El huracán
estaba cargado de electricidad, y unos hilos ardientes se retorcían entre las
nubes que se cernían cerca del suelo. Los torbellinos sucedían a la pulsante
llama violeta y la convertían en chispas que se dispersaban por el cielo.
Arriba en el aire fulgía una mancha de color azul oscuro: el vértice de la
tormenta. De la penumbra que rodeaba al vértice, los rayos como anchas
cuchillas se precipitaban hacia la Tierra con premura enfebrecida. De vez en
cuando la densa cortina de agua se precipitaba con furia como una ducha de
metal fundido. El viento azotaba los chispeantes torrentes con un aullido impaciente.
Se fundían en la caída, se arrollaban en columnas e instantáneamente hervían,
lanzando una espuma purpúrea.
Durante un
buen rato el piloto se mantuvo junto al cristal de la ventana, escuchando el
ronco fragor de la tormenta.
—Es sólo un
show —dijo finalmente—. ¡Pirotecnia, y no un verdadero huracán! El Blue Bird
necesita unas pruebas serias. Dígame, doctor, ¿esto es lo mejor que pudieron
conseguir sus meteorólogos?
El doctor
miró al pilotó. «Como una roca…—pensó—. Es raro que a nadie se le haya ocurrido
fotografiarlo así: una silueta negra contra los destellos; de los rayos.»
—No es un
mal huracán en absoluto —contestó el doctor—. ¡Un once coma uno! El centro del
huracán está en el área dé despegue. Estamos intentando no hacer demasiado
ruido: hay una zona de industrias madereras a sesenta kilómetros hacia el Este.
—¿Once
puntos? —preguntó el piloto—. En Júpiter, incluso en las capas superiores de la
atmósfera, el Blue Bird encontrará huracanes diez veces más fuertes. He
traído fotografías tomadas por cohetes de reconocimiento. Si un simple once
puntos es el límite de sus meteorólogos, es poca cosa...
—No es el
límite —dijo el doctor—. Le esperábamos para mañana. Hoy los meteorólogos
tenían orden de crear un huracán corriente. Cumplieron las órdenes, eso es
todo. Si reciben la orden de provocar un huracán catastrófico, lo harán.
Incluso uno supercatastrófico...
El piloto
se apartó de la ventana y se detuvo en medio de la habitación. Miró
atentamente, con un desconcierto apenas perceptible, a las altas estanterías y
la ancha mesa atestada de libros. El doctor reconoció la mirada. La
extravagante espaciosidad de los apartamentos de la Tierra siempre resultaba
extraña a la gente que permanecía en ella por poco tiempo.
—La máquina
debe ser probada en las condiciones más extremas —insistió el piloto.
El doctor
podía haber rechazado la inevitable conversación durante unos pocos minutos
más, y deseaba fervientemente hacerlo. Pero contestó:
—Podemos
dispensar al Blue Bird de más pruebas. Ya las ha pasado todas.
El piloto
se dirigió hacia la ventana y bajó la cortina de espeso material metalizado.
Inmediatamente la habitación quedó sumida en una plácida tranquilidad. Las
luces escondidas encima de la superficie translúcida del techo se encendieron
automáticamente.
—¿Vamos a
hablar? —preguntó el piloto. Silenciosamente el doctor se dirigió hacia un
sillón. Mientras se sentaba, el piloto observó un tubo de plástico azul entre
las páginas de un libro abierto sobre la mesa.
—¿Un
caleidoscopio? —preguntó con sorpresa, y su rostro adquirió un aspecto más
agradable—. ¿Es suyo?
—Es del
Maestro Constructor —contestó el doctor.
El piloto
miró al doctor. Fue una rápida ojeada, nada más, pero el piloto, con la
característica habilidad de todo buen piloto para captar lo esencial instantáneamente,
advirtió una tensa expectación en los ojos del doctor.
—Dígame
—inquirió el piloto prudentemente—, ¿el Maestro Constructor... voló alguna vez?
El doctor
se encogió de hombros.
—¿Qué
significa volar?
El piloto
observó de nuevo al doctor. La cara de éste era expresiva y muy delgada, con un
color poco saludable.
—Volar
significa elevarse por encima de la superficie de la Tierra en una máquina
—explicó cortésmente el piloto.
—En ese
caso, el Maestro Constructor voló, desde luego —dijo el doctor—. Voló el día en
que usted recibía un homenaje tras efectuar el primer vuelo a Mercurio. El
Maestro Constructor era un muchacho en aquella época. Quería ser como usted:
quería volar. Aquel día trató de volar con su primera máquina. La construyó con
piezas de madera contrachapada y duraluminio. Se trataba de un juguete, pero la
máquina voló unas quince yardas. Luego cayó y él se lastimó. Que yo sepa, eso
fue todo. Empezó a andar otra vez tres años después, al principio con muletas.
No le permitían volar, ni siquiera en helicópteros suburbanos.
Ahora, el
huracán iba extinguiéndose gradualmente, pero el viento seguía con su murmullo
monótono.
—Bien —dijo
el piloto—. Deben disponer de buenos pilotos. Tiene que ser difícil el trabajo
para un constructor si no ha volado nunca en máquinas de verdad.
—No tenemos
pilotos de pruebas... El Maestro Constructor siempre probaba sus máquinas
personalmente. Llevó a cabo todas las pruebas del Blue Bird él mismo.
Hoy... hoy también voló.
—¡Pero si
murió hace ocho días! —manifestó el piloto lentamente—. Murió, y los muertos no
vuelan.
El doctor
sacudió la cabeza. Había que explicar muchas cosas; se sentía oprimido. Tomó el
caleidoscopio que descansaba sobre el libro y empujó el libro hacia el piloto.
—Eche un
vistazo a esto. El águila voló hacia el Sol y murió. Murió en el vuelo... y no
cayó, sino que continuó volando.
Abrió el
libro y vio distintos versos, pero el piloto reconoció al autor y recordó estas
líneas:
¡Murió,
sí!
Pero
alcanzó los círculos del planeta.
No podía
caer.
Se abrió
el pozo de la gravedad, sin fondo.
Pero su
atracción era leve.
El piloto
dijo suavemente:
—Eso es
poesía.
—Sí. Eso es
poesía —repitió mecánicamente el doctor. Sus manos estaban temblando, y las
piezas de cristal del caleidoscopio tintineaban quejumbrosamente.
—Bien
—murmuró el piloto después de un largo silencio—. Usted mismo me acaba de
contar que el Maestro Constructor nunca voló en máquinas reales. ¿Utilizaba
acaso autopilotos? No. Para efectuar pruebas en una máquina nueva, para
realizar un vuelo a través de un huracán, se necesita un hombre. Inteligencia,
intrepidez, voluntad, inventiva, todo eso es indispensable.
—Sí
—reconoció el doctor—. Las máquinas pueden hacer aquello para lo que están
programadas. Sólo el hombre puede hacer lo imposible.
—Eso
elimina a los autopilotos. Fue el Maestro Constructor el que voló con la nave
desde la Tierra. Tiene que haber sido él. Pero si usaba una radio-dirección
convencional, habría necesitado una coordinación de movimientos muy exacta.
Tendría que haber sido capaz de mover la mano de un mando a otro
instantáneamente; habría necesitado la misma aptitud física que para los
vuelos. No, hay que eliminar eso también. Sólo queda una posibilidad: control
bioelectrónico a larga distancia. ¿Correcto?
—Sí
—contestó el doctor escuetamente.
—Estupendo
—continuó el piloto. Ahora hablaba con precisión, con más seguridad—. Eso
significa bioelectrónica. Un hombre se sienta en la Tierra ante un panel de
control, sigue el vuelo de la máquina por medio de unos instrumentos y mueve
mentalmente los mandos. El equipo intensifica las biocorrientes generadas en el
cerebro y los músculos, y una radio transmite las seriales a la máquina. Vi uno
de esos vuelos. Con buen tiempo, sin nada de viento, el objeto ascendió a unos
trescientos pies y describió apresuradamente un círculo encima del campo.
Entonces aterrizó. Era un lecho volante...
El doctor
le interrumpió con impaciencia:
—El Blue
Bird es su cuarta máquina. Todas ellas fueron probadas sólo por él. Esto es
enteramente distinto. Se sentó en una silla. No tenía panel de mandos, ni
instrumentos. ¿Lo entiende? Nada. Se sentó con los ojos cerrados y mentalmente
imaginó todo el vuelo, desde el despegue hasta el aterrizaje. Se imaginó cada
movimiento del piloto con todo detalle. Las biocorrientes fueron grabadas. En
la película había dos series de gráficos: una, de las condiciones de vuelo
imaginadas, la otra de la actividad imaginada del piloto. Esta grabación sirvió
como programa para un equipo electrónico automático que iba a bordo del avión
cohete. La máquina recreó el vuelo completado por la imaginación del hombre.
Los instrumentos grabaron el funcionamiento de la nave. Se introdujeron cambios
en la construcción, y se volvieron a efectuar pruebas, bajo condiciones más
complejas. Un hombre imaginó esas condiciones, experimentó mentalmente el vuelo
y efectuó una grabación de las biocorrientes archivadas en la memoria
electrónica de la maquinaria de control automático... Sé lo que quiere decir.
¡Lo sé! Sí, pueden acaecer circunstancias imprevistas. Pero la máquina tiene
varias grabaciones. Un hombre puede experimentar los vuelos bajo las más
diversas condiciones. Puede prever todos los incidentes que podrían sobrevenir
en un vuelo real...
—Es
imposible preverlo todo —objetó el piloto. Estaba tratando de hablar con
calma—. Es como el caleidoscopio. ¿Puede prever las incontables combinaciones
de las piezas de cristal?
—No puedo
—dijo el doctor firmemente, mientras miraba el caleidoscopio—. Pero el Maestro
Constructor... sí que podía. Conocía sus máquinas. Empezó con vuelos sencillos
y gradualmente pasó a otros más complejos. Después de cada vuelo imaginado, se
hacían vuelos de control reales. No tuvimos ni un accidente. Con el Blue
Bird se han venido realizando pruebas durante medio año. El Maestro
Constructor completó treinta y seis vuelos a Júpiter. Desde un sillón corriente
en una habitación corriente. Llevó a cabo vuelos imaginarios, cada vez más
lejos dentro de la atmósfera de Júpiter. En un vuelo real apenas se tocaría la
atmósfera de Júpiter. Es cuestión de sobrecarga. Mientras haya un hombre a
bordo del avión cohete no se puede ir más lejos. La nave lo soportaría, pero un
hombre no. El Maestro Constructor podía penetrar muy adentro, ésta es la
ventaja de su método. Y además, podía resumir electrogramas de vuelos
imaginados y reales efectuados por los mejores pilotos, de forma que el equipo
automático obtuviese una experiencia humana generalizada. No sólo experiencia,
sino también intrepidez humana, generosidad humana. Poseía un auténtico estilo
humano, del que las máquinas ordinarias carecen... Se puede imprimir un juego
de electrogramas cien, mil veces, para muchas naves terrestres. Pero no hemos
tenido tiempo...
—Bien —dijo
el piloto—. ¡Vuelos imaginados a un Júpiter imaginado! Y pueden imaginar el
huracán más tremendo; pero, ¿será igual que uno real?
—Lo será
—gritó el doctor con furor inesperado—. No existen huracanes que el hombre no
pueda imaginar. El pensamiento del hombre es... es... Entienda una cosa
sencilla. La Naturaleza ha limitado las posibilidades físicas del hombre de
forma mezquina. ¡Sí, sí! No hace falta decir que pueden mejorarse... Se puede
crear personas de nueve pies de altura, fuertes y robustas. Pero con ello no se
cambiará nada esencial. Hay unos límites, que sólo pueden ser forzados
levemente. Sólo una de las capacidades del hombre no tiene límites: su
capacidad de pensar. ¿Lo entiende?
El piloto
afirmó con la cabeza.
—Lo
entiendo. Lo entiendo todo, excepto una cosa. El Maestro Constructor me invitó,
pero aquí me miran como un enemigo. ¿Por qué?
El doctor
colocó el caleidoscopio en la mesa y cansadamente se restregó los ojos.
—¿Por qué?
—repitió el piloto.
—Es difícil
de explicar —dijo el doctor—. ¿Sabe? Durante algún tiempo todos nosotros
dudamos de que el Maestro Constructor... bueno, de que fuera capaz de
conseguirlo. Después lo creímos, y desde aquel momento todo el mundo aquí
trabajó y vivió en función de un objetivo. Entendimos lo que significa el
pensamiento humano... No, eso no es lo que quería decir. Mire, imagine que la
gente está trabajando con un reactor de una clase muy potente. O con un equipo
electrónico. Son máquinas. Uno puede entusiasmarse con ellas, y nada más. Pero
nosotros estábamos experimentando con el pensamiento humano. Vimos su poder sin
límites. No, ni siquiera es una cuestión de poder. Sentimos la fascinación del
pensamiento humano, su todopoderosa belleza. ¡Sí! Sabíamos que nuestras
máquinas podían volar mejor que todos los pilotos, excepto usted. Asociamos su
nombre con el último límite que debía ser franqueado.
—¿Y... lo
franquearon? —preguntó el piloto.
El doctor
le miró a los ojos y con firmeza contestó:
—Sí,
naturalmente. Pero el Maestro Constructor… ya no está aquí... y usted sí lo
está.
La lluvia
golpeaba insistentemente contra la ventana. El piloto estaba ojeando los
numerosos planos de pruebas para el Blue Bird. La máquina había sido
probada rigurosamente, bajo las más variadas condiciones. Estos planos estaban
guardados en un portafolios con tres hojas escritas a mano, un borrador de
notas de informes. El Maestro Constructor no había tenido tiempo de acabar las
notas, y éstas se interrumpían en medio de una frase: «Creo que el vuelo con destino
a Júpiter debería ser efectuado por una nave...»
El piloto
se levantó y abrió la ventana. «¡Llueve! —pensó—. Está lloviendo de nuevo.
Siempre llueve sobre la Tierra.» Se echó a reír. No siempre llovía sobre la
Tierra, pero generalmente hacía mal tiempo en el lugar en el que se probaban
las máquinas nuevas.
La lluvia
agitaba las hojas de los árboles.
Así había
sucedido tres años atrás, cuando el piloto pensó por vez primera que quizá se
quedaría en la Tierra. ¡Una idea divertida! El helicóptero que se suponía lo
llevaría a la base de lanzamiento de cohetes se había retrasado siete minutos.
El piloto
pensó a menudo en la Tierra. Cuando vio el planeta por primera vez desde el
Cosmos, podía haber estado contemplando durante horas la esfera azul abrazada por
una neblina con los colores del arco iris. Se extasió en su contemplación y al
mismo tiempo le alegró poder elevarse por encima de ella.
Con los
años surgió en él otro sentimiento, un sentimiento relativo a los numerosos
peligros que estaban conectados con la Tierra. Era necesario vencer la fuerza
de su gravedad, pasar a través del cinturón de radiaciones, evitar los
meteoritos atraídos por el planeta.
El piloto
amaba a la Tierra, pero una vez se encontró pensando en ella con una melancolía
que no comprendió. No era una especie de anhelo por la Tierra. Y tres años
antes, mientras esperaba el helicóptero con retraso, había comprendido
repentinamente lo que era la tristeza. Durante esos siete minutos se dio cuenta
de repente, con la mayor claridad, de que más pronto o más tarde tendría que
regresar a la Tierra para siempre.
Desde aquel
momento había evitado permanecer en la Tierra siempre que le era posible. Se
esforzó por no pensar sobre el hecho que tendría que ocurrir
ineluctablemente...
El piloto
escuchó atentamente mientras cortinas de lluvia, invisibles en la oscuridad,
golpeaban rítmicamente el asfalto. El canalón de desagüe regurgitaba, resoplaba
y se estremecía. Las gotas de lluvia repiqueteaban en el alféizar de plástico
de la ventana. La lluvia tenía muchas voces.
«He crecido
sin haberme acostumbrado a ello —pensó el piloto—, pero volveré a la Tierra.
Volveré para siempre. Entonces habrá algo para mí: vuelos imagina dos por rutas
imaginadas. Es una lástima... —se echó a reír—. El doctor está en lo cierto: el
pensamiento es lo más fuerte que existe, pero no puede dar lo que consigue la
acción a un hombre.»
Volvió al
pupitre y buscó una foto pegada a uno de los planos. Era una copia ampliada de
la sección de un electrograma. A lo largo de la foto corrían dos series de
complicados gráficos, divididos por una escala para leer el tiempo; cada serie
estaba representada por una banda de muchas biocorrientes. El piloto miró
durante largo rato la unión de las líneas rotas y trató de imaginar lo que él
Maestro Constructor estaría pensando en aquella décima de segundo en la que los
instrumentos grabaron estas fluctuaciones.
Siguiendo
su curso libremente, los pensamientos del piloto volvieron a la Tierra, a lo
poco que conocía del lugar. El libro abierto todavía estaba descansando en el
borde de la mesa. El piloto buscó los versos sobre los que el doctor había
estado hablando. Empezó a leerlos y se detuvo en las líneas:
Fue cautivado por la máquina,
que
firmemente,
convirtió
su corazón en un sol.
Depositó el
libro en su lugar, y después de apartar rápidamente los planos de las pruebas
hacia un lado, tomó la última hoja de notas. Sólo entonces comprendió cómo
debería acabar la última frase: «Creo que el vuelo con destino a Júpiter
debería ser efectuado por una nave... que no lleve piloto.»
Empezó a
releer los planos de pruebas.
La lluvia
seguía agitando las hojas de los árboles.
Una hora
más tarde volvió el doctor e invitó al piloto a ver al delegado del Maestro
Constructor. Mientras colocaba los planos de pruebas en el portafolios, el
piloto dijo:
—Mañana los
meteorólogos deben hacer cuanto puedan para fabricar un genuino huracán.
—Sí —dijo
el doctor simplemente.
—Me gustaría
ver a los meteorólogos —prosiguió el piloto—. El huracán debe ser, bueno...
como un huracán en Júpiter.
—Hoy tiene
que descansar —objetó el doctor.
—Necesito
un huracán genuino —insistió el piloto—. Uno no puede hacer un vuelo a Júpiter
si no tiene confianza en su máquina.
—¿Un
huracán genuino? —preguntó el doctor—. Escuche... El Maestro Constructor murió
mientras estaba investigando sobre Júpiter. Ése era su trigesimoséptimo vuelo.
Un vuelo imaginario a un Júpiter imaginado, desde una habitación y un sillón
ordinarios. Pero su corazón no lo resistió.
El puesto
de observación estaba situado muy por debajo de la superficie de la Tierra.
Pero el fragor del huracán penetraba incluso hasta allí. Dos personas estaban
sentadas frente a la telepantalla en una habitación pequeña, de techo bajo: el
ingeniero y el doctor. La pantalla mostraba al Blue Bird aproximándose
al cohetódromo. Unos potentes focos iluminaban la zona de lanzamiento y en
aquel momento fueron dirigidos hacia arriba. Sus rayos no pudieron penetrar en
la negra espesura del huracán. Los reflejos purpúreos del rayo apenas
penetraban las nubes comprimidas por el viento. De vez en cuando este reflejo
chocaba con el Blue Bird, y entonces, detrás de la nave, en una sólida
pared de nubes, aparecía una sombra negra gigantesca. El rayo desapareció,
dejando unos agujeros vagamente parpadeantes que fueron atravesados por la
nave, la única partícula trabajada por la inteligencia en el caos de viento,
agua y destellos.
El Blue
Bird no era grande: era una de esas naves que hacen viajes cósmicos a bordo
dé espaciosas naves de línea, y que se envían para reconocimiento a planetas
desconocidos. Estaba equipada para enfrentarse a cualquier cosa que pudiera
esperarle en la atmósfera de un planeta extraño. Todo en la nave (su forma
alargada sin protuberancias; alas cortas, de bordes agudos, dirigidas hacia
atrás; emisores de infrarrojos ocultos hasta que se utilizaban; la tremenda
potencia de los motores de iones, sin proporción con las cortas dimensiones de
la nave), todo estaba previsto para la batalla.
El Blue
Bird estaba descendiendo, tras haber vencido el ímpetu del huracán. Los
períodos de calma momentánea eran el peligro principal a que se enfrentaba. El
huracán se movía en sentido inverso, haciendo caer a la nave en el vacío. En
tales momentos unas agudas lenguas de llama blanca surgirían de las toberas de
frenado.
Una luz amarilla parpadeaba en la parte alta de la
pantalla. Se oyó la voz del piloto por el altavoz.
—Aquí el Blue
Bird, llamada para el meteorólogo.
Otra voz,
vibrando con una alarma apenas contenida, contestó:
—¡El
meteorólogo a la escucha! Blue Bird, el meteorólogo jefe a la escucha...
—Este es el
Blue Bird —repitió el piloto—. Le pido que cambie el programa de la
prueba. ¿Puede hacer algo inesperado?
—No
deberíamos cambiar el programa de la prueba. Es peligroso...
—Repito.
¿Pueden hacer algo imprevisto?
Después de
una breve pausa el meteorólogo replicó:
—¡Afirmativo!
Si el suplente del Maestro Constructor lo ordena...
El
ingeniero, hombre muy calmoso, dijo:
—Permiso
concedido.
—Roger —la
voz del meteorólogo volvió a oírse a través del altavoz—. Entendido. Haremos...
—¡Alto!
—interrumpió el piloto—. La prueba debe ser imprevista.
El
ingeniero retiró el micrófono.
—Sabía que
tendría que ser así —le dijo al doctor.
Las manos
del ingeniero se deslizaban por los interruptores de mando. La imagen de la
pantalla se desvaneció, desapareció, después volvió a aparecer. Ahora se veía
una parte distinta del cohetódromo. Desde allí una nube que parecía una masa de
granito bastamente cortada se movió hacia la nave, avanzando muy despacio,
desgajando partes de otras nubes. Este movimiento silencioso era más amenazador
que todo el frenético huracán.
El
ingeniero hizo girar una palanca de ajuste. La escala de la imagen de la
pantalla decreció, y la base de despegue se hizo bien visible. La nube se movió
hacia delante, llenando gradualmente el cielo. Los faros brillaron una vez más
en la cinta de despegue.
—Mire —dijo
el doctor estúpidamente.
La
superficie inferior de la nube, hasta entonces completamente plana, empezó de
repente a extenderse, convirtiéndose en un cono blancuzco. El vértice del cono
—como un tentáculo de tamaño monstruoso— se acercó rápidamente a la Tierra.
Debajo, otro tentáculo ya se estaba extendiendo, y era tan monstruoso como el
anterior.
Encima de
la pantalla una señal roja empezó a parpadear de forma alarmante. Una voz joven
pronunció con deliberada lentitud:
—Departamento
de seguridad en vuelo. Tromba marina al Sudeste. Cohetes antitormenta listos
para lanzamiento. Aguardando órdenes.
—¿Velocidad...?
¿Qué velocidad? —preguntó el ingeniero.
Por el
altavoz contestó la voz del meteorólogo jefe:
—Diecisiete
yardas por segundo.
El
ingeniero sonrió.
—¡Finalmente
nuestro meteorólogo lo consiguió!
El doctor
se encogió de hombros.
La pantalla
mostraba la tromba marina dirigiéndose hacia la nave. Se movía, cernida por una
nube de vapor. Era como una serpiente gigante. Los rayos de los faros
centelleaban. Barrían el cielo negro y se detenían en la retorcida columna de
la tromba marina.
El
meteorólogo informó con calma:
—Veintiséis
yardas por segundo... Veintisiete...
En los
brillantes rayos de los faros la tromba marina parecía semitransparente. Hilos
de nubes se precipitaban en ella, de arriba abajo, como tempestuosas columnas
de humo. La parte inferior de la tromba marina se retorcía convulsivamente,
buscando un soporte desde el que saltar.
El
ingeniero ordenó que se apagara la luz, y sólo un rayo permaneció todavía
durante un rato iluminando el cuerpo gris de la tromba marina, como si tratara
de contener su irresistible avalancha.
La tromba
marina se dirigió hacia el Blue Bird.
La máquina
empezó a girar y la tromba marina, ahora azul-negra, inmediatamente se movió
para interceptarla. Por el altavoz se oyó una voz áspera:
—¡El techo
del hangar ha sido completamente arrancado! Completamente arrancado...
Y la joven
voz volvió a repetir con deliberada lentitud:
—Departamento
de seguridad en vuelo. Cohetes anti-tormenta preparados...
El ingeniero
desconectó el altavoz.
—¡Eso es el
fin! —murmuró el doctor—. ¡Ahora se acerca el fin! Sólo el Maestro Constructor
podría manejar esto.
Se volvió
hacia el ingeniero.
—Dé la
orden... ¡Que cambien el control, a biomatic! ¿Lo oyen? ¡Cambien el control!
El
ingeniero no contestó.
La tromba
marina se dirigía hacia el Blue Bird. Se retorcía con rapacidad, y un
semicírculo negro apareció en su parte central.
El doctor
se precipitó hacia la puerta. El ingeniero, sin apartar sus ojos de la
pantalla, dijo:
—Afuera hay
un huracán. ¡Cuidado!
El piloto y
el doctor estaban sentados bajo el ala del Blue Bird, sobre el suelo que
había sido devastado por el huracán; todavía estaba mojado y olía a tierra
mojada. Gotas de agua resbalaban lentamente del borde delantero del ala.
El piloto
observó el cielo. A causa del brillante sol del mediodía, parecía incoloro.
Sólo en el horizonte se veía el azul, combinándose con la cinta oscura de un
bosque distante.
—Piquituertos
—señaló el piloto—. ¡Mire, los piquituertos están volando! La tormenta no les
alcanzó...
—Están
acostumbrados a ellas —replicó el doctor—. Dígame, ¿conectó... conectó el
control bioelectrónico desde el comienzo mismo?
—Sí
—contestó el piloto mientras seguía a los pájaros atentamente—. No toqué la
palanca de mando. Pensé que podía hacerlo en caso de necesidad... Bueno, ya lo
entiende. Pero entonces vi que «él» tomaba las decisiones más deprisa que yo.
Un segundo, una fracción de segundo, un instante antes, pero más deprisa. Y lo
que es más —cómo diría yo—, con mayor seguridad. Como si ya hubiera pasado por
ello muchas veces y lo supiera todo.
—Lo sabe
—dijo el doctor mientras se alzaba el cuello de su gabardina—. Abróchese la
chaqueta. El tiempo no se normaliza inmediatamente después de un huracán. Sí...
En el Blue Bird hay una parte del alma humana, de una gran alma humana.
Marx dijo que las máquinas son fuerza personificada de conocimiento. Treinta y
siete vuelos a Júpiter...
—Treinta y
siete —repitió el piloto—. Ahora irá por el treinta y ocho. Sin mí. Cuando la
tromba marina se acercaba a la máquina, pensé que podría condensar los
electrogramas. Como en cinematografía: filmación en movimiento lento, pero
proyección a velocidad normal. El pensamiento es más rápido, que el movimiento
de la mano, pero he visto que podemos crear algo incluso más rápido que el
pensamiento.
—Por eso es
por lo que el Maestro Constructor le invitó —dijo el doctor—. Él sabía que
sería de este modo. El ensamblaje de una nueva máquina concluirá pronto. Es...
para usted.
El piloto
miró al Blue Bird.
—¿Es
realmente imposible concebir una máquina que no exija ningún esfuerzo al
piloto?
—Sí
—contestó el doctor—. Es imposible. Piense en el Blue Bird. Ahora mismo
es una máquina que ostenta un récord. Un vuelo con ella es imposible sin el
mayor esfuerzo físico y espiritual. Pasarán diez años, perfeccionarán la
máquina, y cualquiera será capaz de volar con ella. Pero para entonces ya no
ostentará ningún récord. Aparecerán nuevas máquinas. Éstas requerirán un mayor
esfuerzo del piloto. El Maestro Constructor sabía que nunca podría volar en
máquinas genuinas. Es imposible mecanizar totalmente al Blue Bird. Sólo
el pensamiento humano lo puede manejar.
Permanecieron
en silencio durante un buen rato. Luego el piloto, todavía observando al Blue
Bird, dijo:
—La fuerza
del conocimiento personificada... Sí, es correcto. ¡Bien dicho!
El doctor
sonrió:
—Eso es
poesía...
—Sí, es
poesía —concedió el piloto.
FIN
Publicado
en: Otros mundos, otros mares - Editorial A.T.E.
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