A don Álvaro de Monsalve,
canónigo de la Santa Iglesia de
Toledo, primada de las Españas
Este libro tiene parentesco con vuesa merced, por tener su origen de una palabra que le oí. A Vuesa Merced debe el nacimiento, a mí el crecer. Su comunicación es estudio para el bien atento, pues con pocas letras que pronuncia, ocasiona discursos. Tal es la genealogía déste. Doyle lo que es suyo en la sustancia, y lo que es mío en la estatura y bulto. Su título es: La hora de Todos, y
El tratadillo, burla burlando, es de veras. Tiene cosas de las
cosquillas, pues hace reír con enfado y desesperación. Extravagante reloj, que
dando una hora sola, no hay cosa que no señale con la mano. Bien sé que le han
de leer unos para otros, y nadie para sí. Hagan lo que mandaren, y reciban unos
y otros mi buena voluntad. Si no agradare lo que digo, bien se le puede
perdonar a un hombre ser necio una hora, cuando hay tantos que no lo dejan de
ser una hora en toda su vida. Vuesa merced, señor don Álvaro, sabe
empeñarse-por los amigos y desempeñarlos. Encárguese desta defensa, que no será
la primera que le deberé.
Guarde Dios a Vuesa Merced, como deseo.
Hoy 12 de marzo de 1636.
Hoy 12 de marzo de 1636.
Prólogo
Júpiter, hecho de hieles, se desgañifaba poniendo los gritos en la tierra;
porque ponerlos en el cielo, donde asiste, no era encarecimiento a propósito.
Mandó que luego a consejo viniesen todos los dioses trompicando. Marte, don
Quijote de las deidades, entró con sus armas y capacete, y la insignia de
viñadero enristrada, echando chuzos, y a su lado, el panarra de los dioses,
Baco, con su cabellera de pámpanos, remostada la vista, y en la boca lagar y
vendimias de retorno derramadas, la palabra bebida, el paso trastornado, y todo
el celebro en poder de las uvas. Por otra parte asomó con pies descabalados
Saturno, el dios marimanta, comeniños, engulléndose sus hijos a bocados. Con él
llegó, hecho una sopa, Neptuno, el dios aguanoso, con su quijada de vieja por
cetro (que eso es tres dientes en romance), lleno de cazcarrias y devanado en
ovas, y oliendo a viernes y vigilias, haciendo lodos con sus vertientes en el
cisco de Plutón, que venía en su seguimiento; dios dado a los diablos, con una
cara afeitada con hollín y pez, bien zahumado con alcrebite y pólvora, vestido
de cultos tan obscuros que no le amanecía todo el buchorno del Sol, que venía
en su seguimiento, con su cara de azófar y sus barbas de oropel; planeta
bermejo y andante, devanador de vidas, dios dado a la barbería, muy preciado de
guitarrilla y pasacalles, ocupado en ensartar un día tras otro, y en engazar
años y siglos, mancomunado con las cenas y los pesares para fabricar calaveras.
Entró Venus haciendo rechinar los coluros con el ruedo del guardainfante,
empalagando de faldas a las cinco zonas, a medio afeitar la jeta, y el moño,
que la encorozaba de pelambre la cholla, no bien encasquetado por la prisa.
Venía tras ella la Luna ,
con su cara en rebanadas, estrella en mala moneda, luz en cuartos, doncella de
ronda, y ahorro de lanternas y candelillas. Entró con gran zurrido el dios Pan resollando,
con dos grandes piaras de númenes, faunos, pelicabras y patibueyes. Hervía todo
el cielo de manes y lémures, lares y penates, y otros diosecillos bahúnos. Todos
se repantigaron en sillas y las diosas se rellanaron, y asestando las jetas a
Júpiter con atención reverente, Marte se levantó, sonando a choque de cazos y
sartenes, y con ademanes de la carda, dijo: «¡Pesia tu hígado, oh grande Coime
que pisas el alto claro, abre esa boca y garla, que parece que sornas!» Júpiter,
que se vio salpicar de jacarandinas los oídos, y estaba, siendo verano y
asándose el mundo, con su rayo en la mano haciéndose chispas, cuando fuera
mejor hacerse aire con un abanico, con voz muy corpulenta, dijo: «Vusted
envaine y llámenos a Mercurio»
El cual, con su varita de jugador de manos y sus zancajos pajarillos y su
sombrerillo hecho a horma de hongo, en un santiamén y en volandas se le puso
delante. Júpiter le dijo: «Dios virote, dispárate al mundo! Tráeme aquí en un
abrir y cerrar de ojos a la
Fortuna asida de los arrapiezos.»
Luego el chisme del Olimpo, calzándose dos cernícalos por acicates, se despareció,
que ni fue visto ni oído, con tal velocidad, que verle partir y volver fue una
mesma acción de la vista. Volvió hecho mozo de ciego y lazarillo adestrando a la Fortuna que con un bordón
en la una mano venía tentando, y de la otra tiraba de la cuerda que servía de
freno a un perrillo. Traía por chapines una bola sobre que venía de puntillas,
y hecha pepita de una rueda que la cercaba como centro, encordelada de hilos,
trenzas y cintas, cordeles y sogas, que con sus vueltas se tejían y destejían. Detrás
venía como fregona la Ocasión
, gallega de coramvobis, muy gótica de faciones, cabeza de contramoño, cholla
bañada de calva de espejuelo, y en la cumbre de la frente un solo mechón en que
apenas había pelo para un bigote. Era éste más resbaladizo que anguilla,
culebreaba deslizándose al resuello de las palabras.
Echábasele de ver en las manos que vivía de fregar y barrer y vaciar los
arcaduces que la Fortuna
llevaba. Todos los dioses mostraron mohína de ver a la Fortuna y algunos dieron
señal de asco, cuando ella, con chillido desentonado, hablando a tiento, dijo:
-Por tener los ojos acostados y la vista a buenas noches, no atisbo quién
sois los que asistís a este acto, empero, seáis quien fuéredes, con todos
hablo, y primero contigo, oh Jove, que acompañas las toses de las nubes con
gargajo trisulco. Dime, ¿qué se te antojó ahora de llamarme, habiendo tantos
siglos que de mí no te acuerdas? Puede ser que se te haya olvidado a ti y a
esotro vulgo de diosecillos lo que yo puedo, y que así he jugado contigo y con
ellos como con los hombres.
Júpiter, muy prepotente, la respondió:
-Borracha, tus locuras, tus disparates y tus maldades son tales que persuades
a la gente mortal que, pues no te vamos a la mano, que no hay dioses, y que el
cielo está vacío, y que yo soy un dios de mala muerte. Quéjanse que das a los
delitos lo que se debe a los méritos, y los premios de la virtud al pecado; que
encaramas en los tribunales a los que habías de subir a la horca, que das las
dignidades a los que habías de quitar las orejas, y que empobreces y abates a
quien debieras enriquecer.
-Yo soy cuerda, y sé lo que hago, y en todas mis acciones ando pie con
bola. Tú, que me llamas inconsiderada y borracha, acuérdate que hablaste por
boca de ganso en Leda, que te derramaste en lluvia de bolsa por Dánae, que
bramaste y fuiste Inde toro pater por Europa, que has hecho otras cien mil
picardías y locuras, y que todos esos y esas que están contigo han sido
avechuchos, urracas y grajos, cosas que no se dirán de mí. Si hay beneméritos
arrinconados y virtuosos sin premios, no toda la culpa es mía: a muchos se los
ofrezco que los desprecian, y de su templanza fabricáis mi culpa. Otros, por no
alargar la mano a tomar lo que les doy, lo dejan pasar; otros me lo arrebatan
sin dárselo yo; más son los que me hacen fuerza que los que yo hago ricos; más
son los que me hurtan lo que les niego que los que tienen lo que les doy.
Muchos reciben de mí lo que no saben conservar: piérdenlo ellos y dicen que yo
se lo quito. Muchos me acusan por mal dado en otros lo que estuviera peor en
ellos. No hay dichoso sin invidia de muchos, no hay desdichado sin desprecio de
todos. Esta criada me ha servido perpetuamente y no he dado paso sin ella: su
nombre es la Ocasión ;
¡oídla!, ¡aprended a juzgar de una fregona!
Y desatando la tarabilla la
Ocasión , por no perderse a sí mesma, dijo:
-Yo soy una hembra que me ofrezco a todos: muchos me hallan, pocos me
gozan. Soy Sansona femenina, que tengo la fuerza en el cabello; quien sabe asirse
a mis crines, sabe defenderse de los corcovos de mi ama. Yo la dispongo, yo la
reparto, y de lo que los hombres no saben recoger ni gozar, me acusan. Tiene
repartidas la necedad por los hombres estas infernales cláusulas: «Quién
dijera; no pensaba; no miré en ello; no sabía; bien está; qué importa; qué va
ni viene; mañana se hará; tiempo hay; no faltará ocasión; descuidéme; yo me
entiendo; no soy bobo; déjese deso; yo me lo pasaré; ríase de todo; no lo crea;
salir tengo con la mía; no faltará; Dios lo ha de proveer; más días hay que longanizas;
donde una puerta se cierra, otra se abre; bueno está eso; qué le va a él;
paréceme a mí, no es posible; no me diga nada; ya estoy al cabo; ello dirá;
ande el mundo; una muerte debo a Dios; bonito soy yo para eso; sí por cierto;
diga quien dijere; preso por mil, preso por mil y quinientos; no es posible;
todo se me alcanza; mi alma en mi palma; ver veamos; dizque»; y «pero» y
«quizás». Y el tema de los porfiados «De dónde diere».
Estas necedades hacen a los hombres presumidos, perezosos y descuidados.
Éstas son el hielo en que yo me deslizo, en éstas se trastorna la rueda de mi
ama, y trompica la bola que la sirve de chapín.
Pues si los tontos me dejan pasar ¿qué culpa tengo yo de haber pasado? Si
a la rueda de mi ama son tropezones y barrancos, ¿por qué se quejan de sus
vaivenes? Si saben que es rueda y que sube y baja, y que por esta razón baja
para subir y sube para bajar, ¿para qué se devanan en ella? El Sol se ha
parado, la rueda de la Fortuna ,
nunca. Quien más seguro pensó haberla fijado el clavo no hizo otra cosa que
alentar con nuevo peso el vuelo de su torbellino. Su movimiento digiere las
felicidades y miserias como el del tiempo las vidas del mundo y el mundo mesmo
poco a poco. Esto es verdad, Júpiter. Responda quien quisiere. La Fortuna , con nuevo
aliento, bamboleándose con remedos de veleta y acciones de barrena, dijo:
-La Ocasión
ha declarado la ocasión injusta de la acusación que se me pone; empero yo
quiero de mi parte satisfacerte a ti, supremo atronador, y a todos esotros que
te acompañan, sorbedores de ambrosía y néctar, no obstante que en vosotros he
tenido, tengo y tendré imperio, como le tengo en la canalla más soez del mundo.
Y yo espero ver vuestro endiosamiento muerto de hambre por falta de víctimas, y
de frío, sin que alcancéis una morcilla por sacrificios, ocupados en sólo abultar
poemas y poblar coplones, gastados en consonantes y en apodos amorosos,
sirviendo de munición a los chistes y a las pullas.
-Malas nuevas tengas de cuanto deseas -dijo el Sol-, que con tan insolentes
palabras blasfemas de nuestro poder. Si me fuera lícito, pues soy el Sol, te
friyera en caniculares, y te asara en buchornos, y te desatinara a modorras.
-Vete a enjugar lozadales -dijo la Fortuna-, a madurar pepinos, y a proveer de
tercianas a los médicos, y a adestrar las uñas de los que se espulgan a tus
rayos; que ya te he visto yo guardar vacas y correr tras una mozuela, que,
siendo Sol, te dejó a escuras. Acuérdate que eres padre de un quemado; cósete
la boca y déjale hablar a quien le toca. Entonces Júpiter severo pronunció
estas razones:
-Fortuna, en muchas cosas de las que tú y esa picarona que te sirve
habéis dicho, tenéis razón; empero para satisfación de las gentes está
decretado inviolablemente que en el mundo, en un día y en una propria hora, se
hallen de repente todos los hombres con lo que cada uno merece. Esto ha de ser:
señala hora y día.
-Lo que se ha de hacer ¿de qué sirve dilatarlo? Hágase hoy. Sepamos qué
hora es.
El Sol, jefe de relojeros, respondió:
-Hoy son veinte de junio, y la hora, las tres de la tarde, tres cuartos y
diez minutos. Pues en dando las cuatro, veréis lo que pasa en la tierra.
Y diciendo y haciendo empezó a untar el eje de su rueda y encajar manijas
y mudar clavos y enredar cuerdas, aflojar unas y estirar otras, cuando el Sol,
dando un grito, dijo:
-Las cuatro son, ni más ni menos: que ahora acabo de dorar la cuarta
sombra posmeridiana de las narices de los relojes de sol.
En diciendo estas palabras, la
Fortuna , como quien toca sinfonía, empezó a desatar su rueda,
que, arrebatada en huracanes y vueltas, mezcló en nunca vista confusión todas
las cosas del mundo; y dando un grande aullido, dijo:
-Ande la rueda, y coz con ella.
I
En aquel proprio instante, yéndose a ojeo de calenturas paso entre paso
un médico en su mula, le cogió la
Hora , y se halló de verdugo, perneando sobre un enfermo,
diciendo credo en lugar de Récipe, con aforismo escurridizo.
II
Por la mesma calle, poco detrás, venía un azotado, con la palabra del
verdugo delante chillando, y con las mariposas del sepancuantos detrás, y el
susodicho en un borrico, desnudo de medio arriba, como nadador de rebenque.
Cogióle la Hora ,
y, derramando un rocín al alguacil que llevaba, y el borrico al azotado, el
rocín se puso debajo del azotado y el borrico debajo del alguacil; y mudando
lugares, empezó a recibir los pencazos el que acompañaba al que los recibía, y
el que los recibía a acompañar al que le acompañaba. El escribano se apeó para remediarlo,
y, sacando la pluma, le cogió la
Hora , Y se la alargó en remo, y empezó a bogar cuando quería
escribir.
III
Atravesaban por otra calle unos chirriones de basura, y llegando enfrente
de una botica, los cogió la Hora ,
y empezó a rebosar la basura, y salirse de los chirriones, y entrarse en la
botica, de donde saltaban los botes y redomas, zampándose en los chirriones con
un ruido y admiración increíble; y como se encontraban al salir y al entrar los
botes y la basura, se notó que la basura, muy melindrosa, decía a los botes:
«Háganse allá.»
Los basureros ayudaban con escobas y palas, traspalando en los chirriones
mujeres afeitadas, y gangosos, y teñidos, sin poder nadie remediarlo.
IV
Había hecho un bellaco una casa de grande ostentación con resabios de
palacio y portada sobrescrita de grandes genealogías de piedra.
Su dueño era un ladrón que, por debajo de su oficio, había hurtado el caudal
con que la edificó. Estaba dentro y tenía cédula a la puerta para alquilar tres
cuartos. Cogióle la Hora.
¡Oh, inmenso Dios, quién podrá referir tal portento! Pues, piedra por piedra,
ladrillo por ladrillo, se empezó a deshacer, y las tejas, unas saltaban a unos
tejados, y otras a otros. Veíanse vigas, puertas y ventanas entrar por
diferentes casas con espanto de sus dueños, que la restitución tuvieron a
terremoto y a fin del mundo. Iban las rejas y las celosías buscando sus dueños
de calle en calle. Las armas de la portada partieron como rayos a restituirse a
la Montaña a
una casa de solar, a quien este maldito había achacado su pícaro nacimiento.
Quedó desnudo de paredes y en cueros de edificio, y sólo en una esquina quedó
la cédula de alquiler que tenía puesta, tan mudada por la fuerza de la Hora , que donde decía: «Quien
quisiere alquilar esta casa vacía, entre, que dentro vive su dueño», se leía:
«Quien quisiere alquilar este ladrón, que está vacío de su casa, entre sin
llamar, pues la casa no lo estorba.»
V
Vivía enfrente déste un mohatrero que prestaba sobre prendas, y viendo
afufarse la casa de su vecino, quiso prevenirse, diciendo: «¿Las casas se mudan
de los dueños? ¡Mala invención!»
Y por presto que quiso ponerse en salvo, cogido de la Hora , un escritorio y una
colgadura y un bufete de plata, que tenía cautivos de intereses argeles, con
tanta violencia se desclavaron de las paredes y se desasieron, que al salirse
por la ventana un tapiz, le cogió en el camino y, revolviéndosele al cuerpo,
amortajado en figurones, le arrancó y llevó en el aire más de cien pasos,
donde, desliado, cayó en un tejado, no sin crujido del costillaje; desde donde,
con desesperación, vio pasar cuanto tenía, en busca de sus dueños, y detrás de
todo una ejecutoria, sobre la cual, por dos meses, había prestado a su dueño
doscientos reales, con ribete de cincuenta más. Esta, (¡oh estraña maravilla!),
al pasar, le dijo: «Morato Arráez de prendas, si mi amo por mí no puede ser
preso por deudas, ¿qué razón hay para que tú por deudas me tengas presa a mi?»
Y diciendo esto se zampó en un bodegón, donde el hidalgo estaba disimulando
ganas de comer, con el estómago de rebozo, acechando unas tajadas que so el
poder de otras muelas rechinaban.
VI
Un hablador plenario, que de lo que le sobra de palabras a dos leguas
pueden moler otros diez habladores, estaba anegando en prosa su barrio,
desatada la tarabilla en diluvios de conversación. Cogióle la Hora , y quedó tartamudo y tan
zancajoso de pronunciación, que, a cada letra que pronunciaba, se ahorcaba en
pujos de be a ba; y como el pobre padecía, paró la lluvia con la retención, y
empezó a rebosar charla por los ojos y por los oídos.
VII
Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro maldito,
estaba pensando cómo podría condenar a entreambas partes. Otro, incapaz , que
no entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes, estaba determinando
su voto por aquellos dos textos de los idiotas: «Dios se la depare buena» y «dé
donde diere». Otro, caduco, que se había dormido en la relación, discípulo de
la mujer de Pilatos en alegar sueño, estaba trazando a cuál de sus compañeros
seguiría, sentenciando a trochemoche. Otro, que era doto y virtuoso juez,
estaba como vendido al lado de otro que estaba como comprado, senador brujo
untado. Este alegó leyes torcidas, que pudieran arder en un candil, y trujo a
su voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo hecho sentencia, al
pronunciarla les cogió la Hora ,
y en lugar de decir: «Fallamos que debemos condenar y condenamos», dijeron:
«Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos.» «Ese sea su nombre», dijo
una voz.
Y al instante se les volvieron las togas pellejos de culebras, y arremetiendo
los unos con los otros, se trataban de monederos falsos de la verdad. Y de tal
suerte se repelaron, que las barbas de los unos se veían en las manos de los
otros, quedando las caras lampiñas y las uñas barbadas, en señal de que juzgaban
con ellas y para ellas, por lo cual las competía la zalea jurisconsulta.
VIII
Un casamentero estaba emponzoñando el juicio de un buen hombre que, no
sabiendo qué se hacer de su sosiego, hacienda y quietud, trataba de casarse.
Proponíale una picarona y guisábasela con prosa eficaz, diciéndole: «Señor, la
nobleza, no digo nada, porque, gloria a Dios, a Vuesa Merced le sobra para
prestar; hacienda, Vuesa Merced no la ha menester; hermosura, en las mujeres
proprias, antes se debe huir por peligro; entendimiento, Vuesa Merced la ha de
gobernar, y no la quiere para letrado; condición, no la tiene; los años que
tiene son pocos (y decía entre sí «por vivir»); lo demás es a pedir de boca.» El
pobre hombre estaba furioso, diciendo: «Demonio ¿qué será lo demás? Si ni es
noble ni rica ni hermosa ni discreta, lo que tiene sólo es lo que no tiene, que
es condición.»
En esto los cogió la Hora ,
cuando el maldito casamentero, sastre de bodas, que hurta y miente y engaña y
remienda y añade, se halló desposado con la fantasma que pretendía pegar al
otro, y hundiéndose a voces sobre «¿quién sois vos?», «qué trujisteis vos?»,
«no merecéis descalzarme», se fueron comiendo a bocados.
IX
Estaba un poeta en un corrillo leyendo una canción cultísima, tan atestada
de latines y tapida de jerigonzas, tan zabucada de cláusulas y cortada de
paréntesis, que el auditorio pudiera comulgar de puro en ayunas que estaba.
Cogióle la Hora
en la cuarta estancia, y a la obscuridad de la obra (que era tanta que no se
veía la mano), acudieron lechuzas y murciélagos, y los oyentes encendiendo
lanternas y candelillas, oían de ronda a la Musa a quien llaman: la enemiga del día que el
negro manto descoge.
Llegóse uno tanto con un cabo de vela al poeta (noche de invierno, de las
que llaman boca de lobo), que se encendió el papel por en medio. Dábase el
autor a los diablos de ver quemada su obra, cuando el que la pegó fuego le
dijo: «Estos versos no pueden ser claros y tener luz si no los queman: más
resplandecen luminaria que canción.»
X
Salía de su casa una buscona piramidal, habiendo hecho sudar la gota tan
gorda a su portada, dando paso a un inmenso contorno de faldas, y tan abultada
que pudiera ir por debajo rellena de ganapanes, como la tarasca. Arrempujaba
con el ruedo las dos aceras de una plazuela. Cogióla la Hora , y volviéndose del revés
las faldas del guardainfante y arboladas, la sorbieron en campana vuelta del
revés, con faciones de tolva, y descubrióse que, para abultar de caderas, entre
diferentes legajos de arrapiezos que traía, iba un repostero plegado y la barriga
en figura de taberna, y al un lado un medio tapiz; y lo más notable fue que se
vía un Holofernes degollado, porque la colgadura debía de ser de aquella
historia. Hundíase la calle a silbos y gritos; ella aullaba, y como estaba sumida
en dos estados de carcavuezo que formaban los espartos del ruedo que se había
erizado, oíanse las voces como de lo profundo de una sima, donde yacía con
punta de carantamaula.
Ahogárase en la caterva que concurrió si no sucediera que, viniendo por
la calle rebosando Narcisos uno con pantorrillas postizas y tres dientes, y dos
teñidos, y tres calvos con sus cabelleras, los cogió la Hora de pies a cabeza, y el
de las pantorrillas empezó a desangrarse de lana, y sintiendo mal acostadas por
falta de los colchones las canillas, y queriendo decir: «¿Quién me despierna?»,
se le desempedró la boca al primer bullicio de la lengua; los teñidos quedaron
con requesones por barbas, y no se conocían unos a otros; a los calvos se les
huyeron las cabelleras con los sombreros en grupa, y quedaron melones con
bigotes, con una cortesía de memento homo.
XI
Era muy favorecido de un señor un criado suyo: este le engañaba hasta el
sueño, y a éste un criado que tenía, y a este criado un mozo suyo, y a este
mozo un amigo, y a este su amigo su amiga, y a ésta el diablo. Pues cógelos la Hora ; y el diablo, que estaba
al parecer tan lejos del señor, revístese en la puta, y la puta en su amigo, el
amigo en el mozo, el mozo en el criado, el criado en el amo, el amo en el
señor.
Y como el demonio llegó a él destilado por puta y rufián, y mozo de mozo
de criado de señor, endemoniado por pasadizo y hecho un infierno, embistió con
su siervo, éste con su criado, y el criado con su mozo, el mozo con su amigo,
el amigo con su amiga, esta con todos; y chocando los arcaduces del diablo,
unos con otros se hicieron pedazos, se deshizo la sarta de embustes, y Satanás,
que enflautado en la cotorrera se paseaba sin ser sentido, rezumándose de mano
en mano, los cobró a todos de contado.
XII
Estábase afeitando una mujer casada y rica. Cubría con hopalandas de
solimán unas arrugas jaspeadas de pecas; jalbegaba, como puerta de alojería, lo
rancio de la tez; estábase guisando las cejas con humo, como chorizos;
acompañaba lo mortecino de los labios con munición de lanternas, a poder de
cerillas; iluminábase con vergüenza postiza, con dedadas de salserilla de
color. Asistíala, como asesor de cachivaches, una dueña, calavera confitada en
untos. Estaba de rodillas sobre sus chapines, con un moñazo imperial en las dos
manos, y a su lado una doncellita, platicanta de botes, con unas costillas de
borrenes, para que su ama lanaplenase las concavidades que la resultaban de un par
de jibas que la trompicaban el talle.
Estándose, pues, la tal señora dando pesadumbre y asco a su espejo,
cogida de la Hora ,
se confundió en manotadas, dándose con el solimán en los cabellos, y con el
humo en los dientes, y con la cerilla en las cejas, y con la color en la
frente, y encajándose el moño en las quijadas, y atacándose las borrenes al
revés, quedó cana y cisco, y Antón Pintado y Antón Colorado, y barbada de
rizos, y hecha abrojo, con cuatro corcovas, vuelta visión y cochino de San
Antón. La dueña, entendiendo que se había vuelto loca, echó a correr con los
andularios de requiem en las manos; la muchacha se desmayó, como si viera al diablo;
ella salió tras la dueña, hecha un infierno, chorreando pantasmas. Al ruido
salió el marido, y viéndola, creyó que eran espíritus que se la habían
revestido, y partió de carrera a llamar quien la conjurase.
XIII
Un gran señor fue a visitar la cárcel de su Corte, que le dijeron servía
de heredad y bolsa a los que tenían a su cargo, que de los delitos hacían
mercancía y de los delincuentes tienda, trocando los ladrones en oro y los
homicidas en buena moneda. Mandó que sacasen a visita los encarcelados, y halló
que los habían preso por los delitos que habían cometido y que los tenían
presos por los que su codicia cometía con ellos. Supo que a los unos contaban
lo que habían hurtado y podido hurtar, y a otros lo que tenían y podían tener,
y que duraba la causa todo el tiempo que duraba el caudal, y que precisamente
el día del postrero maravedí era el día del castigo, y que los prendían por el
mal que habían hecho, y los justiciaban porque ya no tenían.
Saliéronse a visitar dos que habían de ahorcar al otro día; al uno, porque
le había perdonado la parte, le tenían como libre; al otro por hurtos
ahorcaban, habiendo tres años que estaba preso, en los cuales le habían comido
los hurtos, y su hacienda, y la de su padre y su mujer, en quien tenía dos
hijos. Cogió la Hora
al gran señor en esta visita, y, demudado de color, dijo:
-«A este que libráis porque perdonó la parte, ahorcaréis mañana; porque,
si esto se hace, es instituir mercado público de vidas y hacer que, por el
dinero del concierto con que se compra el perdón, sea mercancía la vida del
marido para la mujer, y la del padre para el hijo, y la del hijo para el padre;
y en poniéndose los perdones de muerte en venta, las vidas de todos están en
almoneda pública, y el dinero inhibe en la justicia el escarmiento, por ser muy
fácil de persuadir a las partes que les serán más útil mil escudos, o
quinientos, que un ahorcado. Dos partes hay en todas las culpas públicas: la
ofendida y la justicia; y es tan conveniente que ésta castigue lo que le
pertenece, como que aquélla perdone lo que le toca. Este ladrón, que después de
tres años de prisión queréis ahorcar, echaréis a galeras; porque como tres años
ha estuviera justamente ahorcado, hoy será injusticia muy cruel, pues será ahorcar,
con el que pecó, a su padre, a sus hijos y a su mujer, que son inocentes, a
quien habéis vosotros comido y hurtado con la dilación las haciendas. Acuérdome
del cuento del que, enfadado de que los ratones te roían papelillos, y mendrugos
de pan, y cortezas de queso, y los zapatos viejos, trujo gatos que le cazasen
los ratones; y viendo que los gatos se comían los ratones, y juntamente un día
le sacaban la carne de la olla, otro se la desensartaban del asador, que ya le
cogían una paloma, ya una pierna de carnero, mató los gatos y dijo: 'Vuelvan
los ratones'. Aplicad vosotros este chiste, pues como gatazos, en lugar de limpiar
la república, cazáis y coméis los ladrones ratoncillos que cortan una bolsa,
agarran un pañizuelo, quitan una capa y corren un sombrero, y juntamente os
engullís el reino, robáis las haciendas y asoláis las familias. ¡Infames!
ratones quiero, y no gatos.»
Diciendo esto, mandó soltar todos los presos, y prender todos los ministros
de la cárcel. Armóse una herrería y confusión espantosa: trocaban unos con
otros quejas y alaridos; los que tenían los grillos y las cadenas se las
echaban a los que se las mandaron echar y se las echaron.
XIV
Iban diferentes mujeres por la calle; las unas a pie, y aunque algunas
dellas se tomaban ya de los años, iban gorjeándose de andadura y desviviéndose
de ponleví, y naguas; otras iban embolsadas en coches, desantañándose de
navidades, con melindres y manoteado de cortinas; otras, tocadas de gorgoritas
y vestidas de noli me tangere iban en figura de camarines en una alacena de
cristal con resabios de hornos de vidrio, romanadas por dos moros, o cuando
mejor, por dos pícaros; llevaban las tales trasparentes los ojos en muy
estrecha vecindad con las nalgas del mozo delantero, y las narices molestadas
del zumo de sus pies, que como no pasa por escarpines, se perfuma de Fregenal.
Unas y otras iban reciennaciéndose, arrulladas de galas, y con niña postiza callando
la vieja como la caca, pasando a la perspectiva o arismética de los ojos los
ataúdes por las cunas.
Cogiólas la Hora
y, topándolas Estoflerino y Magirio y Origano y Argolio con sus efemérides
desenvainadas, embistieron con ellas a ponerlas a todas las fechas de sus
vidas, con día, mes y año, Hora, minutos y segundos. Decían con voces descompuestas:
«Demonios, reconoced vuestra fecha como vuestra sentencia; cuarenta y dos años tienes,
dos meses y cinco días, dos horas, nueve minutos y veinte segundos.»
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.