© 1953, by Fantasy House, Inc.
John
Anthony es el seudónimo de un notable poeta norteamericano, profesor de
literatura, y director de una conocida casa editora.
JARIS TENÍA
EL OBJETO EN LA palma de la mano mientras acariciaba con el pulgar el hueco de
la cara pulida.
—Es
realmente la pieza que más estimo en mi colección —dijo—, pero no tiene nombre.
La llamo el hipnoglifo.
—¿El
hipnoglifo? —dijo Maddick dejando otra vez en la mesa un magnífico ópalo
venusino, del tamaño de un huevo de ganso y de colores abigarrados.
Jaris le
sonrió al hombre más joven.
—El
hipnoglifo —repitió—. Tome, échele una ojeada.
Maddick
sostuvo el objeto en la palma, acariciándolo suavemente, pasando lentamente el
pulgar por el hueco.
—¿Esto es su
pieza más estimada? —preguntó—. Pero cómo, no es más que un pedazo de madera,
—Un hombre —dijo Jaris— puede ser descrito como nada más que un pedazo de
carne, pero tiene algunas propiedades insólitas.
Maddick
paseó la mirada por el cuarto de tesoros mientras acariciaba el hueco con el
pulgar. —Es verdad. Nunca
he visto más propiedades en un
cuarto.
La voz de
Jaris apartó suavemente el filo de codicia que había asomado en la voz del
hombre más joven.
—La vida de
usted no ha sido muy larga. Quizá aún pueda aprender algo nuevo.
Maddick
enrojeció un instante, frunció apenas los labios y se encogió de hombros.
—Bueno,
¿para qué sirve? —preguntó extendiendo la mano y mirándose los dedos que
acariciaban el objeto.
Jaris rió
entre dientes. —Para lo que usted está haciendo, exactamente. El objeto es
irresistible. Una vez que lo toma usted en la mano, el pulgar acaricia
automáticamente el hueco, y odia automáticamente tener que dejar de
acariciarlo.
La voz de
Maddick tuvo ese tono que los muy jóvenes reservan para complacer a los muy
viejos.
—Es un
aparatito agradable —dijo—. ¿Pero por qué ese nombre tan presuntuoso?
—¿Presuntuoso?
—dijo Jaris—. Me parece descriptivo, nada más. El objeto es realmente hipnótico.
—Sonrió observando cómo los dedos de Maddick jugaban con el objeto.— Quizá
usted recuerde a un escultor llamado Gainsdale que creó cosas parecidas a fines
del siglo veinte. Fundó una escuela llamada Tropismo.
Maddick se
encogió de hombros, absorto aún en el objeto.
—Todos y
cada uno fundaron una escuela de algo en esa época.
—Era una
teoría interesante —dijo Jaris tomando un cristal arturiano del espacio y
mirando el abanico de rayos luminosos—. Gainsdale argumentaba, y con razones
suficientes me parece, que en la superficie de todo organismo hay respuestas
táctiles naturales. Un gato prefiere naturalmente que lo acaricien de cierto
modo. Un heliotropo se mueve naturalmente hacia la luz.
—Y a uno le
toman naturalmente el pelo —se burló Maddick—. Hasta ahora hemos enumerado
ciertas ideas básicas de tropismo, con una t minúscula. ¿Qué más?
—No importan
tanto las ideas sino las aplicaciones prácticas —dijo Jaris, ignorando la
rudeza del hombre más joven—. Gainsdale llevó simplemente sus estudios de tropismo
más allá que ningún otro. Que ningún otro en la Tierra, por lo menos. Opinaba
que todas las superficies del cuerpo responden naturalmente a ciertas formas y
texturas, y comenzó a esculpir objetos que de acuerdo con sus propias palabras
hacían naturalmente felices a las superficies del cuerpo. Creó objetos para
frotarse la nuca, o para frotarse la frente. Hasta pretendía curar así el dolor
de cabeza.
—Antigua
terapéutica china, simplemente —dijo Maddick—. No hace más de una semana compré
un talismán del siglo octavo que cura reumatismos por frotamiento. Una mera
curiosidad.
—Gainsdale
conoció ciertamente la glíptica oriental —dijo Jaris—, pero trató de
sistematizar esas ideas en una serie de principios. En una ocasión intentó
resucitar la moda de los netzké japoneses, esas figuritas pulidas que los
samuráis llevaban en los cinturones. Sin embargo, Gainsdale prefería esculpir
para todo el cuerpo. Experimentó con la joyería psíquica y diseñó brazaletes
que eran naturalmente agradables para el brazo. Durante un tiempo creó sillas
que eran irresistibles para las nalgas.
—Todo un
arte —dijo Maddick, haciendo girar el objeto que tenía en la mano y tomándolo
otra vez como antes para que el pulgar pudiese acariciar la pequeña
concavidad—. Podríamos decir que bajó directamente a los fundamentos.
Le sonrió a
Jaris como celebrando su propio ingenio, pero no encontró respuesta.
—Era,
realmente, todo un hombre —dijo Jaris muy serio—. No sé si se le ocurrió la
idea por ese asunto de las sillas y las nalgas, pero poco después comenzó a
experimentar con accesorios que preservarían la potencia sexual. Una liga de
defensa de esto o de aquello le impidió seguir adelante, pero vale la pena
recordar que tuvo un hijo cuando ya había cumplido los ochenta y cuatro.
Maddick miró
brevemente a Jaris, de soslayo.
—¡Al fin una
aplicación práctica Jaris observó la mano de Maddick que aún acariciaba el
hipnoglifo. Los dedos del joven se movían automáticamente.
—Luego —dijo
Jaris ignorando la mirada de Maddick— se puso a esculpir bloques de dormir, almohadas de madera parecidas a esos bloques
de porcelana del Japón, pero moldeadas para dar placer a
la cabeza. Gainsdale decía que provocaban hermosos sueños. Pero
sobre todo esculpió objetos para las manos, como los
artífices japoneses de talismanes que se limitaron a crear netzkés. Al fin y al
cabo, la mano no es sólo el órgano táctil natural. Tiene además la clase de
movilidad que responde más agradablemente a la textura y a la masa.
Jaris dejó
el cristal del espacio y contempló la mano de Maddick. —Exactamente como hace
usted en este momento —dijo—. Gainsdale buscaba el objeto que la mano humana no
puede resistir.
Maddick se
miró la mano. Los dedos se le movían como si estuviesen solos con la cosa,
separados del brazo y de la mente.
—Reconozco
que es agradable —dijo—. ¿Pero no le parece un poco traído por los pelos? No me
hará creer usted que el placer es realmente irresistible. Si no podemos dominar
nuestros deseos de placer, ¿cómo no nos estrangulamos luchando por acariciar
este objeto?
—Quizá —dijo
Jaris suavemente— porque mi deseo de acariciarlo es menor que el suyo.
Maddick
paseó los ojos por el cuarto de tesoros.
—Quizá pueda
usted permitírselo —dijo, y durante un instante no hubo suavidad en su voz.
Pareció darse cuenta él mismo, pues cambió inmediatamente de tema—. Pero yo
creía que usted sólo coleccionaba objetos extraterrestres. ¿Cómo se explica que
tenga esto aquí?
—Por una
curiosa coincidencia —dijo Jaris—. O una de las muchas curiosas coincidencias.
El objeto que usted tiene en la mano es extraterrestre.
—¿Y las
otras curiosas coincidencias? —dijo Maddick.
Jaris
encendió un cigarro infecto.
—Me parece
que debiéramos comenzar por el
principio —dijo a través del humo.
—Algo me
hacía presentir que había aquí una historia —dijo Maddick—. Ustedes los
coleccionistas son todos iguales. Nunca he conocido a ninguno que no fuese un
aficionado a los cuentos. Quizá éstos sean la verdadera razón de una colección.
Jaris sonrió.
—Una
enfermedad profesional. ¿Coleccionamos para contar historias, o contamos
historias para poder coleccionar? Quizá si se la cuento bien pueda
coleccionarlo a usted. Bueno, siéntese y trataré de superarme. Un nuevo
auditorio, una nueva oportunidad.
Le indicó a
Maddick que se sentara en un sillón de hueso, muy tallado. Puso la vasija
humectante, los sellos de la droga, y una garrafa de brandy del Danubio al
alcance de la mano de Maddick, y se sentó al escritorio invitándolo con una
seña a que se sirviera él mismo.
—Supongo
—dijo Jaris luego de esa pausa anterior al relato que ningún narrador puede
omitir—, supongo que una de las razones por las que aprecio tanto este objeto
es que me lo procuré en mi último viaje al espacio exterior. Como usted ve
—añadió señalando la colección con un leve movimiento de la mano—, cometí el
error de regresar rico, y eso mató en mí la inquietud de los viajes. Heme pues
aquí atado a la Tierra por mi propia avidez.
Maddick,
hundido en su sillón, acariciaba el hueco con el pulgar.
—Ser
insolentemente rico no es el peor destino imaginable.
Pero Jaris
estaba enfrascado en su historia.
—Yo había
estado buscando cristales del espacio en los alrededores de Deneb Kaitos
—continuó— cuando de pronto la fortuna se me cruzó realmente en el camino: un
anillo de asteroides, un enjambre de esos maravillosos cristales. Cargamos la
nave con cantidad suficiente como para comprar dos veces la Tierra, y ya nos
volvíamos cuando descubrimos que Deneb Kaitos tenía un sistema planetario.
Distintas expediciones habían visitado ya la región, pero nadie había
mencionado el sistema y nosotros habíamos estado tan ocupados con la carga que
no habíamos hecho muchas observaciones. Comprendí entonces que el supuesto
anillo de asteroides era en realidad un planeta que había estallado y que
describía una órbita alrededor de su sol. Los fragmentos contenían un ocho por
ciento de diamantes puros, de modo que habíamos descubierto sin duda el mayor
filón del universo.
"Inspeccionamos
rápidamente el sistema y decidimos posarnos en DK-8 para las verificaciones habituales
y la búsqueda de formas de vida. En DK-8 había ya indicaciones de vida, pero
insuficientes para justificar una escala suplementaria. En cambio, en DK-8 las
indicaciones eran notables. Tan notables que era muy posible que ganáramos el
Premio de la Federación. Comparado con una nave cargada de cristales del
espacio, aun un millón de unidades no era más que unas monedas, pero la idea de
descubrir un nuevo grupo inteligente nos atraía mucho. El complejo de Colón,
presumo.
"En
fin, nos posamos en DK-8, y allí conseguí ese objeto que usted tiene en la
mano. En DK-8 es un implemento de caza. Maddick pareció estupefacto. —De caza
—dijo—. ¿Quiere usted decir como en el caso de David y Goliath? ¿La piedra de
una honda?
—No —dijo
Jaris—. No es un proyectil. Es una trampa. Los nativos la emplean para cazar
animales.
Maddick miró
el dispositivo, acariciándolo siempre.
—Oh, por
favor —dijo—. No querrá decir que disponen las trampas, esperan a que entren
las termitas y luego se comen a las termitas. No esa clase de trampa. La voz se
le endureció a Jaris un instante.
—Hay muchas
cosas raras en el espacio. —En seguida dijo con una voz más dulce:— Es usted
joven todavía. Tiene bastante tiempo. Ese dispositivo, por ejemplo, usted no
creerá que es el fundamento de toda una cultura. No está preparado para
creerlo. La sonrisa de Maddick decía: "Bueno, al fin y al cabo, no
esperará usted que acepte esas bobadas".
—Un cuento
es un cuento —dijo en alta voz—. Prosiga.
—Sí —dijo
Jaris—. Supongo que es increíble. Como todo el espacio, por otra parte: una
constante recurrencia de lo
increíble. Al cabo de un tiempo uno olvida qué es la norma. Uno es
entonces ya un verdadero hombre del espacio. —Miró un momento la colección brillante
a su alrededor.— DK-8, por ejemplo. Una vez que el indicador nos advirtió que
encontraríamos inteligencia, no nos sorprendió descubrir seres casi
humanos. En esa época
se creía universalmente que la inteligencia era propia de los primates y
de sus familias. La inteligencia no podría nacer si no se tiene una mano
prensil y un arco supraorbital. Un mono se adapta a su ambiente desarrollando
una cola y unas manos que le permiten pasar de árbol a árbol y unos ojos que
miden la distancia de los saltos. Pero ocurre que la mano es buena también para
tomar cosas y que los ojos son buenos para mirarlas de cerca, y pronto el mono
se pone a recoger cosas y comienza a tener ideas. Y pronto también comienza a
emplear utensilios. Un ungulado no podría servirse de una herramienta ni aun en
un billón de años; no tiene nada con que sostenerla. No hay razón, me parece,
para que los lagartos no tengan una cierta inteligencia, excepto que no la
tienen. Es probable que la causa sea un sistema nervioso inferior.
Jaris se
interrumpió de pronto comprendiendo que se había dejado llevar por el
entusiasmo de la argumentación.
—En
realidad, he regresado hace poco tiempo —dijo con una sonrisa—. En el espacio
estos temas son motivo de discusiones acaloradas. —Habló otra vez con una voz
más suave.— Decía yo que no nos sorprendió mucho encontrar seres casi humanos,
pues ya habíamos advertido indicaciones de vida inteligente...
—Es raro que
no haya oído hablar de eso —dijo Maddick—. Estoy bastante al corriente, y una
verdadera similitud...
—Ocurre
—interrumpió Jaris a su vez— que no informamos.
La sorpresa
alteró la voz de Maddick.
—Cielo
santo, ¿y me lo dice usted a mí? ¿Qué puede impedirme que lo denuncie en la
Base de la Federación del Espacio donde le sondearán el cerebro? —Paseó los
ojos una vez más por la sala de tesoros como haciendo un inventario, y frunció
los labios ávidamente, un momento. En seguida dijo con voz más tranquila:—
Claro, antes tendría que creerle.
Jaris se
reclinó en su silla, como perdido en sus propios pensamientos, y durante un
instante pareció que hablaba desde el fondo de una caverna.
—No tiene
ninguna importancia —dijo—. Y además —continuó con una sonrisa, hablando ahora
desde más cerca, usted ha dicho que no me cree.
Maddick se
miró la mano que acariciaba continuamente las superficies lisas del objeto. El
pulgar serpeaba en la concavidad pulida, entrando, subiendo y saliendo,
entrando, subiendo y saliendo. Maddick alzó los ojos, buscando la mirada de
Jaris.
—¿Debiera
creerle? —preguntó.
Una vez más
examinó la cámara de tesoros, deteniéndose un rato en el gabinete de cristales
del espacio.
Jaris
advirtió la mirada de Maddick y sonrió.
—Sí, yo
también lo he pensado. Una víctima fácil para un chantajista.
Maddick
apartó los ojos.
—Si el
chantajista acepta esa historia.
Jaris
sonrió.
—Siempre la
misma duda. ¿Qué opinaría usted si le dijese que esa similitud permite que los
terrestres se acoplen con los DK?
Maddick
esperó largo rato antes de contestar, con los ojos clavados en el objeto, en
los dedos que se movían y acariciaban. Meneó la cabeza como queriendo alejar
una idea.
—Ya nada
puede sorprenderme, realmente. Es raro, pero le creo a usted. Y hay algo más
raro aún. Se que yo debiera decirle que es imposible. —De pronto elevó la voz.—
Un momento. ¿Qué significan estos disparates? —En seguida dijo otra vez con
calma:— Muy bien. Sí, así es. Le creo a usted. Debo de estar loco, pero le creo
a usted.
—¿Lo
suficiente como para denunciarme?
Maddick
enrojeció. —Me temo que no le harán caso y le dirán que es imposible —continuó
Jaris—. Una verdadera lástima —añadió con cansancio—. Como le dije antes, yo
hubiese sido una buena presa para un chantajista. —Hizo una pausa y concluyó,
dulcemente:— No se preocupe, hijo.
Maddick no
se indignó. Se miró la mano que acariciaba aún el objeto y dijo con indiferencia:
—¿Es un desafío? Jaris meneó la cabeza. —Un lamento —dijo. Echó una bocanada de
humo y habló más animadamente—.
Además, todos los argumentos que
niegan esta posibilidad son muy sólidos. Distintas formas de vida pueden
acoplarse en algunas de las ramas de
evolución divergentes si
las especies están relacionadas entre sí por un antecesor común bastante
próximo. El león y el tigre, por ejemplo, o el caballo y el asno. Pero no
ocurre lo mismo en las evoluciones convergentes. Es probable que se desarrolle
en otro mundo una especie que se parece de algún modo al hombre, y con espacio
y tiempo suficientes podrían desarrollarse muchos individuos, pero la química y
la fisiología del huevo y del esperma son demasiado complejas para que sea
posible una relación sin un antecesor común. No obstante, los terrestres pueden
acoplarse con las mujeres DK, y se han acoplado con ellas. Esto parece increíble, dicho así en este
cuarto, pero al cabo de un tiempo uno descubre que no hay nada imposible en las
profundidades del espacio.
—Las
profundidades del espacio —dijo Maddick dulcemente, como si acariciase las
palabras con el mismo placer sensual con que acariciaba el objeto pulido.
Jaris
advirtió este cambio de tono en la voz de Maddick y asintió.
—Tiene usted
tiempo. Un día irá allá. Pero volvamos a DK-8. La única diferencia real entre
un DK y un ser humano es el pelo y la estructura de la piel. DK-8 tiene una
atmósfera densa y tropical, con abundancia de anhídrido carbónico y nieblas
perpetuas. Los rayos del sol atraviesan difícilmente la atmósfera. Por
consiguiente, la vida animal de la que nacieron las criaturas inteligentes de
DK nunca tuvo que desarrollar una piel protectora. El pelo es desconocido en el
planeta. En cambio, las formas de vida de DK desarrollaron una piel
extremadamente sensible a los rayos difusos del sol. La piel es blanda y pálida
como la de una babosa. Si un DK fuese expuesto a los rayos directos del sol
durante unos pocos minutos, moriría de insolación.
Jaris
adelantó el cigarrillo y echó una nube de humo sobre el extremo encendido.
—La
naturaleza —dijo— juega siempre dos cartas al mismo tiempo. La mano prensil se
desarrolló por un motivo y se convirtió en algo útil para otra cosa. Del mismo
modo, la piel extremadamente sensible de los DK se desarrolló en un principio
para absorber la mayor cantidad posible de luz solar, y se convirtió con el
tiempo en la base de un sentido táctil tremendamente desarrollado.
"Todo
esto es válido para los animales dominados por los tropismos. Cuando un animal
empieza a acariciar uno de esos objetos, como usted ahora, no puede ya
detenerse.
Maddick
sonrió y se miró la mano sin responder. Los costados pulidos del objeto
brillaban opacamente, y su pulgar corría bajando, entrando y subiendo, en la
pequeña concavidad. Bajando, entrando y subiendo.
—Casi podría
decirse —continuó Jaris— que los DK han desarrollado una ciencia táctil, hasta
un grado desconocido para nosotros. La energía que hemos consumido para crear
una cultura de utensilios, la han empleado ellos para crear una cultura táctil.
No es una sociedad muy desarrollada, de acuerdo con nuestras normas: un
matriarcado de tribus muy rígido con unas pocas herramientas básicas que sólo
las mujeres pueden manejar, una casta particular de mujeres. Las otras descansan
en terrazas ordenadamente distribuidas en las faldas de las lomas, y se pasan
la vida inmóviles absorbiendo energía solar o ideando hechizos basados
principalmente en el hipnotismo y en las gratificaciones táctiles.
Jaris hizo
una pausa y habló en seguida con una voz más dulce y algo distante.
—Por
supuesto, estas mujeres son increíblemente obesas. Al principio nos pareció
repulsivo verlas tendidas de ese modo, pero en DK-8 la obesidad es realmente
una característica de supervivencia. La mayor superficie absorbe mayor energía
solar. Y estas mujeres controlan de un modo tan perfecto la superficie de la
propia piel que tienen cuerpos curiosamente bien proporcionados.
Jaris se
echó hacia atrás y entornó los ojos.
—Asombroso
control —susurró.
En seguida rió
entre dientes.
—Pero usted
estará preguntándose seguramente cómo pueden trabajar una madera tan dura casi
sin herramientas. Si mira usted atentamente verá que el objeto no tiene casi
grano. No es en realidad de madera, sino una especie de semilla gigante,
parecida a una nuez de aguacate. Sabrá usted que una nuez fresca de aguacate
puede ser moldeada como arcilla, pero cuando se la deja secar se vuelve
extremadamente dura.
—Extremadamente
dura —asintió Maddick, distante.
—Las mujeres
del clan moldean estas cosas, y los hombres las llevan a los bosques. Como
usted ya habrá supuesto, los hombres son debiluchos y poco numerosos y pronto
se morirían de hambre si sólo contasen para la caza con sus propios músculos.
Estos dispositivos se encargan de todo. Los animales, de una sensibilidad
táctil muy elevada, se pasean por los bosques y encuentran de pronto una de
estas cosas. Empiezan a acariciarla, a tocarla, y no pueden detenerse. Los
hombres ni siquiera los matan. La carnicería es prerrogativa del clan gobernante
de mujeres. Los hombres esperan simplemente a que el animal haya entrado en el
estado adecuado y lo llevan luego al matadero. El animal no sale del estado
hipnótico, por supuesto.
—Por
supuesto —asintió Maddick moviendo los dedos suave y rítmicamente.
Jaris se
recostó en la silla. —Hay aún una cosa que usted debiera saber —dijo con la
misma cortesía de siempre, pero con un leve tono de triunfo—. Los hombres no
son siempre dóciles. El problema se resuelve hipnotizándolos casi en el momento
mismo en que nacen. Es una práctica secular.
"Lamentablemente,
la naturaleza siempre tiene una carta oculta. Una especie que vive mucho tiempo
inmóvil pierde su propio impulso y deja de desarrollarse. Luego de generaciones
de hipnosis los machos DK han perdido el deseo de vivir y procrear. Parece casi
que el esperma y los mismos genes se retiraran lentamente. Cuando descendimos
en DK-8 apenas había hombres para poner las trampas.
Jaris se
inclinó hacia adelante sonriendo.
—Ya se
imagina usted cómo nos habrán recibido esas mujeres, sobre todo cuando
descubrieron que podíamos fecundarlas. Nuevos machos vigorosos, un nuevo
comienzo, sangre nueva para la corriente de la vida.
Hizo una
pausa y habló con una voz monótona y seca:
—Quizá
entienda ahora por qué regresé solo. El único macho que dejó alguna vez DK-8.
Aunque —concluyó— podría decirse también que nunca lo he dejado.
—...nunca...
lo... he... dejado. . . —dijo Maddick.
Jaris
asintió con un movimiento de cabeza y se puso de pie. Se acercó a Maddick e
inclinándose sobre él le echó una bocanada de humo en los ojos abiertos.
Maddick no se movió. Miraba fijamente adelante y parecía clavado en el sillón.
Sólo los dedos de la mano derecha se le movían ahora, acariciando el objeto
pulido mientras el pulgar se le deslizaba en la pequeña concavidad, saliendo y
entrando.
Jaris se
enderezó, sonriendo tristemente, se acercó al escritorio, tomó una campanilla
curiosamente labrada, y llamó una vez. En el extremo de la sala se abrió una
puerta mostrando una alcoba en sombras donde asomaba algo enorme y pálido.
—Está a
punto, querida —dijo Jaris.
Titulo original: The hypnoglyph. Traducción de F. A.
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