A
espingarada, © ?. Traducido por ? en Después de la bomba, Biblioteca Básica
de Ciencia Ficción 10, Ediciones Dronte, 1982.
Y volvemos a la tremenda lucha por la supervivencia. André Carneiro es el autor brasileño de ciencia ficción más conocido en todo el mundo, y sus obras han sido traducidas al francés, inglés, sueco... y español, por supuesto. Su visión del «después de la bomba» que nos presenta aquí es tremendamente amarga, pero tremendamente realista también. Y nos plantea una verdad tan terrible como cierta sobre la raza humana: el hombre es un animal solitario, y el instinto de supervivencia es gregario. El día en que estallen las bombas, el hombre se convertirá en un lobo para sus hermanos. Y ahí, quizá, más que en la propia bomba, esté el germen de la destrucción de la humanidad.
Silencio. Hasta donde alcanzaba su vista,
centenares de coches parados en la avenida. Se desviaba por entre ellos, la
mano rozando carrocerías cubiertas de polvo. Neumáticos deshinchados, manchas
de aceite hechas gota a gota en el suelo de asfalto. Se inclinó sobre un
parachoques lleno de barro reseco. Crecían allí pequeñas hojas, las raíces
descubiertas desviándose entre la herrumbre que avanzaba. Continuó andando
hacia adelante, deteniéndose de vez en cuando. El paisaje era el mismo desde
hacía mucho tiempo. Al lado había un coche convertible, la llave de puesta en
marcha en su lugar, la puerta abierta, la tapicería desgarrada por el viento,
los cristales sucios y opacos. Al apoyarse en su parte delantera, la carrocería
hizo un ruido de juntas desvencijadas. A ambos lados había casas de lujo, con
jardines vallados. Los matojos invadían los paseos, verde mezclado con hojas
secas, transformando las construcciones en islas tristes y olvidadas.
Miraba vagamente, pero era preciso avanzar,
descubrir algo. Las nubes ponían sombras rápidas, pasando por sobre los
automóviles en dirección al centro de la ciudad. Palpó sus bolsillos, en el
gesto de buscar un cigarrillo. Se habían terminado. Entró en un coche, abrió la
guantera. Vacía. Apretó el botón de puesta en marcha. La batería, sin uso, no
producía chispa. Salió, subiendo por la avenida, mirando hacia los lados, como
si alguien escondido pudiera venir a su encuentro.
Necesitaba cigarrillos. En la calle transversal
había un bar. Se aproximó cautelosamente. A algunos metros de la puerta sintió
el olor. Resolvió buscar en los automóviles, ahora más espaciados. Se acercaba,
espiaba el interior, abría la puerta. Encontraba documentos, piezas de
repuesto. Lo echaba a un lado. Al cuarto intento descubrió un paquete cerrado.
Estaba viejo, pero no importaba. Se había acostumbrado ya a aquel sabor, que le
parecía igual al de siempre. Se recostó en un banco para fumar. Se sobresaltaba
cuando las hojas de papel eran arrastradas por el viento, cuando los batientes
sueltos de alguna ventana restallaban con un ruido seco. Si pudiera usar un
automóvil, haría cientos de kilómetros por día. Ya perdió mucho tiempo
arreglando baterías, transportando gasolina, hinchando neumáticos. Estos eran
los más difíciles. No había electricidad para los compresores. Anduvo
kilómetros para descubrir una bomba manual. Después de mucha lucha, el
automóvil funcionó. Sorteaba los obstáculos, subiéndose a las aceras, empujando
a golpes lo que le impedía el camino. Cuando el bloqueo era infranqueable
retrocedía, seguía otras calles, daba rodeos, llevando todo un día para avanzar
una pequeña distancia.
En las carreteras era peor. Postes caídos,
camiones, cargas abandonadas, impedían el paso. Avanzaba sin cuidado, golpeando
lo que encontraba. Abandonó el coche por una motocicleta. Por más que la
cuidaba, tenía dificultades con el motor. Cayó en un hoyo inesperado, dejándola
allí mismo. La pierna, herida, tardó en sanar. Cargó una bicicleta de latas de
alimentos y botellas de refrescos para matar la sed. Las ventajas no
compensaban el cansancio, las variaciones de itinerario, la imposibilidad de
trasponer lugares llenos de detritus, edificios derrumbados por los incendios
que nadie había apagado. Se conformó con andar a pie. En el centro de la ciudad
dejó incluso el saco de vituallas. Andaba con las manos libres, cuando quería
comer o beber tan solo tenía que soportar el olor. Había bares y tiendas de
comestibles por todas partes. Hizo una máscara improvisada con algodón, donde
ponía unas gotas de desinfectante. Los cadáveres yacían por los rincones,
trapos, brazos retorcidos. A veces tenía que apartarlos del camino, saltar
hasta los mostradores o estantes donde polvorientas botellas de refrescos le daban
de beber. Las comidas enlatadas no le hacían bien. Llevaba en los bolsillos
frascos de píldoras tomados de las farmacias, vitaminas y fortificantes con los
cuales procuraba equilibrar su dieta.
Pasó su mano por el rostro barbudo.
Recomenzó la búsqueda. Vitrinas y espejos reflejaban un mendigo melenudo y
sucio. Tenía miedo de limpiarse con agua. Lo hacía con alcohol o perfumes,
embebidos en algodón. Entraba en las casas lentamente. Evitaba mirar a los
cadáveres, tibias al descubierto, profundos ojos sin pupila. Sabía dónde
encontraría gente muerta. Percibía de lejos el olor pesado, miasmas de
sepultura cerrada que lo envolvían como tela de araña, golpeándole en el
rostro, en las manos que palpaban el camino...
No respiraba a pleno pulmón. Huía del olor
que surgía en cualquier lugar, destruyéndole el instante de las comidas, hechas
en horas y lugares imprevistos. Perdió la noción de los días. No le serviría de
nada contarlos. Daba cuerda al reloj de pulsera, pero no tenía punto de
referencia para ponerlo en hora.
Las negras nubes cubrían el cielo. Se
levantó y continuó andando. A los primeros goterones, se refugió en la puerta
de un gran edificio. Se enjugó dos gotas que lo habían alcanzado. Temía al
agua, era veneno penetrando en su piel. Las gotas se multiplicaron, una lluvia
torrencial lo cubrió todo. La puerta de vidrio del portal estaba abierta. La
empujó, mirando hacia fuera. Dejó una de las hojas entreabiertas. Del fondo
venía el olor inconfundible. Con la cabeza pegada al cristal, miraba a la
calle. La cortina de agua golpeaba en los automóviles, la pintura brillaba otra
vez. Vio a un chiquillo muerto que era arrastrado por las aguas. En los hilos
eléctricos se formaban cadenas de gotas. Llovía desde hacía horas, y él estaba
preso allí. Tenía que procurarse comida y no quería explorar el edificio,
enfrentarse con cocinas llenas de moho, cadáveres de bruces en las mesas,
arrinconados tras las puertas.
Miraba la humedad avanzando poco a poco,
como manecillas de reloj. Sintió un asomo de debilidad, se sentó en el suelo.
No había alternativa. Necesitaba comer. Sacó del abultado bolsillo un pañuelo
con un pedazo de gasa y algodón y se lo colocó en la nariz. La respiración era
más difícil, el olor del desinfectante áspero. Subió por las escaleras. La luz
mortecina de la tarde iluminaba los corredores. Había sillas rotas, maletas
abandonadas, piezas de ropa. Entró en un apartamento del segundo piso. Dos
cucarachas salían corriendo. Jadeando tras su máscara, miró a su alrededor. A
un lado, un diván, ocupado por un bulto envuelto en un cobertor. Cerca del
suelo pendían dos zapatos, sujetos por cartílagos. Desvió la vista, caminó
hacia una puerta que debía llevar a la cocina. Más cucarachas cruzaban frente a
él, sin dirección, como si estuviesen atontadas. Corrían por las paredes, caían
al suelo, deslizándose para todos lados. Encontró una escoba. Fue blandiéndola
ante él, contra las cucarachas más excitadas, centenares de ellas, saliendo de
debajo de los muebles, por las rendijas de las puertas, marcando minúsculos rastros
en el polvo del suelo, con un ruido áspero. Se subían por la escoba, y él
desviaba los pies, procurando escapar con pasos largos, aplastándolas con los
zapatos. Apenas podía andar, se volvían millares, agitándose en las superficies
como una pesadilla. Gritaba mientras blandía la escoba, golpeando aquel
ejército de patas. Su voz atravesaba los corredores, se perdía allá afuera, con
el chubasco invadiendo las calles. No llegó hasta la cocina. Retrocedió a
saltos, sacudiéndose los bichos que se le subían por las piernas, procurando
entrar por las mangas, sus manos amasando cuerpos atontados corriendo por sus
ropas.
Salió del apartamento, descendió las
escaleras saltándose los peldaños, se dirigió hacia la puerta de vidrio.
Jadeaba a través de la máscara, con un sonido ronco. Se sacudía la chaqueta,
casi se sacó la ropa hasta saber que ya no había ningún insecto. La lluvia
había cesado. Se sentó en el zaguán, despejado y tranquilo. Ya no veía
cucarachas. Inclinó la cabeza hacia el pecho, se quitó la máscara. Junto con el
aire húmedo entró en sus pulmones el pesado olor, una nube invisible saliendo
por las rendijas, arrastrándose de cuarto en cuarto, descendiendo por las
escaleras, hasta ser llevado por el viento a través de los árboles y los
espacios abiertos.
El cielo, libre de nubes, dejó pasar el Sol,
poniendo brillos de cristales en las sucias claraboyas. Salió afuera. Subió por
la calle, en busca de algo para comer. Disminuía el rumor del chubasco. Una luz
rojiza hacía destacar las fachadas, los automóviles, las gotas deslizándose por
los hilos eléctricos. Se detuvo ante un colmado. En la puerta, una bandeja con
restos de frutas apiladas, comidas por gusanos amarillentos. Nuevamente con la
máscara, saltó los obstáculos hasta llegar a los anaqueles. Escogió las latas y
botellas que necesitaba. Fue hacia la calle, buscando un lugar dónde comer.
Generalmente penetraba en apartamentos, restaurantes, allí donde hubiera un
fuego que se pudiera encender para calentar la comida. Pero la noche se
aproximaba. Resolvió comer frío lo que había encontrado.
Masticó aprisa, sin sentir el gusto,
cerrando los ojos, procurando no pensar en nada. Metió en un saco las latas que
no había abierto, las botellas de agua mineral, suficientes para alimentarle
por un par de días. Llegó a la parte alta de la ciudad. Avistó el campo en la
distancia. Encorvado, el saco a cuestas, se aproximó a un enorme camión. Lo
rodeó cautelosamente. La puerta estaba abierta. Había una pequeña cama en la
cabina. Sabía ajustaría. Entró, cerró la puerta, dejando una rendija en los
cristales. La temperatura descendía de madrugada, cuando estaba en lo más
profundo del sueño. Se las arregló como pudo, cerró los ojos. Era el momento
más difícil. Mientras había luz y tenía que cuidarse por si mismo, procurarse
agua y comida, los pensamientos se dispersaban, la situación le parecía un
intervalo absurdo que luego terminaría. La obscuridad era completa. Llevaba una
linterna eléctrica, pilas de reserva. La fugaz claridad de la lámpara ayudaba
sin embargo poco. El túnel de luz se hacía sólido, paredes negras aislando lo
único que quedaba vivo en el mundo. ¿Habría alguien más? Tenía la certeza de
que sí, se repetía argumentos en voz alta, con la convicción del náufrago que
escruta el horizonte y ve incluso en las gaviotas al navío salvador.
Cerrar los ojos y dormir. Conservar la salud
mental, descansar, dormir. Ser práctico, objetivo, controlado. Continuar
buscando, frío, implacable, paciente. Gritaba, agitado, haciendo oscilar el
foco de la linterna. Los faroles distantes le devolvían reflejos rojizos. Se
agitaba en la improvisada cama, cerraba los ojos, «voy a dormir, debo dormir».
La infancia le saltaba a la memoria, la adolescencia, sobre todo las mujeres...
¿Cuántos kilómetros había recorrido? Hacía cálculos, cuyo resultado olvidaba en
seguida. No conseguiría dormir con los músculos agarrotados. Tenía que ir hacia
adelante, con determinación, hasta descubrir el rumbo adecuado. Una vez vio
humo en el horizonte, se lanzó hacia allá con la esperanza de encontrar a alguien
con quien unirse, intercambiar ideas, continuar juntos en busca de otros.
Descubrió un incendio ya casi consumido, y muertos, pies retorcidos, hormigas
subiendo por los cabellos. Daba vueltas en la estrecha cama, despertándose al
más pequeño ruido, sintiéndose atormentado por las pesadillas. Así hasta la madrugada.
La mañana mostró un Sol pálido en aquel suburbio. El viento levantaba el pesado
aire, arrastrando papeles en su dirección. Volaban lentamente, blancos,
impresos o mecanografiados, documentos que fueran motivo de trabajo y
preocupaciones, ahora sin ninguna importancia.
Tomó una lata de leche condensada de la
bolsa de los alimentos. La abrió con cuidado, midiendo los gestos. No podía
arriesgarse a herirse un dedo. Su vida dependía de sus manos. Mezcló leche con
un resto de agua mineral. Tomó galletas de una lata, y comenzó a comer. Miró
hacia el horizonte. Sus límites eran cortos. Nada le llegaba, a no ser que lo
buscara y lo cargara con sus propias manos. Como un animal perdido, huía de la
muerte y buscaba a los de su especie.
Con la bolsa a cuestas, pegada a los hombros
como un saco de viaje, partió una vez más. Anduvo toda la mañana a pasos
largos, atravesó los barrios más distantes de la ciudad. Se detuvo para comer y
continuó. Por a tarde estaba en el campo. Descansó en un refugio al lado de la
carretera. Un Sol brillante ponía sombras nítidas en los árboles. El suelo
estaba lleno de hormigas. Se inclinó para verlas. Iban en hilera. Cuando
aparecía una en sentido contrario, las antenas se tocaban. Avanzaban y
reculaban, como si una quisiera irse y la otra insistiera en comunicarle algo
importante.
Se levantó, friccionó sus músculos
doloridos, miró al cielo. El Sol se ponía, era tiempo de buscarse un refugio
para pasar la noche. Continuó por la carretera, mirando hacia los lados.
Examinaría las casas que aparecieran. Quería una cama, un diván en una sala,
incluso el heno de una cuadra, pero donde no hubiera cuerpos en descomposición.
En el campo había bueyes, caballos, rodeados por nubes de moscas, cachorros con
las fauces abiertas, como si estuvieran ladrando en el momento de morir. Llegó
a una casa, después de una curva. Saltó por encima de la valla, con la bolsa de
vituallas. Un rumor rítmico, de motor distante, le hizo detenerse en el camino
asfaltado con el corazón latiendo más aprisa. Levantó los ojos. La brisa hacía
girar la hélice de un avión de madera, clavado a un poste. Llegó hasta la casa.
Puertas y ventanas cerradas. Intentó inútilmente abrirlas a empujones. En un
cobertizo apartado había un tractor. Cogió una palanca y un martillo. Los usó
hasta hacer saltar los goznes. Entró en la casa y abrió las ventanas, que
iluminaron unos muebles llenos de polvo. Se sentó con alivio en la sala de
estar. No había olor. Una puerta conducía al piso superior. Subió. Encontró un
cuarto de baño. Por la ventana se veía hasta una gran distancia, montañas
cubiertas de bruma seca. Se dejó caer en la cama. Se estaba bien allí, pero
tenía un continente por explorar, aislado ahora mentalmente en una isla. La única
voz humana que oía era la de su propio eco. Los transistores no sintonizaban
estación alguna. Ansiaba hallar un ser humano. Hablaba solo, llegó a grabar
incluso su propia voz en un magnetófono portátil. Pero no soportaba oírse,
diciéndose tonterías al apretar un botón.
Descendió a la cocina para comer. Halló
botellas de agua mineral, y el fuego funcionó bien. Calentó la comida enlatada
y la engulló lentamente. Encendió una lámpara de queroseno, tomó dos píldoras
de vitaminas, volvió a su cuarto y se acostó. La ventana, mal cerrada, hacía
ruido. Se levantó para asegurarla. Abrió las dos hojas. El cielo estaba
límpido, un cielo de estrellas. Bajo la línea del horizonte brillaba una luz
roja. Permaneció unos instantes mirándola sin comprender, después su corazón
dio un salto. Hizo un gesto en dirección a la puerta, como si fuera a salir.
Inmediatamente se detuvo. De noche sería imposible. Podría perderse, tener un
accidente. Se agitó nervioso, con una energía incansable. Tomó la lámpara, la
agitó en la ventana. Sus brazos estaban cansados, la luz roja permanecía
inmóvil. Recordó que debía marcar su posición. Tomó una pequeña mesa, la colocó
delante de la ventana y levantó dos pilas de cosas halladas en el cuarto.
Mirando por la primera, las dispuso como si fuesen un punto de mira en
dirección a la luz. Después recomenzó las señales, sin resultado. Decidió
echarse, descansar para la caminata del día siguiente. No conseguía dormir, se
levantaba para espiar por la ventana. Acabó arrastrando la cama hasta detrás de
la mesilla. Sentado en la cabecera, con el travesaño en las costillas, miraba
el punto brillante. El sueño lo venció en esta posición.
Se despertó con la primera claridad de la
aurora. Se restregó los soñolientos ojos, fue a espiar en la dirección marcada.
Era lejos. Podía distinguir entre la neblina difusa puntos claros de
construcciones. Estaban situados entre una colina más alta a la izquierda y
unas piedras salientes a la derecha. Era un punto de referencia. Excitado y
nervioso, preparó sus víveres, seleccionó los que llevaría, tomó la bolsa y
partió. Los pies le llevaban hacia adelante, los ojos marcando el rumbo. Los
pensamientos le precedían hacia su destino, un ser humano ante él, respondiendo
preguntas. A mediodía se detuvo para comer. Veía a lo lejos un hacinamiento de
casas, una ciudad o un pueblo, allá donde surgiera la luz. Transpiraba, la
espalda le dolía por el peso de la bolsa. Se aproximaba el crepúsculo cuando
entró en la pequeña ciudad, la espalda inclinada, la barba húmeda de sudor. Sus
pasos continuaban firmes. La colina a la izquierda, las piedras a la derecha.
Fuera de allí, no había engaño. Espiaba por las puertas y ventanas. Andaba
aprisa, gritando, en espera de una respuesta que no venía. Llegó a una plaza,
con una gran construcción cercada de altos muros. Un convento o un sanatorio,
tal vez un colegio. La cancela, muy grande, de gruesas tablas, estaba cerrada.
Siguió por el muro, rodeando la manzana. Encontró otra entrada, también
cerrada. El muro tenía casi tres metros de altura. Gritaba a intervalos,
preguntando si había alguien. Silencio. Se desvió por otras calles, pero había
algo que lo hizo volver hasta la casa de muros altos. Alguna cosa le daba la
convicción de que había alguien allá dentro. Gritó, arrojó piedras, inútilmente.
Las dos puertas eran sólidas, llevaría mucho tiempo forzarlas. Pensó en escalar
el muro. Con un gancho y una cuerda no sería difícil. Llamó una vez más,
gritando que «si nadie aparecía, destruiría la puerta».
Un estruendo como de un trueno lo dejó sordo.
El susto le hizo caer de espaldas, el corazón desbocado. En un gesto instintivo
se cubrió la cabeza con el brazo. Miró hacia arriba. Cerca de la puerta
principal, surgiendo por encima del muro, vio un rostro, con una escopeta
apuntando hacia él. Aparecía en silueta contra la claridad del cielo de la
tarde. Parecía apoyado en una escalera. No se distinguían sus facciones, ni el
mover de sus labios cuando dijo:
–Desaparezca de aquí o lo mato.
Con la bolsa aún a la espalda, con la barba
de muchos días, la ropa sucia, desde allá abajo, intentó argumentar, preguntar
«¿por qué». Un segundo tiro atronó las calles desiertas, y el eco lo devolvió
en un rebotar sordo. Le pareció oír el silbido de la bala por encima de su
cabeza. Corrió hasta la próxima esquina, esperando que un trozo de plomo le
perforara el cuerpo y le dejara tendido, desangrándose. Tras una esquina donde
no podía ser alcanzado, miró nuevamente. El otro había desaparecido. Se sentó,
la espalda apoyada contra la pared, el cuerpo trémulo, la frente empapada de
sudor. Permaneció allí, la cabeza inclinada, los labios moviéndose en palabras
esbozadas. Cuando se levantó era casi de noche. Las sombras, comprimidas,
cortaban la calle. Recomenzó la tarea de buscar abrigo, un sitio donde pudiera
comer y dormir. Penetró en la sala de visitas de una casa. Había un sofá, donde
podría dormir. Cerró la puerta de comunicación con el resto de la casa. No
quería ver ningún muerto. Bajo la luz de la linterna preparó leche condensada,
comió lo que traía. Cerró la puerta y la ventana, se acostó en el sofá. Estaba
próximo a la manzana de los muros altos. Allí se escondía un hombre. Con los
ojos abiertos, en la ausencia que precede al sueño, se olvidaba del disparo.
Hablaría con el otro, al día siguiente. Tendría paciencia, quién sabía los
sufrimientos por los que habría pasado. Juntos, serían más eficientes.
Arreglarían un tractor que limpiase las carreteras, que avanzase por los
campos... Llevarían provisiones, medicinas, tenían que descubrir otros
hombres... Durmió. En la otra manzana, cercada por los muros, en la ventana de
la izquierda, temblaba la luz de una lámpara. En la distancia su brillo parecía
una estrella, fuego de troglodita en un mundo despoblado. Tuvo un sueño
sobresaltado en el sofá. Antes de que saliera el Sol estaba en pie. Consumió la
última botella de agua mezclada con leche en polvo. Se sentía sucio, necesitaba
asearse, pero su pensamiento se concentraba en planes y suposiciones. Abrió la
ventana. Entró la claridad. Retratos en las paredes, un armario con armas a un
lado. Estaba abierto. Había una escopeta calibre 22, otra de dos cañones
calibre 12. Junto a las culatas, cajas de balas y cartuchos. Sacó de su soporte
la escopeta mayor, abrió el cañón, introdujo dos cartuchos en su lugar. Dejó la
bolsa, salió a la calle. La mañana era fría, una niebla clara surgía de la
calzada. Sus pasos resonaban en el silencio. Dando la vuelta a la esquina, vio
los muros. De la ventana izquierda ya no se filtraba ninguna luz. El otro
dormía. La proximidad de un semejante vivo lo hacía sentirse optimista. Tendría
que tener paciencia, convencerlo de dejar el arma, discutir, conseguir una
resolución cualquiera. Resolvió escribirle un mensaje. Buscó por la plaza,
entró en un almacén. Cogió un lápiz rojo y un gran papel blanco. Escribió:
«Somos los únicos hombres vivos. De
cualquier manera, precisamos estar de acuerdo, en nuestro beneficio. Espero que
podamos conversar amigablemente.»
Lo releyó, añadió una coma y un «tal vez»
después de «vivos». Con miedo a que el papel se perdiese, lo colocó en una caja
de cartón. Ató la caja con bramante, sin cortar el hilo. Salió a la calle
bañada de Sol. Fue hasta el lugar desde donde tirara el desconocido. Hizo que
la caja salvara el muro, cogida por el cordel, colgado del lado de fuera. Se apartó
corriendo. Tenía que esperar. Miró el paisaje, las casas silenciosas. Anduvo
por la ciudad vacía, para pasar el tiempo. Cuando presentía un cadáver,
cambiaba de dirección. Volvió hacia atrás, espiando por las ventanas. Regresó a
los muros altos. El cordel había desaparecido. Su mensaje había sido leído. Se
asomó y gritó: «¡Venga para hablar!» Oyó ruidos del otro lado. El otro subía la
escalera, surgiendo cautelosamente, la escopeta en la mano diestra. Gritó:
–¡Váyase, desaparezca de aquí!
La respuesta vino inmediatamente:
–¿Por qué tengo que irme? Anduve centenares
de kilómetros para hallar una persona viva. No quiero nada de lo que usted
tiene, solo ayudarlo, hablar, buscarnos mutuamente todos los que estamos vivos.
Acepto cualquier condición, no pretendo modificar su vida. Tengo práctica en
esta desgracia. Sé encontrar alimentos y agua. Conozco aquí cerca un lugar
donde hay un tractor...
El otro cambió de posición en el muro,
interrumpiendo:
–No, no quiero que nadie se quede en la
ciudad. Si no se va pronto voy a disparar.
–Pero no es posible que me eche así, sin una
razón. ¿Por qué no puedo quedarme, por qué?
La escopeta describió un círculo, en tanto
que el otro respondía:
–Usted viene del sur, está contaminado –levantó
el brazo, con odio–: Vea, la ciudad entera murió contaminada. Vinieron los del
sur, murieron todos, todos. Váyase ahora, no quiero a ninguno aquí.
Mirando cautelosamente el rostro en el muro,
se aproximó más.
–No es verdad que contaminaran la ciudad. La
catástrofe alcanzó a todo el mundo. Vea, yo estoy bien. Bebo agua embotellada,
anduve kilómetros ayer sin cansarme. Debemos ser amigos, trabajar juntos. Si
usted tiene miedo de algo, podría dormir en un cuarto apartado. Hablaríamos de
lejos, como ahora...
–No, no quiero, usted está contaminado.
Váyase ahora o tiro.
–Es absurdo decir que estoy contaminado. No
hay nada en el norte. Todo es lo mismo. No existen fronteras, solo gente muerta
en todas partes. Sé de un lugar donde hay un tractor. Podríamos viajar en él,
buscar donde haya vida.
–Busque usted solo, pero váyase de aquí,
ahora.
–Pero usted no tiene derecho a hablarme así.
No es el dueño de la ciudad, ni siquiera de donde está. Si los dos estamos
vivos, la mitad me pertenece. Usted no puede expulsarme...
–Puedo –interrumpió el otro, levantando la
escopeta–. Puedo expulsarlo. Esta es mi ciudad, ustedes no tienen derecho.
Vinieron del sur, mataron a todos.
–No matamos a nadie. Los culpables están
lejos, tal vez muertos. Acepto cualquier condición, vamos a efectuar un
acuerdo.
–No, ningún maldito me dará órdenes. ¡Váyase
ahora, rápido!
–Maldito sea usted, que se juzga dueño de la
ciudad porque está armado. Yo también tengo una escopeta, pero no la traje.
Quiero paz, amistad. Si usted me mata, ¿qué gana? ¡Nada, nada...!
El otro levantó un poco más el arma, en
tanto que gritaba:
–No quiero oír nada. Estoy harto de
mentiras. No aguanto más. Voy a pegarle un tiro, entiéndalo, váyase ahora...
–Me iré cuando quiera. Tengo derecho a
entrar en esta fortaleza de mentira. Y voy a traer un argumento que usted
entiende, una escopeta...
El ruido rebotó por la plaza. El otro había
disparado desde encima del muro, casi sin apuntar. Sintió un tirón en el
hombro. Se volvió, salió corriendo. Un segundo disparo resonó, mientras él huía
desesperado, con una sensación en el hombro. No sabía si estaba herido.
Recordaba historias, hombres alcanzados de muerte mientras corrían, cayendo
fulminados de repente. Su sangre latía, veía la calle, las casas pasando, entre
la ola roja de rabia y desesperación. Andar kilómetros, sobrevivir entre la
podredumbre, para ser liquidado así. Llegó al cuarto donde dejara sus cosas.
Abrió el armario, tomó la escopeta cargada, salió a la calle sin detenerse. Su
pecho jadeaba como si tuviera asma. Repetía «maldito», «maldito», por el camino
de vuelta, como en una pesadilla, su autocontrol cayendo en fragmentos. No
sabía si pensaba o estaba gritando. Sobre el muro, el rostro odiado. Fue
corriendo en su dirección, con la escopeta levantada, el dedo presionando el
gatillo. Sintió la coz en el hombro, tan fuerte que lo desequilibrio. Le
pareció que el otro caía hacia atrás, pero podía haberse escondido. Retrocedió
hasta la calzada. Los latidos del corazón martilleaban en sus oídos. Se quitó
la chaqueta, vio la camisa manchada de sangre. Gritaba «maldito», sollozando de
rabia, el rostro manchado de lágrimas. Fue corriendo al otro lado de la plaza,
donde viera una farmacia. Rebuscó en los estantes, cogió litros de alcohol, los
cargó hasta el portal cerrado. Arrastró sillas y dos cajones vacíos del
almacén, apilándolos junto al portal. Abrió dos litros, los esparció de arriba
abajo, frotó un fósforo. El fuego prendió con un estallido, cubriéndolo todo
con llamas azules y rojas. Cuando disminuía, añadía otros litros, hasta que la
propia madera se inflamó. Miraba hacia las llamas, ahogándose por el esfuerzo
realizado. Acompañaba el progresar del fuego, los tablones que se transformaban
en teas, las chispas que saltaban. Sentía el calor en el rostro, pero no se
apartó. Por el agujero de una tabla caída apareció un trecho de patio. Las
llamas se terminaban. El portal, descoyuntado, se derrumbaba lanzando chispas,
soltando humo de carbones consumiéndose. Encontró un palo, derribó las tablas
más altas. Pisó con los zapatos las brasas del suelo y saltó dentro del patio.
A los pies de una escalera vio la escopeta, tirada. Un rastro en el suelo, con
gotas de sangre. El otro estaba cerca de la casa, los brazos extendidos, las
manos engarfiadas. Se había arrastrado unos diez metros. La gruesa bala lo
había alcanzado en el cuello. No se veía su rostro, hundido en el polvoriento
suelo. Estaba muerto.
Se detuvo, contemplándolo unos instantes, y
se encaminó hacia la casa. Siguió por un corredor en busca del baño. Delante
del espejo se sacó la chaqueta y la camisa llena de sangre. La bala le había
causado un hondo rasguño en el hombro. Comenzaba a doler. Cogió algodón,
desinfectante, lo limpió todo. Después una compresa de gasa, sujeta con
esparadrapo. Al terminar, fue hacia la cocina. Había latas y agua. Hizo un paquete
de lo que le interesaba y salió. En el patio, se detuvo delante del cadáver.
Los cabellos, sucios de polvo, se agitaban con la brisa. Salió, pasando con
cuidado por el portal. A unos metros de distancia vio su escopeta. Se detuvo
ante ella, pensando. Se inclinó y la recogió. Dio la vuelta a la esquina en
dirección al cuarto donde durmiera. Allá, metió las vituallas en la bolsa de
viaje. Preparó un vaso de leche y bebió. Colocó la bolsa de lado, para no tocar
la herida que dolía. Abrió el armario, tomó algunos cartuchos, los distribuyó
en los bolsillos. Abrió el cañón de la escopeta, sacó el cartucho vacío y lo
sustituyó por otro cargado. La colocó como pudo, atravesada encima de la bolsa.
Salió a la calle. El peso era desagradable, la herida ardía. Atravesó calles y
manzanas, sin mirar para los lados. Estaba en los límites de la ciudad. Había
una carretera que iba en dirección a las montañas. Se detuvo algunos instantes,
observando, después siguió con pasos cansados. La carretera llevaba hacia el
norte. Hacia allá partió el hombre, con víveres y una escopeta.
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