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Antón Chéjov - Iván Matveich

Son las cinco. Un renombrado sabio ru­so (le diremos sencillamente sabio) es­tá frente a su escritorio y se muerde las uñas.
-¡Esto es indignante! -dice a cada momento, consultando su reloj-. ¡Es una falta de respeto para con el tiempo y el trabajo ajenos!... ¡En Inglaterra, un su­jeto semejante no ganaría ni un centavo y moriría de hambre!... ¡Ya verás la que te espera cuando vengas!
En su necesidad de descargar sobre al­guien su enojo e impaciencia, el sabio se acerca a la habitación de su mujer y gol­pea en la puerta con los nudillos.
-¡Escucha, Katia! -dice indignado-. Cuando veas a Piotr Dnilich, comunícale que las personas decentes no actúan de esa manera. ¡Es un asco!... ¡Me recomienda a un escribiente, y no sabe lo que me reco­mienda!... ¡Ese jovenzuelo, con toda pun­tualidad, se retrasa todos los días dos o tres horas!... ¿Qué manera de portarse un escri­biente es esa?... ¡Para mí, esas dos o tres ho­ras son más preciosas que para cualquier otro dos o tres años!... ¡Cuando llegue pien­so tratarlo como a un perro!... ¡No le paga­ré y lo echaré de aquí! ¡Con semejantes per­sonas no pueden gastarse ceremonias!
-Eso lo dices todos los días, pero él sigue viniendo y viniendo...
-¡Pues hoy lo he decidido! ¡Ya he perdido bastante por su culpa!... ¡Tendrás que perdonarme, pero pienso reñirle co­mo se riñe a un cochero!...
He aquí que suena un timbre. El sabio pone cara seria, yergue su figura y, alzando la cabeza, se encamina al vestíbulo. En este, junto al perchero, se encuentra ya su escri­biente. Iván Matveich, joven de unos diecio­cho años, rostro ovalado, imberbe, cubierto con un abrigo raído y sin chanclos. Tiene el aliento entrecortado y, mientras se limpia con gran esmero los grandes y torpes zapa­tos en el felpudo, se esfuerza en ocultar a la doncella el agujero en uno de ellos, por el que asoma una media blanca. Al ver al sabio sonríe con esa larga, prolongada y un tanto bobalicona sonrisa con que solamente son­ríen los niños o las personas muy ingenuas.
-¡Ah... buenas tardes! -dice, ofre­ciendo una mano grande y mojada-. Qué... ¿se le pasó lo de la garganta?
-¡Iván Matveich! -dice el sabio con voz temblorosa, retrocediendo, y enlazando los dedos-. ¡Iván Matveich! -luego, dando un salto hacia el escribiente le aga­rra por un hombro y comienza a sacudirle débilmente-. ¿Qué es lo que está usted haciendo conmigo... -prosigue con de­sesperación-, terrible y mala persona?... ¿Qué está usted haciendo? ¿Reírse?... ¿Se mofa usted, acaso de mí?... ¿Sí?...
El semblante ovalado de Iván Mat­veich (que, a juzgar por la sonrisa que to­davía no ha acabado de deslizarse de su rostro, esperaba un recibimiento comple­tamente distinto) se alarga aún más al ver al sabio respirando indignación y, lleno de asombro, abre la boca.
-¿Qué?... ¿Qué dice?... -pregunta.
-¡Con que además pregunta usted que qué digo! -exclama alzando las ma­nos-. ¡Sabiendo como sabe usted lo pre­cioso que me es el tiempo me viene con dos horas de retraso! ¡No tiene usted te­mor de Dios!
-Es que no vengo ahora de casa -bal­bucea Iván Matveich, desanudándose in­deciso la bufanda-. Era el santo de mi tía, y fui a verla... Vive a unas seis verstas de aquí... ¡Si hubiera ido directamente desde mi casa... sería distinto!
-¡Reflexione usted, Iván Matveich!... ¿Existe lógica en su proceder?... ¡Aquí hay trabajo, asuntos urgentes..., y usted se va a felicitar a sus tías por sus santos!... ¡Oh!... ¡Desátese más de prisa esa absur­da bufanda!... ¡En fin, que todo esto es in­tolerable!
Y el sabio se acerca de otro salto al escri­biente y le ayuda a destrabar la bufanda.
-¡Es usted peor que una baba!... ¡Bue­no! ¡Venga ya! ¡Más rápido, por favor!
Sonándose con un arrugado y sucio pañuelo y estirándose el saco gris, Iván Matveich, tras atravesar la sala y el salón, penetra en el despacho. En este hace tiempo que le ha sido preparado sitio, pa­pel y hasta cigarrillos.
-¡Siéntese! ¡Siéntese! -le mete prisa el sabio, frotándose las manos impacien­temente. ¡Hombre insoportable! ¡Sabe usted lo apremiante que es el trabajo y se retrasa de esta manera! ¡Sin querer, tiene uno que regañar! Bueno, ¡escriba!... ¿Dónde quedamos?
Iván Matveich se atusa los cabellos, duros como crines, desigualmente corta­dos, y toma la lapicera. El sabio, paseán­dose de un lado a otro y reconcentrándo­se, comienza a dictar:
"Es el hecho (coma) que algunas de las que podríamos llamar formas fundamenta­les... (¿Ha escrito usted formas?...) sólo se condicionan según el sentido de aquellos principios (coma) que en sí mismos encuen­tran su expresión y sólo en ellos pueden en­carnarse. (Aparte. Ahí punto, como es natu­ral). Las más independientes son..., son aquellas formas que presentan un carácter no tanto político (coma) como social."
-Ahora los colegiales llevan otro unifor­me. El de ahora es gris -{dice Iván Mat­veich-. Cuando yo estudiaba era diferente.
-¡Ah!... ¡Escriba, por favor! -se enoja el sabio-. ¿Ha escrito usted social?... "En cuanto no se refiere a regularización, sino a perfeccionamiento de las funciones de estado (coma), no puede decirse que estas se distinguen sólo por las características de sus formas... ¡Eso!... Sí..." Las tres últimas palabras van entrecomilladas... ¿Qué me decía usted antes del colegio?
-Que en mis tiempos llevábamos otro uniforme.
-¡Ah... sí! Y usted... ¿hace mucho que ha dejado el colegio?
-Sí, se lo decía ayer. Hace tres años que no estudio... Lo dejé en cuarto año.
-¿Y por qué dejó usted el colegio? - pregunta el sabio, echando una mirada sobre lo escrito por Iván Matveich.
-Pues porque sí... Por cuestiones ab­solutamente particulares.
-¡Otra vez tengo que volvérselo a de­cir: Iván Matveich!... ¿Cuándo dejará us­ted de alargar tanto los renglones?... ¡No debe haber más de cuarenta letras en ca­da renglón!
-¿Cree usted, acaso, que lo hago a pro­pósito? -se ofende Iván Matveich-. ¡Otros, en cambio, llevan menos de cua­renta! ¡Cuéntelas! ¡Si le parece que lo hago adrede, puede quitármelo de la paga!
-¡Ah!... ¡No se trata de eso!... ¡Qué poca delicadeza tiene usted! ¡Enseguida se pone a hablar de dinero!... ¡El esmero es lo que importa, Iván Matveich!... ¡Lo que importa es el esmero!... ¡Tiene usted que acostumbrarse al esmero!
La doncella entra en el despacho, tra­yendo una bandeja que contiene dos vasos de té y una cestita con tostadas secas... Iván Matveich toma torpemente su vaso con ambas manos y empieza de inmediato a bebérselo. El té está demasiado caliente y, para no quemarse los labios, Iván Matveich lo bebe a sorbitos. Se come primero una tostada; luego otra; después una tercera, y, turbado y mirando de reojo al sabio, tiende la mano hacia la cuarta. Sus ruidosos sor­bos, su glotona manera de mascar y la ex­presión de codicia hambrienta de sus cejas alzadas irritan al sabio.
-¡Dese prisa! ¡El tiempo es precioso!
-Siga dictándome. Puedo beber y es­cribir al mismo tiempo... Le confieso que tenía hambre.
-¿Vendrá usted a pie seguramente?
-Sí... ¡Y qué mal tiempo hace!... Por este tiempo, en mi tierra, huele ya a primavera... En todas partes hay charcos de la nieve que se derrite...
-¿Es usted del Sur?
-Soy de la región del Don... En el mes de marzo ya es enteramente prima­vera. Aquí, en cambio, no hay más que hielo y nieve; todo el mundo va con un abrigo... Allí, hierbita fresca... Como por todas partes está seco, hasta se pueden agarrar tarántulas.
-¿Y por qué agarrar tarántulas?
-¡Porque sí!... ¡Por hacer algo! -dice suspirando Iván Matveich-. Es divertido agarrarlas. Se pone en una hebra de hilo un pedacito de resina, se mete en el nido y se la golpea en el caparazón. La muy maldita, entonces, se enoja y toma la re­sina con las patitas; pero se queda pega­da... ¡Qué no habremos hecho con ellas! A veces llenábamos una palangana hasta arriba y soltábamos dentro una bijorka.
-¿Qué es una bijorka?
-¡Una araña que se llama así!... Per­tenece a una especie parecida a la de las tarántulas. ¡Ella sola, peleando, puede con muchas tarántulas!
-¿Sí?... Pero, bueno... tenemos que escribir... ¿Dónde nos detuvimos?
El sabio dicta otros cuarenta renglo­nes, luego se sienta y se sumerge en la meditación.
Desde su asiento, Iván espera lo que van a decirle, estira el cuello y se esfuer­za en poner orden en el cuello de su ca­misa. La corbata no cae mal, pero como se le ha soltado el pasador, el cuello se le abre a cada momento.
-¡Sí!... dice el sabio- ¡Así es!... qué ¿todavía no ha encontrado usted un trabajo, Iván Matveich?
-No... ¿Dónde va uno a encontrar­lo?... ¿Sabe... yo?... Pienso sentar plaza en un regimiento... Mi padre me aconseja que me haga dependiente de botica.
-Sí... Pero ¿no sería mejor que ingre­sara usted en la Universidad?... El exa­men es difícil, pero con paciencia y un trabajo perseverante se puede llegar a aprobar. ¡Estudie usted!... ¡Lea usted más! ¡Lea mucho!
-La verdad es que... tengo que confe­sar que leo poco -dice Iván Matveich, encendiendo un cigarrillo.
-¿Ha leído a Turgueniev?
-No.
-¿Y a Gogol?
-¿A Gogol?... ¡Hum!... ¿A Gogol?... No; no lo he leído.
-¡Iván Matveich! ¿No le da vergüen­za?... ¡Ay, ay, ay, ay!... ¡Cómo un mucha­cho tan bueno!... ¡Con tanta originalidad como hay en usted, y que resulte que ni siquiera ha leído a Gogol!... ¡Tiene que leerlo! ¡Yo se lo daré! ¡Léalo sin falta! ¡Si no lo lee, pelearemos!
De nuevo se produce un silencio. Me­dio tumbado en un cómodo diván, medita el sabio, mientras Iván Matveich, dejando al fin tranquilo su cuello, pone toda su atención en sus zapatos. No se había dado cuenta de que bajo sus pies, a causa de la nieve derretida, se habían formado dos grandes charcos. Se siente avergonzado.
-¡Me parece Iván Matveich, que tam­bién es usted aficionado a cazar jilgueros!
-¡Eso en otoño!... ¡Aquí no cazo, pe­ro allí, en mi casa, solía cazar!
-¿Sí?... Bien... Pero, bueno, de todos modos, tenemos que escribir.
El sabio se levanta decidido y empieza a dictar, pero después de escritos los diez primeros renglones, se vuelve a sentar en el diván.
-No... Tendremos que dejarlo ya has­ta mañana por la mañana -dice-. Ven­ga usted mañana por la mañana. Pero ¡eso sí..., temprano! Sobre las nueve... ¡Dios lo libre de retrasarse!
Iván Matveich deja la pluma, se levan­ta de la mesa y va a sentarse en otra silla. Cuando han pasado unos cinco minutos en silencio, empieza a sentir que ya le ha llegado la hora de marcharse, que ya es­tá allí de más...; pero ¡el despacho del sa­bio es tan agradable..., tan luminoso y templado!... ¡El efecto de las tostadas se­cas y del té dulce está todavía tan recien­te..., que su corazón se estremece sólo al pensar en su casa!... En su casa hay po­breza, hambre, frío, un padre gruñón... ¡Echan en cara lo que dan..., mientras que aquí hay tanta tranquilidad!... ¡Y has­ta quien se interesa por las tarántulas y los jilgueros!...
El sabio consulta la hora y toma el libro.
-¿Me dará usted a Gogol, entonces? -pregunta, levantándose, Iván Matveich.
-Sí, sí...; se lo daré. Pero ¿por qué tie­ne usted tanta prisa, amigo mío? ¡Quéde­se! ¡Cuénteme algo!
Iván Matveich se sienta y sonríe con franqueza. Casi todas las tardes se la pasa sentado en este despacho, percibiendo cada vez en la voz y en la mirada del sa­bio algo verdaderamente afable, conmo­vido..., algo que le parece suyo. Hasta hay veces, segundos, en los que le parece que el sabio está ligado a él; se ha habituado tanto a su persona, que si le riñe por sus retrasos es sólo porque se aburre sin su charla, sin sus tarántulas y sin todo aque­llo relacionado con el modo de cazar jil­gueros en la región del Don.




FIN

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