[Nota preliminar: Edición digital basada
en La Correspondencia de España 26 de
marzo de 1898 y cotejada con la edición de Ángeles Ezama, Barcelona, Editorial
Crítica, 1997.]
Servando Guardiola dejó caer el libro, una novela francesa,
sobre el embozo de la cama; apoyó bien la nuca en la almohada, estiró los
brazos con delicia de dilettante de
la pereza... y bostezó, sin hastío, sin sueño -acababa de dormir diez horas-,
sin hambre -acababa de tomar chocolate-; saboreando el bostezo, poniendo en él
algo de oración al dios de la galbana, que alguno ha de tener.
Dejaba caer el libro para continuar deleitándose con las
propias ideas y las queridas familiares imágenes, mucho más interesantes que la
lectura que le había sugerido, por comparación, mil recuerdos, mil reflexiones.
Se sentía superior al libro, con una inadvertida
complacencia.
Era el volumen pequeño, elegante, coquetón, de un autor
joven, de moda, de los pervertidos,
jefe de escuela, un jeune maître
próximo ya a la Academia y que iba cansándose de su especialidad, el amor con
quintas esencias y lo quería convertir en extraña filosofía austera, de
austeridad falsa, llena de inquietud y sobresalto.
Todavía aquel poeta del vicio parisiense, que tantas
depravaciones eróticas había pintado, casi inventado, continuaba en esta
reciente obra, por tesón de escuela, por costumbre, acaso por espíritu
mercantil, buscando nuevos espasmos
del placer; pero lo hacía con evidente disgusto ya, cansado de repetirse,
empleando por rutina, ahora, las frases gráficas, fuertes, audaces, que en otro
tiempo habían sido el triunfo principal de su estilo nervioso.
Todo aquello le sabía a puchero de enfermo a Servando, gran
lector ahora de clásicos, que estaba descubriendo
la historia en los autores célebres antiguos, aquellos de que todos hablan
y que en nuestro tiempo casi nadie los tiene para leer. Él sí, los leía, los
saboreaba; ¡qué de cosas decían que no habían hecho constar los comentaristas
más minuciosos!
¡Qué mayor novedad que leer
de veras a uno de esos maestros antiguos!
Y en cuanto a las novedades de caprichosa y misteriosa
voluptuosidad que el autor francés encontraba a cada paso en ciertos antros del
vicio de la gran capital, ¡qué poca admiración le causaban a Guardiola, que
algo conocía y todo lo demás del género lo daba por visto y condenado en
nombre, no ya de la moral, del buen sentido estético y hasta del mero egoísmo
sensual y utilitario!
Le halagaba, sin darse él cuenta, el verse tan fuera y por
encima de todo snobismo
concupiscente; y esto, sin pretender perfecciones morales de que, ¡ay!, sabía
él, definitivamente, que estaba muy lejos.
Había vivido bastante en Madrid, en Sevilla; conocía por
experiencia la vida poco edificante del París menos original acaso, el del vicio...
y conocía además el gran mundo de las
concupiscencias intelectuales, las grandes farsas de la pseudofilosofía, de la ciencia preocupada por unos cuantos
postulados ilegítimos, y soberbia en sus deleznables conclusiones.
Pero estaba lejos de ser un escéptico, ni de la vida, ni de
la ciencia. Le repugnaba la clasificación de los sistemas en pesimistas y
optimistas, y le placía ver de qué grotesca manera el telégrafo y la prensa van
deshaciendo el sentido de estas palabras, optimismo,
pesimismo, que jamás debieron servir
para clasificar ni calificar filosofías.
Y pensaba Servando aquella mañana fría, húmeda, de cielo
gris, para él tibia, seca, de cielo de plata, entre el calor de las sábanas,
con la chimenea encendida en el próximo gabinete, pensaba que era necia
pretensión la de aquellos autores de las populosas capitales empeñados en
pasmar al mundo, a la provincia con
la perversión febril de las acumulaciones del rebaño humano en los grandes
centros.
¿Qué hacía París, que no hubieran hecho Babilonia,
Antioquía, Síbaris, Roma y tantas otras ilustres corruptoras de la antigüedad
remota?
¡Provinciano! Él se sentía profundamente provinciano. Ni
corte, ni cortijo; quería su ciudad adormecida, con yerba en algunas calles,
con resonancias en los atrios solitarios, con paseos por las largas carreteras,
orladas de álamos... sin gente.
Allá, a lo lejos, se distinguen dos, tres, cuatro puntos...
se mueven, avanzan, se acercan... ¿será ella? ¿Quién era ella?... Una mujer; la
mujer, cualquiera; pero toda una mujer; respetable, idealizada... la manzana de
ceniza, tal vez, que... no se monda.
El amor era eso... hacer el oso. ¡Siempre el oso! Nada más
que eso. Es claro que, en la juventud primera, Servando había amado con fuerza,
creyendo; idealizando siempre, pero deseando, esperando. Pero con aquello no
había que contar... Aquellos paraísos
perdidos no aguardaban redención; no volvían. Eso es, pasa, no vuelve...
Hasta acordarse de ello hace daño. A otra cosa. Los ojos, los ojos a distancia.
No había más.
El oso, el verdadero, el tenaz, es provinciano. Sin saber
por qué a punto fijo, Servando comprendía el amor del oso provinciano, sin
mañana, porque mañana es como hoy, sin
finalidad, como el arte, según Kant, el fin sin fin, le comparaba a los
cánticos del coro de los canónigos en la catedral.
Aquel alabar a Dios por costumbre, por deber, por oficio,
sin arrebatos líricos, con respeto, con más somnolencia que misticismo, se
parecía al oso eterno, a que él se
consagraba en la calle, en el paseo, en el teatro, en el baile. Los canónigos
alaban a Dios sin acordarse de la recíproca; no esperan, por lo regular,
ninguna recompensa sobrenatural por la justa corte que hacen al Señor.
Tampoco Servando esperaba nada de la mujer a quien miraba
de lejos con una constancia que sólo tiene el vacío.
En su pueblo, en su vieja y aburrida ciudad querida,
mansión propicia para filósofos previamente desencantados, había notado
Guardiola que mucha clase de relaciones sociales se parecían a las del oso por
la falta de comunicación oral o escrita entre personas y personas.
Años y años veía él ciertos convecinos a quienes no
trataba, porque no había habido ocasión para ello, ni deseo de lograrla; los
veía todos, todos los días; sabía su vida entera, sus costumbres, sus gustos;
eran para él imágenes familiares, que le cansaban por lo repetidas, y que, no
obstante, contribuían a la plácida sensación de bienestar local que sólo en su pueblo satisfacía.
Se estimaban sin decírselo, sin saberlo, él y aquellos desconocidos que conocía como a hermanos;
y sin embargo, jamás cruzó palabra ni un saludo. No había ocasión.
A lo mejor una gacetilla anunciaba la grave enfermedad de
aquel señor a quien, en efecto,
Servando había notado un poco alicaído... Al obscurecer, una campanilla; el
Viático. A veces Guardiola llevaba el Señor
al enfermo... ¡Uno menos! Moría aquel convecino a quien jamás había hablado...
Y dejaba un vacío. Y así otros, y otros. Y parecía nada, y sin embargo, la
tristeza, la soledad que iba encontrando en el teatro, en los paseos solemnes
de los días de fiesta no era causada exclusivamente por la edad que se le
echaba encima; también contribuía a aislarle
aquella ausencia de los desconocidos familiares, con quien no había hablado
nunca.
¿Y las desconocidas?
¡Los osos, sin palabras y que duraban
años y años! ¡Cuántos ideales de
aquellos había visto Servando envejecer!
Había amado ya a
cuatro o cinco generaciones. Ahora idealizaba las nietas de sus Beatrices de
los quince años. Con una indiferencia perfectamente natural y espontánea,
lanzaba al olvido los ideales que se hicieron viejos. No había crueldad ni
inconstancia en este proceder, porque ya se ha dicho que el oso era una finalidad sin fin.
Ni había que sacarle consecuencias de las que suelen pedir
los demás amores, los utilitarios. Ni matrimonio, ni logro, ni celos, ni
perfidia, ni cansancio, ni hastío... El oso no acababa hasta que llegaba la
imposibilidad fisiológica de darle un parecido con el amor. Además los osos antes de hacerse del todo viejos,
sabían desaparecer. Casi todos se convertían en madres honradas que salían poco
de casa y sólo pensaban en los hijos. Cada primavera traía su juventud y ¡quién
se acordaba de las hojas de otoño!
El amor así era compatible con toda clase de ocupaciones y
preocupaciones. Servando había sido una porción de cosas, dándoles importancia,
y sin dejar de hacer el oso de aquella manera. Político, algo beato, casado,
viudo..., todo eso había sido y nada de ello tenía que ver con el oso; cosa
aparte.
Cuando le empezó a salir la pata de gallo, llevaba diez o
doce años de mirar a una marquesita muy mona, muy lánguida, casada con un
cacique terrible del partido liberal.
La había conocido cuando ella, niña todavía, jugaba al aro,
y a saltar la cuerda en el paseo principal. Desde entonces empezó a mirarla
como a todas. Y ella a él, como a todos.
El oso en estos pueblos aburridos es propiedad ideal de la
comunidad, casi, casi corre con él el Ayuntamiento. Todas miran a todos, y
viceversa.
La marquesita pálida, interesante, esbelta, era un alma de
Dios; fiel a su esposo, como era respetuosa con su madre; se había casado
porque sí, y hacía el oso lo mismo, porque lo veía hacer al mundo entero. Ponía
los ojos a lo místico, en el cielo... o en el cielo raso, según el lugar, y
dejaba caer de repente la mirada sobre el varón puesto enfrente; que era muchas
veces, en muchas partes, Guardiola.
No se habían hablado diez veces en la vida; unas temporadas
se saludaban y otras no. ¡Y qué de historia
común! ¡Qué relaciones tan largas las
suyas! A veces, en el teatro, mal alumbrado -con poca gente-, no tenía ella más
oso que él, ni él más oso que ella...
Y, ¡cosa rara!, esas noches se aburrían de lo lindo, bostezaban, y se miraban
mucho menos!
Faltaba la competencia, la animación, ¡qué sé yo! En
cambio, los días alegres, los de gran función, las miradas se buscaban con
afán, se aprovechaban del bullicio, de la multitud que pasaba por delante,
entre ojos y ojos, para hablar más claros, más insinuantes... pero total,
relámpagos. Nubes de verano en lo más frío del invierno.
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Una noche, al retirarse Servando, oyó tocar a administrar en la parroquia vecina. Era para la marquesita.
Una fiebre puerperal, cosa de días. Servando cogió un cirio y siguió al cortejo
religioso. Quería estar muy triste, muy triste, y no podía; no sabía.
Aquel ideal de
tantos años, que acaso era el último, tan familiar, tan escogido... se
desvanecía también; y Servando tenía que confesarse que había sentido más la
muerte de cierto primo carnal, que sentía la de la marquesita.
Murió aquella bendita y elegante señora, y Servando estuvo
un mes sin ir al paseo, ni al teatro. Pero por culto que rendía a la
sinceridad, pasado el mes volvió al paseo y al teatro. ¡El vacío existía! Sí. ¡Grande! En aquella platea solitaria de la
marquesita había un agujero negro... El diablo de la metafísica no le dejaba a
Guardiola entregarse a la desesperación con tan plausible motivo.
Vivir es ir muriendo todos los días, dicen muchos poetas,
sin recordar que ya lo había dicho Séneca, y no había sido el primero. Pero ¿y
qué? Claro que vivir es cambiar; y cambiar es eso; ahora uno y mañana otro; hoy
por ti; mañana por mí.
Guardiola se murió también. Y no muy viejo. De un catarro
mal curado. Fue al purgatorio, como era de esperar. La marquesita también había
estado allí; pero ya había subido al cielo. Bien lo merecía, aunque sólo fuera
por haber estado casada con un cacique.
Al cabo de los años mil, también Servando ascendió en el
escalafón lo suficiente para llegar a la gloria eterna. Había estado mucho más
tiempo purgando culpas que la marquesita; pero no por los osos, que en esto, allá se iban, y pesaban poco en la balanza de la
Justicia; pero él había sido filósofo y ella no. Y por eso.
Sabido es que en la corte celestial está todo como lo
dispuso Miguel Ángel, maestro de ceremonias. Cristo a la diestra de Dios Padre,
y cada cual como corresponde y es de derecho. Después de arcángeles y
serafines, tronos y dominaciones, ángeles, santos patriarcas, doctores, etc.,
etc., viene la gente menuda; y entre la gente menuda se vio, y no esperaba otra
cosa, Servando. Los asientos están en largas filas paralelas. Los hombres a un
lado, las mujeres a otro. Pero se ven, se ven, cuando las nubes de incienso no
son demasiado espesas, los hombres y las mujeres.
Durante muchos millones de años, Servando no atendió más
que a gozar de la felicidad eterna, que le correspondía. Pero tantos siglos de
siglos -secula saeculorum- fueron
pasando, que al fin, al fin (es decir, al fin no, porque aquello no tiene fin)
Servando... se puso a reparar en el mujerío que tenía enfrente.
No se podía hablar con los demás una palabra, pero esto no
le importaba a él, que ya venía acostumbrado a tal silencio desde la vida en su
pueblo. En una ocasión en que el humo era menos denso se le figuró ver... ¡no
había duda! ¡Era la marquesita! La tenía enfrente. Ella le había visto a él mucho
antes.
Al principio (muchos millones de millones de años) no se
atrevieron a mirarse... pero... al cabo de ese pedazo de eternidad, la
marquesita clavó los ojos en el cielo del cielo... y los dejó caer, como solía
en su pueblo, sobre el buen Guardiola.
No tenían otra cosa que hacer... y se entregaron a su
costumbre favorita; a mirarse de lejos, sin un gesto, como si no fueran más que
ojos, y no unos completos bienaventurados.
Se disponían a pasar la eternidad haciéndose el oso. Y se
lo hicieron, siglos de siglos...
Pero se enteró la policía celestial. Aquello no estaba
bien. Era cosa inocente, pero más propia que del cielo, del limbo. Pero como
del cielo ya no se les podía echar, ni era la cosa para tanto..., los
trasladaron al cielo... estrellado.
Y la marquesita y Servando
Guardiola pasaron a ser entre estrellas telescópicas, dos muy juntas enfrente
de otras dos muy juntas, formando entre todas un grupo, una constelación que,
cuando se descubra, se llamará... el oso
mayor.