- ¡Vamos deprisa
¡ Comienza a amanecer y pronto Emiliano llegará al cruce del camino.- bajando
la voz como temiendo ser escuchado, le susurraba Plinio a su compañero escondiéndose tras la
gigantesca ceiba de donde se divisaba a lo lejos, en el fértil valle, el pueblo
del Mortiño.
Para abril, en
aquellas frías tierras, los destellos del alba
invadían la oscuridad con más premura, como la que vivían aquellos dos
maleantes en espera de su inocente
víctima.
- Ya llega.
Agáchese... - Plinio murmurando le dice a su compinche.
Emiliano, con
signos de cansancio, lleva paso a paso
su desgarbado caballo. De repente saltan de la maleza los bandidos y en
medio de nada, lo han derribado a tierra. El destello de sus cuchillos rasga el
alba, y el silencio sonoro de los grillos madrugadores es atravesado por los lamentos de Emiliano
herido de muerte.
Rápidamente los
fascinerosos han tomado sus sombreros y mochilas resguardados tras la ceiba y
prestos se disponen a correr hacia el valle. Atónitos e inmóviles han quedado a
pocos metros del crimen, al percibir una
luz intensa y brillante, acompañada del sonido de un fuerte viento que se desprende
del cuerpo inmóvil de Emiliano. La
resplandeciente luminosidad se corporaliza desplazándose en búsqueda de los asesinos. El frío y la
parálisis han invadido la huida de aquellos hombres. Corriendo a traspasos, en
medio del pánico y el desconcierto, logran sobreponerse a tan impactante misterio
y corren despavoridos camino del
Mortiño.
El intenso resplandor los persigue como un aire abrasador. En medio de ahogos y sudores por la fuerte
carrera, llegan por el camino del cementerio a la plaza principal. Plinio busca
desaforadamente su casa ubicada en uno
de los costados de la plaza. Al tratar de entrar en su morada, la
humanoide luminiscencia se interpone
en la puerta y su densidad aumenta impidiendo ver la entrada a su morada. Las voces del difunto,
acaballadas en el sonido, salen de aquel nudo moviente de luz y se propagan por
todo el espacio circundante. Plinio y su
compañero no pueden menos que arrodillarse y con sus cabezas entre las manos,
pedir al cielo misericordia.
Hasta ese
momento no entendían a qué obedecía semejante pesadilla. El espíritu de
Emiliano de seguro permanecía vivo.
Pronto los
familiares y vecinos se percataron del
misterioso episodio. Los más valientes se acercaron a los atemorizados
hombres, que para ese momento, se hallaban acurrucados como niños en medio
de profunda soledad y abandono. Los asesinos se tapaban
desesperadamente los oídos, al parecer
escuchaban voces inquisidoras y como locos gritaban frases incoherentes, que los curiosos allí
presentes no alcanzaban a comprender.
El fulgor
comenzó a recorrer las calles y techos de la población dejando a su paso un
sinnúmero de fenómenos y prodigios nunca antes vividos en el Mortiño. La señora
Herminia padecía inmóvil en su cama por más de un año, después de caer y
fracturarse la pierna derecha. Una fuerza interna venida del apacible
resplandor, la invitó a ponerse en pie, logrando caminar de nuevo. Juancho,
niño marcado desde su nacimiento por la infame cruz de la parálisis cerebral,
tras el paso del fantástico visitante, comenzó
a enderezar sus engarrotados brazos y piernas, llamando por primera vez
con voz entrecortada a su madre...
Nadie podía
entender aquel prodigio. El júbilo invadió a todos los pobladores quienes se
sentían maravillosamente poseídos
de bondad y de
paz.
Vencidos por la
locura, los dos maleantes habían
emprendido la fuga por las calles del pueblo presos del horror y la
desesperación.
Después de
varias horas de huir y tratar de liberarse de la presencia del brillo
misterioso, acusador y justiciero, no tuvieron más alternativa que ponerse en
manos de las autoridades del pueblo y
confesar su crimen.
Desde entonces,
Emiliano quedó en las conciencias de todos los mortiñences como su guardián y
protector. Nunca, delito alguno se
volvió a cometer entre sus habitantes, ni supieron con certeza los hijos de los hijos de aquel lugar, si
Emiliano vivió, pasó o murió cerca de la ceiba, en la madrugada de Abril...
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