Aserrando una rama
Anónimo
Nasrudín subió a un árbol para aserrar una rama. Alguien que pasaba, al
ver cómo lo estaba haciendo, le avisó:
-¡Cuidado! Está mal sentado en la punta de la rama... Se irá
abajo con ella cuando la corte.
-¿Piensa que soy un necio que deba creerlo? ¿O es usted un
vidente que pueda predecir el futuro? -preguntó Nasrudín.
Sin embargo, poco después, como siguiera aserrando, la rama
cedió y Nasrudín terminó en el suelo. Entonces corrió tras el otro hombre hasta
alcanzarlo:
-¡Su predicción se ha cumplido! Ahora dígame: ¿Cómo moriré?
Por más que el hombre insistió, no pudo disuadir a Nasrudín
de que no era un vidente. Por fin, ya exasperado le gritó:
-¡Por mí podrías morirte ahora mismo!
Apenas oyó estas palabras, Nasrudín cayó al suelo y se quedó
inmóvil. Cuando lo encontraron sus vecinos lo depositaron en un féretro.
Mientras marchaban hacia el cementerio, empezaron a discutir acerca de cuál era
el camino más corto. Nasrudín perdió la paciencia y, asomando su cabeza fuera
del ataúd, dijo:
-Cuando estaba vivo solía tomar por la izquierda; es el
camino más rápido.
El juicio
En una aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo
envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo,
pero el hombre decía: "Para mí, él no es un caballo, es una persona. ¿Y
cómo se puede vender a una persona, a un amigo?" Era un hombre pobre pero
nunca vendió su caballo.
Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el
establo. Todo el pueblo se reunió diciendo:
-Viejo estúpido. Sabíamos que algún día le robarían su
caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. ¡Qué desgracia!
-No vayan tan lejos -dijo el viejo-. Simplemente digan que el
caballo no estaba en el establo. Este es el hecho, todo lo demás es juicio de
ustedes. Si es una desgracia o una suerte, yo no lo sé, porque esto apenas es
un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?
La gente se rió del viejo. Ellos siempre habían sabido que
estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No
había sido robado, se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una
docena de caballos salvajes.
De nuevo se reunió la gente diciendo:
-Tenías razón, viejo. No fue una desgracia sino una verdadera
suerte.
-De nuevo están yendo demasiado lejos -dijo el viejo-. Digan
sólo que el caballo ha vuelto... ¿quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un
fragmento. Están leyendo apenas una palabra en una oración. ¿Cómo pueden juzgar
el libro entero?
Esta vez la gente no pudo decir mucho más, pero por dentro
sabían que estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos...
El viejo tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos.
Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las dos piernas. La
gente volvió a reunirse y a juzgar:
-De nuevo tuviste razón -dijeron-. Era una desgracia. Tu
único hijo ha perdido el uso de sus piernas y a tu edad él era tu único sostén.
Ahora estás más pobre que nunca.
-Están obsesionados con juzgar -dijo el viejo-. No vayan tan
lejos, sólo digan que mi hijo se ha roto las dos piernas. Nadie sabe si es una
desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos y nunca se nos da más que
esto.
Sucedió que pocas semanas después el país entró en guerra y
todos los jóvenes del pueblo eran llevados por la fuerza al ejército. Sólo se
salvó el hijo del viejo porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se
quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de
los jóvenes no volverían.
-Tenías razón, viejo, era una fortuna. Aunque tullido, tu
hijo aún está contigo. Los nuestros se han ido para siempre.
-Siguen juzgando -dijo el viejo-. Nadie sabe. Sólo digan que
sus hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido
obligado. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda.
No juzgues o jamás serás uno con el todo. Te quedarás
obsesionado con fragmentos, sacarás conclusiones de pequeñas cosas. Una vez que
juzgas, has dejado de crecer.
Las tres rejas
El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa y le
dice:
-Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia...
-¡Espera! -lo interrumpe el filósofo-. ¿Hiciste pasar por las
tres rejas lo que vas a contarme?
-¿Las tres rejas? -preguntó su discípulo.
-Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de lo que quieres
decirme es absolutamente cierto?
-No. Lo oí comentar a unos vecinos.
-Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es
la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
-No, en realidad no. Al contrario...
-¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario
hacerme saber eso que tanto te inquieta?
-A decir verdad, no.
-Entonces... -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdad, ni
bueno ni necesario, sepultémoslo en el olvido.
Los Vados Infectos
Cerca de 1820 vivió un herrero de nombre Keane en la villa de
Longformacus, en Lammermoor. Era un tipo duro, apasionado, que blasfemaba seguido.
Durante muchos años fue herrero de los tropeles de la burguesía de Spottiswood
y de Eagle. Un día fue a Greenlaw para asistir al funeral de su hermana,
pretendiendo regresar a casa antes de que oscureciera. Su esposa y familia se
sorprendieron de que él no reapareciera cuando lo esperaban, así que se
sentaron a esperarlo. Cerca de las dos de la mañana escucharon la caída de algo
pesado contra la puerta de la casa, y al abrirla descubrieron al viejo Keane,
casi desmayado, en el umbral. Lo pusieron en la cama e intentaron curarlo, pero
cuando se repuso de la inconciencia se volvió como loco y habló cosas
espantosas que aterrorizaron a toda su familia. Continuó así hasta el siguiente
día, pero al final recobró el sentido y pidió ver al ministro, a solas.
Luego de una larga conversación con él, llamó a toda su
familia alrededor de su cama y requirió de cada uno de sus hijos y esposa una
solemne promesa de que jamás pasarían sobre un particular lugar en el páramo
entre Longformacus y Greenlaw, conocido como Los Vados Infectos (es el vado
sobre un pequeño curso de agua al este de Castle Shields). No les señaló
ninguna razón para tal cosa, sino que les exigió la promesa. No habló más y
falleció esa misma noche.
Cerca de diez años después de su muerte, su hijo mayor, Henry
Keane, tuvo que ir a Greenlaw por negocios, y al atardecer se preparó para
regresar a casa. La última persona que lo vio al dejar el pueblo fue el herrero
de Spottiswood, John Michie. Keane trató de persuadir a Michie de que lo
acompañara a casa, a lo que se negó. Keane le suplicó con ahínco, y le dijo que
tenía que atravesar Los Vados Infectos esa noche, y que prefería ir a través
del fuego infernal antes que por tal lugar. Michie le respondió que no era
necesario pasar por Los Vados Infectos, ya que podía evitarlos dando un rodeo
de algunos metros. Él persistió con su idea de pasarlos y Michie al final lo
dejó solo, muy sorprendido de que él hablara de pasar por tal páramo, cuando
todos sabían que él y su familia entera estaban atados a la promesa, hacia el
finado padre, de nunca cruzar ese lugar.
Al día siguiente un trabajador de Castle Shields, cuyo nombre
era Adam Redpath, iba a su trabajo (como cavador de drenajes en el páramo)
cuando sobre Los Vados Infectos vio el cuerpo de Henry Keane, sin marcas de
violencia en el cuerpo. Su sombrero, capa, chaleco y zapatos se encontraron a
unos 100 metros de distancia de él, hacia el lado de Greenlaw, sobre los Vados.
Y mientras su pañuelo estaba desparramado junto con su demás ropa, sus
pantalones le quedaron puestos. Mr. Ord, el ministro de Longformacus, había
contado a una o dos personas aquello que John Keane (el padre) le había dicho
en su lecho de muerte, y gradualmente la historia se difundió. Y fue esta:
Keane le dijo que él estaba regresando lentamente a su hogar, luego del funeral
de su hermana, mirando hacia el campo, cuando fue sorprendido súbitamente por
el sonido como de una estampida de caballos. Vio una larga tropilla de jinetes
que cabalgaban hacia él, de dos en dos. Y lo que lo horrorizó fue ver que uno
de los dos jinetes que encabezaban la hilera era su hermana, que había visto en
aquel entierro en Greenlaw. Siguió mirando, y vio a varios parientes y amigos
que llevaban mucho tiempo muertos; pero cuando vio los dos últimos caballos notó
que uno de ellos estaba montado por una persona cuyo rostro jamás había visto
antes. Este mismo guiaba el otro caballo, que, a pesar de que estaba ensillado
y con su brida, iba sin jinete, y sobre este corcel la compañía entera quería
que Keane montara. Él luchó violentamente, según dijo, y por algún tiempo,
hasta que al final logró escaparse prometiéndoles que uno de su familia lo
reemplazaría.
Aún vive en Longformacus el único hijo que quedó, Robert; él
tiene el mismo horror a Los Vados Infectos que tenía su hermano, y no habla, ni
permite que nadie le hable sobre el tema.
Hace tres o cuatro años, un pastor de nombre Burton fue
hallado muerto a corta distancia del mismo lugar, sin causa aparente.
La piedra de toque
Se cuenta de un hombre al que un anciano sabio reveló un secreto fabuloso
llamado "la piedra de toque". Se trataba de hallar dicho talismán
tras lo cual estaría a su alcance todo aquello que deseara. La Piedra de Toque
podría encontrarse, según le informó el sabio, entre los guijarros de una
playa. Todo cuanto debía hacer era pasear por la orilla e ir recogiendo
guijarros. Si una de esas piedras la sentía tibia al tacto, cosa contraria a lo
que suele suceder con los guijarros, habría encontrado la Piedra de Toque.
El hombre se marchó inmediatamente a su casa y decidió
dedicar una hora cada día a la búsqueda de tal tesoro. Y cada mañana al
amanecer recogía piedras en la playa. Cuando agarraba un guijarro que sentía
frío, lo tiraba al mar. Esta práctica continuó hora tras hora, día tas día, semana
tras semana, mes tras mes, año tras año. Cada guijarro se sentía frío. Cada
guijarro era inmediatamente lanzado al mar. Sin embargo, se consolaba pensando
que aquella práctica resultaba sana y agradable. De hecho, pasados los años,
casi había olvidado la razón de sus paseos matinales por la playa, disfrutaba
mirando el mar, observando el oleaje, escuchando a las gaviotas y recoger y
tirar los guijarros pasó a ser casi un juego divertido, un hábito.
Pero entonces, tarde en una mañana, sucedió que tomó un guijarro que
sintió tibio, a diferencia de los demás. El hombre, cuya conciencia apenas
percibió la diferencia, lo lanzó al mar. Ni siquiera se dio cuenta que había
tirado La Piedra de Toque. El tesoro cuya búsqueda había comenzado hace tantos
años.
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