Por fortuna, a las seis
de la mañana dejó de llover, pero se cirnió tina densa niebla. La carreta donde
cargamos el equipaje debió hacer un amplio rodeo para llegar al puerto,
mientras nosotros, resoplando y jadeantes, bajamos a los tropezones las empinadas
cuestas que los patagones llaman calles.
Los peones del puerto
habían encendido una gran fogata cerca del embarcadero, en parte para
calentarse, en parte para favorecer la orientación, pues la iluminación de las
calles es bastante deficiente en Patagones, en particular cuando hay bruma. Por
la mojada y limpia planchada subimos felizmente a bordo del
"Libertad" y de éste pasamos al "Ynacayal" mediante un
elegante salto por encima de la borda. Por suerte -los jóvenes la tienen-
quedaba aún un camarote desocupado provisto de dos camas que ocupamos
enseguida. Era muy reducido y bajo y las camas demasiado cortas y angostas para
nuestras proporciones, pero de todos modos era mejor que la -galera". Este
vapor construido en los astilleros de Buenos Aires había sido equipado con gran
sentido práctico. Tenía una capacidad de carga de 120 toneladas y un calado de
un metro. Con un poco de esfuerzo podía desarrollar una velocidad de ocho nudos
por hora y durante ese viaje lo hizo, pues el río estaba en crecida y su enorme
caudal fluía a una velocidad de siete millas por hora por el declive del valle
hacia el océano. Cuando las condiciones de las aguas son normales la velocidad
ordinaria de la corriente es de sólo cinco millas.
El señor Schauffler, en
un principio decidido a acompañarme hasta San Antonio, oyó decir en el
"Club Social- y otros lugares tantas maravillas acerca de los paisajes que
íbamos a conocer, que cambió de idea y nos dejó abandonados a nuestro destino.
Emprendió una ordenada
retirada a bordo del “Libertad” donde los huéspedes ya se estaban preparando
para el banquete dispuesto para las once. La niebla obstaculizó la salida de
nuestro barco y debido al mal tiempo tampoco se había terminado de embarcar
toda la carga. El tiempo fue transcurriendo lentamente y ya estábamos d cerca
de las once.
Atendiendo a las
invitaciones que nos hacían ininterrumpidamente desde el “Libertad” nos
habíamos acicalado para participar del ágape que se serviría a su bordo, ya que
nuestra embarcación tal vez no zarparía antes de las tres, pero en ese momento
el cruel comandante hizo resonar la señal de partida y el "Ynacayal"
se puso en movimiento.
Nuestro barco sólo nos
alejó de la vista del puerto para que los exquisitos aromas provenientes de la.
cocina del “Libertad” no siguieran torturando nuestros nervios olfativos y
provocando nuestra envidia, pero a poco las anclas volvieron a hundirse en las
aguas con el rechinar de cadenas y, nos llamaron a almorzar. Sise tiene en
cuenta el reducido precio del pasaje (20 pesos por un viaje de cinco a seis
días hasta Conesa) no se pueden formular quejas sobre la atención a bordo. Sólo
fue lamentable que debido a la crecida las aguas, de ordinario cristalinas del
río Negro, tomaran el color del río de la Plata y trajeran tanto cieno en suspensión
que muy pronto los dos filtros se declararon en huelga.
Como consecuencia, el
té y el café tenían una coloración indefinida y turbia y el sabor era bastante
desagradable.
En parte, el pasaje se
componía de moradores del valle del río Negro, verdaderos sureños o del tipo de
los provincianos que se mantenían indiferentes, y en parte, de viajantes de
comercio, en su mayoría compañeros de sufrimiento en el viaje en galera.
Entre ellos había un
vasco muy divertido a quien llamaban “El campeón” en razón de corretear
cigarrillos de esa marca; un representante de la firma Zuberbühler equipado con
pesados cajones de muestras, un español cuyo nombre aprendimos a medias pues no
dejábamos de llamarlo Zuberbühler; un viajante y un sastre de la firma New
England, cuya misión era tomar pedidos de prendas de vestir de medida (el
sastre era un holandés muy inquieto, políglota y avezado). Asimismo, se
encontraban abordo dos comisarios de policía de la brava región de Valcheta,
una monja y el belga julio Plumen, copropietario de la Estancia La Carmen-
situada cerca de Pringles.
Entre el pasaje de
segunda clase, o mejor dicho, del sollado, me llamó particularmente la atención
un napolitano de larga melena y rostro de pícaro que viajaba hacia Conesa, en
compañía de su hijo, un muchachito muy despierto de doce años de edad y que más
tarde se reveló como libreto ambulante y mercachifle.
En ese viaje volví a
encontrar a un viejo conocido del Limay de feliz memoria, el práctico Robert
Abel, hijo de un ganadero alemán establecido en la Patagonia desde 1855. Se
encontraba a bordo con su familia y estaba al mando del barco. El maquinista D.
Fischer, asimismo de origen alemán o austríaco, era un oficial muy amable, como
lo son en general todos los oficiales de la, marina argentina, que se
distinguen por su comportamiento intachable. El comandante del “Ynacayal”,
teniente de navío Contal estaba de licencia y había permanecido en el
“Libertad”.
La tripulación,
dieciocho hombres en total, estaba integrada por conscriptos, muchachos simpáticos
y, tranquilos que realizaban sus tareas silenciosamente y con calma dando
muestras de gran destreza y vigor sobre todo al fondear, trepar a los palos,
cargar y descargar.
El itinerario tenía
previstas las siguientes escalas dotadas de estaciones postales: Potrero
Cerrado, San Javier, China Muerta, Pringles, Primera y Segunda Angostura,
Travesía del Turco, Conesa y aguas arriba Rincón del Palo, Caitaco, Castre,
Negro Muerto, Chafiares Altos, Traga-Tragua y Choele-Choel. Una o dos veces al
año, cuando hay creciente, la navegación se continúa hasta Confluencia y
entonces se agregan las siguientes escalas: Chimpay, Chelforo, Santa Flora y
Roca. No obstante, el barco se detiene junto a cualquier rancho de la orilla
para recibir pasajeros y carga. Hasta llegar a Conesa atracamos por lo menos
seis veces por día, lo cual no originó ninguna demora. ¡Un tranvía en la
verdadera acepción de la palabra!
La flotilla que presta
el servicio consta de tres vapores de hélice: el “Ynacayal”, el
"Sayhueque- y el "Namuncurá" (este último una embarcación
insignificante) y el vapor de ruedas “Turco”, todos nombres de caciques indios,
tomados de la historia previa a la conquista del valle del río Negro.
Debido al retraso en la
partida se nos aclaró enseguida que el viaje hasta Conesa quizá durara seis
días. Al decir días aludo al sentido estricto de la palabra, pues al insinuarse
el crepúsculo se interrumpe la navegación y el barco es amarrado al tronco de
uno de los sauces tan numerosos en la región, o por excepción a pilotes de hierro,
clavados en la tierra.
Z viaje hasta Conesa
que dista de Patagones 174 km por tierra y unos 320 km si se incluyen las
sinuosidades del río, demanda aproximadamente el mismo tiempo que se necesita
para cubrir la distancia de Buenos Aires a Asunción o hasta Bahía por mar.
Algunos meandros del
río Negro adoptan en ciertos casos un curso espiralado y en cada creciente el
río modifica su curso Afloran nuevas islas y canales. Las aguas navegables
cambian de un lado a otro, lo cual hace necesario navegar y pilotear con suma
cautela. En este sentido estábamos a buen recaudo con nuestro don Roberto,
hombre serio y digno de toda confianza, para quien el río no tenía secretos
después de su larga experiencia de más de un cuarto de siglo. Pero el
-Namuncurá-, mucho más pequeño, quedó varado algo más arriba durante varios
días, hasta que la crecida de las aguas lo liberó de su fatal situación.
Hacia el atardecer
comenzó a llover de nuevo y a fin de pasar el tiempo inicié a mis compañeros de
viaje en los secretos del piquet. El juego desarrolló una inquietante aptitud y
a la postre resulté ser el Paganini de las excelencias que encontraríamos en
Conesa, pues a bordo faltaban por completo las bebidas alcohólicas, no por
principio, sino por descuido.
A partir de entonces
volvimos a gozar de buen tiempo, aun cuando el viento algo frío nos pasaba
silbando por las orejas. Durante todo el día nos paseábamos por la cubierta
colmada de cajones, cajas, troncos, fardos de pasto, etc., para apreciar el
paisaje y conversar con los nativos sobre sus anécdotas y experiencias y
siempre encontramos en ellos buena disposición y cordialidad.
En estos viajes se
suele tropezar con casos interesantes, sobre los cuales se logran reunir
abundantes informaciones.
Las barrancas aparecen
en las cercanías del río ora al norte, ora al sud. A veces se ven grandes
-abras- cubiertas de pastos tiernos. El río estaba creciendo y carcomía
ininterrumpidamente la tierra de la orilla. Era posible observar con toda
claridad la formación de las capas del terreno y por momentos aparecía el humus
de varios metros de espesor.
Por la noche llegamos a
la parada China Muerta y atracamos en Puerto Saavedra, pero no imaginen hallar
allí viviendas. No es sino a lo lejos, sobre la barranca, cuando se distingue
uno que otro rancho.
El negocio de Bartolo
Bertorelli es un edificio imponente, pero lamentablemente demasiado alejado
para llegar a él.
Lo primero que hicimos
pasajeros y tripulación al desembarcar en la primera bajada nocturna fue
encender una gran fogata, en parte para calentarnos y en parte para hacer un
asado en tanto lo permitiera la provisión de carne que traíamos a bordo.
Antiguamente, cuando se había dado la concesión de la navegación por el río a
una empresa privada, que hubiese podido merecer con todo derecho la
denominación “Voleurs Rétanis”, era costumbre capturar animales y faenarlos,
por supuesto sin pagar un solo peso. Como es lógico suponer, los ganaderos de
la región eran invadidos por un saludable espanto cuando rasgaba el aire la
sirena de los vapores y se apresuraban a llevar sus haciendas lo más lejos
posible de la costa. De entonces a la fecha este abuso ha sido eliminado. Sin
embargo, el gobierno nacional considera aún como una de sus prerrogativas
alimentar a sus lobos de mar con -ajenos- y el comisario de a bordo “paga
siempre en efectivo lo que consume”.
Aquella interesante
compañía naviera (Diego Castro & Cía. se llamaba la digna empresa)
usufructuaba su privilegio al extremo de convertir los fletes en un verdadero
sistema de pillaje, de manera que pronto fue imposible comprar algo y el
comercio y la producción sufrieron un total receso. Además tampoco se pagaba a
nadie y cuando cierto día el señor Castro se vio obligado a sacudirse de los
zapatos el polvo de Patagones el estado de los vapores era tan calamitoso que
prácticamente resultaron ineptos para prestar servicio. Desde entonces, los
tres descansan en paz en el fondo del río Negro, que se ha apiadado de ellos.
En la actualidad, los
vapores de la flota nacional navegan aplicando un flete bastante aceptable que
naturalmente deja déficit, pero es menester ayudar a la población necesitada si
se quiere estimular su mayor actividad y producción.
El nivel de las aguas
seguía creciendo, y nuestro pequeño armatoste jadeaba, resoplaba y temblaba al
punto que Abel juzgó aconsejable volver a fondear a las ocho y media de la
mañana, aun cuando el lugar no era un atracadero propiamente dicho. Mediante la
sirena fue llamado un peón del dueño de aquella tierra y se le entregó una
cantidad de bultos, entre ellos dos camas de hierro completas con todos los
accesorios. Como no sabía nada de nada, recibió todos los objetos con la mayor
calma, pero en Conesa hubo luego una agitada discusión debido al mencionado
desembarco. Dos jóvenes parejas aguardaban allí la llegada del “Ynacayal” para
celebrar su himeneo y aquellas dos camas estaban destinadas a jugar un papel
nada insignificante en el evento. En lugar de los lechos, los novios con caras
muy largas recibieron una serie de caños para un molino de viento. -¿Y voy a
dormir sobre estos tubos?" protestó uno de ellos quejumbroso. En el
conocimiento de embarque se habían confundido al anotar caños por camas. ¡Una
consecuencia de la mala letra! No sabemos cuándo habrán recibido los novios sus
camas (de todas maneras contrajeron nupcias) y el estanciero de Pringles sus
caños, pero dadas las condiciones de las comunicaciones locales debe haber
transcurrido bastante tiempo.
Las dos angosturas que
pasamos poco después comprimen el caudal del río a 200 metros y se encuentran
allí las zonas más profundas. La corriente era muy impetuosa. En una parada que
hicimos cerca de mediodía, Abel nos mostró un nuevo curso formado por el río.
También divisamos un canal ensanchado por las aguas a 300 m.
La crecida había
alcanzado su máximo nivel y ya estaba bajando. Poco a poco, el agua se tomó más
clara y los filtros volvieron a funcionar.
A mediodía, apareció el
jinete en la orilla norte y mediante pesticulaciones hizo detener el vapor para
inquirir sobre varios bultos que había encargado en Patagones. No había nada
para él a bordo. Contrito emprendió la vuelta al trote. –El pobre no ha sido
atendido-, observó el comisario compadecido.
Alrededor de las dos
tocamos el puerto de Pringles. Este punto señala la desembocadura del gran
canal que llevará a través del Abra y la Cañada a San Blas. La inundación de
1899 hizo "tabula rasa" con la antigua Pringles. Las casas
construidas de adobe y barro se deshicieron por las aguas. Al mismo tiempo se
formó a un kilómetro tierra adentro, aproximadamente hacia la barranca norte,
un brazo del río, al que llaman simplemente “zanja”. Dado que Pringles proveía
de mercaderías a una importante zona, se erigió al pie de la barranca un nuevo
pueblo formado por casas de ladrillos, nuevas, limpias y sólidas que se divisan
desde lejos, pero no se pueden alcanzar a pie. El agua es demasiado profunda y
aún no se ha tendido un puente. A fin de no dañar las comunicaciones con el
valle del río volvió a levantarse en el ínterin el antiguo poblado, pero esta
vez más sólido y vistoso. Existe allí también un convento salesiano con una escuela
anexa, Los habitantes del valle deben concurrir a estas escuelas que al mismo
tiempo son internados, pues no existen en la región otras posibilidades de
recibir enseñanza. Sólo en Conesa funciona una escuela del estado junto a otro
establecimiento salesiano. En Pringles encontramos tiendas grandes y bien
surtidas, donde pudimos reconfortarnos espirituosa mente. El suegro de Abel, el
viejo Pérez, radicado en la localidad desde hacía más de cuarenta años, nos
proporcionó datos muy interesantes sobre el desarrollo de la región y las
causas de la disolución de la colonia original.
En Pringles se
embarcaron varios pasajeros nuevos y a las cuatro partimos hacia la estancia
Sauce Blanco de Silvestre Contin, un importante establecimiento ubicado en
Viedma. Los campos sobre la ribera norte son allí muy hermosos y la barranca
retrocede.
Por primera vez tuvimos
una bella noche de luna y Abel aprovechó para continuar la navegación hasta las
ocho, hora en que el vapor fue enfilado hacia un gran sauzal y amarrado allí.
Lamentablemente, no pudimos encender fogatas pues la orilla estaba bajo las
aguas. Mientras la mayoría de los pasajeros jugaban truco hasta la madrugada,
nuestro grupo trató de matar el tiempo charlando de cuanto tema campero se nos
ocurrió. Es menester admitir que una vez conquistada la confianza de un
"sureño-, esta gente, tranquila y pacífica por naturaleza, suele ser muy
accesible. Sólo que no imaginan. Su recurso para escudriñar la naturaleza de un
extraño consiste, como ya se ha mencionado, en narraciones en las cuales se
desarrolla a veces una drástica fantasía.
En Pringles nos
enteramos por un telegrama que el “Ynacayal” debía remontar el río hasta Conesa
para ir en auxilio del "Namuncurá" que había encallado. El rostro del
señor Abel se ensombreció pues su reserva de petróleo no le permitía emplear ni
un solo día más de viaje que los previstos. Por fortuna, al día siguiente quedó
comprobado que los temores del práctico hablan sido infundados pues encontramos
al "Namuncurá" navegando a toda máquina río arriba. Llevaba la
bandera a media asta.
Al pasar a su lado, el
comandante nos informó a los gritos que como consecuencia de la explosión de
una caldera había muerto el primer maquinista, un alemán, y resultado heridos
otros tres hombres. Poco después el "Namuncurá" se perdió de vista en
un recodo del río y más tarde llegó a nuestro conocimiento que el sepelio del
desdichado -maquinista se había llevado a cabo en Patagones con honores
militares. No pudimos llegar a saber su nombre.
La siguiente parada fue
el desembarcadero del señor Plumen sobre la ribera norte. Lo esperaban en la
costa su esposa y sus cinco niñas. Allí se descargaron bolsas de arroz, harina
y un gran envío de vides. El señor Plumen nos invitó a beber vino hecho por sus
propias manos de allí a dos años y se lo prometimos. Ese hombre hizo mucho por
Río Negro. Posee un enorme caudal de energía y es el prototipo del colono que
necesita esa zona. ¡Ojalá poblaran el valle del río Negro muchos colonos a la
Plumen!
Después de navegar por
espacio de dos horas nos detuvimos junto a la ribera sud, donde la barranca de
la primera meseta avanza muy cerca del río. Trepamos por el talud y encontramos
allí cactus de una formación harto curiosa y en el pedregal toda clase de
piedras notables que dan testimonio de actividad plutónica y de la existencia
de morenas de antiguos glaciares que arrastraron esos materiales desde la
Cordillera al Océano. Desde aquel lugar se nos ofrecía una estupenda vista
panorámica del valle que en su parte norte alcanza por cierto unos 20 km.
Al atardecer atracamos
junto al campo de To masini donde se embarcaron unos 200 fardos de alfalfa.
Toda la cubierta quedó colmada de altas pilas de heno. El mediodía del domingo
parte de aquel "pasto" fue descargado en la casa de ramos generales
de Aramburú, cerca de la localidad Morón, constituida por una decena de casas.
Subió allí a bordo un pasajero con una mano vendada. Se la había quemado. El
tratamiento para tales accidentes es muy sencillo: la zona afectada se cubre
con estiércol fresco de vaca o de caballo, se venda y se acabó. De cualquier
manera a bordo no se le hubiera prestado al hombre otra asistencia, pues aún
hoy en día, la flotilla del Río Negro carece de los servicios de médicos y
farmacéuticos.
El 3o de julio pasamos
por la estancia del anciano cacique Tasoel Paileman de la tribu de los
Manzaneros. Este fue uno de los primeros caudillos que comprendió lo
infructuoso e inútil de oponer resistencia al avance del ejército argentino,
comandado por el General Roca en 1879, y en consecuencia se sometió junto con
sus guerreros. Se les dejó en posesión de sus tierras y en la actualidad
Paileman es un hombre rico y de su gente se puede decir por lo menos que están
en buena posición. Es famoso por su hospitalidad pero no pudimos disfrutar de
ella pues el tiempo nos apremiaba y no desembarcamos.
Al alejarnos de aquel
paraje, por supuesto con los consabidos aullidos de la sirena, descubrimos
sobre un cauce algo inclinado sobre el río diversos animales manchados de color
blanco y negro. Al verlos más de cerca nos percatamos que no eran sino una
cabra y varios cabritos. Sobresaltados por la sirena se habían trepado al
árbol. Cuando nos encontrábamos a varias cuadras del lugar vimos a través del
anteojo larga vista que los animales, ya pasado el susto, abandonaban su
refugio.
De la antigua colonia
Frías sobre la margen sud del río no quedaban sino unas pocas taperas, pero no
lejos de Rincón Sarmiento se levantaba un poblado. 171 siciliano Rafael Crivado
posee allí un -boliche- donde encontramos hasta cerveza Quilmes.
Un ingeniero belga y su
amigo estaban realizando en el lugar trabajos de agrimensura. A lo largo del
río se extiende una hilera de colinas y los campos producen una buena
impresión.
Más adelante divisamos
la pequeña ciudad de Conesa, aparentemente tan cerca que se nos antojaba
tenerla al alcance de la mano, pero debido a la cantidad realmente fantástica
de los meandros del río, no fue hasta las dos y media de la tarde cuando
pudimos poner pie en la ribera de aquella población acompañados por buen
tiempo, bastante cálido.