Son
las cinco. Un renombrado sabio ruso (le diremos sencillamente sabio) está
frente a su escritorio y se muerde las uñas.
-¡Esto
es indignante! -dice a cada momento, consultando su reloj-. ¡Es una falta de
respeto para con el tiempo y el trabajo ajenos!... ¡En Inglaterra, un sujeto
semejante no ganaría ni un centavo y moriría de hambre!... ¡Ya verás la que te
espera cuando vengas!
En
su necesidad de descargar sobre alguien su enojo e impaciencia, el sabio se
acerca a la habitación de su mujer y golpea en la puerta con los nudillos.
-¡Escucha,
Katia! -dice indignado-. Cuando veas a Piotr Dnilich, comunícale que las
personas decentes no actúan de esa manera. ¡Es un asco!... ¡Me recomienda a un
escribiente, y no sabe lo que me recomienda!... ¡Ese jovenzuelo, con toda puntualidad,
se retrasa todos los días dos o tres horas!... ¿Qué manera de portarse un escribiente
es esa?... ¡Para mí, esas dos o tres horas son más preciosas que para
cualquier otro dos o tres años!... ¡Cuando llegue pienso tratarlo como a un
perro!... ¡No le pagaré y lo echaré de aquí! ¡Con semejantes personas no
pueden gastarse ceremonias!
-Eso
lo dices todos los días, pero él sigue viniendo y viniendo...
-¡Pues
hoy lo he decidido! ¡Ya he perdido bastante por su culpa!... ¡Tendrás que
perdonarme, pero pienso reñirle como se riñe a un cochero!...
He
aquí que suena un timbre. El sabio pone cara seria, yergue su figura y, alzando
la cabeza, se encamina al vestíbulo. En este, junto al perchero, se encuentra
ya su escribiente. Iván Matveich, joven de unos dieciocho años, rostro
ovalado, imberbe, cubierto con un abrigo raído y sin chanclos. Tiene el aliento
entrecortado y, mientras se limpia con gran esmero los grandes y torpes zapatos
en el felpudo, se esfuerza en ocultar a la doncella el agujero en uno de ellos,
por el que asoma una media blanca. Al ver al sabio sonríe con esa larga,
prolongada y un tanto bobalicona sonrisa con que solamente sonríen los niños o
las personas muy ingenuas.
-¡Ah...
buenas tardes! -dice, ofreciendo una mano grande y mojada-. Qué... ¿se le pasó
lo de la garganta?
-¡Iván
Matveich! -dice el sabio con voz temblorosa, retrocediendo, y enlazando los
dedos-. ¡Iván Matveich! -luego, dando un salto hacia el escribiente le agarra
por un hombro y comienza a sacudirle débilmente-. ¿Qué es lo que está usted
haciendo conmigo... -prosigue con desesperación-, terrible y mala persona?...
¿Qué está usted haciendo? ¿Reírse?... ¿Se mofa usted, acaso de mí?... ¿Sí?...
El
semblante ovalado de Iván Matveich (que, a juzgar por la sonrisa que todavía
no ha acabado de deslizarse de su rostro, esperaba un recibimiento completamente
distinto) se alarga aún más al ver al sabio respirando indignación y, lleno de
asombro, abre la boca.
-¿Qué?...
¿Qué dice?... -pregunta.
-¡Con
que además pregunta usted que qué digo! -exclama alzando las manos-. ¡Sabiendo
como sabe usted lo precioso que me es el tiempo me viene con dos horas de
retraso! ¡No tiene usted temor de Dios!
-Es
que no vengo ahora de casa -balbucea Iván Matveich, desanudándose indeciso la
bufanda-. Era el santo de mi tía, y fui a verla... Vive a unas seis verstas de
aquí... ¡Si hubiera ido directamente desde mi casa... sería distinto!
-¡Reflexione
usted, Iván Matveich!... ¿Existe lógica en su proceder?... ¡Aquí hay trabajo,
asuntos urgentes..., y usted se va a felicitar a sus tías por sus santos!...
¡Oh!... ¡Desátese más de prisa esa absurda bufanda!... ¡En fin, que todo esto
es intolerable!
Y
el sabio se acerca de otro salto al escribiente y le ayuda a destrabar la
bufanda.
-¡Es
usted peor que una baba!... ¡Bueno! ¡Venga ya! ¡Más rápido, por favor!
Sonándose
con un arrugado y sucio pañuelo y estirándose el saco gris, Iván Matveich, tras
atravesar la sala y el salón, penetra en el despacho. En este hace tiempo que
le ha sido preparado sitio, papel y hasta cigarrillos.
-¡Siéntese!
¡Siéntese! -le mete prisa el sabio, frotándose las manos impacientemente.
¡Hombre insoportable! ¡Sabe usted lo apremiante que es el trabajo y se retrasa
de esta manera! ¡Sin querer, tiene uno que regañar! Bueno, ¡escriba!... ¿Dónde
quedamos?
Iván
Matveich se atusa los cabellos, duros como crines, desigualmente cortados, y
toma la lapicera. El sabio, paseándose de un lado a otro y reconcentrándose,
comienza a dictar:
"Es
el hecho (coma) que algunas de las que podríamos llamar formas fundamentales...
(¿Ha escrito usted formas?...) sólo se condicionan según el sentido de aquellos
principios (coma) que en sí mismos encuentran su expresión y sólo en ellos
pueden encarnarse. (Aparte. Ahí punto, como es natural). Las más
independientes son..., son aquellas formas que presentan un carácter no tanto
político (coma) como social."
-Ahora
los colegiales llevan otro uniforme. El de ahora es gris -{dice Iván Matveich-.
Cuando yo estudiaba era diferente.
-¡Ah!...
¡Escriba, por favor! -se enoja el sabio-. ¿Ha escrito usted social?... "En
cuanto no se refiere a regularización, sino a perfeccionamiento de las
funciones de estado (coma), no puede decirse que estas se distinguen sólo por
las características de sus formas... ¡Eso!... Sí..." Las tres últimas
palabras van entrecomilladas... ¿Qué me decía usted antes del colegio?
-Que
en mis tiempos llevábamos otro uniforme.
-¡Ah...
sí! Y usted... ¿hace mucho que ha dejado el colegio?
-Sí,
se lo decía ayer. Hace tres años que no estudio... Lo dejé en cuarto año.
-¿Y
por qué dejó usted el colegio? - pregunta el sabio, echando una mirada sobre lo
escrito por Iván Matveich.
-Pues
porque sí... Por cuestiones absolutamente particulares.
-¡Otra
vez tengo que volvérselo a decir: Iván Matveich!... ¿Cuándo dejará usted de
alargar tanto los renglones?... ¡No debe haber más de cuarenta letras en cada
renglón!
-¿Cree
usted, acaso, que lo hago a propósito? -se ofende Iván Matveich-. ¡Otros, en
cambio, llevan menos de cuarenta! ¡Cuéntelas! ¡Si le parece que lo hago
adrede, puede quitármelo de la paga!
-¡Ah!...
¡No se trata de eso!... ¡Qué poca delicadeza tiene usted! ¡Enseguida se pone a
hablar de dinero!... ¡El esmero es lo que importa, Iván Matveich!... ¡Lo que
importa es el esmero!... ¡Tiene usted que acostumbrarse al esmero!
La
doncella entra en el despacho, trayendo una bandeja que contiene dos vasos de
té y una cestita con tostadas secas... Iván Matveich toma torpemente su vaso
con ambas manos y empieza de inmediato a bebérselo. El té está demasiado
caliente y, para no quemarse los labios, Iván Matveich lo bebe a sorbitos. Se
come primero una tostada; luego otra; después una tercera, y, turbado y mirando
de reojo al sabio, tiende la mano hacia la cuarta. Sus ruidosos sorbos, su
glotona manera de mascar y la expresión de codicia hambrienta de sus cejas
alzadas irritan al sabio.
-¡Dese
prisa! ¡El tiempo es precioso!
-Siga
dictándome. Puedo beber y escribir al mismo tiempo... Le confieso que tenía
hambre.
-¿Vendrá
usted a pie seguramente?
-Sí...
¡Y qué mal tiempo hace!... Por este tiempo, en mi tierra, huele ya a
primavera... En todas partes hay charcos de la nieve que se derrite...
-¿Es
usted del Sur?
-Soy
de la región del Don... En el mes de marzo ya es enteramente primavera. Aquí,
en cambio, no hay más que hielo y nieve; todo el mundo va con un abrigo...
Allí, hierbita fresca... Como por todas partes está seco, hasta se pueden
agarrar tarántulas.
-¿Y
por qué agarrar tarántulas?
-¡Porque
sí!... ¡Por hacer algo! -dice suspirando Iván Matveich-. Es divertido
agarrarlas. Se pone en una hebra de hilo un pedacito de resina, se mete en el
nido y se la golpea en el caparazón. La muy maldita, entonces, se enoja y toma
la resina con las patitas; pero se queda pegada... ¡Qué no habremos hecho con
ellas! A veces llenábamos una palangana hasta arriba y soltábamos dentro una
bijorka.
-¿Qué
es una bijorka?
-¡Una
araña que se llama así!... Pertenece a una especie parecida a la de las
tarántulas. ¡Ella sola, peleando, puede con muchas tarántulas!
-¿Sí?...
Pero, bueno... tenemos que escribir... ¿Dónde nos detuvimos?
El
sabio dicta otros cuarenta renglones, luego se sienta y se sumerge en la
meditación.
Desde
su asiento, Iván espera lo que van a decirle, estira el cuello y se esfuerza
en poner orden en el cuello de su camisa. La corbata no cae mal, pero como se
le ha soltado el pasador, el cuello se le abre a cada momento.
-¡Sí!...
dice el sabio- ¡Así es!... qué ¿todavía no ha encontrado usted un trabajo, Iván
Matveich?
-No...
¿Dónde va uno a encontrarlo?... ¿Sabe... yo?... Pienso sentar plaza en un
regimiento... Mi padre me aconseja que me haga dependiente de botica.
-Sí...
Pero ¿no sería mejor que ingresara usted en la Universidad?... El examen es
difícil, pero con paciencia y un trabajo perseverante se puede llegar a
aprobar. ¡Estudie usted!... ¡Lea usted más! ¡Lea mucho!
-La
verdad es que... tengo que confesar que leo poco -dice Iván Matveich,
encendiendo un cigarrillo.
-¿Ha
leído a Turgueniev?
-No.
-¿Y
a Gogol?
-¿A
Gogol?... ¡Hum!... ¿A Gogol?... No; no lo he leído.
-¡Iván
Matveich! ¿No le da vergüenza?... ¡Ay, ay, ay, ay!... ¡Cómo un muchacho tan
bueno!... ¡Con tanta originalidad como hay en usted, y que resulte que ni
siquiera ha leído a Gogol!... ¡Tiene que leerlo! ¡Yo se lo daré! ¡Léalo sin
falta! ¡Si no lo lee, pelearemos!
De
nuevo se produce un silencio. Medio tumbado en un cómodo diván, medita el
sabio, mientras Iván Matveich, dejando al fin tranquilo su cuello, pone toda su
atención en sus zapatos. No se había dado cuenta de que bajo sus pies, a causa
de la nieve derretida, se habían formado dos grandes charcos. Se siente
avergonzado.
-¡Me
parece Iván Matveich, que también es usted aficionado a cazar jilgueros!
-¡Eso
en otoño!... ¡Aquí no cazo, pero allí, en mi casa, solía cazar!
-¿Sí?...
Bien... Pero, bueno, de todos modos, tenemos que escribir.
El
sabio se levanta decidido y empieza a dictar, pero después de escritos los diez
primeros renglones, se vuelve a sentar en el diván.
-No...
Tendremos que dejarlo ya hasta mañana por la mañana -dice-. Venga usted
mañana por la mañana. Pero ¡eso sí..., temprano! Sobre las nueve... ¡Dios lo
libre de retrasarse!
Iván
Matveich deja la pluma, se levanta de la mesa y va a sentarse en otra silla.
Cuando han pasado unos cinco minutos en silencio, empieza a sentir que ya le ha
llegado la hora de marcharse, que ya está allí de más...; pero ¡el despacho
del sabio es tan agradable..., tan luminoso y templado!... ¡El efecto de las
tostadas secas y del té dulce está todavía tan reciente..., que su corazón se
estremece sólo al pensar en su casa!... En su casa hay pobreza, hambre, frío,
un padre gruñón... ¡Echan en cara lo que dan..., mientras que aquí hay tanta
tranquilidad!... ¡Y hasta quien se interesa por las tarántulas y los
jilgueros!...
El
sabio consulta la hora y toma el libro.
-¿Me
dará usted a Gogol, entonces? -pregunta, levantándose, Iván Matveich.
-Sí,
sí...; se lo daré. Pero ¿por qué tiene usted tanta prisa, amigo mío? ¡Quédese!
¡Cuénteme algo!
Iván
Matveich se sienta y sonríe con franqueza. Casi todas las tardes se la pasa
sentado en este despacho, percibiendo cada vez en la voz y en la mirada del sabio
algo verdaderamente afable, conmovido..., algo que le parece suyo. Hasta hay
veces, segundos, en los que le parece que el sabio está ligado a él; se ha
habituado tanto a su persona, que si le riñe por sus retrasos es sólo porque se
aburre sin su charla, sin sus tarántulas y sin todo aquello relacionado con el
modo de cazar jilgueros en la región del Don.
FIN
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