«El muerto al hoyo y el vivo al bollo»
dice el refrán popular. Pero, en ocasiones,
aunque el muerto salga del hoyo, poco puede
hacer para evitar... el bollo.
El funerario llegó temprano a su casa. Besó a su mujer y subió a
lavarse para la cena. Cuando bajó, ella le
besó a él.
–Estará dentro de cinco o seis minutos –anunció–. Pata de cordero.
–De acuerdo, tomaré un trago –dijo el funerario.
–Y puerros hervidos –añadió ella, antes de volver a la cocina.
El funerario entró en la salita y tomó asiento. Al lado de su butaca,
sobre una larga mesa, había un ejemplar del diario de la tarde. A su lado, una
botella casi llena de whisky y un vaso. Colocó el periódico sobre sus rodillas
y le sonrió a la botella como a un viejo amigo.
–Oh, muchacho –musitó.
Cogió con firmeza la botella por el gollete, manteniendo el pulgar
sobre el corcho. Agitó una vez la botella de arriba abajo y la descorchó.
Luego, vertió lentamente unos cinco centímetros de licor en el vaso, tapó la
botella, la dejó en la mesa, levantó el vaso y lo vació. Metió luego la nariz
dentro del vaso vacío y respiró profundamente. Por fin, dejó el vaso al lado
de la botella y cogió el diario. Cuando recorrió con la vista la parte superior
de la primera plana, su rostro carecía de expresión, pero cuando dobló el
diario para leer la mitad inferior, un pequeño titular atrajo su atención, y
murmuró:
–¡No me digas!
Volvió a dejar el diario sobre sus rodillas, cogió con firmeza la
botella por el gollete, manteniendo el pulgar sobre el corcho. Agitó una vez
la botella de arriba abajo y la descorchó. Luego, vertió lentamente unos diez
centímetros de licor en el vaso, tapó la botella, la dejó en la mesa, levantó
el vaso y lo vació. Metió luego la nariz dentro del vaso vacío y respiró
profundamente. Por fin, dejó el vaso al lado de la botella y cogió el diario.
En aquel instante, apareció su esposa en la arcada que conducía al comedor.
–Vamos, todo está a punto –anunció.
–De acuerdo –asintió él, yendo a sentarse a su sitio en la mesa.
Su esposa ya estaba sentada en el suyo, amontonando comida en su
plato. El funerario cogió la bandeja del cordero y se sirvió parcamente.
–¿Qué te pasa? –se irritó la esposa–. ¿No te gusta el cordero?
–No es eso.
–Entonces, ¿qué?
–Creo que acabo de matar mi apetito.
–¿Por qué?
–No quería hacerlo, pero lo hice. Con un trago de whisky de más.
–¿Por qué lo has hecho?
–No quería, pero lo hice. Un trago doble, si quieres saber la verdad.
–Debiste decírmelo a tiempo y me habría ahorrado trabajo en la cocina,
Arthur. Personalmente, la charcutería me gusta tanto como el cordero»
–No sabía que iba a beber tanto.
–¿Y si mañana tú guisaras
una pata de cordero y yo torciera el gesto y no comiera? Por qué no, ¿eh?
–No hagas una escena, Rhoda. Dije que lo siento.
–¿Cuándo? Yo no he oído tus excusas.
–Está bien, lo digo ahora. Lo sienta»
–Está bien.
Cenaron en silencio, hasta que Arthur terminó. –Buena carne. ¿De
Gristede? –Ya lo sabes. Borracho» El dejó el tenedor.
–Rhoda, quiero asegurártelo: no estoy borracho. En absoluto. En
realidad, ojalá tuviera la costumbre de tomar un vaso de vino con las comidas.
Tinto, blanco, no sé cuál se toma con el cordero. Pero en la tienda
probablemente tendrán algún folleto. Es una buena costumbre que los tengan.
Muy civilizado. En muchos países no pensarían vender sin dar folletos. Y no
tienen nada que ver con las borracheras en ningún modo o manera o forma.
Cogió el tenedor y procedió a comer un poco más de cordero.
–Si supiera qué te ha cogido de repente –murmuró Rhoda–, estaría más
tranquila. Siempre digo que tú, aunque tengas otros defectos, no te entregas al
vicio del alcohol. Siempre has sabido beber con moderación. –Continúo igual.
–Entonces, ¿por qué esos tragos de más? ¿Y por qué esa súbita afición
al vino?
–Oh, sólo he mencionado el vino... como costumbre civilizada.
–¿Y los tragos de más? –Un trago, no tragos. –Bien, el trago. –Vuelve
a haber algo... –¿Qué?
–Rhoda, si supieses lo que me ha sucedido hoy, no te enfadarías
conmigo en absoluto.
–No me enfado, Arthur. Me gustaría que tuvieras todo lo mejor del
mundo. Sólo que me preocupa que puedas convertirte en otro Gunderson, que en su
estómago no tiene otra cosa que whisky de centeno y ciruelas desde hace un año
y dos meses, según me contó su esposa.
Rhoda masticaba tristemente la comida. –Rhoda, te suplico que no te
exaltes. Con todos mis defectos, como dijiste... y a propósito, un día, si
tengo tiempo, te agradeceré que me aclares cuáles son; ahora no, aunque uno de
ellos no es que yo sea un alcoholizado o poco menos. Hablar del vino sólo fue
como tema de conversación, una forma de hablar. Lo otro, el trago de más, el
trago, no los tragos, es por otra cosa. Y admito que lo hice a propósito. Fue
por lo que me sucedió hoy en la funeraria. Cuando te lo cuente, si te lo
cuento, no estarás ya enfadada conmigo. En realidad, tal vez también tú
tomarás un trago. No me sorprendería. Sólo que no sé si contártelo.
–Contar, no contar... –canturreó Rhoda.
–Es la cosa más extraña que me ha ocurrido en toda mi vida. En realidad,
la más condenada –añadió el funerario.
–Sigue comiendo.
–Escucha, Rhoda. Porque se trata de esto –respiró y tragó un bocado
antes de continuar–: Hoy he sostenido una discusión con un cadáver.
–Si no la carne, al menos come un poco de verdura.
–¿Has oído lo que acabo de decir?
–Sí.
–Bien, hay algo más. No sólo sostuve una discusión con el cadáver,
sino que perdí en la discusión.
–La película empieza a las 7.10 –replicó Rhoda–. Pero si quieres ver
el noticiario y la cómica, hay que estar allí a las siete menos diez.
–Aún es temprano.
–De acuerdo, pero no te demores. ¿Ensalada?
–Sí. Oh, no logro tranquilizarme. Ni hacer prevalecer mi opinión. Oh,
crees que estoy afectado por... No, Rhoda. Te lo juro. Levanto la mano. Sé lo
que me digo y es cierto como que existe Dios que voy a contártelo.
–Está bien, Arthur, pero sigue cenando.
–Bien, el cadáver con el que discutí es el de Stanton C. Baravale.
Era.
–¿El almacenista?
–El mismo. Falleció anoche en su casa de Summit General. A las 10.53
de la noche.
–Sí, lo he leído.
–Esta mañana lo trajeron temprano; en realidad, me esperaban ya en la
calle cuando llegué.
–Porque saliste tarde de aquí, ya te lo advertí. Tienes que ser más
puntual.
–Estás equivocada por completo, Rhoda, pero ahora no pienso discutir,
pues no deseo perder el hilo. Bien, lo trajeron y lo dejamos cuidadosamente en
la sala, y ya íbamos a proceder al embalsamamiento, cuando Thor me dijo:
«Señor Roos, ¿podría salir?»
–No sé por qué lo tienes allí –gruñó Rhoda–». Es un vago.
–No, es buen chico. Añadió: «Salí sin desayunar y me gustaría ir al
bar de Whelan para tomar un bocado.» «De acuerdo» –accedí–. «Y espero que no
tengas jaleos en tu casa.» De modo que Thor volvió a repetirme que su madre no
quiere que sea embalsamador. Dice que la pone nerviosa saber que su hijo es
aprendiz de una funeraria. ¡Hay algunas personas...!
–¿Qué querría, que nadie hiciese este trabajo? –se burló Rhoda.
–Querida, eso mismo le dije a Thor.
–¿Y qué te contestó?
–Que eso mismo le había dicho él a su madre.
–Naturalmente.
–Bien, se marchó a tomar el bocado y yo empecé a preparar los
materiales. Recuerdo que estaba silbando, porque silbaba No hay nada como una dama, y siempre me cuesta recordar la parte
central del tema musical.
–Ta ta ta da da da... –canturreó Rhoda.
–Sí, lo sé. Lo recordé más
tarde. Pero mientras silbaba, oí el ruido. Como una persona al aclararse la
garganta. Bien, me volví.
–¿Y qué era? –preguntó Rhoda, ya interesada.
–Una garganta que se aclaraba.
–¿Qué dices, Arthur?
–Digo que Stanton C. Baravale se estaba incorporando, con aspecto de
estar terriblemente enfermo.
–Claro está, si había muerto...
–Un momento, Rhoda. Déjame continuar. El hombre se sentó y me miró;
luego dijo... en voz tan baja que apenas logré oírle... de este modo; «¿Quién
es usted?»
Rhoda apiló los platos, los puso aparte, atrajo hacia sí el pastel y
empezó a cortarlo con cuidado.
–Arthur, ¿me cuentas la verdad? –Que me muera si no es cierto.
–Entonces, adelante. Pero habla mientras hago el café.
–En veintiocho años, sólo me ha sucedido dos veces –gritó Arthur–. La
otra, según recordarás, fue con el chico Winkleman, que entró en la funeraria
y salió en todos los periódicos, y creo que aún está rondando por ahí. Desde
mil novecientos veintiocho.
Rhoda volvió con la cafetera, se sentó y sirvió dos tacitas.
–Aún ronda por ahí –confirmó–. Resultó ser un buen pillo. Siempre anda
metido en líos.
–De modo que cuando Stanton C. Baravale preguntó: «¿Quién es usted?»,
se lo dije. Naturalmente. Y luego, quiso saber dónde estaba y cómo había
llegado allí. Contesté: «Bien, lo cierto, señor Baravale, es que usted
falleció anoche a las 10.53.»
«Ya sabía que se trataba de algo parecido –comentó–. Me siento ligero
como una pluma. Y muy frío. Debo de estar a una temperatura por debajo de
cero.» «Cálmese –le aconsejé–. Dentro de un segundo telefonearé a su casa.»
«¡Oh, no! –casi gritó–. Esto sólo produciría murmuraciones, y dentro de un
minuto volveré a estar muerto.»
–¿Todo esto es cierto? –preguntó Rhoda, tomando el café.
–Querida, te lo cuento como ocurrió. Yo me hallaba alejado, te lo
juro. Luego, Stanton C. volvió a hablar: «¿Qué era? Sí, sé que algo me preocupaba,
y por eso he vuelto. Ah, ya sé –exclamó–o ¡Usted!»
–¿Tú? –exclamó Rhoda.
–Exacto. Me explicó que se había olvidado de especificar los detalles
de su entierro, dejándolo al criterio general. Y que era en esto en lo último
que había pensado antes de morir, y que algún desconocido poder de su cerebro
le había resucitado momentáneamente.
–Arthur, no puedo enfadarme por el trago de más. Ni por un momento.
–«Bien –me dijo entonces–. ¿Cuánto costará?» «Realmente, no puedo
decirlo.» «Pues será mejor que lo diga. De la manera como ese Immerman leyó:
"Después de pagar todos los gastos del funeral", esto puede ser una
gran suma. En un momento como éste, mis hijos no reflexionan, y es posible que
se sientan inclinados a gastar más de lo necesario, lo cual sería insensato.
¿Cuál es el entierro más barato?», continuó. «Depende de la gente, los coches,
música o no, el féretro...» Al oír esto, se apoyó sobre un codo y dijo: «Seis
personas, un coche, sin música, la caja más barata.» «Pero las instrucciones
que recibí...» No me dejó terminar. «¡Al diablo las instrucciones! –gritó–.
Déme papel y pluma.» Le di con que escribir y garabateó algo en una hoja. Luego
me dijo: «Enseñando esto, no tendrá problemas.» Bueno, Rhoda, por aquel
entonces ya estaba yo un poco más sereno. «Por favor, deje que telefonee», le
supliqué. «No –objetó–. Déme, en cambio, su palabra de caballero de que hará
mi voluntad.»
«Oiga –protesté–este papel no sirve. Usted está muerto legalmente
desde las 10.53 de anoche.» «Por eso he fechado el papel la semana pasada
–replicó–. Y es mí escritura, sin duda alguna. ¿Qué hora es?» «Las ocho y media
de la mañana», respondí. «Bien, digamos que son oficialmente las ocho y
cuarto», dijo. Y volvió a tenderse y pronunció la fecha: «Cinco de enero de mil
novecientos cincuenta y seis. Gracias, señor Roos. Ha sido un placer hablar
con usted.» Y entonces, Rhoda, ¡por Dios que se murió otra vez! –Oh, jamás...
–casi se ahogó Rhoda– me, ¿quieres, Arthur?
Juntos quitaron los platos de la mesa, colocaron el mantelíto de
encaje en el centro y encima el frutero de frutas de cera. En la cocina, él
lavó los platos y ella los secó. Trabajaron con rapidez, sin hablar. Por fin,
Rhoda preguntes –¿Qué piensas hacer? –No lo sé, querida. –¿Se lo dijiste a
alguien? ¿A Thor? –No, aún no.
–¿Te han ordenado algo ya? –Casi en seguida. Vino a verme un pasante
del abogado con una carta. Capilla por todo lo alto, un mínimo de trescientos
acompañantes. Órgano y terceto de cuerda. Treinta coches. Marquesina y
sillas. Recepción en memoria después del entierro, en el salón principal.
Refrescos... Oh, Rhoda, uno de los mejores negocios de mi vida. Entre
setecientos y ochocientos de beneficio.
–¿Tienes la hoja que escribió el difunto?
–Aquí está.
–Deja que la vea.
–Antes me secaré las manos.
Después de secarse las manos, Arthur sacó el papel del bolsillo de
pecho y lo entregó a su esposa.
Rhoda lo leyó atentamente.
–Bueno, sólo cabe hacer una cosa –decidió.
–Tienes razón –asintió Arthur–. ¿Tú o yo?
–Yo –dijo Rhoda, yendo hacia la cocina de gas.
–Cuidado, querida –la previno Arthur–. No te quemes.
–No, querido.
Abrió el fogón de gas más próximo. El encendedor automático inflamó
el gas, y Rhoda sostuvo encima de la llama una esquina del papel. Luego, apagó
el gas mientras el papel ardía. Manteniéndole ante sí, cruzó la cocina hasta
el fregadero y se reunió con Arthur. Colocó cuidadosamente el papel en llamas
dentro del fregadero. Ambos permanecieron contemplando cómo el papel se convertía
en cenizas. Arthur rodeó tiernamente a su esposa con un brazo.
–El muerto puede permitirse el gasto –murmuró.
–Además –añadió su mujer–, ¿por qué estafar a la familia y a las amistades,
impidiéndoles ofrecerle los últimos respetos?
–También pensé en esto –convino Arthur.
–No, el difunto no tenía derecho a hacer lo que hizo.
–No lo tenía en absoluto –concedió Arthur–. Al fin y al cabo, era un
hombre legalmente muerto.
–¿Sabes dónde iremos esta noche? –preguntó Rhoda. –Al Loges. –Sí. Es
caro, pero elegante.
Las llamas se extinguieron en el fregadero. Rhoda golpeó las cenizas
negras, ligeramente, con el índice. Arthur abrió el grifo. El fregadero quedó
limpio.
El funerario y su esposa se lavaron las manos y se marcharon al cine.
Llegaron a tiempo de ver no sólo el noticiario y la cómica, sino también las
atracciones.
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