Caminaba por aquel cerrado monte que llaman de la Rábida , y tiene su sitio
entre la opulenta ciudad de Lisboa y la grande e ilustre villa de Setúbal, un
caballero portugués de los más ilustres en sangre y mas rico de renta de aquel
reino, acompañado de solo un criado, en sendos rocines de campo, que por tener
en aquellos contornos algunas jurisdicciones se permitía a la ausencia de la
corte, gastándola en el belígero ejercicio de la caza. Cogióles la noche, que
por ser i la entrada del erizado noviembre vino con ceño, amenazando con su
oscuridad y tinieblas ocultar sus sendas al mas advertido y cursado en ellas.
Receloso caminaba el caballero, cuyo nombre era don Vasco de Almada, de lo que
le sucedió, pues en breve tiempo se halló fuera del camino sin determinarse en
la elección de los pasos; y después de algunas vueltas que dieron al intrincado
y áspero obelisco, que siendo árbitro de la tierra es atalaya del mar, sin
hallar salida alguna, resuelto don Vasco a esperar el día en aquella maleza, se
apeó de su caballo, y asimismo su compañero, y atándolos a un carrasco, de que
se inunda la espesura, se sentaron sobre un peñasco, mudo testigo de su
fatigado espíritu. Pequeñas treguas habían dado al descanso cuando los alteró
el ver pasar y atravesar el monte un bullo blanco. Asombrado quedó el criado
viendo la no pensada figura; pero don Vasco, a quien la sangre no permitía
algún género de cobardía ni de temor, sacando la espada, le siguió algunos
pasos diciendo: Fantasma o sombra temerosa de estos escollos, aguarda; a cuyas
razones se detuvo el temeroso y horrible bulto, en quien poniendo la punta del transparente
acero, le dijo así:
—Suspended, gallardo joven, el hierro noble, que no soy como
imagináis fantasma o sombra, sino un hombre a quien desdichas nunca escuchadas
de humano oído persiguen y han puesto en este triste y miserable estado.
—Pues ¿cómo —le replicó—, en este te hallas?
—Si no tuviérades molestia —dijo el desdichado bulto—, en oír
mis naufragios, yo los refiriera, porque si no remedio, lágrimas daríais al
escucharlos.
—Más sintiera —replicó don Vasco—, ignorar tus males que
perder en perlas la margarita, la plata en flores, y el oro en minas; y así,
lleguemos allí donde está un criado mío, guarda de unos caballos que están
libando en la menuda grama con dientes de marfil esmeraldas menudas, y allí con piadosa atención los
escucharé.
Llegaron
al sitio referido, y viendo el criado el bulto, que pensaba ser alguna alma o
vestigio de aquellas selvas, te apartó de allí, huyendo por entre los jarales,
dundo voces, sin valerle las que don Vasco le daba para que volviese; y viendo que
era en vano, le dejó por entonces, hasta que el alba le descubriese; y así,
sentado el extraño peregrino, con voz lastimada, atendiéndole el caballero,
comenzó de esta suerte:
—En Setúbal,
villa famosa de Lusitania, celebrada así por sus jaspeados muros como por su
famoso puerto, edificios y maravillosas fortalezas , que dista de aquí legua y
media, nací, no para la vida, ni para una muerte, pues esta conseguida, no
padeciera tantas como en el discurso de mi historia oiréis. Soy de aquellos que
en los tales lugares tienen el título de escuderos, que cuando en la propia
tierra se llega a decir Fulano es noble, no hay mayor calificación de bien
nacido. Faltaron mis padres a las puertas de mi oriente, para que en la misma
ternura empezase la fortuna contraria a perseguirme con sus rigurosos y
mortales efectos. Dejáronme con su muerte cuatro mil ducados, que su hacienda
no era tanta como su honra. Estos y mi persona quedaron a cargo de quien dio
muy mala cuenta de mí y de ellos. Era este un hombre honrado de la villa, igual
a mi calidad, cuyo nombre era Juan de Melo; quedé en su casa en los brazos y a
los pechos de una ama, donde alimenté mi tierna vida. Tenía Juan de Melo una
hija de mi edad misma, con quien en los arrullos de la cuna imitaba principios
de la vida; y saliendo los dos de la edad balbuciente, fuimos entrando en la
puericia, uniéndose las almas con los juguetes, y siendo los dos sola una alma
y una voluntad. Fue el tiempo creciendo, y en mi el sentimiento y el amor, en
Fenisa el recato y el olvido, que como mi suerte era adversa, apenas me vio
con el conocimiento de la razón, cuando comenzó a manifestar su venenoso efecto
en mi.
»Tenía
Fenisa once años, y viendo su padre que aquella edad y la mía eran ya puertas
para deseos mas gigantes, díjole un día que yo, aunque estaba en lugar de
hermano suyo, no lo era, y que ya estábamos en edad indecente para tanta unión;
y como ya en Fenisa hubiese entendimiento, conoció el riesgo, y obediente a la
intención de su advertido padre, se retiro, si no de mi vista, a lo menos del
trato hasta allí dichoso, para quien ha experimentado como yo el rigor de su
falta. Miraba yo a mi dueño con más sentimiento entonces que nunca, que siempre
la privación de la cosa amada dobla la actividad del fuego. Bien quisiera yo
alguna vez decirla mi tormento y el estado de mi abrasado corazón, pero en mi
corta edad eran menos las razones que los deseos. Padeciendo yo en este
silencio, y Fenisa firme en sus retiros, llegamos los dos a edad de tres lustros, creciendo
tanto en la hermosura como yo en adorarla: ¡quién pensara que después de tantos
años de finezas y unión no había de ser galardonado mi amor, mi constancia y
mis afectos! Pues no quiso Fenisa ser excepción de las demás mujeres en el
nombre de mudables y ingratas. La fama de su belleza, no solo se dilató en
nuestro lugar, sino en todos los demás circunvecinos, donde era tenida por
hermoso milagro de naturaleza, emulación de Venus, vida de las estrellas, y
muerte de los hombres; y así, los mozos mejores de la tierra rompían sus
paredes y abrían sus ventanas, unos con suspiros, otros con músicas, siendo
para mí los ecos puñales azules, y venenos las consonancias, que unos y otros
me atravesaban el alma. Entre todos ellos el que más se señalaba era Fabio,
mancebo gallardo, noble y con bienes de fortuna. A este pagó Fenisa en cuatro
meses de galanteo, desvelos con permisiones, y afectos con voluntades, ¡Ay de
mí!, que lo que no merecí en quince años, alcanzó mi enemigo en tan pocos días.
»Eran mis
rabias y tormentos tan grandes, que me arrojé a buscar ocasión de hablar
a Fenisa y decirla mi
sentimiento, por ver si se dolía de mis males; y hallándola, la dije de esta
suerte:
»—Ingrato
dueño mío, ¿cómo es posible que, olvidada de lo que soy y fuiste, te acuerdes
solo de quitarme la vida? ¿Qué te hizo mi dolor, que no bastándole el padecer
de tu olvido, le aplicas el penar de tu rigor con el desprecio de tu desden? ¿No
soy yo el que desde los primeros arrullos de la cuna rendí mi libertad a la
tuya, y como estrella a tus rayos participé tu aliento y claridad? Pues ¿cómo,
fiera a mi llanto, helada a mi fuego, e ingrata a mi razón, entregas a ajeno
dueño la libertad que el misino cielo no niega ser mía? ¿Han de poder más
contigo cuatro meses de un cuidado que tres lustros de unión hermanable? Mira
que tienes más de ángel que de mujer, y no será razón ostentar lo menos con la
mudanza, por dejar lo mas con la piedad. Yo me abraso, ingrato dueño; muévate
la causa que mi amante pecho publica; mira que si no lo haces, que diré a voces
tu crueldad, tu mudanza, y con tan sentidas quejas, que solicite venganzas a
ese azul pavimento contra ti.
»La
respuesta que me dio, si no fue la mayor desdicha para mí, fue
la mayor disculpa para ella; en suma fue esta:
»—Menos debes, Cardenio, a tu
suerte que a mi tibieza, pues no sé qué fuerza oculta me aprisiona la razón que
tengo para corresponder a tus finezas, que pone en olvido su satisfacción, y
así, quéjate de los astros, y no de mí, que algunas veces he querido sentirme
obligada, y este pensamiento apenas es recién nacido cuando es gigante el
olvido; no puedo negarte que lo siento, pero quiero ganar esta disculpa a costa
de tu desengaño : en lo demás de que te quejas no puedo darte satisfacción
alguna, que supuesto que no soy tuya, ni tu suerte quiere que lo sea, no hay
para qué solicitarla.
»¿Quién
no quedara con este suceso desengañado, o por lo menos conociendo la adversa fuerza
de su estrella con determinación de olvidar? Pues no fue así, que con mayor
violencia me embistió la ardiente flecha de los celos, cuya activez dio en el
polvorín de mi amor, y hallando tierno el pecho de mi juventud, reventó por los
ojos su efecto en algunas lágrimas; y así, saliendo a la calle, apenas puse en
ella los pies, cuando lo primero que vi fue a Fabio, que este es el nombre de
mi venturoso enemigo, hecho argos de su cuidado y mi desdicha. Pudo tanto
conmigo aquel colérico afecto de mis averiguados celos, que entrando en un
aposento de mi tutor, tomó una espada suya, y salí a buscar a Fabio, que
viéndome venir con ella desnuda, sacó la suya, y juntándonos los dos, como dos
coronados leones, después de algunos lances, fui entonces mas venturoso para
mayores desdichas, que alcanzándole una punta por cerca de los pechos, dio
indicio de su desmayo, esmaltando con su sangre el suelo. A los golpes de las
espadas había salido Fenisa a una ventana, y viendo el desgraciado suceso de su
amante, olvidada de mis dolores, empezó a convocar contra mí los vecinos, y con
voces a la justicia, mezclando algunas palabras en mi ofensa. Llegó lo que
deseaba, y sin resistencia alguna, entre algunos ministros me llevaron a un
calabozo, y a Fabio a su casa con un mortal accidente. Supo mi tutor este
suceso, y como él vivía ya con la mala intención de negarme la cantidad que mis
padres me dejaron, holgóse de mi prisión y desgracia, y empezó a decir mal de
mí con desprecio en muchas ocasiones, solicitando mi ruina. Dieron buenas
esperanzas de la vida de Fabio los que le curaban; y según me dijeron, Fenisa
le regalaba en su enfermedad con grande continuación y cuidado. En este estado
estaban mis desdichas, y en mí el amor mas firme; y así, olvidado de mi
desengaño, quise escribir a Fenisa desde mi prisión las noticias de mis
cuidados y desgracias, pensando enternecerla con ellas. Tomó la pluma, y más
con llanto que razones, le dije de esta suerte:
Oiga quien alegre vive Males de quien triste muere, Para que si los leyere. No ignore quien los escribe;Y tú, dulce ingrata bella,
A quien adorando vivo,
Advierte en lo que te escribe
La desgracia de mi estrella. A quien adorando vivo, Advierte en lo que te escribe La desgracia de mi estrella.Por ausente y por rendido Merezca, señora, yo Que lo que el labio dictó Lo permitas a tu oído.No espero de tu rigor Piedad ni algún dulce engaño,Porque bien sé que a mi daño
Nunca aplicas el dolor.Si me acuerdo que te adoro, Conociendo tu rigor, Tan fuerte viene el dolor, Que me abraso si no lloro.Y aun no se apaga mi fuego En este fuerte pesar. Ni me da vida el llorar, Porque en mi llanto me anego.Que son del interno cuantas Penas padezco apercibo. Pues que muchas veces vivo Para morir otras tantas.No es mía mi voluntad, Pues vive en prisión ajena, Y le sirve de cadena Mi misma infelicidad.El adorar un desprecio Disculpa sea a mi llanto, Que es fuerza que llore tanto Quien hace de un dallo aprecio.Vivo en prisión tan contento, Aun viéndome aborrecido, Que por ti lo padecido Da placer, siendo tormento.¡Ay, Fenisa hermosa, en quien A pesar de mi dolor, Rayo es que hiela el rigor, Hielo es que abrasa el desdén!¡Oh si pudieran mis ojos A tu belleza presentes, Mostrar entre sus corrientes Las olas de sus enojos!No lo dice mi dolor, Señora, por obligarte, Que al es posible el amarte, No el merecer tu favor.No pido clemencia, no, A tu crueldad en mi suerte, Porque en brazos de mi muerte La vida se alimentó.En carácter convertida Vive la memoria en mi Desde el día en que perdí Con tus amores la vida.Mucho pudo tu deseo,Y mas mi corta ventura. Pues que ya de tu hermosura Tan apartado me veo.No admiro, no, la distancia, Si advierto la diferencia Que hay entre males de ausenciaY el amar una inconstancia.Yo no quiero algún contentoEn esta triste prisión, Que a mi enfermo corazón Solo es victima el tormento.
»Llegó a
las manos de Fenisa este papel, tan desgraciado como su dueño, pues sin leerle
le admitió y arrojó en una gaveta, archivo secreto de mis males. Seis meses
habían pasado en que viví muriendo en mi prisión, y Fabio convaleciendo de su
herida: en este tiempo se me fueron ofreciendo algunas necesidades que me
obligaron a pedir a mi tutor alguna parte de mi hacienda para mi socorro; en
efecto, por no cansaros con digresiones, mi tutor me negó la cantidad que ya os
diré. Con esta nueva quedé fuera de sentido, y estuve muchas veces para tomar
con mis manos venganza de mi mismo; quise obligarle con rigor de justicia; hállele
padre de mi enemiga adorada; y así, por este último concepto me dispuse i
desistir de mi pretensión y dinero, y dejarlo en las manos de aquel que todo lo
sabe, y a sus secretos juicios no hay nada que se oculte.
»Tratóse
de mi sentencia con la salud de Fabio, y fue que saliese desterrado de la
patria por cuatro años; sacáronme de la cárcel, y mi tutor, como por
misericordia, me dio algún dinero, bastante para solo mi jornada, solicitándome
agradecimientos. Logrólos a mi pesar, y puesto en una mula yo y mis cuidados,
salí de Setúbal, dejando el olma en dos mitades partida, la una en Fenisa, y la
otra en mi naturaleza; llegué a la corte de Lisboa, segunda Babilonia del orbe,
mapa de señores, asombro de puertos, pasmo de ciudades, erario de diamantes,
mar inmenso de plata y oro, y últimamente, emulación de Atenas, envidia de Chipre, afrenta
de Flandes, y crédito del mundo. Era en ocasión de levas para las fronteras, y
pareciéndome esta buena para conseguir mi intento con mi muerte en las enemigas
balas, senté plaza en una compañía que marchaba, deseoso de hallar piedad en
alguna; mas como era buen suceso para mi afligido corazón, me las negó la
suerte, no por hacerme lisonja con la vida, sino para darme mas tormentos que
sentir.
»Cuatro
años continué en la guerra, y puedo aseguraros que en todos ellos fui siempre
de los más arrojados al peligro, con no más ambición que procurar mi ruina. Concluidos
estos, volví a Lisboa, adonde por premio de mis servicios me dieron una jineta;
creció en mi el deseo de ver mi patria y el amor de Fenisa, que pudiendo
más en mi este afecto, me partí a ella, y aunque no hay más que la distancia de
seis leguas, las juzgaba siete mil. Entré por la villa a las cuatro de la
tarde, a tiempo que en una parroquia vi entrar y salir concurso de gente; y
preguntando la causa, la información que me dieron fue que Fenisa se estaba
desposando con Fabio, mi enemigo; entré desesperado en la iglesia, y viendo en
eterno lazo los dos objetos de mi rabia, y yo con otro en la garganta,
zozobrando entre mi vida y mi muerte, loco, desatinado y furioso, saqué la
espada, y dando golpes a todas partes, sin atender cosa alguna, sacaron los
hombres algunas suyas, quedando la iglesia hecha palestra de Marte o laberinto
de armas. En esta Babel confuso, no puedo asegurar que fue la mía, una punta
llegó a ejecutar su furor en el rostro de Fenisa, esmaltando sus mejillas con
su púrpura; conociendo entonces mi riesgo, me salí de allí y del lugar, y
entrando por este monte con intención de acabar en él mi triste vida en alguna
gruta y en compañía de las fieras que la cursan, esta noche, que fue la
siguiente de mis tragedias, hallé una cabaña, albergue al parecer de algunos
pastores, y en ella no había mas compañía que unas teas encendidas. Entró
dentro, y hallando hospicio en tan remoto y oculto lugar, desnudé las ropas que
me molestaban, por ser aquellas que saqué para mi última desgracia. Estaba en
este pobre albergue un sayo pastoril, calzones y abarcas, y pareciéndome a
propósito para habitar aquella maleza, quise trasformarme en el buriel, y
estando de la suerte que ahora me veis, desnudo y horroroso, en solo el lienzo
de esta camisa, me vino un sueño tan profundo, que entregado en él, quedé fuera
del uso de los sentidos.
»Pasóse
algún tiempo en mi sueño, cuando en él se me representaba que estaba ardiendo
en un volcán de llamas; fue tan fuerte y tan cierto, que despertando del
letargo, me vi cercado de fuego por todas partes; y fue el caso que de las
encendidas teas se había pegado a tinas ramas de que la cabaña se formaba, y
caminando por ellas fue creciendo hasta abrasar la silvestre morada. Salí del
fuego huyendo, no por escapar la vida, sino por tener tiempo de pedir al cielo
socorro y piedad en mis culpas, y no morir como bárbaro anegado en ellas; y
viéndome fuera del voraz incendio, vime quedar desnudo, y vi abrasarse mi
vestido, que el pulsado tenía, y el de mi remedio, que cuando las desdichas
empiezan, se van eslabonando unas en otras, sin que se las pueda hallar el fin.
Comencé a romper ese azul zafiro con quejas, el aire con suspiros, y el eco con
voces; y llegando a esta parte, hallé vuestra piedad, agrado y cortesía de la
manera que me veis, adonde mas estoy para entre fieras que para entre hombres;
y así, ruego al cielo que os guarde, y e vos que me dejéis engolfar por esta
maleza, la cual será centro de mis males y depósito de mis penas.»
—No
permita el cielo —dijo
el caballero—, que
yo os deje habiendo llegado a merecer mi piedad; el alba empieza ya a descubrir
los horizontes guarnecidos de aljófar, y en las flores el liquido rocío; poneos
en ese caballo —y
dándole un gabán, que en el de su criado venía, para que se cubriese, prosiguió
así—: Venid conmigo,
hidalgo, que a pesar de vuestra fortuna, yo os quiero ayudar a vencerla, y os
prometo de no faltaros mientras el hilo de la vida no diere el último vale.
Cortés y
agradecido quiso Cardenio, que este era el nombre del desgraciado peregrino,
besar al caballero las manos por tan ilustre y generosa acción, y excusarse de
aceptarla, pero un empeño bizarro en pecho ilustre aviva la diligencia. Porfió
el caballero, y no pudiendo excusarse Cardenio a tan ilustres ruegos, so puso
el gabán, y subiendo en el caballo del criado, y el caballero en el suyo,
porque ya el admético pastor con rayos de escarlata descubría el pabellón donde
se acuesta, y así empezaron a caminar por entre aquellos carrascos, buscando el
camino con la claridad de la aurora. Procuró el caballero ver la disposición y
talle del peregrino Cardenio, y vio uno de los buenos talles, rostro y
gentileza que pudiera imaginar, cuya edad serían veinte y dos años.
Pagado
iba de tan buenas partes como reconocía en él, cuando vieron atravesar a poca
distancia al criado, que viendo que era hombre lo que imaginó fantasma, menos
medroso que cansado, se llegó, previniendo disculpas a su dueño; y puesto en
las ancas de su caballo, salieron a la estrada, y desde allí caminaron hasta
una quinta que en aquellos contornos está, donde recibieron al caballero sus
cuidadosos criados, lastimados de su pérdida y mala noche. Hospedaron a
Cardenio, a quien al punto trajeron un vestido, y quedó con él tan galán como
muchos, y más que ninguno.
En
aquella casa de placer estuvieron algunos días ya entretenidos en la caza, ya
en visitar parte de la hacienda que allí tenía el caballero, hasta que cansado
dispuso su viaje para Lisboa, centro y patria suya (¡qué mucho si aun de los
extranjeros lo es!). Era mozo gallardo y de los amarrados a la concha de Venus,
siendo ocasión el no haber dado consorte a su juventud. Atravesaron el Tajo en
una de aquellas marítimas carrozas que todos los días esguazan sus cerúleos
cristales; y llegando a la ciudad de Ulises, lo primero que hizo el caballero
en entrando en su casa fue nombrar salario a Cardenio, bastante a su lucimiento
y gasto ordinario y cotidiano. No vivía muy seguro de ser buscado de la
justicia de su tierra, o acosado en la de Lisboa por el pasado fracaso de la
iglesia, y dando cuenta de su temor al caballero, él le ofreció su favor y
aseguró en sus temores.
Tenía el
generoso caballero una prima en su casa, tan hermosa, que nunca halló
competencia sino en si misma, tan discreta, que ella sola era bastante aplauso
a su entendimiento; su nombre doña Serafina; toda ella formaba un cielo,
encerrando en su rostro todo el sol, en sus ojos todas las estrellas, en su
garganta y frente la luna, en sus cabellos el metal de Arabia, y en sus manos
la nieve. Esta pues, olvidada de lo divino que ostentaba, y entregada a lo
humano, que no tenía, puso los ojos en su nuevo huésped; puedo asegurar puso
los ojos, digo, de manera que viéndolos en ajeno dueño, nunca
los quitaba de él por cobrarlos. ¡Oh enigma de amor! Lloraba su perdición
viendo tan inferior el dueño que se los tenía usurpados, y resuelta muchas
veces en quitárselos, salía de su clausura i ver el tirano; y cuando pensaba en
la vista amada cobrar lo que por él había perdido, se hallaba mas presa y con
menos prendas del alma:
—¡Ay de
mí! —decía—, ¿qué se hizo mi libertad? Mi
altivez ¿qué se hizo? Mi valor y mi corazón ¿cómo se rinden a
un amago, a un eco y a un suspiro? ¡Yo a un criado de mi primo! Muera yo, pues
solo este remedio puede excusarme un pesar ofreciéndome una lisonja.
De esta
suerte iba creciendo el incendio en el tierno pecho de aquella hermosura, a
quien la consideración de su arrojamiento daba más vuelo e las velas de su
naufragio. Ordenó un día a todos los criados de casa que hiciesen una academia
en que cada uno diese muestra de su ingenio, con intención de ver el de su
amante y tener en su poder cosa suya. Quedó dispuesto fuese cada uno a
escribir, y asimismo Cardenio, y después de haber dado todas las flores de su
ingenio al campo del papel, cada uno según su caudal, matado doña Serafina, a
un secretario de su primo que recogiese los papeles y pusiese el nombre de su
dueño en cada uno. Ejecutóse así, y teniéndolos juntos, poniéndoles los nombres
según cuyos eran, quiso la suerte que al poner el nombre de Cardenio erró el
papel suyo, y puso otro nombre en su lugar. Llegaron a manos de la enamorada
señora, que con el deseo de su corazón buscó luego aquel dulce nombre, y
hallándole vio que decía estos desconcertados versos:
Porque si yo no la amara,
Pienso que no me matara
Con aquellos lindos ojos,
A quien rindo por despojos
Toda mi vida y mi alma.
No quise quedar en calma,
Sino decirla mi amor.
Porque aquel grande dolor
Que yo amándola sentía,
Pienso que me moriría
Si yo no se lo dijese.
Ausente estuve algún día, Mas ya me veo presente,Pues que no esto; ausente, Ya no tengo que sentir. Cuando me quise partir Sentí el irme de mi tierra, Volviendo de la guerra, Entré en casa de mi tío. Cuando mire aquel brío De aquella ninfa que adoro. Mucho más es lo que lloro,
No quiso pasar de aquí la engañada señora, quejándose nuevamente de su
rigorosa estrella: Si fue yerro, decía, o inadvertencia del secretario, de la
pluma o de la envidia,
que los versos mal limados de otro acumula a mi amante injusto. En este suceso
se verifica cuánto la fortuna se extremaba en su mengua, desprecio y ultraje,
pues aun los yerros ajenos manchaban la pureza de sus aciertos. Buscaba doña
Serafina el olvido; pero imposibilitada de su descarte, atenta a que había
tomado posesión de su pecho, no daba crédito al yerro de los versos; quiso
muchas veces decirle su amor y su cuidado, pero atendiendo a la desigualdad,
se retraía a su silencio, y resuelta a callar antes de publicarlo,
vivía muriendo. El caballero hacía particulares favores a Cardenio por
desempeñar la palabra que en el monte le había dado; y así, era su compañero de
noche en sus entretenimientos y secretos y también por haber conocido en muchas
ocasiones bastante valor en su persona para cualquier acontecimiento. Así, fuéronse los dos a pié con solas
sus espadas y broqueles, entrando por las puertas de San Antón; serían las diez
cuando al emparejar con la iglesia de la Anunciada les salió al paso una mujer tapada, y
llegándose a ella,
le preguntó el caballero dónde iba y si necesitaba de compañía. A lo que ella
respondió así:
—El
cuidado que debéis a quien padece los rigores y largos plazos de vuestra
ausencia no se paga con tan dilatado olvido.
Oyó estas
razones Cardenio, y pareciéndole que la mujer se recataba de él, se apartó a un
lado por no ser causa de su silencio. Así estarían un cuarto de hora, cuando la
tapada dejó al caballero, y empezó a caminar por la calle de la Fe. Dijo a Cardenio que
se fuese a casa, que un negocio que tenía presente necesitaba de ir sola su persona,
o que le esperase en aquel sitio, y con esto fue siguiendo la misma calle de la
tapada. Era Cardenio tan leal como desgraciado, y tan valiente como poco
venturoso; y así, aunque le pareció desobediencia, no juzgó por acierto dejar
ir solo a su dueño expuesto a los rigores de aquella corte, y así resolvió
seguirle oculto, no dándose a conocer. Fue siguiéndole a lo
lejos, y después de haber atravesado algunas calles, vio que entraba en una
casa siguiendo los pasos de la que allí le conducía, y últimamente vio que
cerraron la puerta. Llegó a ella, y resuelto de esperar
oculto a su dueño, se entró en un portal oscuro que enfrente había; y habiendo
estado una hora larga sin que ninguna cosa alterase su espíritu ni le diese que
temer, comenzó la memoria a atormentarle, que no hay mas amarga cicuta ni
veneno mas penetrante que esta.
—¡Ay,
Fenisa de mis ojos! —decía—, tirano e ingrato dueño, que en
ajenos brazos logras el premio de mis tormentos; vive a pesar de mis penas, que
mas me importa tu vida que mi descanso; sola una cosa pediré al cielo, aunque
es en daño tuyo y mío, que tu venturoso novio te goce muchos años, que no puede
dejar de ser necio quien fue tan dichoso que pudo merecerte. Pero ¿qué digo? No
le gocéis sino mucho menos de lo que quisieres, que muy discreto fue quien supo
agradarte; muera, y muera yo, que bien sé que ni con su muerte alcanzaría mi
dolor alguna piedad de tu esquivo y ingrato pecho; ¡ay, dueño mío, que muero a
manos de tu desdén!
Pasara
adelante el afligido Cardenio en sus amorosas imaginaciones si a este mismo
punto no le divirtieran de ellas los violentos y apresurados pasos de un hombre
que corriendo por la calle abajo venia. Pasó por él sin detenerse, y habiendo
pasado aquel, vio que en su seguimiento venían, algunos, que conoció ser
ministros de justicia, los cuales iban pidiendo favor al rey, y asimismo vio
que otro hombre valerosamente se defendía de los otros. Quiso Cardenio
recogerse a lo oscuro del portal por excusar los debates que podía tener con la
justicia y por no faltar al cuidado en que le tenía la persona de su dueño;
pero apenas lo quiso hacer, cuando el hombre que con la justicia peleaba se
entró defendiendo y retirando al mismo portal. Bien quisiera Cardenio atropellar
y romper por todos y ponerse en salvo en la calle; pero viendo que era
imposible por estar la puerta atajarla de aquellos ministros, quiso subirse por
la escalera que a
tiento halló; salióle en vano esta diligencia, que a quien es desdichado, por
demás es querer evitar los daños; apenas hubo subido diez escalones, cuando por
la puerta de un cuarto principal salieron dos hombres con espadas y broqueles,
que oyendo pedir favor a la justicia, venían a dársele, con ellos un paje con
una hacha encendida, con que se hizo patente el recato de Cardenio;
y habiendo tenido mas dicha aquel que buscaban, se les había ocultado en un
sótano; y así, viendo a Cardenio a la luz de la antorcha, coligieron que aquel
era; y diciendo que se diese a la prisión o que le matarían, viéndose cercado
por una y otra parte, se determinó no dejarse prender, aunque le costase la
vida; y así, con su broquel y su espada, ocultando el rostro lo mejor que pudo,
hizo camino por más de seis que le defendían. Libre se halló en la calle, pero
no tanto de su daño que no llevase una estucada, si bien de poca consideración;
fueron siguiéndole, mas presto los dejó frustrados de su intento e inquietud,
pues dando vuelta a algunas calles, se vio libre de los que injustamente le
perseguían. Ajustó un pañuelo en la herida, dando gracias al cielo que le había
librado, aunque a costa de su sangre, de mayor desgracia. Apenas lo hubo hecho,
cuando se vio metido en otro empeño grande. Fue el caso que oyendo ruido de
espadas dentro de una casa de aquella calle adonde se había retirado, y viendo
que entre el estruendo de los aceros y el furioso rumor de los golpes se
articulaban palabras, puso el oído en la puerta, adonde oyó estas razones:
—¡Ah,
cobardes, cómo en vuestra traición dais a entender vuestra infame razón! La mía
os dará a conocer, aunque sois tres, que sois infames.
Si no se
hallara en diferente calle de aquella donde entró su dueño, juzgara que él era
el mismo que así se quejaba, y asimismo oyó que le respondían:
—Bastante
razón nos mueve al exceso que veis; conocemos vuestro valor, y para vencerle es
fuerza buscaros con desigual partido.
Aquí
acabó de entender que era el caballero dueño suyo, y discursando en su duda,
halló que aquella era puerta falsa de la casa en que le vio entrar, que a otra
calle salía, y que en ella le tenían prevenida alguna traición. Metió mano a su
espada y broquel, y llamando a la puerta, al primer golpe so abrió, porque de
industria estaba solamente juntada: subió por una escalera medianamente
angosta, que a la
luz de una lamparilla no se ocultó, en cuyo remate vio al caballero
defendiéndose de tres hombres que denodadamente le procuraban quitar la vida, y
lo consiguieran a no llegar Cardenio a tan buen tiempo. Vistióle Marte, y
embistiendo como rayo de Júpiter tonante a los tres, se puso al lado del
caballero, de manera que, no pudiendo resistir su fuerza, se
fueron encaminando hacia la escalera, donde apretándoles mas su valor y el del
caballero, que con el nuevo socorro se había reforzado, tropezando unos en
otros se arrojaron por ella.
No pudo
conocer el caballero su gallardo ayudador, al cual salió hasta la
calle siguiendo a los tres, y tanto se empeñó en el alcance, que se
halló en el Rocio; el caballero quisiera hacer lo mismo, pero estaba tan
fatigado de su batalla, que lo procuró en vano; y lastimado de no saber a quién
debía la vida, pretendió seguir el rastro, mas quitóle el intento el ver venir
un hombre con la espada desnuda por la misma parte que los otros fueron; era
este uno que viniendo acaso por aquella parte, y viendo la fuga de los otros,
pensando ser otra cosa, había sacado la espada, y así se venia siguiendo su
camino, viendo que no le importaba nada el suceso. Viole venir el caballero, y
juzgando ser quien le favoreció, haciendo conjetura que si fuera de los tres no
volviera por aquel sitio, le dijo así:
—Caballero,
¿venís herido? Decídmelo, para que pueda pagaros la vida que me habéis dado.
—Ni vengo
herido, ni hice cosa alguna —respondió el hombre—; y pasara adelante con su verdad si el mismo caballero no le atajara
con estas razones:
—¿Tanto
es vuestro valor que aun lo mucho que por mí habéis hecho aun os parece poco,
siendo no menos que librarme de la muerte a manos de tres homicidas?
Entendió
el encubierto el engaño, y tratando darle fuerza le respondió:
—El
veros, caballero, en tan conocido peligro como era el reñir con tres, me dio el
aliento que visteis; solo quisiera saber de vos la ocasión de vuestro peligro.
—Esa es
capaz de mayor digresión —dijo el caballero—, que la que pide nuestro desvelo —y sacando una cadena, prosiguió—: Tomad esta corta satisfacción
de lo obligado que estoy a vuestro valor, y porque espero ser más agradecido y
mostraros quién soy, mañana a las diez del día estaréis en el terrero de
palacio, adonde esta cadena en vuestro cuello será señal para que pueda
conoceros, y vos a mí por vuestro servidor en cuanto viviere.
—Señor —dijo el venturoso y cauto Ulises—, no paguéis tan presto y tan
generosamente a quien tan poco hizo por vos en el socorro presente, y que tiene
de costumbre favorecerá los que en semejantes empeños se ven.
Excusábase
con esto tibiamente de tomar la joya; pero insistiendo el caballero, acabó de
aceptarla, diciendo que él estaría donde le ordenaba. Con esto se fue, llevando
el premio que el desgraciado Cardenio merecía.
En este
tiempo iba Cardenio siguiendo el alcance de aquellos tres que pretendieron dar
muerte al caballero: habían los dos de ellos apartádose mucho de su diligencia,
y el otro, por ser menos ligero, se había quedado más atrás; y no pudiendo
seguir la carrera, pudo Cardenio alcanzarle al tiempo que volviéndose a él el
fugitivo le dijo:
—Caballero,
detened el brioso acero, que no se podrá alabar de bizarro con una mujer; no me
matéis violentamente, pues me rindo a vuestro alentado corazón. Suspendió el
golpe que iba ejecutando perplejo y confuso en lo que veía y escuchaba,
conociendo que lo que siguió precipitado le detenía absorto, pues atento a los
acentos de la voz, conoció ser mujer, a quien respondió:
—De
suerte me tienes, oh enigma fugitivo, que ni sé si crea lo que publica tu voz, o
si dé crédito a tu atrevimiento. Dime quién eres y la causa del exceso a que te
ponías esta noche y por qué pretendías darle la muerte a quien ya escapó de tus
deseos homicidas.
—Es tanto
tu valor —respondió—, que no dudo hallar en él toda
cortesía y buen pasaje en mi desdicha, pues juzgándome despojo de vuestra
victoria, alcanzaré por mujer y ofendida el permitir que no diga la causa de mi
disfraz temerario y arrobamiento indecente; no permitas que descubra mis males,
que si quieres alguna venganza de mi, el dejarme con ellos es el mayor daño que
mi corazón puede imaginar.
—Aunque
mi piedad roe manda —respondió
Cardenio—, que por
mujer no te disguste, una razón secreta me fuerza saber de ti, aunque me cueste
la vida, la ocasión de tus desvelos; no la niegues, que en vano es excusarlo.
—Pues ya
que no me permites —respondió
ella—, ocultar mis pesares, llévame a tu casa, si es
posible entrar en ella, que yo como mujer y flaca estoy aquí con sobresalto y
disgusto, y también porque mis sucesos son largos.
Parecióle
a Cardenio muy buena ocasión esta de mostrar su fineza, pues entrándola en su
aposento, podía luego entregarla a su dueño, y así le dijo:
—Paréceme
muy bien, señora, lo que decís; veníos conmigo, que con el respeto debido a
vuestra persona, seréis de mí venerada y servida.
Así
partieron de aquel sitio y llegaron a la casa del caballero, que por ser de las
grandes, y que no se cierran nunca, la toparon abierta; y entrando por ella
luego en el aposento de Cardenio, sin ser de nadie sentidos, comenzó la
disfrazada a hablar de esta manera:
—No será
nuevo a vuestros oídos, valeroso hidalgo, el presente suceso de mi cuidado, por
la similitud que tiene con tantos como las historias nos cuentan y en las
humanas letras se celebran; quiero decir de valerosas acciones de mujeres y
honradas venganzas que han hecho algunas, olvidando el mujeril brío y vistiendo
el limpio acero, que el agravio en generoso corazón es viento que mas enciende
el fuego cuanto mas sopla.
»En una
villa, no de las más apartadas de esta ciudad, si bien de las buenas del reino,
cuyo nombre no digo por ciertos respetos, nací; pluguiera al cielo que la
primera aurora de mi vida fuera el acaso de mi muerte. Puedo asegurar que mi
sangre y nobleza, son de lo mejor que se conoce en la corte y de aquella con que
se ilustra una altiva familia. El mayorazgo de mi padre, que por su muerte
espero poseer, son seis mil ducados de renta; en su paternal compañía servía yo
de hija y esposa a un tiempo; digo esposa, porque veía mi padre en mí el
retrato de mi madre difunta, y porque en el gobierno de casa y de la hacienda
era yo la obedecida como señora absoluta, siendo hiedra amorosa en la barba
cana de mi padre, entre cuyo verdor rejuvenecía envuelto en gusto y llanto.
»Estando
yo un día con mis criados, bien descuidada de mi desdicha, entró un paje mío
donde yo estaba, y me dijo:
»—Señora, tu padre ha tenido una
pesadumbre muy grande; anímale lo que pudieres, porque ha sido cosa con que
puede perder la vida en el pesar.
»—Dime lo que ha sido —le dije ya casi sin alma, a lo
que replicó:
»—Señora, no permitáis que yo te
lo diga, que como fiel criado luyo también el dolor se anuda en mi garganta; otro
le diga lo que yo no puedo; y con esto me dejó.
»Juzgad
vos de qué manera quedaría una mujer y sola en brazos de un triste éxtasi;
quite, vuelta de él, salir como loca a buscar a mi padre, pero mis criadas me
dejaron solo llegará una ventana; y en ella a poco tiempo vi venir el coche de
mi padre cerradas las cortinas, y sus criados macilentos, indicios de algún
fracaso. Llegó a la puerta, véole apear con vida, cosa que me volvió en mí de
un mortal desmayo; salgo a la escalera diciendo:
»—¿Qué es esto, señor? Decidme qué
tenéis, no os halle mudo quien os admira cuidadoso; rompan vuestros labios el
silencio que me quita el aliento poco a poco.
»A lo que
me respondió:
»—¡Ay, hija, yo vengo sin honor!
»En fin,
por no cansaros con digresiones, yo supe de mi padre cómo un fidalgo de esta
corte, que en aquella ocasión era huésped en aquella patria, o por mejor decir
pasajero, que visitando unos lugares suyos en aquel contorno andaba, sobre unas
razones que con mi padre tuvo en la diferencia de algunos términos de tierra,
le tomó la muleta en que arrimaba la carga de sus años, y repitió con ella ofensas
poco bizarras en bríos ya desmayados; deciros de la suerte que quedó mi
desmayado espíritu con esta nueva, no cabe en razones ni encarecimientos
humanos. Desde aquel día ocupó mi padre una cama, que el pesar junto con la
copia de los años son dos contrarios tan fuertes, que se duda de la vida del
que lo padece. Lloraba tan incesantemente su desgracia, y el no tener hijo que
buscase su honor perdido, que viendo su llanto, me arrojé despechada al intento
de tomar venganza; como lo pensé me resolví, y salí de mi casa dejando a mi
padre en su cama una noche con dos criados míos, de quien tenía mas
satisfacción. Dejé mi patria habrá doce días un el traje que veis.
»Ya sabia
yo el nombre del fidalgo mi enemigo, porque mi padre me había informado; llegué a esta corte dispuesta a buscarle
y castigar con su muerte su arrojamiento, lavando con su sangre la mancha que
puso en la mía, aunque por este atrevimiento aventurase dos mil vidas. Seis
días habrá que supieron mis dos criados la casa de mi enemigo, porque se dieron
tan buena maña en solicitarlo, que no solo supieron esto, pero también una
donde pasaba entretenido las noches con una gallarda dama, donde fue el teatro
de mi poca suerte, pues el primero intento vi frustrado por vuestro valor, que
sin duda alguna si no fuera por él consiguiera mi venganza.
»Resta
ahora un miedo que me ocupa el alma, y es el imaginar si sois, ¡oh generoso
hidalgo!, de la parte de mi enemigo, criado o pariente, pues llegasteis en
aquella ocasión, aunque dos cosas me han quitado esta sospecha , y son que si
fuérades esto que temí y viniérades con él, no entraríais por la puerta falsa;
lo otro, que como las mujeres de aquella calidad no tienen la fe en uno solo,
pudiérades ser uno del número de su escuela, y en esta imaginación estuve mas
firme siempre.»
Aquí
llegaba doña Mayor, que este era su nombre, con la historia de su empresa,
cuando una lamparilla que daba luz al aposento, o por algún aire
que entró, o por acabársele el alimento de su llama, se apagó, dando ocasión a
nuestro desgraciado a que tomando una bujía saliese a la calle a encenderla en
la lámpara de una cruz que estaba a una esquina; había cerca de ella una reja
de hierro cerrada, y pareciéndole que por allí podía subir a encender la luz,
fue subiendo, y apenas estuvo arriba, cuando por aquella calle que le ocultaba
la esquina salió la justicia, que viéndole subido en la reja , levantaron la
voz con estas injurias:
—¡Ah,
ladrón, escalador de casas, favor a la justicia!
Tuvo este
el desdichado por el mas apretado y peligroso lance que en el discurso de su
vida experimentó; y aunque con disculpas los satisfacía, y con la verdad los
solicitaba, en su inocencia, no por eso pudo mover aquellos corazones de bronce
a su razón, y así le llevaron a la cárcel, donde le pusieron en un calabozo a
muy buen recaudo, con titulo de ladrón limpio, que este le dan a los de buena
capa; ejemplo so ve en este infelice joven de cuánto pueden los males cuando se
encadenan unos en otros, que parecen golpes en la hidra, que a cada uno nacen
nuevas cabezas. Dicha fuera perder la vida de una vez aquellos que carecen de
la buena fortuna; pero aun esto les niega la fuerza de su estrella errante,
para que sientan los males futuros.
Al tiempo
que llevaron preso a Cardenio llegó a su casa el caballero, y por contarle a
Cardenio sus sucesos, se fue a su aposento, y hallando la puerta abierta, pero
a escuras, llamó por él algunas veces.
Había la
afligida doña Mayor entregado los sentidos en brazos de Morfeo, sentada en una
silla, con cuya ocasión no fue respondido. El caballero volvió a llamar, y conociendo
no haber nadie en el aposento, abrió con una llave maestre una cuadra de su
cuarto, tomó una luz, que en ella esperaba luciente todas las noches su venida,
y volvió a examinar la estancia de doña Mayor, a quien halló de la manera que
oísteis, siendo luego conocida por mujer, aunque en traje diferente, porque la
nieve y delicadeza de sus manos, la grana de sus labios, las perlas de sus
dientes, el rizado cabello, que con disimulación encogía, no dieron lugar a la
duda. Abrasado quedó el caballero o rendido al veneno dulce del nieto de la
espuma, y discurriendo por la idea mil diversidades de juicios, decía:
—¿Si será
esta belleza aquella que despreció a Cardenio, o alguna dama a quien merezca
estos favores?
Así,
llevado más del fuego en que se abrasaba que de la averiguación de sus dudas, fue
a tocar la blanca mano al mismo tiempo que ella, despertando y conociendo a su
enemigo, arrancó de un puñal catalán que a su lado traía, y si el caballero con
ligereza no le suspendiera el golpe, cogiéndole el brazo, se viera despojo
fatal de aquella que era incendio de su alma.
De esta suerte se puso de rodillas, y dijo estas razones:
—¿Por qué, ¡oh, hermosa homicida!, quieres escribir con sangre
mi muerte? ¿No basta ya una vez morir a tu belleza, que dos derramando púrpura
a la lumbre de tus ojos se abrasa? Dime quién eres ¡oh enemiga celestial!
Dímelo, que yo prometo a tu hermosura poner sin resistencia mi pecho, aunque
será corta victoria tuya matarme estando ya rendido.
A cuyas amorosas razones respondió esto doña Mayor:
—Pues mi suerte no ha querido en dos lances darme venganza,
dame la muerte que te solicité. Yo soy doña Mayor, la totalice hija de aquel a
quien tú con el báculo enturbiaste el líquido coral de su sangre estando
ausente de su casa; yo soy la que intenté lavar con la tuya el borrón de mi
honor siempre altivo; mátame, digo otra vez, pues sin duda el cielo mas procura
mi muerte que la tuya; toma este mismo puñal que había de ser tu homicida, y
escóndele en este pecho para que no publique el desdichado intento suyo.
—No quiera Dios —respondió el caballero—, que en tu femenil y
hermoso objeto derrame líquida grana quien enamorado de tu arrojamiento rinde
la libertad a tu belleza; y porque veas cuánto me toca tu deshonor y cuánto yo
mismo le defiendo y procuro, digo que soy tu esposo, para que en la ley del
duelo se vea que siéndolo, no puedo ser tu ofensor, con que yo quedo logrando
dos efectos, que son ser dueño de tu hermosura y haberle vengado de mi mismo.
Tu padre queda con su honra, tú consiguiendo dos victorias, la de rendirme y la
de prenderme, que sin duda lo estoy en tus celestiales ojos, en cuyo Argel no
pretendo libertad, pues mi cautiverio será la mayor gloría y la mas dulce
prisión que puede darme el acierto.
Preguntóle la causa de su venida a aquella parte, y doña Mayor
le contó todo el suceso hasta llegar allí con Cardenio, con que quedó conocido
del caballero por verdadero socorredor suyo.
—Pues porque veas —prosiguió—, que lo que te he dicho y el
hacerlo son una misma cosa, quédate en mi cuarto, en cuanto voy a buscar a
quien nos despose, que ya la aurora, precursora de mis dichas, viene
comunicando luces y ilustrando los chapiteles de las mas levantadas torres.
—Pues si mi venganza surte efectos por ese camino —dijo doña
Mayor —, yo me tengo por dichosa en ser tuya.
Y así, tomándola por la mano, la llevó a una galería de su
cuarto, y después a una antecámara, todo tan lleno de riquísimos adornos, que
entretenida estuvo la hermosa dama el tiempo que el caballero dispuso en traer
al cura de su parroquia, que los desposó, quedando en eterno lazo.
Trajeron
en este tiempo aviso de cómo Cardenio estaba preso, y yendo el caballero a la
cárcel con toda diligencia, informado de todos los sucesos de su desgracia , diose
tan buena maña, que a las diez del día estaba el preso Cardenio en su casa
libre. Era este príncipe un retrato de Alejandro, porque en su cantidad hizo
iguales cosas en el discurso de su vida; quiso pues pagar a nuestro desgraciado
lo que le debía, y hallando que nada era bastante según su generosidad, le dio
por esposa a su prima doña Serafina, la cual a este tiempo amaba tiernamente a
Cardenio, y padecía en el piélago del silencio, y declarado el primo con ambos,
tuvo efecto el dichoso himeneo, y fin las desdichas de Cardenio con una suerte
tan poco esperada de sus infelicidades, dando a entender las estrellas que
nadie se llame desdichado hasta el último vale.
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