En fanzine digital Ad Astra 15, Invierno
de 1998/1999.
Hace
ya algún tiempo, se supo que un perturbado había matado a su mejor amigo
mientras dormía, atravesándole el pecho con una estaca de madera. Aquel pobre
hombre creía de veras que éste estaba endemoniado, que le vampirizaba, y una
noche obró en consecuencia, asesinándole en su propia cama. La noticia movió a
compasión y, ¿por qué negarlo?, también a risa, y al cabo de unos días
desapareció de los telediarios, borrándose así del recuerdo de la gente.
Aquel
suceso se vio como el producto de una mente enferma y tampoco yo creo que allí
hubiera otra cosa excepto locura. Pero hay que ver con cuanta rapidez, en casos
así, se desdeña cualquier otra opción: nunca se contempla la posibilidad de lo
extraordinario, aunque sea para descartarla acto seguido. Pero no: se rechaza
de antemano. La cosa tiene su lógica, desde luego; ya que lo extraordinario,
como su nombre indica, es sumamente raro, mientras que abundan los alucinados y
los estafadores. Pero tal actitud lleva a su vez a que, ante un suceso fuera de
lo común, sean muy pocos los capaces de reconocer lo extraordinario y a que,
aquellos que lo hacen, si tienen dos dedos de frente, opten por callar.
Yo
no soy ninguna excepción y tampoco, al principio, supe ver nada anormal.
El
comienzo, la piedra de toque, fue una conversación casual mantenida con un
amigo; la mención a un comentario que se supone que yo le hice tiempo atrás, un
día que quedamos para comer juntos. Yo lo negué: no sólo no recordaba el haber
dicho tal cosa, sino que no sabía de que comida me estaba hablando. Me dio
detalles y, cuanto más insistía, más me afirmaba yo en que se equivocaba, y más
él en lo contrario. Al cabo dejamos el tema, cada cual seguro de tener la razón
y, sin embargo, mutuamente perplejos.
No
le di mayor importancia, porque no lo tenía. La memoria suele gastar malas
pasadas y él o yo, o ambos, estábamos en un error. El problema vino más tarde
cuando, en un par de meses, aquello se repitió media docena de veces: algún
amigo, o la chica con la que entonces salía, me hablaban de cosas que yo no
recordaba haber dicho o hecho. Tuve más de una discusión por tal motivo y, por
último, cuando tres amigos me mencionaron una partida de póker en la que yo
había sido el cuarto, partida de la cual yo nada recordaba, ya no supe qué
pensar. Porque, ¿cómo iban a equivocarse tres personas, a la vez, en algo así?
Temiendo
sufrir algún trastorno, me planteé incluso buscar ayuda especializada; aunque,
tras muchas dudas, decidí no hacerlo; al menos, no mientras aquellos vacíos de
memoria no perturbasen seriamente mi vida privada o profesional. Lo que no
quiere decir que me quedase cruzado de brazos. No.
Comencé
a llevar un diario; un registro de mis movimientos, con fechas y horas, y dejé
de protestar cuando alguien me hablaba de algo que yo no recordaba. Asimismo,
decidí crearme ante los demás una imagen de despistado; algo que no es nada
difícil: bastan unos pocos detalles y cierta maña.
El
tiempo fue pasando, yo oía y callaba. Y, cada vez que me mencionaban algo de lo
que no guardaba memoria, lo anotaba en el diario. Desde luego, dado que no me
atrevía a preguntar, parte de esas notas eran falsas: situaciones que debía
recordar, pero en las que, como suele decirse, no caía en ese momento. Aprendí
a esquivar situaciones comprometidas, así como a sonsacar toda la información
posible. Y el diario fue creciendo, haciéndose cada vez más estricto, en un
esfuerzo por ubicar lo más exactamente posible todos esos recuerdos perdidos.
Usaba
el azul para fechas, horas, sucesos; el negro para los datos recogidos; el rojo
para comentarios y anotaciones. Los cotejaba una y otra vez, intentando encajar
los segundos entre los primeros; pero me resultaba sumamente difícil, puesto
que no eran sino comentarios cazados al vuelo y no podía fecharlos sino de una
forma muy tentativa.
Así
fue, hasta esa noche de verano en la que, sentados en una terraza, los amigos
sacaron a colación una película en cartelera. Algunos de nosotros habíamos ido
a verla “el otro miércoles” y, según decían, yo era uno de ellos, aunque no lo
recordara.
–Sí
–dije, como por casualidad–, el miércoles pasado...
–No,
el anterior –me corrigió uno, volviéndose–. Pero a ti no te gustó demasiado,
¿no?
–Pssa
–me encogí de hombros con una mueca, dando a entender que ni fu ni fa. Y, con
una disculpa, me fui adentro, al servicio. Al volver, tal como esperaba, el
tema de conversación era ya otro.
De
vuelta a casa, me faltó tiempo para consultar el diario. Por fin tenía un
lugar, día e incluso una hora, la de la sesión de noche. Pasé las hojas. Leí.
Decía: “23.00 Estoy leyendo En un Biombo Chino, de S. Maugham”, y después,
“00.30 Dejo de leer por esta noche. Me voy derecho a la cama”.
No
había duda posible. Pero, ¿cómo puede alguien estar en dos sitios a la vez?
Volví a consultar las anotaciones, desconcertado. Una mosca zumbaba en torno a
la lámpara, el resplandor anaranjado de las farolas entraba por la ventana,
abierta de par en par, y el ventilador giraba de un lado a otro, alborotando a
intervalos las hojas del cuaderno.
Comencé
a revisar, ahora desde otra óptica, el diario, sin buscar ya posibles huecos en
los que casar esos misteriosos sucesos que no recordaba. Y sí, podía ser, al
menos en lo tocante a los mejor datados: aquellos hechos de los que me
hablaban, en los que se suponía que estuve, podían haber tenido lugar en
momentos en los que me encontraba en casa, solo. Con esa idea en la cabeza, lo
cotejé todo, llenando los márgenes del diario de nuevas anotaciones.
Al
acabar me recosté en la silla y encendí un cigarrillo. La mosca aún revoloteaba
por el cuarto, el ventilador seguía girando. Dejé escapar una bocanada larga y
lenta. Y así fue como esa noche, viendo al humo subir y dispersarse, comencé a
intuir la presencia de un alguien desconocido; de ese otro que rondaba como un
chacal alrededor de mi vida, esperando la más mínima ausencia para suplantarme
ante los demás.
Fui
a la ventana y me apoyé en el alféizar, a seguir fumando. Era ya muy de
madrugada y la calle estaba vacía; pasaba algún que otro taxi con la luz verde
encendida; dos cruces más arriba los barrenderos regaban las aceras y el calor
acumulado durante el día parecía desprenderse en oleadas del asfalto negro.
Todo
encajaba, claro que encajaba, aunque hasta ese instante yo no supiera verlo. Es
verdad que hasta entonces yo no había tenido un dato concreto –una fecha, una
hora– y que había otras posibilidades, más lógicas, que examinar; aparte de que
para nosotros, la gente de esta época, lo que no podemos explicar no existe.
Pero meses de incertidumbre habían derribado muchas barreras dentro de mí,
dejándome abierto a casi cualquier opción.
A
partir de ese momento me puse sobre su pista, atando un cabo tras otro y la
sospecha fue convirtiéndose día a día en certeza. Había alguien, sí: otro.
Alguien de quien yo no sabía nada y que, sin embargo, parecía conocerlo todo
sobre mí. Alguien que se mantenía en las fronteras de mi existencia, al borde
de las sombras, siempre esperando.
¿De
dónde viene? ¿Cómo? ¿Por qué? He pensado mucho en ello y la verdad es que no
tengo respuestas; sólo sé que ahí está. Además, desde que tuve la certeza de su
existencia, la mayor de mis preocupaciones ha sido siempre cómo hacerle frente.
Mis
diarios han crecido, se han especializado y ocupan ya varios cuadernos. En
ellos, en cierta forma, le tengo a él; tengo su reflejo, el vaciado de cuando
ha hecho y dicho. Y, con el paso del tiempo, incluso he conseguido algunas
pruebas físicas de su existencia. Un par de anotaciones e incluso una carta que
dirigió a una de mis amigas y que, con certeza, yo no he escrito. La letra es
idéntica a la mía, hasta el más mínimo detalle, con una sola diferencia: está
escrita con tinta negra, mientras que yo uso siempre el azul. Aunque con eso,
claro, no podría convencer a nadie.
También
existe una foto en la que pudiera –sólo pudiera– estar él. Fue tomada una noche
de juerga por uno de esos fotógrafos ambulantes que recorren los garitos y
retrata a cinco de los amigos de siempre en torno a una mesa, con cervezas
medio llenas y cigarrillos humeando en los ceniceros. Uno de los cinco soy yo,
pero no recuerdo haber estado allí. Sin embargo, me topé con esa foto por
casualidad, ojeando el álbum de un amigo, y éste no supo decirme cuándo fue
hecho. “El año pasado, ¿no?”, fue lo más que le saqué.
Así
que no sé que pensar: minucias así, sobre todo si uno lleva encima unas copas,
se olvidan con facilidad. Desde luego, si el de la fotografía es de verdad el
otro, somos como dos gotas de agua, incluso en el gesto.
Envejecemos
juntos y juntos vamos cambiando de amigos, de mujer, de casa. Libramos una
guerra secreta, hecha de equívocos y emboscadas. De vez en cuando hago algo
inesperado, tratando de atraparle, pero siempre ha sido en vano. Alguna vez,
sin embargo, al volver de golpe la cabeza, he creído vislumbrarle durante un
parpadeo entre el gentío que abarrota los andenes del metro en hora punta. Pero
no sé: quien busca, cree muchas veces ver algo donde no hay nada.
Y
así van pasando los años. He aprendido a controlarme, a sortear las situaciones
comprometidas, y él tampoco puede arriesgarse más de la cuenta.
Si
lo que buscaba era ponerme en evidencia y hundir mi vida, ha fracasado.
Sin
embargo ahí sigue y tampoco puedo decir que yo haya vencido. Aprovecha
cualquier oportunidad de suplantarme y yo me veo obligado a callar. Me
substituye ante parientes, amigos, amantes. Usurpa mi lugar, comparte con ellos
lo que me pertenece por derecho; momentos que habían de ser míos o no ser. Se
los apropia, me los roba y así, en cierta forma, él es yo a ojos de los demás y
a mí, aunque sea en parte, me desplaza y me convierte en un extraño ante ellos.
En alguien ajeno.
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