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Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
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Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
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Autores desconocidos - Colección de cuentos


Aserrando una rama

Anónimo

Nasrudín subió a un árbol para aserrar una rama. Alguien que pasaba, al ver cómo lo estaba haciendo, le avisó:
-¡Cuidado! Está mal sentado en la punta de la rama... Se irá abajo con ella cuando la corte.
-¿Piensa que soy un necio que deba creerlo? ¿O es usted un vidente que pueda predecir el futuro? -preguntó Nasrudín.
Sin embargo, poco después, como siguiera aserrando, la rama cedió y Nasrudín terminó en el suelo. Entonces corrió tras el otro hombre hasta alcanzarlo:
-¡Su predicción se ha cumplido! Ahora dígame: ¿Cómo moriré?
Por más que el hombre insistió, no pudo disuadir a Nasrudín de que no era un vidente. Por fin, ya exasperado le gritó:
-¡Por mí podrías morirte ahora mismo!
Apenas oyó estas palabras, Nasrudín cayó al suelo y se quedó inmóvil. Cuando lo encontraron sus vecinos lo depositaron en un féretro. Mientras marchaban hacia el cementerio, empezaron a discutir acerca de cuál era el camino más corto. Nasrudín perdió la paciencia y, asomando su cabeza fuera del ataúd, dijo:
-Cuando estaba vivo solía tomar por la izquierda; es el camino más rápido.

El juicio

En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo, pero el hombre decía: "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y cómo se puede vender a una persona, a un amigo?" Era un hombre pobre pero nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:
-Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!
-No vayan tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente digan que el caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es juicio de ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
-Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera suerte.
-De nuevo están yendo demasiado lejos -dijo el viejo-. Digan sólo que el caballo ha vuelto... ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar el libro entero?
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...
El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar:
-De nuevo tuviste razón -dijeron-. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca.
-Están obsesionados con juzgar -dijo el viejo-. No vayan tan lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes no volverían.
-Tenías razón, viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.
-Siguen juzgando -dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo digan que sus hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.
No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que juzgas, has dejado de crecer.


Las tres rejas

El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa y le dice:
-Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia...
-¡Espera! -lo interrumpe el filósofo-. ¿Hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?
-¿Las tres rejas? -preguntó su discípulo.
-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
-No. Lo oí comentar a unos vecinos.
-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
-No, en realidad no. Al contrario...
-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
-A decir verdad, no.
-Entonces... -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdad, ni bueno ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Los Vados Infectos

Cerca de 1820 vivió un herrero de nombre Keane en la villa de Longformacus, en Lammermoor. Era un tipo duro, apasionado, que blasfemaba seguido. Durante muchos años fue herrero de los tropeles de la burguesía de Spottiswood y de Eagle. Un día fue a Greenlaw para asistir al funeral de su hermana, pretendiendo regresar a casa antes de que oscureciera. Su esposa y familia se sorprendieron de que él no reapareciera cuando lo esperaban, así que se sentaron a esperarlo. Cerca de las dos de la mañana escucharon la caída de algo pesado contra la puerta de la casa, y al abrirla descubrieron al viejo Keane, casi desmayado, en el umbral. Lo pusieron en la cama e intentaron curarlo, pero cuando se repuso de la inconciencia se volvió como loco y habló cosas espantosas que aterrorizaron a toda su familia. Continuó así hasta el siguiente día, pero al final recobró el sentido y pidió ver al ministro, a solas.
Luego de una larga conversación con él, llamó a toda su familia alrededor de su cama y requirió de cada uno de sus hijos y esposa una solemne promesa de que jamás pasarían sobre un particular lugar en el páramo entre Longformacus y Greenlaw, conocido como Los Vados Infectos (es el vado sobre un pequeño curso de agua al este de Castle Shields). No les señaló ninguna razón para tal cosa, sino que les exigió la promesa. No habló más y falleció esa misma noche.
Cerca de diez años después de su muerte, su hijo mayor, Henry Keane, tuvo que ir a Greenlaw por negocios, y al atardecer se preparó para regresar a casa. La última persona que lo vio al dejar el pueblo fue el herrero de Spottiswood, John Michie. Keane trató de persuadir a Michie de que lo acompañara a casa, a lo que se negó. Keane le suplicó con ahínco, y le dijo que tenía que atravesar Los Vados Infectos esa noche, y que prefería ir a través del fuego infernal antes que por tal lugar. Michie le respondió que no era necesario pasar por Los Vados Infectos, ya que podía evitarlos dando un rodeo de algunos metros. Él persistió con su idea de pasarlos y Michie al final lo dejó solo, muy sorprendido de que él hablara de pasar por tal páramo, cuando todos sabían que él y su familia entera estaban atados a la promesa, hacia el finado padre, de nunca cruzar ese lugar.
Al día siguiente un trabajador de Castle Shields, cuyo nombre era Adam Redpath, iba a su trabajo (como cavador de drenajes en el páramo) cuando sobre Los Vados Infectos vio el cuerpo de Henry Keane, sin marcas de violencia en el cuerpo. Su sombrero, capa, chaleco y zapatos se encontraron a unos 100 metros de distancia de él, hacia el lado de Greenlaw, sobre los Vados. Y mientras su pañuelo estaba desparramado junto con su demás ropa, sus pantalones le quedaron puestos. Mr. Ord, el ministro de Longformacus, había contado a una o dos personas aquello que John Keane (el padre) le había dicho en su lecho de muerte, y gradualmente la historia se difundió. Y fue esta: Keane le dijo que él estaba regresando lentamente a su hogar, luego del funeral de su hermana, mirando hacia el campo, cuando fue sorprendido súbitamente por el sonido como de una estampida de caballos. Vio una larga tropilla de jinetes que cabalgaban hacia él, de dos en dos. Y lo que lo horrorizó fue ver que uno de los dos jinetes que encabezaban la hilera era su hermana, que había visto en aquel entierro en Greenlaw. Siguió mirando, y vio a varios parientes y amigos que llevaban mucho tiempo muertos; pero cuando vio los dos últimos caballos notó que uno de ellos estaba montado por una persona cuyo rostro jamás había visto antes. Este mismo guiaba el otro caballo, que, a pesar de que estaba ensillado y con su brida, iba sin jinete, y sobre este corcel la compañía entera quería que Keane montara. Él luchó violentamente, según dijo, y por algún tiempo, hasta que al final logró escaparse prometiéndoles que uno de su familia lo reemplazaría.
Aún vive en Longformacus el único hijo que quedó, Robert; él tiene el mismo horror a Los Vados Infectos que tenía su hermano, y no habla, ni permite que nadie le hable sobre el tema.
Hace tres o cuatro años, un pastor de nombre Burton fue hallado muerto a corta distancia del mismo lugar, sin causa aparente.

La piedra de toque

Se cuenta de un hombre al que un anciano sabio reveló un secreto fabuloso llamado "la piedra de toque". Se trataba de hallar dicho talismán tras lo cual estaría a su alcance todo aquello que deseara. La Piedra de Toque podría encontrarse, según le informó el sabio, entre los guijarros de una playa. Todo cuanto debía hacer era pasear por la orilla e ir recogiendo guijarros. Si una de esas piedras la sentía tibia al tacto, cosa contraria a lo que suele suceder con los guijarros, habría encontrado la Piedra de Toque.
El hombre se marchó inmediatamente a su casa y decidió dedicar una hora cada día a la búsqueda de tal tesoro. Y cada mañana al amanecer recogía piedras en la playa. Cuando agarraba un guijarro que sentía frío, lo tiraba al mar. Esta práctica continuó hora tras hora, día tas día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Cada guijarro se sentía frío. Cada guijarro era inmediatamente lanzado al mar. Sin embargo, se consolaba pensando que aquella práctica resultaba sana y agradable. De hecho, pasados los años, casi había olvidado la razón de sus paseos matinales por la playa, disfrutaba mirando el mar, observando el oleaje, escuchando a las gaviotas y recoger y tirar los guijarros pasó a ser casi un juego divertido, un hábito.
Pero entonces, tarde en una mañana, sucedió que tomó un guijarro que sintió tibio, a diferencia de los demás. El hombre, cuya conciencia apenas percibió la diferencia, lo lanzó al mar. Ni siquiera se dio cuenta que había tirado La Piedra de Toque. El tesoro cuya búsqueda había comenzado hace tantos años.

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