Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

León Arsenal - El otro


En fanzine digital Ad Astra 15, Invierno de 1998/1999.

Hace ya algún tiempo, se supo que un perturbado había matado a su mejor amigo mientras dormía, atravesándole el pecho con una estaca de madera. Aquel pobre hombre creía de veras que éste estaba endemoniado, que le vampirizaba, y una noche obró en consecuencia, asesinándole en su propia cama. La noticia movió a compasión y, ¿por qué negarlo?, también a risa, y al cabo de unos días desapareció de los telediarios, borrándose así del recuerdo de la gente.
Aquel suceso se vio como el producto de una mente enferma y tampoco yo creo que allí hubiera otra cosa excepto locura. Pero hay que ver con cuanta rapidez, en casos así, se desdeña cualquier otra opción: nunca se contempla la posibilidad de lo extraordinario, aunque sea para descartarla acto seguido. Pero no: se rechaza de antemano. La cosa tiene su lógica, desde luego; ya que lo extraordinario, como su nombre indica, es sumamente raro, mientras que abundan los alucinados y los estafadores. Pero tal actitud lleva a su vez a que, ante un suceso fuera de lo común, sean muy pocos los capaces de reconocer lo extraordinario y a que, aquellos que lo hacen, si tienen dos dedos de frente, opten por callar.
Yo no soy ninguna excepción y tampoco, al principio, supe ver nada anormal.
El comienzo, la piedra de toque, fue una conversación casual mantenida con un amigo; la mención a un comentario que se supone que yo le hice tiempo atrás, un día que quedamos para comer juntos. Yo lo negué: no sólo no recordaba el haber dicho tal cosa, sino que no sabía de que comida me estaba hablando. Me dio detalles y, cuanto más insistía, más me afirmaba yo en que se equivocaba, y más él en lo contrario. Al cabo dejamos el tema, cada cual seguro de tener la razón y, sin embargo, mutuamente perplejos.
No le di mayor importancia, porque no lo tenía. La memoria suele gastar malas pasadas y él o yo, o ambos, estábamos en un error. El problema vino más tarde cuando, en un par de meses, aquello se repitió media docena de veces: algún amigo, o la chica con la que entonces salía, me hablaban de cosas que yo no recordaba haber dicho o hecho. Tuve más de una discusión por tal motivo y, por último, cuando tres amigos me mencionaron una partida de póker en la que yo había sido el cuarto, partida de la cual yo nada recordaba, ya no supe qué pensar. Porque, ¿cómo iban a equivocarse tres personas, a la vez, en algo así?
Temiendo sufrir algún trastorno, me planteé incluso buscar ayuda especializada; aunque, tras muchas dudas, decidí no hacerlo; al menos, no mientras aquellos vacíos de memoria no perturbasen seriamente mi vida privada o profesional. Lo que no quiere decir que me quedase cruzado de brazos. No.
Comencé a llevar un diario; un registro de mis movimientos, con fechas y horas, y dejé de protestar cuando alguien me hablaba de algo que yo no recordaba. Asimismo, decidí crearme ante los demás una imagen de despistado; algo que no es nada difícil: bastan unos pocos detalles y cierta maña.
El tiempo fue pasando, yo oía y callaba. Y, cada vez que me mencionaban algo de lo que no guardaba memoria, lo anotaba en el diario. Desde luego, dado que no me atrevía a preguntar, parte de esas notas eran falsas: situaciones que debía recordar, pero en las que, como suele decirse, no caía en ese momento. Aprendí a esquivar situaciones comprometidas, así como a sonsacar toda la información posible. Y el diario fue creciendo, haciéndose cada vez más estricto, en un esfuerzo por ubicar lo más exactamente posible todos esos recuerdos perdidos.
Usaba el azul para fechas, horas, sucesos; el negro para los datos recogidos; el rojo para comentarios y anotaciones. Los cotejaba una y otra vez, intentando encajar los segundos entre los primeros; pero me resultaba sumamente difícil, puesto que no eran sino comentarios cazados al vuelo y no podía fecharlos sino de una forma muy tentativa.
Así fue, hasta esa noche de verano en la que, sentados en una terraza, los amigos sacaron a colación una película en cartelera. Algunos de nosotros habíamos ido a verla “el otro miércoles” y, según decían, yo era uno de ellos, aunque no lo recordara.
–Sí –dije, como por casualidad–, el miércoles pasado...
–No, el anterior –me corrigió uno, volviéndose–. Pero a ti no te gustó demasiado, ¿no?
–Pssa –me encogí de hombros con una mueca, dando a entender que ni fu ni fa. Y, con una disculpa, me fui adentro, al servicio. Al volver, tal como esperaba, el tema de conversación era ya otro.
De vuelta a casa, me faltó tiempo para consultar el diario. Por fin tenía un lugar, día e incluso una hora, la de la sesión de noche. Pasé las hojas. Leí. Decía: “23.00 Estoy leyendo En un Biombo Chino, de S. Maugham”, y después, “00.30 Dejo de leer por esta noche. Me voy derecho a la cama”.
No había duda posible. Pero, ¿cómo puede alguien estar en dos sitios a la vez? Volví a consultar las anotaciones, desconcertado. Una mosca zumbaba en torno a la lámpara, el resplandor anaranjado de las farolas entraba por la ventana, abierta de par en par, y el ventilador giraba de un lado a otro, alborotando a intervalos las hojas del cuaderno.
Comencé a revisar, ahora desde otra óptica, el diario, sin buscar ya posibles huecos en los que casar esos misteriosos sucesos que no recordaba. Y sí, podía ser, al menos en lo tocante a los mejor datados: aquellos hechos de los que me hablaban, en los que se suponía que estuve, podían haber tenido lugar en momentos en los que me encontraba en casa, solo. Con esa idea en la cabeza, lo cotejé todo, llenando los márgenes del diario de nuevas anotaciones.
Al acabar me recosté en la silla y encendí un cigarrillo. La mosca aún revoloteaba por el cuarto, el ventilador seguía girando. Dejé escapar una bocanada larga y lenta. Y así fue como esa noche, viendo al humo subir y dispersarse, comencé a intuir la presencia de un alguien desconocido; de ese otro que rondaba como un chacal alrededor de mi vida, esperando la más mínima ausencia para suplantarme ante los demás.
Fui a la ventana y me apoyé en el alféizar, a seguir fumando. Era ya muy de madrugada y la calle estaba vacía; pasaba algún que otro taxi con la luz verde encendida; dos cruces más arriba los barrenderos regaban las aceras y el calor acumulado durante el día parecía desprenderse en oleadas del asfalto negro.
Todo encajaba, claro que encajaba, aunque hasta ese instante yo no supiera verlo. Es verdad que hasta entonces yo no había tenido un dato concreto –una fecha, una hora– y que había otras posibilidades, más lógicas, que examinar; aparte de que para nosotros, la gente de esta época, lo que no podemos explicar no existe. Pero meses de incertidumbre habían derribado muchas barreras dentro de mí, dejándome abierto a casi cualquier opción.
A partir de ese momento me puse sobre su pista, atando un cabo tras otro y la sospecha fue convirtiéndose día a día en certeza. Había alguien, sí: otro. Alguien de quien yo no sabía nada y que, sin embargo, parecía conocerlo todo sobre mí. Alguien que se mantenía en las fronteras de mi existencia, al borde de las sombras, siempre esperando.
¿De dónde viene? ¿Cómo? ¿Por qué? He pensado mucho en ello y la verdad es que no tengo respuestas; sólo sé que ahí está. Además, desde que tuve la certeza de su existencia, la mayor de mis preocupaciones ha sido siempre cómo hacerle frente.
Mis diarios han crecido, se han especializado y ocupan ya varios cuadernos. En ellos, en cierta forma, le tengo a él; tengo su reflejo, el vaciado de cuando ha hecho y dicho. Y, con el paso del tiempo, incluso he conseguido algunas pruebas físicas de su existencia. Un par de anotaciones e incluso una carta que dirigió a una de mis amigas y que, con certeza, yo no he escrito. La letra es idéntica a la mía, hasta el más mínimo detalle, con una sola diferencia: está escrita con tinta negra, mientras que yo uso siempre el azul. Aunque con eso, claro, no podría convencer a nadie.
También existe una foto en la que pudiera –sólo pudiera– estar él. Fue tomada una noche de juerga por uno de esos fotógrafos ambulantes que recorren los garitos y retrata a cinco de los amigos de siempre en torno a una mesa, con cervezas medio llenas y cigarrillos humeando en los ceniceros. Uno de los cinco soy yo, pero no recuerdo haber estado allí. Sin embargo, me topé con esa foto por casualidad, ojeando el álbum de un amigo, y éste no supo decirme cuándo fue hecho. “El año pasado, ¿no?”, fue lo más que le saqué.
Así que no sé que pensar: minucias así, sobre todo si uno lleva encima unas copas, se olvidan con facilidad. Desde luego, si el de la fotografía es de verdad el otro, somos como dos gotas de agua, incluso en el gesto.
Envejecemos juntos y juntos vamos cambiando de amigos, de mujer, de casa. Libramos una guerra secreta, hecha de equívocos y emboscadas. De vez en cuando hago algo inesperado, tratando de atraparle, pero siempre ha sido en vano. Alguna vez, sin embargo, al volver de golpe la cabeza, he creído vislumbrarle durante un parpadeo entre el gentío que abarrota los andenes del metro en hora punta. Pero no sé: quien busca, cree muchas veces ver algo donde no hay nada.
Y así van pasando los años. He aprendido a controlarme, a sortear las situaciones comprometidas, y él tampoco puede arriesgarse más de la cuenta.
Si lo que buscaba era ponerme en evidencia y hundir mi vida, ha fracasado.
Sin embargo ahí sigue y tampoco puedo decir que yo haya vencido. Aprovecha cualquier oportunidad de suplantarme y yo me veo obligado a callar. Me substituye ante parientes, amigos, amantes. Usurpa mi lugar, comparte con ellos lo que me pertenece por derecho; momentos que habían de ser míos o no ser. Se los apropia, me los roba y así, en cierta forma, él es yo a ojos de los demás y a mí, aunque sea en parte, me desplaza y me convierte en un extraño ante ellos. En alguien ajeno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.