Sobre el Blog

Bienvenido a Cultus Sapientiae.

Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.

Búsqueda interna

Antón Chéjov - ¡Qué público!


          -¡Basta! ¡Ya no vuelvo a beber!... Por nada del mundo. Tiempo es de 
     ponerme al trabajo... ¿Te gusta recibir tu sueldo? Pues trabaja 
     honradamente, con celo, sin tregua ni reposo. Acaba de una vez con las 
     granujerías... Te has acostumbrado a cobrar tu paga en balde, y esto es 
     malo...; esto no es honrado...
          Luego de haberse hecho tales razonamientos, el jefe del tren, 
     Podtiaguin, siente un deseo invencible de trabajar. Son casi las dos de la 
     madrugada, mas, a pesar de lo temprano de la hora, despierta a los 
     conductores y va con ellos por los vagones para revisar los billetes.
          -¡Los billetes! -exclama alegremente, haciendo sonar el taladro.
          Los viajeros, dormidos en la penumbra de la luz atenuada, se 
     sobresaltan y le pasan los billetes.
          -¡El billete! -dice Podtiaguin dirigiéndose a un pasajero de segunda 
     clase, hombre flaco, venoso, envuelto en una manta y pelliza y rodeado de 
     almohadas.
          -¡El billete!
          El hombre flaco no contesta; duerme profundamente. El jefe del tren 
     le golpea en el hombro y repite con impaciencia:
          -¡El billete!
          El pasajero, asustado, abre los ojos y se fija con pavor en 
     Podtiaguin.
          -¿Qué? ¿Quién?
          -¿No me ha oído usted? ¡El billete! ¡Tenga la bondad de dármelo!
          -¡Dios mío ! -gime el hombre flaco, mostrando una faz lamentable-. 
     ¡Dios mío! ¡Padezco de reuma! Tres noches ha que no he podido conciliar el 
     sueño... He tomado morfina para dormirme y me sale usted... con los 
     billetes. ¡Es inhumano! ¡Es cruel! Si supiera usted lo que me cuesta 
     conseguir el sueño, no vendría usted a molestarme con esas majaderías... 
     ¡Esto es tonto y cruel! ¿Para qué le hace a usted falta mi billete? Esto 
     es inepto.
          Podtiaguin reflexiona si tiene que ofenderse o no; decide ofenderse.
          -¡No grite usted aquí! ¿Estamos acaso en una taberna?
          -En una taberna la gente es más humana -contesta el pasajero 
     tosiendo-. ¿Cuándo podré dormirme otra vez? Viajé por todos los países 
     extranjeros sin que nadie me pidiera el billete, y aquí es como si el 
     diablo les persiga a cada momento: «El billete. El billete».
          -En tal caso lárguese usted al extranjero, que le agrada tanto.
          -¡Lo que me dice usted es una estupidez! ¡No basta con que uno tenga 
     que soportar el calor y las corrientes de aire, hay que soportar también 
     ese formulismo!... ¿Para qué diablos necesita usted los billetes? ¡Qué 
     celo! Lo cual no impide que la mitad de los pasajeros vayan de balde.
          -Oiga usted, caballero -exclama Podtiaguin-; si no acaba de gritar y 
     molestar a los demás pasajeros, me veré obligado a hacerle bajar en la 
     primera estación y a levantar acta.
          -¡Es abominable! -murmuran los demás pasajeros-. Eso de no dejar en 
     paz a un hombre enfermo... ¡Acabe de una vez, en fin!
          -Pero si es el caballero, que me insulta -replica Podtiaguin-. ¡Está 
     bien; que se guarde el billete!
          Pero yo cumplía con mi deber, ya lo sabe usted...; si no fuera mi 
     deber... Pueden ustedes informarse..., preguntar al jefe de estación...
          Podtiaguin encoge los hombros y se aleja del enfermo. Al principio 
     sentíase ofendido y maltratado; pero después de haber recorrido dos o tres 
     vagones, su alma de jefe de tren experimenta cierta intranquilidad y algo 
     como un remordimiento.
          -Tienen razón; yo no tenía para qué despertar al enfermo. Pero no es 
     culpa mía. Ellos creen que lo hago por mi gusto; no saben que tal es mi 
     obligación. Si no me creen, pueden informarse cerca del jefe de estación.
          La estación. Parada de cinco minutos. En el coche de segunda clase 
     entra Podtiaguin, y detrás de él, con su gorra encarnada, aparece el jefe 
     de estación.
          -Este caballero pretende que no tengo derecho a pedirle el billete, y 
     hasta se ha enfadado. Le ruego, señor jefe, que le aclare si procedo por 
     obligación o por pasar el rato. ¡Caballero! -prosigue Podtiaguin 
     dirigiéndose al hombre flaco-. ¡Caballero!, si usted no me cree puede 
     interrogar al jefe de estación...
          El enfermo salta como picado por una avispa, abre los ojos y muestra 
     una cara compungida y se apoya en los cojines.
          -¡Dios mío! ¡He tomado el segundo polvo de morfina, que me calmó; iba 
     a coger el sueño, y otra vez!... ¡Otra vez el billete!... ¡Le suplico 
     tenga compasión de mí!
          -Interrogue al señor jefe, y verá usted entonces si tengo derecho, o 
     no, a pedir los billetes.
          -¡Esto es insoportable! ¡Tome usted su billete! ¡Le compraré, si 
     quiere todavía, otros cinco; pero déjeme que me muera en paz! ¿Es posible 
     que no haya sufrido usted alguna vez? ¡Qué gente tan insensible!
          -¡Es una mofa! -dice indignado un señor que viste uniforme militar-. 
     ¡No puedo explicarme de otro modo tamaña insistencia!
          -Déjelo -le dice el jefe de estación, frunciendo el ceño y tirándole 
     a Podtiaguin de la manga.
          Podtiaguin se encoge de hombros y camina lentamente detrás del jefe.
          -¿De qué sirve el ser complaciente? -añade con perplejidad-. Sólo 
     para que el viajero se tranquilice le he llamado al jefe, y en lugar de 
     agradecérmelo me regaña.
          Otra estación. Parada de diez minutos.
          Podtiaguin se va a la cantina a tomar un vaso de agua de Seltz. Se le 
     acercan dos caballeros de uniforme y le dicen:
          -¡Oiga usted, jefe del tren! Su proceder con el pasajero enfermo 
     indigna a todos los que lo hemos presenciado. Yo soy ingeniero y este 
     señor es coronel; le declaro que si no presenta usted sus excusas, 
     formularemos una queja contra usted a su jefe de línea, que es conocido 
     nuestro.
          -¡Pero, caballeros, es que yo..., es que él!...
          -No queremos explicaciones; le advertimos que si no presenta usted 
     sus excusas, tomaremos al enfermo bajo nuestra protección.
          -¡Está bien!... Perfectamente... le daré mis excusas..., si ustedes 
     lo desean.
          Media hora más tarde, Podtiaguin prepara su frase de excusas para 
     contentar al pasajero y no rebajar demasiado su dignidad. Hele aquí de 
     nuevo en el coche de segunda.
          -¡Caballero! -le dice-. ¡Caballero, escúcheme!
          El enfermo se estremece y salta.
          -¿Qué?
          -Es que yo quiero..., ¿cómo decirlo?..., ¿cómo explicarle?... No se 
     ofenda usted...
          -¡Ah!... ¡Agua!... -grita el enfermo, llevándose la mano al corazón-. 
     He tomado el tercer polvo de morfina..., me dormía, y otra vez... Dios 
     mío, ¿cuándo se acabará esta tortura?
          -Pero es que yo...; dispénseme...
          Basta...; hágame bajar en la primera estación... No puedo soportarlo 
     más... Me... muero...
          -¡Esto es abominable -exclaman voces desde el público-; váyase de 
     aquí! ¡Tendrá usted que responder de sus insolencias! ¡Váyase usted!
          Podtiaguin suspira hondamente y se marcha del vagón. En el coche de 
     los empleados siéntase rendido al lado de la mesa y prorrumpe en quejas.
          -¡Qué público! ¡Sea usted complaciente, conténtelos! ¿Cómo podrá uno 
     trabajar? Así sucede que uno lo abandona todo y se entrega a la bebida... 
     Cuando uno no hace nada, enójanse con él; si trabaja, igualmente se 
     enfadan con él... Beberé una copita...
          Podtiaguin absorbe de un golpe media botella de vodka, y no 
     reflexiona ya más ni en el trabajo, ni en su obligación, ni en la 
honradez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.