a las ninfas que
aún infestaban la comarca -dijo el monje-, y ante la boca del antro construí
una capilla, que no se atreven a atravesar para huir porque están desnudas, y a
su manera temen a Dios. Espero a que mueran de hambre y de frío en su caverna,
y cuando esto ocurra, la paz de Dios reinará sobre los campos.
-¿Quién te dijo que la paz de Dios no se
extiende igualmente a las ninfas como a las ciervas y a los rebaños de cabras?
-respondió la joven-. ¿No sabes que en el momento de la Creación Dios se olvidó
de dar alas a ciertos ángeles, que cayeron a la tierra y se establecieron en
los bosques, donde formaron la raza de las ninfas y de los faunos? Otros se
instalaron en una montaña, donde se convirtieron en los dioses olímpicos. No
exaltes, como los paganos, a la criatura en detrimento del Creador, pero
tampoco te escandalices con su obra. Y agradece a Dios, con todo tu corazón, el
que haya creado a Diana y Apolo.
-Mi espíritu no se eleva tan alto -dijo
humildemente el viejo monje-. Las ninfas turbaban a mis fieles y ponían en peligro
su salvación, de la que soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiría
hasta el mismo infierno, si fuera necesario.
-Y tanto celo te será tenido en cuenta, monje
honesto -dijo, sonriendo, la joven-. Pero, no se te ocurre un medio de
conciliar la vida de las ninfas y la salvación de tus fieles?
Su voz era dulce como una música de flautas.
El monje, inquieto, bajó la cabeza. La joven puso una mano en su hombro y le
dijo gravemente.
-Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan
las grutas, y siento compasión de los que buscan refugio en ellas. Fue en una
gruta donde traje al mundo a mi Hijo, y también en una gruta lo confié sin
temor a la muerte, a fin de que pasara por el segundo nacimiento de la
Resurrección. El anacoreta se apartó
para dejarla pasar. Sin vacilar, ella se dirigió hacia la entrada de la
caverna, disimulada tras el altar. La gran cruz interceptaba el umbral; la
apartó suavemente, como a un objeto familiar, y se deslizó en el antro.
Se oyeron en las tinieblas gemidos aún más
agudos, gorjeos, y un como batir de alas. La joven hablaba a las ninfas en un
lenguaje desconocido, que era acaso el de las aves o el de los ángeles. Al cabo
de un momento reapareció al lado del monje, que no había dejado de rezar. -Observa, monje -dijo-, y escucha.
Innumerables chillidos estridentes salieron
debajo de su manto. Apartó las puntas, y el monje Terapión vio que llevaba,
entre los pliegues de su túnica, centenares de jóvenes golondrinas. Abrió
ampliamente los brazos, como una mujer en oración, dejando volar a las aves.
Después dijo, y su voz era clara como el sonido de un arpa.
-Volad, hijas mías.
Las golondrinas liberadas se entretejieron en
el cielo vespertino, dibujando con picos y alas signos indescifrables. El
anciano y la joven las siguieron un momento con la mirada; después, la viajera
dijo al solitario:
-Volverán cada año, y les darás asilo en mi
iglesia. Adiós, Terapión.
Y María se alejó por el sendero que no
conducía a ninguna parte, mujer a quien le importa poco que los caminos terminen,
puesto que conoce el modo de llegar al cielo. El monje Terapión regresó a la
aldea, y al otro día, cuando subió a celebrar la misa, la gruta de las ninfas
estaba cubierta de nidos de golondrina. Regresaban cada año, e iban y venían en
la iglesia, ocupadas en alimentar sus pichones o en consolidar sus casas de
arcilla, y a menudo el monje Terapión interrumpía sus plegarias para observar,
enternecido, sus amores y sus juegos, pues lo que está prohibido a las ninfas
se les permite a las golondrinas.
FIN
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