El secreto (a voces)
[El Solfeo, n.º
755, 12 de febrero de 1878]
El secreto se llama un soneto de Grilo que acaba de publicarse en La Ilustración. Parece ser que, afortunado en amores (ya que en el
juego con las musas no lo sea), el señor Grilo alcanzó de una dama... todo lo
que una dama puede dar de sí. Estos poetas no saben tener nada oculto y el
señor Grilo, prometiéndole a esa señora ser
una tumba, ¡va y... zas! publica en una de las ilustraciones más populares
y más leídas su buena suerte: que buen provecho le haga.
Para decir a una mujer: mire usted, esto quedará aquí entre
los dos, no es necesario recurrir a la prensa, como Sagasta cuando está
constipado.
Y comienza el soneto:
«¡Tu belleza es el
mar!»
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Pruébelo usted. ¿A que no lo prueba? Grilo, por lo visto,
piensa que el mar es un vaso de agua.
Dos tazas pase; pero Grilo coge el Océano y lo arroja sobre
una sola mujer. Y la habrá puesto como una sopa en vino.
Quite usted agua.
«¡Tu belleza es el
mar! Tanta poesía
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produce tu belleza en
cuanto tocas,
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que hasta en los
pechos duros como rocas
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la fiebre del amor
despertaría».
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Estas consecuencias de Grilo se parecen a los silogismos de
Los Debates. ¿Qué opina El Siglo Futuro? Que hable Villaamil.
Oiga el señor Villaamil: tanta poesía produce
la belleza de la señora que se encaprichó por Grilo, en cuanto toca dicha
señora que no hay pecho, aunque sea como el peñón de Gibraltar, que no
despierte con fiebre de amor. Esos pechos berroqueños se enamoran al parecer,
no de la señora, como sería lo más cortés y fino, sino de lo que toca.
Es así que, según se deduce del contexto, esa señora le
habrá tocado al pelo de la ropa al señor Grilo, luego la consecuencia es
lógica; pero pone los pelos de punta.
Lógica, señor Grilo, lógica, diría Villaamil, y con tal
motivo hablaría de la enseñanza de los seminarios.
Vuelvo al soneto:
Saber que nuestras
almas aquel día
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(¿el día de la fecha?)
al encontrarse se
volvieron locas,
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(debió usted empezar por ahí, así se explica todo satisfactoriamente)
que soy tu esclavo;
que mi nombre invocas,
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(Antonio se llama el autor)
y no poder morir
diciendo ¡es mía!»
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(Dígalo usted, que sí lo puede decir; bueno es usted; como
si el poeta tuviera pelos en la lengua.)
Pero mire usted que es fuerte cosa; saber usted que es
esclavo de ella y no poder llamarla mía
(suya quiero decir). Será el primer esclavo a quien le suceden esas cosas.
«Para ocultar mi bien
seré discreto.
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(Y lo pone en letras de molde, para que el público se
entere.)
Pero entre tanto que
tu sombra sigo
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(en el ínterin,
como dice La época)
a la distancia eterna del respeto».
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Aquí aparece el genio del poeta en toda su horrible
desnudez. Distancias que se miden por kilómetros, según el sistema moderno, el
entusiasta enamorado las mide por eternidades. De distancias infinitas he oído
hablar; pero las eternas las ha
inventado ese amante para que sus versos salgan con las once sílabas cabales.
«Sabe que donde estés
estoy contigo
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que muero por guardar
este secreto
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(diga usted que primero le matan que calle)
y que el secreto
morirá conmigo».
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Se acabó el soneto. Como soneto es muy malo, señor poeta,
creo haberlo demostrado en colaboración con usted; y si usted quiere hacerle
valer como ejemplo moral de discreción, todavía es peor, porque el secreto no
se ha guardado y esa señora, que ojalá sea una figuración de usted, no tiene
nada que agradecerle.
Cuando se tienen aventuras de ese género y se hacen sonetos
de esa especie, lo mejor es callarse como un muerto.
Por lo que a mí toca, le juro a usted no decir nada a
nadie.
CLARÍN.