Era un simulacro, por supuesto, pero tan
perfectamente realizado que los seres humanos que sostenían tratos con él
habían dejado de pensar desde hacía tiempo en las entidades energéticas reales,
que esperaban, sumidas en llamas, dentro de su nave campo de fuerzas, en el
espacio próximo a la Tierra.
El simulacro, con una majestuosa barba dorada
y profundos ojos castaño oscuro, dijo suavemente:
—Nosotros comprendemos sus dudas y sospechas,
y sólo podemos reiterarles que no deseamos hacerles ningún daño. Creo que les
hemos presentado pruebas de que habitamos los halos que coronan las estrellas
de tipo O[1] y que
su sol es demasiado débil para nosotros, mientras que sus planetas son de
materia sólida y, por lo tanto, completa y eternamente ajenos a nuestros
intereses.
El negociador terrestre, que era secretario
de Ciencias y que por unánime acuerdo había sido encargado de las negociaciones
con el extraterrestre, dijo:
—Pero ustedes han admitido que nosotros
estamos en una de sus principales rutas comerciales.
—Sí, ya que nuestro nuevo mundo, Kimmonoshek,
ha desarrollado nuevos campos de fluido protónico.
El secretario agregó:
—Verá, aquí en la Tierra, los puntos de las
rutas comerciales pueden adquirir una importancia militar desproporcionada con
respecto a su valor intrínseco. Por lo tanto, sólo puedo repetir, para ganar su
confianza, que nos debe decir por qué necesita Júpiter.
Y, como cada vez que la pregunta era
formulada o se aludía a ella, el simulacro pareció apenarse.
—Es importante mantener el secreto. Si la
gente de Lamberj...
—Exactamente —dijo el secretario—. Para
nosotros esto suena a guerra. Ustedes y lo que llama la gente de Lamberj...
Hurañamente, el simulacro continuó:
—Pero les estamos ofreciendo un precio muy
generoso. Ustedes sólo han colonizado los planetas interiores del sistema y no
estamos interesados en ellos. Pedimos el mundo que ustedes llaman Júpiter, en
el que, según tengo entendido, su gente no espera poder vivir nunca, ni
siquiera aterrizar en él. Su tamaño —dijo, mientras reía indulgentemente— es
demasiado grande para ustedes.
El secretario, molesto por ese aire de
condescendencia, dijo con obstinación:
—Los satélites jovianos son, no obstante,
sitios aptos para la colonización, y de hecho pretendemos colonizarlos en breve
plazo.
—Pero los satélites no serán molestados en
forma alguna. Continuarán siendo suyos en el pleno sentido de la palabra.
Solamente les pedimos Júpiter, un mundo completamente inútil para ustedes, a
pesar de lo cual les ofrecemos un pago generoso. Seguramente se dará cuenta de
que podríamos tomar su Júpiter por las buenas, si así lo deseáramos, sin contar
para nada con su permiso. Pero preferimos efectuar un pago mediante contrato
legalizado. Esto impedirá posibles disputas en el futuro. Tal como puede ver,
mi sinceridad es absoluta.
Pero el secretario insistió, tercamente:
—¿Por qué necesitan Júpiter?
—Los de Lamberj...
—¿Están ustedes en guerra con la gente de
Lamberj?
—No es eso exactamente...
—Porque usted comprenderá que si estalla una
guerra y ustedes establecen alguna base militar en Júpiter, la gente de Lamberj
podría, y con razón, resentirse por ello y vengarse de nosotros por haberles
concedido ese permiso. No podemos permitirnos el vernos envueltos en semejante
situación.
—Ni yo se lo pido. Tiene mi palabra de que no
significará ningún daño para ustedes. Además —continuaba volviendo siempre a lo
mismo—, el precio es generoso. Suficientes cajas de energía por año para
proveer a su mundo de la energía necesaria para cada año completo.
El secretario dijo:
—¿Y qué sucedería en el caso de que el
consumo de energía aumentara en el futuro?
—Si se tratara de una cifra hasta cinco veces
mayor que la actual, no habría ningún problema.
—Bueno, pues entonces, tal como le he dicho,
yo sólo soy un alto delegado del Gobierno y me han dado considerables poderes
para tratar con usted, pero mis facultades son limitadas. Yo, por mi parte, me
inclino a confiar en usted, pero no puedo aceptar sus condiciones sin
comprender exactamente por qué quiere Júpiter. Si la explicación es
satisfactoria y convincente, quizá podría persuadir a nuestros gobernantes y, a
través de ellos, a nuestro pueblo, para firmar este acuerdo. Pero si intentase
llevarlo a término sin dar ninguna explicación, yo sería simplemente relevado
de mi puesto y la Tierra negaría su ratificación. Entonces, tal como ya ha
dicho, ustedes podrían tomar Júpiter por la fuerza, pero lo tendrían en
posesión ilegal y, por lo que ha mencionado, no lo quiere de esa manera.
El simulacro hizo chasquear su lengua
impacientemente.
—No puedo seguir eternamente con esta
insignificante disputa. Los de Lamberj...
Se detuvo una vez más y luego continuó:
—¿Tengo su palabra de honor de que todo esto
no es un plan inspirado por la gente de Lamberj para ir aplazando el
acuerdo...?
—Mi palabra de honor —dijo el secretario.
El secretario de Ciencias, moviendo su frente
con un aire de hombre diez años más joven, dijo suavemente:
—Le he asegurado que su gente podría tenerlo
tan pronto como obtuviera la aprobación formal del presidente. No creo que él
se oponga, ni tampoco el Congreso. ¡Dios mío! Piénsenlo, caballeros; energía
gratuita en la punta de nuestros dedos en pago por un planeta que nunca y en
ningún caso íbamos a utilizar.
El secretario de Defensa, volviéndose grana,
dijo:
—Pero estamos de acuerdo en que sólo una
guerra entre Mizzarett y Lamberj podía ser la causa de su necesidad de tener
Júpiter. En tales circunstancias, y comparando su potencial militar con el
nuestro, es esencial mantenernos en estricta neutralidad.
—Pero no hay ninguna guerra, señor —replicó
el secretario de Ciencias—. El simulacro me dio otra explicación acerca de su
necesidad de tener Júpiter, tan racional y plausible que la acepté
inmediatamente. Y creo que el presidente estará de acuerdo conmigo, y ustedes
también, caballeros, cuando lo comprendan. De hecho, tengo aquí sus planos para
el nuevo Júpiter, tal como será muy pronto.
Los demás se levantaron de sus asientos,
gritando.
—¿Un nuevo Júpiter? —dijo entrecortadamente
el secretario de Defensa.
—No demasiado diferente del viejo, caballeros
—dijo el secretario de Ciencias—. Aquí están los diseños realizados en forma
adecuada para su observación por seres humanos como nosotros.
Se los entregó. El familiar planeta listado
estaba allí delante de ellos, en uno de los dibujos: amarillo, verde pálido y
castaño claro con rayas blancas rizadas aquí y allá contra el moteado fondo
aterciopelado del espacio. Pero a través de las franjas había rayas tan negras
como aterciopelado era el fondo, distribuidas de una curiosa manera.
—Eso —dijo el secretario de Ciencias—, es el
lado diurno del planeta. El lado nocturno se encuentra en este otro diseño.
—Allí, Júpiter era una delgada media luna envuelta en tinieblas, y dentro de
esa oscuridad se veían las mismas rayas distribuidas de la misma manera, pero
esta vez en un encendido color naranja fosforescente.
—Las marcas —continuó el secretario de
Ciencias— son un fenómeno puramente óptico, según me ha dicho, que no rotarán
con el planeta sino que quedarán estáticas en su margen atmosférico.
—Pero ¿qué son? —preguntó el secretario de
Comercio.
—Verán —dijo el secretario de Ciencias—,
nuestro sistema solar se encuentra en el camino de una de sus mejores rutas
comerciales. No menos de siete de sus naves pasan a unos pocos cientos de
millones de kilómetros del sistema, en un solo día, y cada nave, cuando pasa,
tiene bajo observación telescópica los planetas más importantes. Curiosidad
turística, ya saben. Para ellos, los planetas sólidos de cualquier tamaño son
una maravilla.
—¿Qué tiene que ver eso con estas marcas?
—Son una forma de escritura. Traducidas,
estas marcas dicen: «Usad vértices ergónicos de Mizzarett para un calor
saludable y resplandeciente.»
—¿Quiere decir que Júpiter va a ser algo así
como una valla publicitaria? —explotó el secretario de Defensa.
—Exacto. Parece ser que la gente de Lamberj
produce una tableta de ergón muy competitiva, que hace que los de Mizzarett
tengan un ansioso interés por establecerse completa y legalmente en Júpiter, en
caso de un posterior litigio con los de Lamberj. Afortunadamente, los de
Mizzarett son novatos en el juego publicitario, según parece.
—¿Por qué dice eso? —preguntó el secretario
del Interior.
—Porque desaprovecharon una serie de opciones
que tenían para otros planetas. El anuncio de Júpiter servirá para promocionar
nuestro sistema al mismo tiempo que su propio producto. Y cuando la gente de
Lamberj venga como un vendaval a comprobar que los de Mizzarett poseen el
titulo legal de Júpiter, nosotros tendremos Saturno para vendérselo a ellos.
Con sus anillos. Y tal como nosotros nos encargaremos fácilmente de
explicarles, los anillos harán de Saturno un espectáculo mucho mejor.
Y, por lo tanto —dijo el secretario del
Tesoro, repentinamente alegre, valdrá un precio mucho mejor.
Y entonces todos, de repente, parecieron
felices.
FIN
Título original en
inglés: Buy Júpiter © 1958.
Publicado
en No Limits..
Traducción de
Baldomero Porta.
Compre Júpiter y otro
relatos. Editorial Bruguera.
Edición digital de
Questor. Junio de 2002.
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