Justo delante de la pista de salida de Marysville, la gran camioneta
Chevy frenó de repente y algo salió volando de su parte trasera para chocar e
incrustarse en el parabrisas de Ruth Donahue.
Mientras luchaba
por controlar su Volvo, contempló horrorizada sus manos y vio que la sangre
rezumaba a través del cristal hecho añicos; el volante estaba pegajoso por su
causa. Ruth volvió la cabeza casi por instinto, ya que su visión estaba
completamente bloqueada por la... cosa que había en el capó del coche. Iba a
poco más de treinta kilómetros por hora, pero le parecía que corría al menos a
ciento veinte.
Hubo un rechinar de
neumáticos y el coche quedó inclinado al golpear la cuneta. Ruth gritó, tanto de
irritación como de miedo. Con dificultad, se obligó a permanecer en el coche
después de haber puesto el freno de mano.
-Quiero salir de
aquí -dijo con voz baja y tensa mientras se contemplaba la sangre de las manos,
los brazos y la falda.
La cosa del capó,
advirtió con repulsión, era un perro. Recordó haberlo visto en la parte
trasera de la camioneta. Era (había sido) de buen tamaño, ligeramente moteado,
con orejitas saltonas, y Ruth se había estado preguntando por qué el conductor
no lo había atado. Cuando el Chevy había frenado tan de repente, el perro había
salido despedido del camión y...
Bajó la cabeza y
vomitó.
Un brusco golpe en
la ventanilla le llamó la atención, y alzó la cabeza, avergonzada de que la
vieran. Un oficial de la Patrulla de Carreteras (¿de dónde había salido?) le
indicaba que bajara el cristal, y reluctantemente así lo hizo.
-¿Se encuentra
bien, señora? -le preguntó el oficial, con la preocupación pintada en el
rostro.
-No lo sé, yo...
Las palabras le
fallaron y empezó a llorar, no con lágrimas silenciosas, sino con hondos
sollozos que la dejaron dolorida y temblorosa.
-Eh, Gary, la
señora sufre un shock -llamó el oficial a alguien a quien no podía ver.
-¿Está herida? -preguntó el
otro.
-Arañazos y
magulladuras, y además, tiene mal aspecto, pero creo que no está malherida.
Será mejor que la examinen en el hospital, por si acaso.
Ruth intentó hacer
callar al hombre. Agitó una mano y vio que retrocedía al verla. Había olvidado
sus horribles manos hasta ese momento, y ahora las ocultó conscientemente.
-Mierda, el cabrón golpeó con
fuerza, ¿verdad?
El oficial abrió la portezuela y
se asomó en el interior.
-Estoy... bien,
oficial, o lo estaré dentro de un momento. -Notaba el aire y la luz del sol
densos como vino-. De verdad.
-Puede que sí -dijo
él, dubitativo-. Pero será mejor que me deje llevarla al hospital.
¿Qué es lo que ve?, se preguntó,
temiendo preguntárselo así misma.
-No tiene por qué... -empezó a
decir, pero él la interrumpió.
-Mire, señora, nos
va a llevar un rato sacar al animal de su coche, y el parabrisas está roto. No
va a poder conducir de todas formas. Y, francamente, parece bastante
conmocionada.
Se llevó las manos a las
caderas, con determinación.
Ruth se aclaró la garganta.
-De acuerdo.
-¿Hay alguien por
aquí que pueda recogerla? -continuó el policía.
-Yo... soy de San Luis Obispo.
He venido a pasar el día.
¿A quién conocía en
casa que estuviera dispuesto a dejarlo todo y conducir durante cinco horas para
recogerla?
-Bien, mire, la
llevaremos al hospital de emergencia en Yuba City. Puede llamar desde allí -empezó
a retirarse de ella, como si su shock fuera contagioso.
Ya podía imaginar a
Randy Jeffers gritándole a su secretaria cuando se enterara de lo que había
pasado. La respuesta principal de Randy a todo lo que no podía controlar era
gritar. Se enfadaría con Ruth por su accidente, tanto más porque estaba en el
Valle de Sacramento en viaje de negocios para su empresa.
-¿Quiere salir del coche,
señora? -le preguntó el oficial.
-Oh, sí. -Abrió la
puerta; el movimiento la hizo sentirse mareada-. Y mi nombre es Donahue, Ruth
Donahue.
-Sí -dijo el
oficial. Luego, reluctante, añadió-: Soy el agente Fairchild. Hal Fairchild.
A Ruth no se le
ocurrió nada que decir. Ninguna de las enseñanzas que había recibido de niña
cubrían encuentros con agentes de la ley después de accidentes. «Tengo treinta
y seis años -pensó-, y no sé qué decirle a un poli.»
-¿Quiere entrar en
el coche, señora Donahue? -ofreció el agente Fairchild-. Eh, Gary, ¿cómo está
el tipo de la camioneta?
-No creo que la ambulancia vaya
a llegar a tiempo.
La respuesta fue
escueta, sin inflexión, de modo que pareció más propia de una máquina que de un
hombre.
-Eh, Gary, apártate
de ahí -fue una sugerencia amistosa. Fairchild la hizo mientras abría la puerta
a Ruth.
-Alguien tiene que quedarse con
él. ¡Maldito bastardo!
-No deje que Gary
la moleste -le dijo Fairchild en voz baja-. Es su quinto mal accidente en
cuatro días y está empezando a afectarle. Cerró la puerta y echó a andar.
-Y supongo que los
de la SPCA tendrán algo que decir sobre la forma en que el perro estalla
suelto en el camión.
-Perdone -dijo
Ruth, sorprendida al encontrar al agente Fairchild a su lado de nuevo y al
coche en marcha. ¿Cuánto tiempo había pasado?-. Mi mente estaba... divagando.
-Es normal -dijo Fairchild-.
Producto del shock.
-¿Falta mucho para que lleguemos
al hospital?
Advirtió que las
granjas habían dado paso a casas pequeñas y los primeros indicios de un centro
urbano.
-Diez minutos como
máximo. ¿Podrá aguantar hasta entonces? -La miró rápidamente-. Está un poco
pálida.
-Me... encuentro bien.
Se sentía alarmada
por sus vagos pensamientos, pero no podía decírselo.
-Bien, aguante,
señora Donahue. Nos aseguraremos de que los médicos la examinen bien antes de
marcharnos.
-Muy bien. -Sentía
los ojos sólidos y fijos en su cabeza, como canicas, y no quiso moverlos a
menos que tuviera obligación de hacerlo-. ¿Y el hombre de la camioneta?
-No lo sé. El
informe dice que estaba vivo cuando llegó la ambulancia, pero no sé si saldrá
de ésta. Estaba muy malherido.
-¿Qué sucedió? -preguntó Ruth-.
¿Por qué frenó así?
-Es difícil de
decir. No había nada en la carretera. No hemos tenido tiempo de sacar el
camión. Tal vez un pájaro se le coló por la ventanilla. Eso pasa a menudo por
aquí. ¿Han tenido alguna vez ese problema en San Luis Obispo?
-Supongo.
Vio salir de una
ancha avenida un autobús escolar cargado de niños pequeños. Lo siguió,
agradecida de que sólo hubiera una camioneta delante y no uno de esos autobuses
repletos de chiquillos.
-Sólo un par de minutos más -dijo
el oficial Fairchild.
-Bien.
El doctor era insistente y de
mediana edad. Se pasó la mano por el pelo alborotado y tomó algunas notas
apresuradas.
-Bien, señora
Donahue, no sé qué decirle. Sufre un leve shock y eso no es
sorprendente. Podría superarlo con unas horas de sueño, ya que no hay señales
de conmoción. Le recomiendo que se haga un buen chequeo por su médico de
cabecera.
-No tengo -murmuró
Ruth.
Llevaba en el
hospital más de tres horas y estaba desorientada.
-Entonces acuda a
una clínica o algo así -dijo él con brusquedad-.
Ha pasado un mal
rato, y no es aconsejable pasar por alto ningún síntoma.
-De acuerdo -dijo ella, mirando
el reloj.
Aún no había
llamado a Randy; por lo que sabían en la oficina, estaba comprobando la
Comisión de Planeamiento y Zonas, investigando las posibilidades para
desarrollar el viejo Rancho Standish. Cuando se enterara de que había perdido
más de medio día, no sería agradable.
-Hay un motel cerca
de aquí. No es demasiado caro. Pueden ayudarle a alquilar un coche. Pero creo
que no debería conducir al menos durante veinticuatro horas.
El médico se aclaró
la garganta.
-Tengo que estar en la carretera
mañana por la mañana.
-Yo no lo
aconsejaría -dijo el médico, con un suspiro cansado-. Mire, ¿hay algo que
podamos hacer por usted? No está casada, me he dado cuenta, pero debe haber...
-Nadie -contestó
ella, interrumpiéndole-. Llamaré a mi jefe desde el motel.
-Si es así como lo
prefiere... Voy a darle una receta de algo que le ayudará a descansar y
relajarse. No la mezcle con alcohol ni con productos lácteos. Y espere para
tomarlas al menos una hora después de comer.
-No tengo hambre -dijo
Ruth en voz baja.
-Ya la tendrá -le
contestó el médico-. Llamaré a la farmacia para que preparen la receta. Puede
recogerla dentro de cuarenta minutos.
-Gracias.
Su mente divagaba y
notó que no quería resistirse.
-Si tiene dolores
de cabeza repentinos u otros síntomas desusados, llámeme -le tendió una tarjeta-.
Mi mensáfono es el segundo número, y el contestador automático el tercero. Si
es de noche, insista en que me despierten. Les dejaré su nombre, por si acaso.
Ruth no podía
imaginarse llamando a este hombre, ni ahora ni nunca, pero cogió la tarjeta y
se la guardó en el bolso.
-Llamaré si pasa
algo.
Qué ridiculez,
pensó. Ya había pasado algo, por eso estaba aquí.
-La farmacia está enfrente de la oficina de
admisión de urgencias.
El médico le echó una última
mirada, y luego se dirigió apresuradamente hacia otra sala de exámenes.
Ruth se puso muy lentamente la
ropa y recogió sus cosas. Notaba las manos como si llevara mitones y nada de lo
que se ponía parecía pertenecerle. Le escocían los ojos, le dolía la mandíbula
de apretar los dientes, y notaba rigidez en sus movimientos, el legado del
esfuerzo.
En la farmacia le pidieron que
esperara. Encontró una silla de plástico en mal estado, cogió una revista
estropeada y se puso a hojearla.
El niño que tenía al lado
chillaba. La manga de su chaqueta estaba empapada de sangre. Los dos enfermeros
intentaban cortarla, pero el niño los evitaba, gritando y pateando.
-Sufre un shock -jadeó
uno de los enfermeros.
-Vaya shock -refunfuñó el
otro-. El malnacido acaba de morderme.
Ruth se preguntó cuánto tiempo
llevaban allí.
El niño emitió un aullido de
dolor y rabia cuando los enfermeros finalmente lo levantaron del suelo. Su pie
golpeó la mejilla de Ruth y su mano izquierda le arrancó manojos de pelo.
-Lo siento, señora -dijo uno de
los enfermeros mientras forzaba al niño a abrir el puño.
-No es nada -contestó Ruth.
Sus pensamientos estaban aún
desorientados. No podía recordar la llegada del niño. Desde luego, tenía que
haber estado llorando y armando jaleo, pero no podía enfocarlo en su mente.
Una mujer delgada y agitada con
la cara surcada de lágrimas salió corriendo de la oficina de admisión de
urgencias, con los ojos llenos de desesperación.
-Jerry...
El niño se revolvió, renovados
sus esfuerzos, y consiguió golpear a uno de los enfermeros en la nariz.
-Eh, amiguito -dijo el
enfermero, haciendo todo lo posible por ignorar la sangre que había empezado a
correrle por la cara.
-Déjenos encargarnos de esto,
señora -le dijo el otro enfermero a la mujer-. Tenemos que quitarle la
chaqueta. No podremos hacer mucho por su brazo hasta entonces.
-No estaba así en el coche -protestó
la mujer-. Jerry, deja que te ayuden.
Ruth se apartó dos sillas del
tumulto, deseando no haberlo visto. Aún estaba perturbada por lo que había pasado
en la carretera, y el niño con la manga manchada de sangre le parecía demasiado
similar al perro incrustado en su parabrisas.
-Señora, por favor, dígale a
este hijo suyo que sólo queremos ayudarle -dijo el enfermero más viejo.
-Jerry, déjales... -empezó a
decir la madre, pero el niño siguió debatiéndose con el brazo sano.
Tengo que salir de aquí, se dijo
Ruth. Tengo que hacerlo. Se apartó otras dos sillas, pero no fue suficiente.
Respiró agitadamente al levantarse, preparada para marcharse por la primera
puerta abierta que encontrase.
-Señora Donahue -llamó la
empleada de la farmacia, repitiéndolo dos veces antes de que Ruth pudiera
responder.
-Gracias -susurró ella mientras
rebuscaba en su bolso en busca de su monedero y su MasterCard.
-No deje que el jaleo la afecte -le
avisó la empleada-. Los niños se comportan así cuando se lastiman. No es tan
malo como parece.
-¿Qué le debo?
Tras ella, los enfermeros
consiguieron controlar a Jerry; sus gritos se convirtieron en tristes sollozos.
Ruth no quiso mirar.
-Veintinueve ochenta y seis. -La
empleada cogió la tarjeta de crédito y la pasó por la registradora-. ¿La avisó
el doctor Forbes de que no tomara alcohol ni productos lácteos?
-Sí -contestó Ruth. Vio que sus
manos temblaban.
-Bien. A veces se les olvida.
Recuerde que es probable que duerma un buen rato: doce horas no es nada
extraño. Si puede conseguir que no la molesten, tanto mejor.
Le tendió la tarjeta y ofreció
el resguardo para que Ruth lo firmase.
Mientras garabateaba unas letras
que no se parecían en nada a su nombre, Ruth preguntó si había un buen motel
cerca. Repitió el nombre dos veces cuando la empleada ofreció su sugerencia.
-¿Puedo llamar desde aquí?
-Hay una cabina en el vestíbulo -dijo
la empleada, encogiéndose de hombros-. Le dejaría usar la que tenemos aquí,
pero así son las reglas.
Tardó casi una hora en coger un
taxi, pues había muy pocos en la ciudad. Después del breve trayecto, Ruth entró
en la tienda de objetos de regalo para comprar un cepillo de dientes y
desodorante antes de ir a su habitación. Lo último que hizo fue llamar a San
Luis Obispo para decirle a Randy Jeffers lo que había pasado.
-Vaya -dijo su jefe después de
una muestra inicial de preocupación-. Será mejor que alquiles un coche mañana
y regreses. Le diré a Stan que se ocupe del trabajo. Eh, y conduce con cuidado,
¿quieres?
En cualquier otra ocasión Ruth
tal vez se habría sentido conmovida por esto, pero ahora la lastimó y replicó:
-Si creías que no podía manejar
esto, ¿por qué...?
-Eh, tranquila, nena -interrumpió
Randy-. No he dicho nada de eso. Será mejor que descanses. Pareces agotada.
-Estoy agotada -admitió,
sintiendo que las lágrimas asomaban a sus ojos-. No ha sido muy agradable.
-Mierda, no -dijo Randy con más
sentimiento.
-Te llamaré mañana
antes de marcharme. Dile a Stan que ya tengo el material de Sacramento. -Advirtió
que aún tenía los papeles en el coche; tendría que llamar a la policía y
averiguar a dónde lo habían llevado- , y el hombre al que tiene que ver es un
tal Garrick.
-Buen trabajo. -Randy
estaba claramente intentando hacer que se sintiera mejor-. Se lo diré. Puede
que consiga coger el puente aéreo de Fresno. Así ahorraremos tiempo.
Ruth quiso
preguntarle por qué la había hecho conducir cuando estaba dispuesto a pagarle
un avión a Stan, pero las palabras se le atropellaron en la boca y todo lo que
pudo hacer fue suspirar. Deseó poder contener las lágrimas hasta después de
haber colgado el teléfono.
-Bien, te veré
pronto, ¿de acuerdo? Si puedes alquilar un coche baratito, hazlo. Quiero
rebajar los costes en lo posible. Y, Ruth, tómate tu tiempo en volver. Lo has
pasado mal, lo sé. Así que no espero que estés aquí mañana ni el viernes.
Tómate tu tiempo y recupérate. Nos encarga-remos de gestionarte la baja.
Su tono era
indulgente, pero Ruth hizo lo posible para aceptar la oferta agradecidamente.
-Muchísimas gracias
-dijo, sabiendo que eso era lo que esperaba que dijera. Cuando colgó, notó la
humedad en su cara.
Llamó a la Patrulla
de Autopistas y pidió que le llevaran su maletín al hotel. Estaba en el capó
del coche, y lo necesitaría por la mañana. La mujer que habló con ella le
aseguró que así se haría.
Finalmente, Ruth
llamó a recepción y pidió que no la molestasen. Luego tomó una de las cápsulas
que le había recetado el doctor Forbes y se entregó al olvido.
El Ford Escort era el coche más
barato disponible en la tienda de alquiler local, y cuando empezó a conducirlo
advirtió que no tenía las prestaciones a las que estaba acostumbrada con su
Volvo. Conducir la ponía nerviosa, y se pegó al carril lento mientras se
dirigía a Sacramento. Le sudaban las manos aunque el día era frío, y de vez en
cuando tenía que secárselas en la falda.
La autopista
interestatal número 5 era hipnotizante y se extendía por todo el Valle de San
Joaquín. Ruth la había recorrido antes, pero esta vez parecía que habían
añadido muchos kilómetros extra a la carretera. Mantuvo su velocidad a ochenta
e ignoró a los grandes camiones que la adelantaban a velocidades mucho más altas.
Se prometió que no se de-tendría para almorzar hasta que llegara a Coalinga.
Entonces tendría tiempo para tomar una buena comida caliente y recuperarse para
el último tramo de viaje por las colinas hasta la 101.
Dos coches patrulla
la adelantaron y Ruth dio un respingo ante la visión. Odió la idea de mirar la
carretera que tenía delante por si había otro accidente. Intentó cantar en voz
alta (el Escort no tenía radio), pero su voz sonaba débil y cascada, así que
volvió a guardar silencio.
No pudo recordar
los últimos kilómetros antes de Coalinga. La desviación de salida llegó como
una sorpresa y estuvo a punto de pasarla de largo. La miró como si fuera un
espejismo. Decidió que había conducido demasiado, y agradecida entró en el
parking de Harris Ranch, decidida a tardar con la comida, dándose tiempo
suficiente para calmarse. Había oído hablar de la hipnosis que produce la
autopista, pero hasta ahora nunca la había experimentado, y eso la asustaba.
Menos de diez minutos después de
salir del restaurante, Ruth vio al animal tendido junto a la carretera,
encogido en forma de una pelota protectora en un último intento fútil de
conservar las tripas en su cuerpo macerado.
La asaltaron las
náuseas, y la excelente comida que acababa de comer amenazó con abandonarla.
Miró ciegamente hacia el frente, la cara cenicienta, la respiración agitada.
¿Qué era el animal? ¿Un gato? ¿Un mapache? No había tenido tiempo más que para
ver de reojo la destrucción y el pelaje negro y blanco. El dolor de cabeza, que
se había retirado hasta convertirse en un molesto picor de ojos, golpeó ahora
su cráneo.
Todo lo que podía
hacer era seguir conduciendo. El viento del oeste venía cargado de polvo que
reducía la visibilidad con la tenacidad de la niebla. La superficie de la
autopista, por acción de la arena, se volvió resbaladiza, y no estaba segura de
hasta dónde había llegado.
¿Cuándo había
aparecido el viento? Ruth no podía recordarlo. Tenía que ser el dolor de
cabeza o el recuerdo del animal muerto que la había distraído, pero ¿durante
cuánto tiempo? ¿Qué había sucedido en los últimos kilómetros? ¿Cuántos habían
sido? No estaba segura de dónde se encontraba. ¿Había tomado la desviación para
San Luis Obispo? ¿Estaba aún en la Interestatal 5? ¿Dónde estaba? La pregunta
se repitió en su mente con un chillido. Miró al reloj del salpicadero y vio que
eran más de las tres. Ya casi debería haber llegado a casa, pero en cambio se
encontraba atrapada en el viento lleno de polvo.
A duras penas
consiguió ver una señal, y una desviación detrás, y después de un momento de
duda la tomó, esperando que la llevara rápidamente a una ciudad donde pudiera
hacer unas cuantas llamadas telefónicas y descubriera hasta dónde había
llegado.
Justo al lado de la
desviación había una estación de servicio, pero al acercarse Ruth vio que
estaba cerrada. Entró en el parking cubierto de polvo. Los neumáticos de su
coche chirriaron. Abrió la puerta del Escort y sintió el azote de la tormenta.
Había una cabina telefónica a menos de treinta metros de distancia. Caminó
hacia ella protegiéndose la cara con el bolso.
El teléfono no
funcionaba, y en el lugar donde habían estado las guías sólo colgaban las
cadenas vacías.
Con un gemido de
desesperación, Ruth salió de la cabina y regresó al coche. Ahora se movía
contra el viento, y había poca protección. El polvo la hacía parpadear, y
cuando estornudó le dolió toda la cara.
De vuelta al coche, apoyó la
cabeza en el volante y lloró. Estaba al borde de la histeria. Todo lo que había
soportado durante los dos últimos días se dejó sentir por fin. Estaba avergonzada
por su falta de control, pero no podía remediarlo. En las últimas cuarenta y
ocho horas, algo crucial la había abandonado y la había dejado sin timón. Los
minutos y las horas que no podía recordar, el pánico que ahondó en ella al admitirlo.
Su cuerpo temblaba, como paralizado. Sorprendida, se miró las manos, que ya no
parecían formar parte de ella.
«¿Dónde estoy ahora? ¿Dónde?»
Mientras sus
sollozos se calmaban, trató de tomar una decisión sensata, pero apenas fue
capaz de volver a poner el coche en marcha. «Tengo que regresar a la
autopista», se dijo. Sus pensamientos se movían tan lentamente como un inválido
con muletas. «Tengo que encontrar la salida a San Luis Obispo.»
Una vez en marcha,
consiguió encontrar el camino a través del viento lleno de polvo. Estaba
segura de que, estuviera donde estuviese, había llegado demasiado al sur. Pero
ahora estaba resuelta a encontrar el camino.
Conducir era aún
más difícil que cuando se había dirigido al sur, pero mantuvo las manos pegadas
al volante y se concentró en la carretera que tenía delante. Parpadeaba a
menudo, como si aquello pudiera ayudarla a aclarar el oscurecido parabrisas.
La calle estaba
casi vacía y la mayoría de los almacenes estaban tapados con planchas de
madera. La basura se amontonaba en las aceras. La señal de stop estaba ladeada
hacia la derecha, resultado de un accidente pasado por alto.
Ruth frenó y miró a su
alrededor.
Era de noche, y muy
tarde al parecer, y las pocas luces que había encendidas revelaban que la
mayor parte del vecindario estaba desierto. El reloj del salpicadero marcaba la
una y veintisiete minutos; lo miró durante unos instantes, escuchando gemir su
motor, rehusando creer lo que veía. En el asiento de al lado había un cheque de
gasolina de una estación en Buttonwillow. Rehusó tocarlo, temiendo que pudiera
ser real. Una rápida mirada al indicador mostró que el tanque estaba casi
vacío. Presumiblemente había conducido más de cuatrocientos kilómetros desde
que salió de Buttonwillow, si es que había llenado el tanque entonces.
Al mirar calle
abajo vio tres motocicletas aparcadas cerca de un pequeño edificio con techo
metálico. Las máquinas eran grandes. Ruth no reconoció los símbolos que las
blasonaban, pero su propia extrañeza se unió a su aprensión.
-Le daría la
bienvenida a un Ángel del Infierno -dijo en voz alta, riéndose de una manera
que hizo que el fino vello de su cuello se erizara-. Dios, oh, Dios.
Una página de un periódico, abierta como una
vela al viento, voló por la calle, retorciéndose y moviéndose hasta que se
enredó en una fa-rola. Algo metálico chasqueó, quizá un cubo de basura, o una
puerta. Su eco se repitió entre los edificios.
En un cartel que se doblaba
precariamente sobre la intersección que tenía delante, Ruth vio unas letras
enormes que anunciaban cigarrillos Spring. El cartel estaba raído y había
eslóganes y símbolos pintados por toda su superficie, pero aún era posible
distinguir dos débiles figuras que caminaban por un campo que hacía tiempo se
había vuelto gris amarronado en vez de verde. Ruth se quedó mirando el cartel
durante un rato como si esperara aprender algo de él.
-Tengo que
encontrar un teléfono. Ruthie, tienes que llamar a alguien -dijo con la voz
firme pero infantil, de la manera en que solía hablar consigo misma cuando
hacía sus deberes, hacía ya un cuarto de siglo.
Puso el coche en
marcha una vez más y recorrió la ancha calle. Buscó un almacén o una tienda que
estuviera encendida a estas horas de la noche (una 7-Eleven, una gasolinera o
un motel), y se sintió descorazona-da cuando no encontró nada después de
recorrer varias manzanas. Cierto, había dejado atrás los decrépitos edificios
de ladrillo y ahora había casas, modelo 1925, con la pintura ajada y los
jardines llenos de maleza. De vez en cuando había coches aparcados en la calle,
pero no se movía nada. Las casas estaban a oscuras. No vio a nadie.
Hizo todo lo que
pudo para ignorar el gemido de pánico que se formaba entre su mente y su
garganta.
Cuando, quince
minutos más tarde, llegó a las granjas que había al otro lado de la ciudad
vacía, advirtió una iglesia que tenía una luz encendida sobre un cartel
discreto y pasado de moda.
Iglesia
Metodista de Lodi
«Aprendiendo a ver a través de los ojos de los demás»
11-12 Domingos por la mañana
Miércoles, 8 de la noche
Debate y Oración
«Aprendiendo a ver a través de los ojos de los demás»
11-12 Domingos por la mañana
Miércoles, 8 de la noche
Debate y Oración
¿Lodi? El nombre
salió del cartel y colgó en el aire ante ella. Lodi estaba al este de la
Interestatal 5, y desde luego al norte de Buttonwillow. ¿Había conducido en
dirección contraria durante la mayor parte de la noche? ¿Y por qué había
tardado tanto en llegar a este sitio? ¿Dónde había estado antes?
Reluctante, entró
en el aparcamiento de grava y detuvo el coche. Se quedó allí sentada durante un
rato, sin pensar, sin permitirse especular. Decidió que necesitaba descansar,
calmarse. Obviamente, aún sufría algún tipo de shock y el estrés era la
causa de que estuviera haciendo cosas irracionales.
-«¿Qué cosas? -reclamó
una voz traicionera en su interior-. ¿Qué has hecho que no puedes recordar?»
-No quiero pensar en eso ahora -dijo Ruth en
voz alta con su tono más sensato, el que normalmente reservaba para las
reuniones de negocios-. Lo más importante es regresar a San Luis Obispo y
encontrar un médico. Por si acaso.
No pudo permitirse preguntar por
si acaso qué.
Luego, mientras se
esforzaba por evitar tal pregunta, se sumergió en un agitado sueño.
-¿Se encuentra
bien?
El golpe en la
ventanilla se hizo más fuerte y la voz parecía casi un grito.
Deslumbrada, Ruth
abrió los ojos y trató de recordar dónde estaba. Recordó algunos retazos, y
cada uno de ellos la hizo sentirse más angustiada. Bajó la ventanilla con
mucho cuidado.
-Lo siento -empezó a decir. No
estaba segura de por qué.
El hombre que estaba delante de
su Escort alquilado tenía más de cincuenta años y parecía ser benigno e
ineficaz al mismo tiempo.
-¿Pasa algo malo?
Ruth se aclaró la garganta.
-Estuve conduciendo
anoche hasta muy tarde. Yo... me perdí. El hombre asintió.
-Esa es la razón
principal por la que los forasteros aparecen en esta carretera. La mayoría de
los viajeros se pegan a la autopista y nos pasan de largo por completo. -Dio un
paso atrás e hizo un gesto amable con sus manos huesudas-. ¿Le apetece una taza
de café? No solemos desayunar mucho, pero probablemente pueda conseguirle un
donut, si lo quiere -sonrió-. Me llamo George Howell. Soy el pastor de este
re-baño.
Añadió esto último
con una sonrisa autodespreciativa que estaba claramente diseñada para
tranquilizarla.
-Ruth Donahue -contestó
ella, automáticamente-. Soy de San Luis Obispo e intentaba encontrar el camino
a casa... ayer.
Abrió la puerta y salió del
coche.
-Estas carreteras
colaterales son confusas -coincidió él mientras la llevaba hacia la puerta de
la iglesia-. Pasaron veinte años antes de que aprendiera a no perderme. -Introdujo
la llave en la cerradura y, cuando abrió la puerta, explicó-: Hubo una época en
que nunca cerraba la iglesia, pero hoy en día, con esos vándalos, bueno...
-¿Mal asunto? -preguntó
Ruth, intentando entablar conversación con el hombre mientras elaboraba alguna
explicación que pudiera aceptar.
-Ha habido
problemas. La policía intenta detener a los peores, pero no pueden hacerlo
todo. Y ya sabe lo difícil que es mantener el orden en un distrito como éste.
Estamos en un extremo del mundo.
Para su horror, Ruth se echó a
reír.
Si el sacerdote se ofendió, no
dio muestra de ello.
-He oído decir que
también ha habido problemas en otros lugares. Supongo que habrán pasado lo suyo
en San Luis Obispo.
La condujo a un saloncito junto
a la cocina, una habitación grande y amorfa diseñada para atender las cenas
ocasionales de la iglesia o las recepciones de las bodas. Al otro lado de la
puerta medio abierta había un gran horno negro en el que podían verse seis
fogones y un asador.
-A veces -dijo Ruth.
Descubrió que la
visión de la cocina le hacía sentir hambre. «Dios, ¿cuántas comidas me he
perdido?», se preguntó. Sus pensamientos huyeron de la cuestión.
-Los donuts están
por alguna parte -informó George Howell mientras abría el anticuado frigorífico-.
Mi secretaria siempre me trae cosas para comer, y no puedo convencerla de que
no es necesario. -Encontró la bolsa y la sacó-. No queda mucho, pero puede
comérselos todos si quiere. Me traerá más a las diez y media. -Hizo un gesto
hacia la mesita que había junto a la ventana-. Siéntese y prepararé café.
-Gracias -dijo
Ruth, empezando a esperar que por fin su vida regresara a la normalidad.
El sacerdote se
dedicó felizmente a la tarea, claramente complacido por poder ayudar a alguien.
Charló sobre el tiempo (lo extraño que era para esta época del año), y los
cortes en el presupuesto del condado («Esperan que nos encarguemos de la
caridad, pero ¿cómo vamos a poder? ¿Quién tiene dinero?»), y del progreso que
estaban haciendo sus dos hijos con las clases de música. Todo era tan
maravillosamente ordinario, tan predecible y sano, que Ruth se encontró
sonriendo por su propio aburrimiento. ¿Qué podía ser más normal? Se sintió
reconfortada.
-¿Quiere leche en el café?
-No, gracias. Lo tomo solo.
Mientras aceptaba
la taza, Ruth se preguntó si encontraría la cafeína demasiado fuerte con tan
poca comida y sueño, pero estaba tan ansiosa por mantenerse alerta que olvidó
su propia cautela.
-Yo siempre tomo un
poco de leche en el mío. Me recuerda cuando era un niño y tomaba una taza de
chocolate después del colegio. El sacerdote se sentó frente a ella.
Ruth sonrió,
recordando a su madre y los muchos avisos severos que le había hecho para que
no fuera indulgente en momentos semejan-tes. Su madre había temido siempre a
los niños gordos, especialmente a los propios, y había insistido en que Ruth
cumpliera un nivel de austeridad que se había traducido en la delgada
angulosidad que poseía ahora.
-Tiene muy buen
sabor -dijo, aunque el líquido hirviente casi le quemó la boca.
-Me alegro de que
le guste. Mi secretaria también trae el café. Sorbió su taza.
-Tiene usted suerte
-dijo Ruth, relajándose aún más por lo común que era todo.
-Sí, se lo agradezco a Dios muy
a menudo.
Sonrió, para mostrar que no
había intentado que tomara su referencia a Dios como una introducción a ningún
sermón sobre la marcha.
Ruth miró la sangre
que manchaba su falda y parpadeó dos veces, como si esperara que así
desapareciese. El olor a sulfato era muy fuerte en la habitación, junto con
otros olores menos agradables. La sangre manchaba las paredes y salpicaba el
suelo hacia la sacristía.
El café estaba frío.
-¿Qué? -murmuró
Ruth, sacudiendo lentamente la cabeza por la masacre que sentía tras la puerta
de la sacristía. Le dolían las muñecas, y vio con sorpresa las claras marcas de
cuerdas apretadas contra su piel.
Había obscenidades
pintadas con spray por las paredes de la cocina y el salón y desde dentro del
horno, la cabeza de George Howell, sanguinolenta y ladeada, contemplaba la
destrucción de su iglesia.
Llena de pánico, huyó hacia el
oeste, primero a Stockton, y luego por las estrechas carreteras colindantes de
la Autopista 4. Enlazaría con la 580 o la 680, o con cualquier otra que la
llevara de vuelta a la Auto-pista 101. Todo lo que tendría que hacer entonces
era dirigirse hacia el sur.
Se detuvo en Oakley
y soportó las risitas disimuladas de los muchachos que servían gasolina cuando
dijo que el período le había aparecido sin avisar y que tenía que lavarse la
falda. Ya había llenado (¿otra vez?) el depósito en Stockton y esperaba que
aquello fuera suficiente para llevarla a casa. Pensó en volver a llamar a su
oficina, pero no pudo llegar a aclararse qué había pasado. Tenía miedo de que,
dijera lo que dijese, le costara el trabajo.
Claro que no podría
achacarle nada a Randy si la despedía después de lo que había pasado. Se
preguntó si sería lo mejor para todos si dimitía simplemente, pero aquello
parecía una respuesta demasiado trivial. Estaba perdiendo trozos de su vida y
no tenía medio de averiguar cuáles eran aquellas pérdidas. Tampoco lo deseaba,
porque la conclusión era tan aterradora que estaba segura de que los hechos
tenían que estar ocultos más allá de sus imaginaciones.
Salió de la
carretera a Pittsburg, sintiéndose mareada por la tensión y el hambre. Encontró
una hamburguesería, y se horrorizó al descubrir que apenas tenía el dinero
suficiente para pagar una comida frugal. No podía recordar qué había pasado con
su dinero, ni cuánto tenía. Advirtió que tenía una tarjeta Visa en el
monedero, pero pensó que además tendría que haber habido una MasterCard.
¿Cuándo la había perdido, si es que la había tenido alguna vez?
La comida le supo
insípida, y pensó durante un rato que no podría tragarla, pero notó que se iba calmando
lentamente, volviéndose más presente, menos atrapada en la pesadilla.
-Fue sólo una pesadilla, ¿verdad? -preguntó
al aire-. Me sentía exhausta después de aquel problema en Marysville y me quedé
dormida en el coche, y eso me desorientó. El resto fue una pesadilla. Eso fue
todo.
En algún lugar de
los traicioneros callejones de su mente permanecía la imagen de la sangre en su
falda, pero rehusó mirarla, confiada de que si hacía falta alguna explicación,
era que la sangre procedía del desafortunado perro que se había estrellado
contra su parabrisas y había muerto empalado por el cristal hecho añicos. No
había ningún sacerdote en Lodi, nunca había estado en Lodi, y el resto era sólo
la distorsión de sus re-cuerdos de aquel terrible incidente. Continuó
repitiéndoselo hasta que pasó Concord y la desviación al sur, lejos de aquellas
terribles visiones.
Condujo hacia el
sur durante más de media hora, y eso la refrescó. La simple satisfacción de ir
en la dirección adecuada, de estar al control, le dio una vez más un estallido
de confianza. Era un placer que la deleitaba. No pasaría mucho tiempo antes de
que todo aquel espectral episodio quedara atrás. Nunca tendría que soportar
una cosa así. Sintió que su prueba había terminado por fin.
A las tres y media había llegado
a Paso Robles, y se encontraba tan cerca de casa que se le antojó salir de la
101 para tomar una buena comida a expensas de su Visa. Quería estar descansada
cuando entrara en su apartamento. Tenía tantas cosas que hacer cuando
llegara..., devolver el coche alquilado, arreglar los papeles para recuperar el
suyo propio, rellenar todos los impresos de la compañía de seguros...; todo
aquello la oprimía tanto que decidió que tomar un breve respiro y cenar pronto
o almorzar tarde le darían el vigor que tanto necesitaba.
Encontró un bonito
restaurante al lado de la carretera, un edificio estilo español rodeado de
altos sauces. No había muchos coches en el parking, pero un discreto cartel en
la puerta la aseguró de que el lugar estaba abierto.
El servicio fue
rápido y agradable, y la camarera tomó su pedido con una sonrisa. Cuando
regresó con la ensalada que Ruth había pedido, también trajo un vaso de vino.
-No lo he pedido -dijo
Ruth, en guardia, temerosa de haber olvidado la petición.
-No, es por cuenta
de la casa -dijo la camarera mientras lo depositaba junto a la ensalada.
-Se lo agradezco
mucho, pero como tengo que conducir, preferiría una taza de café, si no le
importa.
Ruth lo dijo
amablemente, esperando que sus buenos modales enmascararan el miedo que casi
la asfixiaba.
La camarera se encogió de
hombros y volvió a coger el vaso.
-Como quiera. Su
pollo asado estará listo dentro de diez minutos. Se dio la vuelta y se dirigió
a la barra.
Ruth comió la ensalada y. cuando la camarera
trajo el café, intentó darle las gracias.
El hombre que había en la cama
junto a ella dio la vuelta y le tocó el brazo.
Ruth estuvo a punto de gritar.
-Eh, ¿te he despertado, Enid?
-¿Enid? -repitió Ruth,
incrédula.
-Tengo que marcharme al trabajo
en seguida. ¿Quieres que me quede a desayunar contigo?
El hombre, un desconocido a
quien Ruth nunca había visto antes, le sonrió con tranquila familiaridad.
-Yo...
- Te sientes bien, cariño?
Pareces un poco rara.
Su preocupación era genuina, lo
que lo hacía aún peor que si ella hubiera sido también una desconocida para
él.
Ruth sacudió la cabeza
lentamente, sin atreverse a moverse demasiado rápidamente, como si aquello
pudiera descomponer el precario equilibrio de este sitio. ¿Se atrevería a
preguntarle al hombre quién era? ¿O cómo había llegado a este lugar? Se arropó
con las mantas, sumergiéndose en ellas.
El hombre le pasó un brazo por
encima y colocó su mano libre sobre su hombro.
- ¿Enid?
Ruth se dio la vuelta, sabiendo
que estaba a punto de llorar. Temblaba como si tuviera fiebre. ¿Tendría el
valor suficiente para mirarse al espejo? ¿Qué sitio era éste? ¿Por qué la
llamaba Enid? ¿Por qué se había perdido..., o no estaba perdida?
- ¿Cariño?
Dio un respingo cuando él la
tocó.
-¿Qué sucede?
El parecía auténticamente
preocupado, pero la sangre también había sido verdadera, y el perro atravesado
en el parabrisas, y la carretera vacía y desorientadora.
-No sé...
Intentó que le mirara, pero ella
se apartó, sumida en su miseria y en sus dudas.
-Otra vez te comportas como una
extraña.
¿Por qué decía «otra vez»?
-¿Enid?
Por fin, le miró a los ojos y
los encontró completamente extraños. Su calor y preocupación lo hacían todo aún
más terrible porque era un completo desconocido para ella.
El coche se precipitaba hacia el muro, y gritó.
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