[Nota preliminar:
Edición digital a partir de Novelas amorosas y ejemplares, edición de
Agustín González de Amezúa, Madrid, Real Academia Española, 1948 (Biblioteca
Selecta de Clásicos Españoles, Serie II; 8) y cotejada con la edición crítica
de Alicia Redondo Goicoechea, Tres novelas amorosas y tres desengaños
amorosos, (Madrid, Castalia, 1989, pp. 169-191).]
No
ha muchos años que en la hermosísima y noble ciudad de Zaragoza, divino milagro
de la Naturaleza y glorioso trofeo del Reino de Aragón, vivía un caballero
noble y rico, y él por sus partes merecedor de tener por mujer una gallarda
dama, igual en todo a sus virtudes y nobleza, que éste es el más rico don que
se puede alcanzar. Dióle el cielo por fruto de su matrimonio dos hermosísimos
soles, que tal nombre se puede dar a dos bellas hijas: la mayor llamada
Constanza, y la menor Teodosia; tan iguales en belleza, discreción y donaire,
que no desdecía nada la una de la otra. Eran estas dos bellísimas damas tan
acabadas y perfectas, que eran llamadas, por renombre de riqueza y hermosura,
las dos niñas de los ojos de su Patria.
Llegando,
pues, a los años de discreción, cuando en las doncellas campea la belleza y
donaire se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge, caballero asimismo
natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo, galán y rico, único heredero en
la casa de sus padres, que aunque había otro hermano, cuyo nombre era Federico,
como don Jorge era el mayorazgo, le podemos llamar así.
Amaba
Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano, que jamás entendió
dél esta voluntad, temiendo que como hermano mayor no le estorbase estos
deseos, así por esto como por no llevarse muy bien los dos.
No
miraba Constanza mal a don Jorge, porque agradecida a su voluntad le pagaba en
tenérsela honestamente, pareciéndole, que habiendo sus padres de darle esposo,
ninguno en el mundo la merecía como don Jorge. Y fiada en esto estimaba y
favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que apenas se la pediría a
su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin este amor, si bien le alentaba
tan honesta y recatadamente, que dexaba lugar a su padre para que en caso que
no fuese su gusto el dársele por dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor
dexarse desta pretensión.
No
le sucedió tan felizmente a Federico con Teodosia porque jamás alcanzó della un
mínimo favor, antes le aborrecía con todo extremo, y era la causa amar perdida
a don Jorge, tanto que empezó a trazar y buscar modos de apartarle de la
voluntad de su hermana, envidiosa de verla amada, haciendo eso tan astuta y
recatada que jamás le dio a entender ni al uno ni al otro su amor.
Andaba
con estos disfavores don Federico tan triste, que ya era conocida, si no la
causa, la tristeza. Reparando en ello Constanza, que por ser afable y amar tan
honesta a don Jorge no le cabía poca parte a su hermano; y casi sospechando que
sería Teodosia la causa de su pena por haber visto en los ojos de Federico
algunas señales, la procuró saber y fuele fácil, por ser los caballeros muy
familiares amigos de su casa, y que siéndolo también los padres facilitaba
cualquiera inconveniente.
Tuvo
lugar la hermosa Constanza de hablar a Federico, sabiendo dél a pocos lances la
voluntad que a su hermana tenía y los despegos con que ella le trataba. Mas con
apercibimiento que no supiese este caso don Jorge, pues, como se ha dicho, se
llevaban mal.
Espantóse
Constanza de que su hermana desestimase a Federico, siendo por sus partes digno
de ser amado. Mas como Teodosia tuviese tan oculta su afición, jamás creyó
Constanza que fuese don Jorge la causa, antes daba la culpa a su desamorada
condición, y así se lo aseguraba a Federico las veces que desto trataban, que
eran muchas, con tanto enfado de don Jorge, que casi andaba celoso de su
hermano, y más viendo a Constanza tan recatada en su amor, que jamás, aunque
hubiese lugar, se lo dio de tomarle una mano.
Estos
enfados de don Jorge despertaron el alma a Teodosia a dar modo como don Jorge
aborreciese de todo punto a su hermana, pareciéndole a ella que el galán se
contentaría con desamarla, y no buscaría más venganza, y con esto tendría ella
el lugar que su hermana perdiese. Engaño común en todos los que hacen mal, pues
sin mirar que le procuran al aborrecido, se le dan juntamente al amado.
Con
este pensamiento, no temiendo el sangriento fin que podría tener tal
desacierto, se determinó decir a don Jorge que Federico y Constanza se amaban,
y pensado lo puso en execución, que amor ciego ciegamente gobierna y de ciegos
se sirve; y así, quien como ciego no procede, no puede llamarse verdaderamente
su cautivo.
La
ocasión que dio fortuna dio a Teodosia fue hallarse solos Constanza y don
Jorge, y el galán enfadado, y aún, si se puede decir, celoso de haberla hallado
en conversación con su aborrecido hermano, dando a él la culpa de su tibia
voluntad, no pudiendo creer que fuese recato honesto que la dama con él tenía,
la dixo algunos pesares, con que obligó a la dama que le dixese estas palabras:
-Mucho
siento, don Jorge, que no estiméis mi voluntad, y el favor que os hago en
dexarme amar, sino que os atreváis a tenerme en tan poco, que sospechando de mí
lo que no es razón, entre mal advertidos pensamientos, me digáis pesares
celosos: y no contento con esto, os atreváis a pedirme más favores que los que
os he hecho, sabiendo que no los tengo de hacer. A sospecha tan mal fundada
como la vuestra no respondo, porque si para vos no soy más tierna de lo que
veis, ¿por qué habéis de creer que lo soy de vuestro hermano? A lo demás que
decís, quexándoos de mi desabrimiento y tibieza, os digo, para que no os
canséis en importunarme, que mientras que no fuéredes mi esposo no habéis de
alcanzar más de mí. Padres tengo, su voluntad es la mía, y la suya no debe de
estar lexos de la vuestra mediante vuestro valor. En esto os he dicho todo lo
que habéis de hacer, si queréis darme gusto, y en lo demás será al contrario.
Y
diciendo esto, para no dar lugar a que don Jorge tuviera algunas desenvolturas
amorosas, le dexó y entró en otra sala donde había criados y gente.
No
aguardaba Teodosia otra ocasión más que la presente para urdir su enredo, y
habiendo estado a la mira y oído lo que había pasado, viendo quedar a don Jorge
desabrido y cuidadoso de la resolución de Constanza, se fue adonde estaba y le
dixo:
-No
puedo ya sufrir ni disimular, señor don Jorge, la pasión que tengo de veros tan
perdido y enamorado de mi hermana, y tan engañado en esto como amante suyo; y
así, si me dais palabra de no decir en ningún tiempo que yo os he dicho lo que
sé y os importa saber, os diré la causa de la tibia voluntad de Constanza.
Alteróse
don Jorge con esto, y sospechando lo mismo que la traidora Teodosia le quería
decir, deseando saber lo que le había de pesar de saberlo, propria condición de
amantes, le juró con bastantes juramentos tener secreto.
-Pues
sabed -dixo Teodosia- que vuestro hermano Federico y Constanza se aman con
tanta terneza y firme voluntad, que no hay para encarecerlo más que decir que tienen
concertado de casarse. Dada se tienen palabra, y aun creo que con más
arraigadas prendas; testigo yo, que sin querer ellos que lo fuese, oí y vi
cuanto os digo, cuidadosa de lo mismo que ha sucedido. Esto no tiene ya
remedio, lo que yo os aconsejo es que como también entendido llevéis este
disgusto, creyendo que Constanza no nació para vuestra, y que el cielo os tiene
guardado sólo la que os merece. Voluntades que los cielos conciertan en vano
las procuran apartar las gentes. A vos, como digo, no ha de faltar la que
merecéis, ni a vuestro hermano el castigo de haberse atrevido a vuestra misma
dama.
Con
esto dio fin Teodosia a su traición, no queriendo, por entonces decirle nada de
su voluntad, porque no sospechase su engaño. Y don Jorge principió a una celosa
y desesperada cólera, porque en un punto ponderó el atrevimiento de su hermano,
la deslealtad de Constanza, y haciendo juez a sus celos y fiscal a su amor,
juntando con esto el aborrecimiento con que trataba a Federico, aun sin pensar
en la ofensa, dio luego contra él rigurosa y cruel sentencia. Mas disimulando
por no alborotar a Teodosia, le agradeció cortésmente la merced que le hacía,
prometiendo el agradecimiento della, y por principio tomar su consejo y
apartarse de la voluntad de Constanza, pues se empleaba en su hermano más
acertadamente que en él.
Despidiéndose
della, y dexándole en extremo alegre, pareciéndole que desfraudado don Jorge de
alcanzar a su hermana, le sería a ella fácil el haberle por esposo. Mas no le
sucedió así, que un celoso cuanto más ofendido, entonces ama más.
Apenas
se apartó don Jorge de la presencia de Teodosia, cuando se fue a buscar su
aborrecido hermano, si bien primero llamó un paje de quien fiaba mayores
secretos, y dándole cantidad de joyas y dineros con un caballo le mandó que le
guardase fuera de la ciudad, en un señalado puesto.
Hecho
esto, se fue a Federico, y le dixo que tenía ciertas cosas para tratar con él,
para lo cual era necesario salir hacia el campo.
Hízolo
Federico, no tan descuidado que no se recelase de su hermano, por conocer la
poca amistad que le tenía. Mas la fortuna que hace sus cosas como le da gusto,
sin mirar méritos ni inorancias, tenía ya echada la suerte por don Jorge contra
el miserable Federico, porque apenas llegaron a un lugar a propósito, apartado
de la gente, cuando sacando don Jorge la espada, llamándole robador de su mayor
descanso y bien, sin darle lugar a que sacase la suya, le dio una [tan] cruel
estocada por el corazón, que la espada salió a las espaldas, rindiendo a un
tiempo el desgraciado Federico el alma a Dios y el cuerpo a la tierra.
Muerto
el malogrado mozo por la mano del cruel hermano, don Jorge acudió adonde le
aguardaba su criado con el caballo, y subiendo en él con su secretario a las
ancas, se fue a Barcelona, y de allí, hallando las galeras que se partían a
Nápoles, se embarcó en ellas, despidiéndose para siempre de España.
Fue
hallado esta misma noche el mal logrado Federico muerto y traído a sus padres,
con tanto dolor suyo y de toda la ciudad, que a una lloraban su desgraciada
muerte, ignorándose el agresor della, porque aunque faltaba su hermano, jamás
creyeron que él fuese dueño de tal maldad, si bien por su fuga se creía haberse
hallado en el desdichado suceso. Sola Teodosia, como la causa de tal desdicha,
pudiera decir en esto la verdad; mas ella callaba, porque le importaba hacerlo.
Sintió
mucho Constanza la ausencia de don Jorge, mas no de suerte que diese que
sospechar cosa que no estuviese muy bien a su opinión, si bien entretenía el
casarse, esperando saber algunas nuevas dél.
En
este tiempo murió su padre, dexando a sus hermosas hijas con gran suma de
riqueza, y a su madre por su amparo. La cual, ocupada en el gobierno de su
hacienda, no trató de darlas estado en más de dos años, ni a ellas se les daba
nada, ya por aguardar la venida de su amante, y parte por no perder los regalos
que de su madre tenían, sin que en todo este tiempo se supiese cosa alguna de
don Jorge; cuyo olvido fue haciendo su acostumbrado efecto en la voluntad de
Constanza, lo que no pudo hacer en la de Teodosia, que siempre amante y siempre
firme, deseaba ver casada a su hermana para vivir más segura si don Jorge
pareciese.
Sucedió
en este tiempo venir a algunos negocios a Zaragoza un hidalgo montañés, más
rico de bienes de naturaleza que de fortuna, hombre de hasta treinta o treinta
y seis años, galán, discreto y de muy amables partes, llamado Carlos.
Tomó
posada enfrente de la casa de Constanza, y a la primera vez que vio la belleza de
la dama, le dio en pago de haberla visto la libertad, dándole asiento en el
alma, con tantas veras, que sólo la muerte le pudo sacar desta determinación,
dando fuerzas a su amor el saber su noble nacimiento y riqueza, y el mirar su
honesto agrado y hermosa gravedad.
Víase
nuestro Carlos pobre y fuera de su patria, porque aunque le sobraba de noble lo
que le faltaba de rico, no era bastante para atreverse a pedirla por mujer,
seguro de que no se la habían de dar. Mas no hay amor sin astucias, ni cuerdo
que no sepa aprovecharse dellas. Imaginó una que fue bastante a darle lo mismo
que deseaba, y para conseguirla empezó a tomar amistad con Fabia, que así se
llamaba su madre de Constanza, y a regalarla con algunas cosas que procuraba
para este efecto, haciendo la noble señora en agradecimiento lo mismo.
Visitábalas algunas veces, granjeando con su agrado y linda conversación la
voluntad de todas, tanto que ya no se hallaban sin él.
En
teniendo Carlos dispuesto este negocio tan a su gusto, descubrió su intento a
una ama vieja que le servía, prometiéndole pagárselo muy bien, y desta suerte
se empezó a fingir enfermo, y no sólo con achaque limitado, sino que de golpe
se arrojó en la cama.
Tenía
ya la vieja su ama prevenido un médico, a quien dieron un gran regalo, y así
comenzó a curarle a título de un cruel tabardillo. Supo la noble Fabia la
enfermedad de su vecino, y con notable sentimiento le fue luego a ver, y le
acudía como si fuera un hijo, a todo lo que era menester. Creció la fingida
enfermedad, a dicho del médico y congoxas del enfermo, tanto que se le ordenó
que hiciese testamento y recibiese los Sacramentos. Todo lo cual se hizo en
presencia de Fabia, que sentía el mal de Carlos en el alma, a la cual el astuto
Carlos, asidas las manos, estando para hacer testamento, dixo:
-Ya
veis, señora mía, en el estado que está mi vida, más cerca de la muerte que de
otra cosa. No la siento tanto por haberme venido en la mitad de mis años,
cuanto por estorbarse con ella el deseo que siempre he tenido de serviros
después que os conocí. Mas para que mi alma vaya con algún consuelo deste
mundo, me habéis de dar licencia para descubriros un secreto.
La
buena señora le respondió que dixese lo que fuese su gusto, seguro de que era
oído y amado, como si fuera un hijo suyo.
-Seis
meses ha, señora Fabia -prosiguió Carlos-, que vivo enfrente de vuestra casa, y
esos mismos que adoro y deseo para mi mujer a mi señora doña Constanza, vuestra
hija, por su hermosura y virtudes. No he querido tratar dello, aguardando la
venida de un caballero deudo mío, a quien esperaba para que lo tratase; mas
Dios, que sabe lo que más conviene, ha sido servido de atajar mis intentos de
la manera que veis, sin dexarme gozar este deseado bien. La licencia que ahora
me habéis de dar es, para que yo le dexe toda mi hacienda, y que ella la
acepte, quedando vos, señora, por testamentaria; y después de cumplido mi
testamento todo lo demás sea para su dote.
Agradecióle
Fabla con palabras amorosas la merced que le hacía, sintiendo y solenizando con
lágrimas el perderle.
Hizo
Carlos su testamento, y por decirlo de una vez, él testó de más de cien mil
ducados, señalando en muchas partes de la montaña muy lucida hacienda. De todos
dexó por heredera a Constanza, y a su madre tan lastimada, que pedía al cielo
con lágrimas su vida.
En
viendo Fabia a su hija, echándole al cuello los brazos, le dixo:
-¡Ay
hija mía, en qué obligación estás a Carlos! Ya puedes desde hoy llamarte
desdichada, perdiendo, como pierdes tal marido.
-No
querrá tal el cielo, señora -decía la hermosa dama, muy agradada de las buenas
partes de Carlos, y obligada contra la riqueza que le dexaba-, que Carlos
muera, ni que yo sea de tan corta dicha que tal vea; yo espero de Dios que le
ha de dar vida, para que todas sirvamos la voluntad que nos muestra.
Con
estos buenos deseos, madre y hijas pedían a Dios su vida.
Dentro
de pocos días empezó Carlos, como quien tenía en su mano su salud, a mejorar, y
antes de un mes a estar del todo sano, y no sólo sano, sino esposo de la bella
Constanza, porque Fabia, viéndole con salud, le llevó a su casa y desposó con
su hija.
Granjeando
este bien por medio de su engaño, y Constanza tan contenta, porque su esposo
sabía granjear su voluntad con tantos regalos y caricias, que ya muy seguro de
su amor, se atrevió a descubrirle su engaño, dando la culpa a su hermosura y al
verdadero amor que desde que la vio la tuvo.
Era
Constanza tan discreta, que en lugar de desconsolarse, juzgándose dichosa en
tener tal marido, le dio por el engaño gracias, pareciéndole que aquella había
sido la voluntad del cielo, la cual no se puede excusar, por más que se procure
hacerlo, dando a todos estos amorosos consuelos lugar la mucha y lucida
hacienda que ella gozaba, pues sólo le faltaba a su hermosura, discreción y
riqueza un dueño como el que tenía, de tanta discreción, noble sangre y
gentileza, acompañado de tal agrado, que suegra y cuñada, viendo a Constanza
tan contenta, y que con tantas veras se juzgaba dichosa, le amaban con tal
extremo, que en lugar de sentir la burla, la juzgaban por dicha.
Cuatro
años serían pasados de la ausencia de don Jorge, muerte de Federico y
casamiento de Constanza, en cuyo tiempo la bellísima dama tenía por prendas de
su querido esposo dos hermosos hijos, con los cuales, más alegre que primero,
juzgaba perdidos los años que había gastado en otros devaneos, sin haber sido
siempre de su Carlos, cuando don Jorge, habiendo andado toda Italia, Piamonte y
Flandes, no pudiendo sufrir la ausencia de su amada señora, seguro, por algunas
personas que había visto por donde había estado, de que no le atribuían a él la
muerte del malogrado Federico, dio vuelta a su patria y se presentó a los ojos
de sus padres, y si bien su ausencia había dado que sospechar, supo dar tal
color a su fuga, llorando con fingidas lágrimas y disimulada pasión la muerte
de su hermano, haciéndose muy nuevo en ella, que dislumbró cualquiera indicio
que pudiera haber.
Recibiéronle
los amados padres como de quien de dos solas prendas que habían perdido en un
día hallaban la una, cuando menos esperanza
tenían de hallarla, acompañándolos en su alegría la hermosa Teodosia, que
obligada de su amor, calló su delito a su mismo amante, por no hacerse
sospechosa en él.
La
que menos contento mostró en esta venida fue Constanza, porque casi adivinando
lo que le había de suceder, como amaba tan de veras a su esposo, se entristeció
de que los demás se alegraban, porque don Jorge, aunque sintió con las veras
posibles hallarla casada, se animo a servirla y solicitarla de nuevo, ya que no
para su esposa, pues era imposible, al menos para gozar de su hermosura, por no
malograr tantos años de amor. Los paseos, los regalos, las músicas y finezas
eran tantas, que casi se empezó a murmurar por la ciudad. Mas a todo la dama
estaba sorda, porque jamás admitía ni estimaba cuanto el amante por ella hacía,
antes las veces que en la iglesia o en los saraos y festines que en Zaragoza se
usan la vía y hallaba cerca della, a cuantas quexas de haberse casado le daba,
ni a las tiernas y sentidas palabras que le decía, jamás le respondía palabra.
Y si alguna vez, ya cansada de oírle, le decía alguna, era tan desabrida y
pesada, que más aumentaba su pena.
La
que tenía Teodosia de ver estos extremos de amor en su querido don Jorge era
tanta, que, a no alentarla los desdenes con que su hermana le trataba, mil
veces perdiera la vida. Y tenía bastante causa, porque aunque muchas veces le
dio a entender a don Jorge su amor, jamás oyó dél sino mil desabrimientos en
respuesta, con lo cual vivía triste y desesperada.
No
ignoraba Constanza de dónde le procedía a su hermana la pena, y deseaba que don
Jorge se inclinase a remediarla, tanto por no verla padecer, como por no verse
perseguida de sus importunaciones; mas cada hora lo hallaba más imposible, por
estar ya don Jorge tan rematado y loco en solicitar su pretensión, que no
sentía que en Zaragoza se murmurase ni que su esposo de Constanza lo sintiese.
Más
de un año pasó don Jorge en esta tema, sin ser parte las veras con que
Constanza excusaba su vista, no saliendo de su casa sino a misa, y esas veces
acompañada de su marido, por quitarle el atrevimiento de hablarla, para que el
precipitado mancebo se apartase de seguir su devaneo, cuando Teodosia, agravada
de su tristeza, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad, tanto que se llegó
a tener muy poca esperanza de su
vida. Constanza, que la amaba tiernamente, conociendo que el remedio de su pena
estaba en don Jorge, se determinó a hablarle, forzando, por la vida de su
hermana, su despegada y cruel condición. Así, un día que Carlos se había ido a
caza, le envió a llamar. Loco de contento recibió don Jorge el venturoso recado
de su querida dama, y por no perder esta ventura, fue a ver lo que el dueño de
su alma le quería.
Con
alegre rostro recibió Constanza a don Jorge, y sentándose con él en su estrado,
lo más amorosa y honestamente que pudo, por obligarle y traerle a su voluntad,
le dixo:
-No
puedo negar, señor don Jorge, si miro desapasionadamente vuestros méritos y la
voluntad que os debo, que fui desgraciada el día que os ausentasteis desta
ciudad, pues con esto perdí el alcanzaros por esposo, cosa que jamás creí de la
honesta afición con que admitía vuestros favores y finezas, si bien el que
tengo es tan de mi gusto, que doy mil gracias al cielo por haberle merecido, y
esto bien lo habéis conocido en el desprecio que de vuestro amor he hecho,
después que vinistes; que aunque no puedo ni será justo negaros la obligación
en que me habéis puesto, la de mi honra es tanta, que ha sido fuerza no dexarme
vencer de vuestras importunaciones. Tampoco quiero negar que la voluntad
primera no tiene gran fuerza, y si con mi honra y con la de mi esposo pudiera
corresponder a ella, estad seguro de que ya os hubiera dado el premio que
vuestra perseverancia merece. Mas supuesto que esto es imposible, pues en este
caso os cansáis sin provecho, aunque amando estuvieseis un siglo obligándome,
me ha parecido pagaros con dar en mi lugar otro yo, que de mi parte pague lo
que en mí es sin remedio. En concederme este bien me ganáis, no sólo por
verdadera amiga, sino por perpetua esclava. Y para no teneros suspenso, esta
hermosura que, en cambio de la mía, que ya es de Carlos, os quiero dar, es mi
hermana Teodosia, la cual, desesperada de vuestro desdén, está en lo último de
su vida, sin haber otro remedio para dársela, sino vos mismo. Ahora es tiempo
de que yo vea lo que valgo con vos, si alcanzo que nos honréis a todos, dándole
la mano de esposo. Con esto quitáis al mundo de murmuraciones, a mi esposo de
sospechas, a vos mismo de pena, y a mi querida hermana de las manos de la
muerte, que faltándole este remedio, es sin duda que triunfará de su juventud y
belleza. Y yo teniéndoos por hermano, podré pagar en agradecimiento lo que
ahora niego por mi recato.
Turbado
y perdido oyó don Jorge a Constanza, y precipitado en su pasión amorosa, le
respondió:
-¿Éste
es el premio, hermosa Constanza, que me tenías guardado al tormento que por ti
paso y al firme amor que te tengo? Pues cuando entendí que obligada dél me
llamabas para dármele, ¿me quieres imposibilitar de todo punto dél? Pues
asegúrote que conmigo no tienen lugar sus ruegos, porque otra que no fuere
Constanza no triunfará de mí. Amándote he de morir, y amándote viviré hasta que
me salte la muerte. ¡Mira si cuando la deseo para mí, se la excusaré a tu
hermana! Mejor será, amada señora mía, si no quieres que me la dé delante de
tus ingratos ojos, que pues ahora tienes lugar, te duelas de mí, y me excuses
tantas penas como por ti padezco.
Levantóse
Constanza, oyendo esto, en pie, y en modo de burla, le dixo:
-Hagamos,
señor don Jorge, un concierto; y sea que como vos me hagáis en esta placeta que
está delante de mi casa, de aquí a la mañana, un jardín tan adornado de cuadros
y olorosas flores, árboles y fuentes, que ni en su frescura ni belleza, ni en
la diversidad de páxaros quien él haya, desdiga de los nombrados pensiles de
Babilonia, que Semíramis hizo sobre sus muros, yo me pondré en vuestro poder y
haré por vos cuanto deseáis; y si no, que os habéis de dexar desta pretensión,
otorgándome en pago el ser esposo de mi hermana, porque si no es a precio de
arte imposible, no han de perder Carlos y Constanza su honor, granjeado con
tanto cuidado y sustentado con tanto aumento. Éste es el precio de mi honra;
manos a la labor; que a un amante tan fino como vos no hay nada imposible.
Con
esto se entró donde estaba su hermana, bien descontenta del mal recado que
llevaba de su pretensión, dexando a don Jorge tan desesperado, que fue milagro
no quitarse la vida.
Salióse
asimismo loco y perdido de casa de Constanza y con desconcertados pasos, sin
mirar cómo ni por dónde iba, se fue al campo, y allí, maldiciendo su suerte y
el día primero que la había visto y amado, se arrojó al pie de un árbol, ya,
cuando empezaba a cerrar la noche, y allí dando tristes y lastimosos suspiros,
llamándola cruel y rigurosa mujer, cercado de mortales pensamientos, vertiendo
lágrimas, estuvo una pieza, unas veces dando voces como hombre sin juicio, y
otras callando, se le puso, sin ver por dónde, ni cómo había venido, delante un
hombre que le dixo:
-¿Qué
tienes, don Jorge? ¿Por qué das voces y suspiros al viento, pudiendo remediar
tu pasión de otra suerte? ¿Qué lágrimas femeniles son éstas? ¿No tiene más
ánimo un hombre de tu valor que el que aquí muestras? ¿No echas de ver que,
pues tu dama puso precio a tu pasión, que no está tan dificultoso tu remedio
como piensas?
Mirándole
estaba don Jorge mientras decía esto, espantado de oírle decir lo que él apenas
creía que sabía nadie, y así le respondió:
-¿Y
quién eres tú, que sabes lo que aun yo mismo no sé, y que asimismo me prometes
remedio, cuando le hallo tan dificultoso? ¿Qué puedes tú hacer, cuando aún al
demonio es imposible?
-¿Y
si yo fuese el mismo que dices -respondió el mismo que era- qué dirías? Ten
ánimo, y mira qué me darás, si yo hago el jardín tan dificultoso que tu dama
pide.
Juzgue
cualquiera de los presentes, qué respondería un desesperado, que a trueque de
alcanzar lo que deseaba, la vida y el alma tenía en poco. Y ansí le dixo:
-Pon
tú el precio a lo que por mí quieres hacer, que aquí estoy presto a otorgarlo.
-Pues
mándame el alma -dixo el demonio- y hazme una cédula firmada de tu mano de que
sera mía cuando se aparte del cuerpo, y vuélvete seguro que antes que amanezca
podrás cumplir a tu dama su imposible deseo.
Amaba,
noble y discreto auditorio, el mal aconsejado mozo, y así, no le fue difícil
hacer cuanto el común enemigo de nuestro reposo le pedía. Prevenido venía el
demonio de todo lo necesario, de suerte que poniéndole en la mano papel y
escribanías, hizo la cédula de la manera que el demonio la ordenó, y firmando
sin mirar lo que hacía, ni que por precio de un desordenado apetito daba una
joya tan preciada y que tanto le costó al divino Criador della, ¡Oh mal
aconsejado caballero! ¡Oh loco mozo! ¿y qué haces? ¡Mira cuánto pierdes y cuán
poco ganas, que el gusto que compras se acabará en un instante, y la pena que
tendrás será eternidades! Nada mira al deseo de ver a Constanza en su poder,
mas él se arrepentirá cuando no tenga remedio.
Hecho
esto, don Jorge se fue a su posada, y el demonio a dar principio a su fabulosa
fábrica.
Llegóse
la mañana, y don Jorge, creyendo que había de ser la de su gloria, se levantó
al amanecer, y vistiéndose lo más rica y costosamente que pudo, se fue a la
parte donde el jardín se había de hacer, y llegando a la placeta que estaba de
la casa de la bella Constanza el más contento que en su vida estuvo, viendo la
más hermosa obra que jamás se vio, que a no ser mentira, como el autor della,
pudiera ser recreación de cualquier monarca. Se entró dentro, y paseándose por
entre sus hermosos cuadros y vistosas calles, estuvo aguardando que saliese su
dama a ver cómo había cumplido su deseo.
Carlos,
que, aunque la misma noche que Constanza habló con don Jorge, había venido de
caza cansado, madrugó aquella mañana para acudir a un negocio que se le había
ofrecido. Y como apenas fuese de día abrió una ventana que caía sobre la
placeta, poniéndose a vestir en ella; y como en abriendo se le ofreciese a los
ojos la máquina ordenada por el demonio para derribar la fortaleza del honor de
su esposa, casi como admirado estuvo un rato, creyendo que soñaba. Mas viendo
que ya que los ojos se pudieran engañar, no lo hacían los oídos, que absortos a
la dulce armonía de tantos y tan diversos paxarillos como en el deleitoso
jardín estaban, habiendo en el tiempo de su elevación notado la belleza dél,
tantos cuadros, tan hermosos árboles, tan intrincados laberintos, vuelto como
de sueño, empezó a dar voces, llamando a su esposa, y los demás de su casa,
diciéndoles que se levantasen, verían la mayor maravilla que jamas se vio.
A
las voces que Carlos dio, se levantó Constanza y su madre y cuantos en casa
había, bien seguros de tal novedad, porque la dama ya no se acordaba de lo que
había pedido a don Jorge, segura de que no lo había de hacer, y como descuidada
llegase a ver qué la quería su esposo, y viese el jardín precio de su honor,
tan adornado de flores y árboles, que aún le pareció que era menos lo que había
pedido, según lo que le daban, pues las fuentes y hermosos cenadores, ponían
espanto a quien las vía, y viese a don Jorge tan lleno de galas y bizarría
pasearse por él, y en un punto considerase lo que había prometido, sin poderse
tener en sus pies, vencida de un mortal desmayo, se dexó caer en el suelo, a
cuyo golpe acudió su esposo y los demás, pareciéndoles que estaban encantados,
según los prodigios que se vían. Y tomándola en sus brazos, como quien la amaba
tiernamente, con grandísima priesa pedía que le llamasen los médicos,
pareciéndole que estaba sin vida, por cuya causa su marido y hermana
solenizaban con lágrimas y voces su muerte, a cuyos gritos subió mucha gente,
que ya se había juntado a ver el jardín que en la placeta estaba, y entre ellos
don Jorge, que luego imaginó lo que podía ser, ayudando él y todos al
sentimiento que todos hacían.
Media
hora estuvo la hermosa señora desta suerte, haciéndosele innumerables remedios,
cuando estremeciéndose fuertemente tornó en sí, y viéndose en los brazos de su
amado esposo, cercada de gente, y entre ellos a don Jorge, llorando amarga y
hermosamente los ojos en Carlos, le empezó a decir así:
-Ya,
señor mío, si quieres tener honra y que tus hijos la tengan y mis nobles deudos
no la pierdan, sino que tú se la des, conviene que al punto me quites la vida,
no porque a ti ni a ellos he ofendido, mas porque puse precio a tu honor y al
suyo, sin mirar que no le tiene. Yo lo hiciera imitando a Lucrecia, y aun
dexándola atrás, pues si ella se mató después de haber hecho la ofensa, yo
muriera sin cometerla, sólo por haberla pensado; mas soy cristiana, y no es
razón que ya que sin culpa pierdo la vida y te pierdo a ti, que eres mi propia
vida, pierda el alma que tanto costó al Criador della.
Más
espanto dieron estas razones a Carlos que lo demás que vía, y así, le pidió que
les dixese la causa por qué lo decía y lloraba con tanto sentimiento.
Entonces
Constanza, aquietándose un poco, contó públicamente cuanto con don Jorge le
había pasado desde que la empezó a amar, hasta el punto que estaba, añadiendo,
por fin, que pues ella había pedido a don Jorge un imposible, y él le había
cumplido, aunque ignoraba el modo, que en aquel caso no había otro remedio sino
su muerte; con la cual, dándosela su marido, como el más agraviado, tendría
todo fin y don Jorge no podría tener quexa della.
Viendo
Carlos un caso tan extraño, considerando que por su esposa se vía en tanto
aumento de riqueza, cosa que muchas veces sucede ser freno a las inclinaciones
de los hombres de desigualdad, pues el que escoge mujer más rica que él ni
compra mujer sino señora; de la misma suerte, como aconseja Aristóteles, no
trayendo la mujer más hacienda que su virtud, procura con ella y su humildad
granjear la voluntad de su dueño. Y asimismo más enamorado que jamás lo había
estado de la hermosa Constanza, le dixo:
-No
puedo negar, señora mía, que hicistes mal en poner precio por lo que no le
tiene, pues la virtud y castidad de la mujer, no hay en el mundo con qué se
pueda pagar; pues aunque os fiastes de un imposible, pudiérades considerar que
no lo hay para un amante que lo es de veras, y el premio de su amor lo ha de
alcanzar con hacerlos. Mas esta culpa ya la pagáis con la pena que os veo, por
tanto ni yo os quitaré la vida ni os daré más pesadumbre de la que tenéis. El
que ha de morir es Carlos, que, como desdichado, ya la fortuna, cansada de
subirle, le quiere derribar. Vos prometistes dar a don Jorge el premio de su
amor, si hacía este jardín. Él ha buscado modo para cumplir su palabra. Aquí no
hay otro remedio sino que cumpláis la vuestra, que yo, con hacer esto que ahora
veréis no os podré ser estorbo, a que vos cumpláis con vuestras obligaciones, y
él goce el premio de tanto amor.
Diciendo
esto sacó la espada, y fuésela a meter por los pechos, sin mirar que con tan
desesperada acción perdía el alma, al tiempo que don Jorge, temiendo lo mismo
que él quería hacer, había de un salto juntádose con él, y asiéndole el puño de
la violenta espada, diciéndole:
-Tente,
Carlos, tente.
Se
la tuvo fuertemente. Así, como estaba, siguió contando cuanto con el demonio le
había pasado hasta el punto que estaba, y pasando adelante, dixo:
-No
es razón que a tan noble condición como la tuya yo haga ninguna ofensa, pues
sólo con ver que te quitas la vida, porque yo no muera (pues no hay muerte para
mí más cruel que privarme de gozar lo que tanto quiero y tan caro me cuesta, pues
he dado por precio el alma), me ha obligado de suerte, que no una, sino mil
perdiera, por no ofenderte. Tu esposa está ya libre de su obligación, que yo le
alzo la palabra. Goce Constanza a Carlos, y Carlos a Constanza, pues el cielo
los crió tan conformes, que sólo él es el que la merece, y ella la que es digna
de ser suya, y muera don Jorge, pues nació tan desdichado, que no sólo ha
perdido el gusto por amar, sino la joya que le costó a Dios morir en una Cruz.
A
estas últimas palabras de don Jorge, se les apareció el Demonio con la cédula
en la mano, y dando voces, les dixo:
-No
me habéis de vencer, aunque más hagáis; pues donde un marido, atropellando su
gusto y queriendo perder la vida, se vence a sí mismo, dando licencia a su
mujer para que cumpla lo que prometió; y un loco amante, obligado desto, suelta
la palabra, que le cuesta no menos que el alma, como en esta cédula se ve que
me hace donación della, no he de hacer menos yo que ellos. Y así, para que el
mundo se admire de que en mí pudo haber virtud, toma don Jorge: ves ahí tu
cédula; yo te suelto la obligación, que no quiero alma de quien tan bien se
sabe vencer.
Y
diciendo esto, le arroxó la cédula, y dando un grandísimo estallido,
desapareció y juntamente el jardín, quedando en su lugar, un espeso y hediondo
humo, que duró un grande espacio.
Al
ruido que hizo, que fue tan grande que parecía hundirse la ciudad, Constanza y
Teodosia, con su madre y las demás criadas, que como absortas y embelesadas
habían quedado con la vista del demonio, volvieron sobre sí, y viendo a don
Jorge hincado de rodillas, dando con lágrimas gracias a Dios por la merced que
le había hecho de librarle de tal peligro, creyendo, que por secretas causas,
sólo a su Majestad Divina reservadas, había sucedido aquel caso, le ayudaron
haciendo lo mismo.
Acabando
don Jorge su devota oración, se volvió a Constanza, y le dixo:
-Ya,
hermosa señora, conozco cuán acertada has andado en guardar el decoro que es
justo al marido que tienes, y así, para que viva seguro de mí, pues de ti lo
está y tiene tantas causas para hacerlo, después de pedirte perdón de los
enfados que te he dado y de la opinión que te he quitado con mis importunas
pasiones, te pido lo que tú ayer me dabas deseosa de mi bien, y yo como loco, desprecié,
que es a la hermosa Teodosia por mujer; que con esto el noble Carlos quedará
seguro, y esta ciudad enterada de tu valor y virtud.
En
oyendo esto Constanza, se fue con los brazos abiertos a don Jorge, y
echándoselos al cuello, casi juntó su hermosa boca con la frente del bien
entendido mozo, que pudo por la virtud ganar lo que no pudo con el amor,
diciendo:
-Este
favor os doy como a hermano, siendo el primero que alcanzáis de mí cuanto ha
que me amáis.
Todos
ayudaban a este regocijo: unos con admiraciones, y otros con parabienes. Y ese
mismo día fueron desposados don Jorge y la bella Teodosia, con general contento
de cuantos llegaban a saber esta historia. Y otro día, que no quisieron
dilatarlo más, se hicieron las solenes bodas, siendo padrinos Carlos y la bella
Constanza. Hiciéronse muchas fiestas en la ciudad, solenizando el dichoso fin
de tan enredado suceso, en las cuales don Jorge y Carlos se señalaron, dando
muestras de su gentileza y gallardía, dando motivos a todos para tener por muy
dichosas a las que los habían merecido por dueños.
Vivieron
muchos años con hermosos hijos, sin que jamás se supiese que don Jorge hubiese
sido el matador de Federico, hasta que después de muerto don Jorge, Teodosia
contó el caso como quien tan bien lo sabía. A la cual, cuando murió, le
hallaron escrita de su mano esta maravilla, dexando al fin della por premio al
que dixese cuál hizo más destos tres: Carlos, don Jorge, o el demonio, el
laurel de bien entendido. Cada uno le juzgue si le quisiere ganar, que yo
quiero dar aquí fin al Jardín engañoso, título que da el suceso
referido a esta maravilla.
Dio
fin la noble y discreta Laura a su
maravilla, y todas aquellas damas y caballeros principio a disputar cuál había
hecho más, por quedar con la opinión de discreto; y porque la bella Lisis había
puesto una joya para el que acertase. Cada uno daba su razón: unos alegaban que
el marido, y otros que el amante, y todos juntos, que el demonio, por ser en él
cosa nunca vista el hacer bien.
Esta
opinión sustentó divinamente don Juan, llevando la joya prometida, no con pocos
celos de don Diego y gloria de Lisarda, a quien la rindió al punto, dando a
Lisis no pequeño pesar.
En
esto entretuvieron gran parte de la noche, tanto que por no ser hora de
representar la comedia, de común voto quedó para el día de la Circuncisión, que
era el primero día del año, que se habían de desposar don Diego y la hermosa
Lisis; y así, se fueron a las mesas que estaban puestas, y cenaron con mucho
gusto, dando fin a la quinta noche, y yo a mi honesto y entretenido sarao,
prometiendo si es admitido con el favor y gusto que espero, segunda parte, y en
ésta el castigo de la ingratitud de don Juan, mudanza de Lisarda y boda de
Lisis, si como espero, es estimado mi trabajo y agradecido mi deseo, y alabado,
no mi tosco estilo, sino el deseo con que va escrito.