El duque de Candelario
tenía media provincia por suya; y no iba muy descaminado, porque a sus cotos
redondos no se les veía el fin, y ejércitos de labradores le pagaban renta.
Mucho había heredado de sus ilustres ascendientes; pero él también había
adquirido no poco, y nadie podía decir que de mala manera y sin servir a la
patria: era en su vejez, que casi se podía llamar florida por lo bien que en
cosas que habían de dar fruto la empleaba, y por la lozana alegría de su humor
y la constancia de sus fuerzas y alientos, era, digo, un agricultor de grandes
vuelos, inteligente, activo, desinteresado con el pobre; pero atento a la
legítima ganancia; y así se enriquecía más y más, ayudaba a los que le rodeaban
a ganar la vida, y a quien le sacaba el jugo era a la tierra.
Si de este modo
servía ahora a la patria, antes le había dado algo que valía más; su sangre y
el continuo peligro de la vida;
había sido bravo militar, llegando a general, y en todos los grados de su
carrera había tenido ocasión de probar el valor en verdaderas hazañas. Aún más
que por todo esto, le estimaban en su tierra por lo llano, alegre y franco del
carácter. No se diga que despreciaba sus pergaminos, pero tenía la democracia
del trato, como rasgo capital, en la sangre; y por algo le llamaban el duque
de los abrazos. En los membrudos remos, como él decía, que no
desdeñaban las armas del trabajo del campo, estrechaba con sincera hermandad a
los humildes aldeanos, que adoraban en él y le acompañaban en su vida sana,
activa, de cazador y labrador y buen camarada en honestas francachelas.
Vivía casi
siempre en el campo, en un gran palacio, con aspecto de castillo feudal, donde
el más aristocrático señorío se mostraba por todas partes.
El amo
inspiraba confianza en cuanto se le veía; su regia mansión, situada en medio de
sus dominios, rodeada de bosques, imponía frío respeto.
Pero mientras
D. Juan Candelario, duque de Candelario, vivió, venció él a todos a la
tradicional reserva, a la etiqueta linajuda, al aspecto imponente y
aristocrático de su casa; y lo que era más arduo, venció la sorda oposición de
su digna esposa, tan noble como él, no menos buena, pero de gustos menos
democráticos, menos expansiva en el trato de los inferiores. El duque,
burla burlando, tenía voluntad de hierro, y donde estaba él no mandaba
marinero. Así era su gran palacio casa de todos, porque él lo quería, y hacíase
tratar como un labrador más rico que los otros, pero no de otra madera.
Tenía sólo un
hijo, que, en cuanto fue posible, su madre se apresuró a enviar a Inglaterra a
que se educara en Eton, después en Oxford y después en la escuela del gran
mundo inglés. No se opuso el duque, porque le pareció racional que su
heredero recibiese la sólida instrucción y las lecciones de vida de gran señor
que allá lejos sabía él que se adquirían; pero esto no le impidió suspirar
cuando advirtió que su Diego se había entregado a ideas, hábitos y tendencias
que distaban mucho de aquella sencillez castellana que para D. Juan era
educación y naturaleza.
Su hijo se
parecía más a la duquesa que al duque mismo, y la educación que este llamaba estirada,
correcta y fría, ponía el sello a las diferencias que lamentaba. Pero
no se quejó. Cada cual sería a su manera. A él, ni Diego, ni nadie le sacaría
ya de su paso; pero el sucesor, que fuera como Dios tuviese dispuesto;
dejaba a los demás la libertad, que él para sí había reclamado, de vivir a su
modo. Ahora sí; mientras el duque viejo existiese, su casa, pusiera el señorito
el gesto que pusiera, seguiría marchando como siempre.
Diego, en efecto, sentía
invencible repugnancia ante aquellas costumbres de su padre. Él, que había
tenido criados estudiantes, que desde el colegio había aprendido a medir las
distancias que la realidad establece entre las clases diferentes, por necesidad,
veía hasta una hipocresía, o por lo menos una ilusión ridícula, de mal gusto,
en aquella aparente igualdad del trato, que no pasaba de la superficie, que no
podía llegar al fondo. Todo esto, pensaba, es una comedia grotesca, que a
nosotros nos molesta y a los pobres aldeanos los humillaría, si fueran de más
fina epidermis.
Con lo que
menos transigía, con lo que estaba a matar, era con la confianza dichosa,
extendida a las relaciones de los amos y de la servidumbre. Aquí lo grotesco y
lo incómodo rayaban en tormento.
-Es preferible
-decía D. Diego a su madre en secreto- servirse a sí propio a ser por otros
servido de esta manera; un criado que no es una máquina respetuosa, un autómata
perfecto, es la mayor impertinencia que puede haber en un hogar. Siempre he
distinguido a los verdaderos nobles de los improvisados y de los personajes
plebeyos, por la servidumbre. La de estos últimos suele ser descuidada en el
vestir, incorrecta en las ceremonias del trato, y todo ello sin que su señor,
tal vez déspota, note semejantes distancias, que pregonan su humilde origen. El
criado adivina al señor verdadero, y aunque en su servicio tenga
que soportar más severa disciplina, en él está más satisfecho, tomando más en
serio su oficio.
Casi odio
contra su querido padre sentía don Diego, al ver cómo trataba al duque Ramón,
su antiguo compañero de glorias y fatigas, un héroe de la clase de tropa, y
ahora jardinero y un poco mayordomo, y claramente favorito del amo. Diego era
el ídolo de Ramón; antes de marchar el chico a Inglaterra, a las nodrizas y al
ayo había disputado el veterano el cariño, los cuidados del rapaz, que, cuando
no estaba sobre su rodilla sana, estaba sobre su pata de palo, y si no sobre
sus hombros, apretándole las orejas como los ijares a un caballo. Con la
ausencia, el cariño del jardinero no se enfrió, se idealizó, cuando volvió el
señorito tieso, pulquérrimo, frío, con aires de gran señor, que hasta
en el menor gesto muestra la sangre privilegiada. Ramón convirtió de repente la
mitad de su cariño en respeto; si antes le quería como a un ídolo familiar,
ahora le temía como a un dios, con temor amoroso, reconociendo la suprema
justicia de aquella desigualdad que se le señalaba. Si con el amo viejo
era confianzudo, era por cumplir una consigna; porque así se lo había ordenado
implícitamente; por lo demás, él tenía el respeto a la sangre donde el señorito
la nobleza, en el fondo de la conciencia. Bueno se hubiera puesto el duque si
Ramón le hubiese venido con remilgos y etiquetas. Verdad era que poco a poco
aquellas relaciones de hermandad, aquella vida de camaradas, las había ido
tomando como cosa de la naturaleza; y como todo lo que él decía o hacía estaba
bien para el amo, y como su celo por el interés de la casa era de corazón,
apasionado, y esto lo estimaba el duque más que un tesoro, Ramón se dejaba
llevar por aquella plácida pendiente. Aun en presencia del duque joven
continuó tratando al viejo con la franqueza igualitaria de siempre; porque ¡ay
de él y de todos si el amo hubiera advertido que allí que allí se desobedecía a
nueva voluntad, a gustos nuevos!
-En muriendo yo
-había dicho una vez don Juan- que te cuelguen de un árbol, o que te pongan una
casaca verde, si quieren; pero mientras yo viva...¡lo de siempre!
Pasaron años;
Diego vivió lejos de su padre, a lo gran señor, en el mundo; se casó
con una duquesa, y no volvió al palacio de Candelario hasta que murió su madre.
Estuvo allí poco tiempo. Lo bastante para convencerse que el duque llenaría el
vacío que dejaba su mujer, en lo posible, con la influencia de Ramón. Sin malas
artes, sin astucia, sin ambición, por su inteligencia, su energía y su celo, el
jardinero había invadido todas las funciones de mando. El duque, muy postrado,
decía:
-Él es mis pies y mis manos...
y eso que no tiene ni manos, ni pies.
En efecto; el
veterano, que había dejado una pierna en la guerra, había dejado después, poco
hacía, en un tejado del palacio, un brazo, con ocasión de apagar un incendio.
No importaba; con lo que le quedaba, Ramón lo dirigía todo, lo
vigilaba todo.
Diego, al verle
de tal modo lisiado, le puso un mote que hizo sonreír a su esposa la duquesa,
poco amiga también de aquellas confianzas de los criados; le llamó el Torso,
porque apenas le quedaba más que el tronco, y ese, viejo y arrugado, aunque
fuerte como una encina.
Poco antes de
morir, el duque llamó a su hijo a su lado. El pobre viejo, rendido ya en el
lecho en que iba a expirar, no sentía ahora la energía que en otro tiempo le
hizo ser dueño absoluto de su casa. A los pocos días de llegar don Diego,
Ramón, ya caduco también, tuvo que entregar el poder; el señorito muy amado,
que no dejaba de quererle a él, pero a distancia, le hizo entender bien
claramente que se había equivocado si creía que aquel trato familiar de amos y
criados que don Juan había impuesto, era ley natural del mundo; el verdadero
respeto, la verdadera lealtad a los amos, consistía en otra cosa; en saber
guardar la decorosa distancia que hay de clase a clase.
En adelante,
puesto que por desgracia don Juan ya no dirigiría nunca la casa, todo
cambiaría; cada cual volvería a su sitio; él, Ramón, pues era jardinero,
volvería a sus jardines, viviría allá arriba, en el Pabellón de la Glorieta,
que estaba en un altozano, a lo último del parque.
Ramón no se lo
hizo decir dos veces. «Amo nuevo, vida nueva». Era un perro fiel: mientras se
había querido caricias, confianza, había sido cariñoso, confianzudo; había
dormido a los pies de su amo, dándole el calor de su afecto... ahora se le mandaba
a la puerta, a vigilar desde fuera como buen mastín... pues afuera, al Pabellón
de la Glorieta; al destierro.
Don Juan notó
el cambio, pero ya no tenía humor ni fuerzas para protestar. Además, él
abdicaba de buen grado: era natural que su hijo quisiera empezar a ejercer el
mando; él mismo le animaba a ello para darse el gusto de ver reinar al
heredero, orgullo y gloria de su padre. «Diego es un gran señor, se decía don
Juan; yo, a lo sumo, habré sido un gran aldeano».
Y murió don
Juan, y el cambio iniciado se acentuó y acabó por ser completo. Aquellos
dominios, metidos en el riñón de España, parecían ahora una de esas
mansiones de los landlords que nos describe y pinta The Graphic de vez en cuando; allí todo era inglés; todo,
como diría don Juan, tieso, correcto, frío.
Mayordomo hubo, pero no fue Ramón; los criados fueron autómatas con aquella
casaca verde de que el difunto duque se burlaba; hubo en el palacio siempre
convidados; pero no eran los labradores del contorno, sino señores muy serios
poco llanos también.
Ramón apenas
salía de su pabellón de allí arriba al extremo del parque; se dio por
confinado, sobre todo desde que se le advirtió que su cargo de jardinero sería
en adelante honorario, si bien seguiría cobrando su sueldo, pero sin ejercicio
de funciones. Don Diego atendería a su vejez con todos los cuidados que
merecía. No le faltaría más que la confianza de antaño. No se quejó; cambió de
vida; fue el más respetuoso, el más estirado, el menos comunicativo de la
servidumbre. Aceptó su suerte, y sin vergüenza comió agradecido el pan que se
le daba por los servicios de toda una vida. Sin embargo, en un rincón de la
huerta trabajaba lo que podía, casi siempre solo.
Los duques iban
y venían; vivían en Candelario parte del verano y todo el otoño. En toda la
temporada Ramón veía a su don Diego del alma dos o tres veces. Llegaban a él,
como rumores lejanos, ecos de las borrascas domésticas, ecos conducidos por
aquellos criados de librea verde, tan tiesos, tan finos, tan respetuosos. Ramón
sentía lágrimas en los ojos cuando oía aquellos chismes de lacayos, en que las
tragedias domésticas se tomaban como sainetes por la servidumbre, que se
vengaba así, a escondidas, de su humillación constante... «El señorito
no era feliz!» pensaba en sus soledades en el Pabellón de la Glorieta. ¡Pero
Dios le librara de decirle una palabra de consuelo!
Una tarde le
vio acercarse a la Glorieta, solo, taciturno, con el terrible ceño fruncido.
Ramón estaba sentado en un banco rústico, descansando de la faena, para él cada
día más fatigosa de regar las legumbres. Pasó el duque a su lado, cabizbajo;
Ramón se puso en pie, en el pie que tenía, y llevó la mano única a la frente
para hacer el ademán de descubrirse, aunque no traía nada en la cabeza. El
duque le vio; le miró con repentina dulzura; le puso una mano sobre el hombro;
pero al notar que al criado, al Torso, se le llenaban los ojos de agua
y de preguntas, y temiendo que rompiera a hablar como no debía, en vez de
permitirle preguntar por las penas del amo, le dejó frío con un gesto, y le
dijo:
-El médico dice
que acabaré por perder el uso de este otro brazo -y con el muñón del que le
faltaba procuraba señalar el que tenía-. Y yo creo que lleva razón el médico,
porque me pesa como un plomo. Pero lo peor no es eso: es que la pierna... mía
se empeña en pedir el canuto, y no hay otra en la reserva.
Y el señorito,
el que un día jugaba saltando sobre aquella pierna que a Ramón se le moría,
cansada de trabajar sola, siguió adelante, hundida el alma otra vez en sus
pesadumbres, y la cabeza inclinada hacia la tierra de sus dominios, que no les
daba una respuesta a las dudas infamantes de sus airados celos, a las sospechas
de su honor.
Después de cien
borrascas de la vida, el duque, solo, separado de su duquesa, cuya perfidia
supo de modo cierto; sin hijos, sin amor a nada del mundo, sin amigos
verdaderos, como la mayor parte de los hombres, se retiró a sus dominios de
Candelario, como al abrigo de una ensenada en una isla desierta. No era un
puerto familiar donde le aguardaran los suyos; era un abrigo en tierra
inhospitalaria. El mundo era ya para él la isla desierta; en Candelario vivía
con hombre de cariño, de fe, de ilusiones; pero sin luchar con las olas. En
calma terrible; de cementerio. Pero también entre cementerios, el afecto
escoge. En su palacio había la corrección de siempre; los criados,
siempre de verde, saludaban inclinándose hasta el suelo; el -166- servicio era solícito, esmerado; nada
faltaba al duque; su cuerpo era servido como por las manos volanderas de los
castillos encantados. Pero le sobraba una cosa: la discreción absoluta
de su gente; los criados, según antigua costumbre, por disciplinaria tradición,
miraban en el duque al ser superior, feliz y sin flaquezas, por decreto divino,
por privilegio de la sangre y la grandeza; suponer al amo necesitado de
consuelo, de ayuda, pidiendo y solicitando, con la mirada a lo menos, amparo,
calor del corazón, era absurdo, una irreverencia. Ningún criado de aquellos, ni
el más sinceramente fiel, creía que entraba en el cuadro de sus obligaciones
tener lástima del señor, pararse a pensar en qué podía estar triste en aquella
soledad espantosa.
En cuanto a los
campesinos dependientes de la casa, ya hacía muchos años que habían olvidado el
camino del palacio, a lo menos el de las habitaciones del amo. El duque nuevo
era una abstracción para ellos; su señorío un concepto de derecho, no un poder
representado en una forma conocida.
Don Diego
envejecía de dolor, de hastío, de soledad; a solas con su grandeza, se sentía
como un rey Midas del linaje y de la etiqueta: todo lo que tocaba se le
convertía en frío respeto.
La debilidad de
sus achaques, que empezaron pronto, le tenía nervioso; empezó a aborrecer a sus
siervos voluntarios, porque no adivinaban lo que ahora necesitaba, que era
afecto, trato humano, pero no de humanidad humillada, servil. Llegó a hacer
la corte a sus palaciegos; a procurar, de modo indirecto,
adulándolos, como podía, sin abdicar, sonsacarles algo más que el servicio
exacto, cumplido con ceremoniosa perfección. Fue en vano; nadie sospechaba lo
que quería. Estaba entre muebles y semovientes: no entre hombres. Los árboles
del Parque, inclinados, a su paso, por la brisa, le saludaban; lo mismo hacían
los criados; pasaba el amo y se inclinaban como los árboles.
Cerca del
anochecer, cierto día, el duque llegó hasta el extremo del Parque; alzó la
cabeza al verse junto al pabellón solitario de la Glorieta. Allí dentro, como
enterrado en vida, estaba Ramón, que no acababa de morir; olvidado de todos
menos de un mozalbete encargado de su servicio. El veterano había ido perdiendo
terreno, pero no quería abandonar la casa de que había sido perro fiel; no
quería morir. El señorito no le visitaba nunca. Pasaba el día sentado
en un sofá de paja, haciendo solitarios con naipes viejos, sobre una mesa de
mármol, con grandes esfuerzos de la mano única que movía apenas, para la cual
cada naipe, sobado y lleno de dobleces, pesaba como una losa. La pierna de
carne se había hecho de palo también; no se movía. Los ojos eran centellas,
pero los oídos tapias: -168- todo
le sonaba a Ramón a ruido del bosque que tenía a la espalda. Como no oía,
apenas quería hablar, para no decírselo él todo. Además, casi nunca tenía con
quién.
Don Diego
vaciló... pero no pudo contenerse. El alma le hizo dar unos pasos más y
penetrar en la triste vivienda del desterrado, del confinado, del enterrado en
vida, del tronco arrinconado, como mueble vetusto y noble; del Torso
de carne y hueso.
El Torso,
al ver al amo frente a sí, quiso incorporarse, pero no pudo. Levantó un poco la
mano, que no llegó a la cabeza. Saludó con ponerse rojo de respeto y de dicha.
¡Qué santo orgullo el suyo! ¡El señorito venía a verle a su sepulcro!
-¿Te lo enseñó
mi padre? -volvió a decir don Diego también con gestos, señalando con la mano,
que sacudió dos veces, allá hacia las nubes, hacia los cielos...
-El señor
duque... que de Dios goza -repitió el Torso, que no pudo
contener dos lágrimas pobres, muy delgadas.
Y el amo
tampoco pudo, ni tal vez quiso reprimirse; y, dejando caer la cabeza sobre el
hombro de Ramón, abrazando al Torso, lloró en silencio, en abundancia,
como idólatra que se reconcilia con su fetiche, y le cuenta al tronco inerte,
dios de los lares, las penas íntimas que no le importan al mundo.