Asistía yo a la cátedra de
aquel profesor de filosofía, con un profundo interés que no me inspiraban las
lecciones de tantos y tantos ilustres maestros que en la misma Universidad,
Babilonia científica, exponían con entusiasmo y fuego de convicción unos, de
soberbia, también convencida, otros, la multitud de sistemas, la inmensa
variedad de teorías modernas que se disputan hoy el imperio del pensamiento. La
gran ola positivista, la ciencia de los petits faits de Taine, predominaba;
por cada curso de filosofía pura, había cuatro o cinco de historia crítica de
la filosofía, y veinte de psicología fisiológica con estos o los otros nombres.
El doctor
Glauben explicaba metafísica, y con todo el aparato metódico de las
modernísimas tendencias, empleaba el curso en preparará los discípulos
para comprender que había un Padre celestial. Esta idea, que en un salón
del gran mundo, o en el seno de la familia admitirían la mayor parte de los
profesores y de los estudiantes, era, en una cátedra de filosofía en una de las
Universidades más ilustres del país más sabio, una verdadera originalidad que
hubiera costado su fama de profundo pensador y muy experto hombre científico al
Doctor Glauben, si los argumentos que en pro de su atrevida afirmación rotunda
exponía fuesen determinadamente los de cualquiera de las clásicas escuelas
deístas, que decididamente, estaban fuera del movimiento.
Pero lejos de
considerar a Glauben como anticuado, estudiantes y profesores asistían a su
cátedra, o leían sus artículos, con atención, con profunde interés; y más bien
se caía al principio en la tentación de tacharle de amanerado, de demasiado
innovador y revolucionario en filosofía, de amigo de encontrar caminos sin
huellas; esto al principio, porque a las pocas conferencias se advertía que
Glauben era todo sinceridad, que tenía en la cabeza un corazón, y que buscando
con rigorosa lógica aquella idea de paternidad celestial, como explicación
única racional del mundo, exponía la historia de su amor, el supremo anhelo de
su existencia.
Sus armas de
combate eran de la fabricación más moderna; luchaba con los más recientes
adalides del positivismo discreto atenuado, con el mismo género de discurso y
de fuentes auxiliares que ellos. Todos reconocían que no había sabio en el país
que pusiera el pie delante a Glauben en punto a ciencia contemporánea; era
sociólogo, psicólogo, naturalista, matemático, lógico, lingüista; estaba al
tanto de los últimos descubrimientos; manejaba los petits faits como el primero;
estaba de vuelta de todas las grandes ilusiones del idealismo genial que un día
predominara en su patria; planteaba la cuestión como podía hacerlo un Wundt, un
Spencer... y concluía como un San Francisco de Asís, como un Bossuet, como un
Crisóstomo. «Había Dios, Dios padre; era una locura infinita, que había de
parecer imposible a las edades futuras. La negación del Padre nuestro
que estaba en los cielos, es decir, en lo infinito, en lo absoluto».
«Lejos de
haber pasado la humanidad de la edad teológica a la filosófica y de esta a la
positiva, estaba, por lo que toca a la ciencia, en un periodo de embrionarios
esfuerzos, muy parecidos a la vida de los salvajes en las relaciones
extracientíficas, periodo que era como especie de caos intelectual, del cual, no
se sabe cuándo, se saldría, para aproximarse poco a poco a la edad teológica,
la definitiva».
«Como la
ciencia busca la verdad sabida, no sólo creída, para ella no supondrá menos
progreso, menos trabajo realizado el que su última solución sea cosa tan llana
para la fe sencilla y vulgar de gran parte de los pueblos. Es indiferente, para
el progreso científico, para la demostración de su gran fuerza, que sus
conclusiones respecto del misterio del mundo sean estas o las otras; la calidad
de la afirmación es cosa extracientífica, lo que importa es el modo de la
afirmación; que sea A o que sea B la verdad, no le importa a la ciencia; lo que
le importa es saber que es verdad y poder demostrarlo. Puede haber Dios, puede
no haberlo; la ciencia por mucho que progrese, no puede llegar, en este punto,
más que a una de esas dos conclusiones. Así, no es extraño que tan lejano
período de luz científica, tan lejano que no se vislumbra todavía, por lo que
toca al asunto de su afirmación, no sea cosa más nueva que esta: que nuestro
Padre está en los cielos.
A los pocos
días de asistir a la cátedra de Glauben perdía, el que lo tuviera, el hábito de
la preocupación de lo contemporáneo como superior a lo antiguo, el hábito de
inclinarse a la moda en filosofía; las más recientes hipótesis que los
demás profesores exponían como deslumbrantes novedades, las analizaba Glauben
con fría imparcialidad, las comparaba y barajaba con las teorías viejas,
y a poco aparecía con la pátina de lo caduco, de lo transitorio; tenía una rara
habilidad, nada maliciosa, para borrar el prestigio del barniz reciente en las
doctrinas que sometía a examen. Y con todo, no ofendía a nadie; muchas veces le
oían los mismos inventores de las teorías que sometía a aquel baño
histórico y no podían sentirse mortificados, porque no despreciaba nada;
lo antiguo, lo moderno, todo era pensamiento, nobleza del alma.
Glauben era
alto, delgado y pálido; como de unos cincuenta años, con cabellera ondeada,
negra, sin una cana, de hebras sedosas, tenues, dóciles a la mano fina y
aristocrática que solía acariciarlas, como si sintiese bajo ellas el palpitar
de las ideas. Mientras acariciaba la melena
con la mano, apoyaba el codo en la mesa y la cabeza en la palma de la mano,
cuyos dedos jugaban con la seda negra del cabello dócil. Sonreía casi
constantemente, con car dolorosa, melancólica. Sus ojos, paseándose distraídos
en miradas que nada buscaban fuera, a veces, al menor ruido hacia la puerta del
aula, se mostraban asustados. Si entraba algún discípulo algo tarde, suspendía
Glauben la plática, le miraba como inquieto, sin respirar; y después que el
estudiante pasaba delante de él y buscaba su asiento, Glauben respiraba
tranquilo, volvía a sonreír y a proseguir de nuevo el suspendido discurso.
Aunque allí, al dar el reloj de la casa la
hora señalada para terminar la conferencia, los estudiantes se daban por
enterados, sin necesidad de que avisara un bedel, y el profesor daba en seguida
por terminada la clase, Glauben, por excepción, porque no podía vencer las
distracciones del discurso y olvidaba el tiempo, había ordenado que un
dependiente anunciase la hora. Pero cada vez que se cumplía esta
ceremonia, Glauben miraba al galoneado ujier inquieto, en silencio y como
temeroso de que tuviese algo particular que decirle. «La hora»,
exclamaba el buen hombre inclinándose. Y Glauben, respirando con fuerza y
sonriendo, decía a su gente: «Hasta mañana».
Después de
mucho tiempo de oírle, cuando ya asistía yo a un segundo curso de su filosofía,
entablé con él relaciones de amistad privada. Le conocí en su casa. Era viudo;
tenía tres hijos, dos niñas y un niño; la niña mayor de nueve años, el niño de
cinco, la menor de tres. Salía muy poco. Si paseaba con sus hijos, se retiraba
temprano, porque miraba la frescura del crepúsculo, la puesta del sol como una
acechanza del enemigo a la salud de su prole. La sombra, el frío, la humedad,
le espantaban. Si salía él solo, volvía pronto a casa también, subía de prisa
la escalera hasta su cuarto piso, llamaba a la puerta con fuerza, y pálido, con
los ojos inquietos, se apresuraba a preguntar, mientras le abrían: «¿Qué tal
todos?». «Bien, bien», le contestaban. Y Glauben volvía a sonreír, y a su buen
color; y entraba tranquilo en su hogar, como en un cielo.
Si fuera de
casa se le detenía demasiado tiempo en la cátedra, en el círculo, en una junta
universitaria, empezaba a mostrarse inquieto, y acababa por no poder resistir a
la tentación de volverse corriendo a casa.
No viajaba.
Era gran partidario de que el hombre de ciencia corriera mucho mundo, conociera
muchas gentes, costumbres, ideas, etc., etc., pero él no se movía. Envidiaba a
los representantes que iban a los congresos científicos, pero él jamás aceptaba
tales comisiones.
Un día, cuando
ya teníamos mucha confianza, me atreví a preguntarle por qué no salía nunca del
pueblo y por qué paraba tan poco fuera de casa. Me quería mucho, y creía en mi
entusiasmo por su persona y por su doctrina. Me miró con maliciosa dulzura,
sonrió de un modo nuevo, para mí, y después de pasarse una mano por la frente,
le vi otra cara, menos alegre, como acongojada, pero muy franca, muy dispuesta
a una confidencia íntima.
-Yo tengo...
-dijo- yo tengo una especie de enfermedad... ¡Cuidado! No hay que decirles nada
a nuestros amigos los de la patología psicológica... no quiero que me
clasifiquen y me saquen en sus clínicas impresas como voto involuntario, y de
calidad, en favor de sus hipótesis. Pero la verdad es que soy un caso. Mi
enfermedad tiene una historia de origen bien claro, bien determinado. Nació, o por
lo menos, brotó al exterior, de repente, en una crisis.
Glauben calló
un momento. Parecía que dudaba si debía proseguir por aquel camino de las
revelaciones.
-La cosa... es
más grave que parece. Porque el secreto de mi enfermedad, es en parte
el secreto de mi filosofía.
Se volvió a mí
para ver qué efecto me hacían sus palabras. Ya sabía él que por mucho que me
importaran sus aprensiones de enfermo, si las tenía, más me importaba su
filosofía, de la cual iba yo haciendo algo mío, algo que me llegaba muy
adentro, y empezaba a guiar en parte mi conducta.
-¿No ha notado
usted -siguió, cada vez con más miedo a que no fuera prudente lo que decía- no
ha notado usted que... cuando hablamos aquí, privadamente, de nuestras ideas de
cátedra, de mi método, de mi tendencia, sobre todo, de mis conclusiones... no
me entusiasmo tanto, no le animo a usted tanto a abundar en mis ideas, y hasta
parece que no agradezco bastante la ardorosa defensa en que usted me las
refleja fielmente, y además, con el encanto que les añade su espíritu de joven
y un si es no es poeta?
-Sí -me atreví
a decir-; he sentido muchas veces cierta frialdad relativa, así como deseos de
no insistir, como si se tratara de algo que ofendiese su modestia.
Sin embargo
-exclamé asustado- la sinceridad de su doctrina, la buena fe de usted yo no las
pondría en duda, aunque usted mismo...
-Gracias. No
es eso. Sinceridad, absoluta; creo firmemente que es la verdad lo que pienso,
lo que siento. Creo también que mi método es rigoroso, que no deja nada atrás;
que no impone ningún postulado gratuito No es eso.
-Es esto otro
-y con el puño cerrado dio dos o tres golpes al aire, rápidos, de arriba
abajo-. Desde que murió mi mujer, yo me agarré a mis huérfanos, como en un
naufragio. Como si todo el mundo fuera las fauces del mar traidor, y sólo mis
rodillas lugar de salvación para mis hijos. Mis hijos sin madre: esta idea era
un tormento horroroso, sin tregua, real, positivo, sin consuelo posible.
Todo era enemigo por ser indiferente, por no ser madre. Yo mismo, a
pesar de mi amor, me parecía extraño a lo más íntimo del cariño que necesitaban
los pequeñuelos, mis caricias desmañadas, masculinas, mi regazo anguloso no
eran el nido de antes, con el calor y la suavidad de la madre. ¡Qué padecer,
amigo mío, qué padecer espantoso! En todo veía acechanzas contra la vida de mis
pobres criaturas: el frío era su mortal enemigo; el frío del aire que podía
matármelos, el frío de la indiferencia conque los veían los extraños, que podía
matármelos también. Yo no concebía horror como el de aquella vida, soledad más
grande. Pero había más horror, más desamparo, más soledad.
Una noche, en
el Círculo, abrí una ilustración inglesa, miré un grabado; representaba un
cuadro, no recuerdo si de Gregory o de Hopkins o de quién... se llamaba
«Huérfanos». Una niña morena, como de diez años, arrimada a un banco de
carpintero, sostenía con un brazo a otra niña de tres, sentada en el mismo
banco, pero muy apretada la cabeza contra el cuerpo de la mayor; al otro lado
un niño de cinco o seis años, en pie, se apretaba también contra la hermana grande,
procurando como refugiarse bajo el delantal pobre y roto de la rapazuela...
Estaban solos, allí no había madre... ni padre... la orfandad era aquello... la
soledad absoluta... Primero me venció la impresión desinteresada del arte, y
pude observar; pero esta observación me llevó a ver claro... Los tres
huérfanos, parecidos, más los pequeñuelos entre sí, miraban al espacio, al
porvenir que se echaba sobre ellos, amenazador, misterioso, con vaga conciencia
nada más del cruel destino que les aguardaba, del peligro próximo. En el rostro
delgado, inteligente, de la hermana mayor, había cierta prematura experiencia,
y cierta resignación debida a esfuerzos de voluntad, de valor, impropios de la
edad, impuestos por el apuro de la desgracia. Amparaba a sus pequeñuelos
cobijándolos, ¡ella, que era tan tierna, tan débil, tan inocente! No importaba,
parecía desafiar con humilde tristeza... plácida, resignada, los embates del
hambre, del frío, de la indiferencia... del caos de la vida en que iban a caer
los huérfanos... El niño tenía expresión más dolorosa, de menos calma; pero
también parecía menos atento a la causa de su pena... padecía mucho, y sin
embargo, de un modo incoherente, obscuro, distraído por el espectáculo de
cuanto le rodeaba. Pero el arte y la expresión patética suprema estaban en el
angelillo de tres años, que aplastaba la rizosa melena
contra el cuerpo flaco de su hermana, buscando allí el amparo de la madre que
faltaba para siempre... ¡Qué mirada aquella! ¡Qué horrorosa tranquilidad
melancólica la de aquel dolor que se ignoraba a sí propio! ¡Qué crueldad de
pincel sublime, que sabía pintar así el desamparo injusto, la sagrada vida
inocente, débil, abandonada, sola, en el universo inconexo, ilógico... ¡Oh!
Perdone usted; ni entonces, ni ahora tuve ni tengo palabras para lo que
expresaban aquella cabecita celestial, aquellos ojos de la niña de tres años
sin padre ni madre, que lo buscaba todo en el amparo frágil de otra huérfana.
La
contemplación me dominaba: sentía que me estaba poniendo malo, malo allá, muy
por adentro; y sin embargo insistía en mirar, en padecer, en comprender, en
adivinar el dolor posible de la vida, en ahondarlo, en aumentarlo con la
fantasía... Mis hijos podían verse así; podía faltarles el padre, podía faltar yo:
¿quién sabía si aquel sufrir infinito era ya principio de la muerte? ¡La
orfandad completa! ¡Solos mis hijos en el mundo, en el cual yo sé, porque por
algo se es filósofo, que nadie quiere de veras a no ser los padres! ¡Oh
infinito padecer! ¡Aquí estás presente!... Yo no sé qué hubiera sido de mi
razón si mis ojos hubieran seguido embriagándose con aquella copa de amargura;
leyendo la biblia del dolor posible en aquel grabado de crueldad sublime... Por
fortuna empecé a sentirme mal, hacia fuera; me desvanecía; el estómago
protestaba... caí en una silla, estuve trastornado un instante; y a poco salí
del círculo, sin que nadie hubiera advertido cuánto acababa de padecer allí un
hombre.
Nunca jamás
volví a mirar el grabado... Pero desde aquella noche ¡qué vida! El mundo se me
convirtió en una procesión de símbolos de mi desgracia, la orfandad de mis
hijos. Cuando los veo en sus juegos, en sus mutuas caricias, formando grupos de
ternura angelical, veo el grabado, los veo solos, huérfanos,
tristes... rodeados de la nada del universo sin paternidad... Sus cabecitas
inclinadas, sus melena s sacudidas al
viento, sus ojos a veces soñadores y tristes, el aire penseroso de
este, los arrullos de tórtola solitaria de la pequeña... todo se vuelve cartones,
apuntes proféticos para el cuadro póstumo. ¡Así estarán en el mundo
sin mí! Sin madre, ¡ni siquiera padre...!
La vida de mi
espíritu llegó a hacerse imposible; yo tenía que disimular, es claro; el
suicidio, aparte de considerarlo inmoral, era para mí absurdo porque era su
resultado lo que yo temía; la orfandad de mis hijos. Había que vivir y vivir de
aquella manera. Me refugié en el trabajo, es decir, en la reflexión, en mis
filosofías... y de allí me vino el remedio, el paliativo a mi dolor... La idea
de la realidad, del universo sin cariño paternal, era demasiado
horrorosamente miserable para no ser falsa.
No podía ser
el mundo una cosa tan mala. La creación, como mis hijos, necesitaba padre... y
a través de doctrinas viejas y nuevas, de sistemas orientales y occidentales,
inmanentes y trascendentales... fui buscando, buscando... la paternidad,
como imperativo categórico del dolor... La infinidad del mal, lo
absoluto de la desesperación que suponía la no existencia de un Dios Padre, era
cosa demasiado perfecta en su género de mal, para no ser cosa artificiosa,
hipótesis, una teoría alambicada, una figura geométrica, regular, abstracta,
que no se daba en la realidad, sino en el cerebro enfermo del hombre. No podía
ser que el universo no tuviera Padre... El Padre nuestro... Aquel en cuyo seno
yo dejaré amis hijos si mis locuras me matan antes de tiempo. Pensando que hay
Dios, Padre Celestial; pensando que, pese a la apariencia, el universo es un
regazo, un nido de cariño, puedo vivir sin una camisa de fuerza. ¡Si mis hijos
no tuvieran más padre que yo, mortal!... Pero le tienen sí. ¿verdad? ¿No es
verdad que en cátedra lo pruebo? ¿Que no hay positivismos ni intelectualismos
que valgan ante la idea seria, clásica, tradicional, estética, armoniosa... del
Padre Eterno que está en los cielos... es decir, en todas partes?
El Dr. Glauben
se había puesto en pie... yo también; y temblaba, no sé si de miedo; debía de
estar muy pálido. Él me lo dijo. Y me tendió la mano, añadiendo más tranquilo:
-No tema
usted; no estoy loco todavía, loco de atar, a lo menos... ¿Sinceridad?
Absoluta. Creo firmemente cuanto digo en clase. Y me parece que lo pruebo.- Una
pausa.
-Con todo; mi
lealtad de pensador, de hombre de ciencia, me obliga a hacer a usted estas
declaraciones. Ya conoce usted mi enfermedad; ya conoce usted sus
consecuencias, que son el por qué subjetivo de mi sistema... No se fíe usted
del todo. Puedo... puedo estar equivocado... Pero cuando usted tenga hijos...
crea usted en Dios Padre...