Perfume
de alcantarilla
Anónimo sufí (árabe)
Tajar era alcantarillero y, dada su profesión,
pasaba gran parte de su tiempo en medio de olores de excrementos y putrefacción.
Sin embargo, se había acostumbrado y tales hedores le resultaban familiares y
en absoluto desagradables. Formaban parte de su trabajo diario.
Sin embargo, un buen día, abrieron
una nueva perfumería en su barrio, y al pasar por delante del establecimiento,
Tajar sintió curiosidad al oler unos aromas tan distintos a los que
habitualmente percibía. Una vez dentro, asombrado ante todas las desconocidas
fragancias, aspiró profundamente para captarlas mejor, pero en ese momento su
cuerpo se puso rígido y Tajar perdió el conocimiento por completo, cayendo al
suelo desmayado.
Los comerciantes de la perfumería
avisaron a los vecinos y muy pronto se presentó en la tienda el hermano de
Tajar, provisto, para la sorpresa de todos, de una cajita con excrementos. Una
vez ante Tajar abrió la caja y se la acercó a la nariz. Unos segundos después,
Tajar se despertó admirado de encontrarse en el suelo y rodeado de sus
compungidos vecinos y familiares.
Deseos
Un emperador estaba saliendo de su palacio para
dar un paseo matutino cuando se encontró con un mendigo.
Le preguntó:
-¿Qué quieres?
El mendigo se rió y dijo:
-¿Me preguntas como si pudieras
satisfacer mi deseo?
El rey se rió y dijo:
-Por supuesto que puedo satisfacer
tu deseo. ¿Qué es? Simplemente dímelo.
Y el mendigo dijo:
-Piénsalo dos veces antes de
prometer.
El mendigo no era una mendigo
cualquiera. Había sido el maestro del emperador en una vida pasada. Y en esta
vida le había prometido: "Vendré y trataré de despertarte en tu próxima
vida. En esta vida no lo has logrado, pero volveré..."
Insistió:
-Te daré cualquier cosa que pidas.
Soy un emperador muy poderoso. ¿Qué puedes desear que yo no pueda darte?
El mendigo le dijo:
-Es un deseo muy simple. ¿Ves
aquella escudilla? ¿Puedes llenarla con algo?
Por supuesto -dijo el emperador.
Llamó a uno de sus servidores y le
dijo:
-Llena de dinero la escudilla de
este hombre.
El servidor lo hizo... y el dinero
desapareció. Echó más y más y apenas lo echaba desaparecía. La escuadrilla del
mendigo siempre estaba vacía.
Todo el palacio se reunió. El rumor
se corrió por toda la ciudad y una gran multitud se reunió allí. El prestigio
del emperador estaba en juego. Les dijo a sus servidores
-Estoy dispuesto a perder mi reino
entero, pero este mendigo no debe derrotarme.
Diamantes, perlas, esmeraldas...
los tesoros iban vaciando. La escudilla parecía no tener fondo. Todo lo que se
colocaba en ella desaparecía inmediatamente. Era el atardecer y la gente estaba
reunida en silencio. El rey se tiró a los pies del mendigo y admitió su
derrota.
Le dijo:
-Has ganado, pero antes de que te
vayas, satisface mi curiosidad. ¿De qué está hecha tu escudilla?
El mendigo se rió y dijo:
-Está hecha del mismo material que
la mente humana. No hay ningún secreto... simplemente está hecha de deseos
humanos.
El hombre de vida
inexplicable
Había una vez un hombre llamado Moyut. Vivía en
una aldea en la que había obtenido un puesto como pequeño funcionario y parecía
muy probable que fuese a terminar sus días como inspector de pesas y medidas.
Una tarde, cuando estaba caminando por los jardines de un viejo edificio cerca
de su casa, el Jádir -misterioso guía de los sufíes- se le apareció vestido con
una túnica de brillante verde. Moyut se encontró con el Jádir y el Jádir le
dijo:
-Hombre de brillantes perspectivas,
deja tu trabajo y encuéntrame junto a la ribera del río dentro de tres días.
Y desapareció.
Moyut fue a ver a su superior,
conmovido por este encuentro, y le dijo que tenía que partir. Todo el mundo en
la aldea se enteró pronto de esta decisión, y dijeron: "Pobre Moyut, se ha
vuelto loco". Pero como había muchos candidatos para su puesto no tardaron
en olvidarlo. En el día señalado Moyut se encontró con el Jádir, quien le dijo:
-Quítate las ropas y arrójate al
río. Quizás alguien te salvará.
Moyut lo hizo sin hesitar, aunque
se preguntaba si se había vuelto loco. Puesto que sabía nadar no se hundió,
pero fue arrastrado por las aguas largamente antes de que un pescador lo
hiciera subir a su bote y le dijera:
-Hombre loco, la corriente es muy
fuerte, ¿qué estás tratando de hacer?
Moyut dijo:
-Realmente no lo sé.
-Estás loco -dijo el pescador-,
pero te llevaré a mi cabaña junto al río, y veremos qué puedo hacer por ti.
Cuando el pescador descubrió que
Moyut hablaba bien, aprendió de él a leer y a escribir. En cambio le dio
alimento y un lugar donde habitar. Moyut ayudaba al pescador en su trabajo.
Después de unos pocos meses el Jádir volvió a aparecer, esta vez al pie de la
cama de Moyut, y le dijo:
-Levántate y deja a este pescador.
Ya veremos qué se hace contigo.
Moyut salió inmediatamente de la
cabaña, se vistió como pescador y vagabundeó hasta llegar a una carretera.
Cuando se hizo el día vio a un agricultor en un burro en su camino hacia el
mercado.
-¿Buscas trabajo? -le preguntó el agricultor-,
porque necesito a un hombre que me ayude para traer de vuelta algunas compras
que debo hacer.
Moyut lo siguió. Trabajó para el
agricultor durante casi dos años, tiempo en el cual aprendió bastante sobre
agricultura, pero sobre ninguna otra cosa. Un atardecer, mientras estaba
limpiando algodón, se le apareció el Jádir y le dijo:
-Deja este trabajo, ve a la ciudad
de Mosul y usa los ahorros para convertirte en un mercader de pieles.
Moyut obedeció. En Mosul se hizo
conocido como mercader de pieles y no volvió a ver al Jádir durante tres años.
Había ahorrado una suma considerable de dinero y estaba pensando en comprar una
casa, cuando el Jádir volvió a aparecérsele y le dijo:
-Dame tu dinero. Vete de esta
ciudad. Ve tan lejos como Samarkanda, y trabaja allí como almacenero.
Moyut lo hizo. En realidad empezó a
mostrar signos bastante ciertos de iluminación. Curaba a los enfermos, servía a
sus conciudadanos y durante su tiempo libre notaba que los misterios se iban
profundizando en él cada vez más acentuadamente. Filósofos, hombres de
negocios, lo visitaban y le preguntaban:
-¿Con quién estudiaste?
-Es difícil decirlo -contestaba
Moyut.
Sus discípulos le preguntaban:
-¿Cómo empezaste tu carrera?
Él decía:
-Como un pequeño funcionario.
-¿Y la abandonaste para dedicarte a
la mortificación?
-No. Simplemente la abandoné -decía
Moyut.
Y sus discípulos no lo entendían.
La gente se le acercaba para escribir la historia de su vida.
-¿Qué has sido en tu vida? -le
preguntaban.
-Salté a un río, me convertí en
pescador; después me fui de una cabaña en la mitad de una noche; después de
esto me volví agricultor, y mientras estaba limpiando algodón cambié y fui a
Mosul, donde me convertí en un mercader en pieles. Ahorré algún dinero allí,
pero lo dejé, y después vine a Samarkanda y trabajé como almacenero. Y aquí es
donde estoy ahora.
-Pero esta conducta inexplicable no
ilumina para nada tus dones tan extraños y tus ejemplos maravillosos, decían
los biógrafos.
-Así es -decía Moyut.
De tal suerte, los biógrafos
organizaron para Moyut una historia muy excitante y maravillosa, porque todos
los santos deben tener su historia, y la historia debe estar de acuerdo con el
apetito del oyente, no con las realidades de la vida. Y nadie puede hablar del
Jádir directamente. Tal es la razón por la cual esa historia no es cierta. Es
una representación de la vida. Esta es la verdadera vida de uno de los más
grandes sufíes.
El rey, el cirujano y el sufí
En la antigüedad, un rey de Tartaria estaba
paseando con algunos de sus nobles. Al lado del camino se encontraba un Abdal
(un sufí errante), quien exclamó:
-Le daré un buen consejo a
quienquiera que me pague cien dinares.
El Rey se detuvo y dijo:
-Abdal, ¿cuál es ese buen consejo
que me darás a cambio de cien dinares?
-Señor -respondió el Abdal-, ordena
que se me entregue dicha suma y te daré el consejo inmediatamente.
El Rey así lo hizo, esperando
escuchar algo extraordinario.
El sufí le dijo:
-Este es mi consejo: nunca
comiences nada sin que antes hayas reflexionado cuál será el final de ello.
Ante estas palabras, los nobles y
todos los presentes estallaron en carcajadas, diciendo que el Abdal había sido
listo al pedir el dinero por adelantado. Pero el Rey dijo:
-No tienen motivo para reírse del
buen consejo que este Abdal me ha dado. Nadie ignora que deberíamos reflexionar
antes de hacer cualquier cosa. Sin embargo, diariamente somos culpables de no
recordarlo y las consecuencias son nefastas. Aprecio mucho este consejo del
derviche.
Así, el Rey decidió recordar siempre
el consejo y ordenó que fuese escrito en las paredes con letras de oro, e
incluso grabadas en su vajilla de plata.
Poco después, un intrigante
concibió la idea de matar al Rey. Sobornó al cirujano real con la promesa de
nombrarlo primer ministro si clavaba una lanceta envenenada en el brazo del
Rey. Cuando llegó el momento de extraer sangre al Rey, se colocó una jofaina
para recoger la sangre. De repente, el cirujano vio las palabras grabadas allí:
Nunca comiences nada sin que antes hayas reflexionado cuál será el final de
ello. Fue entonces cuando el cirujano se dio cuenta de que, si el intrigante se
convertía en rey, lo primero que haría sería ejecutarlo, y así no necesitaría
cumplir su compromiso. El Rey, viendo que el cirujano estaba temblando, le preguntó
que le ocurría, y éste le confesó la verdad inmediatamente.
El autor de la intriga fue
capturado; el Rey reunió a todas las personas que habían estado presentes
cuando el Abdal le dio el consejo, y les dijo:
-¿Todavía se ríen del derviche?
FIN
Temor de la cólera
En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre
y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la
cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho
eso, respondió:
-Me escupió en la cara y temí
matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis enemigos estando puro ante
Dios.
Amigos
Dos amigos viajaban por el desierto y en un
determinado punto del viaje discutieron.
El otro, ofendido, sin nada que
decir, escribió en la arena:
"Hoy mi mejor amigo me pegó
una bofetada en el rostro".
Siguieron adelante y llegaron a un
oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado
comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un
estilete y escribió en una piedra:
"Hoy mi mejor amigo me salvó
la vida".
Intrigado, el amigo preguntó:
-¿Por qué, después que te lastimé,
escribiste en la arena, y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
-Cuando un gran amigo nos ofende,
deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se
encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado, cuando nos pase algo
grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde
viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.
El agua del Paraíso
Un beduino
seco y miserable, que se llamaba Harith, vivía desde siempre en el desierto. Se
desplazaba de un sitio a otro con su mujer Nafisa. Hierba seca para su camello,
insectos, de vez en cuando un puñado de dátiles, un poco de leche: una vida
dura y amenazada. Harith cazaba las ratas del desierto para apoderarse de su
piel y hacía cuerdas con las fibras de las palmeras, que intentaba vender en
las caravanas.
Sólo bebía el agua salobre que
encontraba en los pozos enfangados.
Un día apareció un nuevo río en la
arena. Harith probó aquella agua desconocida, que era amarga y salada, e
incluso un poco turbia. Pero le pareció que el agua del verdadero paraíso
acababa de deslizarse por su garganta.
Llenó dos botas de piel de cabra,
una para él y otra el califa Harun al-Rasid, y se puso en camino hacia Bagdad.
A su llegada, tras un penoso viaje, le contó su historia a los guardias, según
la práctica establecida, y fue admitido ante el califa. Harith se postró ante
el Comendador de los Creyentes y le dijo:
-No soy más que un pobre beduino,
ligado al desierto donde el destino me ha hecho nacer. No conozco nada más que
el desierto, pero lo conozco bien. Conozco todas la aguas que allí se pueden
encontrar. Por eso he decidido traértela para que la pruebes.
Harun al-Rasid se hizo traer un
cubilete y probó el agua del río amargo. Toda la corte lo observaba. Bebió un
buen trago y su rostro no expresó ningún sentimiento. Se quedó pensativo un
instante y entonces con fuerza repentina pidió que el hombre fuera llevado y
encerrado, con la orden estricta de que no viese a nadie. El beduino,
sorprendido y decepcionado, fue encerrado en una celda.
-Lo que nada es para nosotros lo es
todo para él. Lo que para él es el agua del Paraíso no es más que una
desagradable bebida para nosotros. Pero tenemos que pensar en la felicidad de
ese hombre -dijo el califa a las personas de su entorno, curiosos por su
decisión.
Al caer la noche hizo llamar al
beduino. Dio la orden a sus guardias que lo acompañasen de inmediato fuera de
la ciudad, hasta la entrada del desierto, sin permitirle ver ni en río Tigris
ni ninguna de las fuentes de la ciudad, sin darle otra agua que la suya para
beber. Cuando el beduino se iba del palacio en la oscuridad de la noche, vio por
última vez al califa. Éste le dio mil monedas de oro y le dijo:
-Te doy las gracias. Te nombro
guardián del agua del Paraíso. La administrarás en mi nombre. Vigílala y
protégela. Que todos los viajeros sepan que te he nombrado para tal puesto.
El beduino, feliz, besó la mano del califa y regresó
rápidamente a su desierto.
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