Como dijo Oscar
Wilde: «En este mundo sólo hay dos tragedias. Una es no conseguir lo que se
desea, y la otra, conseguirlo.» En este divertido relato, inaugurador de una
nueva serie. Asimov ilustra con su proverbial ironía los dos tipos de tragedia.
No veo a menudo a mi amigo George, pero
cuando lo hago siempre le pregunto por Azazel, el pequeño demonio al que
asegura que puede llamar. Por supuesto, insiste en que no es un demonio, sino
un ser procedente de un mundo de avanzada tecnología.
—Un anciano y calvo escritor de ciencia
ficción —me dijo George— ha señalado que una tecnología lo suficientemente
adelantada con respecto al observador, sería para éste indistinguible de la
magia[1]. Eso
es lo que pasa con mi pequeño amigo Azazel. Sólo mide dos centímetros de
estatura, pero puede hacer cosas realmente sorprendentes. Por cierto, ¿cómo te
has enterado de su existencia?
—Escuchándote.
—Nunca menciono a Azazel —replicó George
fríamente y con cara de desaprobación.
—Excepto cuando hablas —dije—. ¿Qué ha estado
haciendo últimamente?
George expelió un gemido aromatizado de
cerveza desde lo más hondo de su ser, y dijo:
—Has tocado un punto que me llena de
tristeza. Mi joven amigo Theophilus nos tiene muy preocupados, a Azazel y a mí.
Alzó su jarra de cerveza y dio un largo
trago.
Mi amigo Theophilus [siguió George], al que
nunca te habrás encontrado, pues se mueve en círculos bastante más elevados que
los sórdidos ambientes que tú frecuentas, es un joven refinado que admira
profundamente las graciosas facciones y la divina estructura de las mujeres
—cosas a las que yo, afortunadamente, soy inmune—, pero carece de la capacidad
de inspirar reciprocidad en ellas.
—No puedo entenderlo, George —me decía
Theophilus—. Tengo un buen cerebro. Soy un excelente conversador. Soy
ingenioso, amable, razonablemente atractivo...
—Sí —dije yo—, tienes ojos, nariz, boca y
barbilla, todo ello en el lugar y número habituales.
—Y además —añadió— soy increíblemente avezado
en la teoría del amor, aunque no haya tenido muchas ocasiones de ponerla en
práctica. Sin embargo, parezco incapaz de atraer la atención de esas deliciosas
criaturas. Observa que parecen estar por todas partes, a nuestro alrededor, y
sin embargo ninguna de ellas hace el menor intento de entrar en contacto
conmigo, pese a que estoy aquí sentado con la más genial de las expresiones en
mi rostro.
Mi corazón sangraba por él. Le conocía desde
niño; una vez le sostuve a petición de su madre, que acababa de darle de mamar
hasta la saciedad, mientras ésta se reabrochaba la blusa. Este tipo de cosas
crean fuertes vínculos.
—¿Serías más feliz, mi querido amigo —le
pregunté—, si se fijaran en ti?
—Eso sería el paraíso —respondió simplemente.
¿Podía yo negarle el paraíso? Le planteé la
cuestión a Azazel, que, como de costumbre, se mostró reticente.
—¿No podrías pedirme un diamante? —me dijo—.
Podría hacerte una buena piedra de medio quilate reordenando los átomos de un
trocito de carbón... Pero irresistible para las mujeres... ¿Cómo puedo hacer
una cosa así?
—¿No puedes reordenar algunos átomos en él?
—sugerí, tratando de colaborar—. Quiero hacer algo por él, aunque sólo sea en
memoria del impresionante equipamiento nutricional de su madre.
—Bueno, déjame pensar. Las increíblemente
simples formas de vida de este miserable planeta vuestro recurren a la
comunicación química como forma de estimular el afecto mutuo. La polilla hembra
emite una substancia denominada feromona, que la polilla macho puede detectar
con ardor a un par de kilómetros de distancia.
—Nunca he sido una polilla macho, pero si tú
lo dices...
—Y también los seres humanos poseen feromonas
—prosiguió
Azazel, ignorándome—. Desde luego, con
vuestra costumbre actual de bañaros continuamente y perfumaros con aromas
artificiales, sois escasamente conscientes de esta manera natural de inspirar
sentimientos. Tal vez pueda alterar la constitución bioquímica de tu amigo, de
manera que produzca una cantidad inusual de una feromona inusualmente eficaz
cuando la imagen de una de las desgarbadas hembras de vuestra repelente especie
incida en su retina.
—¿Quieres decir que olerá?
—En absoluto. Será un olor prácticamente
imperceptible a nivel consciente, pero en las hembras de la especie provocará
un profundo y atávico deseo de acercarse y sonreír. Probablemente eso estimulará
en ellas la emisión de sus propias feromonas, y supongo que lo que suceda a
continuación será automático.
—De lo que estoy seguro —dije— es de que el
joven Theophilus pondrá lo mejor de su parte. Es un muchacho despierto, lleno
de empuje y ambición.
El tratamiento de Azazel resultó efectivo,
como comprobé en mi siguiente encuentro con Theophilus, en la terraza de un
bar.
Me llevó unos segundos verle, pues lo que
inicialmente atrajo mi atención fue un grupo de jóvenes mujeres que formaba un
círculo compacto. Afortunadamente, a mí las jóvenes no me perturban, pues ya he
alcanzado la edad de la discreción, pero era verano y ellas iban vestidas con
una calculada insuficiencia de ropa que yo —como es propio de un hombre
discreto— estudié discretamente.
Sólo después de varios minutos, durante los
cuales noté la tensión que estaba actuando sobre un botón de una determinada
blusa y especulé sobre la posibilidad de que... Pero me estoy alejando del
tema. Sólo después de varios minutos me di cuenta de que no era otro que
Theophilus quien se hallaba en el centro de aquel círculo de mujeres. Sin duda
el calor de la tarde acentuaba su potencia feromónica.
Me abrí camino a través de aquel cerco de
feminidad mediante una serie de guiños y sonrisas paternales, más algún que
otro golpecito en el hombro, me senté junto a Theophilus en una silla que una
atractiva joven me cedió con un mohín petulante, y dije:
—Theophilus, mi joven amigo, qué visión tan
encantadora y sugestiva.
Entonces me di cuenta de que en su rostro había
una leve sombra de tristeza.
—¿Qué es lo
que no va bien? —pregunté.
Habló sin
apenas mover los labios, en un susurro tan bajo que casi no le oí.
—Por lo que
más quieras, sácame de aquí.
Por
supuesto, yo soy, como sabes, un hombre de innumerables recursos. Fue cuestión
de un momento para mí levantarme y decir:
—Señoritas,
mi joven amigo, con motivo de una inexcusable urgencia biológica, ha de hacer
una visita al servicio de caballeros. Si son tan amables de esperar un momento,
estará de vuelta enseguida.
Entramos en
el pequeño restaurante y salimos por la puerta de atrás. Una de las jóvenes,
con unos bíceps que destacaban de forma un tanto inquietante, y con una
expresión de desconfianza igualmente inquietante, había dado la vuelta hasta la
parte de atrás del restaurante; pero la vimos a tiempo y pudimos meternos en un
taxi. Nos persiguió, con sorprendente rapidez, a lo largo de dos manzanas.
Una vez a
salvo en la habitación de Theophilus. le dije: —Evidentemente. Theophilus, has
descubierto la forma de atraer a las mujeres. ¿No era ése el paraíso que
buscabas?
—No del
todo —respondió Theophilus, mientras se relajaba lentamente con ayuda del aire
acondicionado—. Se protegen unas a otras con su mera presencia. No sé cómo
sucedió, pero súbitamente se me acercó, hace algún tiempo, una joven y me
preguntó si no nos habíamos visto en Atlantic City. Nunca en mi vida —añadió
con indignación— he estado en Atlantic City. Y acababa de negar esa
posibilidad, cuando se acercó otra afirmando que yo había dejado caer mi pañuelo
y quería devolvérmelo. Entonces llegó una tercera y me dijo: «¿Quieres trabajar
en el cine, muchacho?»
—Lo que
tenías que haber hecho era elegir a una de ellas —le dije—. Yo hubiera escogido
a la que te ofrecía trabajar en el cine. Es una vida suave, y hubieras estado
rodeado de suaves actrices.
—Pero es
que no podía escoger a ninguna de ellas. Se miraban las unas a las otras
como halcones. En cuanto me mostraba atraído por una de ellas, las demás
empezaban a tirarle del pelo. Estoy tan sin mujeres como siempre.
Mi corazón
sangraba por él: le dije:
—¿Por qué
no organizas una eliminatoria? Cuando estés rodea— , do de mujeres, como hoy, diles: «Queridas,
me siento profundamente atraído por todas y cada una de vosotras. Por tanto, os
ruego que os pongáis en fila por orden alfabético para que todas podáis besarme
por turno. La que lo haga de la forma más refinada será mi huésped esta noche.»
Lo peor que puede pasar es que recibas un montón de besos ávidos.
—Mmmm...
¿Por qué no? —dijo Theophilus—. Al vencedor corresponde el trofeo, y me
encantaría ser el trofeo de la vencedora adecuada. —Se pasó la lengua por los
labios y luego practicó dando unos cuantos besos al aire—. Creo que podré
hacerlo. ¿Te parece que será menos fatigoso si les pido que mantengan las manos
a la espalda mientras me besan?
—No creo
que sea conveniente. Theophilus, amigo mío —le dije—. Deberías poner algo de
esfuerzo por tu parte. Pienso que no poner barreras a las efusiones será la
mejor regla.
—Tal vez
tengas razón —dijo Theophilus. con la expresión de alguien con amplia
experiencia en tales asuntos.
Por esa
época tuve que salir de la ciudad por motivos de trabajo, y no volví a ver a
Theophilus hasta un mes después. Fue en un supermercado, y él estaba empujando
un carro moderadamente lleno de compras. La expresión de su cara me alarmó.
Parecía un hombre acosado.
Cuando me
aproximé a él, emitió un grito ahogado; entonces me reconoció y dijo:
—¡Gracias a
Dios! Había temido que fueras una mujer.
Me estrechó
la mano. Le pregunté:
—¿Todavía tienes
el mismo problema? ¿No pusiste en práctica lo de la prueba eliminatoria?
—Lo
intenté. Eso fue el problema.
—¿Qué
sucedió?
—Bueno...
Miró a su
alrededor y se metió en un pasillo lateral. Satisfecho al ver la zona
despejada, me habló en voz baja y apresurada, como alguien que sabe que hay
poco tiempo y la discreción es fundamental.
—Lo preparé
todo —me dijo—. Les hice llenar instancias con todos los datos: edad, marca de
dentífrico empleado, referencias... lo normal en estos casos, y luego fijé la
fecha. Como lugar del torneo elegí el salón de baile del Waldorf Astoria. Me
hice con un amplio surtido de protector labial y contraté los servicios de un
masajista profesional con un tanque de oxígeno para mantenerme en forma. Sin
embargo, el día antes del torneo se presentó un hombre
en mi apartamento... He dicho un hombre, pero más bien parecía un montón de
ladrillos animado. Medía dos metros de alto por uno y medio de ancho, y tenía
unos puños como martillos pilones. Sonrió, mostrando unos colmillos impresionantes.
y dijo:
»—Señor, mi hermana es una de las que
competirán en el torneo de mañana.
»—Cuánto me alegro de oír eso —dije yo.
ansioso de mantener la conversación en un terreno cordial.
»—Mi hermanita —prosiguió—, una delicada flor
de nuestro recio y ancestral árbol genealógico, es la niña de los ojos de mis
tres hermanos y yo, y ninguno de nosotros podría soportar la idea de que fuera
eliminada.
»—¿Se parecen a usted sus hermanos, señor?
—le pregunté.
»—En absoluto —respondió apenado—. Con motivo
de una enfermedad infantil, yo he sido débil y escuchimizado toda la vida. Mis
hermanos, sin embargo, poseen una hermosa estatura viril —añadió alzando la
mano hasta una altura de unos dos metros y medio.
»—Estoy seguro —dije febrilmente— de que su
encantadora hermana tiene excelentes posibilidades.
»—Me encanta oírle decir eso. Poseo una
notable capacidad premonitoria, supongo que como compensación de mi
insignificancia física, y estoy seguro de que mi hermanita ganará la
competición. Por alguna extraña razón, ella siente una juvenil pasión hacia
usted, y mis hermanos y yo nos sentiríamos desolados si resultara eliminada. Y
en ese caso... —Sonrió de una forma aún más colmilluda que antes y, lentamente,
hizo crujir uno tras otro los dedos de su mano derecha, haciendo un ruido como
de huesos al romperse. Nunca había oído el sonido de un hueso al romperse, pero
una súbita intuición me dijo que debía de ser como aquél. »—Tengo la impresión
de que su premonición debe de ser acertada, señor. ¿Tiene usted una fotografía de
la damisela, para que me sirva de referencia?
»—La tengo —dijo, y me mostró una en un
marquito. Mi corazón se fue a pique.
—Debe de haber algo de cierto en lo de la
premonición —siguió Theophilus—, pues la joven en cuestión ganó la competición.
Hubo casi un tumulto cuando se anunció el resultado, pero la propia ganadora
despejó la sala con sorprendente rapidez. Desde entonces hemos sido,
desgraciadamente (o más bien afortunadamente), inseparables. De hecho,
está aquí, en la carnicería. Come mucha carne... a veces cocida.
Miré a la chica en cuestión y enseguida
reconocí en ella a la que había perseguido nuestro taxi a lo largo de dos
manzanas. Indudablemente, era una joven dotada de gran determinación. Admiré
sus sólidos bíceps, sus poderosos abdominales y sus recios arcos supraciliares.
—Tal vez, Theophilus —le dije—, sea posible
reducir tu atractivo para con las mujeres a su anterior nivel insignificante.
—No sería prudente —suspiró Theophilus—. Mi
novia y sus desmesurados hermanos podrían malinterpretar esa pérdida de
interés. Además, tiene sus compensaciones. Por ejemplo, puedo ir a cualquier
hora de la noche por cualquier calle de la ciudad, por peligrosa que sea, y me
siento totalmente seguro si ella está conmigo. El más insoportable policía de
tráfico se convierte en la dulzura misma si ella se le acerca. Y además es
extrovertida e innovadora en sus demostraciones de afecto. No, George. acepto
mi destino. El quince del mes próximo nos casaremos y ella me llevará a la
nueva casa que sus hermanos nos han proporcionado. Han hecho una fortuna en el
negocio de la compactación de coches usados, gracias a su escasa inversión en
maquinaria; usan las manos. Sólo que a veces añoro...
Sus ojos se habían posado involuntariamente
en la frágil figura de una joven rubia que venía caminando por el pasillo hacia
nosotros. Ella le miró a su vez y un temblor súbito sacudió todo su ser.
—Disculpe —le dijo la joven con voz musical—,
pero ¿no nos hemos visto recientemente en un baño turco?
Mientras hablaba, se oyeron unos firmes pasos
detrás de nosotros, y una potente voz de barítono dijo:
—Theophilus, querido, ¿te está importunando
esta... cosita?
La media naranja de Theophilus clavó los ojos
en la joven rubia, que comenzó a temblar de terror.
Rápidamente me interpuse entre las dos
mujeres (con considerable riesgo para mi persona, por supuesto, pero es bien
sabido que soy valiente como un león), y dije:
—Esta dulce criatura es mi sobrina, señorita.
Al verme desde lejos, ha venido en esta dirección para depositar un casto beso sobre
mi frente. Que ello la llevara también en la dirección de su querido Theophilus
ha sido una mera coincidencia.
La expresión de sospecha que había notado en
la amada de Theophilus en nuestro primer encuentro apareció nuevamente. —Ya
—dijo en un tono totalmente carente de la cordialidad que yo hubiera deseado
percibir—, en ese caso, me gustaría verles marcharse. A los dos.
Me pareció que era prudente hacerlo. Cogí del
brazo a la joven y nos fuimos, dejando a Theophilus con su destino.
—Oh, señor —dijo la joven—, ha sido tan
amable y valeroso... De no haber sido por su rápida intervención, sin duda
estaría llena de rasguños y contusiones.
—Lo cual sería una lástima —dije
galantemente—, pues un cuerpo como el suyo no está hecho para los rasguños. Ni
para las contusiones. Ha mencionado usted un baño turco. ¿Por qué no tomamos
uno juntos? En mi apartamento, por ejemplo. Tengo uno... o, al menos, un baño
americano, que es prácticamente lo mismo. Después de todo, al vencedor...
FIN
Título original en
inglés: To the victor
©1980
Publicado en Isaac Asimov's Science Fiction Magazine.
Julio 1982.
Traducción de Cario Frabetti.
Isaac Asimov. Revista CF nº 11.
Edición digital de
Umbriel. Junio de 2002.
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