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Antón Chéjov - En la administración de correos


          La joven esposa del viejo administrador de Correos Hattopiertzof 
     acababa de ser inhumada. Después del entierro fuimos, según la antigua 
     costumbre, a celebrar el banquete funerario. Al servirse los buñuelos, el 
     anciano viudo rompió a llorar, y dijo:
          -Estos buñuelos son tan hermosos y rollizos como ella.
          Todos los comensales estuvieron de acuerdo con esta observación. En 
     realidad era una mujer que valía la pena.
          -Sí; cuantos la veían quedaban admirados -accedió el administrador-. 
     Pero yo, amigos míos, no la quería por su hermosura ni tampoco por su 
     bondad; ambas cualidades corresponden a la naturaleza femenina, y son 
     harto frecuentes en este mundo. Yo la quería por otro rasgo de su 
     carácter: la quería -¡Dios la tenga en su gloria!- porque ella, con su 
     carácter vivo y retozón, me guardaba fidelidad. Sí, señores; érame fiel, a 
     pesar de que ella tenía veinte años y yo sesenta. Sí, señores; érame fiel, 
     a mí, el viejo.
          El diácono, que figuraba entre los convidados, hizo un gesto de 
     incredulidad.
          -¿No lo cree usted? -preguntóle el jefe de Correos.
          -No es que no lo crea; pero las esposas jóvenes son ahora 
     demasiado..., entendez vous...? sauce provenzale...
          -¿De modo que usted se muestra incrédulo? Ea, le voy a probar la 
     certeza de mi aserto. Ella mantenía su fidelidad por medio de ciertas 
     artes estratégicas o de fortificación, si se puede expresar así, que yo 
     ponía en práctica. Gracias a mi sagacidad y a mi astucia, mi mujer no me 
     podía ser infiel en manera alguna. Yo desplegaba mi astucia para vigilar 
     la castidad de mi lecho matrimonial. Conozco unas frases que son como una 
     hechicería. Con que las pronuncie, basta. Yo podía dormir tranquilo en lo 
     que tocaba a la fidelidad de mi esposa.
          -¿Cuáles son esas palabras mágicas?
          -Muy sencillas. Yo divulgaba por el pueblo ciertos rumores. Ustedes 
     mismos los conocen muy bien. Yo decía a todo el mundo: «Mi mujer, Alona, 
     sostiene relaciones con el jefe de Policía Zran Alexientch Zalijuatski». 
     Con esto bastaba. Nadie atrevíase a cortejar a Alona, por miedo al jefe de 
     Policía. Los pretendientes apenas la veían echaban a correr, por temor de 
     que Zalijuatski no fuera a imaginarse algo. ¡Ja! ¡Ja!... Cualquiera iba a 
     enredarse con ese diablo. El polizonte era capaz de anonadarlo, a fuerza 
     de denuncias. Por ejemplo, vería a tu gato vagabundeando y te denunciaría 
     por dejar tus animales errantes...; por ejemplo...
          -¡Cómo! ¿Tu mujer no estaba en relaciones con el jefe de Policía? 
     -exclaman todos con asombro.
          -Era una astucia mía. ¡Ja! ¡Ja!... ¡Con qué habilidad os llamé a 
     engaño!
          Transcurrieron algunos momentos sin que nadie turbara el silencio. 
     Nos callábamos por sentirnos ofendidos al advertir que este viejo gordo y 
     de nariz encarnada habíase mofado de nosotros.
          -Espera un poco. Cásate por segunda vez. Yo te aseguro que no nos 
     volverás a coger -murmuró alguien.

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