—Tienen que reconocer que muy
pocos de ustedes han hecho viajes de largo alcance. Les tengo que informar que
no hay nada más aburrido que ese pasatiempo. No puedo decir que uno se aburra
inmediatamente, no, el primer par de centenares de años luz hasta resulta
interesante. Miras por las claraboyas, centellean las constelaciones, una, otra
y otra, y tú en el centro, y parece que todas están girando a tu alrededor ¡Qué
cuadro! Pero después de un rato la cosa empieza a aburrir. No puedes ir a
ningún lado, y no tienes con quién charlar, Y además es mejor así, estar solo,
ya que estar tantos años con alguien es difícil, Empiezan las diferencias de
opinión por cualquier pequeñez. Pero pones la nave en su rumbo, te sumerges en
la anabiosis, duermes un par de cientos de años, te despiertas, y todo sigue lo
mismo.
Una vez ya no pude aguantar
más. Decidí bajar en el primer planeta en el camino, vivir un poco, un mes o
dos, beber un poco de agua mineral, observar la luna nueva, pisar la hierba,
respirar el aire de montaña, conversar con los habitantes y tener un cambio de
impresiones. En general, descansar. Todavía me quedaba un largo vuelo; llevaba
una carga de árboles congelados para plantarlos en un planeta que estaba en el
mismísimo extremo del universo. Así que me desvié de la ruta principal, llegué
a la constelación de Acuario, escogí una estrella no muy brillante, algo
parecida a nuestro Sol, y encontré varios planetas que daban vueltas a su
alrededor. Pensé: ¿cuál escoger? Ya saben ustedes que equivocarse en un asunto
así no es permisible. El bajar y luego subir requiere tanta energía que luego
ni siquiera te alcanza para llegar a tu destino. Pero, ¿como escoger el planeta
correcto? Alrededor de la estrella giraban unos 150 y ahí es donde se me
ocurrió una idea que luego fue adoptada por todos los textos de navegación
interestelar. Hay que comprobar todos los planetas para ver si tienen campo
magnético, y luego bajar en el que lo tenga. Mi pensamiento fue el siguiente:
la Tierra, al principio, no tuvo más que el magnetismo, pero pasado un tiempo
apareció todo lo demás ¿Y cómo fue eso? Está bien claro: inventaron la brújula,
e inmediatamente se empezó a desarrollar la navegación, y luego ya ven: las
ciencias, la artesanía. Las altas matemáticas, las locomotoras y los barcos de
vapor empezaron. moverse por todas partes, luego los aviones y los cohetes y al
final las naves interestelares. O sea que, si hay magnetismo, existe la
civilización, hay seres vivos, gente educada con la que es agradable pasar el
rato. Éste fue mi razonamiento, y la experiencia lo confirmó.
Estaba navegando alrededor de
estos planetas, y daba miedo imaginar lo que estaba ocurriendo en ellos. En
uno, los volcanes estaban destrozando toda la tierra firme, en otro, los
dinosaurios estaban tratando de salvarse del diluvio, en el tercero, unos raros
mutantes radiactivos estaban cazándose unos a otros. De repente miré, y ¡ahí
estaba! Tierra firme, con magnetismo cien veces más potente que el nuestro. No
parecía peligroso para el hombre, así que decidí aterrizar, y vi un planeta
encantador, verde: se oía el murmullo de un manantial, había cerros cubiertos
de nieve a lo lejos, ¡un auténtico lugar de descanso! Cerca del campo donde
estaba mi nave pasaba una carretera. En cuanto salí al exterior vi que se
estaba acercando un automóvil, se detuvo, y de dentro salió una especie de
hombre con una sola pierna y una cabeza parecida a la pantalla de una lámpara
de sobremesa. Se me acercó sin ningún miedo y se presentó diciendo ser amigo.
Se enteró de quién era yo y de dónde venía, y me invitó a acompañarle, así que
partimos. El coche me intrigó: no tenía ni motor ni ruedas.
—¿Cómo funciona? —pregunté.
—Siguiendo las líneas del campo
magnético —respondió—. Aquí aprovechamos el magnetismo planetario en todas
nuestras actividades.
Eso es, pensé. Nosotros no
hemos utilizado este método, sino que, no sé por qué, se nos ocurrió ponernos a
extraer petróleo y carbón.
Finalmente llegamos. La casa
era fenomenal, toda de hierro. No tenía tapia, en vez de ella había un campo
magnético. Cuando entré vi más cosas. En un lado de la casa se hallaba la
cocina, en aquellos momentos estaban preparando la comida, pero no tenían ni
fuego, ni calentadores eléctricos, ni quemadores atómicos, ni conjunto nuclear
de fusión.
—¿Magnetismo? —pregunté.
—Eso mismo —contestó—. Nosotros
utilizamos esta fuerza para todo: los coches, extracción y elaboración de
metales, construcción de casas, calefacción, luz, etc. La estamos utilizando
prácticamente para todo, no hay ninguna actividad en la que no hagamos uso del
magnetismo. Hemos logrado el grado más alto de civilización a base de esta
fuente de energía.
—Sí —suspiré—. Pero nosotros
fuimos tontos, también disponíamos de ella y no elegimos ese camino. Hemos
perdido muchísima energía. Pero dime, ¿cómo funciona? ¿Cada uno de vosotros
puede utilizar el magnetismo planetario, es decir, tomarlo para sus propias
necesidades?
—No —contestó—, no puede
hacerlo uno cualquiera. Generalmente el magnetismo debe ser distribuido desde
un punto central, pero como existe en todas partes, controlar cuánto toma cada
uno resulta prácticamente imposible. Por supuesto, disponemos de un equipo de control
que multa los usos ilegales del magnetismo. Mira, te lo mostraré.
Salimos al patio y fuimos hacia
el pozo. Era una estructura con borde de metalplástico de una pieza y un
potente torno propulsado a motor. Apretó un botón, el torno empezó a girar, y
el cubo fue bajando.
Bajo un kilómetro y medio.
—Más cerca ya no queda —dijo—.
Lo hemos llegado a vaciar.
Al cabo de un rato empezó a
subir el cubo. Lo sacó. Dije:
—Estaba vacío, y ha vuelto
vacío.
Sonrió.
—Eso es lo que crees, ya que no
posees un órgano sensor del magnetismo. Pero nosotros si lo tenemos: es la uña
del dedo gordo del pie.
Entonces comprendí por qué sus
ropas eran tan extrañas un buen traje, corbata, dos pares de gafas, unas
oscuras y las otras transparentes, puesto que tienen cuatro ojos, pero el pie
descalzo.
—Te aseguro —prosiguió—, que
está lleno a rebosar —Lo cogió y lo vació en el depósito del motor magnético—.
Será suficiente para una semana —dijo. Su uña del dedo gordo del pie era
enorme. Se notaba que era una persona de talento.
Así que viví un tiempo en
aquellas tierras, descansé con cuerpo y alma, y conocí a muchos de sus
habitantes. Todos sin excepción eran gente muy agradable, inteligente y educada
¡Cuántas discusiones sostuve sobre literatura y arte, como nunca antes en mi
vida! También escuché música.
Bien, al cabo de un tiempo vi
que ya me había recuperado, así que ya era hora de proseguir mi viaje. A mi
amigo, al que conocí primero, le dije al despedirme:
—Escucha, me gusta mucho cómo
se ha desarrollado tu civilización. Quiero ofrecerle lo mismo a la Tierra.
Enséñame cómo utilizáis el magnetismo para todos los propósitos. Pero ahora no,
porque estoy a medio camino y probablemente me olvidaría de ello. De regreso te
visitaré de nuevo, y me podrás instruir.
—Encantado —respondió—. ¿Cuándo
piensas volver?
—Dentro de unos quinientos años
—le dije.
—Estupendo —contestó—. Pediré
que me duerman en el campo magnético y me despierten un año antes de tu
llegada. Te prepararé todos los materiales. Nosotros tenemos unos diez mil años
de experiencia en esto, y la biblioteca donde están todos los datos ocupa
ciento ochenta y siete bloques de quinientas plantas cada uno. Reproduciré
todos los libros que allí se guardan en microfichas, para no sobrecargar la
nave, y te las daré. Pero mientras tanto, acepta este humilde regalo para el
camino. Sabemos cómo acumular la energía magnética. Aquí tienes cinco bidones
de líneas de fuerza magnética. Acabo de montar una bomba en el pozo, hace unos
días.
—Muchas gracias —contesté—. Es
un regalo de rey.
—No es nada, no te preocupes
—dijo modestamente.
—Pero, ¿no os está prohibido
explotar el magnetismo a nivel individual? Supongo que esto podría
considerarse robo y despilfarro.
—No importa, aquí tenemos
altamente desarrollado el espíritu cívico. No se considera elegante molestar a
la gente con pequeñeces; tenemos para todos.
Acepté aquellos cinco bidones y
despegué. Es difícil expresar con palabras cuánto me sirvieron. Con su ayuda
atravesé la lluvia de meteoritos, derroté a unos monstruos nebulosos, y vencí la
atracción de una enana blanca. Muchas veces recordé a mi amigo, que debo
reconocer que me había ayudado más que nadie. Finalmente entregué mi carga allá
donde era necesaria. Plantaron los árboles, mientras yo aguardaba en calidad de
representante de la empresa durante el plazo de garantía: hasta que en el
desierto el viento empezó a murmurar entre las grandes copas de las encinas.
Cuando apareció la clorofila, pude volver. De nuevo llegué a la constelación de
Acuario, la misma estrella, el mismo planeta. Entonces empecé a orientarme. Ni
me acordaba ya en cuál de los 150 había bajado. Todos parecían iguales. Y el
indicador permanecía inmóvil. Ningún planeta poseía campo magnético. ¿Qué
hacer? Forzando la memoria y fijándome en pequeños detalles, pude identificarlo.
Finalmente bajé en el mismo lugar que la primera vez, y vi que algo había
cambiado. Antes había un camino lleno de coches, y ahora no se veía ninguno.
Todo estaba vacío, silencioso, sin gente. Salí al camino, y vi que estaba
resquebrajado y con las cunetas llenas de basura ¿Qué había pasado? No
encontraba a quién preguntar. De repente vi una figura; me acerqué, y descubrí
a mi amigo, cojeando sobre su único pie. Nos abrazamos y nos besamos.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté—.
No puedo reconocer nada ¿Adonde ha ido a parar tanta grandeza?
Se apoyó en mi hombro y se puso
a llorar con amargura.
—No queda nada del pasado
—dijo—, y la generación de hoy no puede imaginarlo. Hemos derrochado nuestro
mayor tesoro natural, el magnetismo: lo extrajimos y extrajimos, hasta que nos
quedamos sin nada. Ahora ya no nos queda ni técnica ni civilización. Calentamos
las casas con leña, y estamos empezando a aprender cómo extraer el petróleo.
Pero, ¿de qué sirve eso? Los barcos no navegan, los aviones no vuelan, la brújula
no funciona, y todavía no hemos inventado otros medios de navegación.
Suspiré.
—Si —dije—, lo siento mucho por
ti. Pero oye, ¿has preparado las microfichas que me prometiste? Quizá nosotros
podamos enmendar vuestros errores.
—Ya no hay ninguna biblioteca
—respondió—. Cuando desperté de mi sueño de quinientos años y vi a lo que había
llegado mi planeta, dinamité los ciento ochenta y siete edificios de quinientas
plantas cada uno. Todavía me quedaba medio bidón de magnetismo, que había
guardado antes de irme a dormir, y lo utilicé.
—Te apresuraste demasiado —le
recriminé—. Pudiste haberlo empleado en cambiar la producción de carbón.
—No quise esperar —murmuró—. No
pude. Tenía miedo de que la biblioteca cayera en tus manos, y siguierais el
mismo camino que nosotros. Aprecio mucho tu civilización, ya que te ha
engendrado a ti, mi fiel amigo. —Y se echó de nuevo a llorar.
Las lágrimas inundaban sus
cuatro ojos. Eran lágrimas peligrosas, mezcla de ácido sulfúrico y clorhídrico.
Vi que me iban a quemar el traje. Lo tranquilicé con unas palmadas, al tiempo
que me apartaba, pero no podía decirle que dejara de llorar, no quería
insultarle.
—Oye —preguntó—, ¿te queda alguno de
los cinco bidones de líneas de fuerza magnética que te regalé hace tiempo? Me
quieren meter en la cárcel por dinamitar la biblioteca, y los podría usar para
comprar mi libertad.
—Lo siento amigo del alma. No me queda
ni uno, ni medio, no me queda nada. No sabía que fuera a pasar esto, y he
despilfarrado el magnetismo a manos llenas.
—Como nosotros —suspiró Nos.
despedimos con tristeza, y partí.
—Piloto de la nave PGD-X(A) —se
escuchó la voz en el altoparlante—, pase por la oficina de control para
aprobación de ruta, la carga de su nave ha sido completada.
El que había narrado aquello se
puso en pie y caminó hacia la puerta. Alguien por encima de su hombro, echó un
vistazo a sus papeles de ruta.
—Hey —dijo el curioso— ¿qué son
esos cincuenta mil imanes pequeños?
—¿Tú que crees? —El piloto de
la nave PGD-X(A) se detuvo un momento en la puerta—. No creerás que voy a
abandonar a un arrugo en el atolladero.
Y con estas palabras
desapareció.
FIN
Traducción: Sebastián Castro.
Publicado en: Lo mejor de la ciencia ficción Soviética.
Hyspamérica ediciones, Buenos Aires, 1986.
Edición digital: Sadrac.
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