Ni mi
grito ni mi fiebre me pertenecen. Esta desintegración de mis fuerzas
secundarias, de esos pensamientos disimulados del pensamiento y del alma,
¿podéis concebir, acaso, su constancia?
Ese algo
que está a medio camino, entre el color de mi atmósfera típica y el despertar
de mi realidad.
No tengo tanta necesidad
de alimento como de una especie de elemental conciencia.
Ese nudo de la vida al
que la emisión del pensamiento se aferra.
Un nudo de
central asfixia.
Plantearme
simplemente una verdad clara; es decir, que permanezca sobre un solo filo.
Ese
problema del enflaquecimiento de mi yo no se presenta ya únicamente con su
aspecto doloroso. Siento que menos factores intervienen en la desnaturalización
de mi vida, y que poseo algo así como una nueva conciencia de mi íntima
perdición.
Veo en el hecho de lanzar
los dados y de lanzarme en la afirmación de una verdad presentida, así fuese
aleatoria, toda la razón de mi vida.
Durante
horas, permanezco bajo el efecto de una idea, de un sonido. Mi emoción no se
desarrolla en el tiempo, no transcurre en el tiempo. Los reflejos de mi alma
están en perfecto acuerdo con la idealidad absoluta de mi espíritu.
Ponerme
frente a la metafísica que me he construido en función de la nada que llevo en
mí.
De este
dolor hincado en mí como una astilla, en el centro de mi más pura realidad, en
ese lugar de la sensibilidad donde los mundos del cuerpo y del espíritu se
unen, he aprendido a distraerme gracias a una falsa sugestión.
En el
espacio de este minuto que dura la iluminación de una mentira, me construyo un
pensamiento de evasión, me precipito sobre una pista falsa que mi sangre
indica. Cierro los ojos de mi inteligencia y, dejando que hable en mí lo
informulado, me brindo la ilusión de un sistema cuyos términos me sería
imposible asir. Pero de este minuto de error me queda el sentimiento de haber
hurtado algo real a lo desconocido. Creo en las conjuraciones espontáneas. En
las rutas hacia las que mi sangre me arrastra no es posible que algún día no
acabe por descubrir una verdad.
La
parálisis se apodera de mí y me impide cada vez más volverme hacia mí mismo. Ya
no tengo un punto en que apoyarme, una base... no sé dónde me busco. Mi
pensamiento ya no puede ir adonde mis emociones y las imágenes que surgen en mí
lo empujan. Me siento castrado aún en mis más pequeños impulsos. Acabo por ver
el día a través mío, a fuerza de renunciamientos en todos los sentidos de mi
inteligencia y de mi sensiblidad. Es necesario que se comprenda que es bien el hombre
viviente el que está afectado en mí, y que esta parálisis que me ahoga se
encuentra en el centro de mi personalidad usual y no de mis sentidos de hombre
predestinado. Yo estoy, definitivamente, al lado de la vida. Mi suplicio es tan
sutil, tan refinado como áspero. Me son necesarios esfuerzos insensatos de
imaginación, multiplicados por el abrazo de esta asfixia sofocante para llegar
a "pensar" mi mal. Y si me obstino así en esta búsqueda, en esta
necesidad de fijar una vez por todas el estado de mi sofocación...
Te
equivocas al hacer alusión a esta parálisis que me amenaza. Me amenaza, en
efecto, y aumenta cada día que pasa. Existe ya y como una horrible realidad. Es
cierto que yo hago aún (pero, ¿por cuánto tiempo?) lo que quiero de mis
miembros, pero hace mucho tiempo que ya no gobierno mi mente, y que mi
inconsciente todo entero me gobierna con impulsos que vienen del fondo de mis
agudos dolores nerviosos y del torbellino de mi sangre. Imágenes apuradas y
rápidas y que no le dicen a mi mente sino palabras de cólera y de odio ciego,
pero que pasan como cuchilladas o relámpagos en un cielo cargado.
Estoy
estigmatizado por una muerte urgente en la que la muerte verdadera no infunde
en mí el terror.
Siento que
la desesperación de esas formas aterradoras que se adelantan está viva. Se
desliza en ese nudo de la vida a partir del cual las rutas de la eternidad se
abren. Es realmente la separación para siempre. Deslizan su cuchillo en ese
centro donde me siento hombre, cortan las ataduras vitales que me unen al sueño
de mi lúcida realidad.
Formas de una
desesperacón capital (realmente vital),
encrucijada de las
separaciones,
encrucijada de la
sensación de mi carne,
abandonado por mi cuerpo,
abandonado por cualquier
sentimiento posible en el hombre.
No puedo
compararlo sino a ese estado en cual nos encontramos en medio de un delirio
provocado por la fiebre, en el curso de una profunda enfermedad.
Es esta
antinomia entre mi facilidad profunda y mi dificultad exterior que crea el
tormento que me hace morir.
El tiempo
puede pasar y las convulsiones sociales del mundo desvastar los pensamientos de
los hombres, yo estoy a salvo de todo pensamiento ligado a los fenómenos. Que
me abandonen junto a mis nubes apagadas, a mi inmortal impotencia, a mis
absurdas esperanzas. Pero que sepan que no abdico de ninguno de mis errores. Si
he mal juzgado es culpa de mi carne, pero esas luces que mi espíritu deja
filtrar de tanto en tanto, son mi carne cuya sangre se recubre de relámpagos.
Él me
habla de narcisismo, yo le contesto que se trata de mi vida. Tengo el culto no
de mí sino de la carne, en el sentido sensible de la palabra carne. Ninguna
cosa me toca sino en la medida en que afecta a mi carne, que coincide con ella,
y sólo en ese punto exacto en que la conmueve, no más allá. Nada me toca, nada
me interesa sino aquello que se dirige "directamente" a mi carne. Y
en ese momento me habla del Sí mismo. Le contesto que el Yo y el Sí mismo son
dos términos distintos y que no deben ser confundidos, y que son muy exactamente
los dos términos que penden del equilibrio de la carne.
Siento bajo mi
pensamiento la tierra hundirse, y me veo conducido a encarar los términos que
empleo sin el apoyo de su sentido íntimo, de su substrato personal. E incluso
mejor que eso, el punto en donde ese substrato personal parece unirse con mi
vida, se vuelve de repente extrañamente sensible y virtual. Concibo la idea de
un espacio imprevisto y fijado, allí donde en tiempo normal todo es movimiento,
comunicación, interferencia, trayecto.
Pero esta
desintegración que ataca mi personalidad en sus bases, en sus comunicaciones
más urgentes con la inteligencia y con la instintividad del espíritu, me ocurre
en el terreno de un abstracto insensible en el que participarían solamente las
partes elevadas de la inteligencia. Más que el espíritu que permanece intacto,
herizado de puntas, es el trayecto nervioso del pensamiento lo que esta
desintegración ataca y desvía de su camino. Es en los nervios y en la sangre
que esta ausencia y este estacionamiento se hacen particularmente sentir.
Un gran frío,
una atroz abstinencia,
los limbos de una
pesadilla de huesos y de músculos, con el sentimiento de las funciones
estomacales que suenan como una bandera en las fosforescencias de la tormenta.
Imágenes
larvarias que se empujan como con el dedo y no están en relación con ninguna
materia.
Soy hombre
gracias a mis manos y a mis pies, a mi vientre, a mi corazón de animal
comestible, a mi estómago cuyos nudos me unen a la putrefacción de la vida.
Me hablan
de palabras, pero no se trata de palabras, se trata de la duración del
espíritu.
No hay que
imaginarse que el alma no esté implicada en esta corteza de palabras que caen.
Junto al epíritu está la vida, está el ser humano en el círculo del cual este
espíritu da vueltas, unido a él por una multitud de hilos...
No, todos
los desgarramientos corporales, todas las disminuciones de la actividad física
y esta molestia de sentirse dependiente en su cuerpo, y este mismo cuerpo
cargado de mármol y acostado en una mala madera, no igualan la pena que hay en
el hecho de estar privado de la ciencia física y del sentido de su equilibrio
interior.Que el alma falte a la lengua o la lengua al espíritu, y que esta
ruptura trace en las llamas de los sentidos una especie de vasto surco de desesperación
y de sangre, ésta es la gran pena que mina no la corteza o las vigas de maderas
sino la TELA de los cuerpos. Se pierde esta chispa errante de la cual sentimos
que era un abismo que se apodera de toda la extensión del mundo posible, y el
sentimiento de una inutilidad tal que es como el nudo de la muerte. Esa
inutilidad es como el color moral de este abismo y esta intensa estupefacción,
y su color físico es el gusto de una sangre que brota en cascadas a través de
las aberturas del cerebro.
Por más que me digan que
ese peligroso lugar está en mí mismo, yo participo de la vida, yo represento la
fatalidad que me elige y no es posible que toda la vida del mundo, en un
momento dado, me cuente junto con ella ya que, por su naturaleza misma, amenaza
el principio de la vida.
Existe
algo que está por encima de toda actividad humana: es el ejemplo de esa
monótona crucifixión en la que el alma no acaba de perderse.
La cuerda
que dejo salir de la inteligencia que me ocupa y del inconsciente que me
alimenta manifiesta, en medio de su tejido de formas que se ramifican, hilos
cada vez más sutiles. Y es una nueva vida que renace, cada vez más profunda,
elocuente, enraizada.
Jamás
podrá esta alma que se ahorca dar alguna precisión, ya que el tormento que la
mata y la descarna, fibra tras fibra, ocurre por debajo del pensamiento, por
debajo de adonde puede llegar la lengua, puesto que es la ligadura misma de lo
que hace y que la mantiene espiritualmente aglomerada, que se rompe a medida
que la vida la llama a la constancia de la claridad. Nunca hay claridad en esa
pasión, en esa especie de martirio cíclico y fundamental. Y sin embargo vive,
pero con una duración con eclipses en la que lo huidizo se mezcla perpetuamente
a lo inmóvil, y lo confuso a esa lengua puntiaguda de una claridad sin
duración. Esa maldición posee una alta enseñanza para las profundidades que
ella ocupa, pero el mundo no ha de oir la lección.
La emoción que conlleva
la eclosión de una forma, la adaptación de mis humores a la virtualidad de un
discurso sin duración es para mí un estado mucho más precioso que la
satisfacción de mi actividad.
Es la
piedra de toque de ciertas mentiras espirituales.
Esa especie de paso atrás
que da el espíritu más acá de la conciencia que lo fija, para ir en busca de la
emoción de la vida. Esa emoción que reside fuera del punto particular en que la
mente la busca, y que emerge con su densidad rica de formas, recién moldeada;
esa emoción que le da al espíritu el sonido conmovedor de la materia; toda el
alma se desliza en su molde y pasa en su fuego ardiente. Pero aún más que el
fuego, lo que transporta el alma es la limpidez, la facilidad, lo natural y la
glacial candidez, esa materia demasiado fresca cuyo soplo ambiguo es ora
caliente ora frío.
Ése sabe
lo que la aparición de esa materia significa y de que subterránea masacre su
eclosión es el precio. Esa materia es el patrón de una nada que se ignora.
Cuando me
pienso, mi pensamiento se busca en el éter de un nuevo espacio. Estoy en la
luna como otros están en su balcón. Participo en la gravitación planetaria con
las grietas de mi espíritu.
La vida va
a hacerse, los acontecimientos van a desarrollarse, los conflictos espirituales
van a resolverse, y yo no participaré en nada de eso. Nada tengo para esperar,
ni del lado físico ni del lado moral. Para mí es el dolor perpetuo y la sombra,
la noche del alma, y ni siquiera tengo una voz para gritar.
Dilapidad
vuestras riquezas lejos de este cuerpo insensible al que ya ninguna estación,
ni espiritual ni sensual, le hace nada.
Yo he elegido el terreno
del dolor y de la sombra como otros eligen el del resplandor y el de la
acumulación de la materia.
Yo no trabajo en la
extensión de ningún terreno.
Sólo trabajo en la
duración.
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