Ahí estaba la viejita sentada
frente al fogón de barro en su silla
vieja de madera carcomida por el tiempo, con unas chanclas verdes de plástico,
su vestido azul floreado casi igual de viejo que ella, su bordón hecho de palo
jiote a lado. El cabello color pimienta
que da esa combinación de canas y de lo que aun sigue siendo el cabello negro.
La piel morena clásica costeña, igual de envejecida que todas sus pertenencias.
Le gustaba sentarse todas las
tardes a espulgarse el cabello por
cualquier aparición de alguna liendre que cuando la descubría las fulminaba
inmediatamente apretándola con las uñas de sus pulgares , los cadáveres de esos
enemigos perpetuos quedaban en su delantal amarillo con cuadritos. Sola
inmensamente sola acompañada de dos perros criollos que le regalaron en la
finca donde solía vender cualquier
objeto comerciable.
Sus cigarros alas azules que
fumaba sin cesar y que fue su gusto desde la infancia “para espantar a
los zancudos y los a los malos espíritus”. Su única compañía humana había
fallecido meses atrás por los estragos de la vejez. Don Felipe, un campesino
que la amo hasta el último día de su muerte, de temperamento pacifico con una
tolerancia infranqueable.
Doña Joma como le decían la gente
del pueblo, de carácter explosivo enemiga de los coches que llegaban a comerse
sus plantas que, cuando lograban entrar
a su patio sin que ella se percatara alertaba a sus perros para que los
corretearán. El episodio era similar al de los leones que corren detrás de su
presas , solo que en esta ocasión en vez de ser animales ágiles, estos eran
todo lo contrario , ladridos y
chillidos se mezclaban en un alboroto
donde los animales de doña Joma siempre ganaban la batalla.
Todas las mañanas preparaba su
café en una hoya de peltre, calentaba el agua en el fogón alimentado aún por la
leña que le dejo don Felipe antes de partir. El olor del café se expandía por
toda la casa aromatizando hasta al más último rincón de aquella casona vieja
rodeada de árboles de diferentes tipos de mangos que servían de cuartel para el
calor incesante.
Su vida fue difícil en aquel
pueblo chiapaneco ubicado a media hora de Tapachula, Huehuetán, famoso por su
río y sus mitos mágicos donde la línea de la realidad y la fantasía se perdían.
Entre la infancia huehueteca aún circulan muchos de ellos y algunos aseguran
que es verdad que la malhora sigue rondando por las calles empedradas raptando
a los bolos y llevándoselos al monte donde los encierra en matorrales llenos de
espinas, y que la gran víbora sigue custodiando ese gran tesoro que se
encuentra cerca del ejido Estrella, en la famosa cascada que encierra mas
misterios que cualquier otro paisaje creado por algún famoso cuentista, también
se dice que la piedra de Chiche todavía emite alaridos de lo que fue esa famosa
bruja convertida en piedra con la forma de un seno que mas que maternal o
erótico remonta a lo que en realidad dicen que es. Los adultos siguen asustando a los niños con
la historia del cadejo, aquella bestia extraña que en realidad es un brujo que
se quita la piel para ponerse la de
algún animal en busca de alguna victima para robarle el alma y matarla al
instante o si no volverlos locos.
Ese día, la viejita invariablemente sentada frente al
fogón con cigarro en mano nos contó a sus nietos que la visitábamos de forma
irregular cuando vio al sombrerón.
Estaba ella bañándose de noche en
el río con don Felipe, decía ella que era más cómodo para ambos debido a sus encuentros pasionales, para que los nueve hijos que dormían en el mismo cuarto
lo hicieran tranquilos sin oír más tarde otro ruido que los ronquidos de los padres. Esa noche el
cielo se mostraba diferente; quebrado y
rojizo que no anunciaba más que una desgracia. Ambos se encontraban en la
rutina vespertina, al otro lado del río
divisaron pequeñas luces que no era otra cosa más que las chispas creada
por los cascos de una caballo que
chocaban fuertemente con las piedras. Los esposos nadaron por debajo del agua
para hacer el menor ruido y ver más de cerca
tanto al jinete como al hermosa bestia negra. Al momento de llegar al
otro extremo divisaron a ambos una
figura infernal pues el jinete tenía un gran sobrero negro de charro con hilos
de oro y plata, sus ojos rojos como el
mismísimo demonio y su animal con los mismos ojos emitía relinchidos
desgarradores. Creían ellos el sombrerón no los observaba cuando se paró en
seco justo frente a ellos, les lanzó una mirada profunda que hizo que se
pusieran tiesos del miedo, les habló en
un idioma que no pudieron comprender y
siguió su camino sin decir o hacer otra cosa. Cuando regresaron a su casa
desconternados por el extraño suceso, volvieron oír el relinchido de la bestia,
todos los hijos despertaron excepto dos que amanecieron muertos.
Al terminar este fascinante
relato ninguno de los tres nietos que no encontrábamos ahí volvimos a ir con
nuestras parejas de noche a nadar en el río.
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