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Bienvenido a Cultus Sapientiae.
Este modesto Blog tiene como objetivo poder compartir obras, fragmentos, opiniones y manifestaciones culturales varias.
En la barra lateral están los enlaces que os llevarán a las Bibliotecas I, II y III. Al lado de las entradas se puede encontrar el índice general de autores.
Nuestro objetivo no es, de ninguna manera, la piratería. Sino que es alcanzar al máximo de personas posible para que de forma gratuita tengan acceso a nuestro acervo literario. Convertir en color aquellos que jamás experimentaron algo que fuese ajeno al gris.
Siéntase a gusto.
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Pedro Antonio de Alarcón - La mujer alta
I
--¡ Qué sabemos! Amigos míos.... ¡qué sabemos! --exclamó Gabriel,
distinguido ingeniero de Montes, sentándose debajo de un pino y cerca de
una fuente, en la cumbre del Guadarrama, a legua y media de El Escorial,
en el límite divisorio de las provincias de Madrid y Segovia; sitio y
fuente y pino que yo conozco y me parece estar viendo, pero cuyo nombre se
me ha olvidado.
--Sentémonos, como es de rigor y está escrito.. en nuestro programa
--continuó Gabriel--, a descansar y hacer por la vida en este ameno y
clásico paraje, famoso por la virtud digestiva del agua de ese manantial y
por los muchos borregos que aquí se han comido nuestros ilustres maestros
don Miguel Bosch, don Máximo Laguna, don Agustín Pascual y otros grandes
naturistas; os contaré una rara y peregrina historia en comprobación de mi
tesis..., reducida a manifestar, aunque me llaméis oscurantista, que en el
globo terráqueo ocurren todavía cosas sobrenaturales: esto es, cosas que
no caben en la cuadrícula de la razón, de la ciencia ni de la filosofía,
tal y como hoy se entienden (o no se entienden) semejantes palabras,
palabras y palabras, que diría Hamlet...
Enderezaba Gabriel este pintoresco discurso a cinco sujetos de diferente
edad, pero ninguno joven, y sólo uno entrado ya en años; también
ingenieros de Montes tres de ellos, pintor el cuarto y un poco literato el
quinto; todos los cuales habían subido con el orador, que era el más
pollo, en sendas burras de alquiler, desde el Real Sitio de San Lorenzo, a
pasar aquel día herborizando en los hermosos pinares de Peguerinos,
cazando mariposas por medio de mangas de tul, cogiendo coleópteros raros
bajo la corteza de los pinos enfermos y comiéndose una carga de víveres
fiambres pagados a escote.
Sucedía esto en 1875, y era en el rigor del estío; no recuerdo si el día
de Santiago o el de San Luis... Inclínome a creer el de San Luis. Como
quiera que fuese, gozábase en aquellas alturas de un fresco delicioso, y
el corazón, el estómago y la inteligencia funcionaban allí mejor que en el
mundo social y la vida ordinaria...
Sentado que se hubieron los seis amigos, Gabriel continuó hablando de esta
manera:
--Creo que no me tacharéis de visionario... Por fortuna o desgracia mía
soy, digámoslo así, un hombre a la moderna, nada supersticioso, y tan
positivista como el que más, bien que incluya entre los datos positivos de
la Naturaleza todas las misteriosas facultades y emociones de mi alma en
materias de sentimiento...Pues bien: a propósito de fenómenos
sobrenaturales o extranaturales, oíd lo que yo he oído y ved lo que yo he
visto, aun sin ser el verdadero héroe de la singularísima historia que voy
a contar; y decidme en seguida qué explicación terrestre, física, natural,
o como queramos llamarla, puede darse a tan maravilloso acontecimiento.
--El caso fue como sigue... ¡A ver! ¡Echad una gota, que ya se habrá
refrescado el pellejo dentro de esa bullidora y cristiana fuente, colocada
por Dios en esta pinífera cumbre para enfriar el vino de los botánicos!
II
--Pues, señor, no sé si habréis oído hablar de un ingeniero de Caminos
llamado Telesforo X.... que murió en 1860...
--Yo no...
--¡Yo sí!
--Yo también: un muchacho andaluz, con bigote negro, que estuvo para
casarse con la hija del marqués de Moreda.... y que murió de ictericia...
--¡Ése mismo! ----continuó Gabriel--. Pues bien: mi amigo Telesforo, medio
año antes de su muerte, era todavía un joven brillantísimo, como se dice
ahora. Guapo, fuerte, animoso, con la aureola de haber sido el primero de
su promoción en la Escuela de Caminos, y acreditado ya en la práctica por
la ejecución de notables trabajos, disputábanselo varias empresas
particulares en aquellos años de oro de las obras públicas, y también se
lo disputaban las mujeres por casar o mal casadas, y, por supuesto, las
viudas impenitentes, y entre ellas alguna muy buena moza que... Pero la
tal viuda no viene ahora a cuento, pues a quien Telesforo quiso con toda
formalidad fue a su citada novia, la pobre Joaquinita Moreda, y lo otro no
pasó de un amorío puramente usufructuario...
--¡Señor don Gabriel, al orden!
--Sí..., sí, voy al orden, pues ni mi historia ni la controversia
pendiente se prestan a chanzas ni donaires. Juan, échame otro medio
vaso... ¡Bueno está de verdad este vino! Conque atención y poneos serios,
que ahora comienza lo luctuoso.
Sucedió, como sabréis los que la conocisteis, que Joaquina murió de
repente en los baños de Santa Águeda al fin del verano de 1859...
Hallábame yo en Pau cuando me dieron tan triste noticia, que me afectó muy
especialmente por la íntima amistad que me unía a Telesforo... A ella sólo
le había hablado una vez, en casa de su tía la generala López, y por
cierto que aquella palidez azulada, propia de las personas que tienen una
aneurisma, me pareció desde luego indicio de mala salud... Pero, en fin,
la muchacha valía cualquier cosa por su distinción, hermosura y garbo; y
como además era hija única de título, y de título que llevaba anejos
algunos millones, conocí que mi buen matemático estaría inconsolable...
Por consiguiente, no bien me hallé de regreso en Madrid, a los quince o
veinte días de su desgracia, fui a verlo una mañana muy temprano a su
elegante habitación de mozo de casa abierta y de jefe de oficina, calle
del Lobo... No recuerdo el número, pero sí que era muy cerca de la Carrera
de San Jerónimo.
Contristadísimo, bien que grave y en apariencia dueño de su dolor, estaba
el joven ingeniero trabajando ya a aquella hora con sus ayudantes en no sé
qué proyecto de ferrocarril, y vestido de riguroso luto. Abrazóme
estrechísimamente y por largo rato, sin lanzar ni el más leve suspiro; dio
en seguida algunas instrucciones sobre el trabajo pendiente a uno de sus
ayudantes, y condújome, en fin, a su despacho particular, situado al
extremo opuesto de la casa, diciéndome por el camino con acento lúgubre y
sin mirarme:
--Mucho me alegro de que hayas venido ... Varias veces te he echado de
menos en el estado en que me hallo... Ocúrreme una cosa muy particular y
extraña, que sólo un amigo como tú podría oír sin considerarme imbécil o
loco, y acerca de la cual necesito oír alguna opinión serena y fría como
la ciencia... Siéntate... --prosiguió diciendo, cuando hubimos llegado a
su despacho--, y no temas en manera alguna que vaya a angustiarte
describiéndote el dolor que me aflige, y que durará tanto como mi vida...
¿Para qué? ¡Tú te lo figurarás fácilmente a poco que entiendas de cuitas
humanas, y yo no quiero ser consolado ni ahora, ni después, ni nunca! De
lo que te voy a hablar con la detención que requiere el caso, o sea
tomando el asunto desde su origen, es de una circunstancia horrenda y
misteriosa que ha servido como de agüero infernal a esta desventura, y que
tiene conturbado mi espíritu hasta un extremo que te dará espanto
----¡Habla! --respondí yo, comenzando a sentir, en efecto, no sé qué
arrepentimiento de haber entrado en aquella casa, al ver la expresión de
cobardía que se pintó en el rostro de mi amigo.
--Oye... --repuso él, enjugándose la sudorosa frente.
III
No sé si por fatalidad innata de mi imaginación, o por vicio adquirido al
oír alguno de aquellos cuentos de vieja con que tan imprudentemente se
asusta a los niños en la cuna, el caso es que desde mis tiernos años no
hubo cosa que me causase tanto horror y susto, ya me la figurara
mentalmente, ya me la encontrase en realidad, como una mujer sola, en la
calle, a las altas horas de la noche.
Te consta que nunca he sido cobarde. Me batí en duelo, como cualquier
hombre decente, cierta vez que fue necesario, y recién salido de la
Escuela de Ingenieros, cerré a palos y a tiros en Despeñaperros con mis
sublevados peones, hasta que los reduje a la obediencia. Toda mi vida, en
Jaén en Madrid y en otros varios puntos, he andado a deshora por la calle,
solo, sin armas, atento únicamente al cuidado amoroso que me hacía velar,
y si por acaso he topado con bultos de mala catadura, fueran ladrones o
simples perdonavidas, a ellos les ha tocado huir o echarse a un lado,
dejándome libre el mejor camino... Pero si el bulto era una mujer sola,
parada o andando, y yo iba también solo, y no se veía mas alma viviente
por ningún lado... entonces (ríete si se te antoja, pero créeme) poníaseme
carne de gallina; vagos temores asaltaban mi espíritu; pensaba en almas
del otro mundo, en seres fantásticos, en todas las invenciones
supersticiosas que me hacían reír en cualquier otra circunstancia, y
apretaba el paso, o me volvía atrás, sin que ya se me quitara el susto ni
pudiera distraerme ni un momento hasta que me veía dentro de mi casa.
Una vez en ella, echábame también a reír y avergonzábame de mi locura,
sirviéndome de alivio el pensar que no la conocía nadie. Allí me daba
cuenta fríamente de que, pues yo no creía en duendes, ni en brujas, ni en
aparecidos, nada había debido temer de aquella flaca hembra, a quien la
miseria, el vicio o algún accidente desgraciado tendrían a tal hora fuera
de su hogar, y a quien mejor me hubiera estado ofrecer auxilio por si lo
necesitaba, o dar limosna si me la pedía... Repetíase, con todo, la
deplorable escena cuantas veces se me presentaba otro caso igual, y cuenta
que ya tenía yo veinticinco años, muchos de ellos de aventurero nocturno,
sin que jamás me hubiese ocurrido lance alguno penoso con las tales
mujeres solitarias y trasnochadoras ... ! Pero, en fin, nada de lo dicho
llegó nunca a adquirir verdadera importancia, pues aquel pavor irracional
se me disipaba siempre tan luego como llegaba a mi casa o veía otras
personas en la calle, y ni tan siquiera lo recordaba a los pocos minutos,
como no se recuerdan las equivocaciones o necedades sin fundamento ni
consecuencia.
Así las cosas, hace muy cerca de tres años... (desgraciadamente, tengo
varios motivos para poder fijar la fecha: ¡la noche del 15 al 16 de
noviembre de 1857!) volvía yo, a las tres de la madrugada, a aquella
casita de la calle de Jardines, cerca de la calle de la Montera, en que
recordarás viví por entonces .. Acababa de salir, a hora tan avanzada, y
con un tiempo feroz de viento y frío, no de ningún nido amoroso, sino
de... (te lo diré, aunque te sorprenda), de una especie de casa de juego,
no conocida bajo este nombre por la Policía, pero donde ya se habían
arruinado muchas gentes, y a la cual me habían llevado a mí aquella noche
por primera... y última vez. Sabes que nunca he sido jugador, entré allí
engañado por un mal amigo, en la creencia de que todo iba a reducirse a
trabar conocimiento con ciertas damas elegantes, de virtud equívoca
(demi--monde puro), so pretexto de jugar algunos maravedíes al Enano, en
mesa redonda, con faldas de bayeta; y el caso fue que a eso de las doce
comenzaron a llegar nuevos tertulios, que iban del teatro Real o de
salones verdaderamente aristocráticos, y mudóse de juego, y salieron a
relucir monedas de oro, después billetes y luego bonos escritos con lápiz,
y yo me enfrasqué poco a poco en la selva oscura del vicio, llena de
fiebres y tentaciones, y perdí todo lo que llevaba, y todo lo que poseía,
y aun quedé debiendo un dineral... con el pagaré correspondiente. Es
decir, que me arruiné por completo, y que, sin la herencia y los grandes
negocios que tuve en seguida, mi situación hubiera sido muy angustiosa y
apurada.
Volvía yo, digo, a mi casa aquella noche, tan a deshora, yerto de frío,
hambriento, con la vergüenza y el disgusto que puedes suponer, pensando,
más que en mi mismo, en mi anciano y enfermo padre, a quien tendría que
escribir pidiéndole dinero, lo cual no podría menos de causarle tanto
dolor como asombro, pues me consideraba en muy buena y desahogada
posición.... cuando, a poco de penetrar en mi calle por el extremo que da
a la de Peligros, y al pasar por delante de una casa recién construida de
la acera que yo llevaba, advertí que en el hueco de su cerrada puerta
estaba de pie, inmóvil y rígida, como si fuese de palo, una mujer muy alta
y fuerte, como de sesenta años de edad, cuyos malignos y audaces ojos sin
pestañas se clavaron en los míos como dos puñales, mientras que su
desdentada boca me hizo una mueca horrible por vía de sonrisa...
El propio terror o delirante miedo que se apoderó de mí instantáneamente
diome no sé qué percepción maravillosa para distinguir de golpe, o sea en
dos segundos que tardaría en pasar rozando con aquella repugnante visión,
los pormenores más ligeros de su figura y de su traje... Voy a ver si
coordino mis impresiones del modo y forma que las recibí, y tal y como se
grabaron para siempre en mi cerebro a la mortecina luz del farol que
alumbró con infernal relámpago tan fatídica escena...
Pero me excito demasiado, ¡aunque no sin motivo, como verás más adelante!
Descuida, sin embargo, por el estado de mi razón ... ¡Todavía no estoy
loco!
Lo primero que me chocó en aquella que denominaré mujer fue su elevadísima
talla y la anchura de sus descarnados hombros; luego, la redondez y fijeza
de sus marchitos ojos de búho, la enormidad de su saliente nariz y la gran
mella central de su dentadura, que convertía su boca en una especie de
oscuro agujero, y, por último, su traje de mozuela del Avapiés, el
pañolito nuevo de algodón que llevaba a la cabeza, atado debajo de la
barba, y un diminuto abanico abierto que tenía en la mano, y con el cual
se cubría, afectando pudor, el centro del talle.
¡Nada más ridículo y tremendo, nada más irrisorio y sarcástico que aquel
abaniquillo en unas manos tan enormes, sirviendo como de cetro de
debilidad a giganta tan fea, vieja y huesuda! Igual efecto producía el
pañolejo de vistoso percal que adornaba su cara, comparado con aquella
nariz de tajamar, aguileña, masculina, que me hizo creer un momento (no
sin regocijo) si se trataría de un hombre disfrazado... Pero su cínica
mirada y asquerosa sonrisa eran de vieja, de bruja, de hechicera, de
Parca..., ¡no sé de qué! ¡De algo que justificaba plenamente la aversión y
el susto que me habían causado toda mi vida las mujeres que andaban solas,
de noche, por la calle ... ! ¡Dijérase que, desde la cuna, había
presentido yo aquel encuentro! ¡Dijérase que lo temía por instinto, como
cada ser animado teme y adivina, y ventea, y reconoce a su antagonista
natural antes de haber recibido de él ninguna ofensa, antes de haberlo
visto, sólo con sentir sus pisadas!
No eché a correr en cuanto vi a la esfinge de mi vida, menos por vergüenza
o por varonil decoro, que por temor a que mi propio miedo le revelase
quién era yo, o le diese alas para seguirme, para acometerme, para... ¡no
sé! ¡Los peligros que sueña el pánico no tienen forma ni nombre
traducibles!
Mi casa estaba al extremo opuesto de la prolongada y angosta calle en que
me hallaba yo solo, enteramente solo, con aquella misteriosa estantigua, a
quien creía capaz de aniquilarme con una palabra... ¿Qué hacer para llegar
hasta allí? ¡Ah! ¡Con qué ansia veía a lo lejos la anchurosa y muy
alumbrada calle de la Montera, donde a todas horas hay agentes de la
autoridad!
Decidí, pues, sacar fuerzas de flaqueza; disimular y ocultar aquel pavor
miserable; no acelerar el paso, pero ganar siempre terreno, aun a costa de
años de vida y de salud, y de esta manera, poco a poco, irme acercando a
mi casa, procurando muy especialmente no caerme antes redondo al suelo.
Así caminaba ... ; así habría andado ya lo menos veinte pasos desde que
dejé atrás la puerta en que estaba escondida la mujer del abanico, cuando
de pronto me ocurrió un idea horrible, espantosa, y, sin embargo, muy
racional: ¡la idea de volver la cabeza a ver si me seguía mi enemiga!
«Una de dos... --pensé con la rapidez del rayo--: o mi terror tiene
fundamento o es una locura; si tiene fundamento, esa mujer habrá echado
detrás de mí, estará alcanzándome y no hay salvación para mí en el
mundo... Y si es una locura, una aprensión, un pánico como cualquier otro,
me convenceré de ello en el presente caso y para todos los que me ocurran,
al ver que esa pobre anciana se ha quedado en el hueco de aquella puerta
preservándose del frío o esperando a que le abran; con lo cual yo podré
seguir marchando hacia mi casa muy tranquilamente y me habré curado de una
manía que tanto me abochorna.»
Formulado este razonamiento, hice un esfuerzo extraordinario y volví la
cabeza.
¡Ah! ¡Gabriel! ¡Gabriel! ¡Qué desventura! ¡La mujer alta me había seguido
con sordos pasos, estaba encima de mí, casi me tocaba con el abanico, casi
asomaba su cabeza sobre mi hombro!
¿Por qué? ¿Para qué, Gabriel mío? ¿Era una ladrona? ¿Era efectivamente un
hombre disfrazado? ¿Era una vieja irónica, que había comprendido que le
tenía miedo? ¿Era el espectro de mi propia cobardía? ¿Era el fantasma
burlón de las decepciones y deficiencias humanas?
¡Interminable sería decirte todas las cosas que pensé en un momento! El
caso fue que di un grito y salí corriendo como un niño de cuatro años que
juzga ver al coco, y que no dejé de correr hasta que desemboqué en la
calle de la Montera...
Una vez allí, se me quitó el miedo como por ensalmo. ¡Y eso que la calle
de la Montera estaba también sola! Volví, pues, la cabeza hacia la de
Jardines, que enfilaba en toda su longitud, y que estaba suficientemente
alumbrada por sus tres faroles y por un reverbero de la calle de Peligros,
para que no se me pudiese oscurecer la mujer alta si por acaso había
retrocedido en aquella dirección, y ¡vive el cielo que no la vi parada, ni
andando, ni en manera alguna! Con todo, guardéme muy bien de penetrar de
nuevo en mi calle.
«¡Esa bribona --me dije-- se habrá metido en el hueco de otra puerta...!
Pero mientras sigan alumbrando los faroles no se moverá sin que yo no lo
note desde aquí ... »
En eso vi aparecer a un sereno por la calle del Caballero de Gracia, y lo
llamé sin desviarme de mi sitio: díjele, para justificar la llamada y
excitar su celo, que en la calle de Jardines había un hombre vestido de
mujer; que entrase en dicha calle por la de Peligros, a la cual debía
dirigirse por la de la Aduana; que yo permanecería quieto en aquella otra
salida y que con tal medio no podría escapársenos el que a todas luces era
un ladrón o un asesino.
Obedeció el sereno, tomó por la calle de la Aduana, y cuando yo vi avanzar
su farol por el otro lado de la de Jardines, penetré también en ella
resueltamente.
Pronto nos reunimos en su promedio, sin que ni el uno ni el otro
hubiésemos encontrado a nadie, a pesar de haber registrado puerta por
puerta.
--Se habrá metido en alguna casa --dijo el sereno.
--¡Eso será! ----respondí yo abriendo la puerta de la mía, con firme
resolución de mudarme a otra calle al día siguiente.
Pocos momentos después hallábame dentro de mi cuarto tercero, cuyo
picaporte llevaba también siempre conmigo, a fin de no molestar a mi buen
criado José.
¡Sin embargo, éste me aguardaba aquella noche! ¡Mis desgracias del 15 al
16 de noviembre no habían concluido!
--¿Qué ocurre? --le pregunté con extrañeza.
--Aquí ha estado --me respondió visiblemente conmovido--, esperando a
usted desde las once hasta las dos y media, el señor comandante Falcón, y
me ha dicho que, si venía usted a dormir a casa, no se desnudase, pues él
volvería al amanecer...
Semejantes palabras me dejaron frío de dolor y espanto, cual si me
hubieran notificado mi propia muerte... Sabedor yo de que mi amadísimo
padre, residente en Jaén, padecía aquel invierno frecuentes y
peligrosísimos ataques de su crónica enfermedad, había escrito a mis
hermanos que en el caso de un repentino desenlace funesto telegrafiasen al
comandante Falcón, el cual me daría la noticia de la manera más
conveniente... ¡No me cabía, pues, duda de que mi padre había fallecido!
Sentéme en una butaca a esperar el día y a mi amigo, y con ellos la
noticia oficial de tan grande infortunio, ¡y Dios sólo sabe cuánto padecí
en aquellas dos horas de cruel expectativa, durante las cuales (y es lo
que tiene relación con la presente historia) no podía separar en mi mente
tres ideas distintas, y al parecer heterogéneas, que se empeñaban en
formar monstruoso y tremendo grupo: mi pérdida al juego, el encuentro con
la mujer y la muerte de mi honrado padre!
A las seis en punto penetró en mi despacho el comandante Falcón, y me miró
en silencio...
Arrojéme en sus brazos llorando desconsoladamente, y él exclamó
acariciándome:
--¡Llora, sí, hombre, llora! ¡Y ojalá ese dolor pudiera sentirse muchas
veces!
IV
¡Mi amigo Telesforo --continuó Gabriel después que hubo apurado otro vaso
de vino-- descansó también un momento al llegar a este punto, y luego
prosiguió en los términos siguientes:
--Si mi historia terminara aquí, acaso no encontrarías nada de
extraordinario ni sobrenatural en ella, y podrías decirme lo mismo que por
entonces me dijeron dos hombres de mucho juicio a quienes se la conté: que
cada persona de viva y ardiente imaginación tiene su terror pánico: que el
mío eran las trasnochadoras solitarias, y que la vieja de la calle de
Jardines no pasaría de ser una pobre sin casa ni hogar, que iba a pedirme
limosna cuando yo lancé el grito y salí corriendo, o bien una repugnante
Celestina de aquel barrio, no muy católico en materia de amores...
También quise creerlo yo así; también lo llegué a creer al cabo de algunos
meses; no obstante lo cual hubiera dado entonces años de vida por la
seguridad de no volver a encontrarme a la mujer . ¡En cambio, hoy daría
toda mi sangre por encontrármela de nuevo!
--¿Para qué?
--¡Para matarla en el acto!
--No te comprendo...
--Me comprenderás si te digo que volví a tropezar con ella hace tres
semanas, pocas horas antes de recibir la nueva fatal de la muerte de mi
pobre Joaquina...
--Cuéntame.... cuéntame...
--Poco más tengo que decirte. Eran las cinco de la madrugada; volvía yo de
pasar la última noche, no diré de amor, sino de amarguísimos lloros y
desgarradora contienda, con mi antigua querida la viuda de T.... ¡de quien
érame ya preciso separarme por haberse publicado mi casamiento con la otra
infeliz a quien estaban enterrando en Santa Águeda a aquella misma hora!
Todavía no era día completo; pero ya clareaba el alba en las calles
enfiladas hacia el este. Acababan de apagar los faroles, y habíanse
retirado los serenos, cuando, al ir a cortar la calle del Prado, o sea a
pasar de una a otra sección de la calle del Lobo, cruzó por delante de mí,
como viniendo de la plaza de las Cortes y dirigiéndose a la de Santa Ana,
la espantosa mujer de la calle de Jardines.
No me miró, y creí que no me había visto... Llevaba la misma vestimenta y
el mismo abanico que hace tres años... ¡Mi azoramiento y cobardía fueron
mayores que nunca! Corté rapidísimamente la calle del Prado, luego que
ella pasó, bien que sin quitarle ojo, para asegurarme que no volvía la
cabeza, y cuando hube penetrado en la otra sección de la calle del Lobo,
respiré como si acabara de pasar a nado una impetuosa corriente, y
apresuré de nuevo mi marcha hacia acá con más regocijo que miedo, pues
consideraba vencida y anulada a la odiosa bruja, en el mero hecho de haber
estado tan próximo de ella sin que me viese...
De pronto, y cerca ya de esta mi casa, acometióme como un vértigo de
terror pensando en si la muy taimada vieja me habría visto y conocido; en
si se habría hecho la desentendida para dejarme penetrar en la todavía
oscura calle del Lobo y asaltarme allí impunemente; en si vendría tras de
mí; en si ya la tendría encima...
Vuélvome en esto.... y ¡allí estaba?. ¡Allí, a mi espalda, casi tocándome
con sus ropas, mirándome con sus viles ojuelos, mostrándome la asquerosa
mella de su dentadura, abanicándose irrisoriamente, como si se burlara de
mi pueril espanto...
Pasé del terror a la más insensata ira, a la furia salvaje de la
desesperación, y arrojéme sobre el corpulento vejestorio; tirélo contra la
pared, echándole una mano a la garganta, y con la otra, ¡qué asco!, púseme
a palpar su cara, su seno, el lío ruin de sus cabellos sucios, hasta que
me convencí juntamente de que era criatura humana y mujer.
Ella había lanzado entre tanto un aullido ronco y agudo al propio tiempo
que me pareció falso, o fingido, como expresión hipócrita de un dolor y de
un miedo que no sentía, y luego exclamó, haciendo como que lloraba, pero
sin llorar, antes bien mirándome con ojos de hiena:
--¿Por qué la ha tomado usted conmigo?
Esta frase aumentó mi pavor y debilitó mi cólera.
--¡Luego usted recuerda --grité-- haberme visto en otra parte!
--¡Ya lo creo, alma mía! --respondió sardónicamente--. ¡La noche de San
Eugenio, en la calle de Jardines, hace tres años...
Sentí frío dentro de los tuétanos.
--Pero ¿quién es usted? --le dije sin soltarla--. ¿Por qué corre detrás de
mí? ¿Qué tiene usted que ver conmigo?
--Yo soy una débil mujer... --contestó diabólicamente--. ¡Usted me odia y
me teme sin motivo ... ! Y si no, dígame usted, señor caballero: ¿por qué
se asustó de aquel modo la primera vez que me vio?
--¡Porque la aborrezco a usted desde que nací! ¡Porque es usted el demonio
de mi vida!
--¿De modo que usted me conocía hace mucho tiempo? ¡Pues mira, hijo, yo
también a ti!
--¡Usted me conocía! ¿Desde cuándo?
--¡Desde antes que nacieras! Y cuando te vi pasar junto a mí hace tres
años, me dije a mí misma: «¡Éste es!»
--Pero ¿quién soy yo para usted? ¿Quién es usted para mí?
--¡El demonio! --respondió la vieja escupiéndome en mitad de la cara,
librándose de mis manos y echando a correr velocísimamente con las faldas
levantadas hasta más arriba de las rodillas y sin que sus pies moviesen
ruido alguno al tocar la tierra...
¡Locura intentar alcanzarla ... ! Además, por la Carrera de San Jerónimo
pasaba ya alguna gente, y por la calle del Prado también. Era
completamente de día. La mujer siguió corriendo, o volando, hasta la calle
de las Huertas, alumbrada ya por el sol; paróse allí a mirarme; amenazóme
una y otra vez esgrimiendo el abaniquillo cerrado, y desapareció detrás de
una esquina...
¡Espera otro poco, Gabriel! ¡No falles todavía este pleito, en que se
juegan mi alma y mi vida! ¡óyeme dos minutos más!
Cuando entré en mi casa me encontré con el coronel Falcón, que acababa de
llegar para decirme que mi Joaquina, mi novia, toda mi esperanza de dicha
y ventura sobre la tierra, ¡había muerto el día anterior en Santa Águeda!
El desgraciado padre se lo había telegrafiado a Falcón para que me lo
dijese... ¡a mí, que debí haberlo adivinado una hora antes, al encontrarme
al demonio de mi vida! ¿Comprendes ahora que necesito matar a la enemiga
innata de mi felicidad, a esa inmunda vieja, que es como el sarcasmo
viviente de mi destino?
Pero ¿qué digo matar? ¿Es mujer? ¿Es criatura humana? ¿Por qué la he
presentido desde que nací? ¿Por qué me reconoció al verme? ¿Por qué no se
me presenta sino cuando me ha sucedido alguna gran desdicha? ¿Es Satanás?
¿Es la Muerte? ¿Es la Vida? ¿Es el Anticristo? ¿Quién es? ¿Qué es ... ?
V
--Os hago gracia, mis queridos amigos --continuó Gabriel--, de las
reflexiones y argumentos que emplearía yo para ver de tranquilizar a
Telesforo; pues son los mismos, mismísimos, que estáis vosotros preparando
ahora para demostrarme que en mi historia no pasa nada sobrenatural o
sobrehumano... vosotros diréis más: vosotros diréis que mi amigo estaba
medio loco; que lo estuvo siempre; que, cuando menos, padecía la
enfermedad moral llamada por unos terror pánico y por otros delirio
emotivo; que, aun siendo verdad todo lo que refería acerca de la mujer
alta, habría que atribuirlo a coincidencias casuales de fechas y
accidentes; y, en fin, que aquella pobre vieja podía también estar loca, o
ser una ratera o una mendiga, o una zurcidora de voluntades, como se dijo
a sí propio el héroe de mi cuento en un intervalo de lucidez y buen
sentido...
--¡Admirable suposición! --exclamaron los camaradas de Gabriel en variedad
de formas--. ¡Eso mismo íbamos a contestarte nosotros!
--Pues escuchad todavía unos momentos y veréis que yo me equivoqué
entonces, como vosotros os equivocáis ahora. ¡El que desgraciadamente no
se equivocó nunca fue Telesforo! ¡Ah! ¡Es mucho más fácil pronunciar la
palabra locura que hallar explicación a ciertas cosas que pasan en la
Tierra!
--¡Habla! ¡Habla!
--Voy allá; y esta vez, por ser ya la última, reanudaré el hilo de mi
historia sin beberme antes un vaso de vino.
VI
A los pocos días de aquella conversación con Telesforo, fui destinado a la
provincia de Albacete en mi calidad de ingeniero de Montes; y no habían
transcurrido muchas semanas cuando supe, por un contratista de obras
públicas, que mi infeliz amigo había sido atacado de una horrorosa
ictericia; que estaba enteramente verde, postrado en un sillón, sin
trabajar ni querer ver a nadie, llorando de día y de noche con
inconsolable amargura, y que los médicos no tenían ya esperanza alguna de
salvarlo. Comprendí entonces por qué no contestaba a mis cartas, y hube de
reducirme a pedir noticias suyas al coronel Falcón, que cada vez me las
daba más desfavorables y tristes...
Después de cinco meses de ausencia, regresé a Madrid el mismo día que
llegó el parte telegráfico de la batalla de Tetuán... Me acuerdo como de
lo que hice ayer. Aquella noche compré la indispensable Correspondencia de
España, y lo primero que leí en ella fue la noticia de que Telesforo había
fallecido y la invitación a su entierro para la mañana siguiente.
Comprenderéis que no falté a la triste ceremonia. Al llegar al cementerio
de San Luis, adonde fui en uno de los coches más próximos al carro
fúnebre, llamó mi atención una mujer del pueblo, vieja, y muy alta, que se
reía impíamente al ver bajar el féretro, y que luego se colocó en ademán
de triunfo delante de los enterradores, señalándoles con un abanico muy
pequeño la galería que debían seguir para llegar a la abierta y ansiosa
tumba.
A la Primera ojeada reconocí, con asombro y pavura, que era la implacable
enemiga de Telesforo, tal y como él me la había retratado, con su enorme
nariz, con sus infernales ojos, con su asquerosa mella con su pañolejo de
percal y con aquel diminuto abanico, que parecía en sus manos el cetro del
impudor y de la mofa…
Instantáneamente reparó en que yo la miraba, y fijó en mí la vista de un
modo particular como reconociéndome, como dándose cuenta de que yo la
reconocía, como enterada de que el difunto me había contado las escenas de
la calle de Jardines y de la del Lobo, como desafiándome, como
declarándome heredero del odio que había profesado a mi infortunado amigo…
Confieso que entonces mi miedo fue superior a la maravilla que me causaban
aquellas nuevas coincidencias o casualidades. Veía patente que alguna
relación sobrenatural anterior a la vida terrena había existido entre la
misteriosa vieja y Telesforo; pero en tal momento sólo me preocupaba mi
propia vida, mi propia alma, mi propia ventura, que correrían peligro si
llegaba a heredar semejante infortunio…
La mujer se echó a reír, y me señaló ignominiosamente con el abanico, cual
si hubiese leído en mi pensamiento y denunciase al público mi cobardía…Yo
tuve que apoyarme en el brazo de un amigo para no caer al suelo, y
entonces ella hizo un ademán compasivo o desdeñoso, giró sobre los talones
y penetró en el campo santo con la cabeza vuelta hacia mí, abanicándose y
saludándome a un propio tiempo, y contoneándose entre los muertos con no
sé qué infernal coquetería, hasta que, por último, desapareció para
siempre en aquel laberinto de patios y columnatas llenos de tumbas…
Y digo para siempre, porque han pasado quince años y no he vuelto a
verla…Si era criatura humana, ya debe de haber muerto, y si no lo era,
tengo la seguridad de que me ha desdeñado…
¡Conque vamos a cuentas! ¡Decidme vuestra opinión acerca de tan curiosos
hechos! ¿Los consideráis todavía naturales?
***
Ocioso fuera que yo, el autor del cuento o historia que acabáis de leer,
estampase aquí las contestaciones que dieron a Gabriel sus compañeros y
amigos, puesto que, al fin y a la postre, cada lector habrá de juzgar el
caso según sus propias sensaciones y creencias…
Prefiero, por consiguiente, hacer punto final en este párrafo, no sin
dirigir el más cariñoso y expresivo saludo a cinco de los seis
expedicionarios que pasaron juntos aquel inolvidable día en las frondosas
cumbres del Guadarrama.